7

—Empecemos, entonces —anunció Edward Cullen mientras tomaba asiento en la presidencia de la mesa.

Su oscura belleza parecía incluso más espectacular en el contexto de aquella sala. Con sus pómulos altos y aquel pelo glorioso, era como un anuncio andante de la colonia Polo, de Ralph Lauren.

Bella estaba sentada a mitad de la mesa, pero, de algún modo, sus oscuros ojos parecían centrados en ella.

Edward Cullen.

La colección Cullen.

Bella bajó la vista hacia su cuaderno de notas. Le ardía la cara.

—Edward, antes de que empecemos... —intervino Rosalie, mirándola.

«No, no, no», pensó ella.

—Quiero presentaros a nuestra nueva bibliotecaria, Bella Swan. Asistirá a la reunión y tomará notas.

—Bienvenida a bordo, Bella —la saludó Edward.

El sonido de su nombre en sus labios fue surrealista. Sintió que el resto de la mesa la miraba, pero fue incapaz de formular una respuesta, ni siquiera un simple «gracias».

Lo que más la asombró fue que no vio ni rastro de vergüenza en él mientras la miraba, ni siquiera un vestigio de reconocimiento de que lo había pillado en aquella situación tan obscena.

Era tan guapo como el recuerdo que tenía de él, quizá incluso más. Su belleza de Adonis podría haber sido impersonal en cualquier otro pero aquellos ojos negros y su brillante pelo oscuro le añadían exotismo. Y había una energía en él, algo vibrante y vivo inconfundiblemente sexual.

Inició la reunión con el tema de la gala de los premios de ficción. Al parecer, durante los últimos once años, esos premios se habían otorgado en primavera, pero ese año los miembros de la junta de la biblioteca deseaban que la gala se celebrara en otoño, para así inaugurar con ella la temporada e incrementar la recaudación de fondos. Por desgracia, ese cambio de última hora había desbaratado toda la agenda del comité organizador.

—Eso no nos deja tiempo para leer, para planificar... es un calendario imposible

—se quejó una mujer.

—A los miembros de la junta les parece que el acontecimiento se desaprovecha si se celebra en primavera. Las vacaciones de Acción de Gracias son una época del año en la que se hacen obras de caridad, se dan regalos y una celebración como ésa atraerá la atención hacia la biblioteca cuando más valiosa puede ser para ella.

—¿No puedes intentar hacerles entrar en razón? —preguntó alguien—. Tenemos centenares de propuestas de las editoriales. Más que el año pasado, cuando contábamos con el doble de tiempo. Es imposible dedicar el tiempo que necesitaría cada novela.

Edward negó con la cabeza.

—Tendremos que lograrlo. Los que lo quieren así tienen la mayoría de los votos. La mesa se sumió en una enérgica indignación.

—Necesitamos más lectores —sugirió la mujer—. Rosalie, vas a tener que encargarte de algunos de estos títulos.

—Me encantaría —respondió ella, aunque, por cómo agarraba el lápiz, Bella sospechaba que quería decir todo lo contrario.

—Todos sabemos que estás ocupada con la organización de la boda y que éste es un trabajo que requiere mucho tiempo —intervino Edward. Luego, mirando a Bella, añadió—: Creo que tendremos que reclutar a la novata para esto.

—¿Qué? —exclamaron Rosalie y ella al mismo tiempo.

—Buena idea —asintió la morena de voz aguda—. Todos tenemos que arrimar el hombro.

—Un momento —protestó Rosalie—. Bella es mi empleada y es mi responsabilidad que su tiempo se invierta de un modo sensato...

