Capítulo 6
Kaede les proporcionó el mapa con todos los pasadizos de la mansión al día siguiente, tal y como habían acordado. Ningún pasadizo pasaba cerca tan siquiera del dormitorio de Kagome. Eso era algo que, lamentablemente, ya suponía. Las paredes no tenían pinta de dar a ningún corredor, no las notaba huecas. Los pasadizos se concentraban en su mayoría al otro lado de la casa. Únicamente un pasadizo pasaba por esa ala de la mansión y era el que conectaba con el dormitorio principal, el de Kaede. Aun así, entre Miroku y él los exploraron todos para no encontrar nada más que polvo y arañas. Si había ratas en esos pasadizos, no se cruzaron con ellas.
No, los pasadizos no eran la solución y Kagome iba de mal en peor. El martilleo se escuchaba con su frecuencia habitual cuando ella estaba en la casa. La luz se cortó en dos ocasiones sin explicación alguna. Miroku y él arreglaron el problema eléctrico, percatándose de que no había señales de que nadie hubiera forzado la caja, ni de que los cables fueran arrancados. Dudaba mucho que fuera un defecto de los cables. Eso lo estaba haciendo alguien que tenía muy buenos conocimientos. Fuera quien fuese, tenía la maña de ellos mismos para esa clase de trabajo.
Kagome seguía escuchando el incesante goteo en su dormitorio. Una noche, debió ser tal la desesperación de la heredera, que fue a buscarlo a su dormitorio en la noche. Recordaba haber escuchado el golpe en la puerta mientras dormía. Se levantó y buscó los calzoncillos, pues acostumbraba a dormir desnudo y no sabía quién estaría al otro lado de la puerta. Estiró los brazos para desperezarse mientras se iba acercando a la puerta. Al abrir, se llevó una sorpresa tremenda. Kagome, ataviada con una camisola y unos pantaloncitos de seda, estaba buscándolo en mitad de la noche. ¿Era aquello un sueño erótico? No, imposible. De serlo, no se habría puesto la ropa interior.
― ¿Kagome?
― Sé que es un poco tarde… ― se retorció las manos ― Es que no me deja dormir…
― ¿El goteo?
Kagome asintió tímidamente con la cabeza en respuesta. Había notado que seguía teniendo ojeras en esos días, por lo que supuso que no había cesado el ruido o que aún seguía intranquila por los últimos acontecimientos. Lo mejor que podía hacer era ir a su dormitorio y solucionar el problema inmediatamente.
― Quédate aquí, ¿vale? ― salió de la habitación ― Bajaré y lo arreglaré.
― Ten cuidado…
¿Cuidado de qué? Bajó las escaleras a la carrera. Solo cuando estuvo frente al dormitorio de Kagome se percató de que aún estaba en calzoncillos. ¿Y si Kaede lo veía? Bueno, ya era tarde para lamentarse. Sería rápido y evitaría hacer ruidos para que la anciana no se despertara. Entró en el dormitorio de Kagome empujando la puerta abierta y esperó pacientemente. No escuchaba ningún ruido. Fue al cuarto de baño, encendió la luz para ver todo tal y como recordaba. Revisó cada cañería y posible juntura por la que podrían escapar las gotas. No encontró nada. Estaba todo en tan buen estado como en la anterior ocasión que lo revisó.
Se revolvió el cabello frustrado, bostezó y se dispuso a salir del cuarto de baño cuando escuchó el goteo. Una, dos, tres. Ese goteo regular no se escuchaba minutos antes. ¿Por qué de repente se oía?
― ¿Inuyasha?
Kagome estaba en el dormitorio. En vez de quedarse donde él le pidió que se quedara, fue en su busca. El goteo debió comenzar cuando ella entró en el dormitorio. ¡La tenía vigilada! ¿Cómo demonios sabría cada movimiento suyo? Él no la había escuchado tan siquiera. ¿Habría cámaras instaladas? Unas cámaras muy pequeñas y sofisticadas al parecer, pues en su examen previo no dio con ellas. Tendría que volver a examinar su dormitorio. En esa ocasión, en busca de cámaras espía. Ese desgraciado se las iba a pagar por asustar a Kagome.
― Estoy en el cuarto de baño.
