7. JAQUE DE REINA
El avance fue mucho más lento de lo que habían previsto. Los xenomorfos se habían tomado ciertas molestias en echar abajo la pasarela o bloquearla de diferentes maneras; tras unos largos minutos que se les antojaron eternos consiguieron llegar al fondo del pozo. Delante de ellos se extendía una oscura galería por donde discurría una maraña de raíles: vagonetas derribadas, minerales y pedazos de roca esparcidos y algún cadáver de xenomorfo caído en la contienda que había tenido lugar niveles más arriba yacían por doquier.
Los pocos androides restantes eran los que abrían la marcha y muy cerca de ellos iban Sokolov, Adams y Ray, seguidos de cerca por Banks, Miles, Williams y Erika. Algunos túneles habían quedado bloqueados, bien por los xenomorfos mismos o por las acciones de contención de Cazador y tuvieron que dar varios rodeos hasta retomar el camino principal.
- Tienen que estar a punto de llegar a las ruinas extraterrestres – anunció Andrew con un leve tono extasiado de su voz.
Erika frunció el ceño, pero se dijo que no podía culpar al androide: él estaba entusiasmado porque estaban acercándose a su objetivo y, como no dejaba de ser un ser artificial, era incapaz de empatizar con los sentimientos de los mercenarios, quienes habían perdido a dos miembros del grupo y habían tenido que lidiar con el horror de semejante combate. Andrew era como el espectador de una película de terror, cómodamente sentado en una silla lejos de la acción y que no tenía nada que temer.
Se permitió echar una ojeada a Williams, quien caminaba a su lado ligeramente adelantado y su expresión sombría fue suficiente para hacerle saber que él no debía estar pensando algo muy diferente. A diferencia de Andrew, Erika estaba preocupada por Stardancer: si la mujer aún seguía viva no debían perder la esperanza, pero cuanto más tiempo pasara más probable sería que compartiera el mismo destino de Taylor y Scott, dos de sus antiguos compañeros. Quizá tuvieran que matarla ellos mismos para ahorrarle semejante horror. Pensar en ello le dio escalofríos y tuvo que reunir toda su fuerza de voluntad para ahuyentar ese pensamiento. Como la cámara de Stardancer se había dañado o perdido, no tenían manera de saber dónde se la habían llevado, pero Erika tenía sus sospechas.
El nido… si pensaban que lo de la pasarela había sido intenso eso no sería en nada en comparación con lo que tendrían que enfrentar allí. No sólo estarían los mismos xenomorfos y xenopanteras que les habían emboscado antes, sino que además estarían los terrores de cola larga y aspecto de cangrejo en el interior de aquellos huevos… por no hablar de la Reina en sí; todos defendiendo a muerte su territorio.
Erika miró a Banks, cargado con sus pertrechos y pensó que aún tenían una posibilidad. A la mierda la Weyland-Yutani, a la mierda todo. Era hora de poner fin a todo esto de una vez por todas.
Los sensores de movimiento pitaron de nuevo. Apenas a unos doscientos metros mostraban un buen número de puntos luminosos en movimiento, todos restringidos a un único lugar más adelante. Las ruinas, iluminadas tenuemente por las luces de la galería, se alzaban cerca de ellos.
Erika nunca había visto nada igual en toda su vida. Saltaba a la vista que semejante arquitectura no había sido ni diseñada ni construida por ningún ser humano. Y, sin embargo, las imágenes grabadas en la piedra eran antropomórficas. La mujer pensó en la raza de Cazador pero los seres que se representaba en esos grabados, un tanto deteriorados, no parecían corresponderse con su fisonomía. Se veían igualmente grandes y poderosos, pero no alcanzaba a ver sus cabezas… pero no, no era el momento. A fin de cuentas, no habían venido de excursión arqueológica: tenían trabajo que hacer.
Y apenas lo recordó cuando una xenopantera cargó contra la vanguardia de su grupo, destrozando a los sintéticos con sus garras y su cola antes de caer bajo el fuego concentrado de Sokolov, Adams, Ray y un par de androides más. La habían abatido, pero a cambio habían pagado un alto precio: sólo quedaban tres sintéticos en pie.
- Hijo de puta – murmuró Banks mirando a la criatura caída, bajo cuyo cuerpo emanaba un vapor producto de la acción del ácido de su sangre sobre el suelo de la mina.
