Día 6. Viktor Krum es una bestia salvaje
Draco no pudo evitar que lo recorriese un estremecimiento expectante al abandonar las gradas del estadio. El equipo de Bulgaria ganaba de nuevo. Y él sabía lo que eso significaba.
Se despidió de algunos espectadores importantes en los palcos superiores, se aseguró de que la prensa supiese que estaba contento con la victoria, mas no que se retiraba, y fue en extremo cuidadoso al dirigirse hacia las oficinas en la parte lateral del estadio. La del entrenador del equipo búlgaro poseía una barrera interesante en la puerta, que lo recibía con una cálida bienvenida.
A Draco le encantaban esos días. Amaba el Quidditch, la sensación de volar, ver los partidos y experimentar la emoción cuando un Buscador estaba por alcanzar la snitch y la victoria.
Pero, desde que tenía sus encuentros con cierto entrenador búlgaro, lo que más disfrutaba era comenzar a desvestirse desde que entraba en la oficina, apartar con cuidado los papeles de la mesa, y sentarse allí, con las piernas cruzadas y su expresión de autosuficiencia.
Cuando Viktor ingresaba a la oficina, su cuerpo sufría otro estremecimiento y el tirón en su ingle comenzaba a ponerlo duro con anticipación. Esa imagen podría provocárselo a cualquiera. No sólo por la constitución fuerte, los hombros anchos, la espalda amplia, esos músculos que el entrenamiento constante desde joven le otorgaron, sino por cómo se comportaba.
Los días en que su equipo ganaba un partido, Viktor Krum no era humano. Era una bestia feroz, un cazador, con los ojos oscurecidos por la pasión y la victoria, enloquecidos de deseo y adrenalina que necesitaba ser descargada.
Estampaba la puerta contra su marco y atravesaba la pequeña habitación con zancadas firmes, las prendas cayendo una a una, a medida que se las sacaba sin ninguna contemplación y las lanzaba al suelo a su paso. No decía nada, no preguntaba, no esperaba. Al llegar al escritorio, llevaba una mano a la parte de atrás de la cabeza de Draco, y lo jalaba hacia un beso desesperado que debía ser considerado una nueva forma de devorar a una persona; el hecho de que él se lo correspondiese era toda la respuesta que requería, un permiso implícito, su propia manera de darle un "pase".
Viktor perdía el control con sorprendente facilidad. Lo tendía sobre la mesa, atacaba su cuello, sus hombros, su clavícula. Le gustaba morder la carne, no sólo presionar los dientes en su piel, succionar con fuerza y lamer después, dejarle rastros que se tornarían violáceos y marcas de dientes por los pezones y hacia el torso. Draco arqueaba la espalda, se retorcía, gemía libremente, y ese sonido sólo parecía instarlo a más, más, más, más.
No lo preparaba. Tenían un hechizo para evitar que fuese lastimado que jamás olvidaba, pero más allá de eso, el dolor prevalecía, y ambos lo encontraban fascinante de una manera inexplicable. Aferraba la cadera de Draco y lo penetraba con una profunda embestida, sentía el ardor, esa impresión de que sería partido en dos, de que era demasiado, se le llenaban los ojos de lágrimas y le temblaban las piernas y la voz.
Entonces Viktor sólo lo sostenía mejor, dejándole los dedos marcados en la cadera, deslizaba su miembro fuera y de nuevo dentro en un solo movimiento, haciéndolo gritar y sollozar en el umbral entre el placer y el dolor más agudo.
Lo abandonaba, lo embestía otra vez y con más fuerza, llevaba un ritmo de estocadas veloces, cambiaba de posición. Subía las piernas de Draco a sus hombros y lo tenía jadeando, arqueándose sobre el escritorio. Las bajaba y lo hacía sentarse, lo cargaba entre los brazos, Draco con las piernas alrededor de su cadera. Esa era su favorita.
La oficina se llenaba del sonido del choque de pieles, ambos se cubrían de sudor, Draco lo sujetaba con cada gramo de fuerza en su cuerpo, mientras el vaivén desenfrenado que marcaba no le permitía ni un segundo para respirar sin una corriente de placer, sin un grito ahogado, sin un golpe furioso a su próstata.
Viktor continuaba mordiendo su hombro, su cuello, hiriendo, rompiendo la piel, sacándole hilillos de sangre. Draco lloriqueaba entre sus brazos, incapaz de más que dejarse llevar, dejarse hacer, que esa fuerza que era mayor que él lo empujase, lo arrastrase, lo derribase y lo consumiese si era eso lo que pretendía lograr.
No tenía que tocarlo. Su erección quedaba atrapada entre ambos, las embestidas lo hacían saltar, la fricción era constante. Draco se corría entre gemidos altos que sólo una oficina con barreras de sonido podía tolerar, y Viktor no se detenía ahí.
Fuerte y rápido, fuerte y rápido, fuerte y rápido. Lo destrozaba de un modo espectacular, lo arruinaba con su completo consentimiento, lo acababa golpeando su próstata a mitad del orgasmo y llevándolo a un límite en la estimulación que podía soportar.
Se derramaba dentro de él, y ahí, por fin, la bestia cedía paso al mago, al menos de forma temporal, mientras los hechizos de protección y limpieza hacían lo suyo.
Un agotado Draco disfrutaba de las caricias en su espalda baja, unos encantamientos murmurados que lo ayudaban a aliviar el dolor. Era regresado al escritorio, recostado de nuevo, y admirado como una hermosa pieza del más fino arte, justo así, cubierto de chupetones y mordidas, ruborizado, sin aliento y con lágrimas todavía en los ojos.
Claro que era un descanso corto. Todavía no terminaban. Dos victorias en un día no eran suficiente para Viktor Krum.
Y eso, en el fondo, era lo que más le gustaba a Draco de él.