Segundos después Kagome entró en el cuarto de baño. Ni siquiera se oían sus pasos. Estaba descalza y la moqueta absorbía los sonidos; no se escuchaba nada. Definitivamente, tenía que haber cámaras. No había otra explicación para que conociera con tanta exactitud todos sus movimientos.
― Ya he revisado la ducha y el lavabo… ― comentó al verla ― No cae nada…
Era verdad. No caía nada en absoluto por ninguna parte, pero se seguía escuchando el goteo. ¿Qué clase de tortura era aquella? ¿De dónde procedía el sonido? Lo único que tenía claro era que no podía dejar a Kagome allí sola. Si seguía así, terminaría perdiendo la cabeza a causa del estrés y la falta de sueño. Necesitaba descansar y sentirse segura, y eso era algo que él podía darle. Ojalá ese psicópata los estuviera viendo para que se atragantase con su propia bilis. Le dejaría bien claro qué era lo mejor para Kagome.
― Ven. ― tomó su mano ― Vamos a mi dormitorio.
Kagome estaba tan trastornada que se dejó llevar sin poner pegas u oponer resistencia. Comprendió inmediatamente que solo quería que la sacaran de allí para ir a cualquier sitio en el que no se escuchara aquel infernal sonido. No pensaba aprovecharse de ella, solo pretendía ayudarla, y darle una lección al acosador. Podía proteger a Kagome de sus malas artes si ella colaboraba.
Desde esa noche, Kagome había dormido en su dormitorio. Todas las noches, cuando se retiraban, cada uno iba a su dormitorio. Cuando todas las puertas estaban cerradas y las luces apagadas, Kagome salía con su pijama puesto y subía a su dormitorio a dormir. Él había empezado a dormir en calzoncillos por consideración hacia ella, aunque dormiría encantado desnudo a su lado si las circunstancias fueran diferentes. Kagome dormía en su cama y él dormía en el sofá. No le importaba dormir en el sofá, era muy cómodo. Solo le importaba que ella lograra descansar.
Era extraño tenerla tan cerca todas las noches y no poder tocarla. Dormiría encantado a su lado, abrazados, después de haber hecho el amor. ¿Cómo reaccionaría ella si intentara tocarla? Seguramente mal. Recientemente, alguien desconocido había intentado propasarse. ¡Qué demonios! No la violó porque escuchó su grito a tiempo. No estaría bien que intentara llegar más lejos. Al fin y al cabo, él la invitó a dormir en su dormitorio para que se sintiera segura, y conseguiría el efecto contrario. Debía conformarse con lo que tenía y dar gracias por cada momento compartido.
Por las mañanas, temprano, Kagome regresaba a su dormitorio a darse una ducha y cambiarse de ropa. Volvían a encontrarse en el desayuno y, después, en la biblioteca, donde seguían su rutina acostumbrada. Kagome se tumbaba en el diván a leer y él se sentaba no muy lejos. Más que leer, pasaba la mayor parte del tiempo maravillado por su belleza. Kagome era una gran distracción, mucho más cuando entraban los rayos de sol por los ventanales y arrancaban destellos azulados de su preciosa melena azabache. De vez en cuando, la joven se sentía observada y se volvía hacia él. Al pillarlo con las manos en la masa, le sonreía como solo ella sabía hacer, y volvía la vista de nuevo hacia su lectura. No parecía afectarle tanto como a él. Claro, estaría acostumbrada a que los hombres la mirasen tanto.
Esa mañana ocurrió algo diferente. Miroku y Sango, por primera vez y para su sorpresa, entraron en la biblioteca. Marcó la página que estaba intentando leer desde hacía rato y se levantó, consternado por su presencia. Kagome se volvió para mirarlos, pero no se levantó del sitio, ni abandonó la lectura.
― Creía que teníais alergia a los libros. ― se burló.
Sus amigos nunca habían sido ávidos lectores, como él.
― Muy agudo, Inuyasha. ― Miroku le mostró un recorte de periódico antiguo ― Creo que sería interesante que nos acerquemos por aquí.
Era una noticia sobre el lago que se encontraba dentro de la propiedad de los Higurashi. Frunció el ceño. ¿No querrían ir a abañarse? Conociéndolos…
― He detectado una fuerte corriente de ectoplasma por esa zona.
