Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.
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Inevitable
Admitamos las diferencias
El día había llegado para todos los habitantes de Londres y tratándose de un fin de semana, no muchos se tomaban la molestia de levantarse temprano. Particularmente hablando, pese a que el reloj ya marcaba las nueve de la mañana, cierta castaña dormía profundamente en su cama matrimonial. Tan profundamente dormía que había dejado de echar de menos el cuerpo de cierto rubio que hasta la noche aterió le había hecho compañía. Mientras en la sala, cierto pelirrojo roncaba y hablaba dormido, dando vueltas en el sofá hasta caer al suelo, despertando solo por el golpe.
—Maldita sea —refunfuñó sobándose la cabeza y preguntándose donde estaba, porque no reconocía el lugar. Le tomó unos minutos estar completamente despierto y recordar todo lo que había ocurrido la noche anterior y los motivos por los que estaba durmiendo en la sala del departamento de Hermione.
Ron volteó a ver la puerta de la habitación de su amiga y como no daba señales de haberse levantando aun, decidió que cinco minutos más en el sofá no lo iban a matar. Con tranquilidad se volvió a acostar, abrazando un cojín, y no tardó mucho en caer dormido de nuevo, con una sonrisa en el rostro.
Por su parte, del otro lado de la ciudad, en el centro de Londres, la mañana había comenzado para una bailarina ya muchas horas antes. Astoria se había levantado a las seis de la mañana a practicar Yoga, luego había salido a correr, una hora de cardio, media hora de pilates y tras un pequeño descanso para tomar agua, se encontraba estirándose en medio de su sala. Había movido la mesa de centro para tener más espacio, ya que su estudio de entrenamiento había sido ocupado como habitación de huéspedes para Draco, quien aun dormía sobre una cama inflable que le había prestado su vecino y varias colchas suyas.
Con tranquilidad, como lo requería su rutina, se estiraba todo lo que sus músculos se lo permitieran, tensando y poniendo a prueba su propia elasticidad de vez en cuando. Era consiente de que una mala pose podría hacerle daño, pero nunca hacía mal exigirse un poco más de la cuenta para mejorar. Como bailarina tenía muy en alto en concepto de que siempre se podía ser mejor y eso era decisivo a la hora de audicionar por el protagonico. No importaba cuanta preferencia le diera el director, a la hora de las audiciones, si no se convencía al comité de la compañía, no se podía salir al escenario. Pese a la creencia popular, Ethan no tenía el poder absoluto. Para explicarlo mejor, el director era quien hacía el trabajo de campo y el comité era quien tenía la última palabra. Claro que ella no dudaba en lo mucho que Ethan llegaba a influir en el comité, pues sabía que el Lago de los Cisnes había sido adelantado de fecha solo para retenerla, pero eso no le aseguraba interpretar a Odette o a Odil o a amabas.
Por lo general era la misma bailarina quien interpretaba ambos papeles, ya que el cisne blanco y el negro eran realmente las dos caras de una misma moneda. Sin embargo, a menudo, por rendimiento o limitaciones técnicas, se asignaban los papeles a diferentes bailarinas que tuvieran complexiones similares. Oh, si, detrás del glamour de una bailarina había una enorme sombra de competencia despiadada. El más mínimo error podía mandarte a bajo en la cadena alimenticia de una compañía y más de una prima balarina había terminado detrás del telón como coordinadora.
Astoria se había quedado perdida en sus reflexiones, realizando la pose que en yoga era conocida como el perro boca abajo pero con una pierna extendida hacia el cielo, sin notar que el rubio que ella creía dormido, ahora se encontraba en la sala, observándole con curiosidad. Hermione, pese a no ser vanidosa, tenía un buen sentido del cuidado físico y los fines de semana por lo general se levantaba un poco más temprano que él para hacer ejercicio en la sala. Justamente así como la Slytherin, bueno, no tan así, ya que no había punto de comparación. La bailarina no parecía estar haciendo esfuerzo alguno por controlar aquella pose que para más de uno resultaría físicamente imposible.
—Pareces hecha de goma —habló el rubio para llamar su atención.
—¡Oh! Draco —exclamó sorprendida Astoria, incorporándose enseguida para verle de frente—. Pensé que seguirías durmiendo por un rato más —confesó—. ¿Quieres que prepare el desayuno o tal vez prefieres que ordene algo? —propuso, estirando sus brazos y dando por terminado su entrenamiento.
—No, por mí no te preocupes —respondió al ver como la joven bruja recogía sus cosas de su propia sala.
—Tranquilo, que aunque no lo creas yo también tengo que comer —bromeó, dejando el tapete y las bandas elásticas sobre el sofá, para seguir de largo hacia la cocina, siendo seguida por su huésped.
