14 de diciembre de 2020. 15:04 PM hora española.
NA:
Tres años.
Tres años han pasado desde la última actualización de este fic. Muchas cosas han pasado también. Pérdidas familiares, una ruptura, una rotura de corazón.
Una pandemia.
Tiempos complicados que me han tenido alejada de mi afición favorita: escribir.
No sé si os acordaréis de este fic. No sé si os gustaba demasiado. Era una historia que empezó elaborándose con mucho amor, mucho cuidado y aunque cometíamos muchos errores, teníamos la esperanza de que os podría gustar.
Ahora, la prosigo sola, en solitario. Mi alter ego tiene demasiadas cosas que hacer y como sabíamos qué iba a ocurrir desde el principio, escribiré yo y ella se limitará a revisar los capítulos.
Mi nuevo perfil de Tumblr., sanjiaholicreturns
También he cambiado mi perfil de que ahora es este Dorca Raven Wings.
Advertiros que por la época que empezamos el FIC, el manga de One Piece no había llegado más que a esbozar Whole Cake y por tanto, algunas de las referencias que se hacen, sobretodo durante los primeros capítulos, estarán desactualizadas. Intentaré corregirlas a medida que escribo, porque tengo la firme intención de acabar esta historia.
Espero que sigáis ahí.
Y perdonadme.
.5.
Patatas a la parrilla.
Patatas, una o dos por persona. Papel de aluminio. Salsa Chimichurri. La compré ya hecha en una tienda de Bighorn.
Lavamos muy bien las patatas para no comer tierra, las secamos con papel de cocina y las pinchamos con un tenedor. Cortamos rectángulos de papel de aluminio para poder envolver cada patata.
Colocamos en el centro del cuadrado de papel aluminio un poco de chimichurri, añadimos una patata y la bañamos con otro poco de chimichurri. La envolvemos.
Una vez preparadas todas las patatas las reservamos.
El tiempo de cocción de las papas son de aproximadamente 40 minutos debajo de las parrillas. Cada 10 minutos las vamos a ir rotando, y cuidando de que no baje la temperatura.
Cuando estén blandas, estarán cocidas y nos las podremos comer.
o.O.o
— "I wanna go home, I wanna go home…"
La antigua canción soul de Charles Brown sonaba en la radio del viejo Suzuki de Zoro, mientras los rayos de sol que atravesaban el cristal de la ventanilla del conductor hacían que su pelo brillara como las hojas de un limonero. Sanji, a su lado, se dejaba llevar por la canción, por la cálida voz del intérprete y por la atmósfera creada. Feliz, sin poder apartar la mirada del resplandor de los cabellos del chico que iba al volante. Era como observar un campo de tréboles en agosto.
Tenía pegados los ojos en el aspecto suave de la cabeza de césped. Quería hundir los dedos en aquella espesura capilar. Era incapaz de ordenar a su cerebro que dirigiera su atención hacia la carretera o hacia cualquier lugar que no fuera el rostro del atractivo conductor. Zoro casi no tenía vello facial. Era lampiño. Sanji no le había visto afeitarse en las casi cuatro semanas que llevaba en su casa. Apenas medio milímetro de pelusa castaña asomaba en la línea de la mandíbula y al rubio Sanji le daban ganas de pasar el dedo para comprobar si pinchaba. La falta de vello debía de ser cosa de la herencia japonesa de alga-man.
En cambio, la suya era puramente caucásica, su madre francesa, y su padre biológico… bueno, este tío era alemán, por lo que Sanji debía afeitarse casi a diario. Aquellos días en Drum, se había dejado algo de perilla. No mucha, no quería parecerse a su hacedor, solo la barba suficiente para que el Marimo le llamara D'Artagnan.
"Idiot Marimo…".
Realmente era un idiota. Zoro cada vez estaba más tocapelotas con él. Le abochornaba constantemente, irritándole hasta el extremo. Le incomodaba todo lo que podía y se notaba que disfrutaba con ello. Como un niño pequeño que no para de molestar. Y él… pues también idiota, comportándose como una virgen vestal, no podía evitar los sonrojos, la atracción y el creciente interés, que cada vez se hacía más palpable. Obviamente, Sabo lo había notado y después de su última conversación por WhatsApp le había llamado para advertirle de que encariñarse por alguien a quien se iba a dejar de ver en un par de meses, seguramente para siempre, era una de las mayores estupideces.
El francés hubiera deseado ser menos transparente. No quería que Zoro le gustara tanto, pero no podía evitarlo. Hasta el propio Marimo debía haberse dado cuenta, porque, joder, aquel día cuando le despertó de la pesadilla y cuando le rozó con los dedos, su piel ardió como una tea empapada en aceite.
Colorado, lloroso y balbuceando como un anormal.
Ridículo.
Nunca le había pasado algo así. Con nadie. Jamás.
"Jamais".
Lo de fingir. Buah, eso lo había hecho en muchas ocasiones. Guionizar su vida para no tener que enfrentarse a la espesa realidad de según qué situaciones. Era relativamente fácil y él era un actor consumado cuando quería... pero ahora, cuando tenía a ese tío verde delante, le resultaba difícil ponerse una máscara.
Su piel ardía cuando el Alcachofa estaba cerca. Y su corazón también había empezado a arder. No podía parar la espiral descendente hacia un terreno emocional peligroso, aun sabiendo que la fuerte atracción que sentía por ese tío estaba condenada al puto fracaso. Había que ser imbécil para caer en el jodido tópico del que siempre había huido: sentirse atraído por un hetero.
Era un gilipollas.
Tampoco es que el Alga Verde se lo pusiera fácil. Sanji no sabía exactamente por qué, pero Zoro parecía divertirse seduciéndole. O eso empezaba a creer el actor. El problema no era Zoro y su irritante comportamiento, sino que lo grave, lo realmente grave era que, a él, de alguna enfermiza y perversa manera, le gustaba aquel jueguecito de mierda. Era divertido. Le dejaba con ganas de más. El enganche emocional. El puto enganche emocional. La tensión sexual no resuelta. Sanji no era idiota del todo. Sabía que ese tipo de historias no llevaban a ninguna parte. Había visto a Zoro agarrar a Perona por la cintura y meterle la lengua hasta lo más profundo de la garganta. Por Dios, si en Año Nuevo les había pillado follando en el cuarto de baño.
Se estremeció con horror al recordar aquella imagen espeluznante y desagradable.
¡Puaj!
En fin, con el transcurso de los días había ido ganando confianza y ya empezaba a replicar a aquel ser mono neuronal, demostrándole que, en cuestión de ingenio, él era Le Prince Des Occurrents, con mayúscula.
Y transcurrían los días enzarzados en un estúpido juego de apodos. Una absurda rivalidad léxica en la que ambos competían por soltarse el insulto más gracioso y florido. Los dos querían decir la última palabra, los dos querían ser el más listo e incluso había momentos en los que habían empezado en broma y acabado casi en serio y medio enfadados. Habían encontrado una manera de comunicarse exasperante, pero que, curiosamente, había conseguido acercarles más. Sanji no sabía si aquello era bueno o malo. Suponía el rubio actor que bueno no era, al menos para él, porque el Marimo de mierda cada vez le gustaba más. ¿Cómo podía parar esa atracción? Bien. En realidad, esa no era la pregunta…. La pregunta era ¿quería parar esa atracción? No estaba seguro de la respuesta. O quizá sí…
Absorto, sumido en esos pensamientos, Sanji fijó la vista en Zoro, sin verle, por eso no fue realmente consciente de cuando el otro chico, al detener el vehículo en un semáforo, se volvió para observarle, con la ceja enarcada.
— ¿Qué te pasa Cejas Rarísimas? ¿Por qué me miras así? – y esbozó su sonrisa de comemierda— ¿Tanto te gusto? Me vas a gastar.
El maldito sonrojo le estalló en las mejillas.
"Gilipollas".
El estómago se le fue a los pies. Su corazón se desbocó sin control ni piedad. Zoro sonrió de medio lado, sin quitarle los ojos de encima, burlándose de él.
— Otra vez… Te has puesto co-lo-ra-do… — se carcajeó marcando las sílabas.
"Bastardo…". Sanji apartó la vista del mamarracho para conservar algo de dignidad.
— No te miro a ti, Alga Imberbe— graznó abochornado—. Lo que miro es tu pelaje. Esos rastrojos que salen en tu inmense cabeza…
— ¿" Alga Imberbe"? — el profesor seguía sonriendo con malicia y Sanji sintió la imperiosa necesidad de estamparle algo en la cara. — ¿Quieres tocarlo? ¿Mi pelo…?
Sanji sofocado, soltó una risotada que sonó más falsa que la de Judas Iscariote fingiendo divertirse en la Última Cena.
— ¿Coloré…? ¿Teñido? — mientras le preguntaba y para disimular, se llevó el dorso de la mano hacia su ardiente mejilla — Ese color asqueroso como de moco verde ¿es teñido?
— ¡Eh…! — Zoro se hizo el ofendido – ¡Tengo un buen pelo!
— Ahá… Así que tu pelo es natural… — Sanji asintió condescendiente. — Criatura del Pantano…
—¿Tú eres tonto? ¿Cómo quieres que sea natural? — Zoro arrancó el coche de nuevo, al cambiar el semáforo — ¿Has visto a alguien con el pelo verde natural, Pervertido?
— Oui, a ti Marimo… — el rubio se encogió de hombros, dando a entender que aquello era una obviedad.
Se hizo el silencio en el vehículo, solo roto entonces, por el ataque de tos que le dio a Sanji, que sacó un pañuelo de papel del bolsillo y empezó a sonarse la nariz. Dormir en el salón de Zoro era como dormir en una jodida nevera y se estaba resfriando en serio.
De repente, Zoro estalló en carcajadas.
— ¿Criatura del Pantano? — preguntó riendo — ¿Qué clase de chorrada es esa…?
Ese idiota pillaba los chistes con retraso.
— Idiot… — murmuró entre dientes. Le gustaba su risa. El Alcachofa se reía poco, pero tenía una risa muy contagiosa. Dirigió la vista hacia un lado de la carretera. No quería que le viera sonreír como un imbécil feliz. Volvió a sonarse la nariz. A ese paso, antes de llegar al lago se vería obligado a abrir otro paquete de pañuelos de papel.
— ¿Queda mucho? —le miró de reojo cuando lo preguntó. — Para llegar a le lac…
— Unos veinte minutos con la carretera así… — contestó Zoro, sin apartar la vista de la vía y refiriéndose a la nieve que cubría el camino—Tardaremos un poco más, porque tengo que hacer una parada en Robelle. Después cogeremos la carretera, otra vez. La entrada al lago está en Gyasta. Allí hay un camino de cabras que lleva al embarcadero.
Sanji le miró intrigado.
— ¿En Robelle vive gente? Yo pensaba que todos estaban en Bighorn.
Zoro asintió.
— Robelle es una zona residencial — le explicó — la mayoría son casas de vacaciones. Gente de pasta. De mucha pasta. Grandes terrenos con jardines y todo eso…. Cagan dinero. Se llena a partir del mes de marzo, cuando el deshielo, durante el invierno está casi vacío.
— Y ¿Gyasta? — preguntó, pero sin atreverse a indagar qué se le había perdido en Robelle al Marimo, si, como decía, no había ni Dios.
El profesor sonrió.
— Allí vive poca gente. Como te he dicho, está el acceso al lago. En verano, te bañas, practicas deportes acuáticos, cine al aire libre y esas cosas… pero durante el año y especialmente por la noche, es la zona de bares de Drum, por donde sale de fiesta todo el mundo. Hay un par de pubs, una disco y… — se giró hacia él y le sonrió —un bar de ambiente.
— Oh… — Sanji enarcó su ceja. — Con lo agradables y tolerantes que sois en este pueblo, me extraña que no lo hayáis quemado con la gente dentro… Ya sabes… L'Inquisition espagnole… Torquemada y sus amigos.
El Marimo resopló como un búfalo.
— Ganas no le faltan a la L.P.F…
— ¿Quoi?
— La loca de la Sra. Charlotte.
— Ah… La encantadora madeimoselle de la radio… — asintió sonriendo — ¿Está bien?
— ¿La loca? — preguntó Zoro extrañado ante la pregunta. — ¿Y cómo coño quieres que yo lo sepa, Cejillas?
— No, Gorille Vert, ese bar… Me refiero al bar del que hablas ¿Está bien? ¿Va mucha gente?
— ¿Gorille? — se giró hacia Sanji, esbozando una mueca de comemierda. — ¿Me has llamado gorila?
— Oui monsieur… Gorille vert. — puntualizó. — ¿Está bien ese bar?
Zoro resopló, aunque satisfizo su curiosidad.
—Yo solo he entrado una vez. Y era una fiesta privada. El cumpleaños de Ace. Cerraron el bar para nosotros.
— Ah…
— Ace sí que va alguna vez. Si se lo pides, te llevará.
Zoro se volvió hacia él rápidamente y enarcó las cejas antes de volver a fijar la vista en la carretera. El silencio, roto solo por los primeros acordes de una de las canciones más famosas de Bruce Springsteen sonando en radio Sakura, inundó el coche antes de que Zoro volviera a hablar
— Podrías darle una oportunidad a Ace, lo está deseando... Eres muy duro con él…
El comentario tuvo la virtud de molestarle muchísimo. Le sentó muy mal. Peor de lo que se hubiera imaginado. Estaba claro que al Marimo le importaba una mierda su culo, pero que encima le intentara arrojar en brazos de otro tío era la confirmación de lo que estaba pensando minutos antes: la atracción que sentía por el profesor siempre seria unidireccional y no correspondida.
— ¿Oportunidad? ¿Por qué no se la das tú? — dijo irritado— Idiot…
— Porque a mí Ace no me gusta… — Zoro se giró hacia él, apartando un momento la mirada de la carretera. Parecía sorprendido por el tono enfadado de Sanji. — Ace es…
Sanji no le dejó acabar. Se sentía herido en su orgullo, y no pudo controlar la rabia desproporcionada que marcó sus palabras.
— ¿Qué pasa que porque sea tu único amigo gay, me lo tengo que tirar? Da igual si me gusta o no… Como les deux somos gays, y todo el mundo sabe que somos unos promiscuos, tenemos que follar ¿no? ¡Qué bien!
Zoro le volvió a mirar, con la ceja enarcada.
— Eo, eo… Cejitas, yo no estoy diciendo esa mierda, ni tampoco pienso semejante idiotez… Eso lo estás diciendo tú… Yo solo te iba a decir…
Pero Sanji continuó interrumpiendo con la ceja totalmente retorcida.
