Los personajes son de Stephenie Meyer y la Historia Pertenece a Noelia Amarillo


CAPÍTULO 9

—¿Qué tal la vida en la capital? —preguntó cuando se quedaron solos en la cocina.

—Bien. Ajetreada, como siempre —contestó ella sentándose en una silla.

—Me contó Alec que cambiaste de trabajo al poco de separarte.

—Sí, me harté de vender enciclopedias por teléfono durante cinco horas diarias, así que busqué otra cosa —respondió cortante.

—Alec me ha dicho que trabajas con películas...

—Más o menos, soy administrativo.

—Alec dice que trabajas mucho...

—Alec dice... ¿Qué es, un juego nuevo? —Bella comenzaba a irritarse por el interrogatorio.

—No. Sólo curiosidad.

—Trabajo de ocho de la mañana a cuatro de la tarde de lunes a viernes. Cuando vuelvo a casa comienzo con la rutina del día a día. ¿Satisface eso tu curiosidad, o quieres más datos?

—¿Tuviste problemas con mi hermano? —Edward preguntó exactamente lo que quería saber.

—¿Que si tuve problemas con Jasper? ¿En qué mundo vives? —inquirió enfadada, por lo estúpido de la pregunta.

—Me refiero después del divorcio. Si te pasaba la pensión de Alec y todo eso...

—¿Eso no se lo has podido sacar a Alec? —Edward en Jugar de responder, cogió la taza y dio un trago—. La pensión llegaba puntual el día uno de cada mes. El dinero nunca fue el problema.

Se miraron el uno al otro a gímelos. Edward desafiante, Bella indiferente.

—La primera vez que te vi me pareciste una niña de papá. Sólo pensabas en estar lo más guapa posible y bien. No dabas palo al agua.

—Tú a mí me pareciste un soso de cotones. Sólo pensando en estudiar y en tus tareas en el campo —atacó Bella.

—Los siguientes años cambiaron mi opinión sobre ti —afirmó Edward, obviando el comentario de Bella—. Eras tan dulce; tan cariñosa con Alec... Tan ingenua...

—No era ingenua.

—¿No? —Edward arqueó una ceja, desafiante.

—Simplemente no quería conflictos.

—¿Por eso huiste? —la provocó.

—No huí.

—Desapareciste de la noche a la mañana y has tardado casi cinco años en regresar —apuntó, irritado—. ¿Por qué nos borraste de tu vida?

—Yo no hice eso —dijo Bella circunspecta—. Alec siguió viniendo al pueblo.

—Pero tú no.

—No encontré motivos para venir.

—¿Tampoco para coger el teléfono? Te llamé miles de veces...

—No me apetecía hablar con nadie.

—¿Con nadie? ¿O sólo conmigo? —Bella se encogió de hombros—. Antes pasábamos horas hablando, riendo, discutiendo... Ahora ni siquiera puedo hablar contigo a solas.

—Estamos hablando, ¿no?

—Porque mi padre te ha tendido una trampa. Si no, hubieras roto sin problemas la promesa que me has hecho hace una hora en el cuarto de baño —Edward miró a Bella esperando una respuesta que no llegó—. Promesas; fáciles de hacer, fáciles de romper —comentó mirando al techo—. ¿Por qué? Dime qué daño te he hecho yo.

Bella no respondió, en su lugar desvió la mirada hacía la ventana. El sol lucía con fuerza más allá de las cortinas, las calles estaban vacías, la gente estaba encerrada en sus casas combatiendo el calor de la tarde con una buena siesta. Ella deseó poder hacer lo mismo.

—Has cambiado tanto... —suspiró Edward, derrotado al comprobar que no iba a encontrar respuestas.

—¿No era eso lo que querías? —preguntó Bella, fijando una mirada helada en él.

—Nunca quise que cambiaras —afirmó él pasándose las manos por la cabeza, alborotándose el pelo.