Su situación había cambiado drásticamente en apenas tres emboscadas; aunque nadie decía nada de volverse Erika casi podía palpar la duda que manaba de cada uno de ellos. Sin embargo, Harlow no les dio tiempo a pensarlo mucho más.
- Damas y caballeros, han llegado a la cámara real – anunció el doctor a través de sus auriculares.
Ante ellos se alzaba una abertura de grandes dimensiones, sin puerta ni marco, que daba acceso a una sala sumida en tinieblas. Enfocaron con sus linternas y pudieron ver más allá de la entrada las formas de los primeros huevos a la par que detectaron cierto movimiento: aquí una brazo, aquí una cola, aquí una mano de largos dedos negros que desaparecía de su vista. Hasta sus oídos llegaban ciertos sonidos de roces, siseos y gruñidos, amplificados por la caverna.
Los sensores de movimiento no mentían: el interior estaba repleto de aquellas cosas. El grupo permaneció en el umbral, inseguro, sin decidirse a entrar. Erika seguía pensando que no deberían haber continuado, pero optó por no decir nada.
- ¿Qué hacen? – susurró Sokolov y la exmarine se hubiera regodeado en su miedo si ella misma no hubiera estado tan asustada - ¿Por qué no salen y nos atacan de una vez?
- No quieren exponerse más de lo que ya lo han hecho – explicó Harlow al otro lado –Hmmm. Su reina debe haberles ordenado que permanezcan a la espera. Sabe por qué estamos aquí; sabe que vamos a por ella. Tiene a todas sus tropas movilizadas protegiendo la cámara real, pues son tan fieles que darán la vida por ella sin dudarlo. Aquí abajo sabe que cuenta con el respaldo adicional de los huevos aún por eclosionar; defiende su posición fuertemente y se consigue anfitriones apropiados, por lo que no tiene tantos individuos como pueda parecer. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. El jaque de reina… brillante. Y usted asegurando en su informe que principalmente se guiaban sólo por instintos, Chambers.
Erika resopló para sus adentros y sintió muchas ganas de rodear el cuello de Harlow con sus fuertes manos.
- ¿Y qué hacemos? – preguntó Sokolov con el pálido rostro perlado de sudor - ¿No irá a insinuar que entremos allí como si tal cosa?
- Deben colocar las bombas de ofuscación. ¿Usted qué cree? – preguntó el doctor, con tanta naturalidad y calma que pareciera que hubiera hecho una pregunta trivial a alguien especialmente estúpido.
Sokolov soltó un juramento en su idioma natal y escupió a un lado.
- Enviaremos a los androides.
- Me temo que no puedan serles de ayuda – intervino Andrew en un tono de voz más neutro de lo normal – Están diseñados para el combate directo. No pueden colocar las cargas ni armarlas, no están diseñados para esa tarea. La única opción es que entre alguien de ustedes mientras el resto le cubre; cuanto más sean más probable es que les detecten como amenaza. Quizá el ir pocos pueda evitar que los xenomorfos les ataquen enseguida.
- Vale ¿y quién ira?
- Eso deberán decidirlo entre ustedes como a bien tengan…
Todos intercambiaron una mirada entre sí y entonces el rostro crispado de Sokolov cambió totalmente a uno más jovial. Alzó un dedo y señaló a Erika.
- Irá ella.
Las voces de Williams, Miles y Banks se alzaron en protesta mientras que Erika guardó silencio porque ya se había imaginado que eso sucedería en el mismo momento en que Andrew hizo su sugerencia. Sus protestas no sirvieron de nada pues Harlow los silenció a todos.
- Sokolov está a las órdenes y yo superviso la operación – dijo – Si Sokolov cree que es la más indicada, adelante.
- Lo creo.
- Con el debido respeto, señor… y señor – intervino Banks mirando a Sokolov aunque hablara con él y Harlow a la vez – Pero me presento voluntario. La puntería no es mi fuerte y viendo los entrenamientos está demostrado que Chambers es la mejor de todos en cuanto al tiro se refiere; ella puede dar mejor cobertura a distancia contra esos bichos asaltacaras que yo. Además, los explosivos son mi especialidad.
- Y yo puedo ir con él – sugirió Williams – Soy grande y fuerte, puedo cubrirle las espaldas de cerca mientras coloca las bombas. No podemos olvidar a Stardancer; si sigue viva, puedo cargar con ella hasta aquí.
