VI
Imagination
"I keep craving, craving, you don't know it but it's true
Can't get my mouth to say the words they want to say to you.
This is typical of love.
Can't wait anymore, I won't wait,
I need to tell you how I feel when I see us together forever"
A lo largo de la vida, hay ocasiones en las que las pronunciar una frase se convierte en la tarea más extenuante de todas. Las razones son múltiples: miedo, vergüenza, dolor. Lo desconocido, la incertidumbre de no saber las consecuencias inmediatas de esas palabras, lleva al humano a callar. Ocultarse a veces no es signo de cobardía, sino de precaución.
A veces, el no actuar, el quedarse callado, te salva de lo que sabes ocurriría si se habla.
Pero Miyuki Kazuya ya no podía echarse para atrás. A pesar de saber cuál sería la respuesta clara de Sachiko en caso de confesarse con las palabras que ella esperaba escuchar, a pesar de saberse rechazado de antemano, fingir que no sentía nada por esa chica ahora era inútil.
No sólo sus amigos cercanos lo sabían. De hecho, no importaba que ellos lo supieran. Era que, aunque lo negara, Sachiko también lo había descubierto. Las palabras no servirían si sus ojos no fuesen honestos y, aquella noche en la cual la llevó a su casa, la mirada de Miyuki no podía exponer otra cosa que no fuesen sus sentimientos. El hecho de que Sachiko lo retara a expresarlo con palabras sólo implicaba que ella sabía lo complicado que sería para él el decirlas.
Lo conocía, ella lo demostró en más de una ocasión. Desde su estilo en el campo hasta la fragancia a lavanda que solía dejar en una habitación. No lo conocía sólo por su físico, y eso era lo que más le gustaba a Miyuki. Una persona que lo veía por quien era…
Y que parecía huir de la verdadera confesión.
—Sólo déjame hablar contigo una vez —insistía una semana después del acontecimiento. Umemoto y Yui se encontraban fuera de la cafetería, de camino a sus respectivos salones, cuando el cátcher las interceptó.
—Vamos, Miyuki. Deja ya esa apuesta, ni siquiera puedes ganarla —contestó Sachiko ante la intrigante mirada de Yui.
—¿De qué hablan, Sacchin? —cuestionó su amiga.
—Una ridícula apuesta que hizo con alguno de sus amigos. Ya perdió, pero…
—No es una apuesta —renegó Miyuki.
Umemoto lo miró a los ojos; un dejo de culpa le rogaba que simplemente fingieran que así era.
—Tú dijiste que lo olvidara, ¿no?—Palmeó su hombro con una sonrisa antes de seguir su camino, con Yui pegada a ella.
—No hablaba en serio y lo sabes —reclamó él y Sachiko apenas lo miró por sobre su hombro.
—Exacto. Nada lo dices en serio.
No podía discutirle. No podía hablar sin enterrarse a sí mismo con sus propias palabras. Y Sachiko no estaba dispuesta a escuchar las alarmas en su mente que le aseveraban la realidad.
—¿Me dirás qué es lo que pasa, Sachin? —cuestionó Yui, un tanto preocupado por la mirada de su mejor amiga, la cual cambió de inmediato y le mostró una expresión divertida.
—Ya sabes cómo es Miyuki, le gusta bromear. No pasa nada —mintió. Mas a sabiendas de que Yui no permitiría que se guardara algo que la carcomía, se alzó de hombros y añadió:—. La última vez que me acompañó a casa, trató de decirme que yo le gustaba; pero es obvio que se trata de un juego. Tal vez con Kuramochi o Narumiya, no sé.
Su amiga se detuvo en seco mientras subían las escaleras.
—¡Sachin! —La llamó para que ella también se detuviera— ¿Y qué si es verdad? ¿Qué pasa si no está mintiendo?
Umemoto continuó sonriendo.
—No es posible que yo le interese a alguien así; pierde cuidado, Yui. Me adelanto a mi salón, ¿bien? ¡Nos vemos!
