Nota: Ninguno de los personajes me pertenece, la historia sí.
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Capitulo 15: Silbadores, parte I.
Sinopsis: No abras puertas y ventanas después de las siete. —Los Silbadores son reales, bestias feroces capaces de acabar con una aldea entera—. No salgas de noche. —Tienen escamas, garras letales, mandíbulas fuertes—. Rocía sal en todas las entradas de la casa. —Y sobre todas las cosas debes saber que no podrás pelear contra la bestia, jamás.
19 años de edad.
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Notita: Sé que la sinopsis apesta, pero mejor juzguen la historia, por favor :P
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Rusia.
Siglo XVII, año 1633
"Solo en la noche no debes estar, cuídate de los silbidos, todo puede salir realmente mal si hay de fondo un ruido. Solo en la noche no debes estar, cuídate de los mounstros, alguien al acecho esta y dicen que realmente es muy peligroso"
En cuanto la séptima campana nocturna sonaba ventanas y puertas en todo Laishevo eran abruptamente cerradas y aquellas palabras resonaban una y otra vez entre susurros pueblerinos.
Quizá se trataba de una madre queriendo advertir a un hijo o un hermano mayor afanado por asustar a su inocente y crédulo hermanito. Tal vez haya sido un párrafo que un escritor compuso como un pobre intento de poesía mal redactada y se dispersó.
O probablemente sólo era un rumor que alguien sin mucho que hacer había inventado, hacía ya mucho tiempo atrás.
Sea como fuera los Silbadores se habían convertido en una creencia callejera muy popular, cuyas reglas estaban mucho mejor especificadas que sus orígenes:
"No salgas de noche, ¡cuánto menos solo(a)!"
"No abras puertas ni ventanas después de las siete"
"Ignora los ruidos de afuera, también los gritos"
"Rocía sal en todas las entradas de la casa"
"Sé precavido(a)"
"Coloca en cruz los cubiertos, preferiblemente tenedores y cuchillos"
"Y, lo más importante, no olvides a Cristo"
¡Oh!, todo buen poblador debía saber aquello, por supuesto.
—Pero esas son sólo historias —rebatió un joven Hiccup, cerrando la última ventana abierta del palacio. Guantes de seda negra cubriendo sus manos, traje formal de lana del mismo color sobre su cuerpo.
Thomas, de pie a su lado y portando el mismo uniforme, se encogió de hombros.
—Tal vez. —dijo escuetamente.
Hiccup arqueó una ceja.
Hacía calor allí dentro y no tardaba en sonar la campanada que anunciara la hora siete.
—¿Tal vez?, es claro que sí« —insistió, el guante de su mano derecha salió volando cuando finalmente ambos jóvenes abandonaron la sala para refugiarse en la cocina.
No habían empleadas ya por ahí y el castaño pudo respirar aliviado por ello, ¡al fin su día laboral había terminado! —»¿Todo puede salir mal si hay ruido de fondo? —continuó burlando.
—No dice así, Hiccup.
—¿Qué?
Thomas colocó los ojos en blanco.
—La frase dice: —repitió, pronunciando despacio como si le explicara a un niño —Todo puede salir realmente mal si hay de fondo un ruido.
El siguiente guante de Hiccup –aquel que cubría su mano izquierda– fue desechado también y, entonces, el otro muchacho se dedicó a imitarlo, sintiéndose considerablemente más cómodo cuando sus dedos estuvieron libres.
El castaño parecía estar pensando aún, como si se tratara de algún algoritmo indescifrable.
Ese joven podía ser muy extraño, incluso sin proponérselo. Thomas lo sabía, se atrevería a decir, mejor que cualquier otra persona.
—Es igual de insólito. —descartó Hiccup al final, sin darle importancia alguna al asunto o pensarlo más.
Los ojos de Thomas volvieron a estar en blanco, pero no agregó nada.
Su mejor amigo era... bueno, ¡Hiccup!
Alrededor de cinco minutos todo lo que se escuchó en aquella amplia cocina de mármol fue el revolver de las ollas que dos jóvenes hacían en busca de, tan siquiera, alguna migaja de comida.
Todo palacio guardaba silencio y seguramente el duque descansaba en su aposento, ya rendido al sueño. Ellos tenían hambre, sin embargo.
Así, de pronto, cuando la última pequeña puerta de madera fina en la alacena fue abierta, los ojos verdes de Thomas brillaron en victoria.
¡Eureka!
—No concibo además porqué tenemos nosotros que cerrar las puertas y ventanas. —seguía quejándose Hiccup, —Es absurdo —mientras buscaba aún sin ser consciente del delicioso hallazgo llamado estofado que el pelinegro tenía entre las manos.
—Porque, amigo, somos la servidumbre.
Hiccup volvió su cuerpo ante aquella burlesca respuesta y fue testigo del momento exacto en el que el estofado estaba siendo servido en un hondo plato de plata que, se supone, ellos no deberían de utilizar.
Su estómago rugió vergonzosamente y cerró el cajón de harina precocida que había abierto antes.
—Gracias por recordármelo, Toothless
El nombrado sonrió pretenciosamente, mostrándole su perfecta y blanca dentadura entera, como si quisiera presumirle.
Él no se había ganado el apodo de chimuelo por cumplir con los requisitos físicos con exactitud. Se lo habían cargado, de hecho, a la tierna edad de siete años cuando se quedó sin sus primeros molares y los segundos tardaron mucho tiempo en aparecer.
Demasiado tiempo, de hecho.
Era un buen muchacho y su mejor amigo desde que Hiccup tenía memoria y... y un presumido que le tendió su ración de estofado con esa sonrisita presumida y algo burlona aún entre los labios.
No se dijo nada más al respecto, no obstante.
La comida estaba caliente, deliciosa, blanda y perfecta.
Mientras secaba los platos, algunos minutos más tarde, Hiccup hizo una nota mental para agradecerle a la cocinera al día siguiente.
Thomas le esperaba a un lado, con la mirada algo perdida.
—Si somos la servidumbre, ¿por qué hemos comido sobre plata? —preguntó con su característico tono irónico.
La puerta de la sala se abrió con un chillido agudo.
—Yo me pregunto lo mismo.
Hiccup palideció y Thomas hizo un sonido como si se ahogara con su propia saliva.
Los habían pillado y los despacharían.
Sí.
Era el fin, para ambos.
Entonces el castaño volvió su cuerpo para ver al recién llegado y...
—¡Sr., Eretson! —gritó, sonando aliviado y molesto a la vez —Nos ha dado un fatídico susto.
Eret Eretson soltó una risa ronca, pasando de largo hasta sentarse en una silla alta de madera pulida. Tenía una pipa en la mano, un persistente olor a humo impregnado en la ropa y un sombrero a media copa, con una curiosa pluma en la parte trasera.
—Si no se hacen cosas ilícitas, no se teme al castigo, Sr., Haddock. —dijo, frunciendo los labios demasiado divertido.
Hiccup compuso una mueca, tal como lo hacía cada que alguien lo llamaba de esa manera.
Su apellido lo hacía sentir anciano y obsoleto.
Dio un carraspeo y preguntó, algo incómodo: —¿Y-y a qué se debe la visita del más importante cazador de palacio?
—Ja,ja —escucharon a Thomas burlar desde su esquina, con aparente amargura.
El castaño, al verlo, se encogió de hombros. Ese par nunca se habían llevado bien, aunque él no comprendiera el porqué.
Eret era algo mayor que ellos, quizá tocando los treinta. Un cazador experto contratado hacía mucho en palacio, clase media, eficiente y audaz. No se trataba de un mal hombre.
En teoría ellos deberían agradarse mucho.
En teoría.
—El duque me ha pedido estar en persona aquí a partir de hoy. —explicó el cazador, ignorando la mirada desdeñosa del otro joven e interrumpiendo el carril de pensamientos de Hiccup.
¡Ah!, él hablaba de...
Un momento.
¿Eretson dijo el duque?, ¿se refería a...?
—¿La hija del duque ha de regresar de Italia finalmente? —indagó un poco precipitado.
Como si se hubiesen coordinado para ello, tanto Thomas como Eret le lanzaron una mirada pícara al muchacho.
—¿Qué? —el mayor de los tres preguntó. —¿Esta usted muy ansioso por verla?
Oh. ¿Tan evidente era?
Un sonrojo llenó las mejillas de Hiccup más rápido de lo que le hubiese gustado y sus manos se fueron hacia sus cabellos, de pronto demasiado nervioso.
Soltó un bufido pronunciado.
—Por supuesto que no. —trataba de fingir indiferencia y él de verdad fallaba miserablemente en el intento —Tengo la duda debido a lo extensa que se hará ahora la seguridad de palacio.
Eret arqueó una ceja —Si usted lo dice. —insinuó.
El olor a humo se instauró más fuerte cuando el azabache encendió la pipa y dio una jalada.
Se escuchó la séptima campanada como un eco agudo y largo para ese momento.
Y todo quedó en silencio.
Un incómodo y tenso silencio.
Uno, dos, tres...
—Sin embargo, Sr., Haddock, —Eret fue el primero en llenar el vacío, siendo de los tres el que menos creía en los cuentos de hadas —para que sacie sus dudas sobre la extensa seguridad de palacio le informo que Lady Hofferson estará aquí en dos días, a más tardar.
El joven escondió su sonrisa con una mueca de pereza mal dramatizada, jugando con sus dedos.
—Ya veo... —murmuró a secas.
No transcurrió mucho tiempo para que tanto Hiccup como Thomas se retiraran a sus habitaciones respectivas –no sin que el último se burlara cínicamente del primero, claro esta– y dejando a un fumador enigmático comiendo en la cocina.
Esa noche, de nuevo, hubo ruidos provenientes de afuera.
Y las horas después de ello pasaron rápidas para todo palacio.
De pronto Hiccup Haddock había sido llamado por el duque, Daven Hofferson, a su sala personal.
—Ve, de seguro te ascenderá —bromeó Thomas al saber de su llamado.
Ja, ¡cómo si algo así fuera a suceder!
Estaba nervioso cuando tocó la pesada puerta de madera sólida. Podía sentir su piel fría aunque el ardiente sol de Laishevo se colaba por cada ventanal del lugar, como un constante calentador.
—¡Adelante!
Los guardias del lugar le dieron acceso y en seguida estuvo de frente con el duque Hofferson. Un hombre algo mayor, rubio y de espesa barba que le recordaba a la que utilizó en algún tiempo su propio padre.
Adentro de la sala, el sol se sentía un tanto menos ardiente.
Carraspeó, preparándose mentalmente para lo que fuera a decirle el hombre, y preguntó: —¿Me llamaba, señor?
Hofferson lucía serio, incluso preocupado.
Hiccup comenzó a preocuparse también.
—Sí, —afirmó. Desde la alta silla que ocupaba se removió, como si estuviese incómodo —¿esta usted entendido que mi hija regresa de Italia, no es así, Sr., Haddock?
Oh, por supuesto que él lo sabía.
Aún mencionaba entre murmullos la mala educación de Eret, de hecho. Siendo que él había dicho "dos días, a más tardar" y ya era el día quinto de eso.
Tratando de concentrarse le dio un leve asentimiento al duque.
—He de confesar que sí.
El mayor le sonrió de una extraña manera. ¿Por qué sonreía así?
—Evidentemente. —murmuró para sí mismo. Hiccup comenzaba a sentirse confundido, incómodo y descubierto —Ella llegará hoy por la tarde.
Hoy. Él había dicho hoy. Hoy por la tarde. ¡Dios! La joven estaría allí, después de cuatro largos años, esa misma tarde.
De ese día.
Tuvo la necesidad de golpearse mentalmente para volver en sí.
—¿A-ah, sí? —preguntó, ahora también se sentía tonto.
—Así es y estoy muy preocupado, ¿sabe? —el rubio bajó de la silla, caminando hacia la ventana a su derecha —No me gusta la idea de que mi hija este por ahí, cerca de las siete de la noche«
Sí, el duque era un firme creyente de los Silbadores.
El joven frunció los labios, queriendo evitar una mueca.
—»Es importante para mi su seguridad, lo más importante —continuó —y, yendo al meollo del asunto, quiero que usted se presente con los guardias a las afueras del pueblo para buscarla.
Hiccup se sobresaltó ligeramente en su lugar. Sólo una pregunta repitiéndose cual eco en su mente.
—Eh, sí, por supuesto, señor, pero ¿por qué yo?
No estaba entrenado, no era fuerte o... coordinado.
No.
Él no estaba apto para proteger a la joven, ni a cualquier cosa, de hecho. Era algo bastante humillante.
—No confío en nadie más. —le dijo y de inmediato su pecho se encogió de conmoción ante la respuesta —Irá con guardias armados y será sólo cosa de custodiarla hasta palacio, espero que pueda hacerlo, Sr., Haddock.
