Disclaimer: Los personajes pertenecen al imaginario de la serie Once Upon A Time
Periodicidad de actualizaciones: Domingos 22h / GMT +1
Notas: ¡Buenas noches! Este domingo publico un poco antes, ya que más tarde me será imposible. Espero que hoy no haya ningún problema, que la semana pasada fanfiction decidió hacer cosas extrañas y el capítulo 8 parecía que no estaba accesible. Como siempre: ¡Muchísimas gracias a todxs por vuestros comentarios!
CAPÍTULO 9
El plato de noodles
Olía a café recién molido. La máquina silbó y el motor que hacía girar las cuchillas se detuvo, preparándose para calentar el agua del depósito. Emma sujetó el mango, cerniéndolo en su sitio, y esperó a que el artilugio obrara su magia. Un par de segundos después, un fino hilo amarronado empezó a descender por los conductos y a precipitarse en la taza. El vapor emanaba de la bebida caliente y ella cerró los ojos, inspirando profundamente para que el aroma le llenara los pulmones. Dejó la taza sobre la bandeja de metal, junto al resto de sus hermanas. En total había dos espressos, un cortado y un latte.
Mary la aguardaba al otro lado de la barra del Lumiere, expectante. Los de la mesa diecinueve ya habían terminado de comer y ahora esperaban por sus cafés, así que su amiga estaba pendiente de que ella terminara de colocarlo todo para poder servirles. Aquel día había decidido recogerse el cabello, ya de por sí corto, en un moño que a duras penas conseguía quedarse en su sitio. Emma le acercó la bandeja y Mary se apresuró a sujetarla por los extremos.
—Gracias —le dijo—. Tengo unas ganas de perder a esos sujetos de vista que ni te imaginas… ¿te puedes creer que me han preguntado (no una, sino tres veces) si estaba soltera? ¡Por el amor de dios, si podría ser su hija! —se quejó en un murmuro airado.
—Paciencia, piensa que en cuanto se tomen el café se marcharán —la consoló ella.
—Para ti es muy sencillo decirlo, sólo te ocupas de la barra y aquí se suelen sentar los chicos jóvenes y atractivos —hizo una pausa, mirando a ambos lados y se le acercó—. Como tu querido Graham —añadió, ladeando una sonrisilla.
—¡Mary! —abrió los ojos, señalando con la cabeza el despacho del señor White, y frunció los labios—. No hables de eso en el trabajo, podrían oírte.
—Perdón, perdón —se disculpó, risueña—. Esta tarde quedamos en tu casa, ¿no? Llevo días sin verte el pelo fuera del trabajo, así que ni se te ocurra volver a cancelarme el plan, ¿me oyes?
Emma asintió. La morena tenía razón al hablarle así, pues había pasado bastante desde la última vez que quedaron y eso era raro en ellas. Acostumbraban a verse seguido, bien en alguna cafetería, dando una vuelta por Central Park o en casa de la rubia, cuartel general de sus muchas «citas de cotilleo». Sin embargo, desde hacía ya varios días que la esquivaba cuando le proponía algo que hacer e inventaba alguna excusa para no verla.
Un pellizco de culpa le revolvió el estómago. Sabía que estaba evitando tener cierta conversación con ella. Y es que además de su incipiente relación con Graham, estaba segura de que habría otro tema que saldría a flote en la conversación. Uno en el que no quería profundizar y que ella misma había estado posponiendo hasta el último día.
«Hoy hace una semana desde que se fue, hoy debería darle mi respuesta», suspiró, encogiéndose hasta que sus codos tocaron el mármol de la barra.
—Emma, ¿estás b-... —Mary dio un respingo, interrumpiendo su pregunta y la bandeja titiló en sus manos.
No fue hasta que la rubia alzó la vista que supo el porqué. El señor White las observaba, apoyado en el marco de la puerta que separaba el recinto principal de la trastienda y la cocina. Tenía el ceño fruncido, acentuado por sus espesas cejas, y el labio torcido en una mueca. Probablemente ambas recibirían otra de sus charlas al acabar la jornada.
—Hablamos luego —se despidió su amiga, el rostro pálido.
Emma estaba más que acostumbrada a los toques de atención del señor White, pero para Mary era algo nuevo. Se inclinó hacia delante, soportando el peso del cuerpo en el codo izquierdo, y le dio una palmadita en la espalda con la mano derecha.
