"Algo anda mal".

No había otra manera de explicar el pequeño nudo que se le había formado en la garganta. Nunca se había sentido así, agobiada y nerviosa, como si temiera algo que desconocía. Ni siquiera el elixir podía excusar semejante malestar, ya que ha sido probado exhaustivamente y nunca ha dado efectos secundarios.

"No es muy habitual, pero hay personas que tienen un don, como un sexto sentido que les permite captar cambios en ciertas situaciones o cosas que le importan o conciernen. Esas gentes son muy especiales", había escuchado decir a una adivina en una de las múltiples tabernas que había visitado bajo su capa. Incluso ahora, arrodillada en una zona apartada de la ciudad de los goron, mientras suplicaba que las Diosas escucharan sus plegarias, podía notar cómo las cosas estaban a punto de cambiar.

—Din, Nayru, Farore, guardianas del mundo, luces que disipan las sombras. Escuchad mis plegarias y ayudadme a despertar el poder nato que duerme en mí —musitaba constantemente con los ojos cerrados y las manos juntas, reprimiendo los quejidos que ansiaba soltar por culpa de las rocas, las cuáles enrojecían sus níveas piernas por culpa de su dureza. Ni siquiera la fina túnica blanca podía aliviar la creciente molestia.

Pese a estar constantemente rogando a sus superiores, sentía un enorme vacío que le quemaba el alma, que le hacía sentirse ignorada. Por mucho que tratara de reprimirlo, cada día creía aún más que esto era una soberana estupidez, que las palabras que recitaba al pie de la letra día tras día no tenían ningún sentido.

Aún en el fondo de su ser creía en el amor como la solución a todo esto, y las palabras de su difunta madre haciendo eco en su alma. Quería creerla, quería obligarse a sí misma a poner sus sentimientos por delante de todo, incluso sentía que algo o alguien en ella la apoyaba.

Pero todo lo que vive a diario, todos esos rumores, insultos y especulaciones conseguían meterle una desagradable presión que podría terminar por ahogarla en cualquier momento, quizás antes de que sus apretados corsés lo hicieran. Era casi imposible cederle terreno a sus emociones cuando el deber se imponía sobre todo.

¿Por qué parecía que era una frágil muñeca de cristal al borde de caerse de su mesa y romperse en pedazos? ¿No podía ser una muñeca de diamante?

—En fin… será mejor que vuelva, tengo que atender unos asuntos como heredera al trono —susurró con pesar, levantándose con algo de dificultad y comprobando que, en efecto, sus rodillas presentaban rojeces —ya les pasaré un paño con agua.

Antes de encaminarse a la posada, echó un vistazo al volcán que se erguía de manera majestuosa delante suya, a bastantes metros de distancia. Ayer no había tenido tiempo de detenerse a pensar en lo imponente que parecía, o en el sofocante calor que tenía que estar emitiendo. El cansancio le impidió hacer otra cosa que no fuera pensar en tumbarse en su cama y dormir.

Unos pasos sonaron detrás suya, cosa que hizo que se alarmara brevemente, aunque no no duró mucho.

—Estoy tan enfocada en mis cosas que casi siempre me olvido que estás esperando por mí —rió ella, cosa que hizo que una sonrisa de medio lado apareciera en el rostro del elegido.

—Tampoco es algo que me extrañe. Soy como una sombra que se desliza invisible por todos lados. Sólo las personas que me conocen lo suficiente son capaces de sentir mi presencia —comentó con cierto aire misterioso, cosa que hizo que ella esbozara una leve sonrisa.

"Así que yo soy parte de esas personas, ¿eh, Link?", pensó, logrando que inconscientemente las palabras ajenas dichas el día anterior volvieran a aparecer en su cabeza.

"Tú también eres especial para mí, Zelda. Creo que aún no comprendo cuánto de especial lo eres", le había confesado, logrando despertar a una muy pequeña parte de su ser que parecía haber estado un poco adormecida. Si era sincera, comenzó a notar su diminuta existencia la primera vez que lo vio, como si hubiera reconocido a un viejo amigo. O quizás algo más…

Sacudió con suavidad su cabeza, tratando de despejar aquello que la llevaba atormentando toda la noche. ¿Qué era esa pequeña parte de su alma que se sentía dichosa de saber que por fin había dado con el elegido por las Diosas? ¿Por qué sentía que Link era un eterno conocido? Durante aquellas horas de oscuridad trató de buscar alguna respuesta lógica a todo lo que recientemente había despertado en ella, mas era imposible. La lógica no se podía aplicar a sus complicadas emociones.

