Capitulo 9

Aitana y Riddle estaban sentados en la sala, presenciando el atardecer. Un alegre fuego ardía en el hogar. Riddle estaba leyendo. Aitana, en cambio, estaba demasiado nerviosa como para descansar.

Tomar un té le pareció una idea tan genial, atravesó la casa en dirección a la cocina. La estufa había quedado encendida después de que la elfa les preparara su modesta cena. Incluso había una tetera sobre el fuego. Aitana tocó la tapa y retiró su mano de inmediato. ¡Diablos! Se llevó el dedo quemado a la boca. Miró hacia afuera y se maravilló del resplandor de la luna. Parecía un sol nocturno. Al recordar las sombras que había vislumbrado antes, estudió con atención los árboles que rodeaban la casa.

Unos segundos más tarde, el corazón casi dejó de latirle. Allí, en la espesa vegetación, divisó la figura de un hombre. Unos minutos después, se acercaba al patio. Lo vio con toda claridad, tambaleándose a la luz de la luna.

—¡Richard! —exclamó—. ¡Riddle! ¡ ! —llamó a voz en grito.

—¿Qué te pasa ahora? Aitana señaló hacia fuera. —Mira, es... Richard.

Richard entró tropezando en el patio. Allí cayó de rodillas y levantó un brazo como en un gesto de súplica a Aitana.

—Quédate aquí —siseó Riddle, y salió.

¿Quedarse allí? ¿Y si esta vez era su marido de veras? Nunca había visto su cadáver. Quizá Riddle se había equivocado. Quizá Richard no había muerto. La joven salió corriendo detrás de él. La elfa salió de su escondite y estaba al lado de la puerta, con los ojos desorbitados.

Aitana salió corriendo. Riddle estaba cerca del hombre, con la varita en la mano.

—¡No! —gritó ella. Se precipitó hacia Riddle y lo tomó del brazo—. Creo que es realmente Richard. ¡Necesita nuestra ayuda!

—¡Regresa a la casa! —aulló él—. No es tu esposo, Aitana, Richard está muerto.

¿Cómo podía estar tan seguro? Si parecía tan... Entonces él la llamó.

—Aitana. La piel se le erizó. Era la misma voz que había escuchado en la oscuridad en su noche de bodas. La muchacha retrocedió aterrorizada. Riddle apunto con la varita al hombre.

—¿Quién eres? —le preguntó. El hombre con el rostro de Richard no respondió. Sus ojos tenían un extraño fulgor en la oscuridad. Entonces habló, o, más bien, despegó los labios y gruñó. La chaqueta abierta reveló su camisa manchada de sangre, tal vez por el hechizo que le lanzo Riddle.

Ante los ojos de Aitana, empezó a retorcerse. Sus facciones se convirtieron en las de otro hombre... ahora lo reconocía. Era uno de los aurores que trabajaba con su padre. ¿que hacia el aquí?

Ese hombre tenía una mirada de loco. Comenzó a retorcerse, a encogerse. La poción multijugos, empezaba a desaparecer. Entonces Riddle le lanzo un hechizo por segunda vez. El hombre, saltó hacia atrás.

Se desataron los aullidos. Alrededor de ellos la noche se llenó de ecos.

—¡Maldición! —exclamó Riddle—. Era una trampa para hacernos salir. ¡Corre, Aitana! ¡De prisa, a la casa!

Escuchó su orden. Sabía que tenía que correr, pero estaba petrificada por el miedo y el estupor. Riddle volvió a maldecir, luego la levantó en sus brazos y corrió con ella hacia la casa.

Incluso en ese estado de aturdimiento, Aitana escuchó el restallido de las ramas de los árboles detrás de ellos. Esa alimaña estaba persiguiéndolos. Advirtió que Riddle también corría muy rápido y que la cargaba sin esfuerzo.