Natsukawa la vio alejarse y se mordió el labio, rememorando todo lo que sabía de esos dos. La cercanía entre ambos era innegable. Para nadie era un secreto que Miyuki confiaba en Umemoto ni era un secreto que ésta conocía más que nadie de las chicas a ese cátcher tan pretendido. Un grupo selecto de personas, incluso, sabía que en algunas ocasiones ellos compartieron una afinidad física. ¿Por qué sonaría alocado, entonces, que uno de ellos despertara sentimientos por el otro?
Así se tratara del mismísimo ídolo del colegio, del tesoro que nadie conseguía, era posible que sus palabras, o lo que tratara de decir, fuese la absoluta verdad.
Aunque, también, entendía a Umemoto. Después de tantos juegos, de tantas bromas hechas sólo para burlarse de ella, cabía la opción de que todo fuese maquinado para reírse una vez más de la antigua mánager principal. Un sucio juego…
Empero, en cualquiera de los casos, no parecía que la situación pudiese concluir con ambos ilesos.
Unos pasos a su espalda la distrajeron un momento. Una de las voces en aquella charla era la de una persona que podía ayudarla a resolver dicha incertidumbre.
—¡Kuramochi-kun! ¡Acompáñame un momento! —dijo sin dudarlo al tiempo que tomaba al parador en corto del brazo. Éste se encontraba acompañado por Maezono y Shirasu, quienes no hicieron nada por ayudar a su amigo.
Sin saber cómo comportarse, el pobre muchacho fue arrastrado hasta la planta baja. Por un momento, se preguntó si acaso esa linda chica le confesaría su amor; mas antes de que su mente pudiese idear un escenario así, Yui se detuvo frente a una de las máquinas expendedoras del colegio y presionó un botón cualquiera.
—Te invitaré una leche de chocolate si me dices la verdad, ¿de acuerdo? —cuestionó con un rostro amable. Kuramochi todavía no entendía qué era lo que hacía ahí.
—¿Qué dices? ¿De qué hablas? —Yui le ofreció la leche y él dudó en aceptarla.
—Sólo tómala. No te haré nada, sólo haremos un intercambio.
Precavido, Kuramochi tomó el envase cúbico y continuó mirando a Natsukawa, como deseando leer sus intenciones.
—Seré directa: Sacchin dice que Miyuki-kun le dijo que ella le gustaba. ¿Es alguna clase de apuesta contigo, Kuramochi-kun? ¿O con alguien que conozcas?
Enseguida, el rostro de Youichi mostró una mezcla de sorpresa, incredulidad y confusión.
—¡¿Miyuki le dijo eso?!
Yui se sobresaltó ante la pregunta y luego se rascó la barbilla.
—Bueno, por lo que entendí, trató de decírselo; pero creo que no se atrevió. Aunque Sachiko lo entendió así… Así que, Kuramochi-kun…
El chico suspiró y le regresó la leche. Su rostro ya mostraba una mirada más seria.
—Sólo puedo decirte que yo no estoy metido en un juego así. Y en esta situación, creo que lo mejor que podemos hacer es dejar que ellos lo resuelvan. ¿A Umemoto le gusta él?
Natsukawa jugó un momento con el envase en sus manos antes de alzarse de hombros.
—Honestamente no lo sé. A Sachin nunca le ha gustado nadie, nunca me ha dicho nada parecido; así que no sé cómo se comporta cuando alguien le interesa… Sólo estoy segura de que Miyuki-kun es importante para ella.
Kuramochi desvió la mirada. "Ser importante"… ¿en qué nivel se registraba eso? ¿Sería suficiente para Miyuki?
—No voy a decirle a Sachiko nada de lo que tú me digas, Kuramochi-kun, sólo quiero asegurarme de que mi amiga no saldrá lastimada por esto.
Youichi negó con la cabeza.
—Miyuki no jugaría con algo así, pero no sabría decirte cuáles son sus intenciones con Umemoto.
.
Las dudas se repartían en los pensamientos de cada uno de los implicados. Debido a las personalidades de ambos chicos, ni siquiera sus amigos más cercanos eran capaces de leerlos con claridad. Además, la incertidumbre de lo que ocurriría después de la preparatoria complicaba aún más las cosas. El destino del afamado cátcher se encontraba en las ligas profesionales de béisbol, quizás en el mejor equipo de Tokio. Sus tardes, sus mañanas y sus noches estarían ocupadas por el arduo entrenamiento con su equipo. Avanzar, hacerse de un lugar como titular, sería lo más importante en su vida.