—Zelda… ¿te he incomodado con lo que te dije ayer? —la voz de Link rompió el silencio que habitaba entre ambos y barrió las grandes dudas que no paraban de aparecer en su cabeza. Ella rápidamente negó.

—No, tranquilo, no es más que una pequeña preocupación que siento por haber vuelto a fallar. Pero creo que se debe a que no estaba en un lugar idóneo para ello —mintió mientras formaba una pequeña sonrisa, como para tratar de hacer que se olvide de ello. Un suspiro salió de la boca del muchacho.

—Perdón. Es que después de lo que dije, creí que te sentó mal porque estabas con cierto aire pensativo. Temí haberte descolocado o distanciado de mí —expresó con voz ciertamente teñida de amargura, cosa que encogió el corazón de la joven. El sentimiento de ambos era recíproco, de hecho ella se lo había confesado primero. ¿Por qué creyó que le incomodaría? ¡Si estaba feliz de saber que no era unilateral!

"Eso es muy malpensable, Zelda", advirtió su mente, cosa que hizo que sus mejillas adoptaran un tono carmesí, a la vez que una pequeña sonrisa se volvía a asomar por sus labios, con la única diferencia de que esta sí era genuina y no tan forzada como la anterior.

¡Pero si sólo eran mejores amigos! Aunque todo tuviera esa mala interpretación, no debía preocuparse en exceso por lo que el resto dijera sobre esas palabras que habían rondado por su mente. Sólo ellos comprendían su verdadero significado, uno relacionado a la amistad y la complicidad que llevan forjando durante varias semanas.

—Bueno, hemos llegado —advirtió ella en cuanto se vio delante de la entrada del lugar —¿Me esperas aquí? Imagino que echas bastante de menos a Daruk, así que he decidido que pasaremos el resto del día con él.

Ante aquello, recibió un leve encogimiento de hombros de parte de su amigo, cosa que ella entendió a la perfección. No lo hacía de mala manera, de hecho consideraba a Daruk un gran y divertido compañero. Sin embargo, no era alguien tan especial como para expresar algo tan grande como lo que ella insinuaba. Pero no podía negar que cierta parte de su ser añoraba esos pequeños momentos de risas que él y Daruk habían compartido gracias a las ocurrencias del goron. Sin mediar palabra alguna, ella se retiró a su cuarto, no sin antes pedir un paño con agua para tratar de limpiar las pequeñas heridas. Quince minutos después ya estaba lista para volver a reunirse con su escolta, pero antes de retirarse tomó los frascos de elixir que necesitaban volver a ingerir dentro de dos horas o también antes, siendo el primero el tiempo en el que el efecto del actual se agotaba.

Sin embargo, no necesitó tener que preguntarle a los goron que andaban por el lugar dónde estaba el elegido, ya que una fuerte y cavernosa risotada le informó de la presencia de Daruk. En cuanto hizo acto de presencia en la entrada de la posada, las miradas de ambos se posaron sobre ella.

—¡Alteza! —exclamó el elegido de los goron, emocionado por la presencia de la muchacha —¡ha pasado bastante desde la última vez que nos vimos!

—Lo mismo digo, Daruk. Ha llovido desde nuestro último encuentro —rió ella, consiguiendo como respuesta un "eso será por allí, que aquí nunca llueve" de su contrario. Con un pequeño gesto, su anfitrión pidió que les acompañara a un sitio para retirarse a comer.

No tardaron en llegar a su destino, una pequeña casa de una curiosa piedra resistente al fuego en la que se apreciaba un cartel grabado con la palabra "Restaurante". Sorprendidos de poder encontrar un lugar donde pueden tomar comida "normal", ambos hylianos y su acompañante se sentaron sobre una elegante mesa con tres sillas puestas alrededor de ésta, la cuál se situaba bastante alejada del resto de mesas.