—Si quieres preparo algo yo y así tú te cambias —ofreció, más que nada porque encontraba particularmente incomodo andarla viendo con un ajustado leotardo de lycra color beige. Se le figuraba que andaba desnuda y eso no era muy bueno que digamos.
—¿El gran Draco Malfoy sabe cocinar? —le molestó, sacando de su refrigerador un par de huevos y unos cuantos vegetales.
—Te preguntaría que en que concepto me tienes, pero creo que me doy una buena idea de eso —contestó, riendo y sacando de la alacena lo que estaba seguro que ella iba a utilizar.
—Está bien, iré a bañarme y a cambiarme mientras cocinas —concedió, notando como el rubio preparaba incluso el sarten para las tortillas de huevo—. Solo espero no encontrar todo en llamas cuando vuelva —bromeó antes de irse a su habitación. El aludido rió entre dientes y negó con la cabeza, luego terminó de acomodar todo como lo creía conveniente y con un suave movimiento de muñeca, hizo algo de magia para comenzar a cocinar. Si, así era mucho más fácil.
Mientras tanto, de vuelta al otro lado de Londres, era Hermione Granger quien aun en pijama cocinaba como lo haría cualquier muggle. Ron la observaba desde la mesa del comedor, dudoso de si debería de hacer algo o no. Su madre siempre le gritoneaba, diciendole que no se quedara ahí sentadote y que pusiera los cubiertos, sirviera el jugo o algo. El problema es que su amiga ya había hecho todo eso y ahora solo esperaba paciente a que se frieran las salchicas que acompañaban su plato de huevos revueltos con morcilla y patatas. Combinación extraña, no lo iba a negar, pero también era un desayuno delicioso que su madre preparaba a menudo y sabía que Hermione lo estaba preparado solo porque él estaba ahí.
—Todo listo —anunció la castaña, sacando las salchichas del sarten para ponerlas en sus respectivos platos que enseguida llevó a la mesa, donde se sentó frente a Ron—. Provecho —declaró y dio un primer bocado a su revoltijo de comida.
—Muchas gracias por la comida —dijo el pelirrojo, sonriendo e imitando a su amiga.
La antigua Gryffindor se quedó mirando por unos instantes a su amigo, viendo como tomaba pedazos de pan tostado que usaba como cucharilla del huevo y luego se lo llevaba a la boca. No era para nada extraño que Ron comiera con las manos, aun podía recordar claramente como en el Gran Comedor tomaba las piezas de pollo y les daba mordidas de forma indiscriminada. Ella también lo había hecho alguna vez por diversión o en otras ocasiones por necesidad, pues cuando andaban escapando de Voldemort no era como si pudiera andar sacando cubierto para comer el pescado que cocían con la fogata. Personalmente no le veía nada de malo, pero le resultaba inevitable escuchar en su cabeza la voz de su rubio ex-novio que era un maniático de las buenas costumbres. No importaba que maldita comida fuera, Draco siempre usaba cubiertos o en el peor de los casos palillos. Lo único que el Slytherin tocaba con la mano y se lo llevaba a la boca eran las manzanas. Vaya contraste.
—Gracias a ti por hacerme compañía —concedió al cabo de un rato la leona, continuando con su comida y haciendo un esfuerzo por no seguir pensando en el rubio ese que aunque le gustara o no, seguía teniendo un lugar muy grande en su vida. No habían pasado ni veinticuatro horas desde que habían terminado y solo al caer dormida o más bien desmayada de cansancio, había dejado de pensar en él.
Draco también pensaba en ella, pero su nostalgia fue cortada por la presencia de Astoria quien tras veinte minutos hizo acto de presencia de nueva cuenta en la cocina. En la barra del comedor había dos platos con pefectas tortillas de huevo con vegetales, unos vasos llenos de jugo y una baguette cortada en una canastita.
—Veo que me quieres engordar —declaró sonriente la bailarina, acercándose al rubio que esperaba por ella en la barra, hojeando lo que era una pila de sus revistas viejas.
—Dudo mucho que eso sea posible —respondió él, dejando de lado un ejemplar de la conocida revista People, que su ex-novia también leía—. Te he visto comer helado a cucharadas —se defendió de forma burlona.
—Eso no se dice —acusó la Greengrass, tomando asiento frente a él—. Se ve delicioso —apremió—. Muchas gracias —dijo sonriente.
—No tienes de que —contestó él y sin decir más, tomó los cubiertos y con la misma tranquilidad que su compañera, comenzó a comer, cortando la tortilla en pequeños trozos que llevaban a su boca. Ambos se tomaban su tiempo masticando cada bocado, sin prisa y en un cómodo silencio al que sus familias les habían acostumbrado por años. En la mesa no se habla mientras se come, solo se habla antes o después, o en el mejor de los casos durante el postre. Ellos habían sido criados así y sin desesperarse, podían tardar hasta dos horas haciendo una comida.
