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VII

La muerte revela secretos

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El sonido de la impresora era lo único que se podía escuchar de fondo en el tranquilo establecimiento. El encargado estaba del otro lado ordenando unas fotocopias con los audífonos puestos, y una mujer mayor escribía lentamente, tan solo usando dos dedos mientras alternaba la vista entre un cuaderno a su derecha, el teclado y la pantalla.

Con las capuchas de la sudadera puestas, sentados en un banco frente a la máquina, ni Ino ni Shikamaru habían cruzado palabra alguna.

Faltaba poco para el amanecer, y no era la primera vez que acababan a esa hora en ese lugar, pero en esa ocasión no estaban imprimiendo un ensayo para entregar a primera hora, sino el resultado de la más extraña búsqueda que habían hecho en toda su vida: varios artículos de periódico, algunos mapas y uno que otro ensayo que en otro tiempo ni siquiera podrían haber tomado en serio, de hecho, uno citaba varios juegos de rol para sostener su hipótesis.

—Mamá va a matarme cuando despierte y vea su estado de cuenta —dijo al fin cuando pasó la tarjeta por la terminal para que liberara su paquete de hojas.

—Si no es que se muere cuando me vea a mi —secundó Shikamaru.

Haciendo apenas un gesto de despedida al encargado, la chica acomodó el paquete en la bolsa cruzada que llevaba él, dejando fuera solo el mapa para poderse orientar apenas llegaran a su destino, y se dirigieron a la estación de tren, aun en silencio, con una expresión ausente, que caracterizaba poco a uno y otro.

Llegaron hasta la última estación, tomaron un autobús y como Ino se negó en rotundo a pagar por el taxi, caminaron lo que se marcaba como cinco kilómetros, aunque pudo ser menos debido a que Shikamaru encontró la ruta más corta posible, aprovechando que ya no tenían que respetar el sentido de las calles y podían cortar por callejones.

Finalmente llegaron al pie de unas inmensas escalinatas de piedra; su antigüedad era innegable, se notaba en sus líneas irregulares, modificadas conforme el paso de los visitantes.

Shikamaru se sorprendió de no sentirse cansado en absoluto, y aunque una pequeña parte de su mente sugería simplemente tirarse a un lado del camino a esperar a que su cuerpo se descompusiera, tampoco podía detenerse. De hecho, desde que habían establecido el plan e Ino insistiera en ir caminando porque el precio calculado del viaje la escandalizó, supo que, aunque no había sido especifica ni imperativa, él lo había considerado como una orden. Sentía dentro de su ser ese impulso para completar la tarea, algo que, de hecho, no le sucedía, pero había aprendido a identificar.

Por su parte, Ino se había quitado la sudadera anudándola en su cintura, estaba completamente colorada por efecto del sol, que ya no era tan benevolente a esas horas y una fica capa de sudor hacía que la camiseta sin mangas se le pegara en la espalda.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Ella asintió por simple orgullo, no iba a aceptar jamás que el taxi valía la pena, sino por la distancia, sino por el sol.

—Es otoño —se quejó pese a todo —¿Por qué hace tanto calor? ¿Calentamiento global?

—Cambio climático —corrigió Shikamaru —. Casi llegamos, solo un tramo más.

—Lo peor será que no haya nadie o que solo reciban con cita.

—Me quitaré la camisa para hacernos una cita.

Ino se rio por el comentario. Si bien sabía que se refería a la herida del médico forense, por un momento lo imaginó apelando a su sex appeal, algo con lo que nunca lo describiría, por mucho que le gustara, porque Shikamaru y sexy, no eran palabras que fueran juntas y hasta Temari podía dar fe de eso. Él era algo diferente, algo más profundo y difícil de explicar.

Una vez arriba, Ino se dio cuenta de que el fastidioso zumbido que tenía rato escuchando no era el preludio a un golpe de calor como había sospechado, sino insectos, cigarras con total seguridad.

Ambos inspeccionaron las inmediaciones, estaban los pequeños santuarios, los árboles sagrados y al fondo, luego de una sucesión de arcos, el templo principal, pero nadie a la vista.

—Vamos atrás —indicó Shikamaru cuando encontró el pasillo que llevaría a la casa privada de la familia que cuidaba de aquel lugar.

—¡Buenas tardes! —gritó Ino, incómoda con la idea de invadir una propiedad ajena —¡Disculpe la intromisión, pero es muy urgente!