- Insisto, irá quien Sokolov considere que es mejor para cumplir con la misión – contestó Harlow, decidido a apartarse de la ecuación, aunque hablando con un tono impaciente.
- Da, y como ya he dicho, es ella – aseguró Sokolov con una sonrisita - ¿Acaso no estuvo ya en uno de esos nidos y vivió para contarlo? No se me ocurre nadie mejor para desenvolverse allí dentro, viejo – se volvió para lanzar una mirada despreciativa a Williams – Tú eres demasiado grande y pesado, sólo chafarías todos los huevos consiguiendo que te mataran. En cuanto a Stardancer olvídala, está más que muerta. Irá Chambers. Sola.
Banks y Williams quisieron protestar, pero Erika se lo impidió alzando una mano.
- Está bien, lo haré – dijo – Pero más te vale cubrirme el culo porque como caiga tendrá que ir otro. Y si fallamos todos y sólo quedes tú para hacerlo estoy segura de que la misión se irá a tomar por saco.
- Hablas demasiado, mujer – replicó Sokolov.
La ex marine le sostuvo la mirada mientras comprobaba que tenía todo en orden, pero antes se volvió hacia Williams, Miles y Banks.
- Es posible que aún tengáis ocasión de participar – les dijo – Estad atentos.
Banks asintió con la cabeza, pero su expresión demostraba lo en desacuerdo que estaba con el devenir de las cosas. Erika era de su opinión, pero no podía hacer nada por evitarlo: a fin de cuentas, tenían que terminar la misión. Esto sólo era un imprevisto y le tocaba improvisar sobre la marcha.
- Te cubriremos – aseguró Miles, alzando su arma de precisión.
- Ten cuidado – pidió Williams, mirándola tan seriamente que Erika estuvo a punto de agregar algo más, pero finalmente no lo hizo.
En su lugar avanzó un par de pasos hasta encuadrarse en la entrada. Detrás de ella sus compañeros tomaron posiciones. Fue entonces cuando Andrew intervino.
- Un momento, señor Sokolov. La Weyland-Yutani no quiere correr riesgos innecesarios. Los sintéticos que restan escoltarán a la señorita Chambers en su incursión. Pueden reprogramarse a distancia para que sólo ataquen en caso de que corra peligro de muerte. Recuerde que los xenomorfos tienden a ignorar a los de mi clase siempre y cuando no inicien hostilidades. ¿Qué opina, doctor Harlow?
- No veo inconveniente, me parece una excelente idea. Si saben que tramamos algo no darán opción a un segundo intento. Adelante – concedió éste.
- Esperen unos segundos… Ya está, hemos inhabilitado el combate con armas de fuego salvo activación manual, para evitar riesgos. Adelante.
Los androides se aproximaron hasta Erika y la rodearon. La mujer respiró hondo y agradeció a Andrew la intervención, aunque sólo lo hiciera por velar por los intereses de la Weyland- Yutani. Dudaba que los sintéticos fueran a marcar una gran diferencia en modo pasivo, pero mejor eso que ir completamente sola.
- Señorita Chambers, nada de movimientos bruscos – aconsejó Harlow al otro lado – Ya no sólo por evitar conflicto si no porque los facehugger que hay en el interior de los huevos suelen despertar cuando sienten vibraciones fuertes.
- Lo sé bien, créame – y era cierto.
De esta guisa fue como Erika se adentró en el nido Xenomorfo.
Gracias a la luz sumada de las linternas de los androides Erika poseía mucho más ángulo de visión. Se encontraba en una cámara inmensa de paredes y suelo de piedra, cuyo techo se elevaba bien alto, una negrura casi insondable. Delante del pequeño grupo se extendía un campo de huevos de Xenomorfo, todos abiertos. Vagando entre los huevos y reptando por las paredes Erika pudo ver tanto a Xenomorfos como xenopanteras, que acechaban a los recién llegados manteniendo las distancias. Ella intentó contarlos, pero resultaba casi imposible, puesto que no paraban quietos y aparecían y desaparecían por el haz de luz, pero calculaba que había decenas ahí dentro.