Los ojos grises se posaron en su compañera, imaginando por un instante que se trataba de Hermione. La leona casi siempre andaba con prisa y en todo caso siempre terminaba de comer antes que él. Que diferente eran sus mundos y que ciegos habían sido ambos al no darse cuenta de esas pequeñeces que puestas juntas creaban un enorme abismo al que se habían negado caer por tres años.
El desayuno trascurrió tranquilo, pero una vez que terminó, mientras Astoria usaba magia para lavar los platos sucios, un tema no muy agradable para el rubio salió a flote. Personalmente hubiese preferido olvidarse de todo eso, pero era más que claro que en punto final de su relación con Granger aun no se había puesto.
—En todo caso, no creo que debas de ir solo —observó la castaña, con un deje de preocupación en sus palabras.
—¿Qué es lo peor que puede pasar? —contestó él—. No creo que pase de unos cuantos golpes con Potter o la comadreja, en caso de que estén ahí.
—Lo sé, pero igual... —insistía ella, porque aunque sabía que Draco quería recuperar sus cosas del apartamento, le preocupaba que algo malo ocurriera. Aunque eso no lo podía predecir y si por exagerar se precipitaba a ir con él, la que se iba a armar cuando la leona le viera. Viera por donde lo viera, todo pronostico aseguraba que iba a haber problemas.
—Ya, Astoria. Que más me gustaría a mí que solo dejar en olvido esas cosas —argumentó de nueva cuenta—, pero el problema es que son las únicas cosas que tengo. Te recuerdo que estoy en la vil quiebra y si no fuera por ti, estaría en la calle.
—Siempre le puedo pedir más ropa al vecino —dijo, en un vano intento por ganar—. Vale, no es buena idea —refunfuñó tras la mirada de reprobación que le habían dedicado aquellos ojos grises.
—No te preocupes tanto, que estaré de vuelta en menos de lo que espera, que igual no tengo a donde más ir —puntualizó él, sonriendo de medio lado ante el puchero que se había formado en el rostro de la castaña.
—Si no fuera porque tu situación es critica, te respondería como se debe por usar ese tono tan conformista —se quejó, negando divertida con la cabeza.
—Ya, que sabes de sobra que eres merecedora de toda mi gratitud —se defendió Malfoy—. Y será mejor que me vaya a cambiar, no me va muy bien esto de andar con ropa deportiva —comentó más que nada para si mismo, robando una risa de su acompañante y yéndose finalmente al cuarto.
O-O-O
En la el departamento de Hermione, la castaña se encontraba cambiándose, mientras su amiga pelirroja miraba la tele en la sala. Ron se había ido a ver unas cosas del ministerio que habían salido a ultima hora, pero Ginny había llegado a hacerle compañía a los pocos minutos. No le querían dejar sola, tal vez por miedo a que se desmoronara. Ella lo agradecía, porque si no fuera por saber que ellos estaban ahí para ella, se hubiese hundido en la tristeza que la invadía. Era tan difícil entender la forma en la que todo lo que ella consideraba su mundo se destruía frente a sus ojos. Todo lucía aun tan familiar, pero dentro de ella sabía que ya nada era igual. La ropa de Draco seguía colgada en el armario, sus zapatos, sus colonia en el baño y todo en el departamento donde vivían juntos seguía intacto, como si él aun siguiera ahí. Sin embargo, él no estaba ahí y quizás no volvería a aparecer.
Con ese pensamiento suspiró, atando su cabello con una goma y por fin salió de la habitación. Se fue a sentar a un lado de su amiga, quien le regaló una sonrisa, seguida de un reconfortante abrazo inesperado. No se explicaba como era que pese a ser inteligente y fuerte, cuando se trataba de las cosas del corazón algo dentro de ella se volvía un remolino enorme. Podía cerrar los ojos y recordar todos los sentimientos que había experimentando a lo largo de su vida amorosa. Las experiencias que había tenido con Krum y hasta con Ron, los celos, el deseo de querer estar ahí para ellos y de asimilar poco a poco que ninguno era para ella. Con Viktor no había sido tan choqueante, porque aunque ella le aprendió a tomar cariño al chico, había sido un cariño de amigos, un sentimiento que nunca había llegado a madurar por su parte. Mientras que Ron le había hecho sentir más cosas que al final de cuentas terminó descartando, convencida de que era solo un amor fraternal como el que le tenía a Harry, un sentimiento confuso que se fue a la sombra cuando el rubio desgraciado ese había aparecido. Su relación con Draco no tenía punto de comparación con los demás y no era capaz de aceptar que todo se había terminado así como así.