El muchacho asintió —Haré todo lo posible.
Daven volvió a sonreír, esta vez acercándose a él. Una pesada mano pálida sobre su hombro, expresión sosegada.
—Eso es suficiente para mi, muchacho. —y, en un tono mucho más cómplice, agregó con un guiño: —Sé que ella esta en buenas manos.
¿Entonces el duque si sabía que...?
Hiccup soltó una risita nerviosa, de nuevo su piel volvió a estar fría.
Bah. No podía ser –trató de convencerse– ¡Era imposible!
Aunque...
No. No. Y no.
—Gracias, señor. —balbuceó al final.
Antes de que el joven pudiera retirarse el duque Hofferson lo llamó:
—Y, mmm, ¿Hiccup? —el nombrado volvió su cuerpo —Estoy seguro de que mi hija estará feliz de verte también.
Hubo algo en la mirada del hombre que se lo confirmó de alguna manera.
Él sabía de su enamoramiento hacia su hija.
::: ».« :::
El constante movimiento de la carroza la tenía algo mareada.
—Entonces, ¡¿vamos a llegar ya?! —gritó la rubia a su lado.
Ah, sí. Ella también la tenía mareada.
—Seguramente no falta tanto, Srta., Thorston.
—¡Aaahg! —se quejó —Dice eso desde hace una hora.
Astrid la habría golpeado allí mismo, a riegos de perder toda la compostura, pero la carroza de repente se detuvo y su cuerpo se agitó con el movimiento, haciendo desechar sus intenciones.
¿Qué estaba...?
La puerta se abrió y el hombre vestido de uniforme que venía sobre el caballo estuvo frente a ambas mujeres tan pronto como eso.
—Disculpen, damas. —les dijo, sonando propio y neutral —Hemos llegado.
La primera en abandonar el estrecho transporte fue Ruffnut. Su vestido amarillo agitándose cuando prácticamente corrió sin delicadeza alguna a buscar a su hermano. No se despidió más que con un grito de "adiós" que sonó brusco.
Astrid aún se preguntaba porque había estado obligada a viajar con ella.
Es decir, era una buena muchacha... casi siempre, pero ¿viajar de regreso juntas?, ¿desde Italia hasta Rusia?
Debía hablar con su padre seriamente sobre las influencias.
Viendo al pobre hombre pasmado aún en su lugar recordó que su amiga había sido muy grosera con él.
—Se lo agradezco, joven. —compuso, saliendo ella a su vez de la carroza autosuficientemente.
El nombrado dio un asentimiento leve antes de retirarse.
Al fin estaba en casa de nuevo.
El tiempo en Italia para ella fue valioso y añorable, pero debía admitirse a sí misma que extrañaba bastante su pequeño gran pueblo.
Dio un vistazo rápido a su alrededor, había un par de árboles nuevos, una tienda pintada de amarillo y un... ¿Hiccup?
¿Qué hacía él ahí?
Lentamente las esquinas de sus labios tiraron hacia arriba.
Por un momento quiso ir hasta allá, darle un gran abrazo y decirle lo mucho que lo había echado de menos, pero había demasiada gente alrededor, el escándalo sería grande y ella no estaba de especial humor para lidiar con eso en aquel instante así que, en contra a sus propios deseos, se limitó a acercarse y con voz disimuladamente fría dirigirle la palabra.
—Buenas tardes, Sr., Haddock. —fue todo lo que dijo e inmediatamente tuvo que contener la risa al verlo dar un brinquito de sobresalto.
Hiccup seguramente habría estado esperándola a ella, pues no estaba muy lejos de la amplia frontera, pero veía hacia la dirección equivocada.
En cuanto él le dirigió la mirada, Astrid no pudo evitar pensar en el hecho de que lucía incluso más apuesto de lo que recordaba.
Hiccup se sentía torpe y sólo esperaba no tartamudear al hablar: —Buenas tardes, Lady Hofferson. Estamos aquí para custodiarla a su hogar.
Astrid se abstuvo de girar los ojos. ¡Ay, su padre! Su padre siempre tan exagerado y sobreprotector.
—Esta bien.
—Buscaremos una carrueta en...
—¡No! —le interrumpió, claramente incómoda ante esa posibilidad —Prefiero caminar.
Hiccup ya esperaba eso.
—Como guste.
La rubia notó, mientras él se hacía a un lado para darle el paso, lo bien educado que estaba ahora.
Se preguntó que otra cosa habría sucedido en su ausencia.
Él podría estar casado, quizás incluso tener hijos y...
Sacudió la cabeza, tratando de borrar esas ideas por el momento. Ella había vuelto después de un tiempo largo y sólo deseaba ver a su padre sin sufrir conflictos mentales.
El recorrido fue silenciosamente corto entonces y el encuentro con su progenitor ameno.
—Te quiero mucho, mi niña. —le decía, abrazándola como si no hubiese un mañana.
Astrid correspondió al gesto con un —Yo también, papá —y una amplia charla sobre su vida en Italia.
El como había aprendido tanto y visto mucho.
Al marcarse la hora siete la rubia se despidió de su padre por esa noche y caminó con cansancio a su habitación, quitándose los zapatos por alguna parte del camino.
Estaba pensando en una relajante ducha de agua hervida cuando, distraídamente, chocó con alguien que la empujó al suelo de un sentón.
—¡Oiga! —protestó, mientras trataba de despejar su rostro del cabello rubio que ahora era un desastre.
Se escuchó un ruido bastante escandaloso.
—Ay, no. Lo siento mucho.
Esa voz.
Astrid reconocería ese tono ronco y dulzón a kilómetros de distancia.
En ese momento él volvió su rostro al frente y la vio, palideciendo.
—¡Dios! L-lo s-siento mucho, Lady Hofferson, yo...—tartamudeó —Yo...
—Usted sigue siendo torpe —acotó ella, sonando algo burlona e interrumpiendo de inmediato su balbuceo absurdo.
Hiccup abrió y cerró la boca un par de veces, sin decir nada realmente. Al final sólo le tendió una mano con la mirada gacha que Astrid tomó determinada.
—Algunos hábitos nunca mueren. —fue su respuesta, irónico ante todo.
Había una sonrisa divertida, casi pícara, bailando en los labios femeninos que le hizo sentir como tonto.
Debía verse como tonto, de hecho.
Allí, de pie, sin decir nada y con una cantidad sobrepasada de libros en el suelo.
—Ya veo que sí. —seguía sonando burlona. Atractivamente burlona. ¿Por qué él tenía que ser así? —He llegado de un viaje muy largo y ni siquiera se ha dignado en darme un abrazo, Sr., Haddock —reclamó.
La rubia sabía que hacer un puchero, por más pequeño que este fuera, no era algo que ella haría, pero se sintió correcto.
También se sintió correcto abrazarlo en cuanto él dudó demasiado si hacerlo o no.
Astrid era cálida, suave y olía a lavanda e Hiccup había extrañado todo eso. Quiso decirlo, pero se contuvo frunciendo los labios.
Aquella noche no dijeron mucho, tampoco hubo una larga desvelada después.
¡Qué pena!
Antes, cuando los tres tenían siete años, subían a la parte más alta de palacio y hacían ridículas competencias sobre el quien podría mirar por más tiempo al sol.
Thomas, Astrid e Hiccup, sin excepción alguna, quedaban siempre con la vista adolorida, pero la rubia se marchaba con una sonrisa victoriosa del lugar, habiendo ganado una ocasión más.
Con el tiempo Hiccup comenzó a forjar su carácter y esas cosas ya no eran tan divertidas cuando él decía palabras aburridas sobre lo malo que era competir.
Después vinieron las largas charlas por los rincones, que al principio parecían sólo un juego.
—Sshh, nos van a descubrir —les reñía ella, en cada ocasión.
Esos dos siempre iniciaban discusiones amistosas que terminaban por delatarlos y un muy escandalizado duque los reprendía después, pero las charlas sólo se hicieron más intensas y largas con el pasar de los años hasta la separación.
Thomas tuvo otros intereses en la adolescencia, siendo el más atrevido de los tres.
El equipo inseparable ahora se conformaba por dos, aunque eso no parecía ser algo exactamente malo. Hasta cierto punto, ella se había sentido tan aliviada como él, aún cuando ninguno de los dos lo sabía.
Cambiaron los rincones por las habitaciones vacías y las charlas infantiles por algunas más serias y aún más largas hasta que ella tuvo que mudarse a Italia para instruirse.
Fue una época espléndida que, sin dudas, Astrid extrañaba.
Lo extrañaba ahora incluso más, mientras ayudaba a preparar el desayuno en la cocina sólo por pasar el rato, sin saber que otra cosa hacer.
—Gracias, señorita. —susurró la criada —No tenía que molestarse.
Astrid le dio una leve sonrisa y asintió.
—No ha sido nada.
Después de quitarle la piel al durazno para preparar el jugo realmente no había mucho que hacer por allí.
Cansada de extrañar y extrañar sin hacer nada decidió buscar, al menos, a Thomas. Tenía tres días oficiales en Laishevo y aún no lo había podido saludar, entre una cosa y la otra.
Emprendió marcha, envuelta aquella mañana en un vestido color agua, con hombros acampanados, adornos en las mangas y una común caída recta en la falda, que le fastidiaba.
Las paredes y pasillos de palacio seguían siendo exactamente iguales, de piedra gris y cuadros oscuros con ventanas grandes.
No fue sino hasta observar una aburrida pieza de arte que no estaba ahí antes –la única cosa innovadora en el lugar, ella creía– que notó una puerta abierta y lo vio.
No se trataba de Thomas, pero a quien encontró era a quien echaba más de menos, si era sincera.
Encorvado sobre un escritorio Hiccup parecía escribir algo. Ella sintió mucha curiosidad entonces y, cuando menos pensó, ya estaba frente a él, carraspeando para hacerse notar.
El castaño subió la mirada. Ojos verdes sorprendidos, labios apretados contra su boca.
—¡A-astrid! —casi gritó, tratando de ocultar torpemente el papel sobre el cual trabajaba y deteniéndose abrupto al notar su error. —E-es decir, Lady Astrid, yo...
—Por favor, Hiccup, —canturreó la rubia, un tanto divertida por la situación —¿no crees que nos conocemos lo suficiente como para tener algo de confianza?
De nuevo la mirada masculina se concentró en su rostro, un millón de emociones expresadas a través de ese gesto.
Se enderezó en su lugar y, mucho más discretamente, guardó el mencionado papel.
—Sí, sí, eh, claro que sí —titubeó.
Astrid sonrió con ligereza, la tensión en sus hombros femeninos visiblemente menos evidente.
—Esta bien, entonces, ¿me dirás en que trabajabas?
Habían libros sobre el escritorio, papeles en completo caos y una libreta cocida a mano que a Astrid le llamó la atención. Hiccup optó por enseñarle la libreta.
Ella no tendría porque ver la hoja ahora debajo de las demás.
Tampoco saber que en dicha hoja había un boceto garabateado de su persona, obviamente.
—Es sólo algo que he estado estudiando. —respondió.
"Así que ahora estudia" pensó la rubia, tomando la libreta. Fuera cual fuera la profesión del muchacho, ella suponía que podía atribuir su actual buena etiqueta precisamente a eso.
Cambió de una página a la siguiente. Títulos como «La liebre blanca» o «El Avestruz» estaban mezclados entre otros más.
«La Mula»
«El Mapache»
«Los pavos»
Anotaciones aquí y allá sobre asuntos anatómicos que ella no comprendía mucho y algún que otro extraordinario dibujo del animal respectivo. Papel tras papel hasta estar casi repleto.
—Hiccup esto es espléndido. —y la sonrisa en su rostro no decía menos que eso —Has decidido por fin estudiar Naturaleza. —afirmó.
El muchacho dio una negativa, corrigiendo: —He podido por fin estudiar Naturaleza.
La rubia se mordió la lengua.
—Lo siento —murmuró, pero él volvió a negar con la cabeza.
—No ha sido una escuela, ciertamente. —continuó explicando, como si realmente no estuviera ofendido —Se trata de una pequeña casa de estudio cerca de aquí, al final de cada semana, y casi todas mi anotaciones se tratan de análisis y ensayos pre-investigados por personas antes de mi, pero supongo que es suficiente para el futuro.
Astrid volvió a sonreír y se sentó a su lado, en una silla disponible de metal algo gastado.
—Eso es maravilloso. —halagó —Estoy muy orgullosa de ti, Hiccup.
—Sí, algo así —asintió en respuesta, tratando de no sonrojarse. Reclinó su cuerpo sobre la silla, jugando con ambos pies debajo de la mesa —¿Y qué me dices tú, eh? ¿Estás preparada para ser una duquesa ahora?
La sonrisa de la joven se tensó ante aquella pregunta.