Tras dar varios pasos se volvió en una ocasión a mirar por encima de su hombro y vio a todos sus compañeros observándola desde el umbral, expectantes. Miles, Ray y Adams permanecían arrodillados en una posición algo más adelantada y apuntaban con sus armas en dirección a Erika, cubriendo su avance con sus rifles de largo alcance. Cerca, los xenomorfos cerraban filas detrás de ella, ignorándolos por el momento, o eso aparentaban.
La tensión era tal que cuando uno de los androides avanzó de manera autónoma, separándose del grupo, Erika no pudo evitar dar un respingo.
- No se apure – le tranquilizó Andrew al otro lado de sus cascos – Estoy controlando a esta unidad a distancia, una novedad en este tipo de tecnología de androides. ¿Lo ve? – añadió, haciendo que el androide se diera la vuelta y alzó una mano haciendo el signo de ok, es decir, juntando el pulgar con el índice para hacer un círculo y el resto de los dedos alzados - No pretendía asustarla, le pido disculpas. Cierto es que no poseo habilidades de combate en mi programación, pero sí puedo echarle una mano en caso de que la necesite. Y así tampoco se sentirá tan sola ¿verdad?
- Gr-gracias, pero agradecería que me avisara antes de hacer eso… ¿Qué hace? – susurró Erika casi de manera inaudible, temerosa de hacer un ruido demasiado intenso que desatara un ataque de los ya tensos xenomorfos de los alrededores y un tanto desconcertada por la acción de Andrew.
- Adelante hay un buen número de huevos sin eclosionar, sólo me cercioro de que encuentre un camino más seguro hasta la reina para que pueda dejar las granadas – hizo una pausa – No es buena idea caminar por el centro, sugiero vayamos por un lateral, de este modo reduciremos el contacto con los huevos en un cincuenta por cierto. Además, creo que estoy viendo algo…
Erika asintió, aún sorprendida. El androide combate hizo un movimiento con la mano, señalando hacia la derecha. Ella obedeció y se desplazó lentamente, sin apartar los ojos ni de los xenos que les acosaban ni de los huevos, a pesar de que estuvieran abiertos, pues temía que algún facehugger rezagado apareciera de manera súbita. No tenía manera de prevenirlo porque su detector de movimiento estaba inutilizado: tener tantos blancos móviles tan cerca hacía imposible una lectura útil y tampoco podía fiarse de que lo viera llegar; estaba oscuro y la criatura escurridiza podía usar los otros huevos de parapeto.
Entonces súbitamente una xenopantera se interpuso en su camino y Erika se frenó en seco, al igual que los androides de combate. El que manejaba Andrew se acercó desde atrás ligeramente inclinado.
- Quieta – dijo la voz de Harlow desde el otro lado – No… mueva… ni un… músculo…
Erika obedeció a pesar de que el corazón parecía que iba a salírsele del pecho. Grandes gotas de sudor le resbalaban por el rostro hasta el mentón. Contuvo la respiración, temerosa de provocar a la criatura.
La xenopantera se incorporó en toda su estatura sobre sus dos patas traseras que, ahora que Erika se fijaba, eran ligeramente más cortas que las delanteras, tal como pasaba en las panteras de Esteno. La mujer estimó que mediría más de dos metros y medio, así totalmente incorporada. La criatura inclinó la cabeza en dirección a Erika, que intentó mantener el tipo todo lo posible, reprimiendo un temblor de piernas y las ganas de gritar.
La xenopantera ladeó la cabeza de un lado a otro, observándola con su rostro ciego, y entonces extendió unas excrecencias a ambos lados de su rostro, similares a tentáculos, que no poseían los Xenomorfos estándar. Éstos tenían una tonalidad azulada en sus extremos y se agitaban enmarcando la cara alargada de la criatura. Erika recordaba vagamente de su primera instrucción antes de ir a Esteno que se creía que esos tentáculos ayudaban de algún modo a las panteras a "ver" u "oler" objetos cercanos, aunque también había otras teorías que decían que los usaban para intimidar a otras panteras.
En cualquier caso la visión del alienígena tan de cerca era demasiado para ella y cerró los ojos, apretando con fuerza los dientes y rezando para que la xenopantera se aburriera y abandonara su escrutinio. Casi en el mismo momento en que pensaba que no podría soportarlo más sintió una ráfaga de aire cálido en el rostro y cuando abrió los ojos la xenopantera se apartaba de su camino, rodeándola y acechándola desde la retaguardia a cierta distancia. Había vuelto a esconder sus tentáculos.
