Disclaimer: ©Shingeki no Kyojin/進撃の巨人, sus personajes y trama son propiedad de su autor, Hajime Isayama. Yo tan solo realizo este FanFic por diversión, sin ánimos de lucro.

Advertencia: Omegaverse| Uso descarado delOoC| ErenxLevi | Ereri| Omega Levi | Eren alfa |De desconocidos a enemigos a amantes| Basado en Orgullo&Prejuicio de Jane Austen| Asalto sexual no consensual| Drama| Ligero ZekexLevi unilateral

Notas: La intención era hacerlo corto. Tres días de retraso y se sumaron 4000 palabras, y pues aquí está al fin. Mis disculpas, y solo puedo esperar que les guste.

Con todo mi amor a ChibiGoreItaly, Vasleskithalejandra, GatitadeLuna, GobletMoonStone123, el lindo Guest y mi corazón de meloctón Nejiko Ka.

Nos leemos abajito.

Por favor lean las notas finales.


De orgullo, prejuicio y amor

.VII.


La misma tarde de su llegada a Hunsford, Levi recibió la noticia que irían a cenar a Rosings, con Lady Alma de Reiss. Invitados por ella misma.

Estaba en su cuarto terminando de acomodarse cuando Ninfa, la hermana menor de Hange, le llamó a voces, subiendo la escalera apresuradamente. Al abrir la puerta la encontró en el corredor.

—¡Levi, Levi! ¡Apresúrate, ven aquí abajo! Tienes que ver esto—exclamó ella, con apenas aliento.

—¿Qué pasa? —le preguntó él al verla tan agitada.

—No puedo decirte que es, lo debes ver tu mismo—le dijo ella y tomándolo de la muñeca lo arrastró entre tropezones hasta el comedor, donde las ventanas daban al camino. Allí Ninfa le señaló con el dedo la escena que se desarrollaba afuera.

El señor Berner junto a Hange estaban en el jardín y hablaban con un par de señoras que iban en un faetón bajo.

—Creí que había pasado algo malo —soltó Levi—. Pero son solo Lady Alma y su hija, supongo.

Ninfa resopló.

—La joven sí es la señorita de Reiss, pero la otra no es Lady Alma, sino su institutriz, la señora Ymir. ¿No crees que la señorita de Reiss es una criaturita encantadora? Tan pequeña y delgada.

—Me gusta su aspecto —dijo Levi, recordando las cosas que el señor Smith le había contado de esta señorita. La prometida del señor Jeager—. Parece un pajarito triste y totalmente domesticado. Sí, es la compañera adecuada para él, le va mucho.

Las señoras se quedaron hablando un tiempo más con los esposos Berner, y Levi se divertía de lo lindo viendo a Ninfa y a sir Zoe, quien estaba en la entrada, sumidos en la contemplación de la grandeza que tenía ante sí. Parecían unos tontos.

Al agotarse la conversación, las señoras siguieron su camino, y la pareja entró a la casa. El señor Berner apenas entró congratuló a sus invitados por la suerte que tenían.

—Grandes noticias, son grandes noticias — exclamó al entrar el señor Berner, muy ufano —. La señorita de Reiss nos ha invitado a cenar hoy en Rosings. Parece que conocerás mucho antes a Lady Alma, primo —dijo, ahora dirigiéndose a él.

Levi enarcó una ceja y sonrío. Un gesto que el señor Berner interpretó incorrectamente como timidez o vergüenza.

—No te preocupes, primo. Lady Alma es una mujer que está lejos de exigir de nosotros la elegancia que a ella y a su hija corresponde. Solo póngase el mejor traje que hayas traído; no hay ocasión para más.

—Sí, querido Levi. Ella jamás pensará mal de ti por ir vestido con sencillez —apoyó Hange las palabras de su esposo.

A Levi que realmente poco o nada le habían importado siempre las pretensiones en el vestir, simplemente asintió e hizo lo que le pidieron. Después de todo es lo que se espera de un invitado, se dijo.

El paseo de media milla a través de la finca de Rosings fue muy agradable; exceptuando por el eco del parloteo incesante de su primo sobre la enumeración de la belleza y su relación con el costo de toda la estructura de la mansión.

Mientras subían la escalera al vestíbulo, Ninfa y sir Zoe parecían ponerse más excitados y ansiosos. Por su lado Levi mantenía la calma, pues no había oído hablar nada de su Señoría que a él le hiciese creer que poseía algún talento extraordinario o virtudes milagrosas. Una mujer con aires de suficiencia y tan orgullosa como su sobrino, le había descrito el señor Smith. Y después de que les recibió y empezó a hablar con todo y su tono autoritario, Levi no pudo sino darle la razón a su amigo.

Era pues que la familia del señor Jeager estaba cortada por una misma tijera.

La señorita Historia, la pequeña y menuda omega rubia hija de Su señoría, no abrió la boca durante todo el tiempo que estuvieron en aquella estancia, aun cuando su madre le sacó a colación más de una vez. Observó Levi que ella tenía unos rasgos finos y su cabello rubio parecía ámbar; pero eran las únicas cosas destacables en ella; pálida, enfermiza y con los ojos apagados, no tenía nada de su madre en ella.

Pasaron no más que unos minutos en el salón cuando una página anunció que la cena estaba servida.

