Capítulo 7
Cuando llegó a casa estaba sonando el teléfono. La pantalla indicaba que llamaban desde un número privado, pero Sakura estaba segura de que era Temari. Madara tenía una relación muy estrecha con Hashirama y probablemente había marcado la tecla de su contacto en el móvil en el instante en que la vio desaparecer por el pasillo.
Para evitar vérselas cara a cara con su amiga, Sakura descolgó el teléfono.
—Hola.
—¿Qué narices pasa, Sakura? ¿Estás bien?
La expresión «qué narices pasa» significaba en realidad «me tienes preocupada».
—No me pasa nada.
Apartó la cortina y observó la calle. Tal como imaginaba Yashiro había aparcado justo enfrente de su casa, y al parecer Inochi había dado la vuelta a la manzana y se encontraba a unos cuantos bloques de distancia del suyo.
—Madara acaba de llamar a Hashirama.
—Sí... —Daba la impresión de que Inochi estaba comprobando el número de matrícula del coche de Yashiro. Sakura deseó que el hombre no tuviera un pasado que ocultar.
—¿Sí? ¿Sakura? Cuéntamelo todo. ¿Qué está pasando?
Dejó caer la cortina y se apartó de la ventana, dispuesta a que policías y guardaespaldas se las apañaran solos.
—Estoy bien, Temari. En serio. Seguro que Madara os ha pintado las cosas muy negras, pero todo va perfectamente.
—Si todo fuera perfectamente no habrían aparecido dos policías para hablar contigo en privado. Madara se ha puesto frenético, y Hashirama y él han cogido la directa y se disponen a averiguar qué está pasando. Podrías ahorrarnos las molestias y contárnoslo tú.
Sakura se apoyó en la pared del pasillo y se quitó los zapatos de tacón de una patada. ¿Cómo iba a salir de esa? Había conseguido mantener el pasado enterrado durante años. Si ganaba un poco de tiempo, tal vez pudiera idear algún plan.
—Hay cosas que no son para contarlas por teléfono. Seguro que lo entiendes.
La vida de Temari no siempre había sido modélica. Y cuando salía con Hashirama, su ex novio, que estaba como una cabra, siempre les pinchaba el teléfono para averiguar cosas sobre su relación.
—Sí que lo entiendo. ¿Quieres que quedemos para tomar un café? ¿Prefieres venir a casa?
A Sakura le habría gustado hacer caso omiso de las advertencias de Inochi y Chōza, pero no era capaz. ¿Qué podía contarle a Temari y qué no? ¿Hasta qué punto era sensato que Tōka se alojara en su casa? Y ¿cuánto tardaría Madara en aporrear su puerta pidiéndole explicaciones?
—Necesito un día o dos de margen. Y, antes de que me lo preguntes, sé que puedo confiar en ti. Solo me hace falta un poco de tiempo.
Temari soltó un resoplido frente al auricular.
—De acuerdo. Prométeme que me llamarás o que vendrás a casa si necesitas algo. Lo que sea.
—Sabes que lo haré.
Después de colgar, Sakura fue corriendo a la planta de arriba y se cambió de ropa. Se puso dos atuendos, uno escondido debajo del otro. Luego salió rápidamente de casa y cerró la puerta con llave antes de entrar en el coche.
La siguieron otros dos vehículos. Yashiro iba en el primero, y no le preocupaba que lo viera. Pero Inochi se mantenía a cierta distancia.
Al cabo de diez minutos llegó al aparcamiento de un centro comercial muy concurrido y se apeó del coche.
Entre semejante multitud no tenía que resultar difícil burlar a un perseguidor, pero como en su caso eran tres le costaría un poco más.
De vez en cuando descubría a Chōza entre la multitud. No resultaba difícil verlo gracias a su cuerpo voluminoso. Yashiro estaba hablando por el móvil, seguramente con Madara.