Al menos sí podrían hablar sin que nadie les interrumpa o les escuche.

—Bien —musitó Daruk cuando terminaron de pedirle la comida al joven que se encargaba del lugar —a mis oídos ha llegado el plan que estáis armando a espaldas de Su Majestad. Fue gracias a los ornis, quienes me enviaron una carta explicando lo sucedido y de paso pidiéndome que os comunique que ellos están de acuerdo con el plan, y que cuando ordenéis enviarán a sus tropas para planear todo.

La princesa volvió a sonreír.

—Perfecto. Por el momento hemos hablado con las gerudo y con los ornis, y tengo pensado mandar una carta a Mipha explicándole todo con sumo detalle. Pero ahora que estamos aquí… ¿qué me dices?

Tras la pregunta que ella había formulado, el silencio se volvió a instalar en el ambiente durante un minuto, tiempo en el que Daruk se dedicó a meditar profundamente sobre los pros y las contras de aceptar y negar. Cuando el tiempo pasó, levantó la mirada y miró a la princesa a los ojos.

—Alteza… en cierto modo me siento mal haciendo esto, pues juré eterna sinceridad a vuestro padre y me siento un criminal rompiendo el pacto. Pero visto de otra forma… vuestra idea es muy buena, cosa que me hace querer dar el sí, que le apoyaremos en esto. Obviamente, mantendré esto en secreto, y comunicaré a los guerreros goron la noticia en forma de una pequeña mentira piadosa —anunció, cosa que hizo que ambos se sintieran aliviados de saber que las cosas momentáneamente estaban yendo bien, que nadie se había negado a ofrecer ayuda en esta alocada situación. La pareja de hylianos cruzó una corta y cómplice mirada, cosa que hizo que Daruk se sorprendiera sobremanera.

Al parecer las cosas habían cambiado.

La comida no tardó en llegar, por lo que los tres no dudaron ni un segundo en devorarla con la ansiedad nacida por la profunda hambre que se instaló en ellos. De vez en cuando se paraban a charlar sobre varios asuntos que han ocurrido en la región, que casi siempre desembocaban en bastantes risas que transformaban el ambiente pesado por el silencio en uno ligero y animado por las constantes bromas que se hacían. Tampoco duraron mucho en el restaurante, ya que después de beber los elixires, los jóvenes fueron a pagar, para segundos después abandonar el lugar.

—Bueno, Daruk, la propuesta que te hicimos era algo secundario. En realidad, el motivo principal por el que viajamos era para comprobar el estado de Rudania, y de paso enseñarte a pilotarla —comunicó la muchacha —y bueno… también nos apetece pasar un rato contigo, que no sabemos cuándo os volveremos a ver a ti y a los elegidos.

—Me parece excelente —respondió el goron —la verdad, me alegro de volver a veros por estos lares, que ya empezaba a sentirme un poco solo sin vuestra compañía. Es extraño… aunque hubiéramos pasado poco tiempo juntos, siento que Revali, Mipha, Urbosa y vosotros dos sois algo parecido a mi segunda familia.

—La verdad es que sí, que sin saber demasiado el porqué, estas prendas nos unieron. Quizás el hecho de compartir un destino parecido sea el que nos haya hecho ver que podemos refugiarnos entre nosotros —intervino Link —y es algo que compruebo constantemente con mi amigo Mathieu, el soldado. Me duele saber que él trata de aliviar la carga que supone mi condición inútilmente, puesto que él no tiene ni idea de lo que es estar en boca de todo el mundo, con todos esos dedos levantados hacia ti, señalándote.

—Pero bueno, después de todo tenemos a gente que nos comprende y nos ayude a sobrellevar la enorme responsabilidad que tenemos, ¿no es cierto? —cuestionó Zelda, dirigiéndole al muchacho una mirada animada y alimentando la curiosidad en el cuerpo de Daruk. Estaba decidido a cuestionar a la joven en cuanto tuviera la oportunidad de estar ambos solos, para así tener la oportunidad de escuchar la versión de los hechos de la boca de la princesa..