El romance estaría de más.
No obstante, se trataba también de un chico de dieciocho años que se enfrentaba a su posible primer amor. Las hormonas no le permitían pensar con claridad. Las experiencias físicas anteriores con la persona amada lo obligaban a pensar en cosas que él no esperaba hacerlo.
Y el anhelo de sentirse especial para ella… comenzaba a ser insoportable. Del mismo modo que el temor de no ser nada para ella lo carcomía por dentro.
Por esa razón, y sin saber a quién acudir, terminó siguiendo los confusos consejos del adicto al manga shōjo y su amigo Furuya. Una consulta llena de mentiras que ninguno de los dos pitchers pudo identificar lo llevó a escribir una más que modesta carta que colocó en el casillero de Umemoto.
La chica, por consiguiente, tomó la hoja mal doblada y leyó las pocas palabras que ahí se encontraban:
«Me gustas. Veámonos hoy a las 10 en el parque de camino a la estación.»
Sin poder evitarlo, su interior se contrajo. Respiró profundamente y, fingiendo que todo estaba en orden, sacudió la cabeza al tiempo que volvía a doblar la hoja.
Caminó con seguridad hacia donde, sabía, encontraría al insistente receptor.
Él estaba sentado sobre un bote vacío de pelotas, mirando el entrenamiento del nuevo primer equipo en el cuadro. En sus ojos se veía la añoranza de participar en esas prácticas.
—No tiene remitente, pero creo que esto te pertenece. —Le dijo Umemoto colocándose a su lado. El cátcher se sobresaltó y Umemoto rio por al fin vengarse de una de las tantas ocasiones en las que él la asustó.
Él volteó a verla y miró la hoja que ella le ofrecía. Por supuesto, la reconocía y le dolía que ella la tratara con tanta indiferencia.
—¿Acaso la leíste? —cuestionó sin tomar la hoja.
—Sí, lo hice. Tiene un estilo mucho más minimalista que otras cartas. Tal vez esta chica sea la indicada, ¿eh? —Le dio un pequeño golpe en el hombro, al cual él no reaccionó— Anda, toma la carta o te perderás de la cita.
Miyuki regresó su mirada al entrenamiento.
—¿No se te pasó por la cabeza que esa nota fuese para ti?
—Oh, vamos. Debe ser para ti. Mis fans no me escribirían cartas, de todas…
—Sí lo harían. —La interrumpió y Sachiko mordió el interior de su mejilla.
—Miyuki, eh… ¿No crees que deberíamos olvidar ese juego tuyo y volver a ser amigos como antes?
—¿Debo tomar eso como un rechazo, Umemoto?
La chica enmudeció. No había rastro de burla en esa pregunta. Tragó saliva, con el corazón en la garganta, para recuperar el aliento y su actitud.
—No trates de engañarme. No puede haber rechazo sin confesión.
—¿Y si lo hubiera? ¿Qué dirías si hubiera confesión? —Sachiko entonces no respondió. Miyuki la miró apenas alzando un poco el rostro. La respuesta estaba tatuada en esa expresión— Ve a la cita. Tranquila, no mencionaré ese tema, lo prometo. Sólo ve.
Sachiko lo miró a los ojos. Sonrió de nuevo.
—¿No volverás a hablar sobre eso? ¿Nunca?
—Sólo si vas a ese lugar en esa hora. Si no, te molestaré cada mañana con eso. —Él también sonreía, aunque su sonrisa no llegaba a los ojos.
—¡Trato hecho! —concedió Sachiko antes de despedirse con la mano— ¡Nos vemos, entonces!
Kazuya no se atrevió a mirarla. ¿Cómo podía soportar que la chica que le gustaba prefería que no volviera a mencionar el hecho de que le gustaba?
.
La luna esa noche brillaba con mucha intensidad. Las estrellas en el cielo hacían de la velada algo hermoso. Desde esa banca donde el cátcher esperaba, el paisaje era espectacular.
Contrastaba con el sentimiento que lo llevó esa noche a cumplir con lo prometido.