—¡Ja! ¿A qué te refieres? —bufó, haciendo un esfuerzo por disimular —Nací preparada para ello.
Hiccup dio una risotada sarcástica, entornando los ojos.
—Ajá, sí, lo dice la señorita: —dio un carraspeo, agitando su cabello castaño en un pobre intento de imitarla a ella —No quiero estar a cargo de un palacio, encerrada por siempre y siguiendo los lineamientos absurdos de la sociedad.
Su falsa voz femenina la hizo reír.
—¡Yo no hablo así!
—Por supuesto que sí y eso decías, lo recuerdo bien.
Astrid negó con la cabeza entre risas y golpeó su hombro de forma brusca, casi haciendo que cayera de la silla.
—¡Auch! —la queja fue inmediata —Y recuerdo también que así dolía.
—Eres como un niño, Hiccup —burló con gracia.
El muchacho no agregó nada más y ambos se sumergieron en un cómodo silencio después de eso.
Se sentía como antes, como en los viejos tiempos.
O era así hasta que el reloj en la puerta sonó anunciando el fin de una hora más en el día e Hiccup soltó un pesado suspiro.
—Ese es el anuncio de que mi descanso ha culminado. —tomó los papeles sobre la mesa y trató de hacer una pila que, al menos, se viera decente —Tu padre me ha dado un permiso flexible para estudiar, pero ya debo volver al trabajo.
Astrid casi se pudo sentir melancólica por ello. Estaba divirtiéndose.
Ella también suspiró hondamente al colocarse de pie, ayudándolo con su desorden.
—Me preguntaba si... —dudó la chica un segundo.
—¿Sí?
La última hoja estuvo en la pila y él abrió un cajón del escritorio para guardarlos allí con extremo cuidado. Su mirada perezosa pasó del cajón a ella sólo una vez, no queriendo desconcentrarse.
—Si querrías reunirte conmigo para colocarnos al corriente de estos cuatro años.
Y hasta ahí llegó su concentración.
Parte de los papeles quedaron en el suelo y otra parte en sus, ahora, temblorosas manos.
¿Estaba ella proponiéndole una fuga, como en su adolescencia?
Tragó saliva —Eh, ah, sí, por supuesto, sí, pero ¿a-a qué te refieres exactamente?
Astrid colocó uno de sus cabellos rubios detrás de la oreja, siendo su propio acto de nervios.
—A charlar... —dio respuesta —como antes, claro. —agregó. —¿Te apetece?
¡Ah-ha! ¡Sí! Dios sabía que sí. A él le apetecería cualquier asunto que la involucrara a ella, obviamente.
—Sí, sí. —notó que sonaba muy ansioso y sintió la necesidad de modular la voz: —Quiero decir, sería un placer.
La joven sonrió —Bien, nos veremos más tarde y, mmm, no toques fuerte la puerta. —acotó.
Hiccup hizo un saludo militar gracioso y ella le dio la espalda, dispuesta a marcharse.
Entonces a él le surgió una duda en el fondo de su cabeza y, simplemente, no pudo controlar su boca.
—¿Deseas que le diga a Thomas?
Hubo silencio un segundo. Ella no volvió su cuerpo al contestar.
—Por supuesto, si es lo que él gusta puede ir también. —le dijo, ¿en un tono de desilusión?, y se retiró sin más.
El resto del día se fue en trabajo y ocupaciones para el muchacho.
—¿Ya vas a dormir? —le preguntó un confundido Thomas desde la sala.
Apenas marcaban las seis y su amigo quería encerrarse en su habitación.
Inusual.
—Es que ha sido un día pesado —se excusó Hiccup, formando un falso, oh, muy falso bostezo.
El otro joven entrecerró los ojos —Jamás te quejas de los días pesados.
Y, además, Hiccup había echo sus deberes el doble dee rápido de lo normal.
—Pero hoy ha sido aún más pesado, ¿si, Toothless?
El muchacho lo pensó un momento, tratando de hilar los cabos.
Al final terminó encogiéndose de hombros y desechando fríamente todo aquello. Para él también fue difícil.
—Bien, amargado, ten una buena noche. —accedió.
El castaño estaba cerca de abandonar la sala cuando se detuvo.
—¿Eh, Toothless? —este lo miró fijamente con una interrogante pintada en el rostro.
Debía decirle. Astrid había dicho que podía ir también y ellos eran buenos amigos. Los tres, desde siempre. Seguramente él querría saludarla y hablar con ella de igual manera.
Debía. Decirle. Ahora.
Aún así... él, ¡aaahg!, ¿por qué le había formulado esa tonta pregunta a Astrid? Sabía que, siendo sincero consigo, tenía la esperanza –muy en el fondo de sí mismo– en aquel momento de escuchar un no como respuesta por parte de ella.
Pero ella había dicho que sí.
Aunque, bueno, también lo había dudado un poco, ¿no?
Entonces...
—Hiccup, ¿qué sucede?
Entonces algunas veces es válido ser un tanto egoísta.
—Buenas noches. —completó, omitiendo la invitación sin una pizca de remordimiento. Toothless tendría otras oportunidades para hablar con Astrid.
Thomas frunció el ceño, claramente sin entender nada.
—No lo sé, pero hoy estás extraño.
Hiccup se encogió de hombros —También me siento mal del estómago.
—De ser así deberías visitar a un doctor. —sugirió el pelinegro, ahora luciendo preocupado.
Hiccup en serio debería tener remordimiento.
—Lo haré, amigo.
¿Cómo podía dormir por las noches?
::: ».« :::
Un toque muy quedo en la puerta hizo que Astrid pasara sus manos entre su cabello, tratando de arreglarlo. Cargaba un vestido sencillo en color ceniza del cual comenzaba a dudar, tal vez no sería el adecuado para...
¿Qué estaba pensando?
Hiccup estaba allá afuera, expuesto y esperándola. No había tiempo para hacer tonterías.
Además ella no estaba intentando verse linda para nadie.
No.
Jamás.
¿Quién hacía eso?
Abrió la puerta y tomó las solapas en el uniforme formal del joven, atrayendo su cuerpo hasta que estuvo seguro dentro de la habitación y cerrando fuerte después.
—¡Vaya! Fue más sencillo de lo que creí —susurró la fémina, casi exaltada.
Hiccup agregó un monosílabo amortiguado, demasiado embelesado con su bonito cabello suelto y rostro de porcelana enmarcado como para pensar en algo coherente.
Ella debió liberarse el cabello hace mucho, mucho tiempo.
Entonces Astrid lo golpeó y la burbuja se rompió ante el repentino ataque de dolor.
—¡Auch! ¿Y por qué fue eso?
Sonreía con suficiencia cuando contestó: —Lo extrañaba.
Él colocó los ojos en blanco.
—Oh, fantástico, Astrid. —murmuró, irónico —Esa precisamente es la parte que yo más echaba de menos también.
La rubia se rió un poco y se dejó caer sentada en la orilla de la cama, invitándolo mudamente a hacer lo mismo.
Hiccup tragó pesado, pero la imitó rápido.
—¿Y Toothless? —preguntó ella.
De inmediato el castaño se puso nervioso.
—Ah, bueno, él...
—¿No pudo venir?
Y viéndola así, con sus azules ojos bañados de inocencia, Hiccup no pudo o no quiso mentir.
—No, él, él seguramente sí habría venido.
¿Habría?
Astrid ladeó la cabeza con confusión.
—¿Qué quieres decir? ¿Pudo o no venir?
—Yo...
—¿O nos alcanza más tarde?
Hiccup frunció el ceño con ligereza, casi mareado —No, Astrid yo no le dije. —soltó sin respirar.
Oh.
—¿Y por qué no lo hiciste? —la rubia parecía tranquila mientras acortaba un poco las distancias.
—Porque quería, ¡quiero!, quiero que s-sólo seamos tú y yo.
Transcurrieron algunos minutos en los que ninguno de los dos dijo otra cosa.
Hiccup no la miraba a los ojos, temía que si lo hacía seguiría hablando demás, pero, tal vez, de haberlo hecho habría notado la sonrisita en el rostro de ella.
Después de un momento más, él comenzó a desesperarse.
—¡Pero si deseas podría ir a buscarlo y...!
—No. —lo interrumpió suavemente —No, esta bien, me gusta sólo tú y yo.
De nuevo el silencio se hizo presente.
¿Cómo tendría que responderle ahora?
No pudo hacer nada más que dirigirle una mirada penetrante y Astrid pudo sentir el como atrevasó su alma a través de ello. Metafóricamente hablando, por supuesto.
De pronto todo se hizo rápido.
Había una distancia de al menos medio metro entre ellos en un segundo y, al siguiente, se habían tomado de las manos.
Hubo decisión y fiereza en los ojos verdes y azules respectivamente.
Hiccup se inclinó un poco, gustoso de acortar toda distancia –por más pequeña que fuera– y saber por fin a que sabían sus labios. Astrid no parecía replicar ante aquello, de hecho había cerrado los ojos con disposición.
Estaban tan cerca...
Toc. Toc.
El toque suave de la puerta, abruptamente, los sobresaltó.
—Disculpe, Lady Hofferson, pero debo hacer una revisión. —se escuchó la voz amortiguada con acento francés de la criada.
Astrid se levantó de un brinco, tan rápido como pudo hacerlo, y jaloneó a Hiccup con ella, este último cayendo torpemente cuando uno de sus pies se enredó entre las pulcras sábanas.
El ruido sordo que ocasionó el impacto del rostro masculino y el suelo incluso salió de la habitación.
—¿Señorita?, ¿esta usted bien? —insistió la muchacha, sonando asustada.
La rubia abrió el guardarropa de madera en la esquina del lugar.
—Sí, sí.
Empujó sin cuidado alguno a Hiccup allí dentro, cual costal de papas.
—¿Me permite pasar, entonces?
Y volvió a tender las sábanas para que, tan siquiera, luciera presentable antes de darle paso a la empleada.
—Disculpe, Lady Hofferson, es obligatoria la revisión. —se dispensó la tímida chica, entrando al lugar que seguía pareciendo un desastre.
La rubia negó con la cabeza, sin demostrar inmutación alguna pese a que su cabello se veía como un nido de pájaros.
—No se preocupe —descartó indiferentemente.
Mantuvo su mirada fija en las acciones de la criada, quien sólo dio un vistazo muy apenas alrededor y cerró la ventana, seguramente, a pedido de su un tanto obsesivo padre.
El castaño estuvo en completo silencio hasta que la empleada se marchó y Astrid abrió las puertas del armario de nuevo.
—¡Oh, vaya, creí que me haría anciano allí! —exclamó él, siendo sarcástico, dramático y... muy Hiccup.
Ella entornó los ojos con una sonrisa divertida en los labios.
—Sabias desde antes en lo que te estabas metiendo. —acotó, mientras trataba de recolectar el enredo de sábanas.
El muchacho se acercó para ayudarle, refunfuñando entre dientes un "Mmju, claro" que sonó quedo.
Hubo una ligera incomodidad flotando en el ambiente después.
Hiccup carraspeó, indeciso. ¿Debía decir algo? Ahora todo se sentía raro.
Cansado de esa situación, balbuceó un: —¿Y-y qué tal fue Italia? —que desvió rápidamente los pensamientos de la chica.
—¡Ah, Hiccup, fue increíble! —y, con la emoción, conectó su puño con el pecho masculino de forma brusca —Hay tanto que ver y conocer.
Él iba a quejarse, decirle con un gruñido que habían otras formas de expresar su alegría además de golpearlo como si su vida se fuese en ello, reclamarle, pero entonces vio el brillo intenso inundando su mirada y calló.
Era la primera vez que la veía tan feliz por algo.
Se sintió tan emocionado como ella cuando la escuchó describir Italia y sus colores, la ropa, las personas, las costumbres, el arte y... todo.
Aunque no siempre fue bueno, por supuesto.
—...Y el muy cretino ebrio quería tomarme a la fuerza, ¿puedes creerlo?
No, él no podía creerlo. Más que celos atinó a sentir una gran molestia ante la anécdota.
Luego volvió a emocionarse en cuanto Astrid dijo que lo había pateado tan fuerte en la entrepierna que, aún a un año de eso, seguramente le seguiría doliendo.
Rió como nunca al oírle atinar algo gracioso sobre una chica que conoció allá y estuvo orgulloso de ella al imaginársela como una de las pocas mujeres de Europa leyendo y estudiando.
—Vaya, todo eso suena como una gran aventura.
Astrid suspiró y se dejó caer en la cama a su lado, sonriendo.
—Lo fue. —determinó —Un día debes ir a Italia, de verdad, Hiccup.
La sonrisa del castaño se tensó un segundo mientras se colocaba de pie.
Ja, claro. Él ir a Italia...
