Los personajes no me pertenecen.


Sonríe, Arnold


Parte IX


El creyó, una vez, haber vivido un verdadero infierno. O fueron dos veces. Dos. Una depresión superpuesta sobre otra.

La primera vez fue cuando descubrió, casi demasiado tarde, que estaba enamorado de Helga G. Pataki.

Que le gustaba, sí. Que se divertía mucho con ella más que con cualquier otra persona, sí. Era algo tan evidente porque si no, no habrían estado juntos al regreso de San Lorenzo.

Pero de gustarle mucho a quererla de verdad… había todavía cierto trecho, angosto, flaquito como una barrita de pan, pero notorio.

Luego una cosa pasó a otra y cuando ella le dijo sobre su ida de la ciudad, lo supo.

La verdad se le clavó como una astilla en el pecho y se maldijo desde lo más profundo de su alma. Era tarde.

Tarde.

Porque ella tuvo que irse muy lejos y él se detestó no por amarla, sino por ser demasiado lento, sonso y denso.

Que era un chico, sí. Sin embargo, y que le parta un rayo en el culo si no decía verdad, se enamoró como muy pocos jovencitos de catorce años lo hacían. Fue como un panecillo horneado en microondas; ardiendo desde el centro hacia el exterior. Con atracción física y emocional. De corazón a mente, a cuerpo y a espíritu. Supo que Helga era su otra mitad.

Y se jodió todo. La secundaria, las fiestas, los coqueteos inofensivos y otros no tan inocentes de chicas lindas, los debates en clases e incluso los juegos de béisbol.

Al crecer, hasta el más simple problema se volvía mortífero.

Estaba presente, no obstante, su presencia era similar a la de una cascara de huevo; vacía y sin propósito después de romper. Las cartas y llamadas eran su único bálsamo y la bendita sea, caricia de consuelo, hasta que ella decidió desaparecer.

Aún recordaba como creyó sentir que su interior se desvanecía en medio de una bruma negra y tóxica. Más nociva que el mismo mercurio.

Pero a lo hecho pecho y ahora tenía a sus padres. Saldría de aquel pozo y continuaría con su vida.

No.

Porque una semana después de la inevitable muerte de sus abuelos, vio a una pequeña niña a punto de ser atropellada y él no podía permitir aquella tragedia. Así que fue, saltó tras ella y la empujó a un lado, pese a saber que el automóvil, probablemente, impactaría contra él.

La porquería regresó para quedarse cuando la voz del médico tratante, áspera y en tensión, le dijo que no podría volver a caminar.

Jodida vida.

Meses y meses de intensas terapias no resolvieron el problema. Regresó a escabullirse en su crisálida y a no ver las caras de quienes aún se preocupaban por él. Sus padres resistieron las rabietas, los arrebatos, hasta insultos y blasfemas a un Dios que ni sabía si existía o no.

¿Así debía ser la vida del niño milagroso? Aquel que con su nacimiento, calmó la furia de un volcán en medio de la jungla.

¿Así debe ser?

Y allí estaba, con su insípida cara bajo la luz que cruzaba la claraboya. El sol después del invierno parecía ser más benévolo que en otras épocas y le calentaba la piel hasta hacer que la acidez en su rostro se disipara un poco. La sonrisa volvió a desaparecer, pero al menos, el ceño fruncido no regresó a plegar su frente con arrugas y resequedad.

Sus padres hablaban y él no escuchaba. Contrario a su último ataque depresivo, éste era muy, muy tranquilo. Callado, sin exaltación, sin bulla. No había ruido alguno, nada.

Abner se sacudió en el sillón rojo y alzó la cabeza hacia la puerta. Arnold apenas escuchó un par de pasos sobre la rampa antes de percibir el golpe en la puerta.

No dijo nada y para quien estaba al otro lado, el silencio pareció ser afirmación suficiente para irrumpir en la alcoba.

Gerald pateó una caja de pizza que se interponía en la entrada, junto a tres botellas de gaseosa Yahoo.