¿Ectoplasma? ¿Se había vuelto loco? Solo decían eso cuando estaban intentando asustar a alguna anciana. Entonces, captó la indirecta de Miroku, quien le señaló con la mirada a Kagome. Se volvió hacia ella y la encontró estudiándolos con el ceño fruncido. Seguirle el juego a Miroku le podría costar la confianza que tanto le había costado ganarse de la heredera. ¿Qué debía hacer?
― Además, tal vez en el lago encontremos la causa de…
― ¡El lago!
Kagome abandonó su aislamiento de la conversación y se levantó de golpe del diván. El libro que estaba leyendo cayó al suelo y las páginas se doblaron. Kagome se lamentaría más tarde de ese descuido, estaba seguro.
― ¡No podéis ir al lago! ― exclamó ― ¡Está prohibido ir al lago!
― ¿También está prohibido ir al lago? ― preguntó Miroku con fastidio ― No podemos hacer nuestro trabajo correctamente si…
Inuyasha lo mandó callar con un codazo en el brazo. El lago era el lugar en el que hallaron el cuerpo de Takeo Higurashi. ¿Cómo habían podido ser tan descuidados esos dos? Kaede dijo que Kagome era muy sensible con todo lo relacionado con su padre.
― Os prohíbo ir al lago. ― repitió.
― Kaede no piensa lo mismo.
Sango cometió el gran error de decir aquello. Kagome le lanzó una mirada acusadora en la que vio cómo se iba desvaneciendo toda la confianza que había depositado en él en ese tiempo. Después, tomó su bolso y salió corriendo de la biblioteca.
― ¡Estupendo! ― exclamó ― ¿No podíais consultarme esto en privado? ¿Qué coño hay tan importante en el lago?
― Absolutamente nada. ― contestó Miroku ― Hemos hecho esto por tu bien.
― ¿De qué estáis hablando?
― Os estáis volviendo muy cercanos, y eso nos está poniendo a los tres en peligro. ― lo encaró Sango golpeando su pecho con el dedo índice de forma acusadora ― Encontramos esta noticia y nos pareció una buena forma de que ella se enfadara y volviera a estar a la defensiva con nosotros.
No podía creer lo que estaba escuchando. Habían llevado a cabo esa interpretación para que Kagome se alejara de él. ¡Estaba furioso! Con todo lo que le había costado acercarse a ella sin que tratara de matarlo con la mirada. Había luchado incansablemente para ganarse su confianza, había jurado protegerla y ahora ellos… ¡No los perdonaría!
― Amigo, no te enfades. Es lo mejor. ― intervino Miroku antes de que explotara ― Recuerda el lugar del que venimos.
Un lugar que odiaba recordar. Tal vez Sango y Miroku tuvieran razón, pero no tenía ganas de enfrentarse a ellos en ese momento. No quería decir nada de lo que luego se arrepentiría, así que salió de la biblioteca con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros en dirección hacia el vestíbulo. Allí estaba Kaede, junto a la puerta principal, la cual estaba abierta de par en par.
― Odio que coja el coche en ese estado… ― musitó la anciana.
¿El coche? ¡Kagome! Corrió hacia la puerta a tiempo de ver como el Porsche derrapaba en la glorieta de la entrada para dirigirse a toda velocidad hacia las verjas que aún se estaban abriendo. Él también odiaba que cogiera el coche en ese estado. Kagome tenía la odiosa manía de salir corriendo en busca de su coche cada vez que perdía los estribos. Lo ponía a una velocidad por encima de la permitida y salía como una loca de los terrenos de la familia. ¿Cómo alguien tan inteligente podía hacer algo tan estúpido?
Todo aquello era culpa de Miroku y Sango. Podrían haber tenido una idea menos destructiva. Tenía que solucionar aquel enredo. Le importaba bien poco lo que Miroku y Sango opinaran de su relación. Si tenían miedo de que los descubrieran, que no se hubieran metido en ese negocio. O, mejor aún, que no se hubieran acercado a esa mansión. Ignoraron por completo sus quejas cuando les expuso el peligro de tratar con gente de esa posición social. Ahora, él los ignoraría a ellos. Sabía muy bien lo que hacía y se lo iba a demostrar. Su relación con Kagome no estropearía su ya precaria situación.