Sin que ella misma lo notara, unas lagrimas amargas ya se habían escapado de sus ojos y rodaban por sus mejillas. Sabía lo que tenía que hacer, pero no quería hacerlo, no encontraba la fuerza para solo seguir con su vida como si nada. Era tan tonto el si quiera pensar como las emociones podían interferir de aquella manera en su vida, pero no importaba cuan metódica se fuera, al fin estaba comprobando lo que era ser una mujer con el corazón realmente roto. Se sentía fatal y los brazos de su amiga eran el lugar más seguro para bajar la guardia en esos momentos.
—Tranquila —le murmuraba Ginny, acariciando su cabeza para reconfortarla.
—Me siento un fracaso —confesó la castaña, con la voz distorsionada por el llanto.
—Tú no hiciste nada malo —aseguró su amiga, estrujándola un poco más entre sus brazos—. Todo ha sido culpa de ese idiota de Malfoy —continuó, pero enseguida se quedó muda cuando hablando del diablo este acababa de aparecer en medio de la sala como si nada. Aun traía el traje blanco con el que se había ido la noche anterior, pero a diferencia de como la pelirroja hubiese esperado verlo, el tipo lucía fresco y limpio.
—No dejen que las interrumpa —anunció con indiferencia y arrogancia, caminando hacia la habitación a tomar sus cosas. Un dolor en su pecho le decía que algo estaba muy mal, pero entre más se adentrara en sentimentalismos, más difícil serían las cosas. Aunque tal vez y solo tal vez, él esperaba alguna clase de reconciliación. Una reconciliación que por el orgullo de ambos no sería posible, mucho menos si la hermana de la comadreja estaba ahí presente.
Hermione se quedó helada, escuchando los pasos de Malfoy alejarse. Con cada golpe su corazón se detenía por un segundo, incapaz de moverse y decir todas aquellas cosas que cruzaban por su cabeza. Sabía que en algún momento se lo toparía de nuevo, pero nunca esperó que fuera tan pronto y de forma tan repentina. No estaba mentalmente preparada para encargarlo y a un así, Draco estaba ahí de vuelta, tomando despreocupadamente sus cosas como quien va a hacer las maletas al cuarto de hotel que ha estado rentando por vacaciones. Quizás eso era lo que ella significaba para él, un rato de versión que ya se había terminado.
—¿Pero qué crees qué estás haciendo aquí, maldito desgraciado? —vociferó Ginny, levantándose de un salto para seguir al intruso.
—Tomo mis cosas —respondió el aludido, quien ya echaba a su baúl sus pertenencias, empezando por la ropa que ni siquiera se tomaba la molestia de doblar.
—Pero que descaro el tuyo de venir así como así —acusó la pelirroja, cuyo rostro había tomado el mismo color de su cabello.
—Son cosas que me pertenecen, no veo donde está el descaro —se defendió Draco, frunciendo el ceño un poco.
—¡Ash! Serás insoportable —refunfuñó la otra chica, decidida a cantarle unas cuantas verdades al tipo ese, pero una mano en su hombro la detuvo—. Hermione... —murmuró al notar que su amiga estaba detrás de él.
Se decía que los problemas de pareja eran de dos, pero aun así, Ginny no pensaba que fuera buena idea dejarles a solo. El ex-mortifago jamás había sido de su agrado, hasta donde tenía memoria, era una persona desagradable, por más que se esforzara en cambiar. Sin embargo, Hermione le quería y al menos eso lo debía de respetar. Así pues, se quitó del camino para que la castaña pudiera entrar a su propia habitación.
—No pensé que volvieras tan pronto —confesó la leona, dando unos pasos hacia donde el rubio se encontraba—. Pensé que no volvería a verte —añadió con voz temblorosa, de esa que indicaba que estaba por romper a llorar.
Malfoy sintió como el pecho se le encogía, oprimiendo a su corazón hasta el grado de que pensara en que pronto le explotaría. Esa chica frente a él había hecho todo por ayudarlo mientras los demás le habían dado la espalda. Esa chica frente a él le había enseñado un mundo de sensaciones y cosas que él desconocía. Esa chica, Hermione Granger, era lo que él llamaría el amor de su vida. Si tan solo no fuera quien era... Vaya estupidez, pero el gran problema que tenían era justamente ese. Había cosas que no se podían cambiar y que el tiempo no ayudaba a difuminar. Sus diferencias eran como navajas que les herían mutuamente y ya la noche anterior se había dado la estocada final. Aunque no les gustara, las cosas ya no podían seguir así. Él no era la clase de tipo que agachaba la cabeza para pedir perdón y que luego se aguantaba las recriminaciones de todos sus conocidos. No, en su mundo, las malas cosas solo se dejaban en el olvido, como si nunca hubiesen pasado y era tabú hablar de ello. En su mundo jamás hubiera aguantado malos chistes sobre los mortifagos por parte de los Weasley, pero en el mundo de Hermione aquello era tan normal. En su mundo se buscaba una inmaculada perfección, en la que los errores eran metidos debajo del tapete. En el de ella, se recordaban los errores con burla y diversión. Que estúpidos habían sido al pensar que ellos dos podían compartir una vida juntos.