Ya no había rastro de incomodidad, no le cabía duda. Y, por supuesto, se alegraba por ambos, por haber sabido arreglar las cosas y transformarlas en algo que parecía ser una bonita y sincera amistad.

oOoOoOo

Aunque les había costado un poco por culpa del movimiento constante de la bestia, habían conseguido entrar en ella sin demasiados problemas. Lo primero que habían hecho sus ojos eran tantear el laberíntico lugar, para al final terminar dirigiendo su vista al lugar donde se hallaba el terminal principal. Sin necesidad de palabras, los pasos del trío se dirigieron hacia el gran dispositivo, y mientras Link decidió echar un vistazo por toda la estructura, Zelda le explicaba al goron el funcionamiento del ser.

—Bien… entonces ahora puedo controlar a Rudania sin ningún problema, ¿cierto? —planteó él después de un rato en el cuál trató de asimilar la nueva información, como modo de averiguar si estaba en lo correcto, cosa que verificó al ver cómo ella asentía. Aliviado de no haberse confundido con toda la sobredosis de información, se sentó en uno de los laterales de la gigantesca sala en la que se hallaban e invitó a que ella lo acompañara —gracias por todo. Ahora entiendo cómo controlar a mi bestia y prepararla para la batalla final… aunque ahora me ha surgido una duda que no tiene nada que ver con esto.

Antes de que él pudiera formular la cuestión, ella se le adelantó.

—Sé lo que me vas a preguntar. Link y yo llevamos varias semanas conociéndonos. Desde que me salvó la vida en el desierto, comencé a comprender que estaba actuando mal y me disculpé con él. Ahora somos buenos amigos —explicó —la verdad, he encontrado en él a un grandísimo apoyo para poder aliviar el peso de todo lo que me carcome, y ya estoy cansada de admitir que me arrepiento enormemente de mis tratos hacia él.

Una enorme sonrisa apareció en el rostro del goron.

—Me encanta oír eso. Aunque lo conozca poco, se ve de lejos que Link es un buen chaval. No dudo que lo vuestro se pueda tornar en una íntima amistad en cualquier momento.

—Ojalá me hubiera dado cuenta antes de hacer lo que hice —susurró mientras sentía una especie de pinchazo perforarle el corazón, uno que le resultaba muy familiar, que de hecho había experimentado bastantes veces. Sobraba decir de dónde venía eso.

El elegido iba a decirle algo para tratar de consolarla un poco, pero fue abruptamente interrumpido por el espadachín, quien llegó a donde estaban y se colocó de rodillas frente a ella.

—Por favor, no te tortures con eso. Las cosas han cambiado, Zelda —le habló con suavidad, aunque se lograba atisbar cierto deje de cariño en lo más profundo de su voz. Los ojos de ambos volvieron a conectar, olvidándose de la presencia de una tercera persona —el pasado ya pasó. Ahora somos amigos, y da igual lo que ocurra, no me separaré de ti. Sólo olvida lo que hiciste. Aunque cueste, déjalo atrás.

En ese momento, la expresión de la princesa mudó ligeramente a una mueca de sorpresa al sentir un calor sobre su mejilla derecha. No era necesario ser muy inteligente como para saber lo que eso significaba: que su escolta había tenido el valor de posar una mano allí y acariciarla con suma suavidad, incluso deleitándose de la suavidad de la piel ajena. Ella cerró con suavidad sus ojos, disfrutando de la caricia, sintiéndose querida y protegida, algo que la llenaba de infinita satisfacción. Un cálido sentimiento se instaló en su pecho, logrando sacarle otra de sus hermosas sonrisas.

Y Daruk, quién observaba con todo detalle lo que ocurría con ambos adolescentes, no pudo evitar observar enternecido el espectáculo que ambos le estaban brindando. Sin embargo, una certeza cruzó su mente, una que le hizo ponerse serio durante unos segundos.

"Las cosas están ocurriendo de manera rápida entre ambos. A este paso, no tardarán en desarrollar sentimientos, y no amistosos".

Con aquello retumbando por su mente de manera constante, se decidió a abandonar la estancia de manera sigilosa y dejar a ambos disfrutar de aquel momento, no sin antes musitar:

—Las cosas están a punto de cambiar, y sé que Zelda también lo siente. Pero creo que no tiene ni idea del sentido en el que lo van a hacer.