Jugueteó con un adornillo de porcelana en la mesa de la muchacha —Sí, un día lo haré. —fue lo que pudo decir con voz amortiguada.
Astrid mordió su labio inferior, sabiendo que había sido imprudente. Nunca fue buena con las palabras, pero aquello no justificaba su imposible insinuación.
En el pasado "¡Haddock!" había sido un apellido importante entre la sociedad alta, pero el abuelo de Hiccup –de nombre ya olvidado por Astrid– se había encargado con alcohol y mujerzuelas de tirar a la basura todo eso.
Y de que los bolsillos quedaran vacíos de dinero, también.
Dada la ascendiente quiebra de los Haddock el padre de Hiccup, convencido de querer darle una mejor oportunidad a su hijo, trabajó duro durante su vida entera para mantener, al menos, sus estudios –algo muy difícil para una familia en ruinas. Pero Stoick había sufrido un infarto cuando el muchacho alcanzaba los quince años, dejándolo desprotegido y solo, y el duque, al ver la obstinación del adolescente por no dejarse vencer ante aquellas circunstancias, le había contratado desde entonces allí, en el palacio, junto a Thomas.
Eso no fue suficiente para que él pudiera seguir estudiando en su momento, sin embargo, y Astrid suponía –y suponía bien– que si Hiccup se estaba educando ahora sólo se debía a la influencia de la herencia que su padre había concedido para su mayoría de edad. Todos los ahorros de Stoick Haddock invertidos allí: En una pequeña casa de estudios de Laishevo.
Stoick estaría orgulloso, Astrid lo conoció lo suficiente para saberlo.
Y conocía a Hiccup, también.
Tenía entendido que él, pese a todo, no estaba del todo conforme con ello, su amigo siempre había querido –siempre, incluso de niño– viajes y hacer sus propias investigaciones que, con el tiempo, se definieron claramente como investigaciones hacia la naturaleza y los animales que le rodeaban.
Curiosidad por el mundo y lo que había en el.
Un tipo de curiosidad que sólo podía ser saciada con dinero y, a pesar de que la profesión por la que Hiccup había optado era buena, con suerte llegaría a alcanzar la clase media.
Seguiría siendo insuficiente para salir del país.
Ambos lo sabían.
Todo palacio lo sabía, de hecho.
Astrid recuerda su joven rostro pecoso lleno de anhelo por esos sueños antes de que ella tuviera que irse. Tanto como lo estaba ahora mismo, de hecho.
Haría lo que fuera por quitarle de una vez por todas la melancolía, que siempre acompañaba a ese anhelo, de sus ojos.
Tal vez impulsada por ello, quizá por otra cosa, la rubia se levantó de su lugar y acortó la distancia.
—Oye... —lo llamó, una expresión comprensiva en su rostro y su mano derecha posada bajo el mentón masculino, haciendo que la viera a ella —no piensas darte por vencido con eso, ¿o si?
Hiccup sonrió tristemente. Sabía con exactitud de lo que su amiga hablaba.
—¿Tal vez?
—Hiccup. —lo reprendió, aún sonando suave —Eres el chico más cabeza dura que conozco, ¿en serio piensas rendirte? ¿Tú?
Algo como una risita ronca, que no se oía realmente feliz, escapó de la garganta masculina. El tono confiado que ella utilizaba era un tanto halagador.
—Así que no tienes el dinero para viajar, bien, eso lo comprendo, pero quieres hacerlo. —continuó —Entonces, ¿qué harás al respecto?
Hiccup lo pensó un segundo y, contagiado de... de ¡ella! sonrió un poco más cuando llegó a una conclusión tonta.
—¡Bah! Con probabilidad algo estúpido. —gruñó, colocando los ojos en blanco.
La mirada de Astrid se inundó de pícara aprobación, e impulsada tan fuertemente como hace un rato, se colocó de puntillas en su lugar y atrapó los labios masculinos con los suyos propios en un corto, tierno beso.
Obviamente Hiccup ya no se veía melancólico ahora.
Ella lo había besado. A él. Ella lo había besado a él y ahora sonreía de forma coqueta. Para él.
Bien, Hiccup en serio tenía que dejar de balbucear mentalmente.
—Sé que no te he hablado de esto antes, pero... —comenzó a explicarse Astrid, algo nerviosa.
El castaño no le permitió terminar, sin embargo.
Él dirigía el beso desde ese momento y era... era bastante torpe, en realidad. Tanto como la rubia en sí misma, quien estaba en igualdad de nula experiencia con su compañero.
Aún así ambos lograron, de alguna manera, un ritmo placentero de jugueteo que terminó con un último picoteo de labios y el sonido de la campanada séptima desde afuera.
Hiccup se sorprendió, al cortar el beso, de ver las mejillas femeninas encendidas.
Jamás había notado en ella un sonrojo antes.
—Ya son las siete —balbeceó sin saber que hacer o decir o donde colocar sus manos.
¿Podría haber dicho algo más tonto que aquello?
—Sí, lo escuché también« —respondió ella, divertida.
Se percató de que Hiccup parecía exaltado, sí, pero también se veía nervioso e incómodo así que optó por distraerlo por ahora —»Sin embargo no nos hemos reunido aquí para hablar de la hora o sólo de mi, ¿verdad? ¿Qué me dices de ti?
—Ah, bien... —los hombros del muchacho se relajaron considerablemente y Astrid supo que eso estaba bien.
Ya habría tiempo después para hablar de ellos o de lo que ellos significaban, se convenció en cuanto él comenzó a contar anécdota tras anécdota del palacio.
O el como Thomas casi había muerto ahogado en una ocasión y, en esa misma situación, conoció a quien declara hasta hoy es el amor de su vida.
También se quejó sobre las cursilerías de su amigo pelinegro, desde luego y Astrid sonrió divertida ante los gestos imitadores tan característicos de Hiccup, diciendo que él siempre era el tercero en discordia.
Estuvo aliviada cuando, entre charla amistosa, le había aclarado que no estaba casado, un tema que ella tal vez olvidó antes con la emoción del momento. Él tuvo durante ese tiempo, en cambio, una corta y casi nula relación con una extranjera que fracasó prácticamente antes de iniciar.
Astrid en serio no debió sentirse tan feliz por ello.
Aquella noche transcurrió rápida, divertida y entrañable para los dos.
Tanto como los días que siguieron después, en los cuales lograron instalar, quizá de manera inconsciente, una rutina.
Desayuno, trabajo, almuerzo, obligaciones, cena, fines de semanas largos de estudios, más estudios y, cada noche sin falta alguna, dos clásicas horas de escape para los dos, haciendo todo y nada a la vez.
Eso hasta que un buen día de sol hubo algo diferente que inquietó a Thomas y rompió la rutina.
—¿Ha visto usted al Sr., Haddock? —preguntó a una criada, cargaba un papel entre sus enguantadas manos y arrastraba una expresión de angustia en el rostro.
La muchacha señaló con un dedo hacia el pasillo que conducía a la biblioteca.
—Me parece que lo he visto por allá, Joven Anderson. —dijo con suavidad.
Este asintió y con un leve —Gracias —de tono amable siguió el camino apuntado. No fue difícil encontrar a Hiccup limpiando la carrocería decorativa en aquel cuarto detrás de la biblioteca, sólo unos segundos más tarde.
—Ha llegado esta carta para ti —anunció apenas tocando el umbral de la puerta.
El castaño lo miró curioso.
—Buenos días a ti también, Toothless —bromeó.
Él le tendió el papel con insistencia y el rostro pecoso de su amigo se ensombreció al ver el colorido de la correspondencia.
La correspondencia amarilla.
Sólo podía tratarse, entonces, de una emergencia por parte de la única especie de familia que Hiccup tenía.
Abrió la carta presuroso y leyó parafraseando.
«Julio 07, 1633
Estimado Sr., Haddock:
Nos dirigimos a usted con la presente postal desde el hospital humanitario Buena Fe para informarle de la salud en decadencia de nuestro paciente Morózov Gobber, cuya residencia actual radica...»
Hiccup pasó sus ojos con frenesí por los datos menos importantes.
«Número 08» blah, blah, blah «Altamente peligroso» blah, blah, blah.
«Y, en visto a que usted es el único contacto de emergencia del Sr., Morózov, solicitamos su presencia inmediata en nuestras salas.
Gracias por su atención.
Director del hospital humanitario Buena Fe: Demetrio Warren.»
De acuerdo, estaba preocupado ahora.
Dobló la carta distraídamente y la guardó entre sus bolsillos de hilo.
—Gobber esta enfermo. —le dijo al preocupado Thomas, con su propio tono de angustia llenándole la voz —Debo ir y, mmm...
—Amigo, comprendo. —interrumpió el pelinegro, tratando de infundirle confianza —Habla con el duque Hofferson y haz lo que tengas que hacer, yo te cubriré mientras tanto.
El muchacho asintió y se acercó para darle unas cuantas palmadas suaves en la espalda.
Correspondiendo al abrazo, Thomas agregó un: —Ten mucho cuidado, Hiccup. —que fue conmovedor para el castaño.
—Lo tendré. —respondió —Gracias, amigo.
Para la media tarde de ese mismo día Hiccup se hallaba preparando la silla de su caballo en los establos, con la autorización del duque confirmada y la preocupación quemándole la garganta.
Examinó superficialmente la bolsa que llevaba consigo.
Algunas monedas de plata en caso de presentarse un pago extra, bien.
¿Comida para la estadía? Desde luego.
Dos o tres cambios de ropa, sólo por seguridad.
Y... había algo más, ¿qué era?
Pensó en ello durante unos segundos de meditación vaga hasta que brotó en su mente de forma abrupta.
Iba a regresar sobre sus pasos para buscar lo que olvidó cuando vio a Astrid entrar al estadio, con seriedad en el rostro y bolsa de papel en la mano.
—Siempre los olvidabas en la cocina —fue lo que ella dijo mientras le tendía los analgésicos.
De niño Hiccup había tenido constantes ataques de asma durante las noches frías.
Su padre siempre estuvo ahí para atenderlo hasta que, un día propio de su pre-adolescencia, notó que ya no necesitaba el tratamiento porque su último ataque había sido ya hacía mucho.
Los doctores le recomendaban aún llevarlos consigo, sin embargo. E Hiccup los conservaba como un nostálgico recuerdo de su padre más que cualquier otra cosa.
Tomó los analgésicos con delicadeza, sonriendo.
—Te lo agradezco.
—¿De qué? —Astrid se encogió de hombros, correspondiendo su sonrisa.
De pronto él sintió la necesidad de explicarse.
—Pensaba despedirme en la mañana, pero estabas con tu instructor y no quise ser una molestia.
Astrid negó ligeramente con la cabeza, frunciendo el entrecejo.
—Esta bien. —le dijo —Comprendo tu emergencia.
Sí, de seguro Thomas le había comentado a ella lo sucedido.
Hiccup soltó un largo suspiro despacio ante aquello.
Astrid siempre había sido comprensiva con respecto a sus necesidades, siempre.
—Nos veremos en cinco días, a más tardar; —informó, sonando serio —el viaje a Relicta es de sólo algunas horas, pero debo asegurarme allá de la salud de Gobber y no sé exactamente cuanto tiempo tome eso.
La rubia contuvo la respiración un segundo.
No quería demostrarlo, pero se encontraba preocupada por ese viaje, cual corazonada que la asfixiaba de alguna manera y...
¿Qué estaba pensando? ¡Esas eran tonterías!
Hiccup estaría bien y regresaría a salvo en algunos días, tal como él mismo lo había dicho.
Sí, sí, así sería, se convenció, no pasaría nada.
Entonces, en lugar de manifestar palabras tontas al aire, exclamó: —¡Envíale mis saludos a Gobber!
El joven asintió antes de empacar los analgésicos en la bolsa.
—Así lo haré.
—Y, mmm, ¿Hiccup?« —lo llamó.
Él, distraídamente, musitó un "¿Sí?" mientras hacía una última revisión a las cosas.
Astrid tomó ventaja de esa misma distracción para acortar las distancias sin ser vista y, cuando el muchacho volvió su cuerpo, le dio un corto e inocente beso en los labios —»Vuelve pronto. —susurró.
Hiccup sonrió bobalicón.
—Ahora volveré más pronto. —bromeó, notando la expresión femenina de picardía después.
Finalmente subió al caballo y, con una última seña de despedida muy vaga, marchó.
El camino fue algo tortuoso y lento considerando las preocupaciones del castaño que, impaciente, llegó al pueblo vecino antes del anochecer.
Relicta era tan pequeño que el número de habitantes se contaría con la mente sin perder el hilo, habían muy pocas casas y apenas tres manzanas alrededor de una plaza.
Hiccup podría sentirse asfixiado allí con facilidad así que, para evitar los pensamientos absorbentes sobre su diario vivir de encierro, galopó rápido hacia el único hospital del lugar.
