El claro se encontraba junto al acantilado que dividía por decenas de kilómetros ese terreno. Debajo de aquel escalón de roca, un mar de verde se extendía. En la lejanía, hacia el norte, se podían percibir las siluetas de los tres robles iluminadas por la luz plateada de la luna.
Un ejército de estrellas se había desplegado sobre los árboles.
El orco estaba plantado en mitad del claro, completamente desnudo. No llevaba arma alguna. Dean, a pocos metros de él, lo observó fijamente y el orco le gruñó mostrando sus colmillos. El elfo caminó alrededor suyo y el orco giró, encarándolo furioso. Se agachó preparándose para atacar y el gruñido se incrementó.
– Perfecto – dijo Dean y asintió.
El orco dejó de gruñir, se enderezó… y su forma empezó a cambiar. Huesos que se movieron y acortaron, carnes que se ajustaron, crujidos y chasquidos… La criatura se quejó por el dolor con cada ajuste y sus gruñidos cambiaron poco a poco hacia una voz humana. Su tamaño se redujo, su áspera piel grisácea se volvió de un sedoso moreno, una cabellera oscura creció y, al cabo de unos minutos, Erisad, con gesto de dolor, dobló las rodillas y se apoyó sobre el suelo jadeando.
Dean asintió.
– Lo tienes bajo control. Perfecto.
– Gracias – jadeó ella.
La transformación al Alter Ego siempre era dolorosa.
– ¿Estás bien? – le preguntó Dean.
– Sí, tranquilo.
Pero ella seguía encogida, con una rodilla y las manos apoyadas en el suelo, reacia a ponerse en pie y Dean se percató de su descortesía. Fue hasta el tronco caído sobre el que ella había dejado sus ropas, alcanzó la capa, volvió y se la echó por encima de los hombros a Erisad. Después se alejó dándole la espalda para procurarle algo de intimidad mientras ella se vestía. Otras costumbres, otros tabús, a veces se olvidaba...
– Recuerda: una vez realizada la transformación a tu Alter Ego, los ástirax no te detectarán – comentó de espaldas a la humana–. Pero, mientras estás cambiando de forma, sí eres detectable. También vas a tener el problema del idioma, espero que lo tengas en cuenta.
– Tengo un par de ideas en mente – respondió ella.
– En algún momento, te conseguiré un amuleto con un hechizo idiomático, pero, hasta entonces, sé prudente.
Dean cruzó los brazos mirando hacia el bosque… Su mente estaba inquieta. El entrenamiento de Erisad estaba incompleto, ni siquiera sabía lo básico del idioma orco, pero, a pesar de eso, ella pretendía ir más allá de la línea de árboles e infiltrarse en los ejércitos enemigos tras revisar las ruinas.
Era inteligente y atrevida… y no pedía permiso. La humana no se parecía a ninguno de los otros Ojos de Aradil a su cargo, que caminaban con pies de plomo. Ella se lanzaba.
Y aprendía tan rápido que Dean había decidido que la dejaría tomar las decisiones y la iniciativa. Él se limitaría a procurarle las armas y conocimientos que estuviesen en su mano. Decidía confiar en ella, después de todo había sobrevivido al Cazador y a Theros Obsidia.
Erisad se acercó hasta él, ya vestida, recogiéndose el cabello en una trenza.
Dean alcanzó las armas de ambos y le pasó su espada Erisad. Era algo más corta y ligera, para ser usada a una mano. Pero de hoja recta y diseño tradicional. Un poco pesada para ella.
– Muéstrame qué has aprendido en el tiempo que no te he visto.
Dean desenvainó su arma, una espada de hoja levemente curva, y caminó hacia el centro del claro. Erisad lo siguió y se posicionó frente a él. Tomó aire y lo exhaló despacio mientras adoptaba una pose defensiva. Dean no pudo evitar sonreír. Siempre hacía el mismo gesto antes de enfrentarse a él.
– Erisad, utiliza todo lo que tengas a tu alcance.
Ella alzó las cejas.
– ¿A qué te refieres?
– A que me sorprendas.