—Ánimo —le dijo.
Mary ladeó la cabeza, asintiendo, y después se perdió entre las mesas del local. Había vuelto a quedarse sola, pero con los ojos de su jefe puestos en ella más le valía no holgazanear o de lo contrario le estaría dando aún más motivos para llenarle la cabeza de tonterías cuando le echara bronca.
Agarró un trapo y lo mojó levemente en el fregadero, escurriéndolo hasta que dejó de gotear. Aprovecharía para limpiar las máquinas y la superficie enracholada de la pared que, de tanto en tanto, recibía alguna que otra salpicadura de café.
Al señor White pareció convencerle su iniciativa y desapareció al cabo de pocos minutos, probablemente de vuelta a su despacho. «Viejo amargado», renegó mientras se echaba el trapo sobre el hombro y ponía los brazos en jarra. Estaba satisfecha con el resultado, todo había quedado tan brillante que podía ver su reflejo incluso en el aluminio de la máquina de café.
Abrió la aplicación de mensajería y tanteó hasta dar con una conversación en concreto. Tras su último mensaje ya no había más, ninguna respuesta por parte de Regina. ¿Se habría molestado? ¿Había ido demasiado lejos diciéndole aquello? Ella estaba esperando que le respondiera con alguna ocurrencia mordaz, como de costumbre, pero en su lugar había recibido un angustioso silencio. Apretó los labios, las manos le temblaban y su pulso empezó a acelerarse.
Graham estaría allí en menos de diez minutos, así que guardó el teléfono y cerró los ojos en un intento de atemperarse.
Debía dejar de pensar.
[...]
La habitación se sentía mucho más cálida. Como si las cuatro paredes de su salón supieran que había dejado de estar sola, la presencia de Mary llenaba el espacio. La muchacha estaba sentada en una de sus butacas, las piernas cruzadas y el té en su mano izquierda. No le había quitado los ojos de encima desde que había empezado a explicarle su cita con Graham, además de los encuentros posteriores.
Sin entrar en demasiados detalles, ya la había puesto al corriente de prácticamente todo. Mary removió el té y le dio un sorbo.
—¿Entonces estáis saliendo? —preguntó, alzando una ceja.
—No lo sé —confesó ella, acomodándose en su propia butaca—. Aún no hemos hablado del tema.
—Con tanto trajín en la cama, no me extraña —le dijo. Emma puso los ojos en blanco y Mary respondió con una risilla—. ¿Te gusta, entonces?
—Eso creo… Es decir, sí que me gusta —se apresuró a aclarar ante el fruncimiento de cejas de su amiga—. Graham siempre me ha parecido atractivo y estoy cómoda con él. A su lado siento esa tranquilidad que me hace pensar «es él», pero a su vez… Noto que no es suficiente, no sé si me explico.
—Pues no, no te estás explicando o yo no te estoy entendiendo.
—Es raro, Mary —concluyó ella, encogiéndose de hombros—. Tal vez sólo necesite algo más de tiempo. No todos tenemos la suerte de encontrarnos con nuestra alma gemela como te pasó a ti con David —bromeó.
—Si supieras lo que me ha hecho hoy no dirías lo mismo —bufó, rodando los ojos—. Le tengo dicho que me avise cuando esté haciendo una videollamada con su madre, pues bueno… Digamos que yo esta mañana me he despertado muy enérgica y mi suegra me ha visto desnuda gritándole a su hijo «bájate ya los pantalones que te voy a dejar seco».
Emma empezó a toser, atragantándose con el café. La revelación de Mary la había tomado por sorpresa y con la boca llena. En cuanto recobró el aliento se la quedó mirando unos segundos hasta que estalló en una sonora carcajada.
—¿Esto es en serio? ¿Tu suegra te ha oído decir eso? —preguntó entre risas.
—Y tan en serio, deberías haber visto la cara que ha puesto. ¡Agh! Quería morirme, de verdad te lo digo —admitió ella—. A menudo lo dependiente que es David de sus padres me desespera, Emma. Y con esto quiero decir que ninguna relación es perfecta. Puede que (como dices) sólo necesites un poco de tiempo para saber si realmente quieres estar con Graham o no. Aprovecha y vive el momento mientras tanto —le aconsejó, guiñándole un ojo.