—No estoy pidiendo que lea en horas laborables, Rosalie —intervino Edward—. Y ya has oído a Bree. Todos tenemos que echar una mano. —Luego, como si con eso ya estuviera todo decidido, volvió a mirarla a ella—. Bella, eres oficialmente uno de nuestros lectores en el comité de lectura. Ya te explicaré cómo funciona después de la reunión. Lo esencial es que este premio fue creado para apoyar el trabajo de jóvenes escritores de ficción de menos de treinta y cinco años. Las editoriales envían a sus nominados y nosotros seleccionamos a los finalistas. El premio son diez mil dólares. Como he dicho, podemos hablarlo después de la reunión. Ahora tenemos que tratar el tema de las sesiones de conferencias del otoño. Jonathan Safran Foer no vendrá, así que necesitamos un sustituto para noviembre...

Bella lo observó sin apenas escucharlo, fascinada por su seguridad, su dominio de la reunión. Aún no tenía claros los cargos y la jerarquía de la biblioteca y todos los diversos sistemas de recaudación de fondos y patrocinio de eventos, pero le daba la impresión de que fueran quienes fuesen los asistentes o el acontecimiento, Edward siempre estaba al mando.

Bella se refugió en su cuaderno. Tomar notas era lo único que podía hacer para evitar quedarse mirándolo fijamente; el modo como gesticulaba con sus grandes manos, cómo la camisa de rayas se le ajustaba a los hombros anchos, su sonrisa, que sugería que lo que sucedía en aquella estancia estaba a kilómetros de distancia de lo que estaba pasándosele por la mente.

El tiempo pareció detenerse y volar al mismo tiempo. Bella no deseaba que se acabara la reunión, como si él fuera a desaparecer cuando se agotara el tiempo del reloj de arena. Sabía que eso era irracional. Sin embargo, la sensación que le provocaba el simple hecho de estar en la misma habitación que él era algo a lo que todavía no quería renunciar.

—Debo irme —anunció Rosalie—. Tengo un almuerzo con la Coalición de Mujeres Lectoras del East Side.

Bella miró su reloj. Era casi mediodía.

—No importa, aquí ya hemos acabado —dijo Edward levantándose—. Bella, quédate un momento, por favor. Te explicaré el proceso de selección de los nominados.

Rosalie se volvió y les dirigió a ambos una extraña mirada.

—Edward, ella tiene que volver a su trabajo.

Soltó una risita impostada, como si en realidad no fuera tan importante, pero estuviera obligada, como mínimo, a decirlo.

—No te la entretendré mucho —dijo él—. Anda, compláceme. —Y le guiñó un ojo.

Rosalie sonrió y, aplacada ahora que él la había convertido en cómplice, se marchó de la sala.

El resto de los miembros del comité también se retiraron. Cuando la sala quedó vacía, a excepción de ellos dos, Edward le indicó que volviera a sentarse y se acomodó de nuevo en la presidencia de la mesa.

—Puedes sentarte más cerca. Nadie va a ocupar estos sitios —sugirió, mientras sonreía mirando las cuatro sillas vacías que Bella había dejado entre los dos.

Ella tragó saliva y se sentó en la que estaba a su lado, con el cuaderno de notas en la mano.

No podía mirarlo.

—Es estupendo tenerte en el equipo.

Ante ese comentario, logró mirarlo a los ojos y él le sonrió como si compartieran un secreto, cosa que, en realidad, era cierta. Bella apartó la vista.

—¿Cuánto hace que trabajas aquí?

—Dos semanas —respondió.

—¿Eres de Nueva York?

—No —contestó, incómoda por el bombardeo de preguntas.

Creía que estaban allí para hablar del premio de ficción, no de ella. Él la miraba expectante y se dio cuenta de que esperaba que continuara, que le dijera de dónde era.

—Soy de Filadelfia. De las afueras de Filadelfia, de la zona de la Main Line.

—Ah, la refinada Main Line —comentó Edward con una sonrisa. Bella no sabía si se estaba riendo de ella.

—Mi familia no es así —protestó a la defensiva.

—¿Y cuándo te mudaste a Nueva York?

—Hace un mes.

—Vaya. Realmente eres una novata. —Bella sintió un ramalazo de disgusto.

