Hielo
En la época moderna la noche había sido tan calurosa que Kagome no pudo evitar levantarse a buscar algo refrescante para tomar, con la única protección de un delgado y semitransparente camisón. El mismo que ahora reposaba completamente arrugado en el suelo de la cocina de la familia Higurashi. La joven había tomado un poco de agua fría con cuatro cubos de hielo en su interior y, tras ser descubierta por Inuyasha, no pudieron evitar entregarse el uno al otro mientras intentaban apagar ese nuevo calor que comenzaba a aglomerarse en sus cuerpos.
La colegiala gimió suavemente al sentir los caninos perforar la sensible y tersa piel de su cuello. Un hilo de sangre tibia se deslizó desde su clavícula hasta cruzar el valle entre sus pechos, frenando poco a poco su velocidad. Las manos masculinas delinearon sus curvas con impaciencia y necesidad, al llegar a sus caderas el albino se apresuró a subir a la joven a la encimera de la cocina para tener mejor acceso a su cuello. Aquel del que seguía manando la sangre que llamaba a sus instintos y despertaba sus hormonas.
—Inu... yasha... —Gimió al sentir el cubo de hielo delizándose sobre su pezón derecho.
El cubito se derretía contra la palma masculina, empapando parcialmente la cremosa piel de los pechos femeninos. Kagome llevó una de sus manos hacia la cabellera plateada donde se dedicó a acariciar mansamente las delicadas orejas.
—Sí, así... —Musitó en un suspiro casi inaudible.
Inuyasha frotaba el hielo sobre el pezón hasta dejarlo ligeramente colorado a causa del frío extremo. Las largas piernas femeninas se retorcían contra su cadera, apretándolo en cuanto tocaba el punto exacto. Los movimientos circulares, lentos e insistentes hacían que su piel se quemara bajo el gélido tacto del cubo... Pero qué bien se sentía esa mierda. Los botones rosados reaccionaban al cambio de temperatura y se endurecían ante cada nueva caricia, al mismo tiempo que su garganta se cerraba para reprimir los sonidos que clamaban por salir.
El hanyou la miró de soslayo con sorna. Se la notaba receptiva a sus caricias, pero reacia a hacer demasiado ruido por temor a que alguien los oyese. Apretó juguetonamente uno de los pezones, obligando a Kagome a gritar a causa de la sorpresa y el tenue dolor.
—Grita para mí, perra —ordenó. Kagome se sonrojó ante aquel inusual apelativo que, lejos de ofenderla, solo lograba excitarla más.
—No... —Negó— No tenemos que hacer ruido.
—Yo no estoy haciendo ruido.
—Pero yo sí —repuso, a sabiendas de que el albino lo hacía a propósito.
—Y estás a punto de hacer más —advirtió.
—¿Qué...?
Uno de los cubitos de hielo fue depositado de improviso en su boca obligándola a callarse. Casi inmediatamente unos cálidos y gruesos labios masculinos se estamparon contra los suyos y comenzaron a moverse sobre su boca. Kagome abrió los ojos con asombro al sentir a Inuyasha delinear su comisura con sutiles caricias, la lengua del albino trataba de abrirse paso para ahondar más el beso. Su boca aún almacenaba el hielo intacto que, poco a poco, comenzaba a derretirse en su interior otorgándole una sensación refrescante. El ojidorado miró con reproche a la joven frente a él. ¿Hasta cuándo seguiría sumida en ese trance? Mordió juguetonamente su labio inferior para traerla de vuelta y, al fin, la colegiala abrió los labios dándole la bienvenida a su cálida y suave lengua.
El cubito se derretía rápidamente en medio del beso de los dos amantes que continuaban repartiéndose fogosas caricias al mismo tiempo que luchaban por respirar sin acortar el beso. La frescura del hielo lograba apaciguar un poco la urgencia en ambos, las bocas soltaban suspiros que eran absorbidos por la boca del otro mientras los sentimientos y el calor del momento parecían mezclarse en una combinación explosiva perfecta.
Una de las traviesas manos de Inuyasha se abrió paso entre los cálidos pliegues femeninos, aquel lugar íntimo del que provenía la fragancia más excitante del mundo y que conseguía llamar a sus instintos con inusitada urgencia. Acarició la intimidad femenina de abajo hacia arriba lentamente, algo impropio de él, y deslizó con facilidad dos de sus dedos dentro. La zona, lubricada de por sí, pareció humedecerse más con esta simple acción.