Sin embargo, su grito solo fue para externar un creciente sentimiento de terror que la invadía. Se sujetó del brazo de Shikamaru cuando el escalofrío fue incontrolable.

—También lo sentí —susurró él.

—¿Qué es?

—No lo sé… pero… es como lo que pasó esa noche.

Ino tragó saliva. No le apetecía demasiado repetir esa experiencia.

—¡¿Hola?!

Su saludo se convirtió en un chillido largo y agudo, y si no fuera porque era físicamente imposible, pudo haberle arrancado el brazo a Shikamaru al momento de saltar y correr en la dirección opuesta de donde había salido una muchacha con un gato en brazos.

Shikamaru se llevó un dedo al oído que había recibido el grito.

—Oye, disculpa esto, pero queremos ver a Nekobaa, lo siento, no sé su nombre.

La chica sonrió de medio lado.

—Ni siquiera yo —respondió —. La abuela no recibe visitas, así que…

Shikamaru suspiró, se soltó de Ino y se sacó la sudadera. La camisa sin botones dejó entrever su pecho pálido, con la cicatriz que cruzaba todo su torso. La chica se quedó sin palabras por la impresión, aunque no fue sino hasta que Shikamaru introdujo sus dedos entre las costuras, que ella comprendió que no se trataba de ningún pervertido.

—Voy a despertarla —dijo la chica casi corriendo hacia la casa que se podía ver poco más adelante.

—¿Por qué no se desmayó? —preguntó Ino, aún con el malestar del susto, acentuado por la grotesca escena que Shikamaru acaba de hacer.

—Porque parece que lo que leímos, es verdad.

Los dos avanzaron para alcanzar a la muchacha, mientras que al paso salían gatos de todas partes que maullaban amenazantes, con los lomos erizados, las colas encrespadas y los dientes expuestos.

—¡Basta ya! —exclamó una anciana desde la puerta de la casa —¡A callar todos!

Cuando llegaron frente a ella, la mujer los miró con rudeza, de arriba a abajo y de vuelta.

—Buenas tardes —tartamudeó Ino —. Es que nosotros encontramos su libro…

—¿A sí? —interrumpió con brusquedad —. No lo creo. Los muchachos de hoy en día no suelen leer libros.

—Libro digital —farfulló Shikamaru levantando la tableta —. Aunque leerlo no fue fácil, señora, usted no es muy buena escritora.

La mujer, comprensiblemente ofendida, lo golpeó en la cabeza con una larga y antigua pipa que afortunadamente no estaba encendida.

Ino pasó a Shikamaru detrás de ella, con su mejor sonrisa para mediar la situación.

—Discúlpelo, por favor —le dijo —, es solo que realmente estamos interesados en aprender algo más sobre su interesante trabajo respecto al uso de tierras sagradas… estamos haciendo un trabajo…

La anciana volvió a interrumpirla, pero empujándola a un lado, tomando a Shikamaru por el pelo y jalándolo hacia ella, examinando por su mano la herida.

—Por todos los cielos —murmuró.

—¡No haga eso! —chilló Ino cuando la mujer introdujo el extremo delgado de su pipa, como apuñalándolo.

—Entren los dos —ordenó, aunque seguía sosteniendo a Shikamaru, metiéndolo con brusquedad —. Mocosos idiotas —murmuró —. ¿En qué estaban pensando?

—En nada —respondió Ino, crecientemente angustiada.

—Sí, eso se nota.

—Se refiere a que lo que sea que hayamos hecho, no fue a propósito —explicó Shikamaru, consiguiendo soltarse del agarre.

—No fue a propósito —repitió con burla la mujer —¡Mis bigotes! ¡Tamaki!

La muchacha saltó en su sitio.

—¡Trae a ese maldito gato!

Ella asintió y salió de la casa nuevamente.

Ino se sentó al lado de Shikamaru en un pequeño sillón completamente lleno de pelos sueltos, mientras la anciana seguía farfullando, luchando por encender su pipa. Ino casi vomitaba por eso, justo tenía en la boca el extremo con el que había examinado la cicatriz de Shikamaru, pero este no parecía demasiado afectado, solo se limitaba a explicar las cosas que habían pasado, conforme habían sucedido y como podían entenderlo.