Buena Fe no tenía un recibidor en forma y las curanderas trotaban de un lado a otro con sus pañoletas blancas cubriéndoles las cabezas, habían doctores también y, sobre todo ello, habían muchos, muchos pacientes.
Él se acercó a un sujeto que parecía simplemente caminar entre la multitud de personas contagiadas, con una hebilla metálica en su pecho que enunciaba el nombre de "Ivanov P." y el cabello encanecido.
—Buenas tardes... —titubeó —¿Dr., Ivanov?
El hombre lo miró con la intriga pintando sus ojos negros.
—Eh, buenas tardes, joven. —extendió su mano con educación, la cual Hiccup estrechó amablemente —¿Puedo ayudarlo en algo?
—Puede, —le afirmó —¿sabe usted algo respecto al paciente Morózov Gobber? Mi nombre es Hiccup Haddock y he recibido una postal con información sobre su grave salud —dicho aquello, como si quisiera probarlo, el muchacho desenvolvió la carta de su bolsillo para tenderla hacia el doctor, quien la recibió sin dudar.
Pasados algunos segundos el encanecido suspiró y asintió con lentitud.
La preocupación en el castaño creció considerablemente ante ello.
—Sí, es mi paciente, de hecho —confirmó Ivanov, siendo escueto.
—¿Es posible saber como se encuentra?
El doctor notó la angustia en la voz del joven. Pensó que tal vez se trataba de un amoroso hijo que intentaba saber algo de su padre.
Soltó un disimulado bufido.
—Sí, por supuesto. —asintió —Sígame.
La caminata no fue nada larga desde ahí hasta la última habitación del lugar, la cual estaba fabricada con madera muy fina y tenía tres pacientes dentro.
En la cama del centro estaba Gobber, discutiendo con una curandera.
—Ya le dije, señorita, que no necesito ninguna dieta... —le decía, refunfuñón y acelerado y aparentemente... ¿sano?
Hiccup no tardó en aproximarse.
La señorita seguía intentando convencer al testarudo paciente cuando el doctor Ivanov le dio permiso para que se retirara, sólo por amabilidad.
Ella se marchó y, sólo hasta entonces, Gobber pareció notar la presencia del castaño allí.
—¡Hey, pequeño pescado parlanchín! —gritó, sonriendo.
El doctor frunció el ceño, extrañado ante semejante apodo.
—Pero miren nada más a ese zoquete de manos cortas —respondió Hiccup igual de sarcástico y burlón.
Ivanov apretó los labios esta vez y, sintiéndose extraño entre el ambiente de esos dos, se apartó un poco.
—¡Oye! —reprochó el mayor —Es sólo una mano y te recuerdo que esa mano vuelve locas a las damas.
Hiccup giró los ojos —Claro, sí, nada más atractivo que una prótesis, ¿no es así?
Gobber arqueó una ceja, aún sonriendo.
—Así es. —afirmó, algo pretencioso —Si tuvieras una prótesis lo sabrías.
—¡No, gracias! —rió el castaño un poco.
Gobber siempre sería el mismo, siempre.
Después de una pausa, su amigo preguntó: —Por cierto, niño, ¿qué haces aquí?
Tornando su semblante un poco más serio, el muchacho dio un carraspeo.
—Me han informado que estás mal de salud, ¿es eso cierto?
Gobber se hundió dramáticamente en la cama, suspirando pesado y sonoro.
—¿Qué pasa? ¿Acaso un hombre no puede morir en paz? —gritó.
Hiccup se escandalizó y abrió los ojos a más no poder. Su piel súbitamente pálida.
—¡¿Quieres decir que tú...?!
—Nah, sólo bromeaba —interrumpió el mayor, ganando una mirada de reproche por parte del castaño.
—¿Entonces no estás...?
—Nop.
—¿...muriendo?
—Nop.
—¡Gobber!
—¿Qué? —fingió desinterés —Tampoco sé porque estás aquí, muchacho y no es que me queje de la visita.
Hiccup soltó un suspiro rendido, sobándose las sienes.
El estrés no era bueno. El estrés no era bueno.
—Ya te lo he dicho, me llegó un informe donde decía que estabas muy mal y que debía venir urgentemente. —explicó lo más paciente que pudo.
Gobber arqueó una ceja en una expresión que gritaba sarcasmo por todas partes.
—Niño, así son en este hospital. Yo estoy bien.
—¿Ah, sí? Entonces, ¿por qué...? —un carraspeo nada discreto lo interrumpió.
El doctor, que hasta el momento se había mantenido al margen, se acercó a ambos hombres. La culpabilidad siendo muy obvia en su rostro.
—Lo que el paciente dice es cierto —dijo en un tono avergonzado. Gobber cargaba una mirada en sus ojos que decía "¿Lo ves?" cuando Hiccup lo miró de soslayo. —Él esta bastante bien.
El castaño frunció el ceño.
Él había estado preocupado, él había hecho un viaje de tres horas, él había dejado el trabajo... ¿y su amigo no tenía nada? ¿Estaba bastante bien?
¿Pero qué...?
—¿Podría saber por qué esta en el hospital, de ser así? —preguntó primero, tratando de modular sus ideas tanto como su tono.
El doctor chasqueó la lengua, en apariencia tan enfadado como él.
—El director Warren debió equivocarse de nuevo —divagó para sí mismo y, con voz alta y firme, explicó: —El Sr., Morózov tiene diagnósticado un virus menor debido a las lluvias que le concederá un alta el día de mañana, la carta no debió enviarse a usted, seguramente hubo una confusión con algún paciente de gravedad.
Hiccup tragó pesado.
—¿Cometen estas equivocaciones a menudo? —preguntó con desdén; sarcástico y enojado.
El sonrojo en las mejillas del anciano doctor le dio respuesta suficiente.
Aquella oportunidad le permitió, al menos, pasar un tiempo de calidad con quien había sido como su padre por tantos años y fue... fue muy agradable, de hecho.
Siendo que fueron dos lunas las que pasó en ese asfixiante pueblo junto a Gobber, decidió volver a Laishevo esa tarde del jueves.
—Ten. —el rubio le tendió una canasta de frutas, ambos de pie a la salida del pueblo —Espero verte de nuevo antes de que muera, niño.
Hiccup giró los ojos y sonrió divertido.
—Eres un exagerado, —obvió —pero sí regresaré pronto.
—Eso espero, pequeño pescado.
Unas cuantas palmadas en la espalda después e Hiccup ya estaba montado sobre su caballo, listo para irse.
Había sido una despedida muy vaga. Ambos tenían la seguridad de que volverían a verse en cuestión de un parpadeo, eran muy unidos.
Después de todo uno significaba un padre y el otro un hijo.
Así que, con aquello en mente, el joven emprendió su camino de vuelta. Hacía algo de calor y no tardaría en anochecer, pero eso no era cosa que le preocupara al muchacho.
¿Qué podría suceder durante tres horas de viaje aburrido?
::: ».« :::
—Lady Hofferson, la idea es suavizar la masa. —repetía el cocinero, un sujeto alto y de delgado, muy delgado cuerpo —No masacrarla.
Astrid dejó caer la fulana masa de maíz en el tazón, tan enojada como frustrada.
—¡Bah, no funciona! —se quejó, sonando bastante impropia.
El cocinero abrió la boca, más que preparado para dar su crítica, y, una mirada azul envenenada después, cerró de nuevo la boca.
Esa chica intimidaba.
Y era una chica.
Una chica de que no pasaba los veinte años.
En realidad se trataba de algo bastante humillante.
Miró al duque con la súplica pintada en sus ojos y se sintió aliviado cuando este le hizo una seña que, carente de rodeos, le exigía que se retirara.
Una vez padre e hija solos, ella dio un largo resoplido.
—Sí, padre. Ya sé que debo aprender a cocinar para "atender a mi marido en el futuro" y todo eso, —se anticipó a decir, fastidiada, molesta y asqueada ante aquella idea —pero no me sale, ¿de acuerdo?
El mayor se inclinó sobre la mesa de cocina cómodamente, sin perder su expresión de sosiego.
—¿Por qué no sólo lo admites? —preguntó, sorprendiendo a Astrid.
Ella esperaba una reprimenda inminente, pero, en cambio, su padre lucía muy tranquilo, casi relajado, mientras jugueteaba con el salero.
Humedeció sus labios secos y se apartó un mechón de cabello del rostro.
—No sé de que hablas, papá —fingió ignorancia.
El duque arqueó una ceja.
—Sí, lo sabes —compuso —y no es malo echar de menos a alguien, cariño.
Aquello fue como un detonante para Astrid, quien estalló en ese momento.
—Yo no echo de menos a ese... a ese... ¡mentiroso! —gritó con cólera —¿Por qué ha de extrañar a un hombre que me da su palabra de volver en cinco días y desaparece por un mes? ¡¿Por qué?!
—Veintidós días, amor. Han sido veintidós días.
—¡Es lo mismo! —golpeó el tazón frente a sí, viendo como este caía lejos y siendo testigo del desastre de masa que quedó después.
¡Ahora había un desastre allí que tendría que limpiar! Es que...
—¡Dem...! —se detuvo a mitad de la palabra tan majadera que iba a salir de su boca, conteniéndose.
No era propio de una dama hablar así, eso lo había aprendido en Italia, pero ¡¿a quién carajos le importaban las propiedades y educación italiana cuando su mejor amigo - aspirante a algo más que eso - perduraba tanto tiempo fuera sin explicar, sin enviar cartas, en un momento en el que, se supone, debía volver en pocos días?!
Decir que estaba preocupada era poco, ella se encontraba angustiada.
Y de acuerdo, ¡sí!, ¡joder, sí, lo echaba de menos! Aunque no se daba por enterada del porque le costaba tanto admitirlo.
Soltó un largo suspiro y se encogió sobre sí misma.
—¿Qué tal si le sucedió algo malo? —preguntó a su silencioso padre.
De pronto toda la ira pasando a un segundo plano para abrirle paso a la melancolía que había estado guardando.
El hombre negó con la cabeza, aparentando estar confiado.
—Recuerda que el Sr., Morózov tenía una salud decadente, quizás el Joven Haddock consideró necesario quedarse —dijo.
Aunque, si era sincero consigo mismo, él también estaba preocupado. A Hiccup le había tomado cariño desde que, al fallecer su padre, demostró tener un alma de guerrero para seguir en pie y adelante.
Él había visto a ese niño crecer y ahora...
Tomó la mano de la chica y besó su mejilla dulcemente —Ya verás que volverá pronto, de seguro con una gran explicación —musitó.
Ahora no quería preocupar más a su pequeña hija.
—Eso espero, yo...
Como si hubiese sido invocado de alguna manera por ellos, fuera de la mansión se escuchó un constante toco-toco característico de las pisadas de un caballo que hizo a la chica interrumpirse a sí misma.
Astrid corrió la cortina y lo vio.
—¿Es...? —su padre se acercó también —¡Oh! —sonrió, pícaro —Mira nada más.
La muchacha pudo observar también unos cuantos minutos después que, junto a él, casi corriendo, acudió Thomas.
—¡Amigo! —gritoneó el pelinegro, saliendo del palacio. —Hey, ¿qué sucedió?
Hiccup bajó del caballo lentamente. Tenía la ropa hecha un desastre, el cabello cual nido de pájaros e incluso la piel un tanto más bronceada.
Estando cerca Thomas además notó unas muy tenues bolsas negras debajo de sus ojos.
—Hiccup, ¿estás bien?, ¿sucedió algo? —volvió a insistir.
Como respuesta el castaño lo estrechó con fuerza entre sus brazos. No eran palmadas, tampoco escuetos golpecitos en el hombro. Él de verdad se sentía necesitado y desesperado y... ¿melancólico?
Le devolvió el gesto con la misma firmeza de inmediato.
—En serio estoy preocupado, amigo. —determinó, afianzando el agarre —Estuviste fuera mucho tiempo, salí...«
Hiccup cortó el abrazo, aún sin mirarlo a los ojos, callado y torciendo los labios.
—...»salí a buscarte, pero el camino estaba vacío, Gobber me dijo que sólo habías estado en Relicta dos días y medio. —reclamó casi al borde de la histeria —¡Estaba a punto de colocar un cartel, Hiccup! ¿Entiendes lo preocupados que estábamos aquí, todos nosotros?
El muchacho dio un asentimiento ausente.
—Lo sé. —respondió. Thomas frunció el ceño ante lo ronca que se escuchó su voz —Lo siento, mmm, de verdad lo siento.
—¿Es todo lo que dirás? ¡¿Lo sientes?!
Hiccup finalmente lo miró a los ojos en todo ese rato. Su aspecto era el de un hombre abatido.
—También tengo mucha hambre. —dijo.