—¿No? Me dijiste que dejara de hacer el idiota, que abriera los ojos y mirara a mi alrededor. Que me enfadara. ¡Que odiara si era preciso! —Bella fue subiendo el tono de voz con cada palabra que pronunciaba.

—¡Pero no a mí! —exclamó Edward, levantándose bruscamente de la silla— ¡No fui yo quien te engañó! ¡Fue Jasper! —Edward golpeó la mesa con los puños—. No era a mí a quien tenías que odiar.

—Sólo seguí tu consejo —Bella apoyó los codos sobre la mesa y descansó la barbilla sobre sus manos en una postura aparentemente relajada—. Hice lo que querías. Dejé de ser dócil y mostrar siempre, una sonrisa resignada ante todo. Me enfadé.

—Te enfadaste con todos nosotros. ¡Y sólo uno lo merecía! —gritó Edward, dando una patada a la silla en la que segundos antes se había sentado—. Yo no hice nada para ganarme tu desprecio.

—¡Me obligaste a mirar! —exclamó Bella, levantándose airada y señalándole con el dedo—. Me llevaste allí y me obligaste a mirar...

—Quería que lo vieras con tus propios ojos, que no pudieras negar la evidencia —dijo él, apoyando las manos en el respaldo de la silla que había golpeado.

—Atente a las consecuencias —sentenció Bella, dando media vuelta y dirigiéndose hacia la puerta.

—¡Él se folló a otras y tú me castigaste a mí! —gritó Edward, dolido.

—¡Te jodes! —chilló Bella girando hacia él, escupiendo las palabras. Edward la miró totalmente pasmado, nunca la había oído hablar así—. ¿Cómo crees que me sentí? Volviste mi mundo del revés, lo pusiste todo patas arriba. ¡Dios! ¿No lo entiendes? Me sentí humillada, necesitaba largarme lo más lejos posible y no volver nunca más.

—¡Sólo quería que vieras la verdad!

—¿Y no pensaste ni por un segundo que a lo mejor yo no quería verla?

—¿Qué? —Por la mente de Edward pasaron en un segundo mil recuerdos... Indirectas ignoradas, comentarios que Bella pasaba por alto, advertencias que su padre la lanzaba y ella no escuchaba... ¿Podía ser negación en vez de ingenuidad?

—¿Crees que no lo intuía? ¿Qué era tan idiota? —La pregunta retórica de Bella dio voz a sus sospechas.

—Entonces, ¡por el amor de Dios! ¿Por qué no hacías nada? ¿Por qué callabas y aceptabas?

—¡Porque yo también era culpable! Estaba conforme con mi vida, tenía amigos, familia... y a Jasper. Puede que no fuera un marido ejemplar ni un padre entregado, pero era un buen hombre. Convivíamos cómodamente en nuestra vida de mentira, compartíamos amigos y aficiones. Puede que llegara tarde demasiadas noches, pero siempre teníamos la excusa del trabajo. Él mentía y yo me convencía de que le creía porque no había pruebas que me dijeran lo contrario. Alec tenía un padre y yo un marido —Edward la miraba confundido—. ¿No lo entiendes, verdad? Creé mi vida en torno a él. Los matrimonios con los que salíamos eran sus amigos, el barrio en el que vivíamos era el suyo... Cuando me quedé embarazada abandoné todo por él. Dejé mi vida atrás y viví la suya. Estructuré mis días en torno a él y, de repente, Jasper dejó de formar parte de la vida que había creado por y para él.

—Él no te quería —aseveró Edward, agarrándose a lo que verdaderamente importaba.

—Ni yo a él —confesó Bella—. ¿Y qué? Sabía a lo que atenerme.

—¡Tu vida era una mentira! —exclamó Edward, dando un piso atrás, jamás hubiera esperado esa respuesta de ella.

