《Los personajes pertenecen a Sthephenie Meyer y la historia completamente a Kat Cantrell 》


Capítulo 6:

Exactamente a las siete y media de la tarde siguiente, el timbre de Bella volvió a sonar. Era exactamente quien esperaba ver al otro lado de la puerta. Edward, que llevaba las manos a la espalda.

–Te dije que te llamaría.

–Lo sé, pero he decidido tomarme esto muy en serio. De verdad. Tu despacho no es el mejor lugar para que yo te dé respuesta a tus preguntas. Por eso, vamos a hacerlo aquí.

–¿Aquí? ¿En mi casa? ¿Quieres que terminemos de hacer tu perfil un sábado por la tarde?

–Creo que no comprendiste del todo lo que te dije cuando hablé de conocerme mejor en una cita.

Entonces, con un exagerado ademán, se sacó algo de la espalda. Se trataba de un DVD.

–Por eso, vamos a ver una película –añadió.

–¿La sesión de perfil va a ser una cita? –le preguntó ella. ¿Y ella iba a ser su cita?

–Se trata más bien de un compromiso –respondió él–. Nunca he hecho esto en una cita, pero así los dos nos podremos relajar. Yo no sentiré que me estás interrogando y a ti no te parecerá trabajo.

Se parecía bastante a la excusa que Edward había utilizado para que salieran a almorzar.

–¿Y si estoy ocupada?

–Cancela tus planes. ¿Quieres conocer qué es lo que me hace vibrar? –le sugirió él–. Te ofrezco un trato. Vemos la película. Tomamos vino. Si tú haces eso, yo responderé todo lo que me quieras preguntar con sinceridad.

Edward le mostró la otra mano, en la que llevaba una botella de cabernet cuya etiqueta Bella solo había visto en restaurantes muy caros.

–Creo que esto es de nuevo otro descarado intento por seducirme…

–Te aseguro que no estoy tratando de hacer que la balanza se incline hacia mí. Confía en mí. Si quisiera desnudarte, no sería esto lo que haría…

Al escuchar aquellas palabras, Bella optó por guardar silencio.

–Yo, Edward Cullen –añadió él–, prometo no tocarte ni una sola vez en toda la noche… A menos que tú me lo pidas.

–Por eso puedes estar tranquilo. No es que esté accediendo a esto, pero, ¿qué has traído? –le preguntó señalando la película.

–Stardate 2215. Se trata de la película esa de ciencia ficción que van a estrenar en Navidad.

–Pero si aún no la han estrenado. ¿Cómo es que tienes tú una copia?

–Tengo buenos amigos en ciertos lugares –comentó con una sonrisa–. Uno de los beneficios de formar parte del mundo de los medios de comunicación. A ti te gusta la ciencia ficción y yo quería escoger una película que no hubieras visto.

Bella se quedó sin palabras. Jamás le había dicho la clase de películas que le gustaban, pero, de algún modo, él lo había deducido y se había tomado muchas molestias para elegir un título. El corazón comenzó a latirle alocadamente.

Quería ver aquella película y quería emparejar a Edward Cullen con otra mujer para dejar de pensar en besarle.

–¿Declaramos una tregua entonces? –le preguntó él mientras le ofrecía la película y la botella de vino con una conciliadora sonrisa. Estaba tan guapo con sus vaqueros de cuatrocientos dólares y un jersey de cuello alto que le costaba resistirse.

–Aún no he cenado…

–Dios Santo, Isabella… Eres la mujer más difícil para no tener una cita en todos los Estados Unidos. Pide una pizza. O doce. Puedes utilizar con libertad mi tarjeta de crédito si con eso consigo que me invites a pasar a tu casa.

–¿Por qué estás tan empeñado en esto?

–Aunque no te lo creas, te estoy ayudando. Te mereces tener la oportunidad de hacer tu trabajo. Quiero facilitarte la tarea.

Sus palabras parecían sinceras.

–Porque no te gusta mi despacho.

La expresión de Edward reflejó algo que asustó a Bella más que el beso.

–Porque tengo una semana repleta de trabajo y las horas de luz son escasas. Quiero dedicarte toda mi atención sin tener que mirar el reloj constantemente.

