Gracias por leer mi historia, y especialmente si habéis hecho algún comentario. Los escritores adoramos los comentarios, yo desde luego lo hago, y a veces son la parte más emocionante de escribir una historia.
Este epílogo es común para las dos versiones.
Epílogo. Vida infernal.
Diego y Victoria se levantaron tarde esa mañana y salieron juntos de sus habitaciones.
Adela salía de la habitación de don Alejandro y les sonrió. "Buenos días señores, María les ha guardado algo de desayuno, aunque no demasiado, el almuerzo es en hora y media."
"Gracias Adela." dijo Diego.
Victoria vio como Adela se alejaba por el pasillo. Ellos continuaron hasta el comedor, y Victoria dijo en un susurro. "¿Qué hacemos ahora? ¿Tenemos que fingir que es un matrimonio de conveniencia delante de todos?"
"La verdad es que no lo había pensado."
"Se supone que tú eres el que haces los planes."
"Normalmente sí, pero es que esto no lo tenía previsto."
Entraron en el comedor, y de repente Victoria parecía horrorizada. "¿Adela hace las camas?"
"Sí, claro."
"Se dará cuenta de lo que pasó anoche." dijo girándose hacia la puerta.
María entró con una bandeja con algo de desayuno. "Buenos días, señores."
Diego se sentó a la mesa con calma, y Victoria lo imitó, mucho más tensa. María salió en cuanto colocó los platos y las tazas.
"Adela ya estará en nuestras habitaciones. No podemos hacer nada al respecto." dijo Diego sirviéndose un café.
Victoria seguía teniendo cara de preocupación.
"Es normal consumar el matrimonio, incluso cuando es de conveniencia. No sabrá que ha sido más de una vez." añadió Diego.
Victoria lo miró muy seria. "Durante años he recogido habitaciones en la taberna, Diego, y créeme, el estado en que ha quedado tu cama no es lo habitual, ni siquiera para una pareja de recién casados."
Diego trataba de no reírse, pero le estaba costando un horror.
"Diego, esto es serio. Si el alcalde se entera..."
"Pensará que eres una mujer fogosa y que no he tenido más remedio que cumplir con mis deberes conyugales."
"¿Cómo dices?" dijo ella en un tono agudo.
En ese momento entró don Alejandro, con aspecto de acabar de bajarse del caballo y una taza en la mano. Ambos se volvieron.
"Buenos días. María me ha dicho que tenéis café por aquí. Me vendría muy bien tomarme uno."
"Buenos días." contestaron ellos. Diego con calma, y Victoria algo más agitada. Diego le acercó la cafetera.
"¿Algún problema?" preguntó don Alejandro.
"No," contestó Diego inmediatamente. Luego sonrió. "Yo diría que todo está bien."
"Victoria. ¿Tú estás bien?"
"No." dijo ella tratando de bajar la voz. "Adela sabrá que él y yo… y si lo cuenta por ahí todos sabrán que el matrimonio no es una farsa, y si se entera el alcalde podría sospechar, y si sospecha..."
"Victoria, son tres 'y si' seguidos. Adela no contaría por ahí nuestra vida íntima, y aunque cuente algo, el alcalde lo interpretará a su manera, como siempre. Deja de preocuparte." dijo Diego.
"Claro que lo contará. Las mujeres hablamos de estas cosas."
Diego y su padre parecían desconcertados.
"Entre nosotras, no con los hombres."
"Si no habláis delante de los hombres no creo que el alcalde se entere." dijo Diego.
"¿Cómo lo sabes? Quizá alguno de los soldados oiga a su mujer hacer algún comentario."
"De Soto casi nunca se entera de nada, y nunca he visto que preste atención a lo que dicen los soldados."
"Diego, puede que tenga razón. Será mejor que hable con Adela." dijo don Alejandro.
"No creo que sea necesario." respondió Diego, pero las últimas palabras se las dijo a la puerta, porque don Alejandro ya salía de la habitación.
Diego miró a Victoria algo serio. "Anoche tú y yo sí hablamos de estas cosas."
Victoria enrojeció. "Me pediste que te dijera lo que me gustaba."
"Claro. ¿Cómo voy a saberlo si no?"