—¿Quién lo diría? Eres muy puntual, Miyuki —dijo la voz de Sachiko a sus espaldas—. Pasé por un par de helados para hacer las paces. Descuida, el tuyo es de queso; sé que no te gusta el dulce. —Le ofreció un cono y él lo aceptó con una sonrisa mientras ella se sentaba a su lado.
—¿Las paces? Te has enojado tantas veces conmigo, ¿pero sólo esto implica que quieras hacer las pases conmigo? —cuestionó y el interior de Sachiko sonrió al nuevamente escuchar las bromas de Miyuki.
—¡Así es! Das miedo cuando aparentas seriedad, ¿sabes? —Le dio un par de lamidas a su propio helado. Rompope.
—Se trataba de una promoción a mitad de precio, ¿verdad? Por eso me trajiste helado —adivinó el cátcher. De inmediato, el sonrojo en Umemoto la delató y él rio a carcajada suelta. Ella no era la única que lo conocía bien.
—¡Sólo dime por qué me citaste a estas horas de la noche! —exigió.
Él dejó de reírse y la miró. Cada segundo con ella era tan valioso…
—¿Por qué crees que te citaría en la noche en un lugar donde podemos estar solos por completo sin que nadie nos moleste? —Sachiko se congeló en medio de una lamida a su helado. Su sonrojo se incrementó. Kazuya volvió a reír— ¡Eres tan predecible! —Se burló.
—¡No me obligues a arruinar este delicioso helado! ¡Voy a tirártelo encima! —Le advirtió. Miyuki tomó una porción de su propio helado con los labios, ahogando su discreta carcajada— ¡Sabes que lo haré, Miyuki!
—Por supuesto te creo capaz, pero no pude evitarlo. —Sintió sobre sí la mirada que le aseguraba que si no cambiaba de tema, cumpliría su amenaza— Bien, bien. Sólo quería pasar un rato contigo. Tú te irás a la universidad en unos cuantos meses y debes estudiar mucho para conseguir un lugar en alguna facultad de medicina; así que no podré divertirme contigo.
—¡No soy tu payaso!
—Lo sé, lo sé. Pero eres divertida. —Suspiró— Además, tenía que decírtelo: he firmado con Los Gigantes, seguí tu consejo.
Sachiko soltó un grito de emoción y se pegó los puños al cuerpo, importándole poco que parte de su helado se embarrara sobre una de sus coletas.
—¡Eso es! ¡Sabía que al final escogerías ese equipo! Narumiya y Hongo seguro irán ahí también, ¡tienes que enorgullecer a Seidou y domar a esas bestias!
La comparación le hizo gracia al chico. Sería muy difícil obligarse a abandonar sus sentimientos.
—Por supuesto. Te daré entradas gratis cuando lo consiga.
—¡Así es! ¡Me lo debes luego de todas las bromas que me has hecho!
—¿Y eso es todo lo que piensas sobre mí? ¿Un chico que se dedica a gastar bromas?
—¿Qué? —cuestionó Sachiko un tanto distraída— ¿Qué pienso de ti?
—Sí. Para la última entrevista con Los Gigantes debo hablar sobre mí y no sé qué diré.
—Oh, entiendo. Entonces te ayudaré. —Parte de su helado de rompope resbaló en su mano y Sachiko lamió apenas ese hilo de dulce. Miyuki continuó comiendo su postre mientras la observaba— Sí, bueno, tienes un sentido del humor muy extraño; eso no puedo negarlo. Eres muy terco en ocasiones y cuando te enojas, no te gusta aceptarlo porque eso implica que tus sentimientos te sobrepasan. No sé qué tan bueno sea que digas eso en una entrevista… Pero sí que diste miedo cuando a Sawamura le regresaste violentamente la pelota en su primer partido contra Yakushi.
Hizo una pausa. Tragó parte de su postre y continuó:
—Pero no puedo decir que seas un desastre por completo; hasta podría decir que me impresionas en ocasiones. Tu compromiso con las cosas que amas es infinito, te olvidas de ti mismo sólo para ver logrado un objetivo en común. En ese sentido no eres egoísta, sino que, al contrario, tu entrega es total. Además, estás abierto a aceptar cuando te has equivocado y cuando tu ayuda no es la que se necesita. ¡Oh! ¡Y cuando aceptas un reto, lo haces en serio! ¡No subestimas a nadie! —Sus ojos reflejaban la pasión que su voz denotaba— No le temes al fracaso, sólo quieres darlo todo de ti y hacer que los demás lo den también. Tú inspiras no con palabras, sino con acciones. Deberías ver cómo te observan Sawamura-kun y Furuya-kun cuando entrenas. —Le sonrió— A veces eres asombroso, Miyuki —reconoció ella.
