La reina de sus caprichos

En tres días nos reunimos con el Sr. Cartwright. Aquella mañana, ansiosa, me busqué en el espejo y este, desdeñoso, me enfrentó a una mujer enorme, con el rostro grabado en el acopio de tragedias y amarguras. No era posible que nadie pudiera desear la compañía de alguien así. Sabía que ni mi propia familia lo hacía.
Mis sobrinos procuraban evitar mi presencia siempre que les era posible y la familia de mi hijastra... Bueno, ya no sabía qué pensar. Hubo un tiempo en el que creí que de veras me apreciaban, pero, tras saber de sus intrigas contra las decisiones de William, sentí que, en más de una ocasión, me habían manipulado y utilizado para lograr sus propios objetivos. Seguía apreciando a Sarah como a una hija, más ya no confiaba en ella.

Suspiré e intenté mostrarme mínimamente presentable. Resultaba muy doloroso reconocerlo, pero cuanta más tranquilidad había confiado en disponer, con William asumiendo su cargo, más sola y desengañada me sentía. Incluso él se había revelado como un desconocido, a pesar de todo lo que me había visto obligada a sacrificar y hacer por él. Tal vez había llegado el momento de pensar más en mí misma y de dejar que los demás solucionaran sus propios problemas.

La reunión acabó sin que hubiera prestado atención en absoluto. Me limité a dar el visto bueno a todo lo que William proponía y no me preocupé más. Tan solo vi que el acuerdo parecía contentarlos a ambos. Sabía que habían acordado algo concerniente a una cesión condicional de tierras en Lakewood. Permanecí más atenta a la actitud del Sr. Cartwright que a la conversación.

Me sorprendí al desear que no cumpliera su palabra. Pensar en que transcurrieran dos meses sin sus visitas no solicitadas, sus súbitas apariciones cuando decidía pasear por la ciudad, sus notas y envíos de flores, se me hizo, de pronto, aterrador.

Él era un hombre de enorme diámetro pero pulcro y de facciones agradables. Mirarle me transmitía una extraña sensación de serenidad, seguridad y calor que, ahora, sentía más necesarias que nunca en mi vida. Sin darme cuenta, descubría que me había acostumbrado a él y que, si él me evitaba tal como prometió, iba a añorarlo más de lo que hubiera imaginado.

Al finalizar, William permaneció en su despacho para acabar de revisar lo que habían convenido y yo me ofrecí a acompañar al Sr. Cartwright hasta la salida. Él se mantuvo callado y pensativo mientras nos acercábamos al portal.

—Sr. Cartwright ¿Le apetecería visitar nuestros jardines antes de irse? —Aventé. Él, sorprendido, casi desconfiado, parecía replanteárselo durante un breve momento hasta que me respondió.

—Sería un placer, si la visita fuera en su compañía —Asentí con la cabeza y, con tranquilidad, nos dirigimos hacia los portales de mis sobrinos.

—Esta zona está llena de recuerdos —suspiré.

—Descuide, ya le he comentado al Sr. Andrew que lo tengo muy presente —No entendí ni me importó saber, a qué se refería exactamente. Supuse que hacía referencia a alguno de los puntos de la reciente negociación.

—Diversas generaciones de los Andrew desarrollaron el afecto por la botánica. Este jardín fue, inicialmente, de mi sobrina Rosemary. Pero ya mi hermano, que en paz descanse, en su juventud, había cultivado el suyo propio, en nuestra Escocia natal. A Rosemary le apasionaban las rosas y a su hijo Anthony, también.

—Es una afición muy bella y relajante. Yo no dispongo de unos jardines tan espléndidos como los suyos pero es cierto que también disfruto cuidando de mis árboles y cultivos. De hecho, el cuidado de los árboles frutales es muy similar al de los rosales —Me miró como para comprobar si el tema realmente resultaba de mí agrado. Confirmé mi sincero interés con un ademán para que continuara—. Así como para conseguir nuevas y más aromáticas rosas, en los rosales se implantan injertos, también sucede lo mismo con los árboles frutales. De esa forma, logramos frutos más sabrosos y resistentes y en menos tiempo.

—Debo reconocer que lo desconocía. Yo, en más de un aspecto, he sido como la nota discordante dentro de esta familia. Y la afición por la botánica tampoco ha sido nunca una de mis prioridades, si le soy sincera. Sin embargo, apreciaba estos jardines por el amor que ellos depositaron al cultivarlos... Hasta la muerte de mi sobrino Anthony. Después, creí que no sería capaz de superarlo, si cada día me veía obligada a ver sus rosas y a recordarle de una forma que jamás volvería a ser real. Pero Candice y mis otros sobrinos lograron convencerme de que, por muy doloroso que me resultara, merecía la pena conservar este legado. Pues cuando el duelo fuera asumido, sus rosas serían de las pocas cosas que me devolverían parte de lo que fue él.

—¿Candice?... ¿Se refiere usted a Candy?

—Sí, sí, ella, esa pequeña testaruda... —Suspiré. Aquella muchacha había sido otra de las mayores fuentes de desvelo en mi vida. El Sr. Cartwright estalló en carcajadas y me sorprendí, gratificada, por la agradable sensación de lograr hacer reír a alguien, sin necesidad de quedar en ridículo.

—¡Ay! —Respiró profundo, recuperando el aliento—. Tiene usted razón. Candy es un pequeño volcán en erupción. Permanece dormida hasta que estalla y entonces ¡Ju ju juuu! ¡Sálvese quien pueda! ¡Parece increíble que alguien tan menudo y aparentemente dócil pueda contener tanto carácter cuando se lo propone! —"¡Vaya! De nuevo, otro hombre que había caído rendido ante los encantos de aquella muchacha pecosa".

Continuará…