—Eso es todo —puntualizó el aludido, cerrando el baúl tras guardar su toalla verde y otros objetos de aseo personal.
—¿Eso es todo? —repitió Hermione, sintiéndose herida por aquella indiferencia.
—Ya no te molesto más, no tengo intención alguna de tener que toparme con el resto de tus amigos —contestó él, encogiéndose de hombros y tomando su baúl para poder desaparecer con él.
—Suerte entonces —murmuró la castaña, que lo último que vio fue la borrosa figura del rubio esfumarse en el aire con todas sus pertenencias. Ahora si se había ido para siempre y como dolía. Vaya que dolía.
Volvió a la sala donde su amiga esperaba a por ella, pretendiendo que veía la tele, porque por la forma en la que estrujaba el control en su mano, se notaba que estaba preocupada por ella como para poner atención a las noticias. Hermione sonrió con melancolía, pues aunque le dolía lo que estaba pasando, era un consuelo enorme saber que sus amigos estarían siempre a su lado para ayudarle.
—Él es un estúpido que no se da cuenta de la valiosa mujer que está perdiendo —argumentó Ginny, suspirando y volteando a ver a su amiga con una sonrisa. La aludida en cuestión, cabeceó a forma de afirmación, queriendo convencerse de eso.
El silencio se formó entre ambas, con el murmullo de la tele como trasfondo, pero cuando pensaba que un poco de calma había llegado al apartamento, alcanzaron a distinguir que el conductor pronunciaba un nombre conocido. Su primera reacción fue voltear a ver la televisión, para toparse con algo que no esperaban. Una pedrada o mejor dicho, un ladrillazo que no vieron venir.
—"Buenas fuentes nos dicen que este misterioso galan, ha sido la verdadera razón por la cual la bailarina renunció a su contrato en Berlín" —decía la voz masculina, mientras en la pantalla se mostraban imágenes de Draco en lo que las chicas adivinaron era la supuesta fiesta de despedida de su amiguita Slytherin.
—"Así es Brad. Aun cuando no tenemos el nombre del misterioso galan, se dice que se le vio abandonar la fiesta en compañía de Astoria Greengrass" —añadió una voz femenina que luego se dejó ver, se trataba de la presentadora de los chismes de la farándula—. "El señor Ethan Karamakov no quiso decir nada al respecto, pero estas fotos nos hacen pensar que las pasiones se debieron de encender" —dijo, mostrando a la audiencia unas imágenes de Malfoy herido, por los golpes que le habían dado Ron y Harry antes de que se fuera.
—"¿Ethan le hizo eso?" —cuestionó el conductor, con una voz de exagerada sorpresa.
—"No lo sabemos, Brad. Nuestras fuentes nos aseguran que no saben como el galan se hizo esas heridas, pero sospechamos que pudo ser una advertencia por parte de Karamakov. El hombre tiene fama de celoso y no por nada su ex-esposa, Angelina, le dejó después de asegurar que había mandado a unos matones a que golpearan a sus amigos" —cotilleó la mujer, negando la cabeza indignada.
—"Recuerdo esa noticia, aunque nunca se le probó nada" —comentó el hombre—. "Pero en dado caso, pobre tipo, se ha fijado en la mujer equivocada."
—"Y que lo digas, Brad" —rió la presentadora, de una forma que las brujas que veían la tele se acordaron de Rita Skeeter—. "En otras noticias, se ha hablado mucho de la famosa actriz Emma..." —el nuevo chisme fue cortado cuando Ginny apagó la tele, mirando a Hermione sin saber que argumentar. Recordaba claramente como anoche la manzana de la discordia había sido esa chica Greengrass y ahora comprobaba lo estúpido que era Malfoy como para haberse ido justamente detrás de ella.
—No lo puedo creer —fue todo lo que la castaña murmuró, desplomándose sobre el sofá para abrazar un cojín y quedarse ahí hecha bolita. Tantos pensamientos cruzaban por su cabeza, como una lluvia de meteoritos que la hacían arder en las llamas de la rabia, la inconformidad, la decepción y otras emociones más.
A su vez, de vuelta en el apartamento de la bailarina, Astoria escuchaba la noticia, de pie en la sala, con el control en una mano y su celular en la otra. Draco estaba detrás de ella, recién aparecido y con sus cosas, apenas alcanzó a ver por sobre su hombro, pero escuchó el chisme completo. ¿Acaso esa gente de la televisión no tenía vida? ¿Como diantres es que ya habían hecho un escándalo de algo tan insignificante que había ocurrido la noche anterior? ¡Vaya indignación! Y vaya deje de culpa que lo invadía ante la idea de que Hermione se fuera a enterar de aquella mentira. Aunque no era del todo mentira que él había estado ahí y se había ido con Astoria, pero en definitiva las cosas no eran como los de la tele querían vender la noticia. No es como si él tuviera alguna clase de relación amorosa con la mini-Greengrass.
