Los personajes de Hey Arnold no me pertenecen.

SEGUNDO AÑO

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MARZO

Eres una paria, al menos para el trío dorado: Lila, Rhonda y Nadine. Desconoces si alguien más en la pandilla está tan disgustado contigo como esas tres. En realidad te importa menos que nada lo que puedan o no pensar, o la opinión que se han formado de ti. La única persona a la que debes respeto y una explicación, aunque no la tengas, no te la ha pedido ni ha dejado de hablarte.

No es que estés feliz con el mundo después de los eventos sucedidos el catorce de febrero. Si bien te sientes… animada al respecto, algo dentro de tu corazón te insta a seguir impasible, de hielo, frente a las atenciones que cierto rubio cabezón tiene para contigo.

¿Cómo podría ser diferente cuando no logras entender qué hijos de la chingada está pasando? Porque los sentimientos no cambian de la noche a la mañana, lo sabes muy bien. De primera mano. ¿Qué sucedió con el amor que Arnold le profesaba a Lila? Sobre todo te preguntas en qué preciso momento finalizó su relación con ella y bajo qué términos.

Supones que en los peores porque sólo de ser así podrías explicarte el comportamiento de la pelirroja, ahora es contigo tan grosera como su personalidad se lo permite.

Volviendo con Arnold, deseas entregarte a la fantasía, a lo que dice que siente por ti pero te cuestionas si es posible. Crees que está confundido y sería más fácil que fuera de esa forma porque no logras entenderlo. Pero… no hay duda en sus ojos claros ni en el saludo matutino, ni en la sonrisa brillante que te dedica, ni en sus perfectos modales de caballero, ni en la innumerable cantidad de veces que te ha invitado a salir a pesar de las negativas. Ahora que lo piensas, tampoco hesitó cuando, frente al grupo, en plena clase de Literatura, leyó su tarea.

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Es su piel de suave porcelana; esa sonrisa salvaje y sincera; su carácter indomable y franco; la lealtad que la caracteriza; su corazón entregado, lleno de amor; su arrojo, poca diplomacia y sentido del humor. Toda ella, sí, pero más esos zafiros que brillan en lugar de ojos, esos mares profundos dónde se esconde, ese índigo mirar desafiante pero confiable. Toda ella, lo reafirmo, toda ella me tiene en sus manos, me roba el aliento, me hace vibrar con anhelo y no temo gritarlo, que de Helga G. Pataki me he enamorado.

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Vaya bomba… y se atrevió a soltarla sin apartar su mirada de la tuya (que no sabes ni cómo sostuviste). ¿Y si te sueltas, y si lo dejas entrar nuevamente a tu corazón (aunque nunca abandonó ese lugar especial), y si decides creerle?