La cena fue excelente y salieron a relucir en ella todos los criados y la vajilla de plata que Berner les había prometido; y tal como les había pronosticado, tomó asiento en la cabecera de la mesa por deseo de Su señoría. Poco o nada se habló durante ese tiempo, pero una vez terminada y volvieron al salón, Lady Alma retomó su casi monologo discurso, solo que estaba vez entre intervalos de darles consejos domésticos a Hange sobre cómo cuidar pollos, y hacerle preguntas dirigidas a Ninfa y a Levi. Aunque especialmente más a este último, de cuya familia según dijo no sabía nada, pero que le parecía que él era un muchacho gentil y bonito. Le preguntó, en varias ocasiones, si tenía hermanas, si eran guapas, si eran mayores o menores que si estaban por casarse, donde habían estudiado y como era el carruaje de su padre. Levi notó la impertinencia de sus preguntas, pero contestó a todas ellas con mensura. O al menos hasta que ella preguntó si sabía tocar o cantar, y él respondió que solo un poco.

—¡Ah!, entonces tendremos el gusto de escucharla en algún momento —Levi abrió la boca para responderle que agradecía la atención pero que declinaba, pero ella no le dejó y siguió preguntando —. ¿Y sus hermanas tocan y canta?

—Una de ellas sí.

—¿Y la otra? Todos debieron aprender. ¿Dibuja entonces?

—Tampoco, su Señoría. Ninguno de nosotros.

—¿Ninguno de ustedes? —Lady Alma abrió mucho los ojos sorprendida —. Que cosa más rara. Supongo no habrán tenido oportunidad. ¿Su institutriz sigue aún con ustedes?

—Nunca hemos tenido institutriz.

—¡Que no han tenido una institutriz! ¿Cómo es eso posible? —le cuestionó ella, completamente escandalizada —. ¡Tres hijos omegas educados en casa sin institutriz! Nunca vi algo así. Su madre debió haber dejado su vida educándoles.

—Le aseguró su señoría, no fue así. Aunque nuestra madre nunca se opuso a que viajáramos a la capital para tener otros maestros, mi padre odia Londres. Y por ello a cambio él se aseguró de que nunca nos faltase medios para aprender. Quien quisiera hacerlo lo haría y quien se quería dedicar al ocio también la haría.

—Y por eso es que es necesario una institutriz. Para formar buenos y adecuados omegas.

Levi frunció el ceño ante los términos. Solo por ser varón, muchas veces escuchó la imposibilidad que tales etiquetas le correspondiera alguna vez en su vida. Aquello le trajo amargos recuerdos, por lo que olvidándose de su mesura exclamó —. No considero que a pesar de su falta estemos mal educados, su Señoría. Nuestro padre siempre nos impulsó a la lectura, y tuvimos todos los maestros que fueron necesarios.

Lady Alma le vio un poco contrariada por sus palabras, pero no lo tomó como afrenta —. ¿Y todos ya están presentados en sociedad?

—Sí, todos.

Su señoría le vio fijamente.

—Veo —dijo—. ¿Y qué edad tiene usted? No puede ser mayor eso sí —repuso viéndole de arriba a abajo —. Aún hay grasa de bebé en sus mejillas y sus dientes todavía conservan el espacio de la infancia.

Levi se removió incomodo en su asiento y respondió casi en un murmullo —. Cumplí dieciséis el invierno pasado, su Señoría.

—Si su hermana mayor no está por casarse y usted tiene esa edad ¿Por qué su hermana menor ya fue presentada en sociedad?

—En mi familia consideramos que es injusto que ella no pudiera disfrutar de la sociedad y de sus amenidades, solo por el hecho que los mayores no tuviésemos medios o ganas de casarnos pronto. Siendo que ella ya tiene la edad para presentar. Quitarle el derecho a esos placeres no es algo que creo que sirva para fomentar el cariño fraternal.

—Para ser tan joven da sus opiniones de modo muy resuelto —dijo ella, viéndole otra vez con fijeza, pero había una mueca de sonrisa en la esquina de su boca —. Supongo que que es porque así le ha tocado ¿verdad?

—Sí, su Señoría.

—Me recuerda a alguien —soltó ella y había nostalgia en su voz.

La conversación acabó allí y Lady Alma dispuso que se arreglaran las mesitas para una partida de cuatrillo entre las señoras y los caballeros. Después de varias partidas y cuando Lady Alma se cansó del juego, se dio por terminada la velada. Las mesitas fueron recogidas y su señoría le ofreció el coche a la señora Berner, la que aceptó muy agradecida. Unos minutos más tarde se avisó de que estaba el coche en la puerta, y con muchas reverencias por parte de sir Zoe y muchos discursos de agradecimiento por el señor Berner, se despidieron.

Sir Zoe y Ninfa no pasaron más que una semana en Hunsford, pero el caballero se fue muy satisfecho al convencerse de que su hija estaba bien situada y que su marido la trataba igual, además de se iba más feliz al ver la vecindad tan buena como aquella del lugar, una que no se encontraba a menudo, le dijo a su hija al despedirse.

La invitación a cenar en Rosings se repetía un par de veces por semana, y desde la partida de sir Zoe, como solo había una mesa de juego durante la velada, el entretenimiento era el mismo. Aburridos, pero a Levi no le importaba soportar esas pocas horas, pues durante el día se la pasaba muy bien, charlando amenamente con Hange y paseando por los senderos. Había uno que era su favorito, el cual era el de la alameda que bordeaba un lado de la finca. Probablemente porque estaba abrigado y fuera del alcance de la curiosidad de Lady Alma. Allí era donde pasaba la mayor parte de su tiempo.

Así transcurrió una quincena de su estancia en Hunsford. A una semana de Pascua, durante una de las veladas en Rosings, Lady Alma comentó que en un par de días a recibir un aditamento de su familia: el señor Jeager, de quien ella habló en términos de la más elevada admiración y de su llegada con la mayor satisfacción.

Levi hubiese preferido cualquier otra de las amistades o familiares de la señora. Aunque luego pensó que ya no estaría tan aburrido, pues podría molestar al señor Jeager y tendría un poco más de diversión de lo que tenía ahora. Secretamente sonrió ante la expectativa.