Sakura se dejó puestas las gafas de sol. Llegó a las salas de cine del centro comercial y miró el horario de las sesiones. La última película de vampiros para adolescentes estaba a punto de terminar.
—Perfecto, susurró para sí.
Llegó a la taquilla, sonrió a la joven de poco más de veinte años que vendía las entradas y compró una para la última película de chicas.
—Una para Una novia de diez millones de dólares, por favor.
Tras pagar la entrada, Sakura se mezcló con la multitud. Se dispuso a entrar en el lavabo de mujeres, pero antes reparó en que Yashiro también estaba comprando una entrada.
Una vez dentro del cubículo, se despojó de los pantalones de punto amplios y la blusa negra y lo guardó todo dentro de su gran bolso. Los escuetos shorts eran más bien propios de una adolescente, y debería estar prohibido llevar un top tan diminuto. Se recogió el pelo, lo cubrió con una pañoleta y lo ocultó con un moderno sombrero negro que lucía una reluciente cruz sobre el ala. Estaba aplicándose brillo de labios cuando oyó la risita despreocupada de unas adolescentes que entraron al baño en tropel.
—Por Dios, esta sí que es buena; es mucho mejor que las anteriores —opinó una de las chicas mientras las otras se deshacían en exclamaciones de placer pensando en el rompecorazones de moda.
Una de las adolescentes reparó en Sakura y una sonrisa profident le iluminó la cara. Después de unos segundos de ruidosa cháchara, Sakura se volvió hacia la chica que sin duda lideraba el grupo.
—Me encanta esa camiseta. ¿Dónde la has comprado?
La rubia de figura menuda levantó la cabeza y sonrió.
—En Forever Teen —dijo—. Tu sombrero también es muy bonito.
Sakura sacó provecho de sus ganas de impresionar a una chica mayor que ella. Al alabar su buen gusto, por algún extraño motivo se había ganado su confianza. Las chicas salieron del lavabo formando un pequeño pelotón a la vez que otras entraban. Sakura se colocó las gafas de sol y se mezcló con el grupo, y fue avanzando a la vez que les hablaba de una película que no había visto. Por suerte hacía semanas enteras que en los cines no anunciaban otra cosa que ese tráiler.
Sakura, con su pandilla de adolescentes, salió de la sala de cine y pasó por delante de Yashiro sin que este se diera cuenta. Chōza estaba en la puerta, pero no la vio.
—¿Estudias en Valley High? —preguntó una de las chicas.
«¿Tan joven parezco?»
—No, en UCLA —mintió Sakura.
—Qué guay.
El autobús que iba a la ciudad estaba llegando a la parada y Sakura se dispuso a cogerlo.
—Hasta otra —dijo a las chicas, despidiéndose con la mano.
Sakura pagó más de lo que valía el billete y encontró un asiento vacío cerca de la puerta trasera. Se hizo pasar por una adolescente díscola, se embutió unos auriculares en las orejas y fingió que escuchaba música. Dos veinteañeros de torpes modales la miraron desde el otro lado del pasillo e intentaron captar su atención con una sonrisa.
Sakura se apeó del autobús cinco paradas después de la sala de cine, justo antes de que se cerraran las puertas. Tras recorrer dos manzanas a pie, encontró un restaurante de comida rápida y entró en el baño para ponerse la ropa apropiada. Cogió un taxi que la llevó hasta una terraza de Santa Mónica, donde se sentó a tomar un cóctel.
Ni rastro de Yashiro.
Ni de Chōza.
Ni de Inochi.
Tras recibir la tercera llamada, apagó el móvil.
En sus labios se dibujó una sonrisa. «Aún estás en forma, Saku.» Había conseguido escapar de sus perseguidores y mezclarse con la multitud sin que se dieran cuenta. Había conseguido mantenerse oculta.
Otra vez.