Erika suspiró profundamente.
- Ha estado cerca – dijo Harlow, en un tono tan glacial que hizo que Erika volviera a la realidad – Continúe…
- ¿Se encuentra bien? – preguntó Andrew que, a pesar de ser una máquina, sonaba infinitamente más cálido y amable que el doctor humano.
- Perfectamente – masculló Erika sin poder evitar sonar sarcástica, pues se sentía cansada y furiosa. Sólo deseaba terminar cuanto antes y salir cagando leches de allí.
Apenas había avanzado unos treinta metros cuando la luz de la linterna enfocó lo que parecía uno de los huevos cercanos comenzó a eclosionar. Erika se detuvo y los androides se interpusieron entre ella y el huevo.
- La reina – dijo Andrew, ajeno a lo que parecía suceder a varios metros por detrás del sintético que controlaba – La veo perfectamente. Doctor Harlow ¿es suficiente distancia?
El facehugger surgió del huevo alzándose sobre sus seis patas y con la cola meneándose de un lado a otro. Parecía indeciso ante los androides que cubrían a Erika; de algún modo sabía que lo que tenía delante y le había despertado no era un organismo válido para su propósito, pero también parecía presentir a Erika. La mujer vio cómo un puntito rojo aparecía sobre el bicho y de pronto éste estalló en pedazos por un disparo silenciado. Erika miró en dirección a la puerta; Miles bajaba su arma y le hizo el mismo gesto que le dedicara Andrew antes.
Los xenos más cercanos se habían percatado levemente de lo sucedido, pues se agitaron ante lo sucedido y se aproximaron a investigar. Sin embargo, no atacaron a Erika, al menos por el momento.
- Señorita Chambers, no perdamos tiempo – la apuró Andrew – Venga hasta aquí y suelte sus cargas, no forcemos las cosas más de lo necesario.
Erika obedeció y cuando avanzó hasta la posición del sintético de Andrew se percató de la gran masa que se entreveía más adelante y por encima de sus cabezas: la Reina.
- Fíjese en eso – intervino Harlow, con un tono de voz extasiado – Es un ovopositor: un órgano que puede verse en las hembras de muchos insectos y que sirve, como bien indica su nombre, para poner los huevos. Mire esas cuerdas que van desde el saco hasta el techo para sujetarlo. Es tan grande y pesado que se colapsaría sin ellas… esto es bueno.
- ¿Ah sí? – preguntó Erika sarcásticamente.
- Es bueno – insistió Harlow en tono impaciente – porque implica que la reina no puede moverse o lo hace de manera muy limitada; no hace falta ser un genio porque basta un simple vistazo para darse cuenta de su potencial destructivo.
Erika lo meditó un momento y le pareció que el doctor tenía razón. Si esa enorme bestia le daba por usar toda su fuerza bruta sería capaz de derribar las ruinas y la cueva entera sobre sus cabezas.
En cuanto al resto de la Reina se parecía mucho a sus homólogos "hijos", salvo que su tamaño era mucho más grande. Harlow estimó que mediría cerca de los cinco metros de altura aunque a esa distancia y con esa oscuridad le resultaba difícil calcularlo. Sin duda lo más llamativo de su aspecto era la cabeza pues contaba con una especie de estructura que recordaba a una corona que le daba un aspecto aún más imponente y un tanto desproporcionado.
Mientras Harlow estudiaba a la reina Erika no perdió el tiempo y preparó las cargas. La idea era extenderlas lo más cerca posible de la su alteza real. ¿Cómo demonios iba a acercarse? Esa ya era otra cuestión. No se le había pasado por alto que, justo debajo de la Reina, permanecían cinco xenopanteras a modo de centinelas y otros siete xenomorfos.
- Démela, yo las pondré – sugirió Andrew, que parecía haber leído sus pensamientos – Es posible que si me acerco demasiado me ataquen, pero yo sólo soy un androide: además no llamaré tanto su atención como usted.
