Capítulo 8


IANNIS le había dicho a Sakura que el autobús local sería puntual. Y así fue. Se bajó frente a la escuela donde Sarada iba a tocar con tiempo de sobra.

Se estiró el bonito vestido amarillo y se retocó el cabello. El vestido que Sarada le había regalado era precioso. Hacía mucho tiempo que Sakura no se ponía otra ropa que no fueran vaqueros y camisetas, o el uniforme de camarera, y quería que Sarada supiera cuánto significaba para ella ese regalo.

La escuela se hallaba situada en un pintoresco valle entre colinas cubiertas de olivos. Hacía calor, por lo que tanto los músicos como los espectadores estarían protegidos por un gran toldo.

Ningún detalle se había pasado por alto. Había mesas con refrescos, y la tarde prometía ser maravillosa. Sakura estaba emocionada ante la nueva actuación de Sarada. Eso, y saber que Sasuke estaba viendo a sus padres, hizo que se relajara y disfrutara del hecho de que Sarada Floros, que era como se llamaba, con el apellido de la madre de Sakura, fuera a ser la solista del concierto.

Se sentía orgullosa cuando se puso a la cola de padres que esperaban para ocupar sus localidades. Cuando se abrieron las puertas de la escuela, la cola se movió a paso de tortuga hasta que, por fin, la gente comenzó a sentarse y Sakura pudo ver a los niños.

–¿Se encuentra bien? –le preguntó alguien en griego al ver que se tambaleaba y se agarraba a una silla para no caerse. Alguien se lo tradujo.

–Debe de ser el calor. No hace tanto sol en Londres.

La amabilidad de los desconocidos no la ayudó en aquel momento. ¿Cómo era posible que Sarada estuviera hablando con Sasuke? Se suponía que él no estaría allí, sino viendo a sus padres. Y Sarada no se limitaba a charlar con él como lo haría un niño con un desconocido que le manifestara su interés por su forma de tocar, sino que ambos se reían como si fueran viejos amigos.

Sarada dijo algo que hizo que Sasuke se metiera las manos en los bolsillos traseros de los vaqueros, echara la cabeza hacia atrás y soltara una carcajada. Sakura se sintió excluida. ¿Qué se estarían diciendo? ¿Cuánto sabía Sasuke?

Y peor aún: ¿cuánto sabía Sarada?

Nunca había visto a Sasuke tan relajado ni a Sarada tan contenta. Su relación le resultaba tan inesperada que tuvo miedo. Siempre habían sido su hija y ella: Sarada y Sakura; Sakura y Sarada.

Verlos juntos por primera vez fue la experiencia más desconcertante de la vida de Sakura, por el hecho de que cualquiera se daría cuenta de que eran padre e hija. ¿Se daría cuenta Sasuke? ¿Y Sarada?

Se quedó inmóvil, observándolos. Ya era tarde para hacer las cosas adecuadamente. El momento había pasado. Y la invadieron nuevos temores. Había decidido que Sarada no experimentara la falta de interés de su padre, como le había sucedido a ella, pero en aquel momento se preguntó si no la habría protegido en exceso.

Tanto Sasuke como Sarada tenían motivos para odiarla. El primer pensamiento de Sasuke sería proteger a su hija, y Sakura no lo culparía. ¿Cómo iba a hacerlo, si había impedido que Sarada lo conociera? ¿Se enfadaría Sarada y la rechazaría a favor de su padre, que podía ofrecerle mucho más? ¿Y sería justo que ella se interpusiera en su camino si eso era lo que Sarada deseaba?

Sakura llegó a la conclusión de que no debía perder la calma ni derrumbarse. De momento, no podía ir adonde estaban ellos, ya que había gente que le bloqueaba el paso.

Se sintió avergonzada por no haber hallado la forma de decirles a ambos la verdad mucho antes.

En ese momento, Sarada levantó al cabeza y la vio.

Fue a su encuentro gritando «¡mamá, mamá!».

–¡Mamá! –exclamó al llegar a su lado–. ¡Ven a conocer a mi nuevo amigo, Sasuke Uchiha! Bueno, quédate aquí –prosiguió Sarada al ver que su madre no reaccionaba–. Guárdale un asiento y le diré que venga. Ya le he concertado una cita contigo para después. Le he dicho lo guapa que eres.

La niña se marchó corriendo a reunirse con la orquesta.