—¡Diablos, viejo! Aquí huele a jamón rancio — el moreno se afianzó al pomo de la puerta y movió de un lado a otro, abanicando, esperando a que el aire disipara el olor.

Arnold no lo miró.

—¡Bueno, hermano! Llego después de un par de meses y… ¿qué veo?

—Ahórratelo, Gerald — él suspiró, rodando su silla hasta el escritorio. Tomó una bolsa de frituras al descuido y engulló una cuantas.

—¡Oye! Solo esperaba ver a mi mejor amigo y darle su regalo de navidad. Disculpa la demora, pero mi novia exigió mi presencia durante todas mis vacaciones. — lanzó al aire una bolsa de plástico que cayó sobre el regazo de Arnold. La misma guardaba una camiseta con el nombre de una de sus bandas de Jazz favoritas. — No es gran cosa, pero la intención es lo que cuenta.

—Gracias.

—No fue nada — se movió hacia el sillón. Abner se echó al lado y Gerald acarició su cabeza, rascando tras las orejas. — Está amargado, ¿no? — el perro sacó y metió la lengua, humedeciendo su fría nariz.

—Gerald, si vienes a…

—No soy tu padre ni tu madre, viejo. No vine a darte una sermón de cómo debes comportarte y ser un verdadero hombre.

—Yo no…

—Me impresionas, Arnold. Realmente pensé que todo estaba resuelto.

Arnold se preguntó qué tanto podría saber Gerald del asunto, si apenas había llegado de sus vacaciones con Phoebe y…

Phoebe.

—¡Phoebe! — lanzó, cómo si la joven estuviese presente.

—Sí, bueno. Las mujeres hablan y a veces el novio de una de ellas se queda atrapado en medio, escuchando más de lo que debería. Phoebe tiene la maldita costumbre de hablar en altavoz y Helga, mierda, no tiene una voz precisamente discreta.

El rubio se tensó, apretando la bolsa de botanas.

—¿Sabes? Quiso venir y, la citaré: "patear tu maldito trasero hasta que en una arcada, escupieras todo lo que hay en tu interior". Asqueroso y…

—¿Helga? — pronunciar su nombre le agitó el pecho.

—No, viejo. Phoebe. Helga no quiere verte ni en pintura.

La agitación se volvió una asfixia que le hizo cerrar los ojos y tratar de inhalar, como si fuese víctima de un ataque de asma.

El drama en su punto más alto, pues.

—Si te soy sincero, pensé que podría encontrarte peor. Pataki fue muy condescendiente, ¿no? Si yo fuese ella, te habría dejado inmóvil de la cintura para arriba también.

—Gerald…

—Una mujer dolida…

—¡Cierra la boca! — la silla giró y la bolsa con la camiseta cayó al suelo. — ¡Cierra la boca, Gerald, porque no sabes nada!

—¿No sé qué? ¡Helga siempre fue amiga de Phoebe! Yo podría saber más de ella de lo que tú…