Madara dudaba entre utilizar la llave de Temari para colarse en casa de Eliza o esperar a que regresara. Pero ¿qué haría después? Lo había apartado de en medio de una patada, y no estaba más cerca de hallar repuestas ahora que en el momento en que ella había salido disparada de la habitación del hotel con los dos policías.
Hashirama no sabía nada. Y Temari aún menos. ¿Cómo era posible que dos mujeres que mantenían una relación tan estrecha pudieran ocultarse oscuros secretos durante tanto tiempo? Madara creía que los hombres eran los reyes de la incomunicación, pero al parecer tendría que dejar de dar ciertas cosas por sentadas.
Hashirama echó mano de unos cuantos favores y averiguó que antes de los diecinueve años Sakura no existía. No constaba ningún expediente académico suyo, no había tenido ningún empleo de juventud ni se había sacado el carnet de conducir a los dieciséis años. Madara habría ido más allá, pero no podía quitarse de encima la sensación de estar vulnerando su privacidad.
Después de haber marcado su número de móvil tres veces, le dejó un mensaje muy corto: «Llámame».
Era preciso que supiera que todos estaban preocupados por ella. No era habitual que la policía acudiera en busca de alguien sin dar más explicaciones.
¿O sí?
Madara se pasó la mano por el pelo con frustración.
Cada vez que veía por televisión las imágenes de su rueda de prensa, se asombraba de lo bien que se desenvolvía Sakura ante las cámaras. No podría haber estado mejor, ni en cuanto a la indumentaria ni a la habilidad para tratar con los periodistas. Si lograba convencerla para que se casara con él, aunque el matrimonio no durara mucho, tendría el futuro político más que garantizado. Por lo menos era un consuelo pensarlo. También sabía que casarse con ella les ofrecería a ambos la oportunidad de dar rienda suelta a la atracción contenida. Y el martilleo que sentía dentro del pecho no lo provocaba su carrera política.
La inmediatez con que ella había rechazado la proposición había mandado sus planes al cuerno. Tendría que habérselo imaginado. La repugnancia que Sakura había mostrado ante la idea de casarse con él lo había dejado completamente desarmado, y no en el buen sentido. La única forma de saber que Sakura no quería vivir a su lado era preguntándoselo. Pero su negativa inicial no iba a impedir que acabara convirtiéndola en su esposa. Solo tenía que cambiar de estrategia.
Estaba dándole vueltas a la forma de conseguirlo cuando sonó su móvil.
—¿Diga?
—Está en casa.
Era Yashiro, que se había encargado de vigilar la casa de Sakura a la espera de su regreso.
—¿Y los dos policías? ¿Siguen por ahí?
Según le había contado Yashiro en una conversación anterior, los agentes que se llevaron a Sakura del hotel se habían quedado tan pasmados como él cuando la chica había desaparecido de su vista en una sala de cine. «Se ha esfumado como una auténtica experta, jefe —le había explicado Yashiro—. Seguro que lo ha hecho otras veces.»
—Se han marchado en cuanto la han visto aparecer.
Madara no sabía si eso era buena o mala señal.
—De acuerdo. Voy para allá. Adelántate tú, y en cuanto yo llegue márchate y duerme un rato. Creo que a todos nos hará buena falta estar descansados.
Madara colgó el teléfono, cogió las llaves del coche y salió de casa. Aunque Sakura no le hubiera explicado lo que ocurría, no pensaba dejarla en paz hasta que supiera seguro que estaba a salvo.
Madara encontró poco tráfico para cruzar la ciudad y consiguió llegar a Tarzana en menos de veinte minutos. Hizo una señal a Yashiro, y este agitó la mano y se marchó en cuanto Madara aparcó en el camino de entrada a la casa.
La sombra que observó tras la ventana de la sala de estar seguida de un movimiento de la cortina lo hizo reparar en que estaba comportándose de una forma un tanto extraña. No era su estilo plantar el coche en la puerta de casa de una mujer como si estuviera esperando el momento de asaltarla.
