Antes del alba

Kenma x Akira

Disclaimer: personajes no son míos


Anteriormente: El día que Kei volvió a Sendai para sanar sus heridas, Kuroo huyó dejando nada más que una nota tras de sí. Kenma descubrió ese día que la madre de Kuroo huyó en circunstancias parecidas, y se lamentó por no conocer de antes los pormenores de la vida de Kuroo, a quien siempre había considerado su mejor amigo.


XV

Visité a mi amigo Kuro al día siguiente. Me recibió la abuela.

—¿Cómo se encuentra?

—No ha querido hablar demasiado —me dijo, dejándome entrar—. Debe haberlo pasado muy mal, ¿sabes?, tenía la grasa pegada a la piel, los sobacos llenos de nudo… Te agradezco mucho que lo hayas traído. He agendado una cita con el médico, para que le hagan un chequeo.

—¿Puedo…? —pregunté algo tímido, señalando las escaleras.

—Supongo que no está de más que lo saludes.

—Mi madre dice que se pasará a saludar luego del trabajo.

Subí los escalones que conducían a los dormitorios sin apenas hacer ruido, con el hombro pegado al pasamanos. La puerta de la habitación de Kuro estaba entreabierta. Me deslicé sigiloso 0por la abertura, y ya dentro, toqué madera.

Había una persona sentada en el alfeizar, con el cabello largo y brillante, atado en una trenza que le despejaba el rostro. Me impresionó. Nunca había visto a Kuro con el cabello tan crecido, mucho menos peinado. Salvo en ocasiones puntuales, en que el viento o los movimientos bruscos le levantaban el flequillo, Kuro jamás había expuesto su frente por iniciativa propia.

Me acerqué cauteloso hasta el alféizar y me senté a su lado, incapaz de quitarle la vista. Con un dedo, recorrí el borde de su cabellera. Kuro no me miraba.

—Es distinto —le dije, tratando de capturar su atención.

—Lo siento.

—No te disculpes conmigo.

—Pero…

—No —lo interrumpí—. De verdad, no es necesario.

Saqué un cigarro. Sabía que lo había dejado, en todo caso le ofrecí uno. No me rechazó.

—Tampoco es necesario que lo hablemos —le dije—. No hoy.

Le ofrecí fuego. Me preguntó cómo había estado yo. Miré mi cigarro. No quería decirle que lo había extrañado, porque temía infringir culpa. Al mismo tiempo, sentía que era importante que supiera lo importante que era en mi vida, y el vacío que supuso en mí su ausencia. Un mar de emociones emociones se arremolinaban en mi pecho, reventando en desorden, una tras otra. Era cierto que lo había extrañado, y que me hizo falta cuando más lo necesitaba. Era cierto que rogué para que volviera. Pero, al mismo tiempo, una parte de mí, la más dolida, me recordaba que Kuro, mi mejor amigo Kuro, nunca me había compartido los detalles de su familia, y que todos sus secretos, no me los contó a mí, pero a Kei sí. Y esa parte de mí quería hacerse oír, quería llamar la atención de los demás. Esa oscuridad secreta, luchaba por darse a conocer, hacer escándalo.

Pero yo no quería que ganara esa voz. Yo podía conformarme con el silencio de Kuro, otra vez.

—Solo quería verte —le dije—. Quería estar un momento contigo.

Volvió la vista a través de la ventana, sin mirar nada en concreto. Un mechón liso escapó de la goma que sujetaba su trenza, siguiendo los contornos de su rostro. Tuve el impulso de guardar aquel mechón tras su oreja, me arrepentí. Ese día no hicimos otra cosa que fumar junto a la ventana, alimentándonos de la respiración del otro, hasta que llegó su abuela para llevarlo al médico.

Dejé la casa de los Kuroo, y sin poder remediarme, corrí hasta la residencia de músicos, a cobijarme en los brazos de Akira, pensando en los brazos de Kuro. Nuevamente me dejé desnudar. Clavé mis dedos en sus escuálidos omóplatos. Creo que esta vez sí fluyó el orgasmo.

.

.

Entre los deberes de la facultad, Akira, y mi padre quien se hubo lesionado una rodilla, no había podido tener una conversación como se debía con Kuro. Tampoco quería presionarlo. Me daba cuenta que pasaba por una etapa de cambio, y si tenía que esperarlo para que hablara, lo haría, una vez más.

Pero para mí sorpresa, fue él quien sacó el tema.