—¡Que cierres la boca! — se sacudió, batiendo las manos sobre las ruedas de la silla para moverse, a ningún lugar específicamente. Sólo se desplazó de allá para acá, de un lado a otro, con muchos nervios, molestia y pesadez. Con los ojos enrojecidos por lágrimas retenidas y el corazón tan apurado que lo podía escuchar cómo golpeaba en sus oídos, irritante y sin consideración. — Tú no sabes nada, Gerald. Mis padres no saben nada. ¡Nadie sabe nada! ¡Ni siquiera Helga! Esa maldita rubia loca que… que… carajo, Gerald. Vuelve después de ¿cuánto? ¿Ocho años? Llega y desploma mi mundo ya de por sí vuelto mierda. Me ve aquí, en esta maldita silla del infierno, y parece no importarle… — siguió rodando de un lado a otro. Gerald y Abner parecían ser espectadores de un importantísimo partido de pin pon. — No le importó que yo fuese tan… patético. Me trató con tanta indiferencia al principio que… yo creí, y después… — se detuvo, la frente brillando en sudor. — Cómo me miraba, cómo se sonrojaba y sonreía sin ella siquiera notarlo. Me besó y… la tuve aquí — sus manos dejaron las ruedas para tomar con solidez sus rodillas. Sus ojos seguían el movimiento de sus dedos.— La tuve aquí, en mi regazo. Tan cerca — apretó tanto que pudo sentir las rotulas entrar en el hueco de sus palmas. — Aquí, con su aroma, su pelo suelto, tibia debajo de su pijama… y sin él también. Hicimos el amor. Me hizo el amor, yo la disfruté con cada fibra de mi ser y después… yo a ella. Y juntos, conectados más allá de lo posible. No sabía que podía sentir algo así, tanta electricidad, tanto poder y vulnerabilidad al mismo tiempo. Y menos creía que podía hacer sentir satisfecha a una mujer. Pero Helga… y me dijo que me ama todavía y que siempre lo hizo. Siempre. ¿Sabes el significado de esa palabra? Siempre, siempre. Y yo tardé un poco en alcanzarla, sí, pero me enamoré también. E hizo tanto por mí, en todo momento. Los insultos y las jugarretas infantiles no fueron nada comparado con todo lo que esa chica pasó para asegurarse de que yo estuviese bien… lo hizo y yo… — parpadeó, varias lágrimas corrieron por su cara.

Estaba catapultando al exterior todo el ruido que había apresado muy dentro de sí, sin querer. Inevitablemente, todas sus quejas, reproches y lamentos salieron a flote en una verborrea precipitada y casi inentendible.

—Le dije que la amo, una y otra y otra vez, e incluso adoré la idea de tener un hijo con ella. ¿Puedes creerlo? — una sonrisa triste se estiró sobre sus labios. — Claro que era muy pronto pero… fue bonito imaginarlo. Sentí que estábamos juntos desde siempre y de cierta forma, fue así. La extrañé, soñé y deseé tanto… después me dice que no puede quedarse y, bien, no tendría por qué hacerlo porque es una mujer impresionante y… no sé. — calló. Los nudillos se habían vuelto tan blancos como una hoja de papel sobre sus rodillas.

Lentamente relajó los dedos, pero su vista continuó presa en sus piernas inútiles.

—Arnold…

—Soy de lo peor, ¿verdad?

—Completamente. — el rubio levantó la mirada. — ¿Qué? No puedo hacer nada más que darte la razón. Eres de lo peor.

—Gerald…

—Y sé bien que Helga también se lleva una tajada de la culpa porque, después de todo, tardó mucho en darte la cara.

—Ella…

—¿Cómo se le ocurre volver y no considerar tus sentimientos?

—No es…

—¿Te dijo desde el principio que no planeaba quedarse?

—No, pero… Me pidió ir con ella y…

—¡Ah! ¡Pero claro! Y tú…

—¡Yo sería una molestia!

—Por supuesto.

—Yo…

—Desconsiderada, desconsiderada. — Gerald negó repetidas veces con la cabeza.

—No... — Arnold susurró, aunque no sabía que más decir.

Los mejores días de su vida los pasó bajo el techo de esa pensión, entre esas paredes viejas. Vivió los instantes más significativos y mágicos no solo con su familia sino también con la mujer de su vida, durante esa navidad maravillosa, llena de nieve, tormentas y besos lentos y calientes, dulces y apurados. Deseó que Helga se quedara, por supuesto, y…

Lo arruiné.

—Una duda, hermano — su amigo apoyó el tobillo de su pierna izquierda sobre la rodilla derecha, posando cómodamente sobre el sillón, mientras Abner dormitaba en su regazo. Gerald estiró los brazos antes de dejarlos caer sobre el respaldar. — ¿Qué diferencia hay entre tú irte y ella quedarse?

—Yo… — no tenía respuesta para una pregunta tan simple y sencilla.

O sí, sí tenía una respuesta. Bastante clara, a decir verdad.

—No hay… — murmuró, la lengua pareció convertirse en una masa pastosa y desagradable. — No hay diferencia.