—Era la única que tenía —dijo herida—. Toda mi vida la he pasado dependiendo de alguien, de mis padres, de Jasper... Y cuando tú me obligaste a mirar, perdí toda oportunidad de seguir con mi rutina perfectamente estructurada. Me sentí tan humillada, tan perdida. Si no lo hubiera visto... si sólo me lo hubieras contado, podría haber hecho la vista gorda. Podría haberle creído de nuevo cuando juró que era la primera vez y no volvería a pasar. Pero no fue así. Les vi y esa imagen se quedó grabada en mi mente para siempre, haciéndome incapaz de perdonar u olvidar; incluso de volver a confiar en alguien. Cuando volví a Madrid todo lo que habíamos compartido se volvió contra mí. Nuestros amigos me miraban con lástima, la casa me traía recuerdos... Tuve que dejarlo todo atrás y crearme una vida propia.

—Nunca quise que sufrieras. Si Jasper hubiera sido otra clase de hombre —Edward negó aturdido—. Mereces tener a alguien que te quiera por encima de todas las cosas.

—Puedo merecer muchas cosas, pero ahora estoy sola.

—Me tienes a mí—declaró.

—¿A ti? ¿Y quién eres tú?

—Soy tu amigo...

—No, Edward. Eres mi cuñado, el hermano de mi marido.

—¿Adonde quieres llegar?

—¿No te has dado cuenta todavía? Me he creado una vida propia, he cambiado y me gusto como soy ahora. No quiero que nada me recuerde que una vez necesité a Jasper, que dependí de él. —Se dio la vuelta dándole la espalda y habló en voz baja—. Tú eres un recordatorio constante de mi fracaso —afirmó marchándose de la cocina.

Edward permaneció inmóvil, incapaz de ir tras ella, aterrado por la afirmación que acababa de escuchar. Oyó sus pasos atravesando el comedor, la puerta de su cuarto al abrirse, el golpe seco que dio al cerrarse. Parpadeó, tenía la boca seca, las manos cerradas en puños. Se obligó a abrirlas, a poner un pie delante del otro y dirigirse a las escaleras. Tenía trabajo que hacer. Y mientras lo hacía, recapacitaría sobre la conversación. Nada estaba perdido, sólo hacía falta revisar atentamente la situación y dirigirla hacia donde él quería.

En la cabaña obligaría a Bella a olvidarse de sus temores y recelos con caricias escondidas. Le demostraría que eran perfectos el uno para el otro, que él era lo que ella necesitaba. Sólo rogaba que cuando Bella descubriera quién era realmente él, no lo odiara.

Bella cerró la puerta, se tumbó en la cama bocabajo, colocó el portátil sobre la almohada y lo encendió. Como siempre, la conexión era cuanto menos deficiente. Le apetecía... No. Necesitaba, perderse en internet, hablar de tonterías con los conocidos del Facebook y mirar noticias en los foros y webs. En definitiva, necesitaba relacionarse con sus amigos. Por supuesto no podía contar a nadie la conversación que acababa de mantener con Edward, ni lo que hacía con su amante desconocido, ni siquiera como se sentía... No confiaba en nadie tanto como para hacerlo. Se mordió el labio, sobresaltada al recordar que la noche anterior su amante había mencionado que ella nunca salía con amigos. Como si supiera que ella realmente sólo tenía conocidos, no amigos. ¿Cómo podía saber tanto sobre ella? ¿O sólo lo había intuido? ¿Era alguien que la conocía personalmente o alguien que prestaba atención a lo que, estaba segura, contaba Alec de su vida en Madrid?

Se había mudado a un nuevo barrio con círculos de amistad ya formados. Y a ella, inmersa como estaba en los trámites de separación, no le apetecía entrar en la dinámica y el trabajo que implicaba conocer gente, corresponder a las invitaciones o simplemente volver a confiar en alguien. Se centró en Alec y se olvidó de sí misma. Con el discurrir de los años no encontró ningún motivo para cambiar su nueva rutina; por supuesto charlaba de temas insustanciales e inocuos con sus compañeros de trabajo, coincidía con vecinos de hola y adiós en el ascensor y a través de su ordenador bromeaba con internautas; pero nada más. Desde su divorcio se había tornado innecesario trazar una amistad profunda con nadie.