"Los maridos no suelen preguntar."
"Yo soy un marido y sí pregunto."
"Tú eres diferente. Contigo puedo hablar, no me tratas como a una mujer."
Diego la miró incrédulo.
"No me refiero a eso. Quiero decir que me hablas como a una persona, no das por supuesto que no voy a entender algo porque sea una mujer."
"Y eso es bueno. ¿No?" dijo Diego algo inseguro.
"Pues claro."
Diego sonrió, aunque seguía desconcertado por el comentario.
Victoria se terminó la tostada que estaba comiendo. "¿Qué vamos a hacer ahora?"
"Me has dado una idea. Creo que deberíamos ir a Santa Paula."
"¿Para qué?"
"Tenemos que ir a la notaría para que pueda firmarte una licencia marital general (1). De esa forma podrás administrar tus bienes, incluida la taberna, sin necesidad de que te firme una autorización cada vez que necesites firmar un contrato."
"¿No necesitaré tu permiso?"
"No, podrás tomar las decisiones tú misma y tu firma será válida siempre que presentes el documento firmado por mí ante la otra parte."
"No sabía que era tan sencillo."
"Muchos hombres no firman la licencia general porque no confían en que sus esposas administren sus bienes, pero en nuestro caso está claro que puedes encargarte de tus propios asuntos, y además será una prueba escrita de que no estás dispuesta a someterte a mi autoridad." dijo Diego.
"Pero nadie tiene por qué saberlo."
"Lo interesante es que sí que lo sepan. Deberíamos pasarnos por la taberna primero y hablar de ello en público."
"Entonces sí que tienes un plan."
"Estoy improvisando sobre la marcha." dijo él con una sonrisa traviesa.
zzZzz
Don Alejandro encontró a Adela en la parte de atrás, haciendo la colada con ayuda de Anita, la hija mayor de Ernesto.
"Buenos días Adela."
"Buenos días don Alejandro. Qué bien que esté aquí. Quería hablar con usted." dijo en voz baja mirando hacia la chica para asegurarse de que estaba lo bastante lejos como para no oírlos.
Don Alejandro se puso serio, preocupado por lo que pudiera decir. "¿Ocurre algo malo?"
"No, al contrario." susurró ella. "Es sobre doña Victoria. Verá, todos hemos oído esos rumores acerca de ella y el Zorro, y de que se aprovechó de don Diego para ocultarlo, pero es todo falso."
"¿Qué es falso?"
"Que ella fuera su amante. Es una mujer honrada. Las sábanas lo prueban."
Don Alejandro se quedó pensando algo desconcertado, y ella añadió. "Demuestran que anoche don Diego fue el primero para ella."
Don Alejandro la miró disgustado. "Gracias por decírmelo, pero preferiría que no hablaras con los demás de algo tan íntimo."
"Al contrario, don Alejandro. No daré detalles, pero pienso defender el honor de doña Victoria y don Diego delante de los que digan algo en su contra. María también ha visto las sábanas y nadie se atreverá a contradecirnos a las dos, ni a decir que ella nos ha engañado. Hay cosas que no se pueden fingir." afirmó ella tajante.
Don Alejandro no sabía cómo cambiar de conversación sin ofenderla, pero estaba pensando que si ella le daba algún detalle más se moriría de vergüenza. Se dio cuenta de que Diego tenía razón y habría sido mejor no hablar con Adela.
"Está bien. Lo dejo a vuestra discreción."
"Sí, don Alejandro. Las mujeres sabemos de estas cosas."
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Don Alejandro entró otra vez en la sala y Diego vio que parecía desconcertado.
"¿Qué te ha dicho Adela?"
"Prefiero no repetírtelo."
"¿Tengo que preocuparme?"
"Eh… no, tú ya lo sabías."
"No entiendo nada."
"Está bien, te lo diré. Adela y María saben que Victoria y tú consumasteis el matrimonio anoche, y que ella no fue la amante del Zorro porque tú fuiste el primero."
"Pues tenías razón, yo ya lo sabía." dijo él entre risas.
"Mejor no volvemos a hablar de este asunto nunca más."
"Me parece perfecto."
Victoria entró en la habitación.
"¿Qué documentos tenemos que llevar mañana a la notaría?"