—Ya he visto —habló la chica, dirigiéndose a quien sea que estuviera del otro lado del teléfono y apagando la tele al instante—. ¿Podrías dar algunas declaraciones al respecto? —preguntó, aun sin notar la presencia del rubio que estaba detrás de ella—. Por favor, si no fuera importante no te lo pediría —suplicó con tono afligido—. Eso es lo que menos importa, pero si te consuela saberlo, no. Él es solo un buen amigo y te agradecería que les dijeras que no sabes como se llama —pidió, haciendo una larga pausa, para escuchar lo que la otra persona tenía que decir—. Está pasando por un momento difícil, eso es todo lo que te puedo decir. No, no es nada ilegal, ni nada que me vaya a causar problemas de ningún tipo, pero quiero que lo mantengas al margen... Claro y de paso podrías aclarar de una vez que entre tú y yo tampoco hay ningún romance. Vale, vale... como la señora Dikenson quiera, pero al menos dejalo a él fuera de esto —otra pausa—. No te puedo prometer nada, pero si vienen a tocar mi puerta diré que es mi primo de ser necesario. Vale, gracias, Ethan —finalizó la llamada, tirando el celular al sofá en el cual se desplomó enseguida, dejando escapar un largo suspiro de cansancio.
—¿Podrías explicarme que ha sido eso? —pidió Draco, haciendo que la aluda respingara.
—¡Draco! —exclamó, poniéndose de pie de un salto—. No te escuché llegar, ¿que tal estuvo todo? —se adelantó a decir, sonriendo con nerviosismo.
—Pudo ser peor —admitió él—. Pero quiero saber que ha sido esa noticia en la tele y eso que hablabas con Ethan —insistió el rubio, enarcando una ceja.
Astoria titubeó un poco sobre si debía de explicar las cosas o no. Una parte de ella se sentía apenada por la situación, sobre todo si consideraba que Draco tenía suficientes problemas como para que ella le viniera a involucrar en más. Sin embargo, él merecía saber de que se trataba. No podía simplemente decirle que no era asunto suyo, no después de verse involucrado en el chismorreo de la farándula de aquella forma.
—Pues, ya ves —comenzó a decir—. Chismes de gente que no tiene vida y se tiene que estar metiendo en la de los demás.
—Aja, ¿pero como es que una noticia tan insignificante como esa, está haciendo encabezado en un noticiero nacional? —preguntó con cierta ironía al notar que ella le quería ver la cara de idiota con esa explicación tan general.
—No es tan insignificante si Ethan se ve involucrado —confesó, suspirando y viendo como el rostro del rubio mostraba incomprensión—. Etahn no solo es un gran coreógrafo reconocido en el mundo del ballet, sino que también es un director y en cuando era más joven era también un actor. Además que es hijo de dos personalidades muy conocidas en la farándula, una actriz americana y un productor australiano. Se podría decir que toda su familia es famosa y por ello siempre está con el lente de una cámara detrás de todo lo que acontece en su vida —explicó, rascándose la cabeza.
—¿Y tú tienes algo que ver con él? —preguntó directamente, aprovechando la situación para quitarse aquella duda que se le había metido en la cabeza desde el momento en el que había visto como aquel tipo trataba a Astoria.
—¿Yo? —repitió asombrada, luego rió como si de un chiste se tratara—. Para nada —respondió y extrañamente, Draco sintió que un peso se iba de sus hombros, pero prefirió ignorar el sentimiento—. Él es solo mi maestro, mi coreógrafo y a veces un buen amigo —continuó hablando ya que había entrado en más confianza con el chico—. Sin embargo, la directora de la compañía piensa que es atractivo mantener el rumor de que hay una prohibida relación entre ambos detrás del escenario —admitió ya más seria—. El ballet es un arte que si bien no ha muerto, hay épocas en las que su popularidad decae. La gente considera que lo clásico es aburrido y cuando llegué a la compañía, se estaba atravesando por una crisis de esas. Se habían tenido que bajar los preciosos de los boletos y aun así el teatro casi nunca estaba lleno —contó con un deje de nostalgia—. Entonces la señora Dikenson, se aprovechó de unas fotos de unos paparazzi e hizo correr rumores, inventándome una vida trágica y miserable de la cual había salido gracias a Ethan.