—Ya — el hombre moreno asintió.

—Gerald…

—¿Qué harás ahora?

—Nada.

Las facciones del joven Johanssen denotaron cierta impresión, mezclada con impaciencia y una pizca de fastidio.

—No te entiendo, Arnold. Si los dos…

—¡Soy un paralítico, Gerald! — bramó, golpeando los reposabrazos de su silla.

—¿Y eso a Helga le importó?

—Ella…

—No des excusas estúpidas, Arnold. Te aferras a tu condición como si eso te definiera y no…

—¡Una mierda, Gerald! — por vez primera, deseó patear a su mejor amigo. —¡No puedo ser un impedimento para nadie! Menos para alguien como Helga. Yo no…

—¡Excusas y más excusas! — lo apuntó.

—Gerald…

—Tienes miedo.

—Yo…

—Te rendiste. ¡Eso es lo verdaderamente patético, viejo! No son tus piernas, ¡eres tú!

—Yo no…

—Como te dije, tienes razón en todo, todo. Sigue hundiéndote en la mierda si eso te hace sentir un poco mejor. — Palmeó sus piernas antes de levantarse. — Una última pregunta, hermano. — lo miró con atención. — Si Helga se quedaba, ¿qué habías pensado hacer?

Arnold tragó una bola de saliva, torciendo la boca. Con los dedos otra vez aferrados a sus rodillas, fijó los ojos en algún punto del dorso de su mano derecha.

Si Helga no se hubiese ido por segunda vez, si allí estuviese, viviendo con él, más unidos de lo que podría desear, ¿qué haría?

Bien pensó en volver a contactar a Connor. Creyó que reintegrándose a las terapias correctas, con los ejercicios adecuados, quizá podría en un futuro volver a caminar. Igualmente, sopesó la idea de estudiar; ¿qué cosa? No tenía ni puta idea, pero algo se le ocurriría. Un paso (figurativo) a la vez.

Por Jesucristo que pensó en muchas cosas en tan cortito tiempo.

—Yo iba… — soltó aire por la nariz. —Ya no importa, Gerald.

—Vuelvo a darte la razón, viejo. ¡Cielos! Después de lo que pasó hace unos años, me juré no volver a entrometerme en el tema "Pataki". Tú decidiste dejarlo atrás y lo respeté. Pienso hacer lo mismo ahora. De todos modos, no es mi problema. — se acomodó las solapas de su sudadera, caminando a la salida. Arnold lo observó ir muy lentamente hacia la puerta, indeciso, todavía pensativo y un poco obstinado.

—Suéltalo, Gerald — lanzó, frunciendo el ceño.

—Solo que… y disculpa, juré no inmiscuirme, siquiera comentar cualquier cosa, pero te lo diré de todas formas. — lo miró con atención, como un maestro enseñando una importante lección a su alumno ejemplar. — Ella no volverá, Arnold. No lo hará.

En la mente del rubio se avecinó una tormenta; rayos y truenos, enturbiando sus sentidos y revolviendo las entrañas.

Tuvo miedo y quiso gritar. Se mordió la lengua, al punto de saborear su propia sangre.

—Ge… — su voz pareció raspar la garganta. Carraspeó, tragando más saliva. — Gerald… ¿qué se supone que debo hacer? — sus ojos se abnegaron en lágrimas.

Su amigo, siempre el mejor, el más confiable punto de apoyo en cada aventura vivida, se acercó en dos pasos y apoyó una mano en su hombro.

—Ser el hombre que todos sabemos que eres, viejo; increíblemente audaz, valiente y sensato.

Audaz.

—Audaces mis pelotas, ¿verdad? — volvía a rodar de un lado a otro, solo con Abner como acompañante. Gerald se había ido después de toda su perorata. De su cama llegó al escritorio y viceversa, sin detención, extremadamente nervioso. Los músculos de ambos brazos parecían retumbar entre cada flexión y extensión.

Su habitación nunca le había parecido tan pequeña y desprovista de calidez, hasta ese momento. Helga había proyectado su energía, su candor y su risa en cada recoveco. Sin ella, sentía a la alcoba desolada, fría y descolorida.

