Pero los momentos de paz que tiene tienden a nunca ser duraderos.
Una carga perdida, un tratado violado, una traición. Razones y excusas que lo obligan a salir de la burbuja mental, revelándole la verdad como un balde de agua helada cayéndole desde la cima de la montaña más alta.
Mientras la luna se eleva, se esconde entre las nubes y sale de ellas para volver a ocultarse, en un baile que imita al de los huéspedes de La 'Ndrangheta, Sam y Dean se separan de aquel abrazo; Castiel y Gabriel no son la excepción. Se estrechan con fuerza, más tiempo del que lo han hecho los hermanos Winchester.
Vagamente, Dean observa la forma en la que Gabriel susurra algo a Cas, pero el sonido de la orquesta es intenso, y Sam está contándole lo preocupado que estaba por ellos, así que no les presta más atención, enfocándose completamente en su hermano.
—... ¡fue una verdadera locura lanzarse desde ese puente! ¿En que estabas pensando, Dean?
—También estoy feliz de verte, Sammy.
—Dean...
—¿Dónde está Bobby, Sam? ¿Kevin, Garth? ¿Hay sobrevivientes a la explosión?
Hay un deje de aflicción en su rostro, poco profundo que no le alerta.
—Algunos chicos fueron gravemente heridos. Tras la explosión, nos dirigimos al territorio de Lucifer— Dean quiere protestar porque, claro, Lucifer es un demente que no dudaría en matarlos en un parpadeo, pero Sam sacude la cabeza en negativa; el antifaz oscuro resalta sus ojos multicolor. — Lo sé. Gabriel y yo tampoco deseábamos ir, pero Bobby insistió en que Crowley le debía decenas de favores. Fue sorprendente, como imaginarás, que de hecho tenía razón y Lucifer nos recibió con los brazos abiertos. Nuestros heridos fueron atendidos, alimentados. Al parecer, fuimos invitados de honor.
Difícil de creer, pero no imposible. Después de todo, como Dios y el Diablo harían, Miguel y Lucifer, pese a ser hermanos, harían todo por destruirse uno al otro; si la Camorra le ofrecía una oportunidad para fastidiar a su hermano, Lucifer no la desaprovecharía. Chasquea la lengua, acomodando el antifaz sobre el puente de su nariz.
—Pero en nuestro escape— continúa Sam, y Dean casi está sorprendido por la tranquilidad que su rostro posee— Bobby fue uno de los gravemente heridos.
El estómago de Dean se comprime. Traga duro, inspira hondo y espera las terribles noticias. A su lado, Gabriel y Castiel se han separado, quizás tras intercambiar sus relatos, y les prestan atención.
—No podrá volver a caminar. Al menos, eso es lo que dice el médico de Lucifer.
La ira de Dean crece de forma espontánea. Una chispa que se convierte en un incendio e inunda su ser. Percibiéndolo, Sam retrocede un paso, aclarándose la garganta. Lentamente, agita la cabeza de un lado a otro, y solo por precaución, da un trago a la bebida que lleva en su mano. Después de un par de segundos, en los que Dean anhela tener a Miguel enfrente y poder acabar con él, Sam vuelve a hablar.
—No— dice con calma, tan bajito que Dean apenas puede escucharle por la cacofonía del sitio. Continúa antes de que pueda protestar. — Si venganza es lo que quieres, la tendrás. Pero Bobby ha dado su veredicto, y como vocero, es mi deber informártelo: como cabeza de la Camorra, Bobby te ordena que guardes la calma. Ha tomado renuncia, y ahora, la Camorra es tuya.
Una breve inclinación le sigue, a falta de una gran ceremonia anunciando un nuevo jefe, y al enderezarse, Sam levanta su copa en son de brindis. Gabriel y Castiel le imitan, asintiendo en la misma reverencia. En cuanto a Dean...