Los primeros entrenamientos de combate con ella habían consistido en borrar su costumbre de usar la fuerza para tratar de apartar el arma de su rival y hacerla recordar que debía moverse, desviar y esquivar.
Pero, ahora, ella ya había asimilado que el estilo, inmóvil y duro como una roca, de Lavina y Dush no era válido para ella. Debía fluir, aprovechar el momento… e improvisar sobre una base de mucho entrenamiento.
Erisad encadenó golpes seguidos, cambiando sus trayectorias para tratar de sorprenderlo. Dean logró desviar cada uno de ellos, pero la fineza de ella había mejorado mucho. Y, tras el siguiente ataque que lanzó, Dean le devolvió una segada. Ella la desvió hacia arriba y trató de colarse por debajo de su defensa. No lo logró pero sonrió al notar que él ya no se iba a limitar a sólo recibir sus ataques.
– ¿Bailamos? – le preguntó el elfo.
Ella sonrió y le respondió en élfico:
– In va mere, cariad.*
Los sonidos de los metales entrechocando en la noche llenaron el lugar. Tres Robles en la distancia, parecía observarles. Y Erisad se sintió extrañamente feliz y a salvo en aquel momento, en aquel lugar… Había algo adictivo en combatir contra alguien que podía destrozarla en un momento y sentirse extrañamente a salvo.
Tras varios minutos de bailar el uno alrededor del otro, la diferencia de nivel se había hecho obvia. Dean necesitaba mucho menos esfuerzo para mantenerla alejada u obligarla a moverse y Erisad resoplaba buscando su aliento, cubierta de sudor. Pero, la chica parecía haberse tomado como algo personal aquel enfrentamiento. Y había una determinación en sus ojos que despertaba la curiosidad de él. ¿Qué tenía en mente?
Ella volvió a lanzarse contra él. Dean esquivó y devolvió los golpes sin emplearse a fondo. La vio desplazarse alrededor de él y la encaró. No era un movimiento muy útil, ¿qué pretendía? ¿Estaba buscando su flanco? No lo iba a lograr. Y, sin aviso, Erisad lanzó contra él una estocada fácil de esquivar. Él retrocedió dos pasos, giró y… su talón chocó contra el tronco sobre el que ella había dejado las ropas hacía un rato. Erisad lanzó una segada, él tuvo que alzar el arma para detener el golpe y cayó hacia atrás sobre la hierba. Erisad lo observó un momento, con gesto de sorpresa, sujetando la espada ante ella, casi sin creer lo que había sucedido y, al instante siguiente, levantó los brazos sobre la cabeza y lanzó un grito de triunfo.
– ¡Sí! ¡Te pillé!
Y, acto seguido, se dejó caer al suelo también, resoplando por el agotamiento, tratando de encontrar su aliento.
Dean se echó a reír. ¡Le había engañado para hacerle tropezar!
Se sentaron, sobre una de las rocas que afloraban junto al acantilado, a descansar, recuperar el aliento y dejar que el sudor se secase bajo sus ropas. El mar de árboles, frente a ellos, brillaba bajo la luna.
– Cuando vuelvas quiero buscarte un mentor para combate.
Ella lo miró.
– ¿Por qué? – su protesta casi sonó infantil.
– No te conviene practicar tanto conmigo. Tienes que medirte con otros.
Erisad suspiró con resignación.
– Pero, me gusta entrenar contigo. Eres el mejor maestro que he tenido.
El rió.
– Cuidado, mujer, que vas a sonrojarme.
¿Ella creía que era el mejor maestro que había tenido? Resultaba halagador, pero él no era más que un pobre sustituto. Llevaba tres estaciones como uno de los maestros de los Ojos de Aradil y apenas una luna entrenando a Erisad. Y, la mayor parte del tiempo, no sabía si estaba haciendo lo correcto. ¡Liovard debería haberla entrenado, no él!
Pero, ¿y si Liovard había vuelto en realidad? Dean observó discretamente a la humana, su perfil mirando el paisaje, sus cabellos pegados a su rostro por el sudor. ¿Quién era en realidad? ¿Con quién hablaba cuando hablaba con ella?
– Dean – preguntó ella –, ¿alguien se puede ofender si pronuncio mal vuestro idioma?