De acuerdo, él podía comprender eso.
El pelinegro decidió, al acompañar a su amigo hacia el interior de la mansión, que le daría un poco de tiempo debido a su estado deplorable, pero Haddock no escaparía del interrogatorio por siempre.
Habían manzanas, asado de pato, pan al horno, ensalada de papas, arroz blanco, vino, un tazón de agua, postre de almendras y muchos, muchos frijoles sobre el mesón y, entre ello, Thomas no podía quitar sus ojos de encima de Hiccup, mientras este devoraba todo cual animal.
Aquellos olores deliciosos que desprendían los alimentos no eran distracción suficiente porque...
Porque, ¡Jesús! Toothless nunca, nunca, ¡jamás!, había visto a su amigo –su amigo de toda la vida, casi hermano– comer de ese modo tan... tan... ¡tan animal!
Así que, repentinamente, estalló: —¡¿Puedo saber que esta sucediendo, Hiccup?! Dijiste que tardarías de tres a cinco días en Relicta, pero desapareciste casi un mes, ¡casi un mes!« —se levantó de su lugar, agitado.
Hiccup no había parado de comer durante todo el griterío y tampoco tenía un mínimo rastro de intención en sí de querer hacerlo, de hecho.
—»Llegas aquí y actúas raro. —bufó —¡Más raro de lo normal! Y no sé que pasa, pero, amigo, en serio, en serio me estás asustando.
El castaño alzó una mano hacia el frente, llevando un pedazo de pan a sus labios y tragándolo.
Un sorbo de agua después y un carraspeo para poder hablar.
—Sí, fui a Relicta y estuve allá dos días. —comió un trozo de manzana —Venía de regreso cuando mi caballo se lastimó la pata y...«
El pelinegro se sentó de nuevo, observando algo perturbado como su amigo parecía querer engullir incluso la madera de la mesa.
—»...no pude seguir galopando, como entenderás, y decidí recorrer el resto a pie...« —se calló, su mano suspendida en el aire con algo de pato entre los dedos, pensando en el que diría.
Hasta el momento lo que llevaba relatando era una irrefutable verdad, pero no podría seguir manteniéndolo así.
Thomas parecía querer decir algo como "¿Y luego qué?" con la mirada.
Masticó el delicioso pato asado y tragó, diciendo: —...»y luego u-nos asaltadores, ¡sí!, asaltadores llegaron y m-me atacaron. —Toothless torció el gesto con preocupación. —¡Nada de gravedad!, —se apresuró a aclarar —pero sí que lograron dejarme inconsciente y una anciana me dio refugio hasta que mi caballo y yo estuvimos bien.
Una verdad a medias era mejor que una mentira de lleno, ¿no?
Esperó pacientemente la respuesta, reacción, gesto o, ¡lo que sea!, de parte del pelinegro, pero, al final, este sólo se reclinó hacia atrás en su asiento, dejando caer los brazos a los costados y suspirando con exageración.
—Hermano yo creí que, ¡bueno!, que había sido algo peor —exclamó.
Disimuladamente Hiccup soltó el aire contenido.
—N-no, ya... ya ves que no.
—Ya veo, sí —asintió, asumiendo luego que su amigo habría pasado un hambre feroz todo ese tiempo como para tener ese apetito tan... voraz —¿Sabes quien estaba preocupada por ti también?
—¿Qué? ¿Quién?
Ahora Thomas había cambiado de forma abrupta su expresión de reclamo por una ceja arqueada, junto a una sonrisa burlona, que a Hiccup se le antojó molesta.
¿Por qué había preguntado?
Se reclinó sobre la mesa y prefirió seguir engullendo sus alimentos.
—Astrid. —canturreó el pelinegro, para desgracia del otro —Estuvo como loca todos estos días, deberías ir a hablar con ella.
El castaño sólo asintió, bebiendo del agua para digerir.
Cinco minutos bastaron para que Hiccup acabara con la comida y se colocara en pie mientras se limpiaba las manos.
—Debo hablar con el duque Hofferson —dijo.
Toothless sonrió animadamente.
—Te acompaño.
Antes de que ambos llegaran al despacho del dueño del palacio una rubiecilla se topó con ellos en el camino.
—¡Hey, Hofferson! —saludó el pelinegro, agitando su mano como un crío.
Astrid le devolvió el saludo sin despegar su mirada de Haddock.
—¿Todo bien, Hiccup? —fue todo lo que preguntó, unos minutos después, con seriedad marcada.
Verde y azul chocaron en ese momento, pero él no dijo nada en absoluto.
Hiccup se veía... deplorable.
Astrid se sintió muy confundida, un poco más enojada y considerablemente menos preocupada. Muchas preguntas pasando por su mente. Tan pocas respuestas.
Más bien, ninguna. Ninguna respuesta.
—¿Qué pasa, amigo? —preguntó Thomas, interrumpiendo el contacto visual de ambos. Una estaba hecha un embrollo de emociones, el otro no estaba demasiado lejos de eso, también —¿No vas a decirle?
—Decirme... ¿qué? —su voz femenina sonando peligrosa.
Hiccup rehuía de su mirada.
—¡Ah, pues, al muy tonto de nuestro amigo... —comenzó a contar Toothless, lo suficientemente distraído como para no notar la tensión —...lo atacaron para asaltarlo en el camino y tuvo que quedarse con una abuelita hasta que estuvo mejor para volver!
—Sí, sí. —afirmó de forma torpe el castaño —Así fue.
Astrid arqueó una ceja, obviamente sin creer en esa excusa, pero antes de poder decir algo Hiccup soltó un incómodo carraspeo.
—Y, si me disculpa, Lady Hofferson, tengo un asunto que atender. —retirándose después con presura.
Parecía nervioso, pero seguro en cuanto se marchó.
Thomas y Astrid sólo se quedaron allí, uno junto al otro, sin decir cosa alguna.
¿Qué diría ella en caso de querer hacerlo, de cualquier modo?
Hiccup actuó extraño, mucho más extraño de lo que era normal en... ¡bueno!, en Hiccup y la rubia no había sabido que decir ese día.
No supo que decir los días siguientes a ese, tampoco, cuando él pasó de "actuar extraño" a "ser una fría, y aún más extraña, roca"
Era una situación desesperante, en realidad.
Él actuaba como si ella le quemara, como si la presencia de ella le quemara, rehuyendo con palabras torpes cada que coincidían en alguna parte, diciendo que debía estudiar a modo de excusa para ya no acudir a sus charlas.
¡Y desde luego que Astrid comprendía eso! Sí, claro que sí. Los estudios eran importantes para los dos, pero...
Pero ¡Dios! Lo que no podía concebir, ni de broma, era su mirada fría y trato indiferente, como en esas ocasiones en las que a Hiccup le asignaban reparar alguna cosa en un rincón de la mansión y la rubia estaba allí, en ese mismo rincón, recibiendo las clases con su instructor personal, y él simplemente postergaba su propio trabajo para no coincidir.
O como ahora, cuando Astrid entró a la biblioteca en busca de una enciclopedia global y lo encontró ahí, leyendo las viejas páginas de un libro al fondo del pasillo.
Dio un carraspeo para hacerse notar.
Hiccup la miró largamente desde su posición. Parecía haber algo diferente en sus ojos, tal como en todo lo demás. Ella lo había notado antes, por supuesto, él caminaba, hablaba y se comportaba diferente, pero no tenía muy claro exactamente de que forma.
Al final, con un llano —Buenas tardes —el castaño se retiró de allí, dirigiéndole esa estúpida mirada helada.
Así eran las cosas últimamente para ellos.
Astrid estaba frustrada, pero le dolía la cabeza y tenía suficientes responsabilidades por ahora.
Lo enfrentaría, sí, le exigiría una explicación... después. Cuando estuviera de humor para hacerlo.
Con ello en mente la rubia se adentró a la biblioteca y tomó la fulana enciclopedia, deteniéndose precisamente allí, en el fondo del pasillo.
Justo a unos pocos metros de donde estaba Hiccup.
De donde estaba Hiccup leyendo.
De donde estaba Hiccup leyendo ese libro que dejó en la repisa.
Miró de un lado a otro. No había nadie más cerca y el muchacho ya se había ido.
Sería tan sencillo...
Y en otras circunstancias, obviamente, Astrid no estaría violentando la privacidad de su amigo de esa forma. No, no, ¿por qué tendría que hacerlo?
Aunque ahora no se trataba de esas otras circunstancias, ¿verdad?
Dejó la pesada enciclopedia a un lado, yendo a por el fulano libro, esperanzada de encontrar respuesta al extraño comportamiento de su amigo.
Fue fácil identificar el que estaba torcido y desordenado en la pila.
"Ay, Hiccup"
Giró los ojos y se fijó en el título.
«Cuentos Tenebrosos»
"¿Ah?"
¿Por qué tendría Hiccup que leer algo así?
Estaba a punto de dejarlo en su lugar otra vez, creyendo que no era nada interesante, importante y/o relevante, cuando se le resbaló de las manos y quedó abierto en el suelo en una página doblada.
«Registro de Michael Cov:
Hombres bestias, ¿ocultos a plena vista?» Junto al título estaba la estilizada caligrafía de Hiccup en una pequeña nota: "Lectura recomendable"
Frunció el ceño y se inclinó para recogerlo, comenzando a ojear las frases.
«Este es un registro elaborado en las afueras de América por el doctor en psicología Michael Cov., con la finalidad de...»
Volvió a girar los ojos y se saltó el prefacio.
«Identidicar a un hombre bestia no es tarea sencilla, se requiere de percepción y agilidad mental para notar los detalles que se esconden por aquí y por allá, para mi no ha sido fácil el lograr...»
Astrid se preguntó el porque un escritor se desgastaba tanto detallando cosas innecesarias y, de nuevo, esquivó unas cuantas oraciones hasta que algo en especial llamó poderosamente su atención. Subrayado con carbón decía:
«Sus ojos pueden cambiar de color, pero esto sólo sucede durante las noches de sangre o lunas rojas, cuando...»
Un momento.
¿Sus ojos cambian de color?
Recordó vagamente esa ocasión, hace ya más de cinco soles, en la que se encontró con Hiccup en la sala, parecía agitado, estaba despeinado y... tenía los ojos de un extraño verde mucho más brillante al que ella estaba acostumbrada.
Bajó la vista hacia el libro otra vez.
«...cuando sus transformaciones ocurren. Yo lo he investigado hasta el cansancio y, fervientemente, puedo asegurar que cuando este hombre libera a la bestia, este hombre que parece humano, se comporta como humano, vive como humano, pierde todo control sobre sí mismo y se convierte en algo irreconocible, la única salida durante una noche de sangre, estando con la bestia, es...»
—¡Lady Hofferson! —alguien gritó, desde el umbral de la puerta.
Astrid dio un brinquito en su lugar, siendo pillada desprevenida, nerviosa y perdida del mundo exterior, como si hubiese estado cerca de adentrarse al libro por lo concentrada que estaba en aquellas letras.
Miró detrás de su hombro al sujeto gritón y... era su instructor.
—¡Sr., Vólkov! —saludó, dándose vuelta para tomar la enciclopedia de nuevo y reanudarse a las clases. No sin antes sujetar Cuentos Tenebrosos en la otra mano y guardarlo entre sus cosas en cuanto tuvo esa oportunidad, claro.
Ella continuaría leyendo después.
Ese continuaría leyendo después se convirtió en un retomó de nuevo el libro a las nueve de la noche, cuando, ¡finalmente!, estuvo libre de tareas.
Recostada en su cama, con la libertad que la soledad le permitía tener, buscó rápido y preciso la página que había dejado antes.
«...la única salida durante una noche de sangre, estando con la bestia, es correr.
Durante mi investigación he escuchado testimonios fieles de hombres y mujeres que han visto a esta gran bestia, de negras escamas, grandes ojos y colmillos letales. Las descripciones han variado entre boca y boca, pero cada uno de los entrevistados parecen coincidir en una cosa: Son mounstrosos y despiadados.»
Junto a las letras había un bien elaborado dibujo a mano de un animal que Astrid nunca antes había visto.
Era igual a la descripción: Con escamas pintadas a carboncillo, largas garras, cuatro patas, una cola y dos firmes alas. La criatura tenía, además, la boca abierta y parecía arrojar fuego por ella.
«Ilustración de la bestia durante la luna roja» se leía al pie de la imagen «Este es un boceto creado por Ryan Download, testigo que afirma haber visto a la bestia en persona»
La rubia parafraseó las páginas.
«Piel caliente»
Habían recuerdos mezclándose en su mente conforme leía.
«Hambre feroz»
De Hiccup destrozando una pierna de pollo cuando era claro que él, toda su vida, había sido vegetariano.
«Comportamientos extraños»
De Hiccup actuando frío, siendo que él nunca antes había sido así.