Camorra es suya. Una familia que le fue prometida desde hacía años, familia que Bobby cuidó y ahora, le ha dado porque él no puede continuar; porque Miguel le ha arrancado esa oportunidad. Dean lo mataría en ese instante si lo tuviera enfrente. Pero es un hombre listo, que sabe que la ira y la venganza son parte de su día a día y no puede dejarse dominar por emociones que lo llevarían a su perdición. Bobby no lo querría así.
Sonríe, y cuando un monociclo pasa a su lado, toma una copa y lo levanta en brindis. La música cambia, la danza volviéndose rápida, donde hombres y mujeres aceleran sus pasos, volviendo a girar unos alrededor de otros como un baile de cortejo protagonizado por máscaras fantasmales, bufones, fuego; un espectáculo al que Dean echa un vistazo, centrándose en un único pensamiento:
Dean matará a Miguel.
La idea lo hace sentir reconfortado. Bebe de su copa, levantando la mirada al notar por el rabillo del ojo la cabellera roja de Charlie; la chica baja las escaleras corriendo, arma en mano, apuntando hacia la puerta. Tras ella, Benny y dos hombres trajeados apuntan hacia el techo.
En una muestra de confianza, -quizás solo por molestarle- Gabriel extiende los brazos; la sonrisa en su rostro es como la de un niño a punto de hacer una travesura. Avanza un par de pasos hacia adelante, queriendo envolver al mayor de los Winchester entre sus brazos.
—¡Es hora de darme un abrazo de bienvenida, Dean-o!
Dean parpadea, soltando la copa que cae al suelo y se rompe en diminutos pedazos; su reacción no es lo suficientemente rápida. El impacto de la bala atravesando el cuerpo de Gabriel causa que caiga hacia adelante, sobre su pecho. Una mujer los mira, soltando un grito atroz, alertando a los invitados; a aquellos que caen en pánico y corren, y otros más, que buscan armas entre sus extraños ropajes. En un parpadeo, la fiesta se vuelve una cacería.
—¡Gabriel!
La copa de Castiel también cae al suelo, rompiéndose. Dean y Castiel se inclinan sobre Gabriel, sosteniéndolo. Novak volteándolo para revisar su herida. Sam se agacha, sacando su arma, apuntando al techo, disparando sin vacilación. El cristal se rompe donde las balas impactan, cayendo en fragmentos que decenas de personas no tienen la fortuna de esquivar y les causan heridas menores. Castiel cubre a Gabriel con su cuerpo, fungiendo como escudo humano, ambos agachados aun, en busca de alejar al mayor del peligro. Dos cuerpos caen del techo con gran estrepito, pero todos saben qué hay más. Muchos más.
—Sam, sácalos de aquí.
—¡No! — comparten una mirada fugaz. Dean se gira a la puerta en el preciso instante en el que una gran explosión la rompe; el suelo tiembla con ligereza, humo disperso le imposibilita ver más allá de los bufones danzantes en el suelo, muertos. — No voy a dejarte nuevo.
No hay nada que Dean pueda, o quiera decir al respecto. En el suelo, Gabriel gime de dolor; su hombro sangra, manchando su traje, pero aquello no lo detiene. Aun siendo cubierto por Castiel, recibe el arma que este le ofrece. Dando media vuelta, retroceden al punto ciego bajo las escaleras en forma de caracol, apuntando a aquellos que quedan sobre el techo. Más cuerpos caen, impactando contra el suelo de forma desconcertante y un sonido repulsivo.
—Gabriel y yo cubriremos el frente. ¡Sam, Castiel! Ayuden a Rowena en la puerta trasera.
No espera respuesta, no la necesita. Sabe que ellos se encargarán. Corre hacia las escaleras, deteniéndose al pie de los escalones. De cuclillas, Charlie y él esperan. Segundos pasan, y nada sucede. El humo termina de dispersarse; la entrada principal está destrozada, y al menos cuatro cuerpos yacen en el suelo, inconscientes o muertos. Pero no hay más que una calma inquietante.