Me escribió: «¿Quieres fumar?». Tomé mi pitillera y salí de casa.

Nos encontramos en un parque cercano. Nuevamente, se presentaba con su cabello atado en una trenza que le rozaba el hombro. Al tener el rostro tan despejado, sus ojeras eran más evidentes. Lo primero que hizo fue preguntarme por Kei. Traté de mantener a raya mi decepción.

—No creo que esté enfadado contigo, Kuro. Nadie lo está —añadí esto último casi a la fuerza. Yo sí lo estaba, un poquito. Muy poquito. Cada vez menos.

Empezamos a caminar debajo de los árboles. El otoño había teñido las hojas de los ginko de un fuerte amarillo. Una hojita se enredó en la trenza de Kuro. No me atreví a tocarla.

—¿Kei sabe que desaparecí? ¿Qué he regresado?

—Se lo dije, sí. Está mucho mejor que antes, Kuro. Ya no tienes que seguir preocupándote por Kei.

Y a continuación le enseñé fotos de Kei con su cabeza rapada. Quizá no debí hacerlo. Se le humedecieron los ojitos. Amplió la imagen, y con sus dedos, recorrió la larga cicatriz que se hundía en su cuero cabelludo.

—¿Te habló de...?

—¿De Yamaguchi? Sí, lo hizo.

—¿De verdad?

—Ha mejorado mucho desde que regresó a Sendai. Se está tomando su recuperación en serio.

—Entonces ya no me necesita para nada.

—No era tu responsabilidad velar por Kei. Él lo sabe. Él también se arrepiente de todo lo que sucedió entre ambos.

Kuro liberó un suspiro que llevaba tiempo reteniendo. Se detuvo bajo la sombra de un gran ciprés, y levantó la cabeza, como si intentase divisar el final del largo tronco. Le tomé la mano y también miré hacia el infinito.

—¿En qué piensas? ¿Kuro? ¿Qué te preocupa ahora?

—En algo que no he podido resolver. No sé si acaso me corresponder resolverlo. Te lo diré: resulta que tengo una hermana.

—¿Perdón?

—Tengo una hermana mayor —repitió—. Es una cosa que he descubierto durante este tiempo.

—¿Me estás jodiendo?

—No, para nada. Debe ser unos diez años mayor que yo. Entre ocho y diez años.

—De qué me hablas.

—De que tengo una hermana… técnicamente una media hermana.

Lo quedé mirando perplejo. Nada de lo que decía tenía sentido.

—No es hija de mi padre… —continuó sin darme tiempo para que construyera mis hipótesis—. Somos hermanos por el lado de mi madre. Papá tampoco sabía. Es… Es una historia complicada.

—¿Quieres contármela?

—Sí quiero. Nunca te he hablado de mi familia. De mamá. Creo que nunca te los he mencionado.

Todavía con mis manos entrelazadas a las de Kuro, lo arrastré hasta la banca más cercana, y no lo solté incluso cuando nos sentamos, para que supiera que yo estaba allí y no era un espejismo. Para ahorrarle explicaciones, le conté lo que ya sabía gracias a su abuela, eso de que su madre hubo enloquecido tras dar a luz a Kuro, y un día, no aguantó más y acabó huyendo. Pero esa parte de mí, aquella parte dolida que se negaba a una reconciliación fácil, no me permitió dulcificar o medir mis palabras, y cuando acabé, las lágrimas se acumulaban en los ojos de Kuro, sin caer. Me arrepentí, pero al mismo tiempo, no lo hice. Busqué entre mis bolsillos un pañuelo.

—Es verdad, mamá huyó de nosotros de un día para otro. Los pocos recuerdos que conservo de ella, estaba triste. Trataba de animarla regalándole flores que cortaba en el camino, le hacía dibujos… Cuando jugaba conmigo, era de lo mejor. Fue quien me introdujo al vóleibol, y quien me regaló mi primer balón. En la tarde llegaba papá del trabajo, y dependiendo de su cansancio, a veces se nos unía y jugábamos los tres juntos.

»Un día, sin avisar, mamá desapareció. Dejó todos mis dibujos sobre su escritorio, formando una torre. La esperé días, semanas, meses… no me quería mudar. Le decía a papá, que si nos mudábamos, mamá no encontraría la casa. Si nos mudábamos, nunca más nos reencontraríamos. Pero nos mudamos igual. Me sentí tan enojado… Sin la presencia de mamá, era como si mi padre también me hubiese abandonado.