Tumbó a la elfa que obstaculizaba la puerta cuando irrumpieron en la casa. Tiro algo que otro hechizo protector en la puerta. Aitana le temblaban las piernas, pero se las arregló para mantenerse de pie, y se sorprendió de que la elfa tuviera la suficiente fuerza como para sostenerla.

Riddle casi había de poner hechizos protectores cuando algo la golpeó. Una mano se introdujo por la abertura. Estaba cubierta de sangre.

Aitana gritó. Riddle apoyó con todas sus fuerzas su cuerpo contra la puerta, y lo que estaba del otro lado grito de dolor y retiró la mano. Entonces Riddle termino de poner el encantamiento protector. Dio unos pasos hacia atrás y apuntó con la varita hacia la puerta.

—Tú, lleva a la señorita a la sala, lejos de cualquier ventana.

Las dos se dirigieron a la sala principal, donde todavía ardía el fuego, que parecía burlarse de la pesadilla sin fin que estaban viviendo. Aitana seguía sin poder reaccionar. Sentía el cuerpo helado. La elfa la ayudó a sentarse en el sofá y se acuclilló a su lado, con los ojos desorbitados por el miedo. Las lámparas del pasillo se estaban apagando. Pronto la casa quedaría sumida en la oscuridad.

No oía nada más que los latidos de su corazón. No supo cuánto tiempo se quedaron allí esperando, hasta que por fin Riddle ingresó en la sala.

—Se fueron por ahora —tomó las manos heladas de Aitana y empezó a frotarlas.

—¿Cómo sabe que se fueron, mi señor? —susurró la elfa. ¡Sí!, gritaba Aitana para sus adentros, pues no podía hablar. ¿Cómo lo sabía? —Confíen en mí —les respondió—. Volvieron a las profundidades del bosque.

Ya no puedo verlos, mi señor —Afuera está oscuro —señaló la elfa—. Quizá no puede verlos, pero todavía están allí.

Riddle le dirigió una severa mirada a la elfa. —No hay necesidad de poner más nerviosa a tu señora. Se fueron. Estamos a salvo. Yo me aseguraré de que sigamos a salvo. ¿Entiendes? La elfa bajó la cabeza y asintió. —Ve a encender la chimenea para encender el fuego —le pidió—. Y luego ve a la cocina y prepárale a la señorita Singh una taza de té.

—Me vendría mejor algo un poco más fuerte —intervino Aitana con un hilo de voz.

—Ya terminamos el brandy —le respondió la elfa.

Riddle seguía frotando las manos de la joven. —Fíjate qué puedes encontrar —le dijo a la elfa—. Tal vez sea suficiente un poco del jerez que se usa para cocinar, pero trae también té.

La elfa encendió el fuego y se fue de la sala sin hacer ruido.

—Vi, vi uno de los aurores que trabaja en el ministerio con mi padre ¿por qué se comportaría así? —le preguntó Aitana—. ¿Cómo es que tomo poción multijugos?

Riddle se lo podía imaginar, pero, no estaba seguro de cómo contárselo.

—¿Sr. Riddle? —insistió Aitana.

Sus grandes ojos almendrados reflejaban su perplejidad y su miedo. Tendrían esa misma expresión si ella descubriera que Riddle tampoco era un hombre normal.

—No lo sé, señorita Singh…—le respondió por fin—. Pero sé que Richard está muerto. Debes aceptarlo, por si intentan engañarte de nuevo.

Frunció su hermosa frente.

—¿Cómo sabe que el hombre en el sótano era Richard? Quizás era otro impostor. Quizá Richard está vivo. Quizás ha ido a buscar ayuda.

Era difícil explicárselo, pero tenía que hacerlo. Aitana debía entender de una vez por todas que su esposo estaba muerto y que no llegaría ayuda.

—Yo tengo una capacidad especial para identificar a las personas. Sé que el hombre que estaba en el sótano era Richard.