—¿Una vida de la cual... qué? —interrogó Malfoy, con una expresión indescriptible en su rostro. Se encontraba entre la confusión y la diversión, porque dentro de él un deje de orgullo Slytherin le decía que no cualquiera se prestaría a semejante estafa. Excepto tal vez una Slytherin ambiciosa y astuta, a quien le importaban más la finalidad que el medio.
—Si lees las revistas donde salgo, me pitan como la cenicienta —confesó, encogiéndose de hombros y yendo a tomar una de esas que tenía en la canasta—. Soy la pobre diabla huérfana y desamparada que Ethan encontró un día y descubrió que podía bailar. La que mantiene una relación secreta con su coreógrafo y que promete ser la próxima Natasha Willis —añadió con tono falso de dramatismo y tendiéndole la revista al rubio, quien enseguida la tomó.
—Los próximos Natasha y Sebastian del ballet —leyó Draco el titulo de la noticia que aparecía en la portada con fotos de Ethan y Astoria.
—Son una pareja de una bailarina y un coreógrafo que fueron muy famosos allá por los años cuarenta —explicó la castaña—. Ella solo bailaba lo que era hecho por él y él siempre ponía de prima balerina a Natasha. Aunque son más conocidos por romper el código de no casarte con quien trabajas, pero igual, eran tan buenos, que para el final de su carrera, las compañías se peleaban por contratarlos juntos.
—Ya veo —murmuró él, leyendo por encima un poco del articulo, luego rió entre dientes—. ¿Y no te molesta que asuman que no tienes familia? —curioseó.
—Nadie sabe nada de mí, Draco y es mejor dejarlos que crean eso a que sepan que mis padres son unos magos puristas que me echaron de la casa por soñadora —admitió riendo—.
—Que fácil es manipular a los muggles —admitió burlón.
—Más de lo que imaginas —admitió la chica—. Claro que no solo ellos se dejan manipular por sentimentalismos.
—Supongo —concedió él—, pero es más difícil que personas de nuestra clase se dejen embaucar de esa manera. No por nada estamos del otro lado, siendo los protagonistas del show y no los espectadores —apuntó con arrogancia, robandole una risa a su compañera, quien no quiso contradecirlo ni decir lo que pensaba. Recordarle a Draco que él había sido embaucado por la idea del romanticismo con Grager, era solo como meter un puñal en la herida.
—Igual no te preocupes demasiado, con algo de suerte no te harán parte del circo —le animó ella y escuchó su celular sonar.
—Bueno, si no fuera porque arruinaría su retorcida propaganda, sería divertido experimentar lo que es andar siendo perseguido por las cámaras —bromeó, riendo y sintiendo que aquello era como realizar una enorme travesura. Era un juego que ponía en su lugar a quienes eran los domadores y a quienes eran los borregos. Esas cosas él las encontraba divertida, pero como si de una pequeña alarma en su cabeza se tratara, la voz chillona de ex-novia lo sacó a patadas de su buen humor. Hermione y todo su grupo de amigos encontrarían despreciable lo que Astoria y la compañía estaban haciendo. El engaño y la forma en la que ser burlaban del publico solo para conseguir un beneficio, no era ético ni moral. Aun así, él lo encontraba tan normal y de admirar, que entre más lo pensaba, más se convencía de que no había forma de que él encajara en el mundo de la leona.
—Olvidé que siempre te ha gustado ser el centro de atención —contestó finalmente Astoria, dirigiéndose a Draco, después de leer el mensaje de texto que había recibido—. Lamentablemente, ya no puedo cancelar mi petición —informó, encendiendo la tele como Ethan le había pedido y topándose con que el hombre ya estaba frente a un grupo de reporteros fuera de su casa.
—Eso es rápido —aseguró Malfoy, sin dejar ver que estaba un poco impresionado por la eficiencia.
—"Solo quiero aclarar que la señorita Greengrass decidió rechazar la oferta de Berlin, porque nuestra compañía le ofreció el protagonico del lago de los cisnes" —comentó el hombre, entre todo el bombardeo de preguntas que los reporteros le hacían—. "Es la primera vez en mi vida que veo a ese tipo y no fui yo quien lo golpeo, ni mandó a golpear" —se defendió—. "Tampoco sé que relación tenga con la señorita Greengrass, pero eso es parte de su vida personal. Yo solo soy su coreógrafo" —siguió diciendo—. "Y si siguen hablando todos a la vez no los entiendo" —finalizó, cansado del bullicio. Afortunadamente, el silencio se hizo.
—"Yo tengo una pregunta especial" —habló una de las reporteras de la cadena—. "Nuestro publico quiere saber, si entre usted y Astoria hay algo."
—"La señorita Greengrass es una gran bailarina, mi protegida y una muy buena amiga. Eso es todo lo que puedo decir" —respondió, diciendo la verdad, pero añadiendo esa frase al final y usando ese tono que sembraba la duda de que algo más pudiera haber ahí.