»Cuando era niño no sabía cómo hablar de estas cosas… tampoco era capaz de entenderlas. Si no te lo dije en su momento, no fue porque no confiara en ti. Es solo que no sabía cómo explicártelo. Honestamente, todavía no lo sé…

—Pero a Kei se lo dijiste.

—Sí…

—Está bien, no sé por qué te lo dije.

—Entiendo que estés enfadado conmigo. No traté de ocultarte estás cosas, Kenma. Es solo…

—Qué.

—Cada vez que pensaba en mamá…

—De acuerdo, no sigas…

—Pero quiero hacerlo. Sé lo que es no superar el recuerdo de una persona. Sabía perfectamente por lo que estaba pasando Tsukki cuando murió Yamaguchi. Y por ello mismo, no podía dejarlo. Entendía ese sentimiento de pena mezclado con rabia. Pero velar por él me hacía retroceder a mí, y al final, si le hablé de mamá, no fue sino para sacarle en cara que no era el único que sufría… y no elegí bien mis palabras, fue culpa mía. Esa fue la primera vez que terminamos.

»Sé que, en algún momento, te puse en una situación complicada, entre Tsukki y yo… Al final de nuestra relación solo me guiaba la terquedad. Me decía que, si actuaba con sinceridad, todas mis decisiones estarían justificadas. Pero nunca actué con sinceridad. Me proyecté en Tsukki cada vez que intenté ayudarlo, esperando su reprocidad. Y ese fue mi mayor error. En realidad, nuestras penas eran muy distintas.

»Cuando me contaste que la familia de Tsukki planeaba llevarlo de regreso a Miyagi, me di cuenta que yo tenía que hacer lo mismo. También me tenía que ir. Si me quedaba, Tsukki no pondría ningún empeño en recuperarse. Pero si yo me iba, si yo también buscaba el camino de mi recuperación, entonces podría estar seguro de que ambos nos expiaríamos.

»¿Qué piensas de mí ahora, Kenma? ¿He sido un mierda?

Me sentía avergonzado de mí mismo.

—Por supuesto que no, Kuro. Eres mucho mejor que yo o cualquiera, francamente.

Recordé mi visita a Sendai. Cuando Kei me dijo que sospechaba qué había ocurrido con Kuro, yo se lo atribuí a que, en el tiempo que llevaron juntos, se confiaron todos sus secretos. Las revelaciones de Kuro le daban otra leída al panorama.

—Supongo que en este tiempo que desapareciste, fuiste en búsqueda de tu madre.

—Sí.

—¿Y la encontraste?

Asintió.

—Y a tu hermana.

—No, a ella no… Solo descubrí que tengo una.

Y así, me contó la telenovela.

Resultaba que su madre huyó para buscar a aquella hija que tenía desaparecida. Quedó encinta estando en bachillerato, y pese a las renuencias de su familia, quiso conservar a su bebé. Pero el parto se complicó de una manera extraña y acabó perdiendo al bebé, o eso le hicieron creer. Nunca murió. La entregaron en adopción sin que supiera. Y así pasó el tiempo, sumergida en el dolor de la muerte de aquel bebé que no murió. Se descuidó. No parecía interesada en casarse, en «sentar cabeza», como se dice. Al final se casó con el señor Kuroo gracias a un acuerdo, y un año después, nació mi amigo. Con ello, rebrotaron en la señora Kuroo, las memorias su anterior embarazo, y al comparar aquel parto con el anterior, se dio cuenta que había algo extraño que no encajaba.

—Papá no sabía que mamá ya había dado a luz antes, mamá nunca se lo confesó. Quizá le daba vergüenza. O quizá el recuerdo era muy doloroso. Pero ahora tenía la certeza de que hubo sucedido algo extraño en su parto anterior, y se convenció de que le robaron a su anterior bebé.

»Su familia, me refiero a mis abuelos maternos, le decía a papá que mamá deliraba, y que debían tratarla, ojalá internarla. Y mamá sí que enloqueció, pero no porque estuviera mal de la cordura. Comenzó a ver con claridad, se obsesionó con una idea. Hizo muchas investigaciones. Se convenció de que había una conspiración detrás. Papá acabó llevándola a un psiquiatra, por recomendación de sus suegros, y el psiquiatra lo que hizo fue recetarle una medicación que la dejase sedada.

Hizo una pausa para encender un cigarrillo. Lo miró antes de llevárselo a los labios.