Aitan pestañeó, perpleja

—Tienes cualidades muy particulares —observó.

Riddle se preguntaba cuántas más iba a descubrir Aitana en lo sucesivo.

—Tenía temor —explicó, desairándola con la mirada.

—No creo que le temas a nada —replicó ella, aceptando el desafío.

La elfa entró justo en ese momento con un vaso lleno con un líquido rojo. —El jerez que usamos para cocinar —dijo, y se lo entregó a Riddle.

Riddle posó el vaso en los dulces labios de Aitana. Ella bebió el jerez con las mismas ganas con que se había bebido el brandy la noche anterior. —Me gusta más el brandy—declaró—. El jerez es demasiado dulce. Él no pudo evitar sonreírle. Aitana era una joven poco convencional.

Cuanto más tiempo pasaba con ella, más lo cautivaba su singularidad. Este no era un lugar para una dama de su clase. Ella pertenecía a la alta sociedad de magos, en Londres.

Ambos debemos olvidar lo que sucedió anoche, obviamente. – recalco Riddle, mirando hacia otro lado.

Eso era algo difícil estando tan cerca el uno del otro, mientras acariciaba sus delicados pies. Deseaba ver si sus piernas eran tan tersas y suaves como el resto de su cuerpo. Sus pies ya se habían calentado, así que volvió a ponerle las pantuflas.

—El té —anunció la elfa, que traía una tetera y tres tazas en una bandeja.

Las manos de la elfa temblaban cuando les acercó una taza de té, primero a Aitana y después a Riddle.

Después de un buen rato Riddle vio como Aitana se le iban cerrando los parpados.

—Deberías irte a dormir ahora —sugirió—:Yo me quedaré vigilando.

—No podía dormir hace un rato —comentó Aitana—. Además, mis rodillas todavía me tiemblan tanto que dudo que pueda subir las escaleras.

Riddle se levantó, se acercó al sofá y volvió a levantar a Aitana en sus brazos. Pesaba apenas un poco más que un costal de harina. Emitió una débil protesta, pero él no le hizo caso. Una vez que llegó arriba, entró en el cuarto de Aitana y la dejó en su cama.

Los brazos femeninos todavía rodeaban su cuello, y él contempló sus hermosas facciones. Parecía adormilada, pese a todo. Riddle se preguntó si el jerez no estaría haciendo su efecto. Para su sorpresa, ella se incorporó y puso sus labios tan cerca que él, que podría haberla besado con toda facilidad. Aitana inhaló el aroma de su cuello y luego separó los labios para humedecerlos con su tentadora lengua.

Le costó un gran esfuerzo de voluntad no besar Aitana . Ella podía estar embriagada. A causa del jerez o del aroma masculino. En cambio, le soltó con suavidad los brazos que retenían su cuello y la dejó dormir. Hubiera deseado poder hacerlo también.

Estaba exhausto. Así que se sentó en la sala, en un sillón cerca del fuego, y apoyó la cabeza sobre un almohadón. En medio de la tormenta que azotaba su mente, le sorprendía una visión que no dejaba de acosarlo.

Era la imagen de Aitana en su dormitorio, con un delicado vestido de algodón, sentada, mientras la elfa le cepillaba los largos cabellos. Los párpados de Aitana estaban bajos, sus labios henchidos y sonrosados, y él pensó en besárselos esa mañana. Ninguna de las dos lo había visto cuando subió sigilosamente para controlar que todo estuviera en orden. Y cuando divisó a Aitana, algo se agitó en su interior. Deseo. Debía admitirlo, pues era la única emoción que se había permitido sentir hacia una mujer.

Riddle se había pasado la vida intentando evitar todas las emociones, excepto las más elementales. Pero lo que estaba sucediendo en la mansión no tenía sentido. ¿Cuánto tiempo podrían resistir dentro de la casa? ¿Podrían despistarlos y llegar a su mansión secreta a salvo? Todas esas preguntas y la falta de sueño le provocaban dolor de cabeza.