—"¿Es verdad que Isis Whitney interpretará la parte del cisne negro porque Astoria no tiene la destreza de llevar ambos papeles?" —preguntó un joven reportero, que al parecer trabajaba para una revista, pues llevaba una grabadora de voz y no un micrófono.
Draco pudo ver como el rostro de Astoria se transformaba ante aquella pregunta, entre la indignación y la rabia, parecía que la castaña estuviera a punto de lanzar un Avada contra la televisión.
—"Eso es algo que no se ha discutido ni contemplado. Todos los bailarines tiene una semana de descanso y hasta que no se comience a armar la obra, no puedo asegurar si alguien más interpretará el papel del cisne negro. Pero puedo decir con toda certeza que confío en que la señorita Greengrass tiene la tecnica, la pasión y la habilidad para llevar ambos personajes..." —contestó Ethan, pero el resto de la explicación se fue cuando la susodicha apagó el aparato y refunfuñó unas cuantas maldiciones y palabras que Draco no hubiera esperado escuchar, pero que le hicieron reir.
—Supongo que pasarás tu descanso entrenando o poniendo una maldición sobre esa tal Whitney —comentó el rubio para romper un poco el hielo.
—Ganas no me faltan, créeme —masculló Astoria—. Isis me odia y casi puedo asegurar que esas fotos mal tomadas de cuando te curaba las heridas, las tomó ella —acusó sin pruebas, pero muy segura de lo que decía.
—Bueno, si necesitas ayuda en algo... —se ofreció él, haciendo que la aludida reaccionara y negara un par de veces con la cabeza. Aquellos eran problemas de ella y nadie más, Malfoy tenía más que suficiente con todo lo que le estaba pasando.
—No es necesario, pero gracias —dijo y esbozó una tenue sonrisa—. Mejor dime, como te puedo ayudar yo con tus planes —se ofreció, recibiendo un gesto de incomprensión como respuesta—. No tienes idea de que vas a hacer ahora, ¿verdad? —interrogó Astoria, aguantando la risa. Era difícil pensar que el príncipe de Sltyehrin, en esos momentos parecía un cachorro sin dueño.
—Ni la menor idea —confesó él, recordando la sensación de ser un completo inútil. Aun cuando había cambiado de ambiente, su situación no había cambiado mucho que se dijera. Seguía sintiéndose un bueno para nada y dependía de una mujer, aunque ya no era Granger.
Sin explicarse el como el por qué, Draco se vio atrapado en un abrazo por parte de Astoria. La bailarina se encontraba de puntillas para poder rodear bien su cuello y acariciarle la nuca de forma que resultaba muy reconfortante.
—Cuando era pequeña —comenzó a murmurar la castaña—. Mamá solía abrazar a papá de esta manera, si el tenía problema o algo le salía mal en los negocios, ella le decía no se preocupara porque nosotros teníamos todo el poder del mundo para hacer o deshacer a nuestra manera —narró—. Así que, no olvides quienes somos, Draco. La vida no se acaba a no ser que nosotros así lo queramos —finalizó, soltándolo y regalandole media sonrisa—. Ya pensaremos en algo, mientras, quita esa cara que no te queda y vayamos al centro, tengo ganas de caminar y mostrarte el estudio de la compañía —declaró ya más entusiasta, yendo por sus cosas—. Jamás he llevado a nadie conocido ahí, supongo que es porque no tengo a nadie a quien llevar —parloteaba al tiempo que usaba magia para llevar el baúl de Draco a la improvisada habitación de huéspedes—. Las otras chicas siempre llevan a sus padres, hermanos, amigos o novios, aunque luego los profesores y coordinadores las regañan. A mí nunca me han regañado, claro, pero creo que ya me hace falta —continuó, a sabiendas de que a esas alturas estaba prácticamente hablando sola. Sin embargo, seguía hablando porque no quería escuchar algún comentario por parte de Draco sobre lo que acaba de hacer y porque sabía que era una buena forma de distraer al rubio de sus problemas.
El joven Malfoy la seguía con una sonrisa en el rostro. Ese abrazo y esas palabras, era justamente lo que su madre solía hacer con su padre y con él mismo. Era una extraña forma de reconfortar que tenían las mujeres de sangre limpia, haciendo que sus hombres recordaran la superioridad que tenían por encima de los demás. Desde afuera podía lucir hueco y como una forma tonta de inflarles el ego con cumplidos. Lo extraño era que, funcionaba a su manera y el confort siempre iba acompañado de una cálida sensación en su pecho, causada por esa devoción y admiración que se escuchaba detrás de aquellas palabras. Si ellas lo creían al decirlo y ellos lo creían al escucharlo, no eran solo palabras vanas como el resto de las personas podrían llegar a creer.