— Mon chérie Nami me ha contado que también le gustas tú… Dale tú la chance…
Y giró la cabeza hacia la ventanilla del conductor para que aquel ser deficiente, no viera que le había herido.
— Oi, oi, perdona joder… — el del pelo verde se disculpó, aunque también parecía molesto. —Lo he dicho, porque está claro que a Ace le gustas. Sé perfectamente lo pesado que se pone cuando alguien le interesa. ¡Qué sensible estás! Solo bromeaba un poco.
Sanji resopló, pero no contestó. Menuda broma de mierda.
— Y que sepas que él no es mi único amigo gay… — añadió Zoro ofendido.
En ese momento a Sanji le importaba un carajo todo. Como si sus amigos eran de la Junta Directiva de la Federación LGTBI de Grand Line.
A ver si el Musgo pensaba que tenía que felicitarle por tolerante.
Permanecieron en silencio durante varios minutos y la tensión entre ambos fue creciendo en intensidad hasta hacerse casi irrespirable. Una manta espesa de estúpido e infantil enfado parecía cubrir el interior del viejo vehículo. Los minutos fueron pasando en silencio y las cuñas publicitarias del comercio local en Radio Sakura se hicieron insufribles. Zoro también se había cabreado.
Diez minutos después se arrepintió. Empezó a pensar que quizá había sacado las cosas de quicio. A fin de cuentas, si era sincero consigo mismo, se había enfadado, porque Zoro no mostraba interés por él. Por nada más.
Empezó a sentirse como un capullo.
Llegaron a Robelle en silencio. Era un pueblecito de grandes y bonitas casas unifamiliares con enormes extensiones de jardín, que estaban cubiertos de nieve, farolas adornadas con motivos navideños y ni un alma por la calle. A Sanji le recordó a Godric's Hollow, el pueblo de los padres de Harry Potter, descrito en los libros.
Era una zona lujosa, aunque desierta. Zoro condujo por las solitarias calles hasta llegar a una enorme casona de estilo japonés, cuyo tejado de pagoda se vislumbraba detrás de un muro de piedra no demasiado alto. Detuvo el vehículo, abrió la puerta con violencia y sin decirle una sola palabra, salió. Sanji se sentía muy mal. El sentimiento de culpa le carcomía. Quiso disculparse, decirle que había exagerado las cosas, que había sido un poco gilipollas, pero Zoro ni le miraba. El profesor había abierto la puerta trasera del coche y sacado lo que parecían tres espadas en sus fundas, cerró el maletero con un golpe demasiado fuerte.
Tampoco hacía falta ponerse así, joder.
— Espera aquí. — Soltó el profesor con una frialdad que le encogió el corazón.
— Bien … — musitó contrito.
Zoro se asomó por la ventanilla del conductor, observándole. Sanji aprovechó la ocasión para intentar disculparse, le sonrió arrepentido y se encogió de hombros.
— Marimo… Lo sient…
— Ahora vengo. — Le cortó el otro, tajante. El sonido de sus palabras le llegó amortiguado a través del cristal. El profesor dio media vuelta y se dirigió a la puerta que había en el muro de piedra, la empujó y entró en aquella propiedad.
Mierda.
Se había cargado el día de excursión y el buen rollo que tenía con Zoro. Es que era un idiota que solo pensaba con le coq. Después de todo lo que Zoro había hecho por él y se enfadaba por una tontería. Desde que llegó a Drum parecía que alguien le hubiera soplado serrín en el cerebro. Se sentía tan mal que no le importó congelarse. Salió el coche y se encendió un cigarrillo. Fumar calmaría la ansiedad.
Se imaginó a Zoro, volviendo y echándole a patadas del coche, de su casa y de su vida. Como hacía todo el mundo. Dejándole tirado en medio de la carretera nevada. Prohibiéndole la entrada a su casa. Obligándole a mendigar alojamiento y comida en la Iglesia... A dormir entre cartones.
Vale.
Estaba siendo dramático.
Otra vez.
En cuanto el Marimo de mierda volviera, le pediría disculpas como era debido.
Diez minutos más tarde. Zoro no volvía.
Tenía congeladas las pelotas, había tosido y estornudado cuatro veces y de tanto sonarse los mocos tenía la piel de la nariz en carne viva. El humo del cigarrillo era como un cuchillo en sus pulmones y hacía rato que se había deshecho del pitillo, porque no podía soportarlo. Rodeó el coche y se plantó delante de la puerta de la casa, jugueteando con su encendedor de oro, S.T. Dupond, que, en su día, le había costado más de cinco mil berries.
Era demasiado educado para entrar sin ser invitado, aunque como la curiosidad le podía, asomó la rubia cabeza por la puerta.
¿Que era aquella propiedad?
Había un jardín enorme, una línea de cerezos brotaba adyacente al muro, sin duda en primavera convertirían aquel jardín en una maravilla vegetal. También había un pequeño estanque, ahora helado, del que brotaba una fuente adornada con plantas de invierno. En medio del estanque, una roca en la que aparecía labrada la silueta de un pájaro y una inscripción. La casa era enorme, gigante, de estilo clásico japonés y al lado, se situaba otro edificio más pequeño de techo plano con paneles de madera de bambú correderos. ¿Qué era aquello?
— Oi… Cejillas, es de mala educación espiar…
Sanji pegó un respingo y se le cayó el mechero al suelo. Abochornado, musitó una disculpa mientras se agachaba a recogerlo. Al levantar la cabeza, el Marimo le estaba mirando con sonrisa de psicópata. A su lado, un hombre alto, pero no tanto como el profesor, le observaba amablemente: era un hombre delgado, el pelo recogido en una coleta y tenía los ojos miopes detrás de unas enormes gafas redondas. Era japonés. Vestía un kimono gris con dos espadas cruzadas, bordadas en rojo en la solapa superior derecha. Se cubría con una capa abierta de paño verde. No parecía tener más de cincuenta años, aunque su aspecto cansado y sus gestos pausados, le hacían parecer mayor.
— Bon jours… Soy Sanji… — alargó la mano inmediatamente para saludarle. El hombre correspondió al apretón efectuando una leve inclinación de cabeza.
— Koshiro… — le informó sonriendo. — Eres muy rubio… Me ha dicho Zoro que eres francés.
— Sí. — Sanji sonrió a su vez. — Mi madre lo era. De Caen.
Koshiro asintió nuevamente con otra ligera reverencia.
— Normandía ¿verdad?
Sanji asintió sonriendo, mimetizando sin querer los movimientos del hombre.
— Estuve allí hace muchos años, en una competición… Muy bonito y la gente muy cordial. — Miró a Zoro a través de los cristales de las gafas y añadió con tristeza —Kuina no había nacido, así que después nos fuimos a París unos días. Preciosa ciudad, también.
Zoro asintió con cierta tensión en el rostro, pero sin decir ni una sola palabra. Sanji le observó con curiosidad. El Sr. Koshiro se volvió hacia él.
— Así que venías con los chicos de Dressrosa… — comentó.
El rubio asintió, ruborizándose sin querer. Involuntariamente, se puso a la defensiva, pero el tal señor Koshiro no pareció, o no quiso, darse cuenta.
— Ya me ha dicho Zoro que eres actor... — No fue una pregunta, sino una aseveración. — Por eso eres tan guapo. Los franceses son bastante guapos…
Sanji se sonrojó, otra vez, y no supo que decir. No estaba acostumbrado a halagos desinteresados por parte de ancianos desconocidos y menos, después de cómo le habían tratado los vecinos de Drum.
— Yo tuve una novia francesa… Me dejó. — Comentó Koshiro sonriendo. — Hace años ¿te lo he contado, Zoro?
El Marimo negó con la cabeza. Koshiro no pareció querer explicar la historia y volvió a mirar a Sanji.
— Vaya revuelo que se armó en el pueblo con vosotros, los de Dressrosa ¿verdad? La LPF estaba en pie de guerra… — Rio. Aquel hombre continuó charlando sin darle importancia a ninguna de las cosas que decía. Cambió el tema. — Me ha dicho que estás con él. ¿Te trata bien?
— Oh… Oui… Sí, sí, claro… Mucho. — Sanji asintió, imitando las inclinaciones de cabeza de Koshiro, aunque mirando de reojo a Zoro. — Está siendo muy amable conmigo.
— Eso espero… Si no, ven a verme… Le meteremos en vereda— rio el hombre y Zoro bufó, pero permaneció en considerado silencio.
Entonces el señor Koshiro empezó a aleccionar a Zoro sobre las cualidades de la buena educación y la amabilidad. El del pelo verde puso los ojos en blanco, hastiado, pero sonreía asintiendo y escuchándole, contestándole suavemente y con reverencia. A Sanji le cayó bien aquel señor. ¿Quién era aquel hombre al que el Marimo trataba con tanto respeto?
— ¿Es usted su padre…? — la pregunta salió de la boca del francés sin que pudiera retenerla. Se arrepintió inmediatamente de ser un cotilla. — Oh… Lo siento, es una indiscreción…
El señor Koshiro rio y Zoro le miró con ojos de querer descuartizarle encima de una tabla de cortar pescado.
— No… Los dioses no me han bendecido con esa dicha… — el Marimo puso los ojos en blanco, abochornado. Koshiro le miraba con afecto. — Él es mi pupilo… Estamos muy orgullosos de él. Es un gran espadachín ¿te lo ha dicho? Podría ir a las Olimpiadas, pero es tozudo y no quiere.
El profesor volvió a poner los ojos en blanco, ahora irritado. Estaba claro de que no le gustaba que sacaran sus trapos sucios delante del francés. Aun así, no dijo nada y continuó en silencio. Sanji abrió la boca asombrado.
Que al Marimo le gustaban las espadas estaba claro. Que competía o había competido, se lo había imaginado, porque le había hablado de sus entrenos. Ace le llamaba "Espadachín Sangriento", por algo. Pero que tuviera nivel para ir a una Olimpiada… Eso era otra cosa.
Vaya.
El Alga era una caja de sorpresas.
— Oye Zoro… — Koshiro se dirigió a su pupilo — ¿Por qué no vienes a cenar el martes? Así te devuelvo tus espadas, ya estarán afiladas, limpias y pulidas.
— Esta bien… — el Marimo asintió.
— Trae a tu amigo Sanji. Le enseñaremos el dojo y lo que hacemos aquí.
No fue un ruego, fue una orden. Zoro suspiró, pero no rechistó.
— Vale…
— Será un honor… — aunque nadie le había preguntado su opinión, Sanji aceptó la invitación con una inclinación de cabeza.
— A las siete pues. El martes. Os esperaremos. — saludó a Sanji y se despidió de Zoro con una inclinación de cabeza. Dio media vuelta y se dirigió, después, hacia la casa, atravesando el jardín con pasos suaves, cortos y cansados.
El Marimo le siguió con la mirada, hasta que desapareció de su vista. Permaneció en silencio unos instantes, absorto en sus pensamientos.
— ¿La Olimpiada? — el rubio atrajo su atención con aquella pregunta. Aprovechó la ocasión para hablar e intentar romper cualquier resquicio de tensión que quedara entre ellos como consecuencia del estúpido incidente que habían protagonizado minutos antes, en el coche.
— Métete en tus asuntos… — fue la seca respuesta.
Zoro se dirigió hacia el coche y abrió la puerta del conductor.
— Vamos Cejillas…. Aún tenemos un rato hasta el lago.
Sanji agachó la cabeza, como si le hubieran apaleado y le obedeció. Se sentó en el asiento del copiloto y se puso el cinturón en silencio.
— Marimo… — el profesor le miró con cara de pocos amigos. — Siento lo de antes… Estoy muy agradecido por todo lo que estás haciendo por mí... No... No te enfades.
Le sonrió contrito. Zoro resopló.
— No necesito tu agradecimiento y no estoy enfadado contigo, idiota… — dijo finalmente el Marimo.
Sanji no dijo nada más, la angustia que le había atenazado el pecho empezó a disiparse como por arte de magia. Con esa montaña rusa emocional, no se podía vivir.
— Ace es buen tío… Es mi amigo. — Comentó Zoro, queriendo aclarar las cosas — Sé que es muy pesado y puede ser muy agobiante…
El francés asintió.
— Fue gracioso cuando le diste esquinazo en mi casa…. — reconoció el profesor. — Nadie lo había conseguido hacer con tanta elegancia…
— Estoy acostumbrado… — dijo Sanji, iba a decir algo más, pero enmudeció.
Zoro puso el motor en marcha y arrancó el vehículo.
— Supongo que sí… — musitó.
Y Sanji no supo exactamente a qué se estaba refiriendo.
o.O.o
Casi un mes.
Casi un puto mes.
Todo ese tiempo desde que ese mierdecilla de Kuroashi Sanji se quedó atrapado en aquel villorrio infecto en las Drum Rockies.
Casi un mes desde que habló con él y le dijo... no, le ordenó que para compensar las pérdidas económicas que le causaba su ineptitud, se la tenía que pelar en directo al menos, seis veces. Un mínimo de dos veces por mes, considerando, por supuesto, que aquel niñato de mierda le había dicho era cierto: hasta marzo, la carretera de montaña estaría cerrada por causa de la nieve.
Casi un mes desde que se enteró que aquel crío se había quedado atrapado en Drum, porque había participado en un casting para otra productora.
Nada más y nada menos que HBO.
Qué hijo de puta.
Se había enterado por pura casualidad, porque el imbécil del agente de Sanji, Patty, le había dado mal el número de teléfono al estúpido contacto de HBO.
Y es que había que ser un auténtico inepto para buscarse un agente como ese.
A él ya le iba bien.
Un agente de mierda, para un niñato de mierda. Eran tal para cual.
Gracias a aquella revelación, había repasado el contrato de Sanji y casi se muere de la risa.
El chico le pertenecía.
Era prácticamente imposible resolver aquel documento sin tener que pagar a una manada de abogados. Sanji ganaba mucho dinero -gracias a él-, pero tener que pagar minutas de letrados y pleitear contra DofflyxStudios, era otra cosa. Pleitear contra él, que, además, conocía a todos los jueces de Dressrosa era un suicidio judicial.
Sanji no podía ni plantearse romper el acuerdo.
Solo estaría jodido si el crío echaba mano de los contactos que le proporcionaba su familia. Si bien, aquello, gracias a los dioses, estaba descartado. A la familia le importaba una mierda lo que ocurriera con el muchacho y sabía de buena tinta, que, para su padre, el chico estaba muerto. Se lo había demostrado cuando ocurrió lo de aquella película.