Salió del coche y se dirigió a la puerta.
Llamó con la mano, pero no contestó nadie.
—No pienso marcharme —advirtió tras llamar por segunda vez.
Oyó el ruido sordo del cerrojo antes de que Sakura le abriera.
Tenía el pelo recién cepillado y se había quitado el maquillaje de la cara. Incluso así estaba guapa. Sin embargo, su mirada denotaba un pesar que Madara no había observado nunca. Tal vez fuera preocupación o tal vez duda.
Se retiró de la puerta como invitándolo a entrar sin necesidad de palabras. Por lo menos le concedía ese pequeño privilegio. Madara cerró la puerta y entró en el recibidor.
Ella rápidamente se situó tras él y puso el cerrojo. A Madara se le antojó un movimiento extraño, pero no hizo comentarios.
Sakura se le adelantó.
—Si quisiera hablar contigo, te habría llamado —dijo.
Madara la siguió hasta la cocina.
—¿Cuándo? ¿Mañana? ¿Pasado mañana?
Había agua hirviendo en una tetera y empezaba a oírse el ruido del vapor. Como Sakura no lo invitó a tomar asiento, Madara se apoyó en la pared y la observó mientras iba de un lado a otro de la cocina preparándose una taza de té.
—A lo mejor.
Eso significaba que no pensaba llamarlo. Joder, qué tozuda era.
—¿Piensas contarme lo que está pasando?
Ella sacó una bolsita de té de su envoltorio y la colocó dentro de una taza. Todos sus movimientos eran lentos y deliberados.
—No lo sé —dijo por fin.
Por el desconcierto que observó en su mirada, Madara tuvo la impresión de que a Sakura le provocaba tanto malestar revelar sus secretos como a él no conocerlos.
—¿Piensas contarme algo? Para empezar, ¿conoces a esos policías?
No eran preguntas cualesquiera; las tenía bien estudiadas. Por desgracia, Sakura no mordió el anzuelo.
—Te contaré lo que quiera y cuando quiera. No creas que las preguntas de respuesta fácil van a servirte para ir arrancándome información.
Ahora Madara tendría que reformular toda la retahíla de preguntas que había ensayado mentalmente durante el trayecto hasta casa de Sakura.
—Espero que sepas que puedes confiar en mí. —No era una pregunta, o sea que no podía reprenderlo.
—No es una cuestión de confianza.
Esa respuesta debería haberlo reconfortado.
Ella se llevó el té a los labios y sopló para enfriarlo mientras lo miraba por encima del borde de la taza.
—Puestos a hablar de confianza, ¿a qué narices venía esa historia del matrimonio? —dijo ella.
Él se cruzó de brazos.
—Supongo que podría decirse que estoy siguiendo el ejemplo de Hashirama. El matrimonio resolvería unos cuantos problemas de base en mi carrera profesional.
Ahora ella lo miraba de hito en hito, sin intención de ceder.
—Esos problemas son tuyos, no míos.
—Pero tú has jugado tu papel a la hora de crearlos.
Madara observó el centelleo en la mirada de Sakura antes de que consiguiera pronunciar la primera palabra en defensa propia.
Ella dejó el té y se apoyó en la encimera con una mano.
—Eso ha sido un golpe bajo, Madara.
—Pero tengo razón; de lo contrario, serías la primera en decirme que me equivoco. Si dependiera de mí, el lunes mismo me casaría con tal de que la prensa dejara de difundir toda esa mierda que Tōka y tú me echasteis encima la noche de la juerga texana. Creía que podía acudir a ti y pedirte un poco de colaboración.
—Conque un poco de colaboración, ¿eh? El matrimonio es algo más que un poco de lo que sea. —Alzó la voz y sus nudillos delataron que se aferraba con fuerza a la encimera.
—Claro. Por eso te ganas la vida apañando matrimonios o parejas por razones mucho más nimias que las mías.