—¿Qué están esperando?
—Lo que sea que planeen, no puede ser algo bueno. ¿Por qué no atacan?
—Tal vez esperan que salgamos.
—Lo dudo— dice Dean. Se endereza, avanzando lenta y cuidadosamente a la entrada. Tras él, Charlie cubre su espalda. —¿No te parece extraño? Los miembros más importantes de La 'Ndrangheta estaban aquí. Si Miguel hubiera querido destruirla, este habría sido el momento indicado. Entonces, ¿por qué no hacerlo?
—Nada que venga de Miguel es extraño, Dean. Está loco. Esto tiene que ser algo más.
Dean es consciente de ello. Ni siquiera está seguro de que pueda considerarse un ataque. La madera de las puertas está quebrada, aunque las puertas no han caído completamente. Dean empuja una de ellas con la punta del pie. La madera cae estrepitosamente, levantando una fina capa de polvo por los escombros de la pared. Arma en mano, apuntando, sale al pasillo oscuro por el que ingresaron. Sus pasos se escuchan como un lento golpeteo. El oscuro pasadizo está vacío. Al menos eso es lo que cree Dean, hasta que escucha un gimoteo, seguido de un ataque de tos amortiguado.
El faro que Lafitte lleva, despeja la densa oscuridad mientras va acercándose; con ello, la luz ilumina poco a poco el cuerpo de un hombre que les da la espalda. Tiene ambas manos atadas en la parte baja de la espalda; su cabeza cae hacia adelante, por lo que Dean no puede ver su rostro. La camisa que tiene está rasgada en el centro, por lo que fácilmente se distinguen las cicatrices en su espalda, y las heridas más recientes, que parecen cortadas y quemaduras.
Súbitamente Dean se detiene, cuando nota la tinta impregnada en su piel; trazos maravillosos, coloridos, deslizándose sobre sus hombros, columna, costillas, perdiéndose más allá de su cadera. Un tatuaje que imita las alas de un ángel. Un tatuaje que Dean ha visto antes, en Castiel.
—¿Quién eres? —pregunta Lafitte, rodeándole.
—Mi nombre... —El hombre, cuyo rostro no cree haber visto antes, termina de caer al suelo, mal herido. Inhala bruscamente, indefenso. —Mi nombre es Baltazar. Miguel dijo... él dijo que era un mensaje para Dean.
Dean no lo entiende. El ataque ni siquiera le ha herido. Los hombres que han muerto pertenecen a Miguel, y está completamente seguro de que el hombre en el suelo es un desconocido. ¿Un mensaje para él? Empujando el pie en la pierna de aquel hombre, Dean intenta hacerle reaccionar. Mas es imposible, pues se ha desmayado. Echando un último vistazo al pasillo, y asegurándose de que no es alguna clase de emboscada mal elaborada, guarda su arma en la funda colgada dentro de su saco.
—Es completamente ilógico. Benny, ayúdame a llevarlo dentro. Tenemos que movernos pronto y salir de aquí antes de que la policía llegue. ¿A dónde ha ido Charlie?
—Asumo que debe de evaluar el daño que tiene a las puertas.
Ambos se agachan a tomar el cuerpo del hombre; el eco del sonido de pasos les alerta, pero solo se trata de Sam, quien ha acudido en su ayuda. A diferencia de Dean, el menor de los Winchester es más cuidadoso con las personas a su alrededor. Por ello, su hermano espera con paciencia mientras este se inclina sobre el cuerpo, acercando la farola; ilumina su rostro, con un par de muecas que resultarían cómicas en otro momento. Finalmente, sacude la cabeza, irguiéndose ante Dean.
—¿Quién es él?
—Creí que tú me lo dirías, genio.
—No. No lo he visto nunca. ¿Qué es... eso?