El señor Jeager llegó tres días después, y el señor Berner anunció su llegada en seguida, puesto que se había pasado toda la mañana vigilando el suceso, y corrió a casa a dar la magna noticia. Por la tarde voló a Rosings a presentar sus respetos, y se encontró que allí había también alguien a más a quien presentárselos. El señor Jeager había llegado con su hermanastro, el coronel Zeke, el primer hijo del anterior señor Jeager. Para sorpresa de todos en la casa parroquial cuando el señor Berner regresó los dos alfas lo acompañaron.

Hange que estaba en el comedor los vio llegar y más presta que nunca corrió a la habitación de Levi, donde le puso en conocimiento de tal honor, diciéndole que le agradecía porque era por él esa muestra de cortesía. Levi torció el gesto y estaba a punto de negar, pero entonces sonó la campanilla y Hange no le dejó hablar, tirándole de la mano lo llevó hacia abajo. Levi notó que tal gesto era una manía que compartía con su hermana, Ninfa.

Al entrar los señores hicieron la presentación de rigor. El coronel Zeke era una alfa, su olor a tierra y menta era pesado pero tranquilizador, su cabello rubio parecía casi platinado y tenía los ojos azules profundos. Le recordó un poco al señor Smith, pero una vez que hablo Levi se dio cuenta que hasta allí llegaban las similitudes. Su voz era de un tono alegre y muy desenvuelto, campechano, y que hacía juego con su vena bromista. Era alto, tanto como el señor Jeager, pero carecía de su presencia imponente. Los hermanos eran completamente distintos, y si uno los veía por allí y no tenía el conocimiento de compartían vínculos sanguíneos, jamás los relacionarían.

El señor Jeager también se presentó. Estaba igual que en Hertfordshire; cumplimentó a la señora Berner con su habitual a reserva y a Levi le saludo con impasibilidad. Un saludo que fue respondido por el omega con una simple inclinación.

El coronel Zeke se integró muy bien en la conversación, era un hombre muy ameno. Su hermano por otro lado no dijo mucho, más allá de unos comentarios del jardín y la vivienda (impulsados por el señor Berner más que otra cosa), se quedó al lado de la ventana sin hablarle a nadie, no hasta que Levi se quedó relativamente alejado de la plática, fue cuando se acercó y cortésmente le hizo algunas preguntas, sobre su salud, su opinión del vecindario y su familia. Levi le contestó en los términos normales, y después de un momento de silencio, le preguntó que, si había visto a Mikasa en Londres, ya que ella había estado allí desde hacía tres meses. Sabía la respuesta pero quería ver si le traicionaba algún gesto y se le notaba que era consciente de lo que había ocurrido entre el señor Kirschtein y Mikasa.

—No tuve el placer —respondió el señor Jeager, y hasta allí llegó su intercambio. Poco después los caballeros se retiraron.

En la siguiente semana las invitaciones de Lady Alma se detuvieron, pero los habitantes de Hunsford gozaron de la presencia del coronel Zeke casi todos los días, parecía cautivado con el lindo amigo de la señora Berner, cosa que halagaba y complacía el ego del omega. Al señor Jeager solo lo vieron en la iglesia. Y no fue hasta el día de Pascua, que se volvieron a reunir, esta vez en el salón de Rosings.

No fue una velada especialmente agradable para Levi, pese a la presencia grata del coronel Zeke. El que Lady Alma lo obligara tocar el piano y convertirse en la fuente de ambientación de las charlas de su Señoría, lo agriaron un poco, sumado al retorno de esa manía suya del señor Jeager de mantener sus ojos sobre él casi todo el tiempo, aun cuando su tía parecía estaba afanada en involucrarlo en su conversación y guiarlo a su hija.

El señor se le acercó al iniciar su segunda pieza, en el momento que empezaban a dolerle los dedos y estaba fastidiado porque no podía recordar las notas.

—¿Pretende atemorizarme, viniendo a escucharme con esa seriedad? Le recomiendo que se regrese por donde vino, porque no lo va a lograr.

—No es mi intención alarmarle. Y he tenido el placer de conocerlo lo bastante para decir que hay en usted una terquedad que no permite que nadie le intimide.

Levi se río abiertamente ante esa descripción sí mismo y su cabello se le vino a la cara por el movimiento repentino. Estaba por acomodárselo cuando la mano del señor Jeager se adelantó, colocando los mechones de su flequillo tras la oreja. Se quedaron suspendidos por unos largos segundos contemplándose uno al otro. Levi estático y sonrojado por lo que aquel gesto tan íntimo y Eren perdido en sus sentires por la visión que el omega le estaba regalando inconscientemente. El coronel Zeke quien acercó atraído por el sonido de la risa de Levi rompió el momento.

—A ver, cuenten el chiste. Saben que soy amante de ellos, por lo que soy la persona más interesado en disfrutarlos —dijo, colocándose entre ellos.

—Nada —soltó Levi, bajando la cabeza para ocultar sus mejillas coloradas —. Su hermano aquí, señor, que pretende revelar mi verdadero modo de ser en un lugar en que yo tenía ilusiones de pasar por mejor de lo que soy. Pero el señor Jeager, indiscreto como está siendo por revelar cosas de mi que supo en Hertfordshire, no sabe que podría estar induciéndome a desquitarme y saldría a relucir cosas que escandalizarían a sus parientes.

El señor Jeager irguió su postura, pero no estaba tratando de parecer intimidante, por el contrario, estaba sonriendo cuando le respondió.

—No le tengo miedo, joven Ackerman.

El coronel Zeke pasó su mirada de uno a otro, y más animado que antes exclamó:

—Oh, oh, esto tengo que saberlo. Dígame, joven Ackerman, como es mi hermano, el señor correcto, ante extraños.