Menuda pretensión, hacer ver que obraba por motivos de elevada moral. Igual se le había olvidado hasta qué punto conocía los tejemanejes que Temari y ella se llevaban entre manos.
—Te olvidas de que nuestros clientes están en su derecho de aceptar o no la relación que les proponemos. Tiene que gustarles la persona...
Madara se echó a reír, interrumpiéndola.
—¿De verdad quieres darme gato por liebre como si no nos conociéramos bien?
Las mejillas de Sakura se tiñeron de un color sonrosado, y Madara tenía que admitir que le sentaba mucho mejor que el tono paliducho que presentaban cuando le abrió la puerta. Notaba el fuego que ardía en su interior mientras le lanzaba una mirada asesina.
—Eres el mejor amigo del marido de mi mejor amiga. Si buscas esposa, podrías echar un vistazo a tu lista negra, o del color que quieras pintarla, y elegir otro nombre.
Madara dejó caer los brazos y avanzó dos pasos hacia ella. Cuanto más se enfadaba, más le hacía hervir la sangre. Su cuerpo respondía a su ataque, pero no con ira.
—Será lo mejor para ti. Por lo que parece, nos llevamos fatal. No tenemos nada en común y somos incapaces de estar juntos más de una hora sin tirarnos los trastos a la cabeza.
Cierto. Todo lo que Sakura decía era cierto.
Invadió su espacio personal, notó el calor de su piel y captó la carga eléctrica de su temperamento. A medida que se acercaba a ella le iba cambiando la cara, pero no se apartó. Como buena cabezota que era, se limitó a mirarlo fijamente, retándolo a demostrarle que estaba equivocada. Bien, pues eso era precisamente lo que pensaba hacer.
—Se te pasa por alto una cosa que demuestra que eres la esposa perfecta para mí.
Ella ladeó la cabeza con expresión desafiante.
—Ah, ¿sí? ¿Qué cosa?
—Esta.
En un suspiro, la tomó en sus brazos y se apropió de sus labios. Madara contaba con que el instinto de Sakura la predispondría para aceptar el beso, y no se equivocó. El contacto con aquellos labios fue una explosión de placer.
Ella dejó escapar un gemido imperceptible mientras sus párpados se cerraban. Él se amoldó a su cuerpo para asegurarse de que notaba cómo crecía su deseo. Sus suaves curvas encendían su pasión y embriagaban su cerebro.
Le pasó la lengua por los labios pidiéndole aceptación. Había esperado tanto a encontrarse en el punto en que se encontraba que no pensaba detenerse a tomar aire aunque empezara a sentirse mareado y el mundo se nublara a su alrededor.
Ella fue tanteándolo con los dedos hasta dar con sus brazos y aferrársele con fuerza. Durante un breve instante Madara temió que fuera a quitárselo de encima. Debería haber sabido que no lo haría. Sakura ladeó la cabeza y separó los labios lo suficiente para que él la devorara. Sus lenguas se enfrentaron; las dos luchaban para hacerse con el control por encima de la pasión creciente. Ese beso era exactamente tal como Madara lo había imaginado. Notaba el aroma de la esencia de sándalo con que Sakura se perfumaba, un aroma que para él siempre la había identificado solo a ella. Ningún perfume floral ni dulzarrón de las marcas más conocidas le sentaría igual de bien.
Madara le pasó la mano por la cintura y le mordisqueó la comisura de los labios.
Ella deslizó la mano por dentro de su americana y le acarició la espalda para acabar en la región más baja.
Dios, cuánto la deseaba. Él se apartó de sus labios únicamente para desplazarse hasta su barbilla y su cuello; la recorrió a besos y descubrió los rincones de su cuerpo que la hacían estremecerse.
Ella suspiró y apoyó las caderas contra las de él. Temblaba y buscaba mayor contacto. Madara se deslizó entre sus muslos y la levantó sin esfuerzo para sentarla sobre la fresca encimera de granito.