—Eso haré. Y tú asegúrate de ir bebiendo té, no vayas a quedarte seca —añadió, ladeando una sonrisilla socarrona.
—Imbécil.
Ambas cruzaron miradas y se echaron a reír. El resto de la conversación fue más ameno para Emma, menos personal. Las dos compartieron sus impresiones acerca de la charla del señor White y de la gestión de este del Lumiere, pero también aprovecharon para repasar algunos de los cotilleos del restaurante y divagar sobre la relación de Neal y Tamara. A ninguna le caía demasiado bien la morena.
Mary estaba contándole (por cuarta vez) la ocasión en la que Tamara le giró la cara al verla por la calle. La rubia asintió, escuchándola como si jamás hubiera oído esa historia, y le dio un sorbo a su café. Hizo una mueca cuando el líquido le entró en la boca. «Está frío», se lamentó. Con tanta palabrería había olvidado por completo tomárselo cuando aún estaba caliente.
—En fin, no hablemos más de esa tipa o me pondré de malhumor —renegó Mary—. ¿Vas a contarme ya qué fue lo que pasó la semana pasada o continuaremos fingiendo que no vinieron a por ti dos tíos que parecían armarios empotrados?
La pregunta fue tan directa que Emma se quedó sin palabras. Parpadeó y dejó escapar una risa nerviosa para ganar algo de tiempo mientras ordenaba sus pensamientos.
—Ya os lo dije, vinieron buscando a mi padre. No tenía nada que ver conmigo —respondió. En cierto modo sólo le estaba mintiendo a medias.
—Y yo te creí —remarcó la morena—, a pesar de que llevas desde entonces como ausente. No pareces tú misma. Al principio pensé que quizás fuera por lo tuyo con Graham, pero por cómo me has hablado de vosotros antes y por cómo te pones ahora… tengo claro que hay algo más, algo que te preocupa y que no me estás contando.
—Joder, Mary… Desde que tú y David visteis Sherlock que te ha dado fuerte por el rollo detectivesco, ¿eh?
Su amiga la fulminó con la mirada y Emma rió.
—No vas a dejarlo estar, ¿verdad? —añadió y ante la negativa de Mary se encogió en su asiento, subiendo las piernas hasta abrazarlas con los brazos—. Está bien, pues prepárate porque es largo…
Cogió aire con los latidos de su corazón disparados y una presión sofocante en el pecho. Había obviado el tema durante demasiado tiempo, pero eso no había conseguido que el problema desapareciera. Al contrario, cada vez que volvía lo hacía para perturbarla aún más. Expiró lentamente y empezó a hablar.
Mary la escuchó en silencio, prácticamente ni parpadeaba. A medida que Emma avanzaba en su historia, sintió que la presión aflojaba y que la carga en su interior parecía más liviana. No sabía si estaba haciendo bien o no al contárselo, ya que aún no tenía del todo clara la naturaleza de la empresa o los propósitos reales de aquella mujer, pero le daba igual. Necesitaba sacarlo o acabaría asfixiándose, así que lo explicó todo.
El encuentro con los dos gorilas en la puerta de su casa hacía semanas, el descubrimiento de que las deudas de su padre se habían disparado, el trato con Regina, el contrato que firmó convirtiéndose así en una especie de esclava y, por último, la extraña proposición de vivir juntas. Aunque había intentado ser todo lo detallada posible, decidió guardar algunas cosas para sí misma. «Mary no necesita saber que me emborraché en su piso», pensó.
En cuanto terminó con su relato le dio un nuevo sorbo al café, sedienta. La morena se había quedado con la boca entreabierta, aferrada al reposabrazos de su asiento. Emma sonrió, sacudiendo la cabeza.
—Casi nada, ¿verdad?
—A ver, espera —parpadeó ella, como si acabara de reengancharse a la conversación—. Vamos a repasarlo, para que yo me entere: Le debes casi un millón de dólares a una extraña que, en lugar de aceptar sólo tu dinero, te pide que hagas cosas por ella como método de pago y además te invita a vivir juntas, ¿es eso?
—¿En resumen? Sí.
—Vale, vale… ¿¡Qué demonios!? No me gusta ni un pelo—sentenció, el labio torcido—. ¿Esa mujer tiene algún problema? ¿Está loca? Dios mío, Emma —se llevó las manos a la cabeza, echándose el pelo hacia atrás, y abrió los ojos como si sus párpados fueran una persiana a la que hubiera olvidado echarle el freno—. De verdad que todo eso es muy raro. Jamás había oído de un prestamista que hiciera algo parecido. ¿No has podido hablar con tu padre?