Resultaba irónico que justo en ese lugar, en el pueblo que tanto había llegado a odiar, se sintiera por primera vez en mucho tiempo parte de un círculo de amigos. Carlisle la había introducido en una familia que no se había molestado en conocer antaño y, poco a poco, con la persistente ayuda de Alec, había ido tomando confianza con la gente. Cuando se reunía con ellos en La Soledad, le contaban sus historias, partes de su vida y ella casi se sentía tentada a corresponderles...

Casi.

Al fin y al cabo era consciente de que esta especie de complicidad se debía a que su estancia en el pueblo se vería reducida a ese único mes; luego volvería a su vida normal en Madrid, cortando todos los lazos emocionales que se hubieran podido crear. Y eso, aunque en cierto modo era un alivio, también le daba pena. Casi ansiaba conocer a alguien con quien compartir todo aquello que no compartía con nadie.

Casi.

Quizá un hombre sin rostro que la hiciera reír; un hombre que había demostrado que se podía confiar en él, que no se iba de la lengua; un hombre que no pedía ni exigía nada. Alguien sencillo, sin ambiciones que ocuparan el primer lugar en su corazón. Un hombre amable y responsable con la cabeza bien puesta sobre los hombros; alguien de quien poder fiarse. Un hombre del que ni siquiera conocía su nombre, que no sabía si estaba casado o si tenía novia. Un hombre que no le había hecho ninguna promesa y para el que ella no era nadie...

Edward apareció en el salón, o puede que ya estuviera allí a cierto es que Bella no recordaba haberle visto entrar. Le cogió la mano y la obligó a levantarse. Bella pestañeó confusa, se había quedado dormida en el sillón con un libro entre las manos mientras esperaba a que su cuñado regresara con Alec. Esa tarde habían ido a ver unas yeguas que estaban a punto de parir. A ella esas cosas no le llamaban la atención y había preferido quedarse en casa descansando.

—¿Dónde está Alec? —preguntó somnolienta.

—Se ha quedado dormido en el coche, le he subido en brazos a su cuarto y le he metido en la cama —respondió Edward muy serio. Bella se extrañó, Alec ya era mayor para quedarse dormido en un viaje, y más todavía para que nadie lo llevara en brazos basta la cama, pero su mente estaba tan confusa por el sueño que no le dio importancia.

—¿Ya es de noche? —preguntó mirando hacia las ventanas. La luna mostraba su sonrisa torcida tras los cristales, burlándose del mundo. No podía creer que hubiera dormido tanto tiempo.

—Ven —ordenó Edward en voz baja. Bella cerró los ojos ante un recuerdo, el susurro de otra persona; de alguien a quien quería pero no conocía... Un recuerdo que se negaba a mostrarse—. Ven, quiero enseñarte algo —dijo de nuevo su cuñado tirándola de la mano.

Bella se levantó del sillón como en un sueño. Los colores estaban difuminados, sus músculos laxos la hacían sentir torpe, como si fuera incapaz de andar, pero no debía de ser así porque se encontró, sin saber cómo, en el Prado de la Torre. Era extraño, se veía a sí misma como si su cuerpo fuera el de otra persona y ella no fuera más que un fantasma espiando vidas ajenas. Sintió miedo, mas no sabía por qué.

—¿Por qué me traes aquí? —Se oyó preguntar con voz lejana.

—Jasper está aquí.

—¡Qué? —Vio a la persona que antaño fue quedándose inmóvil y a Edward cogerla de la mano y obligarla a continuar andando.

—Quiero que veas algo, pero tienes que estar muy calladita.

—¿Qué quieres que vea? —la mujer que era ella se mostraba inquieta, nerviosa; quería irse pero su cuñado la sujetaba con fuerza.

