-VOY a llegar tarde –comentó Bella mientras se duchaban juntos.

–No vayas a trabajar.

–Tendrías un poco de influencia si fueras el nuevo jefe… –ella se rio–. No, voy a trabajar para no tener remordimiento por los días que tengo libres.

–¿Cuántos días tienes libres?

–Dos días y dos noches.

Se vistió apresuradamente y, efectivamente, iba a trabajar, pero con condiciones.

–Esta vez tienes que volver –le advirtió él abrazándola–. Esta noche iremos a algún sitio bonito. Ella frunció el ceño porque no tenía nada adecuado para salir con Rdward Masen , pero, afortunadamente, él captó su preocupación.

–Yo me ocuparé de todo.

Ella se marchó y él empezó a planear la noche. Mejor dicho, estaba pensando llevarla a Casta. Jamás se le había pasado por la imaginación llevar a alguien al antiguo convento, pero le había contado su historia, por fin había alguien de su lado y, por primera vez, quería analizar su pasado… con ella. No quería a nadie y lo habían criado para no querer a nadie, pero ya sabía el motivo verdadero para que estuviera en Roma: Bella. Era posible que haber recuperado el anillo de su madre fuese una señal de que las cosas estaban empezando a cambiar. Por primera vez, creía que quizá, solo quizá, hubiese algo en la vida aparte de la venganza.

Salió y fue hasta la mesa donde había dejado el anillo, pero no había ningún anillo y estaba seguro de que lo había dejado allí. Podía recordar perfectamente el momento en el que lo dejó porque fue cuando se percató de que Bella estaba cerca. Intentó no pensar en que ella también podría haberlo visto con el anillo. Miró en el suelo y al lado de la mesa. La habitación estaba inmaculada, al contrario que la última vez que estuvo allí, y, después de unos minutos de búsqueda infructuosa, tuvo muy claro que el anillo había desaparecido. Se acordó de la cara de ella cuando le dijo que esa noche iban a salir. Quizá hubiese decidido que necesitaba ponerse algo. Le habría dado igual que se hubiese llevado algunos billetes de su cartera, pero acababa de recuperar el anillo de su madre.

Se vistió sin dejar de mirar por el suelo y todas las superficies. Seguía dándole vueltas a todos los detalles de la noche anterior cuando se puso la camisa y se la abrochó con impaciencia, pero no se molestó en metérsela por dentro de los pantalones. Así fue como lo vio.

Bella acababa de salir de la reunión preparatoria e iba a trabajar en el vestíbulo, tenía que cerciorarse de que todo estaba reluciente, incluso el latón de las puertas giratorias. No era su trabajo preferido, pero tampoco era desagradable. Podía ver a los huéspedes y charlar con Ronaldo, el portero. Tampoco era un turno fácil porque había muchas salas y siempre había clientes que dejaban marcas de tazas y migas, pero estaba tan feliz que ese día podría haber estado en cualquier sitio. Sabía que la noche anterior habían compartido algo precioso. Entonces, lo vio y no era el Edward que ella conocía. Solo conocía dos, o inmaculadamente vestido o deliciosamente desnudo. Ese estaba desaliñado, con la camisa casi desabrochada y sin zapatos siquiera.

–Bella…

Estaba despeinado y no se había afeitado, pero lo más desconcertante era su impaciencia.

–¿Podemos hablar?

–No puedo –ella sonrió y se dirigió a él como si fuese un huésped más–. Edward, aquí no…

–Aquí sí –lo dijo en voz baja, pero fue tan tajante que Ronaldo y un par de huéspedes giraron la cabeza–. ¿Tienes algo que es mío?

–Edward…

Estaba nerviosa. Él tenía los ojos como ascuas y los labios blancos. Ella podía notar su tensión y su rabia.

–No sé de qué estás hablando.

–Devuélvemelo ahora y nos olvidaremos del asunto.

Sabía que no le había pagado, sabía que, probablemente, ella creía que se merecía algo después de haber pasado dos noches en la cama de un hombre adinerado, pero no su anillo.

–¿Pasa algo?

Inga se acercó y Bella se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración, pero hizo un esfuerzo para contestar.

–No, no pasa nada.

–Bella…

Edward estaba pálido y hasta la cicatriz parecía palpitar por el pulso de la mejilla, pero esperó a que Inga se hubiese alejado para volver a hablar.

–Devuélveme el anillo.

–No sé de qué estás hablando, Edward –insistió Bella, que se alegraba de que Inga se hubiese marchado–. ¿No podemos hablar cuando haya acabado el turno?

Sin embargo, Inga no se había marchado, había ido a buscar a Benita, la gobernanta.

