Habían transcurrido dos meses y su negocio había ganado tanta popularidad gracias al boca-boca que para que Madame Lenoir te atendiera debías concertar cita. Algunos mandaban una nota con un criado, otros lo hacían en persona y algunos incluso reservaban la siguiente sesión al terminar la primera. Tampoco es que todo Londres recomendara sus servicios, pero en su barrio y los de alrededor sí pronunciaban su nombre con respeto. Muchos acudían de incógnito, con grandes sobreros, toquillas o pañuelos para camuflar su identidad. Como si a Bellatrix le importase lo más mínimo…
Estaba moderadamente contenta. Tras su encuentro en el mercadillo con la adivina, se había centrado en estudiar las pociones con propiedades rejuvenecedoras. Narcissa la había aprovisionado de ingredientes y varios libros para documentarse. Cuando tenía un rato, salía a charlar con el boticario o con perfumistas que entendían del tema. Eso pensaba hacer cuando uno de los maleficios protectores que tenía sobre la casa la puso en aviso. Sabía que pasaría tarde o temprano: era ilegal que un mago o bruja utilizara sus poderes para comerciar en el mundo muggle. Se consideraba una infracción grave del Estatuto del Secreto. Así que cuando tenían sospechas, mandaban a aurores a investigarlo. Y por eso había saltado el hechizo que la alertaba al notar un aura mágica que no fuese la suya.
Ya la habían visitado un par de magos de incógnito, pero la mortífaga tenía ojo clínico y sabía distinguir a los aurores. Además, durante las semanas de preparación de la misión había estudiado y memorizado a los que trabajaron en aquellos años. Y en ese momento, le fue muy útil. Los que subieron la escalera fueron un hombre y una mujer. Bellatrix atendía a parejas también, aunque la gente prefería hacerlo en privado (al final su labor sí que se parecía a la del cura, como el vecino infiel sugirió). Le pidieron si podía atenderlos y con una falsa sonrisa, la bruja murmuró:
-Lo siento, no atiendo sin cita. Ahora iba a salir.
-No se preocupe, será rápido, Madame –aseguró la mujer- y podemos pagarle un plus.
Sin duda eran aurores, los reconoció de las fotos en los archivos del Ministerio. La mortífaga sabía que negarse al dinero extra sería sospechoso. Tampoco podía matarlos o librarse de ellos con magia pues alteraría el curso de la Historia y su caso seguiría abierto en el Ministerio. Debía atenderlos o volverían, mejor quitárselo cuanto antes. Tenía que deshacerse de ellos consiguiendo que cerraran su caso certificando que era una muggle. "Por Circe, qué asco de vida" pensó con rabia.
-De acuerdo –concedió con impostada amabilidad-, tomen asiento.
Bellatrix tenía curiosidad por cómo iban a hacerlo. Los aurores no estudiaban legilimancia ni oclumancia: se consideraba magia oscura y una violación de los derechos. Probablemente ambos esperaban sentir su aura mágica, pero ella sabía ocultarla, así que de ahí tampoco sacarían nada. Lo que jugaba a su favor era que ellos creían que no disponía de ninguna herramienta para detectar la magia, así que ignoraban que no la habían engañado.
-¿Qué desean saber? –inquirió barajando las cartas.
-Bueno, acabamos de casarnos –contó el hombre-, y queremos saber si nos irá bien.
Bellatrix asintió. Esos dos estaban tan casados como ella y Snape, no necesitaba ni meterse en su mente para comprobarlo. Y no lo hizo. No podía arriesgarse a que alguno de ellos hubiese estudiado por su cuenta las artes de la lectura de la mente y la detectara. Así que optó por actuar como una charlatana cualquiera. Esparció las cartas por la mesa y empezó a levantarlas con expresión de concentración:
-El ermitaño nos habla de la paciencia –murmuró contemplando el arcano-, de la importancia de ser prudentes en la relación y saber también respetar su espacio. Son ustedes nuevos en el matrimonio, llevan poco tiempo, según me dicen las cartas. Así que es importante que encuentren el balance para tener también tiempo individual para alcanzar sus propias metas, o de lo contrario la frustración podría malograr la relación, que aquí me sale que… muy íntima todavía no es.