Parece interesado en el tatuaje en su espalda, que ilumina con curiosidad. A medida que observa los trazos, es claro que reconoce el tatuaje. Sus ojos se agrandan, sus labios separándose con expresión sorpresiva, que rápidamente disimula cuando la mirada de Dean cae sobre él.
Dean, con las manos ocupadas con los pies de Baltazar, se detiene, por segunda vez en ese pasillo. Cambia la mirada de Sam a Benny, y de vuelta a Sam. Cuidadosamente, baja los pies del hombre, recibiendo una protesta de su mejor amigo. Su sonrisa es marcada, falsa, pero no tiene tiempo de actuar una mejor.
—Benny, Sam puede ayudarme con este tipo. Ahora mismo necesito que traigas el auto y ayudes a Charlie, Rowena, y los Novak a salir de aquí.
—¿De qué hablas? Este no es territorio seguro. Con los hombres de Miguel cazándonos, debemos resguardarnos en Campania y...
—Lucifer.
—Dean, no pensarás...
—Lo pienso. Miguel no solo nos ha atacado a nosotros. Dos familias han sido ofendidas con sus tonterías. ¿Vas a decirme que es momento de huir y escondernos como ratas asustadas? — señalando el cuerpo en el suelo, Dean deja claro su punto— Miguel ha actuado, y no pienso quedarme cruzado de brazos. ¿O acaso crees que ocultarnos es lo mejor?
No lo hace. Dean sabe que Benny Lafitte es el hombre más leal que tendrá, confiando en su juicio, siguiendo sus pasos con cariño fraternal. Jamás se atrevería a cuestionar sus decisiones, a pesar de no llegar a entenderlas.
—Alistaré los autos— le informa, soltando por fin a Baltazar— me aseguraré de que ellos salgan de aquí, y dejaré el suyo en la parte trasera. Los esperaremos en las afueras de la ciudad, durante diez minutos. Si no llegan, avanzaremos al territorio de Lucifer, y enviaremos hombres a su encuentro. Pero Dean, lo que sea que tengan que consultarse... dense prisa.
No podría estar más de acuerdo con él. En cuanto su amigo se va, Dean vuelve la atención a su hermano, todavía examinando los trazos del tatuaje. Sus dedos siguen un patrón en el aire, conociendo cada línea como la palma de su mano. La expresión en su rostro desconcierta a Dean, que no puede retrasar lo inevitable.
—¿Dónde lo has visto?
—No sé de qué estás...
—Lo sabes.
Sam traga, sin mirarle, sin apartar la mirada de la piel herida. Dean no presiona, a pesar de tener el tiempo encima, de que las sirenas se escuchan a los lejos, amenazando con terminar la poca paciencia que le queda. Pero espera, pues Sam y él jamás se han mentido, y lo conoce lo suficiente para saber que la expresión que tiene refleja una herida por la traición.
—No conozco a este hombre. Jamás lo había visto. Pero este tatuaje... — inhala hondo, finalmente mirando a Dean— Gabriel tiene un tatuaje en la espalda. Son alas, como este. A diferencia de que son...
—¿Color arcoíris?
—No. Son doradas. Pero estoy seguro, el trazo es igual. Excepto que... espera, ¿cómo sabes de ellas?
—Castiel... él...
Guarda silencio. No necesita decir nada más para que su hermano comprenda. El tatuaje que Dean observó en Cas, alas multicolor; las alas que Sam vio en Castiel, y ahora ese hombre, inconsciente. Las sirenas se escuchan cada vez más cerca, pero ellos se quedan ahí, inamovibles, pensando en lo que aquello significa, sin llegar a comprenderlo. El hombre del suelo gime, mas no despierta, y aquel sencillo sonido les hace volver a la realidad. Al mismo tiempo, ambos se inclinan, tomando al hombre de las piernas y los brazos, cargándolo al interior del salón. Caminan evitando pisar cadáveres, vidrios, o cualquier otra cosa de todo lo que fue destruido.
