Capítulo 9: Aprendizaje
Harry llevó sus dedos hasta su boca y retiró el hilo de sangre que brotaba de esta. Abeja nuevamente lo había hecho caer y nuevamente estuvo cerca de matarlo. Vio sus intenciones de marcharse y la detuvo de inmediato. Podía lidiar con el dolor y con la derrota, pero no con una conclusión adelantada de su entrenamiento. Su magia se negaba a regresar y él necesitaba seguir peleando.
—¿Estás seguro de que estás en condiciones de luchar? —le preguntó Abeja con tono cansado.
—Sigo consciente, eso es suficiente. No bajes la guardia porque podría patear tu trasero.
Abeja se río al escuchar esas palabras. Más que diversión era amargura lo que denotaba su risa. Harry se sintió ofendido al escucharla. Sentía que durante mucho tiempo nadie había tomado en serio su papel como elegido y que las cosas hubieran sido muy diferentes de haber sido sometido a un rigoroso entrenamiento desde pequeño. Voldemort había leído infinida de libros y viajado por el mundo especializándose en la magia. Él había indagado en su pasado y, aunque le había sido útil para dar con los horrocruxes sentía que no era suficiente.
—Yo soy quien está a cargo y quien decide cuando parar. Ve a descansar y seguimos con el entrenamiento mañana.
Abeja se marchó, pero Harry no le hizo caso. Comenzó a hacer abdominales y luego a trotar. El dolor era insoportable, pero eso no lo detuvo. La idea de detenerse lo hacía enfermar. Harry quería mejorar su condición física y hacer de su cuerpo un arma más, pero el que Abeja no lo entendiera le hacía enfurecer.
Harry habría entrenado hasta perder la consciencia de no ser porque Emily lo detuvo, diciéndole que sus clases de alquimia estaban por comenzar. En el estado en que se encontraba eso y una misión eran las únicas cosas que podrían hacer que Harry abandonara voluntariamente su entrenamiento.
Los avances de Harry en alquimia eran mayores a los que había tenido en las lecciones de espada. Desde que había dibujado un círculo de alquimia en sus guantes había tenido un mayor control sobre el fuego y cada vez era capaz de crear llamaradas más grandes. No era magia, Harry lo sabía, pero el poder emplearla era una de las pocas que mantenían la poca cordura que le quedaba.
—Tienes un talento nato para la alquimia —le felicitó Emily —, no me extrañaría que llegaras lejos, en especial si tuvieras una mejor maestra —una nube de tristeza cubrió a Emily en cuanto dijo esas palabras.
Harry no hizo ningún intento por animarla. Ni siquiera le había prestado atención a la pequeña alquimista. Todo lo que podía pensar era en sus progresos y poco satisfactorios que le resultaban. No importaba si Emily le decía que sus avances eran rápidos, no le parecía suficiente y el encierro en el que se encontraba le resultaba asfixiante.
—Harry —le llamó Luna y se notaba preocupada —, tengo que sanarte rápido.
Harry le permitió a Luna curarlo. Estaba demasiado cansado para poner resistencia. Obedeció todo lo que ella le dijo y no se quejó cuando le hizo probar una poción con un sabor bastante desagradable que casi lo hace vomitar. El único momento en que se opuso un poco fue cuando lo mandó a dormir.
Cerró sus ojos sin poder despertar. La forma tan rápida había hecho que Harry considerara que le habían dado alguna poción o aplicado un hechizo, pero en el fondo sabía la verdad. Se había estado exigiendo demasiado durante los últimos días y al final su cuerpo y mente no pudieron soportar la rutina tan extenuante a la que se había sometido.
Al despertar hizo algo que se había convertido en un ritual para él. Tomó la varita que Ollivander le había fabricado y comenzó a moverla. Intentó conjurar uno de los hechizos que había aprendido durante su primer año en Hogwarts sin obtener ningún resultado. Ese ritual solo servía para alimentar la amargura que se había instalado en su corazón durante su cautiverio en la mansión Lestrange.
El que Remus accediera a llevarlo a una misión fue algo que lo tomó por sorpresa. Durante los últimos días había estado planeando cómo escapar y por primera vez en mucho tiempo le provocó cierta satisfacción el que sus planes fueran frustrados. Ver que Ron lo acompañaría lo hizo un poco feliz. Temía por la seguridad de ambos y por el hecho de que lo estuvieran vigilando.
—¿Qué haremos? —preguntó Harry.
—A contrarrestar un sello de transmutación —respondió Remus con una seriedad que le hizo sospechar a Harry que el licántropo no estaba del todo conforme con la idea.
—Gracias —Harry extendió su mano con el objetivo de que Remus la apretara.
Harry no estaba agradecido con su antiguo profesor por permitirle acompañarlo, al contrario, creía que la vigilancia sobre él era excesiva y que no debían limitar tanto sus salidas, pero necesitaba tocarlo y acceder a las visiones, ya fuera para estar seguro de que no habría ningún imprevisto o una trampa de por medio.