¿Cómo la habían llamado? Ah, sí, "Todos contra uno". Se rió entre dientes. Sanji estaba jodido. No tenía a nadie. Era carne de cañón.
Aun así, el muy cabrón no había hecho ni una sola emisión de las que ÉL le había pedido. Había salido una vez en pelotas, sí, cocinando un pastel o una mierda parecida, pero había sido realmente aburrido y aunque la audiencia había superado el millar de personas y, aquel día, las descargas de las imágenes y videos de Sanji se habían triplicado, concediéndole pingües beneficios, el niñato no había hecho todavía, ninguna escena de porno del bueno.
¿En qué coño estaba pensando aquel chiquillo?
Tendría que recordarle quien mandaba.
— ¡Diamante! ¡Ponme al teléfono con Kuroashi Sanji!
Desde fuera del despacho, se oyó un gruñido de asentimiento. Nadie sabía cómo se llamaba en realidad aquel hombre, conocido por el apodo de Diamante, que sustituía temporalmente a la secretaria a la que había puesto de patitas en la calle, por no coger el teléfono a tiempo. Aunque, si hubiera tenido corazón, habría agradecido a la chica aquel gesto porque gracias a eso, se enteró de lo que aquel franchute mamón pensaba hacerle.
Pero no tenía corazón.
Diamante apareció por la puerta minutos después.
Era una montaña de tío, enorme, con el pelo castaño largo y facciones crueles. Era su mano derecha y servía para un roto y un descosido, hacer tareas puramente administrativas y otras… más físicas, que ninguno de sus subordinados tenía cojones de acometer. Al ser su hombre de confianza estaba al tanto de lo que ocurría con Sanji, por lo que al dueño de los estudios no le extraño que asomara la cabeza por su despacho, después de un par de minutos.
— El crío no me lo coge, Doffly…
— ¿Desconectado?
— No. Tiene línea. Es solo que no lo coge.
— Niñato de mierda… ¿Quién coño se cree que es? Va a acabar fregando los wáteres de los estudios con la lengua…
— Llamemos a Patty… — sugirió Diamante. — Hazle venir. Habla con él.
Doflamingo sopesó las palabras de su segundo al mando.
Se le ocurrió algo.
— ¿Cuándo le acaba el contrato al marica ese? ¿Un año?
— Creo que sí… — contestó Diamante. Sin pedir permiso se sentó en una silla, delante de su jefe y cogió un fajo de papel de su escritorio. Lo repasó varias veces hasta dar con lo que buscaba.
— Ahá… Acaba en marzo del año que viene…
— ¿Y si lo cambiamos? — preguntó Doflamingo — ¿Puedo cambiar el contrato? ¿Ampliarlo? Hasta… ¿dentro de diez años? ¿Por ejemplo?
Diamante rio.
Los muchos años junto a su jefe le hacían capaz de entender los tortuosos caminos de la mente de Donquixote Doflamingo.
— Ese crío tendría que aceptarlo para que fuera válido, y no se va a encadenar diez años a ti, si quiere dejarte ya.
— ¿Y si su agente lo acepta por él? ¿Si el idiota de Patty lo acepta?
— Entonces sería válido…. Si después, Sanji no quiere saber nada del contrato, debería reclamarle a su agente que es el que la ha cagado, no a ti. —Diamante sabía algo de leyes y se explicaba con autoridad— Su contrato contigo quedaría cubierto, porque la firma del agente estaba autorizada.
Doflamingo esbozó una enorme sonrisa diabólica. Empezó a reírse. La risa gutural que tantos temían y que, para sus enemigos no auguraba nada bueno.
— Diamante, llama Lao G y al Sr. Pink. Vamos a necesitar a todos nuestros abogados…
— Sí, Tenyasha… — Diamante le nombró por el apodo que más le gustaba. — Les citaré para esta tarde.
— Voy a joderle la vida a ese crío. Va a acabar follando hasta con el ojo de las cerraduras de las puertas.
Y volvió a reír, esta vez, de su ocurrencia.
— Por cierto, Diamante ¿sabes dónde coño se ha metido Law? Hace un mes que no le veo.
— Viene, trabaja y se va… — contestó Diamante — Cumple con sus obligaciones.
— Um… — el empresario se echó hacia atrás en su silla. — Si le ves, dile que venga a verme. Quiero hablar con él, de su herencia.
o.O.o
El sol le hería los ojos al reflejarse en la nieve y en la superficie de hielo del lago. Respiró profundamente, feliz de poder presenciar aquel espectacular día luminoso. Era hermoso. Un privilegio. Pleno invierno y tanta luz y claridad como en primavera. Nunca se había percatado de la belleza de aquella estación helada, hasta que llegó a Drum y, pese al frío terrible que continuaba aborreciendo, había empezado a sentirse cómodo en aquel paisaje de postal navideña. En Dressrosa, los inviernos eran húmedos, grises y agobiantes, apenas existían diferencias en los cambios de estación y desde octubre a marzo la humedad del mar y los cielos plomizos ponían a Sanji muy triste y de mal humor.
Pero aquello era otra cosa. El lago y su entorno parecía sacado de un libro de cuentos. Abarcaba una amplia superficie que la vista no alcanzaba, rodeado de abetos, nevados y, detrás, un espeso bosque frondoso.
Precioso. Frío, aire, nieve y risas, el lago helado rebosaba vida. La juventud de Drum deambulaba sobre patines rasgando el agua congelada con cuchillas que, al deslizarse, hacían un ruido, siseante e intenso. Otros, reunidos en grupos en las orillas, rodeaban pequeños barriles de latón reconvertidos en barbacoas, asaban panceta, pimientos y patatas.
Pese al frío, olía a brasa y a carne y a Sanji se le hizo la boca agua.
— Vamos… — Zoro pasó por su lado, adelantándose, dándole un golpe en el hombro. Había aparcado el Suzuki en una explanada, a varios metros del lago.
Llevaba dos mochilas colgadas del hombro, mientras que a él le había dejado con un viejo carro de la compra que había encontrado en la habitación de los trastos, en la casa de su anfitrión. El Marimo se había reído de él, el muy lerdo, cuando le había enseñado aquel cachivache, ya que el musculoso gorila verde, no tenía ni la más remota idea de a quién pertenecía aquello ni cómo había llegado hasta su casa. Fue en ese momento, que el rubio francés estuvo tentado de preguntarle por sus padres, -quizá aquel armatoste era del abuelo o de la madre de Zoro-, pero previendo que quizá, su curiosidad recibiría una repregunta sobre su propia familia, se dedicó a limpiar la lona del carrito, dejarlo en perfecto estado, y a no indagar sobre cosas que no eran de su incumbencia.
Empezó a tirar del carro de la compra, lleno de patatas y otras provisiones, que habían adquirido el día antes en el pueblo. Habían ido a comprar, los dos juntos, esquivando las miradas de la gente y los murmullos maledicentes de los vecinos del amable profesor, a quien parecía importarle un carajo el que la gente susurrara a su alrededor. Habían escogido las patatas, las verduras y demás productos. Habían discutido con respecto a qué bebida escoger y finalmente, se habían peleado por pagar la compra. Como una pareja de recientes novios. El estómago de Sanji dio un vuelco al pensarlo. No era una idea que le desagradara. Enarcó las cejas, contento, al recordar la cotidianeidad del aquel momento en el supermercado, algo tan simple y tan cargado de significado para alguien con tan pocos amigos como él.
Se centró en el precioso lago.
Le apetecía mucho aquella experiencia. Estaba tan emocionado con la idea de aquella pequeña excursión, como un crío el día de Navidad. No es que él supiera qué se sentía durante el día de Santa Claus, los renos, los elfos y los caramelos de palo en forma de bastón. Nunca le dejaron creer en el viejo gordo del traje verde, y a él jamás le hicieron regalos, aunque sí a sus hermanos, y al final, para Sanji, acabó convirtiéndose en un día de mierda más en aquella cárcel de oro que era su casa.
Recordaba a Reiju, su hermana mayor, todo sonrisas y carcajadas en la víspera del día de Navidad, con su bonito pelo dorado teñido de rosa chicle por capricho, colocando su calcetín rosa y violeta en los clavos de una de las chimeneas de la gran casa familiar, bajo la orgullosa mirada de su progenitor.
Una mirada que a él nunca le dirigió.
Y a sus hermanos, sus trillizos, que para no ser menos que Reiju, también se habían pintado el pelo de colores, parecían realmente alegres y emocionados cuando abrían la infinidad de paquetes envueltos en vibrantes lazos que les esperaban bajo el enorme abeto colocado por los criados en una de las amplias estancias de la mansión donde Sanji había mal vivido hasta los catorce años.
Ese día, el día que cumplió catorce, sus hermanos le propinaron una tremenda paliza, entre burlas y risas crueles, al grito de "maricón de mierda", y ante la mirada indiferente de su padre. Aquella mirada fría, insensible y despreciativa, carente de todo afecto o emoción.
Sanji sacudió la cabeza. No era el momento de pensar en según qué cosas. Era el momento de disfrutar de un poco de paz, de sus nuevos amigos, de las patatas y de cagarse en la madre que parió al frío polar de Drum. Había que centrarse en las patatas. Y en Zoro.
Zoro había desaparecido por el camino de cabra que se abría ante él. Sin duda había llegado a su destino, reuniéndose con el resto de la pandilla que les esperaba en la orilla del lago, dispuestos a pasarlo bien en aquel precioso día de invierno.
Suspiró como un idiota al pensar, otra vez, en Zoro.
Joder.
"Basta".
Se dijo que ya era suficiente.
No tenía nada que hacer con Zoro, así que se limitaría a observarle desde las sombras. Esa iba a ser toda la historia con el Gorila Verde, porque en dos meses volvería a Dressrosa, a su trabajo, a sus frustraciones, a sus mierdas y a las salas de fiestas donde tendría que emborracharse, o drogarse, para poder soportar repulsivas conversaciones sexuales con los asquerosos amigos de su jefe, que además y al menor descuido, intentarían follarle por todos los medios y por todos los orificios. Zoro, seguiría haciendo lo que quiera que estuviera haciendo hasta el momento en que sus caminos se cruzaron, tirarse a Perona o a quien que se le pusiera por delante durante las noches de borrachera, hasta que finalmente un día, sentara la cabeza a la manera tradicional, y decidiera establecer una relación seria con una buena chica, quizá, la oficial Tashigi. Se casarían, tendrían cincuenta críos y el Marimo acabaría sus días haciendo barbacoas en el lago, junto a su mujer, rodeado de hijos, nietos, perros, gatos, caballos, osos, monos y ornitorrincos, felizmente jubilado y sin acordarse de que, durante un tiempo, alojó en su casa a un actor de porno gay que se ponía colorado cuando le limpiaba las lágrimas y le revolvía el pelo.
Joder. Se enfadó sin saber por qué.
Le acometió un estornudo y un acceso de mucosidad. Rebuscó en sus bolsillos los pañuelos de papel y se limpió, como pudo, la nariz, usando también el dorso de la mano. Le entraron escalofríos y sacó un gorro de lana negro del bolsillo del abrigo de Zoro, única prenda que no había repuesto en su vestuario después de que Jabra y sus satélites le destrozaran la ropa, se lo encasquetó hasta taparse las orejas.
Hacía muchísimo frío, él estaba muy resfriado, tosía y soltaba mocos como una fuente, pero en ese preciso momento ignoraba si el helor que sentía provenía de fuera o de su interior.
Algún día, quizá, él también encontraría a alguien.
O no.
Se puso dramático de nuevo.
No iba a ser el primero, ni el último, que moría solo. Nadie se daría cuenta de su fallecimiento, porque nadie le echaría de menos. Le encontrarían al cabo de diez meses, sus restos podridos flotando en su acuario, devorado por su único amigo, el Atún Elefante.
Joder.
Qué peliculón que se había montado en un momento.
Siguió caminando, arrastrando el carro de la compra, sumido en aquellos pensamientos de mierda, que solo conseguían avivar la negatividad en su corazón. A lo lejos, avistó un embarcadero y a Zoro encaramado en la tarima de madera que lo conformaba. A su lado estaba Luffy, dando saltos, contento, haciendo divertidos aspavientos, un roñoso sombrero de paja colgado a su cuello. Desde donde estaba podía ver la sonrisa del Marimo y cómo se abrió el abrigo que llevaba, dejando a la vista una camisa blanca de lana y unos tirantes, del bolsillo interior sacó una visera de paño y se la colocó en la cabeza con aire indolente. La imagen le golpeó los sesos. Sus tripas se retorcieron y un calambre sacudió su entrepierna con fuerza inusitada.
Joder. La erótica imagen de Zoro, vestido como si regresara de destilar licor en Chicago, le dejó noqueado y con el nivel de libido por las nubes. "Mon Dieux…¿No tiene frío?". Debía dejar de mirar al jodido hombre-helecho o acabaría más duro que una barra de titanio. Era más fácil pensarlo que hacerlo.
Quedó ensimismado, mirando a Zoro y a su glorioso vestuario de los años veinte. Sacó un cigarrillo del paquete que guardaba en el bolsillo del abrigo. Si se lo intentaba fumar, le destrozaría los pulmones, pero tener el pitillo colgando del labio, calmaría un poco su excitación.
— A quien tenemos aquí… — la voz nasal le llegó desde su espalda y Sanji se dio la vuelta como si le hubiera picado una avispa. — Mira Lucci, esta es la niñita de Dressrosa…
Un tipo realmente feo, con una máscara terapéutica cubriéndole media cara, le observaba con alegría maliciosa.
Spandam.
"Oh, no. Mierda".
Junto al homófobo Capitán de la policía había un hombre realmente guapo y elegante. Tenía el pelo negrísimo, ondulado hasta los hombros. Las cejas, perfectamente depiladas en ángulo obtuso le hacían peligrosamente atractivo. Llevaba una perilla, afeitada como una "U" que le seguía la línea de la barbilla de la que colgaba un pequeño botón de pelo cuidado. Vestía un traje negro de corte salón, a juego con una corbata blanca de seda y se cubría con un abrigo color crudo, de buen paño inglés.
Exudaba dinero por todos los poros de su piel.
Y Sanji no podía apartar la vista de aquel hombre, que, a su vez, le observaba con curiosidad.