—Con lo que me costó dejarlo la primera vez…

—Todos necesitamos un vicio —dije encendiendo mi propio cigarrillo—. ¿Es cierto todo esto que me cuentas?

—Creo que mi familia materna es terrible. No lo sé. Desde que mamá se fue, no hemos tenido relaciones con ellos.

—Supongo que huyó para buscar a tu hermana.

—Sí.

—¿Y la encontró?

—Sí.

—Pero cuando la encontró, no volvió.

—Te dije que encontré a mamá, pero no te dije en qué estado…

Supe lo que me diría antes de que me lo dijera.

—Mamá no fue capaz de manejar el dolor. Está enterrada en el sur, en Kagoshima, en un cementerio oxidado. Las pistas de mi hermana la llevaron hasta allá, y yo también seguí esas pistas.

»"Nunca regresaste" fue lo que no pude decirle. "Todos estos años que aguardé por ti, no volviste a buscarme". Siempre soñé que le diría aquellas palabras. No sé por qué. Nunca se me ocurrió la idea de que mamá podría estar muerta.

»Perdí el rumbo de lo que quería hacer. Conocer la verdad de mi pasado atenazó mi corazón. Quería perderme, destruirme. Encontré un trabajo de peón, y con lo que ganaba, me emborrachaba hasta borrarme. Si no bebía, fumaba. Pensar me producía dolor. Me pasé varios días durmiendo en la calle. En las ventanas que recuperaba la conciencia, recordé mucho a Yamaguchi. Para algunos, la vida es tan efímera. Y para otros… resulta una completa agonía.

»No tiene sentido vivir si es solo para sufrir. Una noche, caminé hasta un puente, y me asomé por la baranda. Me sentía tan cansado. Hedía a alcohol, a suciedad. Me dolían todos los músculos del cuerpo. Quería acabar con esa agonía.

»¿Te acuerdas cuando nos conocimos? A veces pienso en esos días. Yo no quería ser tu amigo. No quería a nadie a mi lado hasta que regresara mamá. Pero tú supiste hacerte un hueco en mi vida. Y… en ese instante que decidí ponerle un fin a todo… te recordé a ti, Kenma. Te escuché. Me reclamabas por haberme ido. Estoy seguro de que oí tu verdadera voz, y me azotó la culpa: no podía hacerte eso a ti. No le deseo a nadie ese sentimiento de incertidumbre perpetua. Es por eso que he regresado.

Le robé el cigarrillo de sus dedos y lo estrellé en la banca.

Asomé mis dedos por las mangas de la sudadera, para arrancarle la goma que sostenía sus cabellos. Se le desarmó la trenza. La hoja que se le había enredado, se deslizó por sus cabellos sueltos, hasta mi regazo. La tomé entre mis dedos.

—¿Volverías con Kei?

—No.

—¿Por qué?

—Ya no me siento especial cuando estoy con él. Ya no siento nada.

Sin poder remediarlo, le di un beso que fue respondido.


La cosa es que he releído el capítulo anterior, y yo sé que siempre he sido desprolija y tal, que la perfección y yo poco nos hablamos, pero ufff de verdad que me da vergüenza, y este ya sé que ha sido peor, y solo puedo pedirles disculpa por ser tan yo para todo. Anyway...

Algo sucede con ffnet, o quizá sea cosa de mi red, no sé, pero no he podido responder sus rws. Así que aquí va una respuesta exprés a los que me llegaron:

Akaasha-san: sí, enserio pienso terminarlo de aquí a fin de año... voy muy mal en mi meta, y seguramente deba pedir una prórroga para enero-febrero al comité de asuntos fickerines... pero no voy a flaquear. Creo que este capi responde algunas de tus dudas de Kuroo-san, ¿puede ser?

Nana-Songssan: mira... así que te estás bancando el kurotsuki ahaahah sorry D: yo lo había advertido ¿eh? "kurtosuki sin rumbo como telón de fondo". Y ahí están. El telón roído ya ha caído. Soy mala con Kuroo, siempre estoy maltratándole. Fic, tras fic. Pero yo pienso que, si bien pueda haber sido un sufrimiento gratuito, Kuroo es más grande que yo y es capaz de sacar lecciones del angst más pérfido. Grande el Kuroo. Una nación.

O-san: ahhh ¿lo leíste todo? fufu valor... espero no te hayas atragantado con tanto dedazo y no-tan-dedazo suelto. comprémonos pañuelos y lloremos juntes.

Gracias por leer!

JC