– No. ¿Por qué lo preguntas?
– Una persona me dijo que tenía un acento horrible.
– ¿Fue un elfo?
– Sí…
La voz de ella había sonado muy pequeña.
– No te preocupes, no pasa nada. Tu acento me resulta muy –buscó la palabra –hermoso, exótico. Pero habrá a quien le confunda.
– ¿Hay alguna manera de aprender a pronunciarlo bien?
– No estoy seguro de si esto te ayudará, pero Adva me contó un truco muy bueno cuando yo estaba aprendiendo sarcosano.
– ¿Cuál?
– Me dijo que me fijase en la posición de la boca, de la garganta… Me hizo notar que los sarcosanos, cuando hablan, cierran los dientes y hacen silbar el aire a través de ellos, y a su paso por la garganta. Cuando empecé a fijarme en la posición más que en el sonido aprendí bastante rápido.
Ella resopló con frustración.
– No puede ser tan fácil.
Dean le respondió con tono ofendido.
– Por el amor del cielo estrellado, ¡tus dudas me ofenden, mujer!
Erisad lo miró sorprendida y lanzó una enorme carcajada. Había hecho silbar las eses y cerrado las vocales en un marcadísimo acento sarcosano. Y su risa fue tan tremenda que se deslizó hasta el suelo donde siguió riéndose. Dean la miró y suspiró.
– Tanto entrenamiento y resulta que para derribarte sólo hace falta un chiste malo.
La observó reír con una sonrisa. Le encantaba su risa y la manera en que entrecerraba los ojos cuando se le llenaban de alegría. Ese gesto era solamente de ella. No lo había visto en nadie más. Erisad alzó la mirada hacia él sentada en el suelo.
– ¿Y el élfico? ¿Cuál es la posición correcta para hablarlo?
– Hazle espacio al sonido en tu boca. Debes dejarlo pasar hasta que casi ha llegado a tus labios. El élfico lo hablamos con los dientes, los labios y la lengua.
Ella pensó unos instantes y respondió un:
– Tiene sentido.
Y sus vocales sonaron más claras. Aprendía tan rápido que asustaba. Era como si ya lo supiese en realidad.
– Es cuestión de práctica. Date tiempo y, de mientras, permíteme disfrutar de tu exquisito acento.
Erisad volvió a reír suavemente.
– De acuerdo.
La sonrisa de Dean derivó hacia un gesto de preocupación. Volvió su atención al paisaje.
– Debo conseguirte un arma en condiciones, también. Necesitas algo ligero y que te ayude a moverte.
– Me estás malcriando.
– No. Sólo quiero que sobrevivas.
Al menos, el ritual de comunicación con ella era completo y estable… y poderoso. Demasiado poderoso. Casi podía sentirla y oírla como si estuviese al lado de él cuando ella activaba el enlace. Era desconcertante. Pero podría comunicarse con él cuando estuviese tras las líneas enemigas sin problema.
Dean sintió un suave golpe en la pierna y bajó la mirada. Erisad había apoyado la cabeza en él. Se sorprendió. Solía ser muy reacia a invadir el espacio personal de otros o a permitir que invadiesen el suyo. Pero, entonces, oyó su respiración y Dean se percató de que se había quedado dormida recostada contra la roca, en esos breves instantes de silencio. Horas de entrenamiento la habían agotado. Las manos de ella reposaban sobre el suelo con las palmas giradas hacia arriba, su cabeza se reclinaba hacia atrás con los labios entreabiertos. La humana dejó escapar un suave resoplido y Dean reprimió una risa. Antes de que fuese consciente de lo que hacía, deslizó los dedos sobre los cabellos de ella en una caricia.
Era muy joven… Era demasiado joven… Y se iba a lanzar como arma contra los enemigos de Erethor. Puta guerra!
NOTAS
Los Ojos de Aradil son el grupo de espías de la reina bruja, Aradil. La soberana de todos los elfos.
Adva es un personaje que aparece en La Corona de la Sombra. Concretamente a partir del capítulo 21.
* In va mere, cariad: Como desees, querido/a.
Y resulta que Jael tenía razón… Hay una organización de elfos infiltrados con alter egos en diversos lugares.