Quería huir de sus pensamientos y, a su vez, se negaba a soltarlos de una vez por todas y para siempre, aferrándose con uñas y dientes a una remota posibilidad.

—No puedo porque… me ha de estar… odiando, ¿cierto, Abner? — los músculos empezaron a temblar y su respiración jadeante le movía los rebeldes mechones rubios de su frente. Sin embargo, continuaba. La silla chirreaba por falta de aceite entre sus engranajes. — No puedo porque ella no… quizá si yo… — sentía a su cerebro como un tubito de pasta dental exprimido hasta su final. — Pero me ama aunque me odie también, lo sé. Me pasó lo mismo… y yo… debo… ¡Aarg! — se detuvo, llevando las manos a su cabeza. Un dolor punzante empezó a fastidiar desde la parte posterior. — ¡Joder! No sé qué… — Abner ladró saltando del sillón. Llegó a él en un trote, dejando caer su peluda cabeza sobre sus rodillas. — En realidad, sí sé. Sé que debo hacer, amigo, pero… Gerald tiene razón, tengo miedo.

Miedo de alejarse del único sitio en donde se sentía seguro. Miedo a nuevas paredes y paisajes, llenos de incógnitas y desafíos. Miedo a todo porque era un maldito paralítico.

Tenía miedo a no poder.

Y tenía miedo de perder a Helga para siempre. Así, en definitiva.

Helga y su ojos, su cabello suelto, su vientre chato, sus pechos llenos y su lindo trasero tonificado. Su sonrisa y dientes rectos. Su nariz y sus pequeñas orejas adorables y levemente caídas. Sus uñas sin barniz y el calor de sus mejillas. Su risa y su sarcasmo. Sus burlas y alientos también. El sexo maravilloso y las caricias posteriores hasta dormir. Piel bendita y brillante. Su Diosa dorada. Su milagro rubio. La música que nacía en su cabeza sin equipo ni instrumento. Su mujer.

Todo lo perdería, y qué miedo.

¿Miedo? Terror es lo que sientes al pensar en ella. Pánico, dolor y ganas de cagarte todo en los pantalones.

Sus ojos se abrieron más de lo normal.

Nada era más jodido y estúpido que la idea de no verla de nuevo, sabiendo que ambos se querían.

Carajo, nos amamos.

—No puedo volver a perderla, amigo — Abner elevó el hocico y dio un enérgico ladrido. — No de nuevo, ahora cuando sé que nos queremos. ¿Verdad? ¿Tengo razón? — Abner saltó con un ladrido alegre. — Tú me comprendes. — después de meses, él sonrió.

Todavía con dudas, miedo, incertidumbre y ganas de cagar. Pero volvió a sonreír, y por Helga, otra vez.

Iba a mover sus ruedas cuando escuchó murmullos tras su puerta.

—No, Stella. Yo hablaré con él. ¡Ya fue suficiente! Tendrá que enfrentarse a todo en cualquier momento. No, no seré duro. Yo…

—No me preocupa que seas duro, creo más bien que serás demasiado suave y despistado.

—Yo no…

Miles y Stella se sobresaltaron ante el ruido de la puerta. Arnold los miró, medio sonriente, medio aterrado.

Terror, ajá, pero del bueno, del que te hace sentir vivo, con palpitaciones graves y los pelos erizados.

—Mamá, papá… — tragó nueva saliva, su nuez de Adán hizo un movimiento marcado y nervioso. — Voy… a ir con Helga.

Y aquello fue como decirles que ya podía volver a caminar, todavía preocupados pero esperanzados; porque sabían que, en cualquier momento, él debía tomar las riendas de su vida y hacerle frente como pudiese, con o sin silla de ruedas.


N/A:

Recuerden que cualquier comentario soltado con educación, será siempre bien recibido. :)

¡Gracias por leer, corazones!

Nos leeremos en la próxima parte.

Cariños a distancia,

Yanii.