—Lo que está haciendo Jasper. —Vio los labios del hombre apretarse en una mueca furiosa.

—Sé lo que está haciendo.

—¿Segura?

—Sí, él mismo me lo ha dicho, está con sus amigos de fiesta —aseveró la antigua Bella sin mirar a los ojos al hermano de su marido. Edward era su amigo, él entendería, darían la vuelta y regresarían a la tranquila ignorancia de la casa de su suegro.

—Te ha mentido —Edward tenía la voz susurrante de otro hombre, de un hombre sin rostro, de un hombre al que empezaba a querer. No, ella no quería a nadie. La antigua Bella apreciaba a Jasper y no quería sentirse enamorada de su cuñado; pero ella no era esa... Ella se había creado una nueva vida. Esto había pasado hacía años... ¿O estaba pasando ahora? Se removió confusa.

—Escúchame —siseó su cuñado en su oído—, está ahí, detrás de esos árboles. No está con sus amigos. Vamos —ordenó en voz baja.

Ninguna de las dos Bellas estaba dispuesta a obedecerle.

No pudo oír las respuestas que ella misma había dado hacía tantos años, sólo le oía a él. Pero él no era Edward.

—No grites —silbó en su oído cuando la Bella que era antes se revolvió. Un segundo después la tapó la boca con sus dedos ásperos. Unos dedos que había sentido hacía poco sobre su cuerpo... ¿cuándo? Su cuñado jamás la tocaba. Nunca. ¿Por qué?—. Ya casi hemos llegado.

Pero Bella no quería llegar a ningún lado, quería volver al salón y sentarse a leer su libro. No, quería volver a la casa de su suegro y meterse en la cama. ¿No estaba ya en la cama? ¿Cómo había llegado hasta allí? No lo recordaba.

—Deja de moverte o nos descubrirá —susurró el hombre de la cabaña, furioso, ¿Por qué estaba con ella? ¿Dónde estaba su cuñado?—. Tienes que dejar de ser tan ingenua у confiada. Jasper te los está poniendo desde hace años delante de tus narices y tú no te enteras de nada.

Bella sabía que en ese momento ella negaba una vez con la cabeza, que su cuerpo se resistía a seguir caminando.

Edward deslizó el brazo por su cintura y la obligó a seguir andando hacia un círculo de abedules. Las personas ocultas allí hacían el suficiente ruido como para encubrir el sonido de las pisadas de su cuñado sobre la hojarasca del suelo. Cuanto más se acercaban, más claros eran los murmullos y jadeos. Podía distinguir la risa aterciopelada de Jasper, su voz ronca, sus gemidos guturales.

Edward caminó seguro en la oscuridad de la noche. Sus pies daban paso tras paso sin tropezar ni hacer apenas ruido por un sendero que sólo él podía ver. Conocía la montaña como su propia casa. Cuando se detuvo por fin, Bella era incapaz hasta de respirar. Todo su cuerpo estaba atenazado por el miedo y la negación.

Bajo la copa de los abedules, los arbustos de tomillo y retama negra formaban una espesa cortina que aislaba a Bella de quien estuviera más allá. Edward apartó la vegetación con una mano abriendo una ventana por la que ella no quería mirar. Sombras, sólo sombras. Siluetas sin forma que apenas se perfilaban bajo la sonrisa ladeada de la luna. Movimientos apenas esbozados entre el espeso follaje que rodeaba a la pareja, contornos pálidos y sinuosos de los cuerpos desnudos de dos desconocidos. Bella intentó dar un paso atrás, pero el torso de su cuñado, pegado a su espalda se lo impidió.

—Vámonos —susurró en sueños.

—No. Abre los ojos de una puta vez. No seas idiota.

—Ya lo he visto —afirmó Bella en voz baja—. Vámonos.

—¿Los has visto? ¿Estás segura? —preguntó irónico Edward. No, no era su cuñado, era él. El hombre de la cabaña.