— ¿Tu eres Kuroashi Sanji? — finalmente habló. Tenía una voz agradable, cadente y profunda. — Nuestra nueva celebridad.
Sanji enarcó una ceja. Aquel tipo era muy sensual, pero si estaba al lado de Spandam y este le hablaba con familiaridad, no iba a fiarse un pelo del recién llegado. Se llevó el cigarrillo a la boca y lo apoyó en su labio inferior, dejándolo colgando.
— ¿Y tú eres…? — preguntó el francés en tono chulesco, marcando mucho su acento.
El moreno enarcó una ceja. Al parecer no estaba acostumbrado a que no le contestaran directamente.
— Rob Lucci. Soy el dueño de la cadena de televisión y radio local. — Sonrió, mirando al rubio con intensidad. No había alegría en la curva de sus comisuras.
Sanji sonrió fríamente.
— Periodista, ¿eh?
— Más bien, informador. — Lucci contestó con indolencia—. Y buscador. Soy especialista en encontrar aquello que la gente quiere ocultar, para exponerlo a la luz.
Spandam, que observaba a su acompañante con adoración, soltó una risa hueca.
— La información es poder… — comentó servil.
— ¿Ah sí? — preguntó Sanji estúpidamente.
— Sí… — contestó el elegante hombre moreno — Todos tenemos algo que ocultar. ¿Verdad, Kuroashi?
Spandam rio, como si compartiera un secreto con su amigo.
El francés se encogió de hombros.
La forma en la que aquel tipo había pronunciado el pseudónimo que usaba como apellido, le produjo escalofríos. No tuvo ninguna duda de que el tal Lucci, no era trigo limpio. No hacía falta ser una lumbrera para darse cuenta de que el hombre elegante creía saber cosas que él prefería mantener a un margen.
En ese momento y más que nunca, Sanji quiso largarse de allí.
— Bueno… — dijo finalmente el francés, intentando escabullirse. — Tengo cosas que hacer… Les pommes de terre… Hay que asarlas.
— ¿Qué tal le va a nuestro amigo Zoro? — la pregunta fue hecha sin aparente malicia, pero a Sanji no se le escapó la sonrisa de comemierda que esbozaba el trozo de boca visible en la cara de Spandam.
— Eso es algo que deberías preguntarle a él, Monsieur…
— ¿Cómo lleva el tenerte en su casa? Debe dormir con los ojos abiertos y el otro cerrado ¿No?
Y Spandam soltó una risotada vulgar y desagradable que repugnó al francés. Aquel saco de mierda se sabía intocable. A su lado, el tal Lucci no dijo nada. Se limitó a mirarle con curiosidad científica.
"Abominable…".
Tampoco dijo nada. Cuando creía que ya había llegado al límite de los comentarios homófobos, Spandam se había superado. Si bien, el francés no iba a entrar en provocaciones, ni tampoco a dejar que aquel cabrón le amargara el día de excursión, ni a darle pie para empezar una pelea contra el Capitán de la Policía en la que, a todas luces, saldría perdiendo.
Si le daba una sola razón a Spandam, y estaba claro que ganas no le faltaban, Sanji daría con sus huesos en la cárcel.
— Au revoir… Me tengo que ir… — dijo el francés dando media vuelta, pero una mano le sujetó el brazo y le obligó a girarse.
— La gente empieza a murmurar por tu culpa ¿sabes? A espaldas de Zoro— susurró Spandam entre dientes, mientras el tal Lucci, se mantenía impasible a su lado, sin perder ni una de sus reacciones. — Esto es un pueblo pequeño, aquí nos conocemos todos… A los padres no les gusta que el profesor de gimnasia de sus hijos simpatice con un personaje como tú. Lo mejor que podrías hacer es largarte de su casa o le acabarás perjudicando.
Sanji tenía claro que a Spandam, Zoro le importaba una mierda pinchada en un palo, pero aun así palideció. ¿Cuánta verdad había en aquellas palabras? Por nada del mundo deseaba perjudicar al profesor.
Lucci se adelantó un paso hasta quedar frente a frente con él, y aunque le miró a los ojos cuando habló, sus palabras fueron dirigidas a su compañero Spandam.
— No seas tan duro con el chico… — dijo con falsa amabilidad — Sabes que tampoco le quieren en el Robson Park y ese es el único hotel de la ciudad.
El policía rio. Y a Sanji se le tensó una vena en el cuello. Qué asco de gente.
— Es cierto… — asintió el de la máscara—, aunque siempre puedes alojarte en una de las celdas que tengo en comisaría, o en el albergue para indigentes. Debe ser duro que no te quieran en ningún sitio… ¿verdad?
Ya no podía más.
Una marea roja de ira le abrasó el estómago llegándole a las orejas, tornándoselas de color bermellón. Cada vez que salía a la calle en ese jodido pueblo de mierda, alguien se creía con derecho a humillarle, a reírse de él, a hundirle. Los ojos le empezaron a arder y su ceja enroscada confirió a su rostro una expresión demoniaca. Imaginó cómo sería romperle la cara a ese asqueroso de un taconazo. Ver sus ojos abrirse por la sorpresa, sangrando por la nariz y las orejas y sus dientes esparcidos por el suelo. Spandam le sonrió como una hiena, seguramente sintió su acceso de ira. Aquel hijo de puta lo tenía todo planeado. Quería sacarle de sus casillas, porque era el claro vencedor de cualquier enfrentamiento, acabara como acabara.
Si contestaba, le detendría. Si no decía nada, continuaría humillándole. Esa situación sacó de quicio al francés. La tensión era una manta espesa que cubría a los tres hombres que, en ese momento, se observaban fijamente, esperando algún movimiento en falso.
Sanji tomó una decisión cuando Spandam resopló, despreciativo. No iba a soportar más humillaciones. Iba a decirle a ese mamón lo que pensaba de él, de su miseria, de su cobardía y de la cara de reprimido que tenía. Acabaría el invierno en una celda, congelado, roto a palizas o muerto.
Pero ya le daba igual.
No podía aguantar ni un minuto más. A la mierda con todo. Le iba a partir la crisma. Tomó aire, resignado, consciente de lo que iba a ocurrir y abrió la boca, aunque la cerró de golpe, cuando una mata de pelo rojo apareció en su campo de visión.
— Hola Sanji… ¿Estabas aquí?
Sándalo, ilang-ilang, neroli, vainilla, jazmín, vetiver, rosa… Chanel N° 5.
El perfume de Nami. El alivio inundó al francés.
— Bonjour, ma chère… Estás realmente preciosa.
Se sonrojó como un colegial al soltarle el cumplido, aunque ella apenas le hizo caso. No lo había dicho para desviar la atención de Spandam y su acompañante. Era verdad. La guapa pelirroja vestía un grueso abrigo de paño oscuro con el cuello de terciopelo, que la entallaba la cintura a la perfección, una bufanda de angora blanca y unas preciosas botas de piel negra de alta calidad.
La chica era inteligente. Echó una rápida ojeada a Sanji. Saludo con frialdad a Spandam y con educación a Lucci. Y, para sorpresa del francés, Nami se colgó de su brazo, apretándoselo con afecto. Aquel pequeño gesto hizo que se dispararan las pulsaciones del actor. No estaba acostumbrado a tales muestras, y menos, si provenían de una chica tan guapa y con tanta clase.
Nami, casi retadora, segura de sí misma, se dirigió entonces al propietario de la cadena de radio y televisión.
— Buenos días Lucci, cuánto tiempo sin verte.
Rob Lucci observó a Sanji, luego a la chica, y, finalmente, esbozó una media sonrisa educada.
— Lo mismo digo, Nami. Siempre es un placer encontrarme contigo. Cada día estás más hermosa y fascinante. — Aquel hombre efectuó una reverencia que, en cualquier otro, hubiera parecido forzada, pero que, en él, resultaba de una elegancia fascinante. — ¿Cómo está tu preciosa hermana?
— Perfectamente, gracias. — Respondió la muchacha con coquetería. — La saludaré de tu parte.
Lucci asintió con la cabeza, muy sonriente.
— ¿Conoces a nuestro forastero? — preguntó de repente Lucci.
—Claro, Sanji es mi amigo. — La pelirroja destacó el sustantivo "amigo", marcando territorio frente al desalmado de Spandam, quien frunció el ceño, molesto.
Sanji, por su parte, volvió a enrojecer.
—¿Desde cuándo…? — el policía no ocultó su desagrado. — ¿Lo conocías de antes? ¿A un actor de porno para…?
— Lo conozco lo suficiente como para considerarlo un amigo — respondió la chica cortante. — Al conocer a alguien, lo que realmente importa es la calidad del tiempo que pasas con esa persona, no la cantidad.
Spandam entornó los ojos. Una mueca de asco dibujada en su cara.
— ¿Qué os pasa a todos con este tío…? — preguntó.
— La pregunta correcta, teniente Spandam, es ¿por qué te importa tanto? Zoro ya me ha explicado de tu especial interés por él.
— Me importa que algo inmoral pueda influenciar nocivamente a los jóvenes de Drum.
— ¿Es que hablas por l'experience?
Esta vez, fue Sanji quien habló. Harto ya de soportar insultos y de que esa maravillosa Madeimoselle que casi no le conocía, diera la cara por él.
— ¿Alguien inmoral te influenció nocivement y ahora crees que todo el mundo es malo? — Sanji apartó, con la mano libre, el olvidado cigarrillo que todavía posaba en los labios.
Adoptó una pose chulesca. Era de la que se servía para alejar a los moscones de mierda en las fiestas de su jefe. — Quizá lo que te pasa en realidad es que quieres pedirme trabajo…
— Sanji… — advirtió Nami, pero el francés estaba hasta el gorro y no iba a callarse más.
Tras la máscara, Spandam abrió mucho los ojos, claramente ofendido. El policía dio un paso hacia el francés, con rabia, pero antes de que pudiera hacer o decir nada, Lucci se le adelantó.
— Hablando de trabajo… Tú tienes una trayectoria profesional muy interesante ¿verdad? — el propietario de la cadena de televisión adoptó una pose indiferente al comentarlo. — Tu primera película, por ejemplo…
Y Sanji sintió cómo un escalofrío recorría su cuerpo. Nami debió sentir su incomodidad, porque le apretó un poco más el brazo que le sujetaba.
— "Entre Muros" — contestó el rubio de forma automática.
Rob Lucci esbozó una sonrisa helada.
— No. Tu primera película. — Pareció que aquel hombre paladeaba las palabras al pronunciarlas, sin perderse detalle de las reacciones de Sanji —. "Entre Muros" es la segunda.
La tez del rubio palideció ostensiblemente y hasta Nami le miró extrañada al sentir cómo se tambaleaba. Rob Lucci no perdía detalle de sus reacciones y a juzgar por cómo sonreía, sabía perfectamente qué tecla estaba tocando.
Cómo coño sabía eso aquel cabrón, porque el francés, ya no tenía ninguna duda de que el amigo de Spandam, lo era: otro cabrón.
— "Todos contra uno", creo que se llamaba… — comentó Lucci. — Un título muy apropiado a juzgar por el argumento. Creo que fue tu primera intervención en el mundo del porno. Memorable, la verdad.
Sanji sintió cómo se ralentizaban los latidos de su corazón, el mareo y el sudor frío que le asaltaron, le hicieron perder, momentáneamente, la concentración.
— ¿Cuántos años tenías? — Rob Lucci había hecho sus deberes. Siguió hablando, indiferente a la tez cerúlea de Sanji, cuya respiración había empezado a agitarse con el recuerdo de una casa y de un hombre. — ¿Dieciocho? En la cinta pareces mucho menor. Supongo que aquella película debió hacer las delicias de gente con gustos al límite de la legalidad, ¿No?
La náusea asaltó a Sanji, desde el estómago revuelto hasta la garganta, donde la bilis, ácida y espesa, le abrasó la lengua. Miró a Lucci con los ojos desorbitados por el horror, mientras una película de sudor le cubrió la frente.
Ese tío había visto la cinta, pero ¿cómo?
Creía que el Viejo de Mierda había conseguido todas las copias y que ya no quedaba ninguna. El viejo se había dejado miles de Berries adquiriéndolas todas, incluso le partió la cabeza a un coleccionista privado para conseguir una de las cintas. ¿Cómo ese hijo de puta había accedido a una copia?
No era posible.
— Debió ser difícil para ti. Rodar aquellas escenas tan fuertes la primera vez… Supongo que por eso ahora estás en la cima del porno. — Sanji dio un paso atrás cuando Lucci se le acercó. La proximidad de aquel hombre le produjo una repulsa que se tradujo en una sensación casi física. Lo único que le impedía salir corriendo de allí era tener a Nami enganchada a su brazo. — Y si no estoy equivocado, aquella película también te trajo muchos problemas con tu familia…
— ¿Quieres que Sanji te conceda una entrevista? — la pelirroja interrumpió bruscamente a Lucci. Imperiosa, se había colocado entre el periodista y el francés a modo de escudo. — Su tarifa es de diez mil berries la hora, más mi comisión aparte, un diez por ciento.
— ¿Ahora eres su agente? — preguntó Spandam sonriendo con el rostro pintado de odio, sin alegría.
— Soy su agente en Drum… — contestó Nami. — ¿Verdad, Sanji?
El actor la miró casi sin ver y asintió mecánicamente.
— Lo consideraré… — dijo finalmente Lucci risueño — Aunque no sé si en Drum habrá audiencia para este tipo de producto.
— Quizá haya más audiencia de la que te imaginas — sonrió Nami con coquetería. — A todos les gusta el morbo… Y ahora Lucci, Sanji y yo debemos irnos, nos esperan los chicos.
Nami saludó a Lucci al pasar e ignoró completamente a Spandam, quien no ocultó su rabia ante la indiferencia expresa de la pelirroja.
Sanji observó a la chica con adoración. Excepto el Viejo de Mierda y Zoro, nadie había sido tan protector con él en toda su vida. La oleada de enorme gratitud le invadió como un torrente cálido. Sin saberlo, la pelirroja había salvado una situación muy complicada para él. Hasta le había bajado la tensión, de la impresión, pero Nami, que parecía intuir que algo le sucedía, le sostuvo contra ella, con firmeza.
— Volveremos a vernos… — dijo de repente Spandam dirigiéndose a Sanji — Pronto…
— Esperaré ansiosa ese momento, teniente. — Nami contestó por él, con sarcasmo. — Hasta entonces, adiós.