Lo que vio no fue muy alentador, pero extrañamente lo hizo feliz. Sabía que los mortífagos no solían visitar con mucha frecuencia los sitios conquistados. Para nadie era un secreto que los seguidores de Voldemort sentían repulsión por los muggles que vivían en ellos y únicamente los mestizos eran quienes se encargaban de monitorear el trabajo de los esclavos y de recoger lo producido, pero en esa ocasión vio a Draco Malfoy ser seguido por Amateratsu y por varios mortífagos que a su vez estaban acompañados por mujeres guerreras.
—Deberíamos dejar un mensaje —sugirió mientras hacía grandes esfuerzos por no delatar lo que sabía —, ya sabes "Si no regresamos en X tiempo deberían mandar refuerzos" o algo por el estilo.
Pese a que Harry estaba consciente del peligro que correrían, no quería dejar pasar una oportunidad de capturar a Amateratsu y poder descubrir el misterio que estaba alrededor de ella o entender por qué su existencia parecía alterarlo tanto.
—Sí, eso haremos —respondió Remus confundido.
Harry se reclamó por ello. No quería hablar de sus visiones, pero le era inevitable hacer sugerencias. Cada vez que tenía un vistazo del futuro y este venía acompañado de funestos resultados no podía quedarse sin decir nada. Sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que su poder dejara de ser secreto, pero tenía la esperanza de que cuando eso ocurriera, él ya habría dejado las instalaciones de la Orden y que, siendo optimista, la guerra solo sería un amargo recuerdo.
El pueblo que visitaron se veía exactamente igual a la visión que Harry había tenido. Las casas se encontraban en precarias condiciones, algunas incluso mostraban señales de que se derrumbarían en cualquier momento y los habitantes de dicho lugar se encontraban trabajando, encadenados con gruesos grilletes.
Harry no estaba seguro de que esos grilletes fueran necesarios, pero sí sabía que ese no era el único motivo por el que los usaban. Bellatrix le había dicho, en más de una ocasión, que los muggles se encontraban por debajo de los elfos domésticos y que los únicos muggles con vida que valían eran los que se sometían a los magos de sangre pura.
Los magos se dedicaron a liberar a los esclavos en lo que Emily se encargaba de bloquear el sello de transmutación que Voldemort había colocado en ese sitio. Al principio no tuvieron ningún contratiempo, pero tal y como la visión de Harry le había advertido, un grupo de mortífagos seguido por sus esclavas guerreras no demoró en aparecer.
Harry se apresuró en buscar a Amateratsu. No encontrarla la hizo sentirse frustrado. No era solo el hecho de que gran parte de su plan consistía en dar con ella sino lo que ese involucraba. Estaba seguro de que su visión era sobre el momento en que se encontraba y no estaba preparado para que estas comenzaran a equivocarse.
Esos pensamientos quedaron olvidados cuando la vio al lado de Draco Malfoy. Sus miradas se cruzaron y Harry pudo sentir algo de familiaridad. Sabía que ella lo conocía y eso poco o nada tenía que ver con sus visiones. El deseo por tomarla aumentó en el momento en que esa breve conexión se rompió.
—Tenemos compañía —les dijo a sus compañeros de la Orden.
La batalla no tardó en iniciar.
Los esclavos que habían sido liberados se apresuraron en buscar un lugar seguro y en algunos casos en buscar a sus seres queridos. Hubo quienes se decidieron a pelear, pero estos eran una cantidad más pequeña. Nadie podía reclamarles por buscar seguridad pues ninguno estaba en condiciones de luchar ni contaba con armas para defenderse.
No todos sobrevivieron.
Los mortífagos sabían que salvar a los muggles era prioridad para los integrantes de la Orden por lo que no dudaron en aprovechar esa debilidad, especialmente cuando se encontraban en desventaja, algo que ocurría con relativa frecuencia.
Las mujeres guerrero no tenían armas, pero no por ello eran menos letales. Contrario a los integrantes de la Orden, ellas no se contenían a la hora de luchar.
Harry había ocultado su apariencia con una poción multijugos por lo que no tuvo que preocuparse por ser perseguido más de lo que a sus compañeros les preocupaba. Muchos de sus compañeros lo protegían y su entrenamiento le bastaba para poder esquivar muchos de los ataques que iban en su contra.
Golpeó a un mortífago por la espalda provocando que se cayera y perdiera su varita. No sintió compasión por el caído, ni siquiera le dio tiempo de defenderse. Creo unas llamadas bastante potentes y sin dudarlo por un instante lo hizo arder. Sus gritos, lejos de ablandarlo, hicieron que aumentara la intensidad de sus llamas, haciendo que estas fueran las más grandes que había creado.
—Detente —le pidió Neville, estaba horrorizado.
—¿Por qué? Él haría lo mismo si estuviera en mi lugar.
—Por ese mismo motivo, tú eres diferente.