—Está bien, se lo diré, pero preparase para oír algo muy espantoso. Ha de saber que la primera vez que le vi fue en un baile, y a pesar de escasear los caballeros, no bailó más que cuatro piezas y dejó a todas los demás que pidieron su compañía, totalmente desairados. Incluido yo —añadió lo último, con toda la mala intención.

El señor Jeager se espeluscó como un gato mientras el coronel Zeke lo veía con desaprobación.

—¿Cómo pudiste cometer semejante sacrilegio, hermano? Dejar desairado a una criatura como el joven Ackerman. Muy mal, hermano, muy mal.

Jeager pareció realmente avergonzado, pero se recompuso rápidamente.

—No tenía el honor de conocer a nadie en la reunión más allá de los que me acompañaban.

—¿Y no es un baile el mejor lugar para conocer personas? —le atacó Levi.

—Reconozco —dijo Jeager —que no tengo la habilidad que otros poseen de conversar fácilmente con las personas que jamás he visto. No puedo hacerme a las conversaciones y fingir que me interesó por sus cosas como se acostumbra.

—Mis dedos —repuso Levi —no se mueven sobre este instrumento del modo magistral con que he visto moverse los dedos de otros; no tienen ni la misma fuerza ni la misma agilidad, y no pueden reproducir la misma impresión. Pero siempre he creído que era culpa mía, por no haberme querido tomar el trabajo de hacer ejercicios. No porque mis dedos no sean capaces, como los de cualquier otro, de tocar perfectamente.

Jeager sonrío y le dijo:

—Tiene usted razón. Ha empleado el tiempo mucho mejor. Nadie que tenga el privilegio de escucharlo podrá ponerle peros. Ninguno de nosotros toca ante desconocidos. Creo que nos parecemos en algo, joven Ackerman.

Zeke a su lado le dio un golpecito en el hombro, sacándolo otra vez de su conexión con Levi.

—Lo que me parece sorprendente es que hayas dejado sentado al joven Ackerman. Porque de solo verlo uno se anima.

Levi sonrió ante las dulces palabras del coronel, y vio como Jeager resopló con molestia por la zalamería de su hermano.

—Te aseguro hermano que, si el joven Ackerman se me hubiese acercado con tal intención, jamás lo hubiese hecho. A él jamás le haría tal desplante.

Tanto Zeke como Levi mostraron gestos de sorpresa en sus rostros. Levi sonrojándose como una rosa de primavera y Zeke enmudecido por un instante, pues cuando intentó ahondar el asunto, fueron interrumpidos por Lady alma, preguntándoles de qué hablan. Levi se puso a tocar de nuevo, y los dos hermanos se apartaron para acercarse a su Señoría para evitar que ella lo hiciera. Ambos sabían cuan intensa podía ser su tía y no permitirían que incomodará más al omega que aún no se le bajaba el sonrojo.

Los hermanos no se volvieron a acercar y Levi siguió tocando hasta que llegó el coche, aguantando con toda paciencia a Lady Alma, en sus numerosas observaciones sobre su manera de tocar e instrucciones sobre la ejecución y el gusto.

A la mañana siguiente, ya que Hange había ido de compras al mercado, Levi se encontró solo escribiendo una carta a su hermana Mikasa. Una respuesta a la que ella le había enviada, contándole afligida como su padre le había dado permiso a Marie para ir con la señora Zacharius a Brighton. Fue sobresaltado por el sonido de la campañilla en la puerta. Señal inequívoca de una visita. Y aunque no había oído ningún carruaje, pensó que podía ser Lady Alma y se apresuró a esconder la carta a fin de evitar preguntas impertinentes. Nunca espero que al abrirse la puerta el que entrara a la habitación fuese el señor Jeager.

—Señor Jeager —le saludó Levi aún presa de la sorpresa.

—Joven Ackerman —le respondió el saludo él, tropezando en las ultimas letras.

—¿Gusta de tomar un té? —ofreció el omega al ver que Jeager se quedaba como callado después del saludo, parado allí mientras retorcía sus guantes entre sus manos. Él negó y a Levi no le quedó más que intentar otra vez alguna conversación, pues sería terriblemente incomodo que se quedaran en silencio —. La señora Berner no se encuentra, pero por favor tomé asiento, estoy seguro que no tardará.

—No, yo...—tartamudeó él —. Sé que la señora no está, la vi salir y ...disculpé la intrusión, solo es no quise devolverme y decidí que aun así podía pasar a saludar. Pero creo que es mejor que me vaya —dijo él, ya dando un paso atrás —. Joven Ackerman, un gusto —soltó y salió apresurado de la habitación, sin siquiera permitirle a Levi regresarle la despedida y dejándole de paso patidifuso.

Hange entró en ese momento con la canasta de compras llena, y aprestándose a su lado le preguntó que qué le había hecho al señor Jeager, que había salido como si hubiese visto un fantasma.

—No lo sé —respondió Levi con sinceridad.

—Yo creo que él está enamorado de ti, Levi —dijo Hange después de un minuto de quedar viendo por la ventana como el señor Jeager se perdía por el sendero a paso apresurado.

—Pero que cosas más tontas dices, Hange.

—Bueno, ¿y por qué otra razón habría venido a vernos con esta familiaridad?

—Pues, quizás estaba aburrido en Rosings o tal vez quería escapar de alguna partida de cuadrillo de Lady Alma.

Ambos se echaron a reír por esa última conjetura, y después de explorar otras, decidieron que eso se quedaría en incógnita; y que en ese caso también tendrían que esperar una visita muy pronta del coronel Zeke. Ya que ambos hombres parecían tener la tentación de llegar a la casa parroquial a cualquier hora.