—¿Cómo es que llegó aquí? —pregunta Sam, tropezando con un monociclo; lo hace a un lado con el pie antes de continuar.
—Antes de caer inconsciente, dijo que era un mensaje para mí.
—¿Qué clase de mensaje es este? Parece que a Miguel se le agotan las ideas.
Ambos ríen, una risa tensa que no disipa las preguntas que tienen, pero relaja un poco el ambiente. Cruzan la puerta trasera, caminando por un pabellón iluminado por farolas, saliendo a un pasillo que a su vez los conduce hasta el garaje, donde un auto similar al Impala de Dean los espera. Cuidadosamente, Sam abre la cajuela, y con la misma delicadeza, meten al hombre en el maletero. Ambos hacen una mueca de dolor cuando el cuerpo de Baltazar se sacude por la fuerza con la que le han aventado.
Un ruido extraño llama su atención. El sonido proviene del ancho pasillo por el que han atravesado. La sorpresa radica en que ninguno de los dos se percató de que había un sobreviviente en el lugar. Un hombre de Miguel, además. Las farolas no iluminan demasiado en aquella parte, por lo que es difícil ver los rasgos en su rostro. El hombre se arrastra por el suelo, cubriendo con su mano la herida en una de sus piernas. Aferra la otra mano al asfalto, como si con ello pudiera esconderse de los Winchester.
En el exterior, las sirenas se alejan, probablemente al encontrarse con los miembros de aquella familia que han huido, buscando paz en aquella noche calamitosa. Sam comienza a verse irritado, pero Dean sabe que aquella es una magnífica oportunidad. Quizás no tenga más de dos minutos antes de que tengan que enfrentarse a una persecución, pero es tiempo suficiente para obtener un poco de información.
Busca entre los pliegues de su saco, complacido al encontrar lo que buscaba. Con paso lento, camina a donde el hombre, que parece aterrado y con ganas de huir, pero su pierna se lo impide. Dean, con una sonrisa en el rostro que no llega a sus ojos, lo alcanza, se coloca de cuclillas a su lado; en un movimiento fugaz, clava su navaja en la pierna del hombre, que grita, doblándose de dolor.
—Solo voy a preguntarlo una vez: ¿qué hacían aquí?
—Yo... yo no lo sé, señor. Nos dijeron que debíamos de traer un mensaje y...
Su grito suena desgarrador cuando Dean saca la navaja y vuelve a clavarla en la misma herida. Las sirenas suenan con más intensidad, probablemente solo a unas calles. Pero Dean es paciente para este tipo de cosas; su sonrisa se profundiza. Sam aparta la mirada, negándose a observar cómo Dean vuelve a obligarse a actos como aquel. Actos que le destruyen, que contaminan lo que es y que, pese a todo, necesita hacerlos si quieren sobrevivir. Para eso fueron educados. Para eso han tenido que sacrificar tanto. Para eso viven, y ambos lo saben, incluso si no es fácil.
—Lo preguntaré una vez más, querido 'amigo'. — Extiende el brazo, palmeando la espalda del hombre, que intenta gatear de nuevo. El gime, arqueando la espalda para evitar que lo toque. Dean ríe, tomándose muy a pecho su papel de villano durante la noche. — ¿Qué tenemos aquí? ¿Nuestro invitado está herido?
Lo voltea hacia el suelo, tomándolo de la nuca para estrellar con fuerza su cabeza contra el suelo, obligándolo a quedarse así. Voltea la navaja, deslizándola lentamente por la camisa maltrecha, que va rasgándose.
—Sé que Miguel te ha enviado con un mensaje. Lo has dejado claro. Lo que quiero saber es qué significa ese mensaje —la tela cae sobre sus hombros, exponiendo la piel de su espalda. Dean palidece. La navaja cae al suelo, causando un eco por todo el salón. — ¿Qué... qué significa esto?