El dueño de la cadena de televisión local efectuó una leve reverencia, a modo de despedida, y se adelantó, encaminándose hacia el lago, seguido de un irritado Spandam, que no dudó en golpear el hombro a Sanji, al pasar por su lado.
— Gilipollas máximo… — rezongó Nami cuando ambos hombres desaparecieron de su vista. — Se creen los dueños del pueblo…
La pelirroja, entonces, se giró hacia él.
— Gracias, chéri… — murmuró Sanji, aún muy pálido.
— ¿Por qué te metes en líos? — le regañó Nami. — No hay que meterse en líos con Spandam y menos, con Lucci.
Sanji sonrió, agachando la cabeza. No es como si él quisiera que le tomaran por el saco de boxeo del pueblo y menos, que el tal Lucci supiera de la existencia de aquella espantosa cinta. Aquello, le había trastornado. Su peor pesadilla, la esencia de sus ataques de pánico, era algo que estaba cerrado a cal y canto dentro de su corazón. Pocas personas conocían la existencia de aquella horrible película, él mismo, su tío Zeff, el Sr. Doflamingo, y aquel tipo y sus amigos…
"¿Por qué lloras, mierdecilla?"
Aquellas palabras, que habían quedado grabadas a fuego en su mente, provocaron una náusea que le asaltó desde el fondo del estómago. ¿Cómo sabía Lucci aquello? ¿Quién le había dado aquella información? ¿Dónde la había conseguido? Y… ¿cómo? ¿Había visto la cinta? ¿Cómo sabía lo de su familia?
Abrió la boca para coger aire. Iba a vomitar.
— Sanji… ¿Estás bien? Te has puesto pálido…
La pelirroja, que no le había soltado el brazo, le apartó el pelo de la cara en un gesto amable. El contacto de sus dedos enguantados le devolvió a la realidad. Los ojos almendrados de la pelirroja brillaban con preocupación, aunque sus labios, se fruncían en una mueca enfurruñada.
— Oui, oui —el actor intentó sonreír para no inquietar a la chica— Es que no tenías por qué defenderme… Me avergüenza que te hayas metido en esto à cause de moi…
— No me he metido en nada, Sanji. Lucci quiere tirarse a mi hermana, así que tiene que llevarse bien conmigo si lo quiere conseguir… Que ya te digo yo, que no lo conseguirá. — Nami lo comentó con alegría maliciosa. — Así que yo estoy a salvo. Si no, hubiera pasado de ayudarte.
Sanji la observó, asintiendo cabizbajo. Respiró hondo, concentrándose en Nami y en lo que le estaba diciendo.
— Que no me guste tu mundo, no significa que esos tíos me caigan bien… — comentó la chica con indiferencia. — Son mala gente.
Sanji inspiró intentando controlar las náuseas, pero le dio otro ataque de tos, se soltó de la pelirroja sacando rápidamente su pañuelo de papel, húmedo de mocos, del bolsillo del abrigo, llevándoselo a la boca.
La muchacha le miró.
— Deberías cuidarte esta tos… — comentó Nami con indiferencia — No quiero que me contagies tus virus.
— Oui chérie… Le pediré algo para el resfriado a Chopper… — prometió Sanji, después de limpiarse.
Ambos levantaron la cabeza hacia el embarcadero cuando les interrumpieron los gritos de Luffy.
— ¡Eooo! ¡Namiiiiiii! ¡Sanjiiiii!
Haciendo ridículos aspavientos junto a Chopper y Usopp para llamar la atención, se encontraba el chico-mono. Los ademanes de aquel risueño muchacho le hicieron sonreír y desviar por el momento, los interrogantes que bullían en su mente con respecto a Rob Lucci.
Respiró hondo y saludó con la mano. La pandilla de Zoro se encontraba encima de la tarima del embarcadero, junto a Vivi y Ace, que levantaron las cabezas de unas bolsas de plástico que parecía contener cerveza.
— Qué idiota… — oyó Sanji murmurar a Nami refiriéndose a Luffy, pero la chica sonreía al observar a su simiesco amigo. Después, dirigiéndose a los demás, le señaló. —¡Hemos traído comida!
— Y un mejunje raro que ha traído este Cocinero Depravado— Sanji oyó como Zoro se lo comentaba a Usopp.
— ¡Eh! — el actor frunció el ceño y su ceja visible giró en una furiosa espiral, se acercó a la tarima donde se encontraba el profesor. —No me llames eso, spécimen. He comprado un genial Chimichurri.
— Oye, D'Artagnan, no te entiendo — Zoro le miró haciéndose el confundido. —Quítate la zapatilla de la boca cuando hables…
— Ignorant…
— Cara anchoa... — le contestó Zoro.
Luffy soltó una carcajada al oírlos. Nami, aun junto a Sanji, les observó con la extrañeza pintada en el rostro. El francés, al percatarse, enrojeció, murmurando una disculpa. Abrió la boca, pero la cerró sin decir nada, no quería ponerse en evidencia delante de la perspicaz pelirroja. Sin embargo, su mutismo repentino tuvo el efecto contrario y la muchacha, levantó una ceja, curiosa.
— No me acordaba de lo tocapelotas que puedes llegar a ser, Zoro… — Vivi le salvó en el último minuto, acercándose al borde del embarcadero y cogiendo con gentileza la mano del francés, ayudándole a subir a la tarima — Sanji es un ángel, deberías agradecerle que sea tan bueno contigo y que encima, te cocine como un auténtico chef.
El actor, visiblemente turbado, agradeció las palabras de la chica con una sonrisa encantadora. Zoro resopló, como si estuviera hastiado de todos ellos, pero no dijo nada más.
— Y, además, ese acento francés es tan bonito…— comentó Ace sonriente.
Sanji dirigió la vista hacia el pecoso mecánico. El hermano de Luffy vestía el abrigo más horrendo que el francés había visto en su vida, de paño negro, ajado y lleno de bolas del uso, largo hasta los pies, impedía ver la indumentaria que Ace llevaba debajo. Sobre la cabeza, se había colocado un gorro vaquero de fieltro marrón con dos chapas: una sonriente, la otra triste, a modo de Talía y Melpómene, las máscaras de la comedia y la tragedia del teatro griego. Era como Clint Eastwood, pero en cutre.
El francés se dio la vuelta para evitar reírse de aquel esperpento y se dispuso a ayudar a Vivi a sacar las cervezas de las bolsas. Tampoco le hizo ninguna mueca o comentario sobre el halago directo hacia su manera de hablar, fingiendo no percatarse de que Ace continuaba observándole, retador, ignorando, a su vez, su indiferencia.
Sanji resopló de forma audible. Empezaba a cansarse de verdad, de aquel pesado de los cojones. Le estaba muy agradecido por encargarse de su coche, pero coño, ¿por qué no se daba cuenta de una puta vez de que no tenía ningún interés en ligar con él?
— Ace… ¿Vas a rodar una película del oeste? — Luffy interrumpió los pensamientos del actor con aquella acertada pregunta— Con ese abrigo tan feo, no vas a poder patinar.
Nami soltó una risilla.
— ¿De dónde has sacado esta antigualla? Es espantoso.
— Es cierto. C'est horrible. — soltó Sanji con bastante mala leche, dejando caer el peso de la frase en el adjetivo. No solía ser cruel con nadie, pero estaba muy harto de Ace y de sus intentos de seducirle.
Sin embargo, el mecánico rio. No parecía ofendido en absoluto. Continuaba mirando a Sanji al contestar. Esta vez, el francés, se dio la vuelta y le encaró la mirada con el ceño fruncido. No debió asustarle mucho, porque el pecoso se mordió los labios, aguantándose la risa.
— Este abrigo estaba en un arcón en mi casa, no tengo ni la más remota idea de quién se lo dejó allí… pero es calentito y confortable— y se arrebujó en la prenda. — No voy a patinar. Solo beberé y beberé y beberé y vigilaré que el fuego de la barbacoa no se apague. ¿Tienes patines, Sanji?
El rubio asintió, señalando su mochila con la cabeza.
— Los compré ayer… — musitó.
— ¿Y tú para qué quieres unos patines? Ace te los podría haber dejado — comentó Usopp, que se acababa de colocar los suyos— No es como si te fueras a quedar en Drum mucho tiempo ¿no? En menos de dos meses ya estarás otra vez en Dressrosa haciendo tus cosas…
Todos miraron al francés, que de pronto, como si la realidad se le hubiera tirado encima como una enorme montaña de mierda humeante, se quedó callado como un muerto. Se metió las manos en los bolsillos, rebuscando su mechero en el abrigo, mirándose a los pies, sin saber qué decir.
— Así ya los tengo… — después de unos segundos, contestó a nadie en especial.
— Siempre los puedes dejar aquí, ¡para cuando vuelvas! — soltó Luffy colgándose de repente de su cuello. — ¡Zoro te los puede guardar! ¡Vamos! ¡Póntelos ya! ¡Vamos a patinar!
El francés asintió sonriendo y miró al Marimo, pero este, indiferente, se había dado la vuelta, y se encaminaba hacia las bebidas que Vivi había sacado de la bolsa, dejando claro que le importaba una mierda pinchada en un palo si él se iba a Dressrosa o se quedaba en Drum. De un salto, el del pelo verde se sentó en el borde de la madera y de la bolsa de deporte que colgaba de su hombro, sacó unos patines de bota de hockey.
Se veían viejos y gastados, de un gris que, en otra época, sin duda, había sido verde oscuro. El profesor parecía encantado con su pertenencia, porque sonreía como un psicópata mientras las observaba con orgullo.
Sanji cabizbajo, se sonó la nariz, otra vez llena de mocos. Vio a Luffy reunirse con Chopper y Usopp en la orilla opuesta del lago helado. Nami también había subido a la tarima con Vivi para colocarse sus patines, riendo y charlando animadamente, mientras Ace se dirigió a la orilla del lago, para inspeccionar el hielo.
El francés tomó asiento al lado de Zoro en el borde de la madera. De su bolsa, que el profesor se había encargado de llevar hasta el embarcadero, sacó los patines. Eran de patinaje artístico. Negros, brillantes, acharolados. Nuevos. Las cuchillas destelleaban bajo la luz invernal.
Zoro silbó al mirarlos.
— Eso te ha debido costar un riñón ¿no? — El profesor pasó un dedo por la bota negra acariciando con mimo la piel brillante de buena calidad.
Sanji se encogió de hombros, sin contestar.
— Caprichoso… — se burló Zoro, pero esta vez no había ni un ápice de malicia en su tono de voz.
Era cierto, un capricho que le habían costado más de dos mil Berries. No sabía cuánto se había gastado ya desde que había llegado a Drum. No solía despilfarrar, pero tenía el dinero. Así que, si le venía en gana, podía gastárselo en cosas como esa. ¿Verdad? ¿Quién se lo iba a reprochar? ¿El Viejo de Mierda? Nah.
"Oh, là, là", se llevó la mano al pelo, para apartárselo de la cara en un involuntario gesto nervioso. La verdad es que no sabía qué coño estaba haciendo.
Si era sincero consigo, quería impresionar al Marimo. Se había comprado aquellos patines carísimos para dejarle con la boca abierta.
Quería gustarle.
"Idiot", se dijo, sintiéndose ridículo. Permaneció en silencio, hasta que notó los oscuros ojos grises de Zoro clavados en su rostro. Alzó la mirada y sintió que le estaban leyendo el pensamiento. Sin aliento, inmovilizado por unas pupilas que le estaban absorbiendo el alma, su cerebro dejó de funcionar.
"Oh, mon Dieu…"
Qué jodida intensidad.
— Son bonitos… — murmuró el profesor, sin apartar la vista.
Sanji tragó saliva.
Agachó la cabeza para que Zoro no le viera enrojecer, -otra puta vez-, pero no podía ocultarlo, notaba el granate palpitando en las mejillas.
Qué bochorno. Estaba hasta los cojones de su propia presión arterial.
Sin embargo, esa vez no hubo burla, ni chanza. Solo silencio.
Cuando el francés se atrevió a levantar la mirada, Zoro se le acercó de repente, dándole un susto de muerte al quedar a un milímetro de su cara. El corazón pareció bajarle al estómago a velocidad del rayo, para luego subir, porque la boca del Marimo había quedado suspendida sobre la suya. Sin querer, los ojos se le fueron hacia la piel suave de los labios del ejemplar de hombre-helecho. Sintió un tremendo impulso de comérselos, de morderle, de atrapar con los dientes aquella piel rosada y gruesa y lamerla hasta no dejar ni un solo tramo por probar. Casi entró en trance. El corazón empezó a retumbarle en los oídos y apenas pudo controlar los músculos de sus párpados que se entrecerraron como si esperaran un beso.
"Oh mon Dieu… ¿Qué estoy haciendo…?". Se apartó de Zoro rápidamente, agitado, abochornado y alterado.
Nunca había sentido tanta atracción por nadie. Aquella situación se le estaba yendo de las manos y no tenía ni idea de cómo reconducirla.
Zoro, le observaba muy atento, sin perder comba de ninguna de sus reacciones. Segundos más tarde, esbozó su sempiterna sonrisa de comemierda, mientras le revolvía el pelo con la mano en un gesto que ya se había convertido en costumbre.
— Co-lo-ra-do... — marcando mucho las sílabas con guasa, el maldito gorila se reía de él. — Te has vuelto a poner colorado.
El sonrojo de Sanji se intensificó y el Mamarracho Verde estalló en carcajadas.
Menudo cabrón.
— Chicos, nos vamos a patinar…
Sanji se sobresaltó girándose de golpe. Había olvidado que Nami y Vivi se encontraban detrás de ellos, poniéndose los patines. Habían estado ahí todo el rato, observándoles sin hacer ruido y ahora esbozaban unas sonrisas realmente inquietantes.
Oh, no… ¿Le habían visto perdiendo los papeles con el Marimo? Qué bochorno. Mierda.
Nami ayudó a Vivi a bajar del embarcadero, tomándola de su mano enguantada en piel blanca con una delicadeza que hasta el momento, no le había visto exhibir con nadie.
— Hasta ahora… — les saludó, guiñándole un ojo. Vivi soltó también una risilla al pasar por su lado.
Mierda, mierda, mierda… ¡"Merde!"
— ¿¡Estás ya, o qué!? — Sanji perdió el hilo de sus pensamientos, sobresaltado, cuando Zoro le gritó. Se giró hacia el profesor, que acababa de bajar del embarcadero y le observaba con mala leche.
Qué impaciencia.
— Oui, oui… — le dijo, atándose los cordones de las botas. — Ya voy, Marimo.