Aunque esto no sucedió. Pues vieron al coronel Zeke hasta en la noche, durante otra cena a la que fueron invitados.

En los siguientes días, en sus paseos por la alameda dentro de la finca, más de una vez Levi se encontró inesperadamente al señor Jeager. La primera vez no le hizo ninguna gracia cuando él apareció tan de repente tras su espalda, sacándole un hipido de susto que a él le provocó una risita jocosa. Rezongando por la mala fortuna de tal encuentro, Levi le hizo notar que aquel sendero era su favorito, advirtiéndole tacitamente que no volviera por allí. Pero el señor Jeager lo interpretó de otra manera, y la situación se repitió hasta una cuarta vez. Nunca hablaban mucho ni le importunaba haciéndole hablar o escuchar demasiado. Hacia preguntas triviales y vagas, y en una de esas ocasiones le guio hacia según dijo, era su lugar favorito y secreto de la infancia. A Levi le gustó el lugar, pero prefirió no quedarse más que unos minutos, porque el ambiento se estaba tornando demasiado íntimo y le resultó incómodo.

El coronel Zeke lo encontró un día durante sus paseos, e igual que su hermano se unió a él. Conversaron al principio de futilidades, y después salió el tema de que el próximo sábado era la fecha en que el coronel junto a su hermano se marcharía de Rosings. Fue allí donde terminaron hablando del señor Jeager.

—Sí, si Eren no vuelve a aplazar el viaje. Estoy a su disposición.

—Todos parecen estarlo. ¿Por qué el señor Jeager no se casa y asegura la perpetuación de su legado? Digo, así tendría a dos personas de las que disponer por derecho —dijo Levi en tono sancha, soltando una risita. El coronel también se rio, pero luego se puso serio.

—Sería una criatura muy afortunada, la elegida. Mi hermano es un compañero muy leal y protector con los suyos. Si no lo sabré yo. A veces parece arbitrario cuando dispone su santa voluntad en asuntos que cualquiera tacharía de impertinencia, pero la verdad es que solo hace lo justo y necesario. Él es un hombre honorable en toda la palabra.

—¿Es así? —le inquirió Levi, enarcando una ceja.

—Sí. Y es algo extensivo hacia sus amistades más cercanas. Según supe al venir aquí, que mi hermano había salvado a un amigo de un matrimonio imprudente.

—¿Quién era ese hombre? —preguntó apresurado el omega, sin poder creer que estaba confirmando lo que había sospechado meses atrás sobre lo sucedido entre su hermana y el señor Kirschtein. Pues no podía pensar que existiese dos hombres sobre los cuales ejerciese Jeager una influencia tan ilimitada. Recordó las palabras del señor Smith sobre Zeke y como había acabado su relación con él por intervención del señor Jeager. Pero luego de conocer al coronel, se dio cuenta que, a pesar de haberse sometido por lo económico, si volvía a ver al su viejo amigo, podía retomar la amistad en secreto. El coronel Zeke era valiente y muy dado a la rebeldía. El señor Kirschtein era un cobarde y solo hacía lo que Jeager decía, como un perro faldero.

El coronel Zeke se mordisqueó el labio antes de responder —. No supe el nombre, pero estoy casi seguro que se trata del señor Jean Kirschtein, su amigo más cercano. Lo sospecho porque me parece que es un joven muy a propósito para semejante caso. Además porque sé que fue con quien pasó todo el verano.

—¿Sabe los motivos que tuvo para intervenir? ¿Sabe acaso si fue por cuestiones de fortuna? —continuo preguntando, cada vez más indignado.

—No sé muchos detalles, joven Ackerman, pero según entendí la razón principal es que su familia fue considerada inadecuada.

—Así que los separó —susurró Levi, pero Zeke alcanzó a escucharlo y asintió.

—Eso creo.

La ira fría bullía bajo la piel de Levi, y no estaba seguro de mantener la compostura por más tiempo, pero por suerte ya se encontraban en la puerta de la empalizada que estaba justo al frente de la casa de los Berner. Alegando un compromiso con su amiga Hange, Levi se liberó del coronel Zeke, y una vez que entró a la casa se encerró en su habitación, en una búsqueda de tranquilizarse para no hacer una escena.

Él es el culpable, se dijo Levi, el responsable del sufrimiento de mi querida Mikasa. Su orgullo y su capricho la hicieron llorar. Por él habían desaparecido toda esperanza de felicidad en el corazón más amable y generoso del mundo. La agitación y las lágrimas por tal descubrimiento le dieron a Levi un dolor de cabeza que aumentó por la tarde, y sumada su dolencia a su deseo de no ver a Jegaer, decidió no acompañar a sus primos a Rosings, donde estaban invitados a tomar el té. La señora Berner al ver que estaba realmente indispuesto, no insistió, e impidió en todo lo posible que lo hiciera, pero el señor Berner no pudo ocultar su temor de que Lady Alma tomase a mal la ausencia de Levi.


(...)


Cuando todos se habían ido, Levi decidió salir de su habitación, y dar un paseo por los senderos contrarios a la casa. El cielo estaba nublado y se vaticinaba lluvia en el olor que traía el aire ventoso que sacudía los árboles. Levi no le tomó importancia al hecho de que podía ser que terminará mojándose hasta los huesos, por el contrario, pensó que quizás era lo mejor. La lluvia helada podría traerle consuelo a su corazón. Y así se puso andar con paso lento, rememorando las cartas que su hermana le envió durante toda su estancia en Londres. Los tirones tristes, aunque calmados en sus líneas.