Erika dudó un momento, pero apenas lo reconsideró: era una excelente idea. No pudo evitar esbozar una sonrisa de agradecimiento cuando alargó al androide de combate la carga. Acto seguido Andrew atravesó el campo de huevos, manteniéndose prudentemente alejado de la Reina y su escolta. A pesar de que su alteza parecía un tanto dormida no era así; sus manos de largos y finos dedosse movían despacio y su rostro se alzó ligeramente en dirección hacia Andrew. Sus vigilantes también seguían con la cabeza cada uno de los movimientos del androide, agitando de manera perceptible sus colas. Erika estaba segura que estaba más que atentos a lo que sucedía a su alrededor y eso no le gustaba un pelo: puede que la reina les considerase valiosos y por ello no diera orden de exterminarlos al no querer que su colonia se quedase sin miembros, pero tarde o temprano se daría cuenta de que tramaban algo… y para entonces sería mejor estar lo más lejos posible de ella. Que por cierto ¿cómo había surgido esa Reina? ¿Habría nacido también de un anfitrión o su génesis era diferente? Sacudió la cabeza, no debía pensar ahora en esas cosas.
Observó a Andrew depositar con suma delicadeza la bomba de ofuscación en el suelo, entre unos huevos que comenzaban a abrirse, y alejarse con paso lento pero seguro para volver al lado de Erika. Cuando ella vio cómo los escoltas de su majestad volvían de nuevo sus cabezas en dirección a Andrew se quedó helada cuando una nueva idea pasó por su mente. ¿Y si Harlow se equivocaba y la reina se comportaba así por otro motivo? Había comenzado a entender que los Xenomorfos no eran meros animales si no que poseían cierto intelecto, rigiéndose por una mente colmena. Eso significaba que todos compartían una misma psique, por eso no era de extrañar que las castas cumplieran con sus obligaciones; tal como sucedía con las hormigas, los soldados defendían hasta la muerte su hormiguero. Si esos seres estaban dispuestos a morir por su reina ¿acaso a ella le importaba su colmena tanto como para arriesgarse a que el enemigo llegara hasta ella sin dejarles actuar? ¿Por qué haría algo así? ¿Acaso no tenía ya a las panteras para asegurar su reino?
No sabía adónde quería llegar a parar, aunque sentía que estaba cerca; pero su línea de pensamiento se vio interrumpida cuando, mirando el ovopositor, vio una melena pelirroja.
- Dios mío – susurró Erika.
- ¿Qué sucede? – preguntó Andrew, ya a su lado.
- Es Stardancer… ahí.
Erika señaló y se movió de tal manera que pudiera enfocar con la cámara. Efectivamente la mujer mercenaria permanecía sujeta a la pared por esa asquerosa resina que esas criaturas excretaban para recubrir cualquier superficie de su nido. Para alivio de Erika no había ningún facehugger sobre su rostro. Sin embargo recordó lo que les indicaron en la instrucción: el facehugger abandonaba a su víctima una vez depositado el embrión y se dejaba morir. Quizá Stardancer ya tuviera uno en su interior. Eso hizo que se le cayera el alma a los pies.
- Su pulso es constante, aunque débil – indicó Andrew - ¿Doctor?
- Vayan a por ella, ya hemos sufrido suficientes pérdidas – dijo Harlow.
- Pero ¿y si está infectada? – repuso Erika muy a su pesar, sintiéndose sucia por decirlo – Ustedes mismos nos explicaron el ciclo reproductivo de estas cosas. No sería sensato llevarla de vuelta a la base. Odio darle la razón a Sokolov, pero se puede dar por muerta…
- Suponiendo que fuera cierto que posee un embrión es posible que aún estemos a tiempo de salvarla, señorita Chambers – alegó Harlow, sorprendiéndola – Hemos desarrollado una cirugía experimental para extraerlo en el caso hipotético de que ya lo tuviera y, aunque admito que hay pocas posibilidades de supervivencia, creo que son suficientes si se trata de salvar una vida. Para eso estamos aquí, para adquirir nuevos conocimientos y salvar vidas. ¿Recuerda?
Erika se mordió los labios, indecisa. Por supuesto que recordaba aquella conversación en el despacho de Harlow, justo antes de firmar el contrato que la trajo de vuelta a Edén. Y desde luego que si existía una mínima opción de salvarla merecía la pena correr el riesgo. Erika tomó una decisión.
Alargó la segunda carga, ya lista, a Andrew y se apresuró a preparar la tercera.
- Deposite la segunda y yo dejaré la tercera. Acabemos de una vez con esta mierda.
Andrew obedeció solícito y Erika inició su acercamiento tras armar la tercera carga. No obstante, cuando aún la separaba un corto trecho de Stardancer dos Xenomorfos cercanos se tensaron visiblemente, encogiéndose y preparándose para atacarla. Erika se detuvo y retrocedió, con los androides pegados a su vera.