Sin embargo, los murmullos de la mujer, a medida que la historia avanzaba, se fueron acallando, hasta quedar completamente perpleja, mirándolos casi sin parpadear, y no fue sino hasta que la cerilla consumiéndose le quemó los dedos, que reaccionó.

En ese momento, la muchacha regresaba con una jaula gruesa, bastante tosca en sus acabados de metal, que le daban la apariencia de algún aparato de tortura medieval. Dentro, había un gato gris con toda la apariencia de un demente de película políticamente incorrecta con respecto a las enfermedades mentales.

Maullaba, chillaba, bufaba, lanzaba zarpazos y se erizaba con violencia.

—Ahí estás, bestia del averno —murmuró, pidiéndole a la chica que lo dejara la medio de los tres.

—¿Es ese? —pregunto Shikamaru. Ino se escondió como pudo detrás de él.

—Sí, este es el desgraciado. Este es Church.*

Shikamaru se arrodilló frente a él, el gato enloqueció a un más, tanto que lo que parecía ser una pesada jaula, empezó a agitarse por los embates del animal.

—No puede ser real —dijo para sí, aunque todas le escucharon.

—¿Un chico muerto va a cuestionar mi relato? —preguntó la anciana.

—Entonces, ¿solo hay que enterrarlos?

—¿Leíste el libro o no? He cuidado de este lugar para que nadie cometa los mismos errores que el desgraciado de mi padre, y mira, resulta que se puede hacer fuera de aquí.

—Me pareció extraño —dijo Shikamaru —, pero a la vez, lo más coherente. Solo que hay… diferencias.

—¿Además de que tú nunca has estado en estas tierras?

Shikamaru asintió antes de volver a su lugar, tomando la mano de Ino, que no dejaba de temblar, porque lo que ella había visto, no era un gato simplemente loco, era un cadáver: le faltaban pedazos en algunas partes, casi no le quedaba pelo y le colgaba algo pútrido del vientre.

—Tamaki —ordenó la mujer —. Llévate a Church, solo quería que vieran que yo no miento.

Finalmente consiguió encender su pipa, y le dio una calada profunda.

—Señora… Nekobaa —la llamó, a falta de otro nombre más formal o respetuoso —. En su libro detalla que su madre y hermano no eran ellos mismos. Tenían memorias, y cierto raciocinio, pero su comportamiento era totalmente impulsivo, agresivo e incontrolable.

Ella asintió.

—Como puede ver, soy todo lo opuesto a eso.

—Lo noto —respondió ella —. Además, y más importante, no apestas.

Ino y Shikamaru intercambiaron miradas, realmente no habían puesto atención a eso.

—Quizás porque no estás corrompido por estas tierras.

Los chicos no pudieron evitar el sonreír, era un dato completamente inútil, pero era información nueva, de hecho, Shikamaru ahuecó las manos frente a su rostro exhalando para comprobar su aliento: no olía a nada, y ni siquiera se le había ocurrido lavarse los dientes.

—Por registros históricos, sabemos que una sacerdotisa que habitó este templo, en el siglo XVII, es la desencadenante de esta maldición. Alimentaba a sus gatos con cadáveres, y los convirtió en nekomatas* para adquirir el poder de traer a los muertos a la vida.

Se detuvo para inhalar de su pipa.

—Quizás tu novia es también tiene algo de bruja.

—¡Yo ni siquiera tengo gatos! —se defendió Ino.

Nekobaa se puso de pie para tomar un libro del polvoriento mueble al fondo de la habitación en que estaban.

—No hay mucha información al respecto, pero mientras que muchos aspirantes a brujas y magos tienen que cumplir con una cantidad importante de requisitos y hacer algunos sacrificios, hay quienes nacen con una predisposición natural. Aquí en Konoha se les formaba como sacerdotes, y algunos alcanzaron el rango de divinidad. Hoy en día no sé qué hagan, pero los poderes naturales para traer de vuelta a los muertos, son tan raros que poco o nada se sabe de ellos.

Le arrojó sin mucho cuidado el libro.

—El secreto de los muertos —leyó Ino —, por Viola Cosmos…

—Es una obra apócrifa, no hay registros sobre la identidad real de Viola Cosmos, pero con eso mi padre pudo volver a la tumba a mi madre y mi hermano, y es con todo lo que te puedo ayudar.