Estaba en sus pensamientos cuando el sonido de pasos tras él le sacó de ello. Por un segundo abrigó la idea de que fuese el coronel, a lo mejor para saber por su ausencia y como se encontraba. Pero tal idea se desvaneció al voltear y encontrarse con el señor Jeager frente a él.

Inmediatamente el alfa empezó a preguntarle, muy acelerado, por su salud, atribuyendo la visita a su deseo de saber si se encontraba mejor. Él le contestó cortés pero fríamente, y el señor Jeager asintió, diciéndole que se alegraba de encontrarle mejor, después se quedó callado, aunque abrió y cerró la boca varias veces intentando decirle algo que no logró al final y acabó bajando la cabeza, dejando que el silencio incomodo e intenso los envolviera junto al aullido del próximo torrencial.

Levi dio un paso al frente, dispuesto a dejarlo allí, no quería estar cerco suyo, y pasando de lado del alfa, se despidió, pero no pudo dar un paso más pues el señor Jeager le retuvo de la muñeca. Y cuando levantó los ojos, Levi descubrió en ellos la misma mirada que le dio en el balcón en Netherfield Park, la noche del baile. Y solo en el momento que el señor Jeager lo atrajo hacía si en un profundo abrazo que hizo que perdiera pie y cayeran sobre el césped húmedo, donde el alfa estrelló sus labios contra los suyos en un beso que le robó todo el aliento; descubrió la verdad de tal mirada.

Era deseo. Puro y hambriento.

Y luego sus manos estaban sobre su cuerpo, serpenteantes. Su toque era caliente y posesivo. Como si quiere rascar bajo sus ropas, llegar a su piel y bajar todavía más. Quedarse enterrado allí.

Levi soltó un jadeo al sentir como una de las piernas de Jeager se deslizaban entre las suya. Detener, quiso decirle, pero el alfa se tragó su voz al deslizar la lengua dentro de su boca. Probó el sabor de su saliva y sintió el choque de sus dientes contra los de él. El aguacero se dejó caer mientras Levi se retorcía bajo el peso de Jeager, como un pececito atrapado en una red. Intentó alejarlo, dándole empujones en los hombros, pero su cuerpo traicionero y su omega interno estaban atrapados bajo el influjo de las feromonas del hombre sobre él. No fue sino hasta que Jeager sintió que se les acababa el aire que se apartó unos centímetros de sí. Un hilillo de saliva uniendo sus bocas. Levi temblaba como una hoja.

—Lo amo, lo amo —repitió Jeager con la respiración agitada y caliente.

¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atrevió? Fueron los pensamientos furiosos de Levi, y sacando fuerzas de ese sentimiento, cerró el puño y le lanzó un golpe certero a la quijada del alfa, separándolo al fin de su cuerpo.

Se quedaron viendo por un instante, enfrentándose. Los ojos del señor Jeager parecían los de un animal nocturno, depredador. Los de Levi una laguna de lágrimas.

La mirada del alfa se suavizó y se llenó de algo como vergüenza al correr los segundos. El agua lluvia que caía sobre su cabeza había desarmado su acostumbrado moño y tenía el cabello pegado a las mejillas.

—Lo siento, perdone mi comportamiento —dijo, llevándose la mano hacia la zona lastimada en su rostro —. Pero sepa entenderme. Lo amo y en vano he luchado. Ya no lo soporto más. Estos últimos meses han sido un tormento. Vine a Rosings con la única idea de verlo a usted. He luchado contra el sentido común, las expectativas de mi familia, su inferioridad social, mi posición y circunstancia, pero soy incapaz de contener mis sentimientos y estoy dispuesto a dejarlos a un lado y pedirle que ponga fin a esta agonía.*

–¿Qué? –preguntó aturdido Levi.

–Permítame que le diga que lo admiro y lo amo, apasionadamente. Por favor, le ruego que acepte mi mano.

Por un segundo, a pesar de toda la antipatía tan profundamente arraigada que le tenía, Levi no pudo permanecer insensible a las manifestaciones de afecto de un hombre como Jeager, y aunque su opinión no varió en lo más mínimo, se entristeció al principio por la decepción que iba a llevarse; pero el comportamiento y el lenguaje que este empleó al decirle tales confesiones fue tan insultante que la compasión se convirtió en ira.

–Señor, yo…, sé que se acostumbra a expresar gratitud en estos casos, pero… – Levi hizo una pausa, tratando de mantener la voz firme –… después de lo que ha hecho, no puedo hacerlo. Nunca he ambicionado su consideración, y usted me la ha otorgado muy en contra de su voluntad. Siento mucho haber hecho daño a alguien, pero ha sido inconscientemente, y espero que el daño dure poco tiempo. Los mismos sentimientos que, según dice, le impidieron darme a conocer sus sentimientos durante tanto tiempo, vencerán sin dificultad ese sentimiento*

–¿Y es esta toda la respuesta que voy a tener el honor de esperar? –el rostro del señor Jeager palideció de rabia y todas sus facciones mostraban la turbación de su ánimo. La sorpresa y el resentimiento por su respuesta.

–Sí, señor. Y considero que estamos quedando a mano por ello.

–¿Se está riendo de mí?

–No.

–¿Puedo preguntarle por qué me rechaza con tan escasa cortesía?

–También podría yo –replicó Levi– preguntar por qué con tan evidente propósito de ofenderme y de insultarme salta sobre mí y me dice que le gusto en contra de su voluntad, contra su buen juicio y hasta contra los dictados de su razón. ¿No es esta una excusa para mi falta de cortesía, si es que en realidad la he cometido?

–No, créame, yo…

–Si hubiese sido solo atrevido y descortés tendría usted una excusa, pero tengo otras razones y usted lo sabe.

–¿Qué razones?