El corazón a Bella comenzó a palpitarle con fuerza.

–Te acabas de ganar una velada con la casamentera.

Se hizo a un lado para que Edward pudiera pasar a su casa por segunda vez en dos días.

Tal y como había prometido, Edward entró sin tocarla y dejó el vino sobre la mesita del salón. Bella fue a por copas y él pidió una pizza, los dos se acomodaron en el sofá y, tras toma unos sorbos de vino, ella se relajó.

–Este cabernet es maravilloso. ¿Dónde lo has encontrado?

–En mi bodega –respondió él. Le entregó el mando sin ni siquiera rozarle los dedos–. Lo estaba reservando para una ocasión especial.

–Sí, claro. Una pizza y una película es algo especial.

Edward no se movió. No la tocó, pero ella sintió la mirada que él le dedicó por todo el cuerpo.

–La compañía es la ocasión, Bella.

Ella sintió un hormigueo por las mejillas.

–Terminaremos la sesión para elaborar el perfil mucho más rápido si dejas de cubrirme de halagos.

Edward inclinó la cabeza como si se hubiera detenido a observar un Picasso particularmente interesante.

–¿Por qué te cuesta tanto creer que me gustas?

–No se arruina la reputación de alguien a quien uno aprecia. Si de verdad te gusto, demuéstralo. Terminemos con esto ahora mismo.

–Para ser justo, no sabía que me ibas a gustar cuando hicimos la apuesta. Sin embargo, si haces tu trabajo, no tienes nada de lo que preocuparte, ¿no te parece? –comentó él mientras levantaba su copa a modo de brindis.

Una parte de Bella había esperado que él aprovechara la oportunidad de cancelarlo todo. No debería haberse sentido desilusionada de que no hubiera sido así. Aunque Edward se hubiera dado cuenta de que ella era una buena persona y hubiera comprendido que no había arruinado a propósito la amistad que él tenía con Emmett

–Eh.

–¿Qué? –replicó ella a la defensiva.

–Es un cumplido. Eres una mujer inteligente y lista. Si no te respetara muchísimo, te habría hecho dar un paso atrás hace mucho tiempo.

–¿Dar un paso atrás? ¿Qué es lo que quieres decir? ¿Rendirse y ceder? De ninguna manera.

Edward sonrió,

–Por eso me gustas –dijo él–. Los dos somos luchadores. ¿Por qué si no iba a estar yo aquí para someterme a ese perfil? No puedo afirmar que el proceso de emparejamiento es un fraude si no lo vivo yo personalmente. Así los dos sabemos que el vencedor se merece la victoria.

Bella sacudió la cabeza con incredulidad. Sin embargo, contra todo pronóstico, a ella también le gustaba Edward.

Los dos se habían quedado frente a verdades muy profundas. De todas las maneras posibles en las que él la podría haber convencido de que realmente Bella le gustaba, lo había hecho no cancelando la apuesta…

Edward respetaba su habilidad, su trabajo como mujer de negocios. Ella se había mostrado a la defensiva desde el primer momento. No pasaba nada por bajar la guardia. Edward se lo tenía más que merecido.

–Me resulta difícil confiar en la gente –dijo ella lentamente. No dejaba de observarle para comprobar si él se daba cuenta de lo difícil que era aquella confesión para ella–. Por eso te lo he hecho pasar tan mal.

Edward asintió sin apartar los ojos de ella.

–Lo entiendo. Y, para que conste, a mí me pasa lo mismo.

Él estiró la mano a modo de invitación. Bella no dudó en aceptarla. De la mano y en silencio, dejaron que pasara el tiempo. Una calidez llenó a Bella a medida que la intensidad del momento se transformaba en algo muy parecido a una amistad.

Ninguno de los dos confiaba con facilidad, pero cada uno había encontrado un lugar seguro en aquel círculo de dos. Al menos por aquella noche.

Edward dejó de prestar atención a la película unos quince minutos después de que empezara. Observar a Bella era mucho más divertido.

Veía la película del mismo modo en el que lo hacía todo: con pasión. Observarla era algo hermoso. A Edward le gustaba particularmente que se hubiera olvidado de que aún estaban de la mano.