No es una herida por el ataque. No es más que un trazo fresco, labrado con odio, como una marca que ha visto antes. Una, diez, y quizás decenas de ellas que son diminutas, como un ángel menor que no hará mas que perder sus alas conforme el tiempo transcurra. No es elegante, ni colorido. Solo son marcas de un tatuaje que hacen palidecer a los Winchester. Dean se levanta, herido. El dolor en su pecho se siente peor que cualquier cosa física que haya dolido antes.
Es desgarrador saber que ha entregado su corazón, y que este ha sido destrozado en segundos por la revelación de una traición.
—¿Señor? —pregunta el hombre, sin comprender. Pero su vida pende de un hilo, y de la misericordia que Dean le muestre, por lo que contesta sin dudar. — Alas de ángel. Es el tatuaje que distingue a los miembros de Costa Nostra. El señor Miguel ha marcado a cada uno de sus miembros con tatuajes así, y solo los más altos rangos dentro de su casa, y su familia consanguínea, llevan alas grandes y de colores. Por favor, se lo suplico, he dicho todo lo que sé, no quiero morir, no quiero...
Dean toma su arma, le apunta, y dispara sin pensar. La lógica no funciona. Es su corazón lo que guía sus pasos, los de su hermano, por saberse traicionados por la persona en la que más confiaban, aquella que se atrevió a jugar con ellos, usarlos, y romper su corazón. Una sensación de pérdida de la que no pueden recuperarse en ese instante.
Sus movimientos se vuelven monótonos, y mientras entran a al auto y Sam conduce, Dean solo puede pensar en Castiel; en su risa discreta, maravillosa; en la burla de su mirada en la primera fotografía que viera de él, en el baile, tan solo unos minutos antes. Se niega a creerlo. Se niega, porque Dean lo ama, porque Sam ama a Gabriel, y el amor es aquello que más ciega a las personas, dándoles esperanza para no perderse a sí mismos cuando son heridos.
—Esto no... ellos no están traicionándonos —la desesperación en la voz de Sam no sorprende a Dean. — Lo sabes, ¿no es así? Puede ser solo una coincidencia. Puede...
Dean no sabe que creer. Mientras las evidencias apuntan a que Castiel y Gabriel en realidad son miembros de la familia de Miguel, Dean no puede aceptarlo. Ambos guardan silencio, avanzando entre la oscuridad de las calles, absortos en sus pensamientos.
Los minutos pasan, se convierten en horas. Horas en las que Sam debe de conducir con cautela, evitando autos de policías que no pueden mantenerse al margen después de que La 'Ndrangheta ha causado semejante escándalo.
Cuando finalmente las calles son silenciosas, y el cielo comienza a despedirse de la noche, iluminándose con colores vivos que anuncian el amanecer, los Winchester logran ver la mansión de Lucifer, en el lado sur de Bari, oculta entre un espeso bosque que a cualquiera le parecería imposible de creer. Es un lugar enorme, maravilloso y espacioso, con musgo en las paredes que le dan un toque lúgubre; una reliquia que alberga cientos de personas porque es muy terco como para abandonarla.
Afuera de las puertas, Benny, Charlie y los Novak esperan por ellos, aparentemente sin verse afectados por la decena de hombres que resguardan el frente de la mansión. Parecen aliviados cuando el motor del auto interrumpe el sepulcral silencio, y aún más cuando Sam rodea la fuente a la entrada y sigue el sendero hasta el estacionamiento.
Cuando Sam apaga el motor, su mano sigue apretando con fuerza el volante, negándose a creer que lo que Miguel intenta decirles es verdad. Dean suspira sonoramente.
—No sabemos si es cierto— comienza, lamiéndose los labios con nerviosismo. Sacude la cabeza, girando el cuerpo a Sam.— Aún si es verdad, y ellos son familia, no podremos saber si están con él. Puede que realmente estén con nosotros.
—¿Como puedes estar tan tranquilo, Dean?