—No soy una novata en lo referente a libros. Soy licenciada en Archivos y Bibliotecas y he hecho un máster de posgrado de Bibliotecas e Informática. Me gradué con honores.

¿Por qué había dicho eso? ¿Qué le importaba lo que él pensara de ella? Edward asintió como si evaluara toda la información que le había dado.

—Entonces, supongo que eres una lectora rápida. ¿Te gusta la ficción?

—Sí —respondió, cruzando los brazos.

—¿Cuáles son algunos de tus autores favoritos? —Volvió a mirarlo contemplándolo con recelo.

—¿Contemporáneos o clásicos?

—Cualquiera de ellos.

Sonrió claramente encantado o, al menos, levemente divertido. Su actitud, a ella le pareció condescendiente e irritante, pero por nada del mundo rehuiría la pregunta.

—Bueno, en primer lugar, Henry James.

—Ah, sí. La bestia en la jungla. Bella lo miró sorprendida.

—¿Lo has leído?

—No pongas esa cara de sorpresa. Soy licenciado en Filología Inglesa. Y sí, lo he leído. Es uno de mis relatos cortos favoritos.

—¿Sólo uno de ellos?

—Unos cuantos de Raymond Carver ocupan los primeros puestos de mi lista. —Ella asintió. Era difícil ponerle alguna pega a Raymond Carver.

—Bueno, esto es alentador —afirmó él, al tiempo que unía las palmas de las manos—. Al menos, sabemos que compartimos el mismo criterio para los relatos cortos de ficción. —Le brillaban los ojos—. ¿Y de los contemporáneos?

Bella pensó durante un minuto, con la mente súbitamente en blanco. Aquello era ridículo, no tenía que demostrarle nada a aquel hombre. Le daba igual si era licenciado o no en Filología Inglesa. Aquél era un tema de conversación en el que ella se sentía segura.

—Ángela Walter —dijo al fin—. Todas sus novelas son sorprendentes y totalmente diferentes unas de otras. Luego, supongo que Tom Perrotta, Michael Chabon...

—Interesante —afirmó Edward, como si le hubiera revelado algo.

—¿Qué?

—Todos los escritores que mencionas son hombres. Debes de conectar bastante con la sensibilidad masculina.

¿Era cierto? ¿No había mencionado a ninguna escritora? ¿Ni una sola? Sintió una punzada de disgusto. ¿Quién era él para juzgar sus respuestas, para analizarlas como si la estuviera sometiendo a una especie de test Rorschach literario?

—No sé qué se supone que significa eso —replicó—. Y, a propósito, no me has engañado ni por un segundo. Toda esta charla sobre ficción no cambia el hecho de que eres el tipo de persona que puede... que puede... —titubeó, repentinamente consciente de que la violencia de su indignación la había llevado a un callejón sin salida.

—Que puede ¿qué? —insistió él, claramente divertido.

Su hermosa sonrisa, el modo como se inclinó hacia ella, esperando ansioso su respuesta, fue el insulto definitivo.

—Practicar sexo en la biblioteca —susurró.

—Calma, calma. Creo que no deberías ir por ahí haciendo unas acusaciones tan graves —contestó de una manera tan inocente que Bella casi creyó que lo había imaginado todo.

Y entonces Edward empezó a reírse.

—No puedo creer que lo encuentres divertido —dijo ella.

—Eh, no olvidemos que fuiste tú quien entró a hurtadillas en una sala privada.

Eres una chica traviesa.

De repente, dejó de sonreír y la miró de una forma que hizo que se le encogiera el estómago. Su mente se llenó con la imagen de aquella mujer inclinada sobre el banco, con el pelo colgando hasta el suelo... Y la expresión de placer en su rostro mientras Edward la embestía una y otra vez...

Bella se levantó y salió corriendo de la sala.

—¿Cómo va el mundo bibliotecario? —preguntó James, mientras metía la mano en el paquete de galletas Oreo de Bella y se comía dos a la vez.