Harry no apagó las llamas. No sabía cómo hacerlo ni tenía las intenciones de hacerlo. Buscó a más enemigos en lo que Neville trataba de salvar al mortífago que ardía, solo para descubrir que no había mucho que hacer.
Un mortífago atacó a Neville aprovechándose de su descuido. Harry lo atacó al verlo bajar la guardia. Un puño cubierto de fuego directo al rostro bastó para dejarlo inconsciente. A él no lo asesinó con la alquimia, sino que empleó la espada que Abeja le había prestado.
—¿Qué haces? —le preguntó Neville, el hechizo que recibió hacía que tuviera problemas para hablar.
—Salvar tu vida.
—Estaba inconsciente, no era…
—¿Necesario? Ambos sabemos que sí, pero no estás listo para esta conversación y nunca lo estarás si sigues aferrándote a tus estúpidos ideales.
Harry continuó con su búsqueda de Amateratsu. Sabía que si continuaba con Neville ambos discutirían y no quería hacerlo, menos en medio del campo de batalla. Al final fue ella quien dio con él.
Por unos instantes creyó que ella lo había reconocido. En el momento en que sus miradas se encontraron sintió como el tiempo se detenía. Harry no sabía si era la nueva habilidad que lo había acompañado desde su regreso de la muerte y que se había incrementado durante el tiempo que fue torturado o si era algo más. Lo único de lo que podía estar seguro era de que quería a esa kunoichi en su equipo, a su lado.
Luego la vio atacarlo. La espada que ella sostenía pasó rozando cerca de su cuello y Harry tenía la sospecha que, de no haberse movido en el último momento, habría terminado perdiendo la cabeza.
Él también la atacó. Todo sentimiento de empatía que pudo haber experimentado desapareció en ese momento. No la odiaba pues era consciente de que ella actuaba en contra de su voluntad, pero no estaba dispuesto a permitir que lo lastimaran, en especial si podía hacer algo para evitarlo.
Encendió sus llamas y trató de quemarla. Amateratsu no usaba magia, las esclavas tenían prohibido usar una varita, pero la velocidad con la que se movía hacía que fuera difícil conectar un golpe y esquivar sus ataques al mismo tiempo. Harry se dijo que si tuviera su varita la situación sería muy diferente y eso lo hizo enojar. Pensar en su magia perdida hacía que la llama de su odio se avivara.
Los refuerzos llegaron.
Magos y muggles disfrazados de animales se unieron al combate. Su llegada marcó el fin de dicha batalla. Los mortífagos conscientes de su cansancio y de su inferioridad en número prefirieron huir. No todos lograron escapar. Algunos fueron capturados y otros asesinados. Lo único que Harry lamentó fue que Amateratsu también se marchara.
Harry no tardó en dar con el hombre que compartía sus ideales. Lobo había llevado una pistola, un arma muggle que no había visto en un lugar que no fuera la televisión y les había disparado a varios de los magos que intentaron escapar. Todos sus disparos fueron letales y en su rostro no había ningún ápice de arrepentimiento.
—He terminado con el sellado —comentó Emily, pero su voz carecía de felicidad. Todo sentimiento de victoria que le pudo provocar tener éxito en su misión fue opacado por la amargura que le provocó ver tantos cuerpos sin vida —. ¿Qué deberíamos hacer ahora?
—Un funeral —comentó Neville —, y sí, eso incluye a los mortífagos. Asesinos o no, no podemos negar que eran humanos.
—¿Estás seguro? Matar fragmenta el alma y ellos hace mucho renunciaron a su humanidad. Yo también lo hice y estoy dispuesto a convertirme en un monstruo si es necesario para acabar con esta guerra —las últimas palabras de Harry estaban cargadas con más amargura de lo usual.
—Estoy de acuerdo con el funeral —comentó Lobo y Harry se sintió un tanto traicionado.
No eran amigos y ninguno tenía la intención de serlo, ni siquiera eran compañeros pese a que ambos luchaban contra un mismo enemigo, pero verlo dispuesto a asesinar le había dado la idea de que él lo apoyaría.
—No me malinterpreten, no creo que ellos se lo merezcan, simplemente quiero evitar futuros problemas, ha habido guerras en las que la mayoría de las muertes ocurrieron por enfermedades provocadas por un mal manejo de los cadáveres.
Neville y Harry no supieron que decir al respecto. El primero se había quedado sin palabras ante la frialdad del muggle vestido de lobo y el segundo se reprochaba por no haber tomado en cuenta lo que este había dicho. La idea de darles un trato humano le seguía pareciendo repulsiva, pero estaba dispuesto a ceder si con ello les privaba de la oportunidad de seguir causando caos y destrucción incluso después de muertos.
Todos los cuerpos fueron cremados y sus cenizas fueron esparcidas en el bosque. Neville anotó los nombres de los caídos que pudo identificar y una fotografía de todos ellos junto a la forma en que murieron. Sentía que eso era lo menos que podía hacer por la memoria de aquellos que habían sido asesinados.