― Kaede, ¿puedo pedirle al chófer que me lleve?
La furgoneta no estaba disponible en ese momento. Desde que tuvieron aquel percance con ella, habían estado cambiando algunas piezas y todavía no estaba lista para regresar a la carretera.
― Por supuesto. ― asintió ― Espero que traigas a mi nieta sana y salva.
¡Qué suspicaz era la anciana Kaede! Hacía un tiempo que sospechaba que la anciana intuía lo que estaba sucediendo entre Kagome y él. Al menos, parecía saberlo mejor que ellos. Él no sabía que tenían entre manos. No eran amigos, pero tampoco eran enemigos a esas alturas. No eran novios, ni amantes, pero estaba claro que no se disgustaban el uno al otro. ¿Qué eran? ¿Qué estaban haciendo? ¿A dónde iba esa relación? Estaba dispuesto a averiguarlo. Estaba harto de esperar; ya iba siendo hora de poner todas las cartas sobre la mesa.
El chófer lo llevó al orfanato unos minutos después. El comedor social le traía muy malos recuerdos. No quería verse reflejado nuevamente en esas personas, así que la esperó sentado en los escalones frente a la puerta del orfanato. La esperó muy intranquilo. Kagome se había ido muy alterada, y no le convenía en absoluto conducir de esa forma. No quería ponerse en lo peor. Sin embargo, no podía evitar imaginar su coche estampado contra un árbol o una pared en la cuneta. Costara lo que costase, le iba a quitar la horrible costumbre de coger el coche en ese estado demencial.
Kagome llegó a las once al orfanato. Bajó del coche con apariencia más sosegada y se detuvo al verlo sentado en los escalones. Seguramente, él era lo última persona en el mundo que deseaba ver en esos momentos. Esa mañana, en la biblioteca, lo miró como si fuera un monstruo.
― ¿Qué haces aquí?
Al menos le hablaba.
― Creo que tenemos que hablar de lo que ha sucedido esta mañana.
― No hay nada que hablar.
Frunció el ceño y pasó a su lado con la cabeza bien alta para entrar en el orfanato. La siguió sin ánimo de rendirse. Todavía tenía más que decir.
― No iremos al lago, ¿vale? ― prometió ― Miroku se ha confundido.
― ¿Y el ectoplasma que habéis detectado?
¿Por qué Miroku tuvo que decir aquello? Kagome se ponía rabiosa cuando se tocaba el asunto de los fantasmas. Era la parte de él que menos soportaba, por lo que había aprendido a evitar el tema de los sucesos extraños frente a ella, aunque algo dentro de él le estuviera gritando. Tenía todos los sentidos bien despiertos desde que empezó a descubrir el alcance de los sucesos extraños en esa casa. No era nada que hubiera visto antes; su mano quemada era la prueba.
Se miró la mano aún cubierta por la venda y se preguntó una vez más cómo se quemó. ¿Un humano podía provocar aquello? No hacía más que leer al respecto, pero en ningún lugar encontraba algún dato que avalara una reacción como aquella.
― Kagome, por favor…
― ¡Vete!
No, no se marcharía. Entró tras ella en el orfanato, dispuesto a continuar cuando vio el interior del edificio. ¿Eso era un orfanato? Era precioso y estaba tan bien cuidado que se quedó boquiabierto. Aquel sí que parecía un buen lugar para que crecieran los niños. De hecho, era mejor que muchas casas en las que vivían grandes familias. Los orfanatos de la ciudad en la que él se crio no eran así; por eso se escondió en las calles hasta ser mayor de edad cuando su madre murió. Por nada del mundo quería acabar en un orfanato.
Kagome seguía avanzando. La siguió con la mirada fija en su espalda. Podía ver la tira de su sujetador a través de la camiseta de punto beige con rayas azul marino. Desearía que saliera a la calle más tapada. Hacía calor, pero no tanto. Los shorts vaqueros que llevaba cubrían poco más que unas braguitas.
― Kagome… ― volvió a llamarla ― Solo quiero ser útil.
Sin mencionar a los fantasmas, así mejor.
― ¿En serio? ― se volvió hacia él con una sonrisa ― Entonces, tal vez haya algo que puedas hacer.