¿Podía el corazón de alguien hacerse pedazos? Cuando Sakura contempló el rostro de Sasuke tuvo la certeza de que era así.

–Ven conmigo –dijo él cuando llegó donde ella estaba. Habló en voz baja, pero con tanta agresividad que quienes había alrededor se volvieron a mirarlo.

–No puedo porque el concierto está a punto de empezar.

–Claro que puedes, y vas a venir conmigo. Los niños no tocarán hasta que hayan terminado los discursos de bienvenida, y lo que tengo que decirte no es muy largo.

Ella no podía montarle una escena allí, mientras Sarada los miraba de reojo para ver cómo iban las cosas. Lo último que Sakura deseaba era que su hija se preocupara antes de empezar el concierto.

Sonriendo a Sarada, le indicó con los dedos que volvería al cabo de cinco minutos, antes de marcharse con Sasuke, ante la esperanzada mirada de su hija. Sakura no se había sentido tan avergonzada en su vida. Una cosa era decepcionar a su hija; otra, traicionarla.

Entraron en el edificio de la escuela. Estaba desierto. Se dirigieron a un aula. Sasuke cerró la puerta y se apoyó en ella.

–¿Cuándo pensabas decírmelo?

Ella alzó la barbilla para enfrentarse a un hombre al que apenas reconocía. Sasuke había hablado en voz baja, pero llena de ira.

–Iba a contártelo en cuanto le hubiera explicado a Sarada que habías vuelto a nuestra vida –un pensamiento horrible la asaltó–. ¿Se lo has dicho?

–¿Crees que estoy loco? –la miró con los ojos centelleantes de furia–. ¿Cómo has podido pensar algo semejante?

–Porque no te conozco. Ha pasado mucho tiempo. Sasuke.

–¿Y, en todo ese tiempo, no has hallado el momento adecuado para decirme que teníamos una hija?

–Es que no se trataba solo de ti, Sasuke.

–Ni de ti. ¿Tan poca importancia tenía una hija para ti que se te olvidó mencionármela?

–Sarada, no «una hija». No hay nada más importante para mí que ella.

–¿Y no podías haberme dado la oportunidad de sentir lo mismo?

Sasuke estaba fuera de sí, pero ella llevaba once años sin manifestar sus sentimientos, ya que había estado muy ocupada siendo madre y trabajando para poder comer y vivir.

–Cuando intenté ponerme en contacto contigo, tu gente me bloqueó y yo carecía de los recursos necesarios para seguir llamando. Y si hubiera conseguido hablar contigo, ¿qué habrías hecho? –preguntó ella con voz airada.

–No hubiera sido tan insensible como tú.

–¿Insensible? – repitió ella con los puños cerrados–. ¿Y me lo dices tú, que me diste la espalda después del juicio, a pesar de haberte acostado conmigo la noche anterior? Habías ganado, por lo que todo lo demás, incluyéndome a mí, te traía sin cuidado.

–Seguí adelante, igual que tú.

–Yo lo hice porque me vi obligada. No tenía una casa a la que volver. Te marchaste sin mirar atrás, sin importarte lo que pudiera pasarme después del juicio.

–No eras responsabilidad mía –dijo él con frialdad. Y tenía mucha razón.

–Exactamente. Sin embargo, te apresuras a ayudar a los demás cuando lo deseas. Pero, en mi caso, no veías más allá de haberme llevado a la cama y, desde luego, yo no te importaba en absoluto, ¿no es así, Sasuke? Así que no vengas ahora a acusarme de haberme portado mal. Los dos cometimos errores.

–No me puedes acusar de nada.

–¿Cómo que no? Te alejaste.

–No había nada de qué alejarse.

–Justamente –dijo ella riendo con furia–. Una aventura de una noche: eso es lo único que era para ti, lo único que siempre he sido para ti.

–Y tú tenías tantas cosas que hacer que decirme que esperabas un hijo mío era lo último de la lista.

–No lo entiendes, ¿verdad? Yo no tenía tus recursos. Me expulsaron de mi casa con lo puesto, sin dinero y, desde luego, sin teléfono. No sabía cómo comería ni si conseguiría un sitio para vivir. En esos momentos, tú eras la última persona a quien hubiera recurrido, teniendo en cuenta que no habías intentado buscarme. Solo me tenía a mí misma. Y no pienses que me estoy quejando, porque me hizo bien. Estar sola me enseñó a confiar en mí misma y a ser mejor madre. Me hizo fuerte y decidida. Y supe que conseguiría sobrevivir, paso a paso, y que podría cuidar de mi hija. Eso era lo único que me importaba. Aparte de estar sana para poder cuidar de Sarada, lo único que me importaba y que me sigue importando es mi hija.