Sakura le retiró la americana de los hombros.
Él lanzó la prenda al suelo con precipitación. Incluso con la ropa puesta, ella buscaba el contacto con su cuerpo, le suplicaba que la tocara, que la colmara.
Madara deseaba hacer el amor con ella, necesitaba demostrarle que eran algo más que amigos. Una voz apenas perceptible en los confines de su mente le advertía que esa noche Sakura era vulnerable. Estaba agotada tras un día difícil con los periodistas y la policía.
Pero cuando le cubrió el pecho con la palma de la mano y notó la firme prominencia impulsada por el deseo supo que no podría apartarse de ella sin encender su ira. Le pellizcó el pezón y Sakura dejó escapar un chillido nada propio de ella. Madara volvió a sellarle los labios con un beso y sonrió.
Sakura lo aferró por las caderas y se removió contra él. Debería apartarlo, poner fin a esa actuación temeraria que no terminaría nada bien.
No podía. Al haber vivido como lo había hecho, sin saber nunca lo que le depararía el mañana, anhelaba más el contacto con él que la siguiente bocanada de aire. Su deseo se situaba en un punto entre el de dar esquinazo a Inochi y a Chōza y el de disfrutar de un cóctel en la playa. Sakura se dio cuenta de que, a pesar de sus bravatas, probablemente tendría que enterrar su vida entera para poder seguir adelante.
Y eso significaba decir adiós a Madara. Decir adiós a aquellos a quienes con tanta insensatez había acogido en su corazón.
Así, cuando Madara dio con la cinturilla de sus pantalones e introdujo la mano por ella, Sakura no lo detuvo. En vez de eso se apartó de la encimera y abrió más las piernas.
Él buscó la húmeda calidez de su sexo, y tras los ojos cerrados de Sakura empezaron a danzar destellos. Madara la oyó gemir contra su beso mientras descubría con los dedos su tenso anhelo y empezaba a desatar su pasión. Ella le rodeó la pierna con una de las suyas mientras se esforzaba por respirar.
Sakura sentía el peso de la atención que Madara tenía puesta en ella mientras la observaba con los ojos entornados. No había lugar para la vergüenza; solo existía la necesidad de hallar la prometida liberación.
—Sí —susurró, moviéndose al compás de él. Deseaba algo más que las caricias de sus yemas sobre el sexo, pero se conformaría.
Sus gemidos se tornaron más frenéticos y él notó la humedad procedente de su interior. Ahora Sakura se movía más rápido, y él la penetró con uno de sus ágiles dedos. Ella lo estrechó con todos los músculos de su cuerpo mientras la impulsaba al clímax.
—Oh, Madara.
Terminó con unos cuantos movimientos lentos y a ella le tembló todo el cuerpo a causa de la sobreexcitación después del orgasmo. Sakura apoyó la cabeza en el hombro de Madara mientras él retiraba la mano y le acariciaba la cadera.
—Esto no tendría que haber ocurrido —masculló ella. Seguramente, él esperaba que se enzarzara en una discusión, pero se había quedado sin fuerzas y sin palabras.
—Chis —la acalló—. Llevamos años retrasando este momento.
Ella asintió, pero no se atrevió a hablar.
Tras un breve abrazo y un beso en la frente, él retrocedió sin dejar de cogerla por los brazos.
Sakura se puso bien la ropa y lo miró a los ojos.
—¿Y tú, qué? —preguntó cuando reparó en su estado de excitación.
—Bien, bien —le aseguró él medio sonriendo.
Ella bajó la mirada, presa de la fatiga.
—Tengo que irme —dijo Madara.
Ya habían cruzado bastantes fronteras por ese día. Y si ella le ofrecía garantías de que al día siguiente la encontraría allí, no tenía necesidad de vigilarla toda la noche.