«Falta de control»
De Hiccup pateando una mesa con una fuerza y malhumor que ella jamás había notado en él.
«Cacería de carne humana»
De Hiccup llegando muy temprano en la mañana, como si hubiese estado fuera toda la noche, con la misma ropa del día anterior y pareciendo un desastre.
«Transformaciones a voluntad»
Pasó un par de hojas y hubo un artículo que leyó con especial atención:
«La familia Hale afirmó durante su entrevista que el hijo menor de la Sr., Mery Hale resultó mordido y posteriormente transformado en la bestia. "Era un buen chico" había dicho su hermana "Actuaba normal casi todo el tiempo" pero cuando nadie le veía salía de cacería hasta devorar por completo el cuerpo de un humano de cien kilos y volvía para seguir fingiendo ser uno de ellos. Esto es nada más que una prueba de...»
Astrid cerró el libro abruptamente. ¿Por qué estaba leyendo esas tonterías? Y, más importante que eso, ¿por qué estaba ella especulando esas tonterías?
Era claro que estas bestias descritas se trataban, consecuentemente, de los conocidos Silbadores relatados en Laishevo. Ella también había escuchado los rumores por aquí y por allá y... bueno, Astrid apostaba un cincuenta, cincuenta.
No creía demasiado, pero tampoco dejaba de creerlo.
Aún así, de eso a... ¿Hiccup transformado en esos mounstros? ¡Qué cosa tan demás loca! Además, él tal vez sólo estaba teniendo unos cuantos días malos, cualquier ser humano podría pasar por una situación así, ¿no?
Sí. De seguro era eso, se convenció, Hiccup se disculparía después –tal como hacía siempre que actuaba como un torpe– explicaría sus razones, ella lo golpearía y todo volvería a la normalidad para ellos y el resto del palacio.
Astrid se acostó a dormir unos minutos más tarde, confiada en sus propias palabras de consuelo.
Sin embargo conforme los días seguían pasando, y todo era exactamente igual de extraño, esa misma convicción que le había permitido conciliar el sueño antes se esfumaba más y más.
Una mañana, harta y enojada, por fin lo confrontó.
—¡¿Puedo saber que se supone que te sucede?! —le había gruñido entre dientes.
Tenía el antebrazo derecho presionando el cuello masculino. Todo su cuerpo, pequeño, pero rudo, haciendo fuerza para retenerlo contra la pared escondida del pasillo superior del palacio.
Hiccup la miró intensamente entonces.
—No me pasa nada, Astrid. —pronunció con un poco de dificultad. La rubia soltó el agarre en su cuello, pensando que por ello su voz se escuchaba estrangulada —Todo, todo marcha bien.
—No te creo. —ella se humedeció los labios con la lengua y fue muy consciente, penosamente consciente, de como Hiccup siguió ese movimiento de forma atenta —E-estás raro, más de lo usual y... es que, ¿acaso estás enfermo o algo?
—¡No! —él aún se oía peculiarmente ronco —No, o... ¿si? —suspiró —Escucha, puedo decir que sí estoy algo enfermo de... de alguna manera, pero... y-yo...
—¿Puedo ayudarte? Porque no sabré si no me dices, Hiccup.
Algo como la conmoción pasó de forma fugaz por los ojos verdes del muchacho tras esas palabras y subió su mano izquierda hasta posarla en la mejilla de la chica, acariciando tiernamente la piel tersa.
Por un segundo Astrid reconoció al Hiccup de siempre en ese gesto, pero eso fue sólo un segundo, antes de que él bajara su mano de forma brusca y adquiriera de nuevo esa máscara de frialdad que había tenido durante semanas.
—No, Astrid. No puedes ayudarme, —determinó —pero no tienes que preocuparte tampoco, no es algo de gravedad, estoy bien.
Ese seco y desteñido "estoy bien" –que había escuchado más veces de las que podía contar– comenzaba a parecerle irritante. Tan irritante como el sujeto que lo decía.
Su mañana fue amarga después de aquello y los tres días que le siguieron lo fueron peor.
Así que ahí estaba; exactamente a mitad de la semana, durante la noche más larga de su vida, sin poder dormir.
El techo de la habitación era blanco y asfixiante. La cama suave y la almohada terriblemente incómoda. Su mente estaba trabajando tan rápido como una avalancha, pensamientos tortuosos, una larga, larga vida por delante.
Ella no había hablado de eso con nadie en los últimos años, siempre había sido reservada respecto a toda su vida y emociones, pero sentía las palabras bullir en la profundidad de su garganta como si estas quisieran escapar por la necesidad.
Se colocó en pie y comenzó a buscar un abrigo entre los agarradores del armario. No tenía caso quedarse en cama si no iba a dormir.
Su falta de sueño, por otro lado, sí tenía un poderoso motivo: No quería ser duquesa. Y su padre parecía listo para disertar y darle su lugar.
—Ya es momento que lo asumas, cariño. —le había dicho esa noche, justo antes de retirarse a dormir... o a intentar dormir, al menos —Serás una gran dirigente.
Astrid no dudaba eso. Era segura, fuerte y no dependía de nadie. La habían preparado desde que tenía memoria para ello, además.
Dejó salir el aire en sus pulmones despacio. Una exhalación lenta.
El verdadero problema radicaba en algo tan simple como el matrimonio. Las leyes de Laishevo eran más que claras, una mujer no podía –ni de broma– gobernar sola. Tendría que casarse para antes del nombramiento.
Astrid.
Astrid sería obligada a contraer nupcias con un sujeto.
No importaba si el tipo era el hijo de un rey o un vagabundo disfrazado de político, la presencia masculina era necesaria porque, a palabras de la Corte, "una mujer no tiene la estabilidad, el carácter, ni la sensatez de dirigir un reino y, siendo sinceros, ¿cómo podría hacerlo si lo intentara?"
¡Bah! ¡Pamplinas!
Ella era perfectamente capaz de ser una líder. Sola. Tan sola como ha estado siempre.
Salió de la habitación y vagó por los desolados pasillos del palacio. El lugar que, según su padre, sería por siempre su hogar y refugio.
Eso era bueno, al menos. Sería un honor ser duquesa...
Miró de un lado a otro y, viendo que no había nadie despierto, abrió la puerta de salida principal. Necesitaba aire fresco.
...pero no sería un honor la responsabilidad de casarse que implicaba ser duquesa. No. En definitiva no.
Hubo un tiempo, mientras Astrid estaba en Italia y todo parecía asombroso, en el que se permitió a sí misma ensoñarse, aunque únicamente fuera una vez. En esa ensoñación había sólo un hombre a su lado de esa manera.
Ahora estaba todo tan confuso y retorcido y deplorable que era incluso absurdo recordarlo.
El aire frío golpeó su rostro como la primera cosa que sintió cuando finalmente abandonó el palacio.
Y era justo lo que necesitaba.
No se molestó en cerrar más el abrigo que llevaba puesto o atar su cabello libre de amarres. Era de noche, la luna se hallaba en su punto más alto y todo estaba demasiado solo, ¿quién podría verla?
Pensar en Hiccup era algo que quería evitar. Había decidido no insistir, no fastidiar. Lo enfrentó y él no tuvo las ganas –o las agallas, intuía– de contarle sobre nada.
Suponía que cuando él quisiera hacerlo lo haría y, muy en el fondo de sí misma, tenía el presentimiento de que eso no pasaría en un buen tiempo.
Igual al presentimiento que tuvo antes del fulano viaje a Relicta, quemándole cual fuego vivo en la carne de su pecho.
Quiso echar fuera esos pensamientos. Tenía que encontrar una forma de evitar las nupcias.
¿Cómo lo haría?
Caminando sin un rumbo fijo vagó alrededor de unos quince minutos, aproximadamente.
No quería regresar, pero las nubes estaban acoplándose en el cielo nocturno y las estrellas ya no se veían.
De seguro llovería.
Como si algo quisiera confirmar su declive, un trueno retumbó en la lejanía un segundo más tarde, haciendo vibrar la tierra y provocando un ruido seco.
Sí, debería regresar.
Miró desde su posición hacia el palacio. ¿Cuándo se había alejado tanto?
Comenzó su caminata de vuelta. No había encontrado solución a su problema durante aquel paseo, pero definitivamente estaba más relajada. Tal vez podría dormir ahora y, con suerte, en la mañana tendría posibilidades de hablar con su padre y llegar a un acuerdo.
Tendría que...
—¿Qué haciendo una niña sola a estas horas?
Se congeló de inmediato. Todas sus divagaciones a un lado, cualquier rastro de preocupación por otra cosa que no sea la voz masculina y rasposa a sus espaldas se fue.
Tragó pesado antes de volverse hacia el hombre.
Rostro brusco, hombros anchos, ropa sucia, expresión demente.
Ella lo reconocía. Había sido acusado de robar unos cuantos euros a la segunda familia más pudiente de Laishevo hace sólo un par de años, consecuentemente le habían sentenciado a perder la mano derecha.
Astrid no lograba recordar su nombre, pero sonó firme cuando respondió: —Absolutamente nada, estaba por marchar.
El sujeto rascó su velluda barbilla con la mano buena.
—Oh, ¿tan pronto, señorita?
Él dio un paso hacia el frente al mismo tiempo que ella retrocedió dos.
No quería parecer una cobarde –cualquier criatura sobre la tierra, que la conociera, sabría que podría nevar en primavera antes de que Astrid mostrara una debilidad– por lo que su figura se mantuvo esbelta y su quijada en alto, orgullosa.
Aunque debía admitirse que sí tenía algo de temor.
—Debo marchar, mi padre junto a los guardias están esperando a por mi muy cerca de aquí.
No era muy valiente esa estrategia, pero el sujeto le doblaba en peso y estatura y definitivamente ella no podría igualar su fuerza y proporción.
Volvió a girarse sobre sus talones, lucía tranquila. Casi demasiado. Pero cuando sintió una rigurosa mano masculina sobre su hombro, reteniéndola de forma pesada, los latidos de su corazón aumentaron súbitamente.
Estuvo asqueada y no supo con exactitud si ese asco era dirigido al tipejo o a ella misma por sentir miedo.
Ella era Astrid Hofferson, y Astrid Hofferson era fuerte, decidida, valiente. Una mujer con alma de guerrera. No debía temer.
Así que, pese a que le era estrictamente prohibido pelear y, por tanto, ella sabía tanto de pelea como de medicina –es decir, nada– empujó lejos, con mucho desprecio destilado, la mano opresora del varón y le dio frente como si se tratara de un reto.
Ceja arqueada, ojos fieros.
—Aléjese de mi —musitó entre dientes, lenta y roncamente.
Él sonrió como si se burlara. Eso la enfadó más.
Oooh, ahora quería golpearlo.
Sí, puede que su padre jamás le haya permitido estar ni cerca de un guardia, ¡cuánto menos estudiar sus técnicas de combate, por supuesto!, pero eso no había sido impedimento en años anteriores para ella, cuando había tenido que defenderse de uno u otra canalla.
Sería más difícil ahora, desde luego –ahí radicaba el temor. Estaba sola, era de noche, se hallaba lejos del palacio y el sujeto cargaba con una ventaja de al menos la mitad en altitud y corpulencia.
Sin mencionar que era un hombre. Y cada hombre en Laishevo, sin excepción alguna, debía aprender algún tipo de combate a lo largo de su vida.
—Suena a una orden, —él dijo, la burla pupulaba aún más en su voz —pero eres una simple niña que no tiene autoridad para dar órdenes.
De acuerdo, hasta ahí había llegado su autocontrol, junto al temor y la cautela de antes, además.
Se estiró hacia adelante y, sin previo aviso, simplemente lanzó su puño hasta la chueca nariz del sujeto. Tuvo que extender su brazo, emplear mucha fuerza y sus nudillos dolieron, pero supo que todo eso había valido la pena cuando vio la sangre consecuente, roja, espesa, de olor metálico, fluir en un segundo.
Él estuvo quieto después –seguramente demasiado sorprendido por su acto de osadía como para moverse– y Astrid quiso tomar ventaja de eso para repetir el ataque, pero, antes de que su mano cerrada impactara de nuevo contra alguna parte del rostro contrario, el tipejo atrapó su muñeca y la detuvo, retorciéndola.
La chica ignoró el dolor punzante que eso le ocasionó e intentó golpear esta vez con la izquierda, pero esa mano también le fue apresada.
—Usted tiene mucha agalla, niñita, —le susurró el hombre. Había locura desprendida en su mirada negruzca y parecía psicóticamente fascinado, como si ella fuese una débil presa y él un vil cazador —pero si supiera algo básico de pelea habría acudido a una patada, es mucho más eficaz.
La rubia escaneó al sujeto rápidamente. Sus ojos azules buscando un defecto, una debilidad y...