—Hace meses que no sé de él y ya sabes cómo es: Cuando desaparece no hay modo de contactarle —dijo, poniéndose en pie con la taza de café en la mano.
Se acercó a Mary y recogió su taza, ya vacía, de la mesita del comedor. Las lavaría antes de que el azúcar de los posos acabara de secarse. La morena tensó el semblante, cruzándose de brazos.
—Pero... ¿Entonces puede pedirte cualquier cosa como «servicio»? —le preguntó, retomando el tema. Emma asintió, poniendo las tazas en la fregadera—. ¿Eso es legal? Madre mía, ¿y si te pide que hagas algo que te ponga en peligro? ¿O que le hagas daño a alguien? Es que ni se te ocurra irte a vivir con ella. Seguro que es algún tipo de perturbada o tiene un fetiche de esos extraños, como los que salían en el programa ese de la tele que comían tiza o bebían lejía. ¡Uff! No, no y no —se frotó los brazos—. Se me ha puesto la piel de gallina del mal rollo que me está dando.
La rubia rió, hundiendo el estropajo en el agua.
—De momento sólo me ha pedido cosas estúpidas, como sentarme a su lado o comer con ella. ¿Quizás sólo se sienta sola? —divagó en voz alta y Mary le respondió con un bufido—. En fin, una cosa sí es cierta: Si no tuviera que pagar alquiler podría liquidar mi deuda mucho antes y-...
—¡No! ¡Emma Swan, ni se te ocurra seguir! —la interrumpió, levantándose del asiento como un resorte—. ¡No me digas que te estás planteando mudarte! ¡Es que ni te atrevas a pensarlo siquiera!
Ella estaba dispuesta a hacer su réplica cuando a ambas las sobresaltó el sonido del timbre. Emma se lavó las manos a marchas forzadas y cerró el grifo al grito de «ya voy». Mary había vuelto a sentarse en la butaca y sus ojos no se despegaban de la puerta. Por lo tenso que tenía el cuerpo, podía intuir lo que temía: encontrarse de nuevo con invitados no deseados. Dio un par de pasos y agarró el pomo, inspirando hondo.
Para su sorpresa, al otro lado del umbral estaba Regina. Aquella dichosa mujer la recibió ampliando una sonrisa que la tomó por sorpresa e hizo que su estómago diera un vuelco. El cigarrillo le humeaba, apresado entre sus labios de color carmín y llevaba una chaqueta oscura sobre los hombros, cubriendo parte de un vestido ajustado que bien parecía sacado de una pasarela de alta costura. Estaba endemoniadamente guapa, aunque eso no era extraño en ella.
La mujer alzó la mano, enseñándole una bolsa de papel con un logotipo que a la rubia le resultó familiar. Era el emblema del Nishinoya, el mejor restaurante asiático de toda la ciudad.
—Supuse que no habrías cenado aún, así que he traído algo para comer —explicó, risueña.
—Has vuelto —musitó.
Al segundo frunció los labios, cerrando los ojos. ¿Es que los nervios no le dejaban pasar sangre al cerebro? «Pues claro que ha vuelto, ¡idiota!», se reprochó.
—Como puedes ver, es obvio que sí —contestó ella, apartando el cigarrillo con la mano que le quedaba libre y ladeando la cara para echar el humo—. Pero gracias por la aclaración. Sigues siendo muy perspicaz, niña.
Emma rodó los ojos. Aún tenía la mano contra el marco de la puerta, así que hundió los dedos en la madera para disimular el temblor que se había adueñado de su cuerpo.
—Podrías haberme avisado —le reprochó.
—Quería darte una sorpresa —argumentó Regina, con esa sonrisilla imborrable que tanto le sacaba de quicio.
—No me gustan las sorpresas.
—Pues estás de mala suerte porque a mí sí —resolvió y sus ojos la recorrieron de arriba abajo hasta dar con el brazo que le cerraba el paso—. ¿Tendremos otra pelea absurda para que me dejes entrar?
Emma se dispuso a responderle, pero cuando notó una mano apoyándose en su hombro se le trabaron las palabras. Mary se había acercado a ambas con la misma sonrisa complaciente que ponía en el trabajo y aquel porte de niña buena que tantas propinas le había labrado.