Y él no se pudo contener. Una vez más, tal vez una última vez, él se acercó a su rostro para robarle un beso más. Uno honesto, uno que entregó más que sólo una emoción. Uno que duró apenas un par de segundos, pero que obligó a Sachiko a soltar su cono. Uno que provocó que su corazón palpitara con fuerza y su mente se vaciara por un momento.
Uno cuyo mensaje fue claro.
Uno que ayudó a que las palabras fluyeran.
—Me obligas a romper mi promesa, Umemoto. —Le dijo él apenas a unos centímetros de sus labios.
Se alejó más de ella. Su helado también yacía en el suelo, sin saber cuándo fue el instante en el cual lo dejó caer. Y ella lo miraba a los ojos. No era sólo un sentimiento el que habitaba esos ojos cafés. Entre tanto, la mirada detrás de los lentes del cátcher no permitía duda alguna.
—Me gustas —declaró él. Y ella, en un instante sonrojada y al otro pálida, tartamudeó.
—P-p-pero, y-y-yo no… —Sacudió la cabeza para obligarse a concentrarse— ¡Yo no puedo gustarte!
—¿No crees que es muy egoísta de tu parte querer controlar a quién le gustas y a quién no?
Sachiko rápidamente giró el rostro y sus pupilas viajaron de un lado a otro, confundida y algo temerosa.
—Pero… ¡Pero yo no soy femenina!
—Si lo fueras, tu personalidad cambiaría, y me gusta así como es.
—¡Pero yo grito mucho!
—Tengo experiencia con gente que se expresa a base de gritos. No es novedad, lo siento.
—¡Pero a mí me gusta el dulce!
—Y por eso no hemos discutido sobre quién se come la última rebanada de pastel.
—¡Pero…! ¡Pero yo era team Iron Man en Civil war!
Kazuya rio.
—¿Qué?
—¡Tú eras capitán! ¡Se supone que tú debas ser team Capitán América!
—¿Ah, sí? Bueno, Los Vengadores tenían demasiado poder como para actuar de una forma tan arbitraria; así que lamento decepcionarte: yo también soy team Iron Man.
—¡Traidor!
Miyuki volvió a reír. Al menos, hasta que Umemoto volvió a hablar; esta vez, en casi un susurro:
—Pero… Pero tú no me gustas…
Apenada, culpable; miraba su calzado. Honesta. Preocupada. Nerviosa.
Él mentiría si dijera que esa frase no le dolió. Mentiría si afirmara que no esperaba esa respuesta. Mentiría si declarara que no sabía que no era correspondido.
Pero nadie lo culparía por sentir cómo sus entrañas se oprimían y cómo un nudo en su garganta se asentaba.
—Sí… Ésa es la razón más sensata por la cual no deberías gustarme —aceptó también sin mirarla—. Ojalá fuera suficiente.
Umemoto lo miró de reojo. Ahora no podría huir. La verdad que tanto evitó escuchar ahora estaba ahí.
—Puedes retirarte si te sientes incómoda. Descuida, ya no hay motivo por el cual vuelva a mencionártelo —aseveró el cátcher.
La muchacha tragó saliva una vez antes de asentir. Lentamente, como si la culpa quisiera obligarla a permanecer ahí, se puso de pie y, con las piernas temblándole a causa de los sentimientos acumulados, le dio la vuelta a la banca. Caminó un par de pasos y luego se giró.
—Miyuki. —Lo llamó, y supo que él la escuchaba— Lo siento. —Se disculpó con toda la honestidad que fue capaz.
Él no la miró.
—No te preocupes. Seguro es mi karma —contestó.
La luna esa noche era hermosa; las estrellas reflejaban un paisaje digno de recordar por su belleza. Mas de esa noche, lo único que permanecería en la memoria de esos dos chicos serían los sentimientos tan complicados que un beso y una confesión desataron.