–Aunque mis sentimientos no hubiesen sido contrarios a los suyos, aunque hubiesen sido indiferentes o incluso favorables, ¿cree usted que yo podría caer en la tentación de aceptar al hombre que ha sido el culpable de arruinar, tal vez para siempre, la felicidad de mi adorada hermana? ¿Se atreve a negarlo, Señor Eren? –siseó el omega–. Usted separó a una joven pareja que se amaba y expuso a su amigo a las censuras del mundo y a mi hermana a la burla que despiertan las esperanzas frustradas, sumiéndolos a los dos en el más vivo dolor. *

–No he de negar que hice todo lo que estuvo en mi mano para separar a mi amigo de su hermana, ni que me alegro del resultado. He sido más amable con él que conmigo mismo. –contestó Eren fingiendo estar sereno, pero tenía las manos hecha puños y estaban lívidos por la fuerza que estaba ejerciendo. Conteniéndose.

–¿Por qué lo hizo?

–Porque creía que su hermana le era indiferente.

–¿Indiferente?

–Les observé y comprendí que su interés era más grande que el de ella.

–¡Porque ella es tímida! –gritó, levantándose de un tirón del suelo, su postura complemente en una pose de ataque. El señor Jeager también se levantó de su posición y se alzó en toda su altura.

–Kirschtein también lo es, pero estaba convencido de que ella no le amaba.

–Usted le convenció de ello –le acusó Levi.

–Lo hice por su propio bien.

–Mi hermana a penas me expresa sus sentimientos. Me imagino que piensa que su fortuna también…

–No, yo no le haría tal deshonor a su hermana, aunque se sugirió.

–¿Qué se sugirió?

–Era evidente que se trataba de un casamiento ventajoso.

–¿Es que mi hermana dio esa impresión?

–No, no. Sin embargo, tengo que admitir que influyó lo de su familia.

–¿El deseo de conocer gente? Al señor Kirschtein no parecía disgustarle tanto.

–Es más que eso.

–¿Qué era?

–Era la falta de distinción de su madre, de su hermana menor e incluso de su padre. Perdóneme. Usted y su hermana Mikasa quedan excluidas de esto.

–Pero no sólo en esto se funda mi antipatía –continuó Levi–. Mi opinión de usted se formó mucho antes de que este asunto tuviese lugar. Su modo de ser quedó revelado por una historia que me contó el señor Smith hace algunos meses. ¿Qué puede decir a esto? ¿Con qué acto ficticio de amistad puede defenderse ahora? ¿Con qué falsedad puede justificar en este caso su dominio sobre los demás? *

–¿El señor Smith? Se interesa usted muy vivamente por lo que afecta a ese caballero –dijo Eren en un tono menos tranquilo y con el rostro enrojecido.

–Cualquiera que conozca las desventuras que ha pasado no puede evitar sentir interés por él.

–¡Oh claro! ¡Sus desventuras han sido muy grandes! –exclamó Eren despectivamente–. Sí, realmente, unas penas inmensas…

–¡Por su culpa! –exclamó Levi con energía–. Usted le redujo a su actual relativa pobreza. Usted le negó el porvenir que, como bien debe saber, estaba destinado para él. En los mejores años de la vida le privó de una independencia a la que no sólo tenía derecho, sino que merecía. ¡Hizo todo esto! E incluso le arrebató a su mejor amigo. Y aún es capaz de ridiculizar y burlarse de sus penas…

–¡Usted no tiene idea de nada, joven Ackerman! –gritó Eren señalándolo con el dedo– Si es esa la opinión que tiene usted de mí! ¡Si es esa la estimación en la que me tiene! Le doy las gracias por habérmelo explicado tan abiertamente. Mis faltas, según su cálculo, son verdaderamente enormes. Pero puede –añadió deteniéndose y luego dando dos pasos hacia él– que estas ofensas hubiesen sido pasadas por alto si no hubiese herido su orgullo con mi honesta confesión de los reparos que durante largo tiempo me impidieron tomar una resolución. Me habría ahorrado estas amargas acusaciones si hubiese sido más hábil y le hubiese ocultado mi lucha, halagándola al hacerle creer que había dado este paso impulsado por la razón, por la reflexión, por una incondicional y pura inclinación, por lo que sea. Pero aborrezco todo tipo de engaño y no me avergüenzo de los sentimientos que he manifestado, eran naturales y justos. ¿Cómo podía suponer usted que me agradase la inferioridad de su familia y que me congratulase por la perspectiva de tener unos parientes cuya condición están tan por debajo de la mía?

La irritación de Levi crecía a cada instante; aun así, intentó con todas sus fuerzas expresarse con mesura cuando dijo:

–¿Y estas son las palabras de un caballero? Se equivoca usted, señor Eren, si supone que lo que me ha afectado es su forma de declararse; si se figura que me habría evitado el mal rato de rechazarle si se hubiera comportado de modo más caballeroso. Usted no habría podido ofrecerme su mano de ningún modo que me hubiese tentado a aceptarla. Desde el principio, casi desde el primer instante en que le conocí, sus modales me convencieron de su arrogancia, de su vanidad y de su egoísta desdén hacia los sentimientos ajenos; me disgustaron de tal modo que hicieron nacer en mí la desaprobación que los sucesos posteriores convirtieron en firme desagrado; y no hacía un mes aún que le conocía cuando supe que prefería casarme con un cerdo que con usted.

El rostro del señor Jeager perdió todo color, y Levi, con la respiración entrecortada, sintió que le empezaban a pitar los oídos, sus dientes castañeteaban demasiado, su visión estaba nublada por las lágrimas y su corazón latía tan fuerte dentro su pecho que era doloroso. Su omega interno se estaba ahogando, cayendo en espiral en los bordes de un colapso por la lucha entre los deseos del instinto y las furiosas sensaciones de la razón. Se tambaleó, perdiendo el piso, pero no cayó, el señor Jeager se había movido en un parpadeo y lo atrapó por los hombros. Levi se retorció, pero el alfa mantuvo firme su agarre.