— ¿Te los ato? — el rubio alzó la vista para replicarle, sin embargo, Zoro le señalaba los patines. — ¿Sabes atarte las botas? Si no lo has hecho nunca, puedes caerte.
El chico-planta hablaba en serio.
— Oui… — asintió. El Amable Gorila apareció de nuevo. Era un hombre lleno de paradojas, el tal Zoro-de-los-Cojones.
— Cuando acabes, apóyate en mis hombros. Si no, puedes perder el equilibrio y caerte… — comentó Zoro indiferente.
"Oh, là, là…". Sanji se puso nervioso, riendo para sus adentros. La cercanía física con el Marimo no entraba dentro de sus planes, pero no le iba a amargar aquel dulce.
Le hizo cierta gracia que el helecho con patas diera por sentado que él no sabía patinar. Le estaba subestimando y aunque quizá se lo había ganado a pulso por mostrarse tan débil y pusilánime desde que llegó a Drum, quizá era un buen momento para tomar ventaja de aquella situación y divertirse, solo un poquito, a costa del profesor.
Acabó de atarse las botas de patinaje y saltó de la tarima. Eran unas botas maravillosas, no pesaban demasiado y no era difícil caminar con ellas.
Dócil, se acercó a Zoro y apoyó sus manos en los fornidos hombros del otro muchacho. El contacto y la cercanía le pusieron la piel de gallina e involuntariamente, le entró una infantil risa floja que finalizó en otro ataque de tos. Tuvo que sonarse con el pañuelo, que yacía, hecho un higo, en su bolsillo.
— No me llenes de mocos, D'Artagnan… — comentó indiferente Zoro, encaminándose hacia la orilla del lago, con Sanji enganchado a su espalda. — Vamos… y no te caigas, no quiero tener que desincrustar del suelo esos rizos absurdos que tienes en las cejas. Cuando lleguemos al borde, nos detendremos y te enseñaré cómo hacerlo.
Sanji enarcó una ceja, burlón, limpiándose la nariz con la manga del abrigo.
— Oui, Marimo… Enséñame… — Sanji, intencionadamente, le susurró las palabras en la oreja, para molestarle.
Zoro se estremeció y movió levemente el cuello hacia un lado.
— No me susurres, Cejillas… — le dijo murmurando — O haré un agujero en el hielo y te tiraré dentro.
— Oui… Nada de susurrar… — volvió a sisear el francés. Zoro volvió la cabeza de nuevo, para mirarle con cara de pocos amigos y Sanji le sonrió con fingida inocencia.
Caminando con cuidado, de esa guisa, llegaron a la orilla del lago donde estaba Ace que, algo raro en él, se limitó a observarles, sin decir nada.
Mejor.
No quería aguantar las tonterías del pecoso en ese momento.
Sanji podía caminar solo perfectamente, pero le estaba gustando apoyarse en el Marimo, que, procurando su bienestar, le hacía de guía. Era pueril, pero imaginarse la cara que iba a poner Zoro cuando llegaran a la orilla, le parecía hilarante.
Llegó Zoro al borde del lago, colocándose junto a Ace que seguía en extraño silencio los movimientos de ambos chicos. El Marimo se detuvo, dándose la vuelta con toda la delicadeza de la que era capaz aquel oso panda con exceso de clorofila. Lo hacía con la intención de que Sanji pudiera seguir sujeto a sus hombros, esta vez, frente a frente, y sin perder el equilibrio.
El francés empezó a reírse como un idiota.
Zoro le miró a los ojos, en actitud de infinita condescendencia. Él, le devolvió la mirada con timidez, dispuesto a revelarle la verdad, agachó la cabeza risueño, como el crío que, en realidad, era. Y Zoro, sin saber por qué se reía, le sujetó con suavidad el hombro izquierdo, para que no perdiera el equilibrio.
— Te vas a caer, Cejas… No tienes ni puta idea de…
— Yo sé patinar mejor que tú, Marimo… — le interrumpió por fin, cubriendo su comportamiento infantil, con chulería sobreactuada.
Se soltó de Zoro, pasó por el lado de Ace y del profesor, sin necesitar ya ningún tipo de apoyo, caminando con normalidad con los patines, como si fueran las pantuflas de estar por casa.
—Me subestimas continuamente, idiot. Mira y aprende.
Y, al llegar al borde del lago, pisó el hielo con seguridad, sin volver la vista atrás.
— ¡Oi! – gritó Zoro alarmado.
— ¡Sanji! — oyó que Ace también le gritaba, pero no les hizo caso y empezó a mover los pies, a deslizarse por la superficie de la masa de agua congelada sin un solo titubeo. Resbalaban las cuchillas a toda velocidad, hacia el centro mismo del lago.
Zas, zas, zas.
Una pierna, y luego otra, y otra vez. Corría como una gacela por el agua sólida. Parecía volar por el cielo. El aire frío le cortaba los labios, los ojos le lloraban y, la nariz, húmeda de mucosidad, le ardía, en carne viva.
Pero por primera vez en mucho tiempo, se sentía feliz.
Al llegar al centro del lago encogió los brazos sobre su cuerpo y se impulsó desde el filo externo del patín derecho, usando el pie izquierdo para propulsar el salto. Dio tres vueltas en rizo, sobre sí mismo, y volvió a caer sobre el hielo con el pie derecho, girando en arco la otra pierna con elegancia.
Un toeloop perfecto.
Alzó la cabeza, con lágrimas de frío y de hielo en los ojos, y dirigió la vista hacia Zoro que le estaba observando, estupefacto, desde la orilla. A su lado, Ace con la boca abierta, resultaba cómico. Varios patinadores prorrumpieron en vítores a su alrededor e intentaron acercarse a él, entre ellos Luffy y Chopper que andaban muy cerca.
Sanji no se detuvo a escuchar elogios.
Se lanzó nuevamente hacia donde se hallaba Zoro.
Este, se hallaba plantado en la orilla, igual que el ficus que tenía en su jodido y frío salón. Llegó, deslizándose vertiginosamente sobre el hielo, derrapando hasta alcanzarle, salpicando al Marimo de esquirlas de hielo.
— Eh voilà! — la voz le salió estrangulada por el esfuerzo y la tos, que le asaltó nuevamente. Estornudó como un gato y se limpió la nariz roja de mocos acuosos con la manga del abrigo. La sonrisa forzada, en tensión, como si alguien, desde detrás, le obligara a esbozar una feliz mueca tensando hilos de alambre. Estaba sofocado, con las mejillas enrojecidas. El corazón le bombeaba en el pecho, por el esfuerzo físico, retumbándole como un tambor de guerra.
Zoro le observaba con los ojos tan abiertos como las alas de una mariposa en primavera. No le dijo nada. Se limitó a observarle.
— ¿Por qué no me has dicho que sabías… hacer algo así?
Sanji soltó una carcajada forzada y nerviosa, alargó la temblorosa mano hacia su anfitrión, indicándole que se uniera a él en el hielo, pero Zoro permaneció quieto, en su sitio, sin moverse ni corresponder al gesto. Ace permanecía cerca de Zoro, observando la escena con la misma cara de estupefacción que el profesor.
— Mon père est allemand, idiot, originaire de Berlin, le lac Tegel gèle chaque hiver et je patine depuis l'âge de trois ans.
— ¿Qué…? — Zoro torció el gesto en una mueca de desagrado.
— Que solo bromeaba… — musitó, sin aclarar lo que le había dicho.
No sabía ni cómo le había salido aquella figura de patinaje artístico, después de tanto tiempo sin practicar, ni por qué su cuerpo le había conferido la adrenalina suficiente para poder saltar así. Si el Viejo de Mierda que le enseñó a hacerlo le hubiese visto, se hubiera sentido orgulloso.
O quizá no.
No después de todo lo que había hecho. El Abuelo de los Cojones nunca volvería a mirarle de la misma forma que cuando tenía catorce años y era un crío idiota e inocente.
El Viejo.
Los sentimientos, que aquellos días parecían descontrolarse en los momentos más inoportunos, le abrumaron de repente. La sonrisa que había vestido su rostro al gastar a Zoro aquella estúpida broma, se fue apagando, convirtiéndose en una mueca sobreactuada de alegría forzada.
— Ha sido… — Zoro, ajeno al tumulto emocional del francés, le observaba con la boca abierta. De pronto, el drumsiano frunció el ceño. — Espera… ¿Me has hecho llevarte hasta el lago enganchado a mi espalda…? ¡Serás cabrón…!
— Solo ha sido una broma, Marimo… —Sanji, cansado, levantó la cabeza con chulería fingida. — No te lo tomes mal, c'est pas grave…
Se echó hacia atrás al sentirse abrumado por la personalidad del espadachín, cuando, con una agresividad inesperada, Zoro dio dos zancadas, se le plantó delante y le agarró por las solapas del roñoso abrigo azul que le había dejado.
— ¡Oe! — Ace dio un paso hacia ellos, llamando la atención del Marimo, que se giró a mirarle con cara de pocos amigos. —¡No le asustes…!
Zoro, enfurruñado aún, soltó a Sanji, que se había quedado blanco como el papel.
— La cara de idiota que se te ha quedado al verle saltar ha sido impagable… — rio el pecoso intentando rebajar la tensión — Eso es lo que realmente, te ha jodido…
— ¿¡Tú has visto eso!? — también Luffy llegaba patinando como un loco por el lago, visiblemente emocionado, su abrigo rojo volando a su espalda, como una capa de superhéroe. Detrás de él, Usopp y Chopper le seguían profiriendo alaridos— ¡Enséñame! ¡Sanji!
Pero el rubio, impactado por el arranque de Zoro, se sentía muy mal, siendo también consciente de la expectación que había despertado entre la gente que estaba en el lago, se empezó a arrepentir de haber llamado la atención de esa forma.
— He tenido suerte… Hacía mucho tiempo que no lo hacía… — musitó al final, mirando a Zoro, intentando empatizar con él, buscando un poco de simpatía. Sin embargo, el profesor, cejijunto, parecía terriblemente ofendido.
El estómago se le retorció de nervios y desolación. Zoro estaba cabreado con él.
"Merde…"
— Ha sido increíble… —Ace, daba la espalda al profesor, ignorándole, sonreía a Sanji como si hubiera descubierto la vacuna contra el SARS COVID 19 y la estuviera compartiendo con el mundo de forma gratuita.
El francés, con expresión desolada, permanecía mirando al Marimo que tan mal se había tomado su pequeña broma. Ace se percató de su gesto de desamparo, porque se dio la vuelta para observar a Zoro, que persistía iracundo.
—¡Tú…! ¡Me has engañado…! — continuaba murmurando el profesor.
Sanji agachó la cabeza.
— Era una broma… — murmuró humillado. Lo último que quería era que Zoro le odiara. La cara de asco que el profesor le estaba poniendo en ese momento, le hacía sentirse idiota e inseguro.
— ¡Oh, venga ya…! ¡Eres un garrulo, Zoro! Has dado por sentado que Sanji no sabía patinar. —Ace acudió en su ayuda con cierta irritación en su tono de voz. — Sanji, no le hagas ni caso, Zoro solo te está puteado, porque le has impresionado. Es tan idiota que no sabe cómo canalizar su admiración, por eso está siendo tan cretino ahora mismo. ¿Verdad?
Ace remarcó las palabras finales, mirando con intención al profesor que continuaba con el ceño fruncido. Sanji enarcó una ceja, dubitativo. Zoro no parecía muy impresionado, más bien le miraba como si quisiera abrirle en canal con una sierra radial.
— Este idiota cree que es el único ser que puede saltar, correr y combatir y que es el que mejor lo hace… — prosiguió el mecánico. — Ha sido un salto increíble, súper elegante… Eres increíble Sanji.
El francés agradecía a Ace que intentara consolarle y echarle una mano. Pero todo tenía un límite. No quería parecer egoísta, sin embargo, lo último que necesitaba en ese momento eran aquellos agobiantes y empalagosos halagos. Y menos, delante de un Marimo cabreado que le miraba con odio.
Así que murmuró una disculpa y se dirigió hacia la orilla.
— Voy a asar las patatas…
— Y una mierda… Ahora no te vas. No puedes dejarlo así. — Zoro que estaba sobre la superficie helada del lago, le sujetó por el hombro. —Cobarde.
Se volvió como si le hubiera picado una araña venenosa. "¿Qué?"
"Lâche? Moi?"
— ¿¡Qué!? — la voz le salió estrangulada. — ¿Cobarde? ¿Yo?
Y una chispa prendió en el interior del francés.
¿De verdad se había enfadado ese Marimo de mierda?
No era para tanto, coño.
Le había gastado una broma idiota y ahora el hombre musgo de los cojones ¿se creía con derecho a pisotear su orgullo como si él fuera un felpudo? Por mucho que le gustara Zoro, en ese momento estaba comportándose como un auténtico capullo. Que no le tocara las pelotas, porque no le conocía enfadado… Como siguiera por ese camino le iba a meter una patada en el paladar y los patines por el culo…
Zoro, al observar su expresión furiosa, enarcó una ceja. Y sin duda, percibiendo el cabreo del francés, esbozó una sonrisa de maniaco.
— Oi… ¿Te he ofendido, rubito? —le señaló con chulería— Ahora tú y yo, vamos a hacer una carrera, hasta el extremo del lago. Y te voy a patear el culo, porque soy mucho mejor que tú, Señor Saltitos.
Sanji no daba crédito. Pero quién coño se había creído que era el papanatas ese. Le iba a meter su ego por el culo. Ya estaba hasta los cojones.
—Oooh…. Monsieur Alga de Mierda, que pone cara de dictador norcoreano con estreñimiento… — dijo Sanji, a nadie en particular.
Detrás de sí, escuchó las risas de Nami, Luffy y los demás al oírle insultar a Zoro, pero focalizó su atención en el orangután que seguía observándole con cara de desequilibrado.
— Pouvre petite chose… Se ha enfadado con el perverse francés.
Se burló de Zoro, quizá por primera vez desde que había aterrizado en Drum. Ya le importaba una mierda que ese neandertal se enfadara. Le iba a demostrar a ese mamarracho que él no era débil, que también tenía personalidad. Y que tenía un genio de mil demonios. Si no, que se lo dijeran al Viejo de Mierda, que le había aguantado y criado como si fuera su hijo.
Igual que a un hijo.
Al pensar otra vez en el Cojo de los Cojones, sintió que se ahogaba.
La ansiedad le asaltó sin avisar.
