Disclaimer: Los personajes no son míos, todo lo que reconozcan no lo es.
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La idea de saltar de un tren en marcha a un tejado y el borde de la vía, me da ganas de vomitar. Me levanto como puedo y voy dando traspiés hasta el lado opuesto del vagón, donde los otros trasladados se han puesto en fila.
—Pues tenemos que saltar —dice una chica de Verdad; tiene la nariz alargada y el cabello dorado muy largo.
—Genial —replica un chico de su facción—, porque eso tiene mucho sentido, Punzie. Saltar de un tren a un tejado.
—Se supone que eso es por lo que estamos aquí, Kristoff —señala la chica.
—Bueno, pues no pienso hacerlo —dice un chico de Cordialidad detrás de mí.
Tiene la piel aceitunada y lleva una camiseta marrón. Es el único trasladado de Cordialidad y veo el brillo de las lágrimas en sus mejillas.
—Tienes que hacerlo —responde Raya*—, si no, fallarás. Venga, no pasa nada.
—¡Que no! ¡Prefiero quedarme sin facción antes que matarme!
El chico cordial sacude la cabeza, parece aterrado. No deja de sacudir la cabeza y de mirar al tejado, que se acerca por segundos. No estoy de acuerdo con él, yo preferiría estar muerta antes que vacía, como los abandonados.
—No puedes obligarlo —digo, mirando a Raya.
Los enormes ojos castaños de la chica están muy abiertos, y aprieta tanto los labios que le cambian de color. Me ofrece una mano.
—Así— dice; arqueo una ceja y estoy a punto de afirmar que no necesito ayuda, pero añade—. Es que no… no puedo hacerlo a no ser que alguien me arrastre.
Le doy la mano y nos ponemos en el borde del vagón. Comienzo a contar cuando llega el tejado.
—Uno… dos… ¡tres!
A la de tres saltamos del tren. Tras un instante de ingravidez, mis pies se estrellan contra el suelo y el dolor me recorre las espinillas. Acabo tirada por el suelo con grava bajo la mejilla y suelto la mano de Raya, que se está riendo.
—¡Qué divertido! —exclama.
Raya encajará con los osados que buscan emociones fuertes. Me quito trocitos de piedra de la mejilla. Todos los iniciados, salvo el chico de Cordialidad, han llegado al tejado, aunque con distintos grados de éxito. La chica de Verdad, la de cabello muy largo, Punzie, se sostiene el tobillo y pone una mueca; y Naveen, el chico de Verdad de pelo reluciente, sonríe orgulloso. Debe de haber aterrizado de pie.
Entonces oigo un gemido. Vuelvo la cabeza en busca del origen del sonido y veo a una chica osada al borde del tejado, mirando al suelo y gritando. Detrás de ella, otro chico de Osadía la agarra por la cintura para que no se caiga.
—Ariel— le dice el chico—. Cálmate, Ariel…
Me levanto y me asomo por el borde: hay un cuerpo en el pavimento; una chica con los brazos y las piernas torcidos en ángulos extraños y el cabello extendido como un abanico alrededor de la cabeza. Me da un vuelco el estómago y me quedo mirando las vías del tren. No todos lo han conseguido, y ni siquiera los osados están a salvo.
Ariel cae de rodillas, entre sollozos. Me doy la vuelta. Cuando más la observe, más posibilidades hay de que llore yo también, y no puedo llorar delante de esta gente.
Me digo con toda la severidad posible que así es como funcionan aquí las cosas, que jugamos con el peligro y la gente muere; la gente muere y pasamos al siguiente peligro. Cuando antes lo aprenda, más posibilidades tengo de sobrevivir a la iniciación.
Ya no estoy segura de que vaya a sobrevivir a la iniciación; me digo que debo contar hasta tres y que, cuando acabe, seguiré adelante.
Uno. Recuerdo el cadáver de la chica sobre el pavimento y me estremezco.
Dos. Oigo los sollozos de Ariel y los murmullos del chico que intenta tranquilizarla.
Tres. Aprieto los labios, me alejo de Ariel y del borde del tejado.
Me pica el codo, así que me levanto la manga con una mano temblorosa para examinarlo: se me ha levantado parte de la piel, pero no sangra.
—¡Oh! ¡Qué escándalo! ¡Una estirada enseñando carnes!
Levanto la cabeza. Estirado es como llaman a los de Abnegación y yo soy la única de la facción que hay por aquí. Naveen me señala, sonriendo. Alguien se ríe. Noto calor en las mejillas y dejo caer la manga.
—¡Escuchen! ¡Me llamo Flynn! ¡Soy uno de los líderes de su nueva facción! —grita un joven desde el otro extremo del tejado.
Es un poco mayor que los demás, una sardónica sonrisa galante adorna su cara y está de pie en la cornisa como si fuera una acera, como si alguien no acabase de caerse de allí.
—Varias plantas por debajo de nosotros está la entrada de los miembros a nuestro complejo. Si no logran reunir el valor suficiente para saltar, no están hechos para este lugar. Nuestros iniciados tienen el privilegio de saltar primero.
—¿Quieres que saltemos de una cornisa? —pregunta una chica de Erudición.
Es unos cuantos centímetros más alta que yo, su pelo es castaño desvaído y tiene labios grandes. Está boquiabierta.
No sé de qué se sorprende.
—Sí —responde Flynn, que parece divertirse.
—¿Hay agua al fondo o algo así?
—¿Quién sabe? —dice él, arqueando las cejas.