"Ahí esta"
Una ligera inclinación en el costado que le obligaba a doblar el cuerpo un poco hacia la derecha. Defecto de nacimiento o alguna vieja herida. No importó. Sólo pateó justo allí, con su rodilla golpeando la piel masculina.
—Le agradezco el consejo —presumió, retrocediendo en cuanto el tipo la soltó.
Se escuchaba algo como un quejido tembloroso brotar del pecho de él. De pronto hacía más frío y un constante rocío comenzó a bañar todo el lugar.
Ella había decidido que lo mejor sería no tentar a su suerte y simplemente irse, sin embargo, aún cuando ese pensamiento no había llegado por completo a su cerebro y sólo un segundo después del quejido, el sujeto la empujó con suficiente fuerza como para hacerla colisionar contra el suelo.
Piedrilla y tierra golpeó su espalda.
Sin dejarle oportunidad de reponerse, Astrid vio como el tipo; ensangrentado, furioso, demente, levantó su gigantesco pie y pateó sus costillas tan rápido como el sonido del siguiente trueno.
Una punzada de dolor y un gritito que no pudo controlar.
Otra patada más en cuanto ella intentó levantarse y volvió a caer. El choque y la agonía fue el doble.
—Me voy a divertir mucho con esta fierecilla. No tiene idea de...
Él no terminó sus fétidas palabras. Algo le interrumpió. Algo que sonó equivalente a un impacto y un jadeo-quejido.
Astrid estaba aturdida, adolorida y todo le daba vueltas, pero, con esfuerzo sobrehumano, se colocó en pie.
El suelo se movía ante sus ojos y el dolor en su costado era intenso, como una punzada de brasas ardiendo en su piel.
¿Pero qué...?
Subió la mirada hasta la escena frente a sí. Estaba el sujeto, por supuesto, y también con él se hallaba Hiccup.
Aja, claro. Su cuerpo delgado y cabello rebelde eran inconfundibles.
Su amigo castaño parecía retener el cuerpo del otro –que era mucho más alto, mucho más fuerte– contra la madera de un ancho árbol que Astrid no había dislumbrado antes debido a la pelea y situación.
No podía ver con claridad, pero la escena era muy evidente: Hiccup, su confiable, nada agresivo y sarcástico amigo Hiccup, estaba presionando el cuello del hombre salvajemente.
El sujeto jadeaba, se balanceaba inútilmente, lucía atrapado, desesperado y... de hecho se estaba colorando mucho, en realidad.
Astrid esperó uno, dos, tres segundos para que el castaño se detuviera. Cuando contó el segundo número seis en su mente, y el tipo sólo se veía más colorado, incluso morado, decidió intervenir.
—¡Hiccup! —él no se inmutó —¡Hiccup Haddock!
Volvió su cabeza a ella para verla. Astrid sólo pudo recordar algo en ese momento, entre las amarillas páginas de un libro de cuero.
«Sus ojos pueden cambiar de color»
Sí. El verde de su mirar era inusual. Más brilloso, escandaloso, con auras de dorado destellando cerca de su pequeña pupila.
Frunció los labios, pronunciando: —Déjalo ir —no porque el tipo mereciera clemencia sino, más bien, porque Hiccup no era ningún asesino.
Y ella no permitiría que lo fuera ahora.
No alguien como él. No él.
El muchacho cerró los ojos un momento, aún con el agarre afianzado sobre el morado hombre, e inspiró profundo.
—No vuelva a acercarse a ella, —casi gruñó entre dientes, con la frente arrugada y expresión contenida —jamás.
Lo soltó entonces y el sujeto, como el cobarde que era, corrió lejos de allí.
¿Hiccup había sonado amenazante? ¿Hiccup?
Astrid iba a acortar las distancias, hablar con él, bromear sobre su nueva e impresionante fuerza para aligerar el momento, pero el joven no la dejó. Se limitó a tomar su antebrazo y arrastrarla consigo.
—¡Oye!
—Volverás al palacio —informó-ordenó. Voz potente, ceño fruncido.
—¡No eres quien para decidir eso por mi! —la rubia se agitó de un lado a otro, forcejeando, y el agarre de Hiccup se afianzó aún más.
¿Desde cuándo él era más fuerte que ella?
—Volverás al palacio, Astrid. —repitió, firme.
De acuerdo, ahora sí estaba enojada. Toda intención que haya tenido antes de ser comprensiva y cautelosa con respecto a él y a su sorpresiva –repentina, brusca, confusa– aparición se esfumó, pero tuvo que morder su labio inferior para suprimir la protesta que amenazó con burbujear.
No era el lugar ni la hora adecuada para hacer un escándalo, desgraciadamente.
Estaba lloviendo fuerte en ese momento y ella ni siquiera había notado cuando el inocente rocío de antes había logrado abrir paso a ese torrencial de ahora.
Las gotas de agua estuvieron golpeando su cuerpo y el del joven –que estaba ensimismado– hasta que el techo de piedra del palacio cubrió sus cabezas.
Hiccup la siguió arrastrando, con su a regañadientes permiso, y sólo la dejó libre al estar ambos adentrados en la habitación de ella, oscura y helada.
—Buenas noches —murmuró él y, ¿pretendía irse? Sí. Había vuelto su cuerpo y le daba la espalda, dispuesto a abandonar la habitación.
¡Ah, no! Eso no. No después de lo que pasó.
La rubia se estiró en su lugar y tomó quizá demasiado fuerte el brazo del muchacho, jalándolo hacia sí misma.
Un sonido metálico hizo click contra el suelo ante el movimiento tan brusco.
Hiccup cerró ambos ojos y se mordió la lengua –"¡Demonios!"– mientras Astrid seguía la dirección del sonido con la mirada.
—¿Qué...? —balbuceó para sí misma.
Cansada de la penumbra del lugar encendió el velón más cercano y...
—¡¿Tienes una prótesis?! —sus ojos abiertos a más no poder, clavados en lo que se alcanzaba a ver entre la bota del pantalón masculino. —¿Desde cuándo? ¿Cómo es que no...?
—¿Lo notaste? —completó él. Tenía el rostro vuelto hacia otro lado y su expresión era indescifrable.
La mente de Astrid trabajaba un tanto más rápido de lo normal. Sorprendida, herida, enojada, agustiada y estupefacta. Con la boca ligeramente abierta y mirada atónita.
—Uso una prótesis diferente de día, una menos ruidosa. —sus palabras sólo la dejaron más confundida. Hiccup bufó —No lo habrías notado tan fácil como lo hiciste ahora.
Ella arqueó una ceja, un paño de desconfianza adueñándose de sus facciones, pero no dijo nada. No sabía que palabras escoger entre tantas que pasaban por su mente.
—¡Y supongo que ahora necesitas una gran explicación de esto! —él continuaba monologando. Caminó unos cuantos pasos y se recargó en la mesa que ella tenía por alguna parte de la habitación, carraspeando. —Pasó durante mi regreso de Relicta, cuando me topé con los asaltadores.
Ah, sí. La fulana historia de los asaltadores que Hiccup se había encargado de contar a todo palacio y, aunque la única versión dada de eso se oía más segura conforme el tiempo pasaba, Astrid jamás la creyó.
¿Y cómo iba a hacerlo cuando su explicación había sido tan escueta, cortante e incoherente?
La rubia seguía viéndose desconfiada incluso al escucharlo hablar de nuevo:
—Fue todo muy rápido, Astrid. No tenía nada para ellos, no cargaba dinero o cosa alguna de valor y, en un acto de frustración, intentaron asesinarme —él se oía seguro, firme, voz grave —No recuerdo demasiado, quedé inconsciente y cuando desperté estaba en la habitación de una anciana sanadora —pero seguía siendo todo tan extraño; programado, frío, casi ensayado.
El resto que dijo fueron detalles que Astrid escuchó a la mitad. —Remedios de hierbas — ¿Hiccup estaba hablando en serio? —Mucho tiempo en recuperación —No podía estar hablando en serio. No. No podía. —Prótesis de hierro y madera —Aparentemente sí era en serio.
De repente dejó de escucharlo, demasiado distante en sus propios pensamientos como para prestarle atención.
¿Ese hombre que tenía frente a ella, de expresión fría y tono cortante, era el mismo que había visto crecer? ¿Con quién había compartido su infancia?
Se veía igual.
Tenía la misma voz.
Gozaba del mismo colorido excéntrico de cabello.
—¡Espera! —lo interrumpió de forma dura. Él estaba hablando de, ¡sabrá Dios que cosa! y Astrid ni siquiera sabía en que momento ella misma había fruncido el ceño y cruzado los brazos sobre su pecho, pero se sentía furiosa —¿Quién más sabe de... esto? —señaló la pierna falsa.
Hiccup negó con la cabeza: —Sólo tu padre y ahora tú.
—¿No le dijiste a Thomas?
Astrid podía notar el como apretaba los labios contra los dientes, quizá mordiendo su mejilla interna.
—No.
Tras esa respuesta tan carente de emociones, ella bajó su mirada. Estaba tan enojada ahora que su sinuoso cuerpo temblaba como una hoja, la piel pálida de sus brazos estaba erizada, sus ojos eran una chispa, pero Hiccup no se inmutó.
Él parecía esperar una reacción de su parte. Un golpe. Una patada. Una bofetada. Tal vez un insulto. Sin embargo, cuando Astrid al fin pudo moverse, todo lo que hizo fue decir:
—Vete de mi habitación, Hiccup —con timbre peligroso y manos empuñadas.
De nuevo, él no se inmutó.
—Astrid, es...
Y, como si esas dos palabras hubiesen sido un detonante, la rubia perdió el control de sus propias acciones.
Impulsó su mano –con esa gran fuerza que a ella le caracterizaba– y abofeteó su rostro. La piel de él estaba alarmantemente caliente, increíblemente dura y esa acción había sido ferozmente dolorosa.
Para ella.
Le ardía la palma de la mano y concentró toda su voluntad en NO componer una mueca de dolor, pero eso fue casi imposible. Él ni siquiera se había removido un centímetro de su lugar.
"¿Qué demon...?"
—Vete, Haddock —casi chilló, rabiosa y adolorida y confundida y aún más rabiosa.
Hiccup dio un tentativo paso al frente.
—Pero...
—¡Largo!
Un segundo de duda y él hizo justo lo que ella ordenó. Se fue. Se fue dejándola sola, con una expresión iracunda surcando sus ojos azules mientras se masajeaba la mano lastimada.
Estaba enojada.
Porque Hiccup mentía, eso era más que claro para ella.
Estaba confundida.
Porque no sabía porque él tendría que mentir.
Estaba ofuscada, molesta consigo misma.
Porque durante todo ese tiempo no había tan siquiera sospechado de la falta de pierna del joven.
Toda su mente era un verdadero embrollo.
Porque Hiccup actuaba como un estúpido cobarde, ¡como nunca antes había actuado! Porque ella no podía entenderlo. Porque aparentemente él no confiaba en Toothless, ¡en Toothless! Pero sobre todo ello, porque...
Porque ese chico que había abandonado la habitación hacía unos minutos –aunque se viera como Hiccup, se escuchara como Hiccup, tuviera el mismo cabello de Hiccup– no era su Hiccup.
Y estaba tan, tan frustrada por eso.
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Nota: ¿Hola? ¿Hay aún algún alma lectora por allí?
Jeje sé que no actualicé en mucho tiempo y lo lamento mucho, de verdad, pero, como muchos ya saben, estuve una temporada sin celular y sin celular no hay capítulos T.T
Pero ya volví y... bueno, no sé que decir de este capítulo. Fue un verdadero reto escribirlo y, en serio, en serio quería hacerlo completo y publicarlo completo pero es que es TAN largo que, al final, siempre me decidí a dividirlo al menos en dos.
Porque sí, estas fueron 15847 palabras y es apenas más o menos como la mitad. Aún falta mucho, mucho así que...
¡Apuestas! ¡Apuestas sobre qué carajos le sucede a Hiccup! (Aunque creo que es muy obvio :-P)
¿Me dejan un comentario? Son gratis, me esforcé mucho con esto y extraño muchísimo a mis lectores :'(
En fin, les dejo las típicas aclaraciones de cosas que pudieron causar confusión:
*Laishevo es un auténtico pueblo Ruso de la época que, hoy día, es una ciudad turística con el mismo nombre.
*Relicta significa abandonado en latín y es un pueblo ficticio de mi imaginación.
*En el siglo XVII sí existían los mozos o criados hombres, aunque eran muy, muy poco comunes.
*Las personas pobres no tenían derecho de estudiar, pero –por si no quedó claro– Stoick sí dejó suficiente dinero para Hiccup :3
*Naturaleza es una rama de lo que hoy día se conoce como Zoología, el estudio de animales y entornos.
Los quiere FanNeurtex.