—Inuyasha...
—Shh... ¿No dijiste que debíamos callarnos? —El hanyou movió lentamente su mano contra el sexo de Kagome, logrando estimularla fácilmente— Yo puedo guardar silencio —susurró—, pero... ¿Y tú?
Tomó otro hielo y lo envolvió con su mano para transmitirle calor. Kagome no se perdió detalle de las acciones del albino, pero... ¿Qué planeaba hacer? Inuyasha guio su mano hasta posarse sobre la intimidad de la azabache sin llegar a tocarla, la mirada canela curiosa y expectante se le antojaba de lo más adorable. Pero no era momento de ser adorables, era momento... De ser ardientes.
El calor de su mano derritió parcialmente el hielo, haciendo que liberara frías gotas que se escurrieron entre sus dedos y nudillos hasta caer directamente sobre el botón rosado que se escondía entre los pliegues femeninos. El contacto gélido, pero a la vez excitante, hizo que el sensible clítoris de Kagome comenzara a palpitar con necesidad. Una tras otra las gotas caían directamente sobre la pequeña porción de piel, el punto exacto donde deseaba ser atendida. El agua fría pasaba entonces a deslizarse por su sexo hasta formar un diminuto charco debajo de ella. Inuyasha admiraba el pequeño y erótico espectáculo, como si frente a él se hallara una cascada de placer.
—Por favor... —Aquel susurro lo sacó de sus sucios pensamientos y lo obligó a mirar a la joven frente a él— Por favor, entra —repitió mientras meneaba las caderas intentando rozarse contra el duro miembro apresado dentro del haori rojo.
Kagome se recostó en la encimera de la cocina, entregándose a él, sin dignarse a limpiarse aún el hilillo de sangre que seguía surcando parte de su pecho y cuello. No se avergonzó, ni trató de cubrir su desnudez, como la primera vez que estuvieron juntos. Estaba acostumbrada a entregarse a él y a la pasión del momento cada vez que la situación se prestaba para ello.
Tomó el último cubo de hielo disponible y lo introdujo en su boca antes de iniciar un nuevo beso a la vez que se apresuraba a unirse a la sacerdotisa del futuro que esperaba ansiosa el coito.
El hielo se derretía con la temperatura del ambiente y ella...
—Te amo.
—Yo también te amo... Tonto.
Y ella no podía evitar derretirse bajo las caricias de su terco, bruto, candente, pasional y amado hanyou...
FIN
No me lo van a creer, pero como yo estudié calorimetría —y muchos de estos ejercicios ponían una masa de hielo exageradamente grande derritiéndose— hice que cada acción cuadrara perfectamente con el tiempo exacto que tarda un hielo de ese tamaño en derretirse. Es un tema que se me da muy bien y puedo hacerlo mentalmente. ¿Lo peor? A pesar de saber eso igual desaprobé el final de biofísica JAJAJAJA —Momento trágico we—.
Escribí algo parecido, pero como se hizo demasiado extenso me salió un one shot. ¿Y qué creen? Tuve que empezar todo de nuevo para que esto se vea como un drabble jsjsjs. Peeero como ese otro "drabble" iba a tener un final muy diferente decidí publicarlo más adelante como un one shot independiente uwu
Muchas gracias a todos por sus felicitaciones y comentarios taaaan lindos como siempre c: me alegra saber que a muchas les he sacado no solamente una sonrisa sino una buena carcajada —al parecer Kagome no fue la única que se quedó con ganas de esa rusa, ¿no?—. Espero que este drabble las deje contentas al tener algo un poco más explícito :D
Respuesta a dav herreras: Yes, concuerdo al decir que es una lástima terminar todo en la mejor parte, pero como debo mantenerme por debajo de las mil palabras es muy difícil hacer de esto algo muy completo. Los drabbles donde no logro describir todo entran en la categoría de "lime", es decir, con referencias sexuales pero sin llegar a ser explícito en demasía. Espero que puedas entenderlo y disfrutar de la lectura pese a ello.
¡Nos leemos mañana a la misma hora de siempre! Gracias a todas por contar las horas que faltan para cada actualización, me hace muy feliz saber que están tan ansiosas como yo :D
6.10.20