"El certificado de matrimonio será suficiente. El notario nos conoce a los dos y atestiguará que somos nosotros."
"¿Vais a ir a la notaría?"
"Mañana vamos a Santa Paula a firmar una licencia general para que Victoria pueda administrar sus bienes, pero primero pasaremos por los Ángeles para que todos se enteren de que ella me está obligando a firmarla."
"¿Ha sido idea tuya?" preguntó don Alejandro a Victoria.
"No, yo ni siquiera sabía lo que es una licencia de ésas." respondió ella.
"Es para que todos vean que ella sigue siendo una mujer independiente y que yo hago lo que me dice." aportó Diego.
"Es como cuando te tropiezas con los muebles a propósito, o se te cae la espada, o dices que te has perdido o que te has caído del caballo." dijo don Alejandro.
"Eso mismo."
"Vale. Ahora lo entiendo." dijo muy serio.
"¿Pasa algo malo? Pareces disgustado." preguntó Diego.
"No, es igual."
"¿Te molesta que finjamos que ella lleva los pantalones?"
"No es eso. Todos saben cómo es Victoria, es solo que soy el padre de el Zorro y no se lo puedo contar a nadie."
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Don Alejandro hizo una pregunta a Diego acerca de la feria de ganado a la que quería acudir el mes siguiente, y Victoria decidió aprovechar para buscar a Felipe. Recorrió prácticamente toda la hacienda, y finalmente lo vio en la biblioteca, dirigiéndose hacia la chimenea.
"Hola." dijo Victoria. Felipe contestó con un gesto.
"Quería darte las gracias."
Felipe la miró e hizo un gesto de interrogación en el aire.
"Por cuidar de él todo este tiempo."
Felipe se encogió de hombros quitándole importancia.
"Deberíamos haber cuidado de ti, y no al revés."
Felipe miró al suelo, un poco avergonzado.
"Espero que no sea demasiado tarde para cuidar de ti un poco. Ya sé que a estas alturas no necesitas una madre que te arrope, pero me gustaría ser parte de tu vida. Tal vez una hermana mayor a la que poder acudir cuando necesites algo."
Felipe sonrió tímidamente y asintió con la cabeza.
"Diego me ha dicho que puedes oír. Espero que no te importe que yo lo sepa."
Felipe le indicó por señas que él quería que ella también lo supiera.
"¿Le habías dado permiso para contármelo?"
Él asintió con entusiasmo.
"Me alegro mucho por ti. Estoy segura de que vas a ser un buen abogado."
Él sonrió abiertamente.
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Al día siguiente por la mañana Diego y Victoria llegaron a los Ángeles en la calesa. Diego la hizo girar frente a la taberna, y en cuanto se detuvo Victoria saltó al suelo.
"A este paso no llegaremos a Santa Paula antes del mediodía." protestó Victoria.
"El camino no es muy bueno, es mejor ser prudente." dijo Diego mientras bajaba.
"¿Prudente? Conduces como una abuelita."
"¿Prefieres llevarla tú?" dijo él con calma.
"Pues sí, la llevaré yo." dijo ella decidida, y entró en la taberna sin esperar a que Diego atara los caballos al poste de la plaza. Diego se dio cuenta de que algunas de las señoras del pueblo miraban en su dirección y trató de fingir un bostezo, pero acabó bostezando de verdad.
Igual debería dormir un poco más. murmuró para sí disimulando una sonrisa pícara.
El alcalde los miraba sonriente desde la puerta del cuartel. Decidió acercarse a la taberna a tomar algo para seguir disfrutando del espectáculo. Cuando cruzó la puerta vio a Victoria en la cocina, hablando con Pilar, mientras Diego estaba sentado en una mesa tomándose una limonada.
"Buenos días don Diego. ¿Qué tal la vida de casado?"
"Bien." dijo él con calma. "Vamos a Santa Paula."
"¿De luna de miel?"
"En parte. Pasaremos allí unos días, pero en realidad ella quiere comprar unos suministros para la taberna y firmar un contrato con un comerciante de vinos."
"Necesitará su firma para eso."