Dio gracias de que hubiese salido esa carta que era de las más sencillas de interpretar. Las barajas que compró venían con un manual, pero apenas lo había hojeado; ya suficiente tiempo perdía con esas tonterías... Vio que la pareja se miraba entre sí sin saber a qué atenerse. La mujer preguntó:
-¿Y debemos tener hijos ya?
De nuevo la bruja levantó un par de cartas hasta que salió una cuyo significado recordaba. La colocó sobre las otras y comentó:
-El colgado, mal augurio… Parece que para ustedes son muy importantes sus trabajos, un hijo podría suponerles un sacrificio demasiado grande. Creo que deberían esperar a estar seguros. O bien replantearse sus perspectivas laborales.
Bellatrix los miró de reojo. Lo que estaba diciendo era obvio. Pero sin embargo se alejaba de los charlatanes que únicamente decían lo que el cliente deseaba oír. Ambos estaban ya seguros de que sabía calar a la gente y era inteligente, ¿pero bruja? Nada parecía indicarlo. Le dieron las gracias y le pidieron entonces si podía enseñarles las pociones que vendía.
-¿Cuáles les interesan? –preguntó la bruja acercándose a la estantería donde las conservaba.
-Mi sobrina me ha preguntado por filtros amorosos –comentó el hombre-, ya sabe, está en esa edad.
-Desde luego -murmuró Bellatrix seleccionando un frasco.
Los tenía organizados según su eficacia: fabricaba algunos más potentes y otros que no llevaban ni una gota de la poción auténtica. Dependiendo del cliente, le daba uno u otro.
-Aquí lo tienen.
Los magos se miraron extrañados al ver que era verde y no rosácea. La destaparon y la olieron: aquello eran hierbas aromáticas, pero nada mágico. No en vano la bruja había dedicado días a alterar su aspecto. La pareja murmuró que lo probarían.
Mientras sacaban el dinero para pagarle, con aire distraído la auror le preguntó de dónde era y cómo es que había dejado Francia. Bellatrix le narró su coartada también con actitud despreocupada, pero empezó a indignarse: ¿qué era eso de preguntarle por su vida personal? Lo más complicado era explicar por qué si estaba de visita familiar se había montado un negocio de vidente. Estaba intentado dar coherencia a su historia cuando la puerta se abrió.
-Oye, cielo, ¿te importa si la cena…? –Nellie se interrumpió al ver que no estaba sola- Uy perdona, creía que esta tarde no tenías clientes.
-No pasa nada, prima, estos amables señores ya se marchaban –murmuró la bruja sin entender por qué la muggle había subido con el rodillo de amasar.
-¡Ah! ¿Es familia de Mrs. Lovett? –preguntó él- Es verdad que se parecen.
-Nah, mi prima es más guapa –sonrió Nellie-. Llevaba años suplicándole en mis cartas que viniera a verme, ¡por fin ma hecho caso! Como trabajo mucho y no podía atenderla to el rato que me gustaría le dejé este local. Ella tiene un don pa esto y así se entretiene mientras yo curro.
La pareja quedó por fin convencida. La pastelera era de sobras conocida y sin duda era muggle. Así que su prima también. Eso, unido a sus no demasiado precisas predicciones y al filtro amoroso que parecía más bien detergente, los terminó de convencer. Decidieron que aquella mujer no tenía magia, sino algo mucho menos común en esos tiempos: inteligencia. Caso cerrado.
Cuando por fin bajaron, Bellatrix suspiró aliviada. Le preguntó a la muggle qué quería y por qué diablos iba por ahí paseando el rodillo de amasar.
-Ah, na. He visto a esos cuando subían y me han dao mal rollo. He pillao el rodillo por si tenía que atizarlos.
Sin darse cuenta, una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Bellatrix. Al parecer entre mentirosos se distinguían unos a otros. No pudo evitar sentir ternura al comprender que Mrs. Lovett había querido protegerla. Ni siquiera había dudado en subir pese a la sensación de peligro. Hacía días que esa mujer se había ganado su respeto y cada vez la hacía olvidar más el hecho de que era muggle. Eso le daba miedo.
-Bueno, me marcho. Te he dejao la cena en la cocina, volveré tarde.
-¿A dónde vas? –preguntó Bellatrix odiándose por mostrar interés.