Necesitaba descansar para poder pensar con lucidez. Intentó despejar su mente, y en el proceso se quedó dormido, o al menos eso fue lo que creyó. Se despertó alarmado. Había escuchado algo.

Una figura fantasmal esperaba en lo alto de las escaleras. Desde la sala, Riddle podía ver el rellano. El cabello castaño de la mujer flotaba a su alrededor mientras descendía las escaleras y se volvía hacia él. El sencillo camisón no resultó ser tan recatado a la luz del fuego que se estaba apagando y que destacaba su silueta que lo excitaba a medida que caminaba decidida. Riddle la contemplaba, hechizado, hasta que se detuvo delante de él.

—¿Señorita Singh? —le preguntó con suavidad—. ¿Qué estás haciendo aquí abajo?

La mujer se inclinó y le posó un dedo sobre los labios para tranquilizarlo. Un instante después, su boca reemplazó el suave contacto de su dedo. Él estaba demasiado sorprendido como para reaccionar y se quedó sentado, observando la sombra de sus pestañas sobre sus mejillas, dejándose invadir por el suave contacto de la boca. El delicado aroma lo envolvía, encendía su sangre, y cuando ella introdujo su lengua, él gimió. Riddle se había reprochado toda la tarde su conducta y había jurado que nada parecido a lo ocurrido podía volver a suceder entre ambos.

Y, sin embargo, algo en ella lo atraía, desde el momento en que la había visto en el Callejón Diagón. Entrelazó sus dedos en los cabellos castaños y la hizo sentarse en su regazo. El sentir su trasero sobre los muslos le provocó un estremecimiento de placer, que despertó todos sus sentidos.

Penetró con su lengua en su boca y ella enfrentó el desafío. Cuanto más profundamente él entraba en su boca, pensaba cuánto deseaba poseerla. Ella se apoyaba cada vez más contra su entrepierna, pero cuando suspiró, el hechizo se rompió. Riddle la apartó. Los ojos de Aitana estaban semi cerrados.

—Regresa a la cama, Aitana —susurró—, todavía puedes hacerlo.

La joven bajó la cabeza como si se sintiera avergonzada. Sus largos cabellos caían sobre las mejillas, ocultándole el rostro.

—Sí, te deseo —le explicó, lo que sonaba extraño, ya que no era la clase de hombres que daba explicaciones, mucho menos que se preocupaba por no herir los sentimientos de los demás—. Está mal. Tú sabes que está mal. Vuelve a la cama.

Con una gracia felina, ella se levantó de su regazo. Riddle la miró alejarse, la sombra de sus siluetas atrayéndolo hacia algo que ambos lamentarían. Deseaba detenerla, volver a tenerla en sus brazos y continuar pecando. Lo deseaba con desesperación. Solo cuando desapareció en lo alto de las escaleras, se relajó.

Había creído que la mayoría de las mujeres eran criaturas tontas y castas, solo interesadas en sombreros, vestidos y zapatos. Aitana era una mujer sensual, llena de gracia, apasionada. Le resultaba desconcertante.

¿Habían sucumbido al hechizo de una mujer? Por Merlín sabía adónde algunos hombres los había llevado. A la ruina. Al matrimonio. A olvidar la maldición que pesaba sobre sus cabezas. Riddle no estaba en condiciones de jugar con fuego. Tenía demasiados problemas en ese momento. Necesitaba toda su lucidez, y Aitana ponía en peligro su capacidad de juicio.

Incluso en ese momento sus pensamientos se concentraban en ella, cuando debería estar elaborando un plan de huida para escapar de la mansión. "No podía ser débil".

Apunto con la varita el fuego que estaba a punto de extinguirse, para avivar las llamas. Toda su vida había sido responsable solo de sí mismo. Ahora era responsable de esa mujer. Una chiquilla y una mujer impactante.