—Paz por favor, joven Ackerman. Está en pánico y eso muy malo para su omega interno. Si sigue así podría causarle un daño permanente — el alfa tenía el rostro pellizcado por rastros evidentes de ira, pero la mancha de preocupación era genuina y más grande. Con una ceja determinada, Jeager se sentó en el suelo y tiró de Levi sobre su regazo, de espaldas a su pecho.

"Por favor", susurró Levi, con la garganta trabada. "No más ".

Gimiendo, sus manos se apresuraron a soltar débiles empujoncitos, no quería la cercanía de Jeager por como lo había herido, pero su cuerpo se estaba rindiendo a él, necesario, quiero, se retorcía alterado su instinto, y cuando sintió un fuerte mordisco en la parte posterior de su cuello, hizo una mueca con un gemido, la columna vertebral se puso rígida por la sorpresa.

Pero entonces algo pasó por su torrente sanguíneo y surgió en cada sinapsis de su cerebro. Con las pestañas revoloteando, Levi sintió que cada gramo de tensión se disipaba de su cuerpo mientras se relajaba en los brazos de Jeager. Con la mandíbula apretada contra su nuca, el alfa gimió y mantuvo los dientes allí, con los brazos alrededor de Levi, curvando sus grandes manos sobre sus hombros, tranquilizándolo. Era un calor en su sangre, diferente de lo que sentía en cada segundo de su vida. Este calor tenía un cosquilleo estrellado, un manto de constelaciones sobre la coronilla de su cabeza. Comenzó en la parte superior de su columna vertebral y se extendió hasta su cabeza, envolviendo su cerebro, relajando cada folículo piloso. Se deslizó por el puente de su nariz y sus labios, motas de luz polvorienta que residían allí. Más abajo de su cuello y pecho, curvándose profundamente en su vientre y en un torrente hasta sus caderas y rótulas, la tierna curva de los músculos de la pantorrilla. Finalmente se envolvió alrededor de la perilla de cada tobillo y se instaló como brillo en cada dedo del pie.

Levi gimió débilmente, y su omega interna al fin tranquilo, lo hizo marchitarse contra el alfa, las extremidades se hundieron pesadamente. Esto fue la sensación del sol más cálido o quizás la brisa más suave. Sus párpados estaban tan pesados. No podía levantarlos para ver. Pero no tuvo que hacerlo. Solo tenía que sentir al alfa, acunándolo en el suelo, el círculo húmedo de la marca de su mordida enfriándose inmediatamente después de que el señor Jeager sacó los dientes y ahuecó una mano protectoramente sobre su pecho y vientre.

"Tranquilo ahora. Fácil. Lo tengo".

Levi gimió de nuevo, con la cara pegada al bíceps de Jeager.

Maniobrando con cuidado, el alfa sostuvo a Levi contra su pecho mientras juntaba sus piernas debajo de él y se levantaba con un gemido, su peso combinado hizo que Jeager se balanceara un poco mientras se erguía. Llevó a Levi de regreso a la casa, al salón de espera y lo acostó en un sillón. El agua que se escurría de sus ropas creaba dos charquitos bajo sus pies.

—Sepa disculpar este otro atrevimiento de mi parte, joven Ackerman. Pero a pesar de lo que ha pasado entre nosotros, no podría permitirme que su seguridad se viese comprometida de manera irremediable —Jeager se dejó caer sobre una rodilla y acunó el rostro de Levi —. Nos hemos dicho bastante, y he comprendido perfectamente sus sentimientos y solo me resta avergonzarme de los míos. Le pido tome todas mis disculpas y las acepte, pues son totalmente sinceras. Así como mis buenos deseos y felicidad. Lo liberaré de mi desagradable presencia en este momento.

Levi ya no temblaba, la dopamina en su sangre ralentizaba su ritmo cardíaco y estabilizaba su severo shock. Se sintió tan pesado, sus piernas y brazos hechos de plomo, así que solo parpadeó, algo que incluso le pareció un problema, y liberó un diminuto gemido ya que no podía hablar. Había una suavidad filtrándose en su carne, suplantando toda la ansiedad y el pánico anterior y echando raíces con una facilidad y una creencia devastadoramente maravillosa de que iba a estar bien. Lo último que registro fue el gesto de despedida del señor Jeager y el sonido de sus pasos al salir de la habitación. Lo maldijo internamente mientras sentía las lágrimas ardientes bajar por sus mejillas, antes de quedar inconsciente, sobrepasado por lo que sea que hubiese hecho el señor Jeager en su cuerpo.


...

Notas finales:

* Segmento copiado casi textual del libo.

Lo que Eren hizo fue una mordida de gentileza. No es una idea original mía, sin embargo ya la había utilizado en otro FanFic anterior, pues me pareció no sé, un gesto "bonito" entre parejas alfa – omega.

La mordida de gentileza solo puede ser aplicada mayormente por el alfa del omega en cuestión, y en pocas ocasiones por uno con el que tenga la suficiente confianza, ya que si lo hace otro ajeno al vínculo, solo aumentaría el estrés en el omega.

Aunque el omega interno de Levi haya aceptado a Eren como alfa, lo que este hizo no es correcto, primero asaltarlo y posterior darle una mordida de gentileza. Es un profundo abuso.

Niñas, ni porque sea su pareja uno debe aceptar nada en contra de su voluntad. No es No.

Eren puede estar bien rico y bien papi, pero se merece el puñetazo.

Nos leemos en el próximo capítulo:

De desastres y sumisión.