-A ningún sitio, solo a…
Nellie se dio cuenta de que era incapaz de mentir a esos ojos que tanto la fascinaban. Así que con la mirada gacha por la vergüenza, le contó la verdad: tras hablar con varios vecinos, el boticario le había dado la nueva dirección de Sweeney. Al parecer le llevaba suministros para su señora. Era un barrio más pobre e insalubre que el suyo pero no estaba lejos, así que iba a hacerle una visita.
-Solo para asegurarme que está bien, na más…
-Como tú veas –respondió la bruja con frialdad.
Abochornada por su dependencia del barbero, Nellie asintió y salió del local. Bellatrix sintió una punzada de culpabilidad por hacerla sentir mal. Ella la había ayudado a librarse de los aurores y tenía todo el derecho del mundo a visitar al hombre del que estaba enamorada. No era nadie para juzgarla: en los últimos años la sombra de Voldemort se proyectaba directamente sobre ella. Pero no había podido evitarlo. Se odiaba por pensar que la muggle merecía algo mejor.
Desechó esos pensamientos y cerró su tienda. Se puso una de sus capas con capucha, se ocultó bien y salió aprovechando que empezaba a oscurecer. Visitó el herbolario y una perfumería para conseguir productos químicos, tenía que probarlo todo. Satisfecha con sus compras, regresó a Fleet Street. Bajó al piso de la muggle por la escalera interna y cenó ahí. Limpió la cocina –que Eleanor siempre dejaba hecha un desastre- con un gesto de su varita y en pago le robó una botella de ginebra. Volvió a su apartamento y tras organizar sus adquisiciones, abrió el alcohol.
Ese momento era el peor del día: las horas antes de acostarse cuando ya había terminado su jornada pero aún no tenía sueño. Los pensamientos angustiosos sobre lo complicado de su misión, el miedo a quedarse atrapada ahí y las humillaciones de Voldemort acudían en tropel.
-¿Me echará de menos? –se preguntó buscando un vaso.
Como conocía de sobra la respuesta, renunció al vaso y bebió directamente de la botella. Seleccionó uno de los libros de herbología que usaba para documentarse y se tumbó en la cama. Esa rutina de alcohol y lectura no era muy eficaz para librarla de su desasosiego, pero era lo único que tenía. Poco después, se acostó y pensó: "Un día menos".
No duró mucho. Pasadas un par de horas, un ruido interrumpió su sueño. Aguzó el oído sin salir de la cama; no podía ser nada grave o los maleficios protectores la habían alertado. Era su casera. Su dormitorio estaba justo debajo del suyo y los suelos eran muy finos. Había noches en que la oía llorar, pero en esta ocasión parecía más intenso. Por muy irritante que resultara, en ocasiones la propia Bellatrix camuflaba lágrimas furtivas contra su almohada. Así que no la podía culpar. Cerró los ojos e intentó conciliar el sueño de nuevo. Imposible.
-Maldito sea el momento en que mis padres follaron y me trajeron a este mundo de mierda –masculló mientras se levantaba.
Se puso la primera bata que encontró y optó por usar la escalera interna pese a que habían convenido no hacerlo para respetar su privacidad; no iba a salir a la calle en camisón. Aunque la llave solo la tenía la muggle, le bastó un alohomora para abrirla. El salón estaba a oscuras. Se armó de paciencia y llamó con los nudillos a la puerta del dormitorio. Escuchó como Nellie daba un respingo del susto.
-No cojas el rodillo, soy yo –murmuró la bruja.
La puerta se abrió lentamente y el compungido rostro de la muggle apareció ante ella. El llanto había estropeado su maquillaje, se la veía temblorosa y extremadamente triste. Se restregó los ojos intentando eliminar las lágrimas, pero el único resultado fue desperdigar aún más la sombra de ojos.
-¿Cómo has…? No te he oído… ¿Necesitas algo?
-Soy muy silenciosa. Y me has despertado –resumió la morena.
-Lo… Lo siento… -respondió la muggle con un hilo de voz.
Su entusiasmo y energía habituales se hallaban en el mismo estado que su maquillaje: destrozados. Bellatrix se sentó en una esquina de la cama y la miró. La castaña, que seguía de pie junto a la puerta, entendió que por una vez le permitía desahogarse. Así que intentando controlar su voz, le contó que la visita no había ido bien. "Menuda sorpresa" pensó la bruja con sorna.