Ino se emocionó mucho, casi como si chillara, y para fastidio de la mujer, no dejó de hablar ni siquiera cuando ya se estaban yendo, así que solo pudo sentir alivio cuando la distancia por fin redujo el impacto de su voz.

—¡Esto es fantástico! —exclamó bajando a saltos los escalones que antes le habían parecido insufribles, con una energía renovada —¡Solo nos tomó un día! ¡Pensé que íbamos a gastar veinte años de nuestra vida!

—¡Te vas a caer! —dijo Shikamaru con poca emoción, viéndola llegar a la mitad de la escalera, sin embargo, Tamaki, que pronto los alcanzó se rio.

—Chicos —les dijo —, solo quiero decirles que no funciona con animales, por eso aún tenemos a Church.

—Cierto —dijo Shikamaru —, olvidé preguntar por el gato, aunque pensé que lo usaban como evidencia para incrédulos.

Tamaki movió la cabeza de un lado a otro.

—Es el gato favorito de la abuela, pero no hay manera de volverlo a matar, en serio, si no es con el libro, tendrán cadáveres animados por siempre. Y no sé cómo funcione con ella, pero con Church la putrefacción solo va más lenta, nunca se detuvo.

Shikamaru tragó saliva al pensar en sí mismo, aunque sacudió la cabeza de un lado a otro para alejar esa idea.

—Oye, sé que solo escribieron ese único libro y todo, pero ¿podrían no hablar de nosotros?

La chica se encogió de hombros.

—Aunque lo hiciéramos, jamás le mostramos a nadie a Church, solo somos las locas de los gatos que viven de las regalías de un libro que debería ser biográfico y se toma como novela mala de hace cuarenta años.

—Es bueno saberlo, gracias.

—Regresen cuando sepan más, ¿está bien?

Shikamaru asintió y empezó a bajar las escaleras antes de que Ino se lo ordenara y quién sabe qué pasara.

—En serio que esto fue mucho más fácil de lo que esperaba —le dijo Ino dándole un golpecito en el hombro —, y pensar que estábamos tan fatalistas en la mañana. ¿Sabes? De hecho, me está dando hambre, y ahora que lo pienso, no he comido nada desde ayer en la tarde, ¿pasamos por unas hamburguesas?

—No estoy seguro de que mi sistema digestivo funcione, y dado que no tengo hambre, será mejor no arriesgarse.

Un taxi pasó oportunamente y pudieron detenerlo, con los ánimos renovados, y el recuerdo del trágico trayecto de ida, ya no le importó pagar la elevada cuota de regreso.

Shikamaru tomó el libro luego de que Ino recogiera la bolsa de papel con hamburguesa, papas y nuggets de pollo, que no estaba seguro de por qué lo había comprado si estaba completamente convencida de que usaban pollos transgénicos sin patas ni cabeza, alimentados directamente con un tubo en sus gargantas.

Siempre se quejaba de eso cuando él los pedía.

—Tenemos que arreglar la puerta principal —le dijo. Desde el acceso del jardín no se notaba que estaba vencida, pero al acercarse resultaba bastante evidente.

Shikamaru frunció el ceño, volvía a tener una sensación extraña, y se adelantó a Ino mientras rodeaban la casa para entrar por atrás para no tener que mover la puerta.

La bolsa de comida cayó al suelo mientras Ino palidecía, sintiendo que estaba por caer de rodillas, mientras que Shikamaru se quedaba paralizado.

—¿Chōji?


Comentarios y aclaraciones:

*referencias, referencias everywhere. La verdad la puse para Natsuko, que sé que es fan y obviamente no la veía venir.

*Quizás recuerden como Nekomata al Dos colas que tenía Yugito, aunque en el folklore japonés, las nekomatas se relacionan precisamente con poderes nigrománticos y de chamanismo.

Abrí una fanpage de Facebook: El moleskine de Kusubana.

¡Síganla! Tendré material adicional y algunas noticias sobre el provenir de esta y otras historias.

Y más que nada, quiero desearles ¡Felices fiestas!

Este año logré alcanzar el centenar de historias publicadas y nada de esto tendría sentido sin ustedes los lectores.

¡Mis mejores deseos para todos! Especialmente en estos tiempos tan difíciles, espero poder cooperar en algo, aunque sea un minúsculo aporte para hacer más llevadero el asunto

¡Gracias por leer!