La gente que está delante de los iniciados se divide en dos para dejarnos pasar. Miro a mi alrededor y veo que nadie parece muy ansioso por saltar del edificio, todos evitan mirar a Flynn. Algunos se tocan las heriditas que se han hecho o se sacuden la gravilla de la ropa. Miro a Naveen, que está tirándose de una cutícula, intentando hacer como si no pasara nada.
Soy una persona orgullosa. Seguro que eso acabará causándome problemas, pero hoy me da valor. Camino hasta la cornisa y oigo risitas detrás de mí.
Flynn se aparta para dejarme espacio, y yo me acerco al borde y miro abajo. El edificio en el que estoy forma un cuadrado con otros tres edificios. En el centro del cuadrado hay un gran agujero en el hormigón, no veo que hay en el fondo.
Es una táctica para asustar, seguro que aterrizo sana y salva abajo. Saberlo es lo único que me ayuda a ponerme en la cornisa. Me castañean los dientes, ya no puedo echarme atrás, no con todas las personas esperando a que falle. Me llevo las manos al cuello y encuentro el botón que cierra la holgada camisa que llevo encima. Después de unos cuantos intentos, me la desabrocho hasta el final y me la quito.
Debajo llevo una camisa gris. Es más ajustada que el resto de mi ropa y nadie me ha visto nunca con ella. Hago una bola con la camisa exterior y miro atrás, hacia Naveen, antes de tirarle la pelota de tela con todas mis fuerzas, apretando la mandíbula. Le da en el pecho y se me queda mirando. Oigo silbidos y gritos detrás de mí.
Vuelvo a mirar el agujero. El vello de mis pálidos brazos se pone de punta y me da un vuelco el estómago. Si no lo hago ya, no podré hacerlo nunca. Trago saliva.
No pienso, me limito a doblar las rodillas y saltar.
El viento me aúlla en los oídos conforme el suelo se acerca, creciendo y expandiéndose, o conforme yo me acerco al suelo, con el corazón tan acelerado que me duele, con todos los músculos del cuerpo tensos mientras la sensación de caer me tira del estómago. El agujero me rodea y caigo en la oscuridad.
Me golpeo contra algo duro que cede debajo de mí y me recoge. El impacto me deja sin aliento, así que resuello intentando volver a respirar. Me pican las piernas y los brazos.
Una red.
Hay una red en el fondo del agujero. Miro arriba, hacia el edificio y me río, en parte aliviada y en parte histérica. Me tiembla el cuerpo y me cubro la cara con las manos. Acabo de saltar del tejado de un edificio.
Tengo que volver a pisar tierra firme. Veo unas manos que se acercan al borde de la red, así que me agarro a la primera que llega para salir de allí. Ruedo y me habría caído de boca al suelo si él no me hubiera sujetado.
Él es el joven que está unido a la mano a la que me he agarrado. Tiene un par de labios rosados y sus ojos son del tamaño adecuado para que las pestañas rojizas rocen la piel bajo las cejas del mismo color, y son verdes moteados con dorado, de un color implacable, bestial, observador.
Son un par de esmeraldas que recorren mi rostro con una curiosidad interesada y que al final adquieren una expresión satisfecha, como si estuviese complacido con lo que tiene delante.
Sus manos blancas se aferran a las mías, pero me sueltan en cuanto vuelve a ponerme derecha.
—Gracias— musito.
Estamos a una plataforma a tres metros del suelo. Nos rodea una gran caverna.
—No me lo puedo creer —dice una voz detrás de él; pertenece a una chica de alborotados rizos rojizos que lleva tres anillos de plata en la ceja derecha y que sonríe con sorna—. ¿La primera en saltar es una estirada? Increíble.
—Por algo los habrá dejado, Merida —responde él con una voz profunda y sonora—. ¿Cómo te llamas?
—Um… —No sé por qué vacilo, pero «Elisa» ya no me suena bien.
—Piénsatelo —dice él, esbozando poco a poco una sonrisa afilada—. No te dejarán escoger dos veces.
Un nuevo lugar, un nuevo nombre. Aquí puedo rehacerme.
—Elsa —respondo en tono firme.
—Elsa —repite Merida, sonriendo—. Haz el anuncio, Trece*.
El chico, Trece, vuelve la vista atrás y grita:
—¡Primera saltadora: Elsa!
Mis ojos se acostumbran a la oscuridad y veo a una multitud surgir de ella. Vitorean y alzan los puños, y entonces otra persona cae en la red, gritando hasta el final.
Raya.
Todos se ríen, pero acompañan las risas con vítores.
Trece me pone una mano en la espalda baja y susurra muy cerca de mi oído:
—Bienvenida a Osadía.
ACLARACIONES:
Raya: Es la nueva princesa Disney, la película se estrenará en 2021 y se llama Raya y el ultimo dragón. Ya estoy deseando verla.
Trece: Hans, pero ustedes ya lo saben.
I'M BACK BITCHES!
Pues mi gente una disculpa por no haber actualizado por estos lares, pero ustedes ya saben cómo es la vida de los adultos… lol.
El capítulo de hoy es parte del primero libro de Divergente de Verónica Roth, los leí a los quince y sí, me enamoré de Cuatro… no, no me juzguen porque sé que también se han enamorado de un personaje de un libro… btw, decidí que quería traer este libro de vuelta a mi vida solo para convertirlo en Helsa… no hubo mucha interacción, pero desde ya Hansy le echó el ojo a Elsie.
Espero que les haya gustado, ahora sí prepárense porque Harry va a estar más activa por el oscuro, sensual y adictivo mundo del Helsa.
Entonces qué… ¿Review? ¿No? Ok.
Harry.