–¿Puedo hacer algo por usted, señor Masen? –le preguntó Benita.

–No pasa nada –contestó Edward intentando dominar la rabia.

–El señor Masen cree que Bella podría tener su anillo –intervino Inga.

–Estoy segura de que tiene que haber un malentendido –Benita sonrió–. ¿No se le habrá caído? Es posible que ya lo hayan entregado.

–No se me ha caído –contestó Edward en tono cortante y clavando la mirada en Bella–. Subiré a mi suite y volveré a buscarlo, estoy seguro de que tiene que estar allí.

–Bella solo preparó su habitación –replicó Benita con paciencia–. Usted ni siquiera estaba alojado cuando…

No terminó la frase cuando vio que Bella se había sonrojado y que Edward, evidentemente, acababa de levantarse de la cama. Benita cerró los ojos un instante al caer en la cuenta. Todo el mundo sabía que eso pasaba, pero Bella sabía que Benita esperaba otra cosa de ella.

–Bella, ¿te importaría ir a mi despacho? –Benita sonrió a Edward–. Llegaré al fondo de todo esto.

Era espantoso. Algunas veces se sorprendía a algún empleado robando y Bella sabía muy bien lo que pasaría.

–Tengo que registrar tu taquilla en tu presencia, Bella –le explicó Benita–. Las acusaciones son graves, aunque no me preocupa solo el robo. ¿Has tenido algún… trato con el señor Masen desde que se registró?

–No le quité al anillo.

–Eso no responde mi pregunta, Bella. Sin embargo, las mejillas rojas de Sophie sí la habían contestado. Claro que había tenido algún… trato con él.

–No encontrará nada en mi taquilla.

–Entonces, no te importará que la registre. Además, si no hay nada de lo que preocuparse, estarás dispuesta a darle la vuelta a los bolsillos ahora.

Edward había decidido que él era el indicado para ocuparse de ese asunto. Aunque ya no pensaba comprar el hotel, Benita no lo sabía y entró en su despacho, dispuesto a tomar las riendas, justo cuando Bella sacaba el anillo de su madre del bolsillo.

–No sé cómo ha llegado ahí… –Bella sacudió la cabeza, se dio la vuelta y vio a Edward –. Yo no me lo he llevado –le dijo en tono suplicante.

–¿Estás diciendo que no habías visto nunca este anillo? –le preguntó él en un tono ligeramente burlón.

–Sí –contestó Bella –. Yo nunca…

Bellan se calló porque habría sido mentira decir que no había visto nunca ese anillo. Anoche, mientras estaba escondida en aquel rincón, nerviosa y temblorosa, había visto cómo Edward se sentaba y miraba la joya durante un buen rato antes de dejarla. Él sabría que sí la había visto. Volvió a mirarlo y le imploró con la mirada que la creyera.

–Rdward , yo no me lo he llevado.

Edward no dijo nada. Ni siquiera se sentía decepcionado por ella. Se sentía decepcionado por ellos y se despreciaba a sí mismo; por un momento, había llegado a creer que existía la posibilidad de que estuvieran juntos. Ya no.

–¿Te importaría esperar fuera, Bella? Aunque Benita se lo pidió con cortesía, el tono fue gélido y Bella salió del despacho. Se apoyó en la pared y oyó retazos de la conversación. Oyó que Benita hablaba de la policía y supo que le preguntaba a él si quería presentar alguna denuncia. Edward contestó que no, pero vio que Benita estaba tentada e impuso su autoridad.

–Me causaría más problemas que lo que cuesta el anillo. Ya lo he recuperado –le dolía la cabeza y no quería estar hablando con la gobernanta. Solo lo hacía por un motivo–. No hace falta que Bella pierda el empleo, ha sido un hecho aislado…

–Señor Masen –le interrumpió Benita–, creo que los dos sabemos que tengo más de un motivo para despedir a Bella –ella esbozó una sonrisa tensa–. Usted tiene muchos establecimientos y tiene que saber que las relaciones entre empleados y clientes son un problema que está a la orden del día. Me ocuparé de Bella y, naturalmente, informaré al sultán Jasper.

–No hace ninguna falta.

Ella, sin embargo, no estaba furiosa solo con Bella. Estaba furiosa con ese ilustre cliente por el caos que había generado su libido.

–Yo, al contrario que Bella, valoro mi empleo y abordaré el asunto según lo estipulado. Espero que lo acepte…

–Claro. Salió del despacho y vio a Bella pálida y apoyada contra la pared, pero, aun así, lo miró a los ojos.

–Si necesitabas dinero, deberías habérmelo dicho.