No había nada sexual al respecto. Él no lo utilizó como excusa para acariciarle los nudillos o para colocársela en el regazo.

La situación en la que se encontraban resultaba bastante agradable. Él había accedido a no propasarse con ella y lo iba a cumplir a pesar de las veces que Bella le provocó una erección con solo mirarlo.

Las promesas significaban mucho para él y quería que ella lo comprendiera.

Además, lo más extraño de todo fue que, a pesar de que sabía que aquella noche no iba a pasar nada más allá de una pizza y una película, se sintió liberado de un modo que jamás hubiera esperado.

La pizza llegó y Edward dejó que ella le soltara. Bella dejó la caja sobre la mesita de café y le entregó un plato.

Edward no recordaba haber comido con una mujer delante de la televisión. Aquello era algo que hacían las parejas y él jamás había tenido. No quería tenerla y, además, no quería darle nunca a nadie la impresión de que podría haber más cosas que pudieran hacer juntos.

Sin embargo, aquello no era una cita y Bella no se iba a pensar nada. Resultaba agradable.

–Gracias por la pizza –dijo ella–. Nunca la tomo y se me había olvidado lo buena que está. Haces cosas maravillosas con una tarjeta de crédito.

Lo había dicho en tono de broma, pero aquellas palabras produjeron un extraño efecto en él. Efectivamente, su cuenta bancaria podría financiar a un pequeño país y él se aseguraba de que las mujeres que salían con él se beneficiaban de su dinero, normalmente en forma de joyas o de viajes. Jamás se había parado a pensarlo hasta aquel momento. Gracias a su simpática casamentera, todo le pareció superficial e… insuficiente.

–Se supone que tienes que hacerme preguntas –le dijo Edward mientras tomaba un sorbo de vino.

Bella levantó las cejas y masticó más rápido.

–Supongo que sí –replicó. Se tragó la pizza ayudada por un poco de vino y lo miró de reojo–. Eres bastante bueno. Se me había olvidado el trabajo, tal y como tú predijiste.

Edward se cruzó de brazos para no tomarle de nuevo la mano.

–Sí, sí. Soy un genio. Hazme una pregunta.

Después de poner en pausa la película, Bella se reclinó sobre el sofá y se puso a observarlo por encima del borde de la copa.

–¿Qué es la felicidad para ti?

«Esto». Había estado a punto de responder aquella sencilla palabra. Pero se detuvo a tiempo.

–Me paso la vida persiguiendo el éxito. Jamás he luchado por encontrar la felicidad.

Aquello no significaba necesariamente que la hubiera encontrado.

–¿Y si Cullen Media se hundiera mañana, pero la mujer de tu vida estuviera a tu lado, la mujer a la que no le preocupa lo que se oculta detrás de la cortina?¿Seguirías siendo capaz de encontrar la manera de ser feliz mientras ella estuviera a tu lado?

–¿Y si lo que me hace feliz es tener a la mujer y el éxito? –replicó él–. ¿Está eso permitido?

Sin poder evitarlo, se imaginó al final de un largo día con esa mujer en la cama, no porque él la hubiera llevado a casa sino porque ella vivía allí. Estaban juntos, pero no solo por el sexo, sino porque se apoyaban emocionalmente y se comprendían. El hecho de hacer el amor lo acrecentaba todo.

Edward podía confiar en que aquella mujer permanecería a su lado para siempre.

–Si eso es lo que la felicidad te parece a ti, por supuesto.

La felina sonrisa de Bella le hizo comprender. Ella le había sacado una respuesta, aunque Edward habría jurado que jamás había pensado en cómo definir la felicidad.

–Bien dicho –dijo con una sonrisa.

Después de definir la felicidad, la imagen de aquella mujer no se disolvía. No tenía rostro, pero la forma de su cuerpo le ocupaba el pensamiento y no era capaz de hacerla desaparecer.

¿Qué se suponía que iba a hacer al respecto?

Bella asintió y tomó un sorbo de vino mientras lo miraba fijamente.

–¿Qué es lo que haces en tu tiempo libre?