—Emma, ¿es que no nos vas a presentar? Eres de lo más maleducada cuando quieres —le recriminó, negando con la cabeza—. Soy Mary Margaret Blanchard, su amiga. ¿Tú eres…?
La morena alzó las cejas, divertida, ante el ademán de tenderle la mano de Mary. Finalmente decidió estrecharla con la suya.
—Regina Mills, una conocida a la que tu amiga no deja entrar —bromeó, señalando el marco de la puerta con la cabeza.
Quería intervenir, decir algo, pero se había quedado congelada. Ni siquiera se opuso cuando Mary le bajó la mano e invitó a Regina a pasar al interior del apartamento. Parecía una actriz de reparto, admirando en silencio a quienes sí tenían un papel principal en la función. Alguien que sólo estaba ahí para observar. Así que eso fue lo que hizo, ver cómo ambas se acomodaban en su comedor mientras ella abría el cajón del armario de la cocina en busca de platos.
Las dos conversaban de forma amena, con la bolsa del Nishinoya sobre la mesita del centro y el abrigo de Regina cuidadosamente doblado en el respaldo de la butaca. Mary había pasado a lucir uno de sus mejores registros, el que ponía cuando coqueteaba con algún cliente para así conseguir algo más de propina. Se acariciaba mucho el pelo, el cuello y de tanto en tanto se mordía el labio. La morena, por su parte, seguía con el cigarrillo viajando de sus dedos a sus labios, las piernas cruzadas y la espalda bien recta. Siempre con ese aire distinguido, como si fuera distinta al resto de mortales.
El vestido le acentuaba los pechos y los ojos de Emma viajaron escote abajo, recorriendo el camino que marcaba aquel collar plateado que le caía con gracia hasta la altura de las clavículas. Al alzar la vista, sintió un rubor encenderle las mejillas cuando su mirada se cruzó con la de la morena. Regina ladeó una sonrisilla, satisfecha, y volvió a centrarse en Mary. «Está claro que te ha visto de pleno, Emma», bufó.
Ambas hablaban de su mal carácter y de lo mucho que le costaba abrirse a los demás. Parecían ignorar por completo el hecho de que las estuviera escuchando y eso no hacía más que perturbarla. Se puso de puntillas, tanteando con los dedos el fondo de uno de los armarios y oyó cómo las dos mujeres compartían una carcajada. ¿En qué momento habían pasado esas dos a entenderse tan bien? Frunció los labios.
—Mary, ¿puedes traer la bolsa a la cocina y así me echas una mano? —sugirió, alzando un poco la voz.
Su amiga la observó, reticente, pero tras la insistencia de Emma terminó por levantarse y dirigirse a su lado. Regina se quedó en su butaca, encendiéndose un nuevo cigarrillo mientras repasaba algo en su teléfono móvil.
—¿Se puede saber qué haces? —susurró la rubia, ladeándose hasta llegar a la nevera.
—Estoy siendo amable, ¿qué pasa? —le cuestionó, también en un tono bajo.
—Demasiado amable —subrayó—. Y pensar que hace nada me estabas recriminando a mí que no me mantuviera alejada… ¿Dónde ha quedado lo de «esa mujer está loca» y «seguro que es una perturbada»? —añadió, con la botella de vino en las manos.
—¿Tú la has visto? Me importa un bledo que semejante diosa esté (o no) mal de la azotea. Por mí puede pisarme la cara, tacones incluidos.
A la rubia se le atragantó una risotada y Regina despegó la vista de la pantalla, observándolas con una ceja levantada. Ambas le devolvieron una sonrisa auxiliar y continuaron con los preparativos de la comida, sacando los tuppers de la bolsa y colocándolos arbitrariamente sobre la encimera de la cocina.
—Estás fatal…
—Sabes que uno de mis sueños frustrados es no haberme acostado nunca con una mujer —expuso Mary, volcando los noodles en uno de los platos—. Y ella es totalmente mi tipo. ¿Has oído su voz? Parece que te acaricie cuando te habla. Hace que se me ericen hasta las pestañas, me siento muy atacada.
—Madre mía, ¿y qué pasa con David?
—¿Cómo qué «y qué pasa»? ¿Qué va a pasar? Emma, que tenga ojos en la cara no quiere decir que vaya a intentar hacer algo con ella —repuso su amiga.