—No lo sé— admite. Mira al frente, al espejo retrovisor y luego a Sam; Dean recuerda la historia de Castiel. Aquella, con un padre aborrecible y no puede creer que haya seguido los mismos pasos. No Cas.— Así que tenemos que averiguar qué están haciendo realmente aquí. Ahora.
Viento frio le hace estremecer cuando ambos bajan del auto. Se siente extraño saber que ninguno de los hombres de Lucifer están apuntándoles. Le parece una reunión de lo más cómica; tres familias de la mafia unidas contra un enemigo en común. Unidas para salvar sus propios cuellos, y su patrimonio.
—Pensé que no llegarían nunca— murmura Gabriel, vestido con ropas limpias. Bajo la camisa semi abierta, las vendas cubren su herida.
¿Y Cas?
Los ojos de Castiel brillan con emoción en cuanto ve a Dean; una que su cuerpo y rostro esconden, pero sus ojos revelan, y no se molesta en ocultar al acercarse a Dean en cuanto lo tiene a su alcance.
—Pensamos que los habían capturado. ¿Ha pasado algo?
Su inocencia genuina le hace sonreír. O Castiel es inocente, o es un maravilloso actor. Duda de lo segundo. Su esperanza en él prevalece. Para Sam no es diferente. Pese a todo, Dean ve por el rabillo del ojo que está examinando la herida de Gabriel, quien no deja de peinar su cabello.
Dean eleva la voz.
—El ataque de Miguel tenía un único propósito— informa, sin esperar la reunión formal que debería de tener con su anfitrión en el interior de la mansión. — Entregar un mensaje.
—Un mensaje para los Winchester— secunda Lafitte, asintiendo al reconocer el propósito de sus palabras. — ¿Pudiste descifrarlo?
—Lo hicimos. Novak, ven aquí.
Castiel parece no comprenderlo. Nadie parece hacerlo. Pero todos observan con atención como Dean guía a Castiel hasta el maletero. Lo abre, observando el rostro de Castiel, de Gabriel; maravillándose cuando sus ojos brillan con emoción y, quizás, hasta agradecimiento.
—¡Baltazar!
Las manos de ambos pronto están en el cuerpo del chico, buscando heridas, y después, sencillamente tratando de despertarlo con una desesperación que nunca había observado en ellos. Y Dean no puede creer lo hermoso que se ve Castiel.
—¿Así que es cierto? — pregunta tranquilamente. —¿Son hermanos de Miguel?
El rostro de Gabriel palidece, el de Castiel luce inescrutable. Y Dean se pregunta si aquello es realmente una traición, o es Miguel tratando de causar una guerra civil en la Camorra. No puede averiguarlo ahora. Todos apuntan a Gabriel, a Castiel, enjuiciándolos mucho antes de que puedan responder. ¿Puede la sangre, y un nombre volverlos traidores?
No. Un nombre no significa nada, si las acciones demuestran lo contrario. Él y Sam lo comprenden. El resto, tal vez no.
—Sí— responde Castiel. El hecho de que conteste sin vacilaciones, por alguna razón hace sentir seguro a Dean. No puede evitar que su sonrisa se vuelva más amplia. Pero son los únicos, pues todos los demás reaccionan como lo harían ante un traidor; están dispuestos a asesinarlos en ese momento. El caos que se produce es mayor que el que se vivió en el ataque al baile.
Lafitte grita órdenes: "¡averigüen dónde está Miguel, los usaremos de carnada!"
Charlie parece furiosa al descubrir que hay parentesco entre ellos y el hombre que envió a aniquilar a su gente. Extrañamente, los hombres de Lucifer parecen divertidos, en lugar de molestos. Pero en ese instante, son dos familias que aclaman por la sangre de Miguel, o alguien cercano a él: los Novak.
Dean y Sam saben que tienen pocos segundos para actuar, para interceder y quizás, salvarlos.
Sam toma su arma y comienza a disparar.