-¿Te ha tratado mal? –preguntó con cierta rabia.
-No… -respondió Nellie- Ni siquiera he entrao... Lo he visto desde el cristal de la calle. Vive y trabaja en un cuartucho mucho peor que esto. Pero… Tiene a su mujer sentada en un banco junto a él y le presta atención tol rato. La cuida, se preocupa por ella y se nota que la quiere. Ella ya no grita y tiene un poco mejor aspecto que antes, pero se la ve completamente ida, como un muñeco de trapo. No hace nada por él y sin embargo Sweeney…
En ese punto su voz se quebró y la sentencia nació muerta. Bellatrix asintió, poco más podía hacer. Antes un avada que abrazarla o cualquier tontería así, ella no servía para consolar a la gente. La muggle continuó, parecía que hablar la tranquilizaba un poco.
-Estos días he pensao mucho en Mr. T. Creo que ni siquiera le quiero ya a él, solo envidio eso, una relación como la suya con su mujer, que me quieran incondicionalmente y to eso. Lo de mi pobre Albert fue más práctico que romántico… Y desde luego Sweeney no es Benjamin, él jamás me habría metido en lo que me metió Sweeney… Pero…
-Estaba ahí cuando no tenías a nadie más –terminó la bruja entendiendo perfectamente de lo que hablaba.
La muggle asintió al punto.
-Estoy tan harta de sentirme sola, de hacer to sola, de dormir sola, de que a nadie le importe si vivo o muero… Cada día me cuesta más levantarme, si total pa que…
-Para joder al mundo –la interrumpió Bellatrix-. A todos los que te odian, los que hablan mal sobre ti y desean verte caer. Merece la pena vivir para demostrarles que no pueden contigo, que tú eres más fuerte.
La pastelera frunció el ceño intentando entender su punto de vista.
-¿Entonces la idea es no vivir por el amor si no por el odio?
-Básicamente –respondió la bruja encogiéndose de hombros.
-Pero… ¿no es un poco triste?
-No lo sé. Es lo que a mí me ha funcionado siempre.
-Supongo que tienes razón -murmuró Nellie abatida.
Le dio las gracias por escucharla y se disculpó de nuevo por haberla despertado. Bellatrix asintió con rapidez y salió de la habitación. La muggle se metió al baño a ducharse. Se miró al espejo y sacudió la cabeza al ver el esperpento en el que había mutado. Encendió la ducha y dejó que el agua se llevase los restos de maquillaje y el cansancio del día. Contra todo pronóstico, no lloró más. No es que su inquilina la hubiese consolado mucho, pero su sola presencia la tranquilizaba. Era una mujer muy extraña, no sabía a qué atenerse con ella. Pero la hacía sentir menos sola.
Se puso el camisón y salió del baño. Para su sorpresa, la luz que se colaba por la ventana le mostró que su cama no estaba vacía. La morena se había acostado en una esquina y ahí estaba, tapada bajo sus sábanas con los ojos cerrados. Nellie sintió cómo su corazón se encogía de la emoción. Al menos por una noche había querido paliar su soledad. O quizá le daba pereza salir a la calle para subir a su piso a esas horas. Puede que incluso estuviese borracha y pensase que esa era su cama… ¡Qué más daba, estaba ahí! Sin decir nada, plegó su ropa y se acostó en el otro lado.
A pesar de que cada una estaba en su lado, la cama no era muy grande. A Nellie le gustaba sentir el calor de otro cuerpo junto al suyo. "¿Será demasiado si le pido que me abrace?", pensó la pastelera, "Por supuesto que sí, hasta mi marido se burlaba de mí cuando se lo pedía". No le hizo falta abrir la boca. Contra todo pronóstico, Bellatrix se giró y le pasó un brazo por la cintura. Al instante Nellie se pegó más a ella y ronroneó satisfecha. Su cuerpo era suave y encajaba bien con el suyo. Olía a sándalo y frambuesa y su piel estaba fría aun en esa época casi veraniega. Por una noche, todos sus miedos y penurias quedaron desterrados; por una noche, no estaba sola para enfrentarse a la oscuridad.