Era como si estuviera agazapada dentro de su cuerpo, dispuesta a salir de su cueva en el peor momento. El corazón se encogió en un puño y toda la intensa pasión furiosa que había sentido hacía un momento contra Zoro, perdió fuelle, desvaneciéndose dentro de sus venas y disipándose como gas en el aire.
"Je suis un connard... A quién pretendo engañar…"
Una mano se apoyó en su hombro. Las pecas de Ace se fruncieron formando arrugas alrededor de sus ojos curiosos.
— Sanji… Dale una lección a Zoro… Es un cretino. — No era posible, pero en ese momento Ace le estaba observando como si supiera, como si pudiera leerle el pensamiento, como se hubiera percatado de su repentina inseguridad. — Sus bromas no tienen ninguna gracia. Solo las entiende él. Es así de corto…
— Oye, Cejas de Diana... — continuó Zoro sonriendo sarcástico, indiferente a las palabras de Ace. — ¿Es que no tienes sangre en las venas?
Y le revolvió el pelo.
La angustia que le había atenazado se dispersó. Cual bálsamo de Fierabrás, aquel estúpido gesto que se estaba convirtiendo en costumbre, tuvo la virtud de eliminar todos sus males, el alivio le inundó desde la raíz de sus cabellos hasta las uñas de sus pies enfundados en los caros patines.
Le iba a estallar la cabeza con tantas emociones contradictorias bullendo dentro de sí. Sintió el calor crepitar en sus mejillas.
Idiota. Era tan idiota… Tenía que acostumbrarse de una vez a Zoro, si no quería parecer un auténtico gilipollas cada vez que le tocaba.
El profesor volvió a carcajearse al sentir su sonrojo.
Estaba agotado. Era una montaña rusa emocional. Cuanto menos quería llamar la atención, más la fastidiaba. Era un metepatas y ahora se podía freír un huevo en su cara, otra vez. Ladeó la cabeza, humillado, para encontrarse con la mirada de Ace. El mecánico ya no le observaba con agobiante adoración, sino con pura curiosidad.
Agachó la cabeza, muerto de vergüenza.
Qué ridículo. Hasta qué punto se le estaban derritiendo los pocos sesos que tenía. Tenía que recuperar su orgullo de forma inmediata.
—Gorille… — musitó. — Si aún quieres competir… Te ganaré…
Zoro, al oírle, sonrió como un cocodrilo. Con todos los dientes.
— Uy… Que se ha picado… — rio Usopp, sumamente interesado con la escena que se desarrollaba delante suyo.
— Tú no me vas a ganar, Cejas de Espiral… Llorarás cuando te aplaste contra el hielo.
— Arrogant Alga Fotosintética… — Sanji se llevó el cigarrillo a la boca con chulería. — Me subestimas constantemente…
— Solo describo la realidad, Caracol. — Zoro se le acercó imponente, con la clara intención de seguir amedrentándole, pero esta vez, Sanji no se echó hacia atrás. Se le encaró, mirándole con expresión cabreada.
— Pues ¿sabes qué, Mucus? Esta realidad superará tu ficción — le soltó.
Luffy empezó a partirse de risa otra vez y el resto de la pandilla le secundó. Excepto Ace que, con la boca abierta, permanecía observando el lance, como si viera a Sanji por primera vez.
— ¡Chicos! ¡Sois muy graciosos! — el chico simio se carcajeaba y empezó a dar órdenes, asumiendo el liderazgo—¡Nami! ¡Marca la salida! ¡Una carrera!
— Oi, oi… — La pelirroja no cuestionó la indicación, obedeció a su amigo y se deslizó por la superficie del lago con elegancia. Bufó después, al llegar al lado de Sanji, mientras oteaba el lago y sopesaba las distancias de extremo a extremo. Señaló un punto a sus pies. — Desde aquí, hasta allí, al final y volver. ¿Está bien?
— Por mí, perfecto… — daba la sensación de que Zoro se había activado con aquel estúpido reto— ¿Tienes miedo Cejas?
— Yo empiezo a tener miedo de tu estupidez, Marimo…
— Uy lo que le ha dicho… — provocó Usopp con sorna— ¡Choque de alfas!
— Joooooo…. — se quejó Luffy — Yo quiero participar.
— A la próxima, Luffy — soltó Zoro—. Ahora deja que le cierre la boca a D'Artagnan.
— Tské… — Sanji sacó un pitillo del bolsillo del abrigo y lo encendió, llevándoselo a los labios, elegante e indiferente. Aspiró el humo y exhaló, fingiendo una arrogancia que en ese momento no sentía.
Tres corazones de humo se formaron en el cielo.
— ¡Uoooo! — Luffy y Chopper empezaron a aplaudir, excitados— ¡Cómo has hecho eso!
— Desde aquí, hasta el extremo opuesto del lago y volver, ¿eh? — dijo Sanji señalando los límites con el cigarrillo. — Está bien. Lo haré fumando.
Ace soltó una carcajada, mientras Nami ponía los ojos en blanco.
— Demasiada testosterona para mi gusto… — comentó apática.
— Te voy a machacar… — rio Zoro entre dientes, cruzándose de brazos y negando con la cabeza, como si la evidencia fuera tan palpable que fuera necesario hacerle saber, mediante gestos, que no tenía nada que hacer.
— Te he dicho mil veces ya, Marimo, que no me subestimes… — a Sanji le costaba pronunciar aquellas palabras. Él no era tan fanfarrón, pero no quería volver a parecer débil… Necesitaba actuar. Necesitaba ponerse en la piel de aquella personalidad arrogante que usaba como protección, cuando no sabía cómo salir de las situaciones. No le era difícil, llevaba haciéndolo desde los catorce años.
— Sanji se ha puesto en modo killer… — comentó Ace en tono jocoso — Le has cabreado, Zotal…
— No tiene nada que hacer contra mí… — se jactó Zoro poniéndose enfrente del rubio y provocando la carcajada del resto de la pandilla al enseñarle el dedo índice a Ace.
Sanji dio otra calada a su cigarro y expulsó el humo directamente en la cara del profesor, que se puso a toser como una vieja.
— Tú no me conoces… — dijo en un alarde de valentía — No sabes lo que puedo ser capaz de hacer o de no hacer…
Zoro apartó el humo de la cara, agitando la mano, agresivo. Le observó fijamente, evaluándole y, como era de esperar, no se amilanó.
— Tú a mí, tampoco me conoces… Estúpido Remolino.
— Mamarracho Verde…
— Ente…
— Ameba…
Los dos empezaron a girar en círculos sobre los patines, retándose con la mirada. Sanji en silencio, aguantando las burlas de Zoro y su juego de absurdos motes. Se sentía nervioso y eufórico en una paradoja imposible. El resto de la pandilla se fue reuniendo a su alrededor, riendo y chillando emocionados, ante la perspectiva de la carrera.
Ace se colocó cerca de Vivi y Chopper y levantó los dos pulgares para darle ánimos. Sanji le ignoró.
Luffy empezó a chillar, llamando a todos a presenciar lo que parecía la carrera del siglo. La gente debía aburrirse mucho en Drum, pensó Sanji, ya que, pese a estar acostumbrado a las cámaras, nunca se había sentido tan observado como en ese momento. La gente empezó a apiñarse a su alrededor y muchos empezaron a murmurar y a señalarle.
Era como un espectáculo.
Le miraban de reojo, riéndose por lo bajo. Escuchó a un par de chicas hablar entre ellas y decir "mira, es ese…", lo suficiente alto como para considerarse de mala educación.
Aunque no le extrañaba.
Era uno de los actores más populares, uno de los más deseados y sus escenas, las más vistas y descargadas en toda la red. Ganaba dinero. Podía ir, prácticamente, donde quisiera y hacer lo que le viniera en gana, si no contrariaba al Sr. Doflamingo. Recibía invitaciones de todo tipo, para todo tipo de eventos y situaciones y muchos de sus fans le agasajaban con regalos caros.
Sin embargo, la realidad era otra.
La realidad de su existencia, una existencia que él se había buscado, era aquella que se entreveía través de los murmullos de aquellas dos muchachas. "Mira, es ese". Era un mono de feria. Un "pobre chico". Un desgraciado. Alguien que solo servía para follar. Un trozo de carne. Un bulto con ojos. Superficial, analfabeto, materialista e indigno.
Fuera un país de Grand Line o del Mundo Exterior, todos pensaban igual. Y encima, en Drum, le señalaban doblemente porque él era el extranjero, el rarito, el de Dressrosa: el vicioso que se dedicaba al porno.
Vestían el desprecio con compasión, porque eran unos cobardes.
Pero daba igual lo que fueran, al final, la realidad se imponía a cualquier disquisición. La gente no le quería.
En ningún sitio.
Observó a Zoro de reojo, con envidia.
Todos saludaban al profesor y le animaban a que le diera una lección en aquella absurda carrera de egos. Zoro sonreía, jactancioso, aunque Sanji se fijó que, sutilmente, se mantenía a distancia de sus vecinos, concentrándose en el lago.
Todo el mundo parecía tenerle afecto y Zoro no parecía darle ningún valor a esa admiración.
Joder.
Sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas, que contuvo, por no hacer más el ridículo aquel día. Parecía una montaña rusa, reía y lloraba como un gilipollas desde que había llegado a aquel pueblo de mierda.
Ace le apoyó la mano en la espalda.
— Tranquilo… — dijo el mecánico. —No tienes que demostrarle nada. Él no espera que le demuestres nada. Es solo un juego… Zoro es competitivo.
— Yo no… Ya lo sé… —bajó los ojos ante la mirada escrutadora de Ace. ¿Por qué le estaba diciendo aquello? Así, tan de repente…
El mecánico permaneció en silencio durante unos segundos, observándole.
— Zoro es algo rústico … ¿verdad?
El mecánico le sonrió con amabilidad, observándole intensamente y Sanji no pudo evitar sonrojarse como un colegial.
Le había pillado desprevenido.
Parecía como si Ace le estuviera leyendo el pensamiento, penetrando en su mente y revelando todos sus secretos.
Ace habló, otra vez y cuando lo hizo, pareció que hubiera estado sopesando mucho pronunciar unas palabras que cayeron sobre Sanji como un jarro de fría y acuosa realidad.
— Te aseguro que después de todo lo que ha pasado este último mes, te considera un amigo más.
— Oh…
Un amigo.
Obvio.
La decepción le inundó sin que pudiera evitarlo.
Miró a Zoro de nuevo. En ese momento, el profesor recibía un masaje en los hombros de un Usopp haciendo el payaso, fingiendo prepararle como si de un ring se tratara.
Ser considerado un amigo por alguien como Zoro era algo bueno.
Era algo que debería haberle hecho muy feliz.
Entonces… ¿por qué se sentía como si le hubieran metido un sable láser por el culo?
— Me alegro de que me vea así…— mintió.
Ace le dio tres golpecitos en la espalda y abrió la boca para añadir algo más.
— Quien pierda, paga unas copas y unas pizzas para todos, esta noche. En mi casa. — dijo Nami, apareciendo en medio de ambos. — Quien gane, tiene derecho a copa doble. ¿Está claro?
Asintió, aliviado con la interrupción de Nami, intentó animarse ante la perspectiva de pasar un rato en casa de la pelirroja.
Zoro soltó un gruñido que supuso que era de asentimiento.
Tres minutos más tarde, Nami, perfecta organizando y mandando callar a Luffy que se quejaba por no poder participar, había trazado una línea imaginaria sobre el hielo, colocándoles detrás y ordenándoles que se prepararan para salir.
— Repito… De aquí, hasta aquel extremo, donde están aquellos dos abetos juntos. — señaló hacia una de las orillas, donde en efecto, dos árboles parecían entrelazarse. — Sanji, nunca te desplaces hacia el lateral oeste del lago, porque allí, el hielo no tiene tanto grosor. Podría romperse y caer al agua.
— Oui… ma chéri…
— Sacaríamos del agua un polo rizado… — rio Zoro. — ¡Ouch!
Vivi le había golpeado por detrás.
— No vale hacer trampa, ni ponerse trabas, ni escupirse, ni empujarse… — dijo Nami indicando a Zoro con la mirada, que dejara de decir tonterías — ¡Juego limpio!
— ¡Oi! ¡Yo siempre juego limpio …! — Zoro se ofendió. — ¡Eres tú la que hace trampas!
Sanji vio como Luffy se cruzaba de brazos y asentía con la cabeza, dando la razón a Zoro. Los demás rieron por lo bajo.
— Eso ahora, no viene a cuento… — dijo Nami, indiferente, agitando una mano. — Solo vosotros dos y vuestra fuerza… ¿Queda claro?
Los dos asintieron.
— ¡Preparados!
Colocó bien los pies, la pierna derecha un poco adelantada, agachándose para tomar impulso, el Marimo adoptó la misma postura.
— ¡Listos!
El público que se había reunido a su alrededor empezó a jalear a Zoro.
Tomó aire y contuvo la respiración.
¿Por qué estaba nervioso?
— ¡Ya!
Salió disparado. Hacía años que no patinaba, pero parecía que el tiempo no había pasado por sus piernas. Su memoria corporal y retentiva sabía cómo hacerlo y solo le había bastado un segundo para activarse. Se deslizó tan rápido como pudo sobre el hielo. En esa zona y de extremo a extremo, tendría unos quinientos metros que recorrer, quizá un poco menos, pero, aun así, con los patines y sin entrenar, era bastante distancia.
Miró a su derecha y vio cómo Zoro estaba prácticamente a su nivel.
Quería ganarle.
El Marimo le sonrió, mientras le alcanzaba, como un tiburón mira a una merluza. Sin embargo, él era más ligero que el musculoso profesor, y más rápido. La envergadura de Zoro no le dejaba alcanzar su velocidad. Sanji sonrió y Zoro pareció intuir su desventaja. Echó a correr, literalmente, sobre el hielo. No se deslizaba. El muy bruto, corría con los patines. La cuchilla de sus botas rebotaba contra el suelo, haciendo un ruido infernal sobre la superficie de hielo, como si fuera un Transformer en un salón de baile.
Qué bestia, se iba a cargar el hielo.
— ¡Eo, Marimo…! — le soltó entre jadeos. — ¡Vas a hacer que nos caigamos al agua...!
—¿Tienes miedo? — Zoro, mirando al frente, consiguió igualar a Sanji.
Idiot.
Se iba quedando rezagado.
Mierda.
El resfriado no le dejaba respirar bien y se estaba cansando mucho. Sus bronquios estaban obstruidos y el oxígeno no llegaba a sus músculos. Ahora Zoro le sacaba una cabeza e iba llegando al extremo del lago.