"Sí, claro. Mi padre se lo recordó ayer y empezó a protestar diciendo que desde los quince años ha sido responsable de la taberna y que no me necesita para saber cómo llevar su negocio. Se calmó cuando le dije que se puede hacer una licencia general para que no necesite mi firma cada vez, pero ha insistido en que lo hagamos inmediatamente."
De Soto ni siquiera se molestó en disimular una sonrisa. "Es una mujer muy decidida."
"Desde luego. En todos los aspectos." dijo Diego mientras asentía con una sonrisa boba y la mirada un poco perdida.
De Soto lo miró suspicaz. Diego siguió bebiendo limonada.
Victoria volvió a entrar en la sala y lo miró. "¿Todavía no te has acabado la limonada? Tenemos que irnos." dijo justo antes de salir por la puerta, subir a la carreta y coger las riendas.
Diego dejó unas monedas sobre la mesa y se terminó la limonada.
"Don Diego, la taberna es de su esposa, no tiene que pagar." le informó de Soto con voz burlona.
"No lo había pensado. Puede que tenga razón. Le preguntaré a ella qué le parece."
"Diego. ¿Vienes o no?" se oyó a Victoria desde la calesa.
"Disculpe, alcalde. Tenemos que salir cuanto antes."
"Claro, es mejor no hacer esperar a una dama."
"No, mejor no."
Diego salió de la taberna y se dio cuenta de que las mujeres de antes seguían allí. Estaban cuchicheando mientras miraban en su dirección. Fingiendo que no se daba cuenta, se sentó detrás y Victoria arreó a los caballos. Cuando avanzaron un poco más y ya no estaban a la vista del pueblo, Diego comprobó que no había nadie alrededor y saltó ágilmente desde el asiento de atrás para sentarse a su lado.
"Eso queda más espectacular cuando llevas la capa."
"Quizá otro día. Hoy voy de incógnito." dijo él besándola en la mejilla.
"¿Y tus costillas?"
"Ya no me duelen. Desde ayer me encuentro mucho mejor."
"¿Quieres llevar las riendas?" preguntó ella.
"Me gusta cómo conduces, pásamelas luego, si te cansas de llevarlas. Prometo no conducir como una abuelita." dijo él muy serio.
"¿No te habrás ofendido? Solo estaba improvisando un poco."
"Claro que no, me ha parecido muy gracioso."
Ella sonrió. "¿Crees que el alcalde se lo ha creído?"
"¿Has visto su cara? Estaba encantado de tener razón."
"Sí, eso siempre resulta agradable." dijo ella mirándolo de reojo.
Felipe los vio irse y sonrió, sabiendo que no todo es lo que parece. Se acercó discretamente a las tres mujeres de la plaza y se agachó para abrocharse el zapato. Ellas no sabían que podía oírlas, y siguieron hablando entre ellas como si él no estuviera.
"Ese muchacho parece agotado. Creo que ella es mucha mujer para él." dijo la más mayor.
"No estoy tan segura. Siempre he creído que los tímidos suelen ser los peores una vez que se sueltan." intervino la que estaba a su lado.
Doña María asintió con aire de experta. "Ella parece muy lanzada, pero seguro que hay momentos donde no es tan mandona. Si yo os contara lo que decía ayer Adela…."
"Cuenta, que nos tienes en ascuas." (2)
El alcalde salió de la taberna y caminó con paso decidido hacia el cuartel, sonriendo para sí mismo.
Fin
Notas de la autora:
(1) Las mujeres al casarse conservaban sus bienes, pero a partir de la boda necesitaban la firma de su marido para firmar un contrato de compraventa, laboral, etc, y para abrir una cuenta en el banco. A los ojos de la ley, las mujeres, una vez que se casaban, pasaban a estar bajo la tutela de sus maridos, incluso aunque fueran mayores de edad, como si se volvieran incapaces de repente. Esta situación duró hasta 1975.
(2) Querido lector, si se te ocurre alguna frase que sea adecuada para la conversación entre las señoras del pueblo, siéntete libre de añadirla en los comentarios. Seguro que nos reímos un rato. Frapper, si me estás leyendo, que sepas que no pienso traducirlas. Los lectores de habla inglesa que aporten sus propios cotilleos, o que utilicen un diccionario y lo flipen con la traducción.