–¿Debería elegir algo que te haga pensar que tengo una afición interesante?–preguntó él con una sonrisa.

–No. Deberías decir lo que te gusta.

–Me gusta observar a la gente.

–Háblame un poco más al respecto. ¿Qué tiene de especial observar a la gente?

–Es el mejor modo de saber lo que motiva a las masas. Es algo que nunca pasa de moda.

Bella era muy buena. Tenía una habilidad innata para hacerle hablar a pesar de que él estaba tratando de encontrar el modo de evitar sus respuestas. Además, él había prometido ser sincero y allí, en la casa de Bella, se sentía tan seguro que no le parecía tan terrible decirle lo que sentía.

–Vamos –le animó ella–. ¿Por qué tienes que averiguar lo que motiva a la gente?

–Cullen Media no es una empresa cualquiera. No es un accidente. Yo me saqué un título en psicología y no en economía porque es crucial comprender lo que atrae a la gente, lo que les hace querer más, en especial en el mundo de los medios de comunicación.

Bella se había olvidado de la pizza y del vino y lo escuchaba con atención.

–¿Y observar a la gente te ayuda?

–Las personas pueden ser muy leales a ciertos programas y también muy volubles. Te sorprendería saber lo mucho que puedes averiguar cuando te sientas y observas cómo interactúa la gente.

–Debes de tener una intuición fuera de lo común.

–Me apuesto algo a que la tuya es igual de buena. Hazlo conmigo en alguna ocasión.

¿Por qué había tenido que decir eso? ¿Acaso no se había dado cuenta de que ella no quería salir con él? Le había costado un triunfo conseguir que se tomara una pizza con él. El vino debía de estar enturbiándole la cabeza.

–Me encantaría. Es una cita –dijo ella sin sarcasmo alguno.

Edward se quedó atónito. Evidentemente, el vino debía de estar enturbiándole a ella también la cabeza.

–¿Una cita que no es una cita porque no estamos saliendo?

–Es cierto. No estamos saliendo. Entonces, ¿somos amigos? –le ofreció ella.

Edward estuvo a punto de negarse. Amigos. ¿Era eso lo que estaba ocurriendo entre ellos? ¿Acaso así se explicaba el hecho de que le pudiera hablar a Bella de cualquier cosa?

–No lo sé. Nunca he sido amigo de una mujer. ¿No hay reglas?

–¿Como que no se supone que tengamos que cancelar nuestros planes conjuntos cuando nos llama alguien con quien sí estemos saliendo?

–Como que no debo fantasear con volverte a besar –dijo él muy serio–. Porque, si eso va contra las reglas, no puedo ser tu amigo.

Bella bajó la cabeza. Una vez más, se había sonrojado.

–Sea como sea, no deberías hacerlo en modo alguno.

Edward la obligó a levantar el rostro poniéndole un dedo bajo la barbilla. Entonces, la miró fijamente a los ojos. La pasión que vio en ellos lo licuó por dentro. Le gustaba esa sensación que solo ella era capaz de producir.

–No puedo evitarlo…

Igual de rápido que había roto la promesa de no tocarla, apartó la mano y se sentó encima de ella.

Bella le turbaba el pensamiento. No le hacía falta el vino.

Bella parpadeó y apartó la mirada.

–Te aseguro que resultará muy fácil cuando te empareje con otra mujer. Ella te ayudará a olvidarte de ese beso, que no debería haber ocurrido nunca.

Una vez más, ella le abofeteaba. Bella no sentía interés alguno por él. Su principal objetivo era emparejarle con otra mujer tan pronto como le fuera posible.

Ese era el problema. No quería que lo emparejara con otra Tanya. Deseaba a la mujer que había imaginado acurrucada en su cama, lista para ofrecerle su compañía, su comprensión.

Isabella Swan.

Sí. Quería a Bella. Y cuando Edward Cullen deseaba algo, lo conseguía.

Sin embargo, si se lanzaba tras ella, ¿perderían aquella comodidad que existía entre ellos? Después de todo, ella no era su alma gemela.

Menuda paradoja.


Bueno, eso es todo por hoy! ¿Que les está pareciendo? Lxs leo!