Eso sonaba bien o eso pensó hasta que le puso en las manos una caja llena de juguetes. La siguió por un pasillo hasta la que parecía ser una habitación de juegos, donde una docena de niños lo miraron con curiosidad. No sabía qué hacer. ¿Cómo se trataba a los niños? En su barrio le trataron muy mal. No sabía cómo hacerlo, y Kagome lo dejó solo para ir a dar clase de historia a los más mayores.
Los juguetes eran la solución. Dejó la caja en el suelo, se arrodilló y empezó a sacar los juguetes. Los niños se fueron acercando poco a poco. En cuanto uno se atrevió a tomar uno de los juguetes, todos le siguieron. Poco después, lo embaucaron en sus juegos. Cuando era un niño, solo tuvo un osito de peluche y un disfraz que su madre cosió, un coche de carreras pequeño y una pistola de agua, pero pudo ser feliz solo con eso. No obstante, debía admitir que aquellos juguetes eran divertidos, sobre todo el Scalextric. Siempre deseó jugar con uno de pequeño. Como Miroku y él solo tenían un coche cada uno, dibujaban en el suelo con una tiza la pista y empujaban los coches. Ganaba el que tuviera el brazo más rápido y más fuerte. ¡Qué recuerdos!
Kagome lo encontró dos horas después jugando con los niños en el jardín. Le encantaba el escondite. De niño era todo un campeón; de mayor, con su estatura y corpulencia, no lo tenía tan fácil. Ya de pequeño era muy alto, pero, al ser tan delgado y flexible, le resultaba muy sencillo plegarse para ocultarse. Lo que más parecía gustarle a los niños era encontrarlo a él porque era el adulto.
Se divirtió tanto que, cuando vio a Kagome, por un instante, imaginó que estaba embarazada. Estaría muy guapa esperando un hijo, su hijo. ¡Dios! Era un completo idiota por pensar que esperaría un hijo suyo… Aunque consiguiera llegar más allá de donde ellos estaban en ese momento, nunca lograría ser su marido; ni aunque hubiera amor entre ellos. No estaba hecho para su mundo, le fallaría en alguna fiesta, y le haría perder sus preciados inversores. No era ni de lejos el hombre con el que Kagome debía casarse. Sin embargo, el niñato que la perseguía sí. ¿Qué hacía el tipo que bailó con ella en la gala benéfica allí?
― No sabía que te gustaran tanto los niños…
La había impresionado, lo vio en su mirada. Kagome ya no estaba enfadada con él por el espectáculo en la biblioteca. Al fin le veía tal y como era. ¡No! ― se gritó ― ¿Qué importa eso? Si fuera un hombre decente, evitaría por todos los medios que Kagome se enamorara de él.
― ¿Nos presentas, Kagome?
Kagome se volvió hacia el otro, como si hubiera olvidado por completo que estaba acompañada.
― Discúlpame, Kouga. Creo que ya os conocisteis en la gala de la semana pasada. ― le recordó ― Kouga Wolf es el hijo de un importante senador, tal vez te suene el apellido. Estudió conmigo en la universidad y se prepara para entrar en el parlamento en las próximas elecciones.
Un pez muy gordo. Kagome no necesitaba ninguna estabilidad económica, pues ya la tenía para ella, para sus hijos, para sus nietos y otras cinco generaciones más con lujos y sin trabajar. Sí que debía escoger a alguien de su círculo que supiera vivir en su mundo. Sin embargo, Kouga no le parecía una buena opción. En un lugar de su mente se decía que jamás le parecería aceptable para ella ningún hombre que no fuera él. En otro lugar, se decía que Kouga era un capullo.
― Este es Inuyasha… ― se mordió el labio inferior al darse cuenta de que no sabía su apellido.
― Taisho. ― se levantó del suelo, donde estaba sentado al estilo indio, y le ofreció la mano a modo de saludo ― Inuyasha Taisho.
Kouga se la estrechó con la cabeza bien alta, intentando presumir. Él se la apretó tanto que se le puso roja la cara. Ya podía darse por advertido.
― Actualmente, Inuyasha está en mi casa realizando… ― Kagome no quería hablar sobre el asunto de los cazafantasmas ― algunas pesquisas importantes.