—Sí.

—No has mirado bien —aseveró él.

La empujó, obligándola a dar un paso más. Bella tropezó con los arbustos, dio un traspié y atravesó la cortina de ventanas. Las siluetas se separaron sobresaltadas dejando de ser sombras para convertirse en un hombre y una mujer. Bella se dio la vuelta e intentó echar a correr, pero alguien se lo impidió. Edward.

—¡No huyas! —gritó enfadado—. ¡Enfádate! ¡Ódialo! Pero no salgas huyendo —clamó, obligándola a girarse y mirar.

La Bella que era ahora, apretó los parpados con fuerza. Sabía perfectamente lo que iba a ver: a su marido vestido únicamente con el sudor del sexo. Su pene, que ella había acariciado esa misma tarde, húmedo por los fluidos de otra mujer. Su cabello, alborotado por dedos que no eran suyos. Su mirada, asombrada al verse descubierto. Inspiró profundamente, armándose de valor para asistir de nuevo a la desagradable escena, y abrió los ojos.

No era la misma. La imagen había cambiado.

No era Jasper quien estaba ante ella, sino un hombre sin rostro, un hombre alto y trigueño cuyo cuerpo ella había tocado en la sencillez de una rústica cabaña de madera. Un hombre que la exigía entre susurros entregarse a todos los juegos que ella tantas veces había soñado, avergonzada en la intimidad de sus sábanas.

Un movimiento la hizo desviar la mirada de la imagen del hombre. La mujer que años atrás se había follado a su marido en aquel mismo lugar, se erguía ante ella orgullosa y despectiva, pegada al costado del hombre, acariciándole la ingle con dedos áridos mientras miraba a Bella sonriendo. El pene del hombre comenzó a crecer entre sus manos; ese pene que Bella había saboreado la noche anterior, que había entrado en ella hasta hacerla gritar. El hombre se giró lentamente dándole la espalda y besó a la otra, lentamente, cariñosamente, tal y como había besado a Bella hacía apenas veinticuatro horas.

Las entrañas de Bella se desgarraron a la vez que un lamento apenas audible emergía de sus labios cerrados. El hombre debió de escucharla, ya que volvió su mirada hacia ella, pero ya no era un desconocido, era su cuñado, Edward.

Bella se removió inquieta en la cama, el sudor frío le recorrió la piel, sus manos se agarraron inconscientes a las sábanas; bajo los parpados cerrados sus iris se movieron erráticos.

¡No fue así! Quiso gritar, pero las palabras se atoraron su garganta impidiéndola respirar.

La imagen que durante años la había humillado no era esa.

En la escena real, aquella que sucedió cinco años atrás, la mujer desnuda que yacía bajo su marido había corrido a buscar sus ropas mientras Jasper se cubría aturdido la ingle con las manos. Edward, a espaldas de Bella, la mantenía sujeta contra su pecho impidiendo que se diera la vuelta y huyese; obligándola a mirar. Fue una escena aterradora, pero no tanto como la que sus ojos le habían mostrado hacía un instante.

Cuando descubrió la infidelidad de su marido sólo había querido huir y esconderse lo más lejos posible. Estaba herida en su orgullo, asustada por la ruptura inminente de su rutina vida, pero con el corazón casi intacto.

Ahora quería matar a la desconocida que manoseaba a amante.

Quería coger de los cajones a Edward y arrancarle el hígado por dejarse tocar por una mujer que no era ella.

Quería que su amante misterioso, aquel que no le había prometido nunca nada, fuera hasta ella y la besara como si realmente la amara.

Quería que su alma dejara de sangrar por una traición que no tenía derecho a reclamar.

Quería llorar y gritar.

Quería...

—Bella, chiquilla ¿Qué te pasa? —Escuchó la voz de Carlisle y sintió sus manos sobre sus hombros zarandeándola con cariño.