Debía ganar.
Sacó fuerzas de flaqueza. Los pulmones le empezaron a pitar. La mucosidad se le acumuló en la garganta y aunque no quería escupir, lo hizo. Se dijo que tenía que volver a entrenarse. Como antes, como cuando el Viejo Asqueroso le hacía correr hasta reventarle, saltar como si le persiguiera un tigre y gritar de dolor por las series de abdominales interminables, acababa tan exhausto que no tenía fuerzas para pensar en su alma rota.
Si le viera ahora, a buen seguro que le abriría la cabeza con la pierna ortopédica.
O no.
No perdería el tiempo en la persona en la que se había convertido.
El Viejo de Mierda siempre fue muy práctico.
Flaquearon sus fuerzas al pensar en él. Ahora, tenía la nariz en carne viva y los ojos le lloraban, heridos por culpa del aire congelado que le azotaba en el rostro debido a la velocidad. Zoro le sacó aún más distancia. A lo lejos, oía a los muchachos jalear al profesor, como si se estuvieran jugando la final de la copa del mundo.
El Marimo llegó antes que él al extremo del lago, giró como un torbellino y empezó a avanzar de vuelta hacia la línea que habían señalado como meta, a toda velocidad.
Al pasar por su lado, le sonrió con arrogancia.
"Merde!"
El sudor le resbalaba por la espalda. Cuando llegó al extremo, se dio impulso. Giró también hacia donde todos les esperaban gritando y agitando los brazos. El Marimo le sacaba apenas un par de metros, pero era distancia suficiente como para ganar la carrera.
¡No!
Soltó un grito para ayudar a su cuerpo a avanzar aún más rápido y el alarido rabioso hizo su efecto cuando poco a poco, ganó el terreno que había perdido.
Aún tenía mucho que decir en esa estúpida carrera de mierda.
De pronto, ya estaban al mismo nivel y la cara de sorpresa que puso Roronoa Zoro al verle a su altura, le dio las fuerzas suficientes como para seguir deslizándose hacia la meta. Pero el Marimo era realmente competitivo y estaba en plena forma, así que no cedió ni un ápice de terreno, pareciendo renovar fuerzas cuando le vio colocarse a su lado.
Aquella absurda pugna estaba evolucionando a nivel de reto épico y ambos, motivándose mutuamente, querían hacerse con la victoria, aplastando sin piedad al rival. Hombro con hombro y a mitad del lago, Sanji sentía la presión del cuerpo de Zoro a su lado, una presencia absoluta e inmensa que abrumaba sus sentidos y nublaba su visión. El corazón le latía acelerado al ritmo del de un gorrión atrapado en una red y al vislumbrar los largos brazos de orangután de Luffy haciéndole grotescas señas de ánimo, supo que había llegado el momento de realizar el esprint final. El esfuerzo le provocó una náusea que se le atoró en la garganta. Los mocos le escurrían sin control por la nariz, acuosos y ardientes. Sudaba como un camello. El pecho le ardió al acelerar y forzar aún más, el ritmo. Le dio la sensación de que los tendones y los músculos de las piernas, empezaban a chirriarle y los huesos a estallar dentro de la piel.
Zoro a su lado, no parecía tener sus dificultades, pero tampoco parecía avanzar mucho más. Dirigió la vista hacia adelante y le pareció ver a Nami observándole intensamente. Tenía la meta cerca. Le distrajo Luffy, gritando, junto a Vivi que aplaudía y daba saltos, los alaridos de Usopp, Chopper y Ace…, sonriéndole como si fuera conocedor de la ubicación del tesoro mejor guardado del mundo.
Y, de repente, sintió una oleada de inmenso afecto por aquella gente a la que un mes antes, no conocía.
Y aquel sentimiento, le dio alas.
Llegó a la línea que señalaba la meta y entró.
No veía nada. Todo el mundo era blanco con chispas de luz.
No sabía si había ganado o perdido y oía el rugido de los muchachos, pero no entendía qué decían.
Se deslizó por el hielo hasta conseguir ladear la pierna derecha clavando la cuchilla para frenar el patín. Se dejó caer cerca de la orilla, derrumbándose en el suelo, agotado, como un saco de patatas, pegando la mejilla a la nieve sucia de barro y limo, intentando acompasar la respiración, mientras los oídos le zumbaban. Intentó restregarse la nariz, pero no tuvo fuerzas para moverse.
Joder.
Una mano suave se posó en su espalda y alguien intentó incorporarle. Oía voces a su alrededor. No sabía si eran de hombre o de mujer. El esfuerzo le había dejado destrozado. Dejándose llevar por ambos brazos hasta encontrarse sentado en la orilla, encima de la tierra húmeda, se enfadó consigo mismo. No estaba para nada en forma.
— Sanji… ¿Te encuentras bien?
Consiguió centrar la visión cuando le acariciaron la frente con la palma desnuda. El contacto le sorprendió, por lo delicado. Alguien le levantaba el flequillo con dulzura, descubriéndole los ojos, mientras con suavidad, le limpiaban los mocos con un pañuelo de papel. ¿Era Nami? ¿De dónde había salido?
Sin brusquedad, la apartó con delicadeza. No le gustaba que le vieran las dos cejas, con su extraña y alterada forma caleidoscópica, herencia de su jodido padre biológico de mierda.
— ¿Tenemos que ponerte oxígeno? —la pelirroja se lo preguntó con sorna. Él negó, esbozando una sonrisa. — Felicidades, Sanji.
Alzó la cabeza, encontrándose con los traviesos ojos de la chica.
— ¿Le he ganado? — la esperanza se reflejó en su voz, más de lo que hubiera deseado.
— Ya te gustaría a ti… — escuchó la voz de Zoro a su lado, pero no conseguía verle a través de quienes le rodeaban.
— Habéis entrado a la vez. — El rostro sonriente de Luffy apareció en su campo de visión. Había admiración en su tono. — Habéis empatado. Eres una fiera, Sanji.
— Oh, vaya…
Aunque estaba decepcionado, no pudo evitar reprimir una carcajada.
En realidad, no estaba tan mal.
Había empatado contra King Kong. ¿En qué lugar le dejaba eso? Y, ¿dónde estaba aquel gorila? Le oía, pero no le veía.
— Allí… — Luffy le leyó el pensamiento. Se lo señaló a su derecha. — ¡Aparta Usopp!
El mulato se giró, haciéndose a un lado. El profesor estaba sentado en el suelo, igual que él. El pelo mojado de sudor y las mejillas rojas por el esfuerzo. Parecía agotado. Sus ojos se encontraron y le regaló una siniestra sonrisa de demonio del averno.
— Has tenido suerte, rubito… —jadeando, se llevó una mano a la frente, secándose el sudor que resbalaba por entre el musgo de su pelo.
— ¡Oh, vamos! — Vivi puso los ojos en blanco. — ¡Zoro! ¡Reconoce que estáis igualados! Si no fuera por el resfriado que lleva, incluso te hubiera ganado…
— Zoro tío, has sudado tinta para empatarle… — se burló Usopp.
— Y una mierda… — murmuró Zoro enfurruñado — No he querido apretar mucho, para no humillarle…
— No. Es más rápido que tú… — Luffy señaló al profesor con el dedo. — Y lo sabes…
Zoro le miró otra vez, con cara de pocos amigos. Sin embargo, finalmente, asintiendo a las palabras del chico-macaco, soltó una alegre y contagiosa carcajada, que hizo que en el estómago de Sanji brotaran millones de agujas ardientes que viajaron a través de su torrente sanguíneo, clavándosele directamente, en el corazón.
"Oh, mon Dieu"
Su risa.
La ansiedad le atenazó el pecho. Abrió la boca para aspirar profundo al sentir cómo le faltaba el aire que de repente, dejó de suministrar sus pulmones. Agachó el cabeza, anonadado por la sensación de hallarse en el centro mismo de un abismo insondable, en presencia de alguna entidad cósmica o de un dios de otra dimensión. Al levantarla, se encontró con los ojos de Ace perforándole el alma. El mecánico escrutaba su rostro sin pudor. No halló en su expresión la servil adoración a la que le había acostumbrado desde el día en que le conoció. Le miraba curioso, inquisitivo, como si algo de lo que no estaba seguro, se le hubiera revelado de forma repentina.
El rubio francés se maldijo cuando la presión sanguínea en sus mejillas le volvió a jugar una mala pasada.
— Y, ahora ¿quién paga las pizzas? — la pregunta tuvo la virtud de desviar la atención del mecánico del rostro del francés, hacia su hermano, el niño mono araña.
— A medias… — sentenció Nami. — A medias entre Zoro y Sanji, claro.
Todos celebraron aquella noticia entre aplausos y vítores, y los chicos fueron dirigiéndose a la tarima de madera, a por bebidas, mientras Zoro se quejaba de su mala suerte y Sanji reía entre dientes.
El grupo se dispersó.
Alguien le ayudó a levantarse. Tenía las piernas entumecidas, le temblaban por el esfuerzo realizado. Trastabilló levemente, pero se encontró con la delicada mano de Nami sujetándole con cuidado.
Murmuró las gracias e intentó zafarse de aquel amable sostén. La pelirroja no le dejó.
— No quiero tener que levantarte del suelo… Apóyate en mí, un momento. — Nami le miraba con la ceja enarcada. Su tono de voz era exigente, pero, sin embargo, el toque sorprendentemente cariñoso. — Sois muy brutos los dos ¿sabes? Parecía que os estabais jugando la vida… Creía que os iba a dar una congestión.
Sanji se mordió los labios, reprimiendo la risa. Agradecido, pero a la vez, algo abrumado por las atenciones de aquella chica tan hermosa, el francés se había percatado de que Nami cuidaba de sus amigos sin que se notara.
Y ahora lo estaba haciendo con él.
La pelirroja le soltó cuando vio que recuperaba fuerzas.
— Toma, pañuelos … — la pelirroja le tendió un paquete de tisúes que Sanji agradeció como agua de mayo. — Voy para el embarcadero a por una cerveza, ¿vienes?
Asintió y empezó a seguir a la muchacha, cuando Zoro le interceptó.
— Oi… — se le colocó delante mirándole con el ceño fruncido.
Nami puso los ojos en blanco.
— Me voy… Te saco algo de beber. He tenido bastante testosterona por hoy.
La vieron alejarse con movimientos líquidos y elegantes, como una gata deslizándose sobre la nieve.
— Oi… — repitió Zoro que ahora parecía incómodo. — Ha estado bien…
No era como si se hubieran jugado la final de la Copa del Mundo de fútbol, a Sanji casi le hizo gracia la seriedad con la que el Marimo le estaba reconociendo algún mérito.
— Oui…
— Estás en forma… — le dijo con indiferencia.
— En realidad, no… Estoy en horas bajas… Faible… Débil.
Zoro arqueó una ceja, con curiosa incredulidad, pero no le preguntó nada. Un segundo después, se rascó la cabeza con la mano enguantada.
— Hay solo un gimnasio en Bighorn… No es muy grande, pero podrías apuntarte.
— Oh…
Un gimnasio. No era mala idea, siempre y cuando el propietario no fuera otra persona de mierda, como los que ya se había cruzado.
— ¿Tiene piscina? — preguntó.
— Pequeña, pero sí, tiene… También está la del colegio donde trabajo. Esa es una piscina de competición. — Zoro se lo dijo con orgullo.
Durante aquellas semanas, Sanji había oído que Zoro había hecho mucho para que las instalaciones deportivas de la escuela estuvieran en perfectas condiciones.
— ¿Podría entrar? ¿Yo?
— Conmigo, sí. Alguna vez han entrado ellos — dijo señalando a la tarima donde Vivi y Ace estaban repartiendo cervezas. El pecoso mecánico les miró y saludó con la mano. — Le podría preguntar a Shanks… El director.
— No, merci… Si el tal Shanks es como el resto de tus vecinos homófobos, no hace falta que te molestes… —Sanji no pudo contenerse. — Prefiero quedarme como estoy, que a arriesgarme a que me quemen en la hoguera, o me metan un bâton ardiente dans le cul.
Zoro resopló, divertido, conteniéndose.
— Shanks es un gran hombre…
— Hmpf… Permíteme que lo dude… — comentó con guasa el francés. Después de todo lo que le había pasado, le iba a costar fiarse de la gente de ese pueblo…
— No todos son espadas rotas, como esos bastardos que te atacaron, o los que te insultaron — susurró el profesor — También hay gente normal…
Sanji no dijo nada, pero las palabras de Zoro le invadieron de una confortable calidez que le provocó un escalofrío. Miró hacia un lado, sintiendo cómo el Marimo avanzaba hacia él.
— La verdad es que no eres mal tipo…
Le revolvió el pelo con fuerza.
— Algo idiota y llorica, pero sorprendente… E increíble. —̶̶̶ En el mismo momento en que aquellas palabras salieron de su boca, Zoro pareció arrepentirse de haberlas pronunciado.
Los ojos fijos, el uno en el otro. Ambos helados, clavados en el sitio. Zoro con la mano derecha sumergida aún en el pelo del francés. Segundos duró aquel momento eterno, hasta que el profesor se retiró rápidamente, desviando la vista del rostro del actor.
— ¿Vienes? — sin esperar respuesta, se deslizó hacia el embarcadero, donde les esperaba el resto de la pandilla.
Sanji le observó alejarse con el corazón palpitando como un loco dentro de su pecho. Le temblaban las piernas. El sudor que brotaba de sus poros le causaba escalofríos y si no hubiese sido por el grito de Luffy, se hubiera derrumbado sobre sus patines, a causa de la sensación de vértigo.
— ¡Sanji! — el chico macaco le llamó, soltando un grito que podía haber hecho resquebrajarse el hielo — ¡Tengo hambre! ¡Patatas!
Quedó el francés por un momento en blanco. El hermano de Ace hacía divertidas señas, señalándose el estómago y la bolsa de patatas para asar.
Las patatas. Cierto.
Intentó apartar de su mente la ardiente sensación de tener los dedos de Zoro entre su cabello.
Tenía que preparar patatas asadas para toda la pandilla.
Sus amigos tenían hambre.
Fin, capítulo 5.
NFA: ¿qué tal? Espero que hayáis retomado el hilo de la historia sin problemas. Deciros, por último, que a partir de ahora los capítulos serán más cortos, pero más seguidos.
Dejadme un comentario, si queréis. Muchas gracias.