No sabía bien por qué, pero oír ese último comentario la alivió. Por un momento había llegado a pensar que estaba sintiendo una especie de celos, pero aquello era imposible, ¿verdad? A ella no le interesaba Mary en ese aspecto. Y mucho menos estaba interesada en... Tragó saliva.
—Me conformaré con admirarla y tal vez guarde un par de imágenes mentales para mis noches de soledad —añadió la morena, sujetando uno de los platos.
—¡Mary! —la regañó, mal disimulando una sonrisa. Ella le respondió con un guiño de ojos y se encaminó hacia el comedor.
Tras un «lamento haberte hecho esperar», dejó el plato sobre la mesa y volvió al encuentro de Regina. Emma fue quien tuvo que dar más vueltas para llevar el resto de los platos, cubiertos y demás menesteres. Aunque no sabía si podía reprochárselo, ya que Mary había caído rendida ante los encantos de esa mujer y sólo tenía ojos para ella. Resopló, dejándose caer en el sofá e intentó coger el hilo de la conversación de aquellas dos. Habían pasado a hablar de cómo era el día a día en el Lumiere, pues Regina parecía interesada en saber a qué se dedicaban exactamente.
La velada le resultó sorprendentemente agradable. Aunque no sabía decidir si por la compañía o por la excelente calidad de la comida. Emma estaba segura de que prácticamente había llegado al éxtasis al darle un bocado al variado de makis que había traído Regina. Una exquisitez. Sin embargo, la conversación también había sido bastante fluida. Las tres hablaron largo y tendido, riendo y compartiendo anécdotas sobre sus respectivas vidas personales. Le resultaba extraño ver a Regina tan relajada, pero esa faceta suya la hacía sentirse aún más intrigada por ella.
Mary hacía apenas un par de segundos que se había ido, no sin antes advertirle de algo. «Como no te mudes con ella a gastos pagados es que eres idiota, Emma Swan», le había dicho. Toda reserva que pudiera tener respecto a Regina había desaparecido tras un par de copas de vino y dos horas de charla. En esos momentos, su amiga se fiaba totalmente de una extraña sólo por lo prendada que había quedado de ella. La rubia suspiró, acariciando con la mano el cerrojo de la puerta.
—Al fin solas —oyó decir a Regina y sintió un escalofrío.
—Pensaba que te estabas divirtiendo bastante con Mary.
—¡Oh! Y me he divertido, es una muchacha encantadora. No se parece en nada a ti, con ese mal genio que te gastas —dijo, encendiéndose un cigarrillo.
Emma puso los ojos en blanco y apostilló un «gracias» a desgana, dirigiéndose a la cocina. Por suerte, antes de irse Mary sí que le había echado una mano para recoger los platos y ya estaba todo en la fregadera. Oyó cómo la morena dejaba escapar una risilla triunfal y se ladeó a tiempo de verla dar una calada al cigarro. Al igual que el día que la conoció su mera presencia parecía adueñarse del espacio, de la habitación. Ella echó el humo a un lado y Emma volvió a sus platos, más molesta que antes.
—Aún así, tenía ganas de estar a solas contigo. Puede que haya echado un poco en falta tu carácter estos días —añadió.
Las orejas se le enrojecieron al instante y las palabras de Mary volvieron a su cabeza. Tenía que darle una respuesta, ¿verdad? El corazón le sacudió el pecho a un ritmo desbocado y apretó la mano, hundiéndola en el estropajo. El agua chorreó sobre la vajilla, fluyendo hacia el desagüe. «Ojalá mis pensamientos pudieran desaparecer del mismo modo», se lamentó.
—Oye… Sé que tengo que decirte algo sobre lo de mudarme contigo. Y la verdad es q-...
—Emma, un momento —la interrumpió y Emma se volteó para mirarla.
Regina había avanzado hacia la cocina y se encontraba junto a la repisa que hacía las veces de isla, apoyando los codos sobre el mármol. El rostro le había cambiado por completo, no quedaba ni un atisbo de esa sonrisa altanera que solía lucir.
—Antes de que me des tu respuesta, tengo que hablar contigo de algo importante. ¿Podrás escucharme?
¿Qué os ha parecido el capítulo?
¿Creéis que Regina le contará la verdad? Y Emma, ¿se mudará con ella?
¡Nos leemos!