¿Qué hacía allí su suegro? ¿Cuantos más iban a ser testigos de su dolor?

—Bella, no llores, es sólo un sueño. Despierta, hazlo por este viejo que tanto te quiere. Vamos preciosa, despierta; no pasa nada.

Abrió los ojos confundida. Estaba en su habitación, tumbada en su cama, con su portátil abierto sobre la almohada.

—¿Me he quedado dormida?

—Eso parece —respondió Carlisle, aliviado, sentándose en el borde del colchón—. ¿Qué estabas soñando para estar tan triste?

—Nada. Tonterías. Sueños mezclados... —contestó parpadeando, extrañada por la tenue luz que entraba por la ventana—. ¿Qué hora es?

—Casi las siete. Nuestros hijos se acaban de ir a la cooperativa. Tardarán un rato en regresar. ¿Qué te parece si nos tomamos un buen café?

Sonrió a su suegro y asintió. Por primera vez en su vida, realmente le apetecía el fortísimo y espeso brebaje que Carlisle llamaba café.

Bella se sentó en una silla de la cocina y acarició el borde de la taza con los dedos mientras miraba atentamente el oscuro líquido que contenía. Se había lavado la cara con agua fría, pintado un poco los ojos y los labios y cepillado vigorosamente el pelo. Tras unos minutos a solas en el cuarto de baño sentía la cabeza despejada. Sólo había sido un sueño tonto en el que había mezclado lo que sucedió antaño con lo que estaba viviendo ahora. Decidida a no darle importancia, inició una conversación inocua con su suegro.

—¿A qué te referías antes cuando hablaste del pilón y las chicas? —preguntó, después de beber un reconfortante sorbo de amargo café.

—Es una vieja costumbre del pueblo.

—¿Una vieja costumbre? —Bella apoyó los codos sobre la mesa y miró intrigada a su suegro. «Aquí viene otra más de sus leyendas», pensó.

—Aquí solemos hacer las cosas de cierta manera... —Emprendió el relato con su voz de orador, sentándose muy recto en su silla—. Cuando un hombre quiere cortejar a una mujer, lo primero que hace es tirarla al pilón de la Fuente Nueva.

—¡Tirarla a la Fuente Nueva! —exclamó Bella estupefacta. La Fuente Nueva, que en realidad tenía bastante más de cien años, estaba ubicada en mitad de la plaza del ayuntamiento y no era, ni más ni menos, que un enorme pilón de piedra de más de tres metros de diámetro que permanecía siempre anegado por el agua de un manantial que brotaba de dos caños situados en la escultura en forma de cruz que la adornaba.

—Esa es la costumbre —carraspeó Carlisle, irritado por la interrupción—. Cuando un hombre pretende a una mujer, la tira al pilón para que sirva de aviso al resto de los varones del pueblo que, desde ese mismo instante, ella pasa a ser «coto privado de caza».

—¿Y a la mujer la parece bien? —interrumpió Bella alucinada.

—Depende...

—¿De qué?

—De si es invierno o verano... —Al escuchar la respuesta, Bella se abrazó con fuerza a sí misma. ¡Joder! En invierno la primera capa de agua estaba congelada. En verano, casi.

—Pero... Eso es... una bestialidad.

—¡Jovencita! ¡Así se han hecho siempre las cosas aquí entre los enamorados y nadie se ha quejado nunca!

—A mí jamás me han tirado... —comenzó a decir Bella antes de cerrar la boca con fuerza. Claro que no, Jasper no necesitaba «marcar su territorio». Él, directamente la había dejado preñada.

—Como iba diciendo —refunfuñó Carlisle, al que no le sentaba muy bien que le interrumpieran cuando contaba historias—, los tiempos han cambiado...

—¡Menos mal!

—¡Bella! —La mirada que le lanzó su suegro la hizo callar—. Ahora los jóvenes han cambiado la costumbre. No son sólo ellos los que tiran al pilón a las chicas. Las chicas también se han apuntado a la moda.