Le dolió de una forma insoportable.

–No lo hice por dinero, Edward –él siguió su camino y eso la indignó–. Fue por algo más y lo sabes.

–Por favor…

Él levantó una mano y la agitó para despreciarla completamente. Eso la enfureció.

–Entonces, ¿por qué me mandaste flores el día de mi cumpleaños?

Edward se detuvo, se dio la vuelta y se dirigió hacia ella. Solo lo había conocido como alguien agradable. Bueno, la habían advertido de lo contrario, pero nunca había visto el Edward que pintaban los demás tan sombríamente.

–¿Tu cumpleaños? –él frunció el ceño–. ¿Quién dijo algo de tu cumpleaños? Te mandé flores para que supieras que estaba alojado y para que fueras a mi suite, algo que hiciste.

Edward esperó que le diera una bofetada o que le dijera que, efectivamente, era tan malnacido como siempre había sabido que era, pero sus palabras se le clavaron más profundamente.

–No me lo creo –replicó Bella–, eres mucho mejor que todo eso.

Benita salió entonces.

–Yo me ocuparé de ahora en adelante. Gracias, señor Masen.

Esperó a que él se hubiese alejado y se dirigió a Sophie.

–El señor Masen no quiere que intervenga la policía, pero no me queda más remedio que despedirte.

Benita no fue despiadada al despedirla, pero lo que más le dolió a Bella fue haberla decepcionado.

–Yo no robé el anillo.

–Bella, ¿qué estabas haciendo para darle a él la posibilidad de pensar que sí lo robaste? Hicimos la habitación y nos marchamos juntas mucho antes de que llegara el señor Masen.

Ella no tenía respuesta para eso.

–Creía que eras mejor –siguió Benita–. Habría estado mal con cualquiera, pero es el próximo dueño de este hotel.

–No lo sabía la primera vez que…

–Entonces, ¿ha habido otras veces? –preguntó Benita sacudiendo la cabeza–. Vamos.

Entregó su llave maestra y su uniforme. En la taquilla solo tenía unos pantalones cortos y una camiseta con tirantes. Se vistió y la vació completamente.

–Tenías un buen empleo –le dijo Benita–. Ya sabes cómo es este sector y cómo se saben las cosas. Te costará encontrar un empleo en un buen hotel…

Era verdad. Todo lo que decía Benita era verdad. Sin embargo, lo que le dolía no era eso por muy asustada y molesta que estuviese, lo que le dolía era la mirada que le había dirigido él, la sonrisa sombría que le había indicado que no había esperado otra cosa de ella. No tuvo un juicio siquiera. Llamaron a Dario, el jefe de seguridad, y la acompañó por la puerta principal para que todos los empleados supieran lo que pasaba… y Edward lo vio todo. Observó mientras los recepcionistas, el portero y las doncellas se paraban y se giraban para mirar a una Bellan que salía muy digna.

–¡Bella! –la llamó Anya–. Tus flores…

Ella estuvo a punto de derrumbarse. Miró las flores perfectas y se acordó de la felicidad que sintió en el corazón cuando las recibió. Entonces, desvió la mirada hacia donde estaba él.

–Ojalá no las hubiese visto nunca –dijo ella mirándolo a los ojos oscuros.

–Lo mismo digo.

Él se subió a su suite, pero todo lo que tocaba se volvía negro. Pensó en ella, en lo jovial, resplandeciente y sonriente que era cuando la conoció y en lo mucho que había amado su trabajo. En ese momento, la habían despedido. Miró el anillo que tenía en la mano y le pareció que le abrasaba la piel. Estaba guardándoselo en el bolsillo cuando llamaron a la puerta.

–Servicio de habitaciones.

No era el que él quería. Era Inga con el desayuno. Levantó una de las tapas de plata y le ofreció servirle.

–No.

–¿Le gustaría…?

–¡Largo! –bramó él. Levantó la tapa cuando se cerró la puerta y vio esos malditos huevos escalfados que había pedido la noche anterior cuando esperaba en secreto que fuese Bella . Tiró el plato y lo estampó contra la pared. No había estrellas de rock en el Grande Lucia, pero, horas más tarde, cuando las doncellas fueron a hacer la habitación, pensaron que el desorden creado era aún peor que el de las estrellas de rock.

~~~~~~~Vergüenza y amor~~~~~~~

Holi! les traigo dos capítulos más de esta historia. Me encantan estas Bella's jsjsjs

Me cuentan que les pareció.

Recuerden que esta historia es una ADAPTACIÓN y que al final les diré el nombre de la autora .

Nos vemos dentro de unos días con más capitulos.