- Andrew – susurró Erika sin apartar los ojos de los ahora más relajados centinelas - ¿Hay alguna forma de que los androides se queden aquí? Quizá si me acerco yo sola aguanten más su posición.
- Dicho y hecho, señorita Chambers.
Cuando Erika se movió de nuevo los androides ya no la siguieron, si no que permanecieron estáticos en su posición. La ex marine tomó aire y reanudó el acercamiento, yendo casi en cuclillas hacia su compañera. Efectivamente los xenomorfos que montaban guardia cerca del ovopositor de la reina se tensaron, pero no tanto como antes. Aun así, seguían sus movimientos muy atentamente.
Erika llegó por fin hasta Stardancer, sacó su cuchillo de combate y comenzó a romper la costra que la envolvía. Examinó por encima el rostro de la mujer, que estaba mortalmente pálido y lleno de moco, buscando signos de que un facehugger se le hubiera acoplado, pero no las encontró. Decidió en ese punto ponerse ya los auriculares protectores, lo que la dejaría incomunicada por radio hasta que volviera a ponerse sus cascos, pero no importaba porque control seguía todos sus movimientos a través de la señal de vídeo que seguía emitiendo por su cámara. Además Andrew podía ver lo que sucedía a través de la cámara del androide que manejaba. Mientras ella trabajaba los dos Xenomorfos se removían ligeramente inquietos, como dos perritos entrenados en quedarse estáticos hasta una señal de su amo a pesar de la tentadora comida que les ponían justo delante de sus narices. Cuando Erika buscó a la reina con la mirada se encontró con su rostro vuelto hacia ella y se le pusieron los pelos de punta.
Por un momento estuvo a punto de detenerse porque de nuevo tenía la intuición de que la reina lo estaba permitiendo sólo porque tenía interés en que se la llevaran de allí. Estos eran sus dominios y aquí sólo se cumplía su voluntad… pero Erika recordó a Taylor siendo arrancado de su lado entre alaridos de puro terror y desesperación, a Taylor colgando inerte de esa misma costra con los huesos del pecho abiertos hacia afuera. Ella le había fallado, le había abandonado; sí, sabía que si hubiera ido en pos de él ahora mismo su cuerpo también se estaría pudriendo allí abajo con el suyo, pero eso no la hacía sentir mejor. En absoluto. No abandonaría a nadie nunca más.
- ¿Quieres que nos la llevemos por alguna razón, zorra? – pensó y deseó con todas sus fuerzas que ella pudiera sentirla – Pues eso haremos, pero no porque tú quieras, sino porque no dejamos a nadie atrás. Si lleva dentro a uno de tus jodidos bastardos lo mataremos y habrás perdido igualmente. Así que, que te jodan.
Con un último tirón liberó el cuerpo inconsciente de Stardancer, que cayó hacia delante, sobre los hombros de Erika. La echó hacia atrás un momento para bajarla, la tomó por debajo de las axilas y tiró de ella, arrastrándola lejos de allí no sin antes dejar caer la preciada bomba.
- Cargas en posición – informó Erika, apañándoselas para indicarlo con un gesto de la mano.
El androide que controlaba Andrew le devolvió la señal de que la había entendido.
Un minuto para que la última carga estuviera armada y podría detonarlas todas a la vez con el detonador del tamaño de un botón que llevaba en el chaleco… y todo habría acabado.
Erika había comenzado a contar desde sesenta cuando comenzó a retroceder para alejarse con Stardancer. Pero apenas había avanzado unos pocos metros cuando vio con cierto horror cómo los dos centinelas que la habían acosado comenzaron a acortar sus distancias con ella.
Se permitió echar una ojeada alrededor y, efectivamente, los xenomorfos estaban más inquietos que al principio. Se le antojó que hasta la reina parecía más excitada y desconfiada desde que la segunda granada había pitado avisando de que estaba lista para la detonación.
Entonces miró con cierta reserva al androide de combate de Andrew, que se mantenía en su posición mirando a la reina. Por último, Erika miró hacia la puerta, donde parte de sus compañeros habían traspasado el umbral en su impaciencia por ver qué sucedía y cómo les iba allí dentro.
Y en ese momento la reina rugió.