—¿Qué?

—Lógicamente no tienen la fuerza suficiente para coger al chico en brazos y lanzarlo a la fuente —comentó orgulloso—, así que se dedican a salpicarlos cuando éstos están despistados. —Bella sonrió divertida—. Y eso es lo que le ha pasado a Alec.

—¡No!

—En resumidas cuentas, le ha salido una «pretendienta» y a él no le hace ni pizca de gracia.

—¡Por supuesto que no! Es sólo un crío, no tiene edad para andar con chicas.

—Bueno... Creo que el problema es que Alec sí quiere andar con esa chica... —comentó su suegro divertido— pero le da vergüenza que ella se le haya adelantado.

—¡Sólo tiene catorce años! No sabe lo que quiere.

—Yo tenía quince cuando tiré a mi mujer a la fuente —declaró Carlisle, herido en su orgullo.

—¿Y a Esme le pareció bien?

—Por supuesto. Llevábamos todo el verano tonteando, era hora de dar el gran paso.

—¿Todo el verano? ¿Cuando la tiraste a la fuente? —preguntó Bella, temiendo la respuesta.

—A finales de septiembre. —Un escalofrío recorrió a Bella al pensar en la temperatura del agua en esas fechas— Nos casamos el verano siguiente —continuó Carlisle—, y desde entonces hemos sido muy felices. Le echo tanto de menos... —suspiró—. En fin, que en eso anda tu hijo. A ver si Edward lo convence de que se deje de vergüenzas y vaya a por la muchacha.

—¡Carlisle!

—El verano es muy corto, Bella. Antes de que se dé cuenta habrá terminado, volverá a Madrid y ya no podrá hacer nada.

—¡Ya lo hará el año que viene!

—Quién sabe si para entonces no será demasiado tarde. Al toro hay que cogerlo por los cuernos en el momento en que aparece —afirmó mirando severo a su nuera—. Cuando se deja pasar la oportunidad, raramente vuelve a presentarse.

—Tonterías, es sólo un crío.

—Yo sé de un crío que dejó pasar la oportunidad y ha pasado quince años esperando a que se le presente de nuevo. Cuando quieres algo, hay que agarrarlo con las dos manos y no dejarlo escapar. Cueste lo que cueste y pese a quien pese —sentenció su suegro levantándose de la silla—. Voy abajo a seguir haciendo cajas.

Bella observó, pensativa, la espalda de su suegro bajando las escaleras. ¿A quién se referiría? Terminó de beber su café, lavó las tazas y, sin pensarlo dos veces, bajó tras él. No tenía nada que hacer hasta que llegara Alec y salieran juntos a la Soledad. Seguro que Carlisle agradecería que le ayudara con las cajas y, si de paso conseguía que le contara más cosas, pasaría una tarde, cuanto menos, entretenida.


Lo prometido es deuda, ya pudieron ver qué era lo que alejo a Bella del Pueblo… y de Edward, ahora solo queda ver que hará Edward para tratar de recuperar a Bella….. y se pone interesante. XD

Les dejo un mini adelanto:

Desde que tuvieran aquella conversación, tres días atrás, Edward se había comportado como si nada hubiera pasado, como si los años no hubieran transcurrido. Había vuelto a ser el hombre que cambiaba los pañales a su hijo cuando ella estaba derrotada por el cansancio, el que dormía al niño entre sus brazos y luego se quedaba horas y horas con ella, sentados uno al lado del otro en la terraza, charlando de cosas intrascendentes, discutiendo por chorradas o escuchándola atentamente como si ella fuera lo más importante en su vida. Los había acompañado a ella y a Alec cada tarde en su rutinario paseo, había bromeado con el chico, había soportado con estoicismo los silencios de Bella y la había mirado... como la miraba antes. Y Bella sentía que si bajaba sus defensas, Edward volvería a entrar en su vida. Y eso no podía permitirlo.

Lucerito!