–Tendrías que haber recurrido a mí.

–¿Ah, sí? Suponiendo que hubiera podido ponerme en contacto contigo, querrás decir. Después de haberlo intentado repetidamente, fui a ver a mi madrastra. Le dije que estaba embarazada y le rogué que me ayudara a buscarte. Se echó a reír y me dijo que no volviera, que no consentiría que una prostituta manchara su reputación. Fue como si me hubiera dado una bofetada, pero me recuperé enseguida y me las arreglé muy bien sin ella, y sin ti. No tardé en darme cuenta de que estaba mejor sola.

–No me diste la oportunidad de conocer a mi hija. Es cierto, que estuve fuera mucho tiempo. Pero, desde que volví, hemos salido dos veces y no me has dicho nada. ¿Cómo se explica?

–Porque Sarada tenía que saberlo primero. La estaba protegiendo. Y si no lo entiendes, no eres digno de ser su padre. Eso es lo que nos diferencia: tú tienes poder y dinero; yo no tengo nada. Pero, en lo que se refiere a Sarada, no pasarás por encima de mí.

–No estés tan segura. Tengo derechos.

–No tienes ninguno.

–¿Cómo? –Sasuke estuvo a punto de echarse a reír. Acostumbrado a conseguir con dinero cualquier cosa, le resultaba imposible concebir que hubiera algo que no pudiera lograr.

–No tienes derecho alguno porque no figuras en el certificado de nacimiento de Sarada.

–Una prueba de ADN establecería mis derechos como su padre.

–Si yo consiento que se realice esa prueba. El hecho de que tu nombre no aparezca en el certificado de nacimiento de Sarada implica que, legalmente, no tienes derechos sobre ella, salvo que yo lo permita.

–Me enfrentaré a ti con todos los medios a mi alcance –la amenazó Sasuke.

–¿Otra vez? Antes de que despliegues a tu equipo legal, debieras saber que Sarada no quiere conocer a su padre. Me pidió que dejara de hablarle de él porque estábamos muy bien como estábamos.

–Puede que cambie de opinión si me conoce.

Una salva de aplausos hizo que miraran por la ventana. El director de la orquesta estaba subiendo al escenario.

–Tengo que irme –Sakura se dirigió hacia la puerta. Sasuke no se movió. Ella vaciló con la mano en el picaporte. Por fin, respiró hondo y se volvió hacia él–. Debieras oírla tocar. Lo lamentarás si no lo haces.

Salió del edificio y le pareció que se estaba asfixiando y aspiró con fuerza. Sasuke no la siguió.

Sasuke era incapaz de sentir nada. Siguió en la habitación vacía hasta que las primeras notas de la orquesta lo obligaron a ponerse en movimiento.

Localizó fácilmente a Sakura por su cabello. Había un asiento vacío a su lado, el único que quedaba. Podría haberse quedado al fondo o en un lateral, pero eso le hubiera parecido extraño a Sarada.

Sakura no lo miró cuando se sentó, ni él a ella, como si no se conocieran.

Tenía una hija, pensó él. No cesó de repetírselo para ver si conseguía entenderlo.

Sarada Floros, la joven sensación musical, era su hija. Floros era el apellido de soltera de la madre de Sakura. La pequeña violinista con la que se llevaba tan bien era su hija. Y se llamaba Sarada.

Sakura le murmuró algo, pero él no le contestó porque no quería hablarle. No deseaba explicar a nadie cómo se sentía, y mucho menos a ella. No podían hablar de semejante enormidad en público.

¿Dónde, entonces?

No sabía qué hacer. Su experiencia no lo había preparado para aquello. Se sentía inmerso en un bloque de hielo, intocable, inalcanzable.

Se dio cuenta, sin emoción alguna, de que ese estado de insensibilidad era la calma que precedía a la tormenta y que, cuando estallara, arrasaría con todo.

En ese momento, Sarada se levantó. Y él solo experimentó curiosidad. Miró a su hija sin saber qué sentir.

Pero, entonces, Sarada levantó el arco y comenzó a tocar.