Ella miró a Alice para que reprendiera a su novio, pero su compañera de piso estaba distraída, sentada en el banco de la cocina, pintándose las uñas de los pies de un verde fluorescente.

—Bien —le contestó Bella a James mientras abría la nevera y sacaba los espaguetis que habían sobrado de la cena la noche anterior.

—¿Algún otro encuentro con alguien desnudo? —insistió Alice.

—No —contestó ella.

—¿Finalmente se lo dijiste a tu jefa? —se interesó James. Bella metió el plato de pasta en el microondas.

—No, no le dije nada.

—¿Has dejado que el pervertido siga por ahí suelto? —exclamó Alice con regocijo.

Ella se encogió de hombros.

—No sé si es realmente un pervertido. Estaba en una sala privada y resulta que es una sala que su familia donó o algo así.

Se dirigió a la mesa del comedor y apartó la última pila de revistas de moda de Alice.

—Eh, no puedes dejarnos así después de hacer ese extraño comentario —protestó su compañera, mientras entraba caminando con los talones y con los dedos de los pies separados.

James la seguía.

—¿Qué quieres decir con que su familia donó la sala? ¿Cómo se llama?

—No quiero decíroslo —contestó Bella. Alice se rió.

—¿Por qué no? ¿Al fin tienes algo interesante que decir y nos lo vas a ocultar?

—Lo publicarás en Twitter o en un blog o lo que sea que hagas.

—No lo haré —replicó la otra chica—. Lo prometo. Tu pervertido amiguito de la biblioteca será nuestro pequeño secreto. No saldrá de esta habitación. ¿De acuerdo, James?

—De acuerdo —asintió él.

Bella vaciló un momento, pero su necesidad de confiar en alguien superó a su prudencia.

—Edward Cullen —espetó.

—¿Qué pasa con él? —preguntó Alice.

—Ése es el tipo.

Alice apartó una silla de la mesa y se dejó caer en ella con los ojos como platos.

—Me tomas el pelo.

—En absoluto. ¿Por qué? ¿Lo conoces?

James se acercó. Era evidente que estaba muy interesado en la respuesta a esa pregunta. Alice cogió una revista W de la pila y pasó las páginas apresuradamente. Al no encontrar lo que buscaba, cogió otra. Entonces lo encontró y plantó la revista delante de la cara de Bella. Le estaba mostrando una foto en blanco y negro de una mujer con un vestido sin espalda, inclinada hacia adelante, con la columna arqueada. Las manos le llegaban a los pies y tocaban los elegantes zapatos de tacón de aguja.

—¿Quién es? —preguntó Bella, extrañamente asustada por que Alice pudiera responderle que era la novia de Cullen.

Aunque ¿qué importaría? Pero en vez de eso, su compañera le señaló la letra pequeña impresa debajo de la imagen: Fotografía: Edward Cullen.

Le costó un minuto asimilarlo.

—Déjame ver eso. —Cogió la revista y pasó una página, luego otra.

La fotografía que Alice le había enseñado era la primera de todo un reportaje de Edward.

—Es un tipo muy importante en este campo —explicó la chica—. Cuando publicó por primera vez fotos en las revistas, la gente pensó que era un aficionado, por todo el dinero que tiene y eso. Pero acalló todas las críticas con fotos como éstas.

Bella dejó la revista sobre la mesa.

—Bueno, me alegro por él. Pero eso no le da derecho a usar la biblioteca como su patio de recreo personal.

Alice suspiró.

—Relájate, chica. Deberías reconocer un gran momento de Nueva York cuando lo tienes delante de las narices.

—O cuando te planta su culo desnudo en la cara —bromeó James.

Se rieron y Bella removió los espaguetis en el plato. Cansada de ser el blanco de sus mordaces bromas, finalmente preguntó:

—¿Qué me sugerís que haga?

Alice le puso una mano en el brazo.

—Tómatelo a broma. ¿Sabes cómo hacerlo, Bella?