Mejor así. Él tampoco quería que ese tipejo hiciera comentarios jocosos o mal intencionados sobre su negocio. ¿Qué sabría él sobre lo que era pasar hambre? Kagome sí que lo comprendía, ella tenía un gran corazón. Kouga Wolf tenía toda la pinta de ser la clase de hombre que se sentaría a comer un enorme y jugoso pavo delante de unos niños hambrientos. Solo se lo impedía sus posibles futuros votantes y Kagome. Para impresionar a Kagome, estaba haciendo un gran esfuerzo en ese orfanato.
― Gracias a Kouga los niños tienen pizarras digitales para recibir clase y una sala de ordenadores nueva. ¿No es estupendo?
Para los niños desde luego. A pesar de que el donante fuera un capullo, ellos podrían beneficiarse de una mejor educación. Solo esperaba que Kagome no se dejara impresionar por esas cosas.
― Ya he terminado por hoy. ― dijo Kagome ― ¡Qué hambre!
― ¿Podría invitarte a comer?
Su apretón de manos no debió ser lo bastante efectivo, o ese tío era muy tonto. Kagome meditó sobre su propuesta y lo miró a él.
― ¿Cómo has venido? ― le preguntó.
― Me trajo vuestro chófer. ― se rascó la cabeza ― No tengo batería en el móvil para volver a llamarlo… ― mintió ― ¿Hay mucha distancia de aquí hasta tu casa? ― se hizo el humilde ― Con que me señales el camino…
― ¡No, por Dios! ― exclamó ― Vendrás conmigo. ― decidió ― Kouga, ¿te importa que Inuyasha nos acompañe?
― No, claro que no…
Claro que le importaba, pero se iba a tener que aguantar. ¿Era impresión suya o Kagome no quería quedarse a solas con Kouga? Podría haber llamado ella misma con su móvil a la mansión para pedir que fueran a recogerlo; sin embargo, prefirió que la acompañara. Bueno, fuera como fuese, le vendría bien. Así, podría ocuparse de alejar a ese moscón de ella. Decidido, siguió a Kagome hacia su coche e intercambió una mirada desafiante con Kouga.
Menos mal que Inuyasha estaba allí. No quería quedarse a solas con Kouga y tampoco podía rechazar su invitación después de que había hecho tan maravillosa donación al orfanato. No era tonta. Sabía muy bien cuáles eran las verdaderas intenciones de Kouga, pero aquel material les vendría muy bien para dar clase y reconocía las ventajas de permitir que revoloteara a su alrededor. El día que por fin tuviera que darle puerta, sabía que el orfanato dejaría de recibir todas esas maravillas. Ella podía donar también, pero aún no tenía pleno control del patrimonio familiar y mantener la mansión y las obras de arte en buen estado era tan caro… Además, donaba un mínimo de dos millones a varias asociaciones todos los meses. No podía salvar al mundo entero por más que lo intentase. Por esa razón, consentía los coqueteos de Kouga.
Esa mañana se enfadó con Inuyasha; no, en realidad, se enfadó con lo que dijeron sobre el ectoplasma. Creía que habían dejado eso atrás, que no volvería a hablar de ese tema y allí estaban. ¿Podía fiarse de Inuyasha? ¿Era un hombre trabajador o un estafador? ¿Quién era Inuyasha Taisho en realidad? La respuesta le llegó cuando lo vio jugando con los niños desde la ventana. Se negaba a creer que fuera una mala persona. Él no estaba tan tenso y tan alerta como Kouga cuando jugaba con los niños. Jugaba de verdad y se divertía. Sería un buen padre; la clase de padre que desearía para un hijo suyo.
Seguiría los dictados de su corazón. Le decían que Inuyasha era de fiar, que era la persona especial que llevaba tanto tiempo esperando. Tenían que hablar sobre su negocio, por supuesto, pero sin mentiras, a corazón descubierto. Le haría saber que no le reprocharía su negocio fraudulento y que le apoyaría para dejarlo. Ya no estaba solo, aunque tampoco lo estaba antes. Miroku y Sango parecían ser toda su vida. Seguro que tampoco eran malos. Todos debían tener un pasado que ocultar…
Fueron a un restaurante a pie de montaña, donde pidieron marisco para los tres. Inuyasha, al igual que ella, tomó un refresco mientras que Kouga no dejaba de beber vino. ¿Acaso no era consciente de que tendría que conducir después? Frunció el ceño al darse cuenta de que ella no era la persona más indicada para dar consejos de conducción. Cada vez que perdía los nervios, cogía el coche y se ponía a conducir como una loca. Esa misma mañana tuvo que dar un volantazo para evitar chocar contra un indigente frente al comedor social. ¿En qué estaba pensando? Haría mejor en tomarse una tila en vez de coger las llaves del coche.
La comida fue toda una tortura. Inuyasha y Kouga no hacían más lanzarse pullas el uno al otro, obligándole a intervenir en varias ocasiones cuando los notó excesivamente alterados. Apenas probó bocado; le quitó el hambre ver ese comportamiento por parte de los dos hombres. Esperaba que mantuvieran la compostura, no que se comportaran como niños compitiendo por la niña más bonita de la clase. Así le hacían sentir. Como cuando los niños del orfanato se peleaban por Miaka. Desgraciadamente, algo que parece tan halagador siendo niña no tenía ninguna gracia en la edad adulta.
Lo peor llegó con la cuenta. Kouga sacó la Visa de oro con prepotencia y la dejó sobre la bandeja con la cuenta para pagar la comida. Estaba invitando a Inuyasha para humillarlo. Se había dado cuenta de que no tenía muchos recursos y de que era orgulloso. Ese orgullo, precisamente, llevó a Inuyasha a sacar su cartera enfadado para maldecir en voz baja al echarle un vistazo a la billetera. Estaba a punto de poner una mano sobre su pierna, bajo la mesa, para evitar que hiciera ninguna tontería cuando sacó la tarjeta y la dejó sobre la de Kouga, alegando que ningún niñato como él le pagaría la comida.
Casi los echaron del restaurante cuando empezaron a gritar. Al final, ella dio el último grito para acallarlos a los dos y pagó la cuenta. Le dirigió una mirada furiosa a Kouga a modo de despedida y arrastró a Inuyasha hacia su coche. Antes de que entrara, Inuyasha le quitó las llaves y se sentó en el asiento de piloto. ¡Qué osadía! En otro caso le habría dado una buena tunda, pero Inuyasha no parecía estar de humor para monsergas y ya habían peleado suficiente por un día.
Se sentó en el asiento de copiloto y se sorprendió de lo bien que estaba conduciendo a pesar de su estado. Ella perdía el control al volante y no hacía más que acelerar. Inuyasha, por el contrario, estaba haciendo gala de una conducción perfectamente segura y económica. Se sintió avergonzada de sí misma.
― No me gustan los tipos como él. ― dijo Inuyasha al fin ― Se creen que los demás tenemos que besar el suelo que ellos pisan. Tal vez no sea rico, pero tengo mi orgullo. Puedo pagar mi propia comida.
― Eso ya lo sé. ― contestó ella ― No debes echarle cuenta.
― ¿Por qué no? ¿Y si intenta ser presidente alguna vez? ¿Querrías que ese tipo pudiera accionar bombas nucleares con un botón?
― ¡Dios, espero que eso no suceda!
Kouga de presidente sería el fin del estado de bienestar que tanto les estaba costando mantener en esos tiempos de crisis.
― Él no sabe lo que es nacer sin tener nada… ― los nudillos se le pusieron blancos sujetando el volante ― No comprende…
― ¿Y tú sí?
No sabía si debió hacer esa pregunta, pero la cuestión era que la formuló. Inuyasha dejó de usar tanta fuerza mientras sostenía el volante, y, en respuesta, se desvió del camino. La llevó por un camino de grava hacia un mirador en el que solían ponerse las parejas por la noche. Como eran las cuatro de la tarde, todavía no había nadie por allí. Estaban solos. ¿Se habría enfadado con ella por su pregunta?
― ¿Inuyasha?
Inuyasha giró la llave en el contacto para apagar el motor. Luego, apoyó la cabeza en el reposacabezas y suspiró. Ya no parecía tan enfadado. Más bien, parecía nostálgico.
― Me crie en uno de los peores barrios de la ciudad de Chicago. ― empezó ― Mi padre era un ladrón de poca monta y mi madre era la hija de un acomodado banquero que acabó en las calles por su culpa.
Continuará…
