Habían pasado ya varias semanas desde que se habían asentado de manera temporal en la aldea Apache. Las batallas entre equipos para decidir quién se convertiría en rey habían comenzado, y por lo regular asistían como espectadores para aprender algo sobre los posibles oponentes. Muchas cosas habían pasado, de entre ellos el fatídico encuentro con el mayor enemigo a vencer… Asakura Hao.

En el día presente, el equipo de Len tendría que enfrentarse a los Boz, que formaban parte de los hombres de Hao, así que todos estaban muy emocionados (a su manera), de forma que incluso la noche pasada habían hecho un alboroto en un restaurante… Vaya tipos problemáticos.

Abrió los ojos a mitad de la madrugada, con una impaciente necesidad que la obligó a quitar con brusquedad los brazos de su prometido que la envolvían como cada noche que dormían juntos, y en respuesta solo escuchó un quejido de protesta de parte de aquel que seguía sumergido en sus sueños, pero sin darle importancia corrió hasta el escusado de aquel departamento. Azotó la puerta debido a su urgencia y apenas se tomó la molestia de cerrarla, y sin perder más tiempo se inclinó sobre la taza para comenzar a devolver la cena del día anterior.

"Malditas copias baratas de sushi" masculló con rencor en sus pensamientos, siendo esa su primera e inmediata explicación para su malestar. La noche pasada, todos habían ido a un restaurante de comida asiática, y si bien ella se había quejado de que su platillo tenía un sabor extraño, el mesero que los atendía había asegurado que todo se debía a que los condimentos variaban de país en país, y ella era a la única que tenía esa opinión, así que no tuvo más remedio que comer con todos intentando acostumbrarse al sazón americano. "Mataré a ese mesero" pensó mientras se enjuagaba la boca después de vaciar por completo su estómago, y fue en ese momento que la puerta del baño se abrió nuevamente.

Los ojos de la rubia se abrieron de par en par cuando notó que Chocolove estaba de pie en la entrada de aquel cuarto, con los ojos hinchados y lagañosos fijos en ella, el cabello aún más espantoso que de costumbre, y una mano rascando su vientre. El afroamericano esbozó una sonrisa y todavía sin despertar por completo sentenció su muerte.

—Ah, con que por eso la güerita está tan flaquita…

La expresión de Anna se contrajo y sin darle tiempo de decir algo más, le asestó un puñetazo en la nariz con fuerza tal que el shaman de E.U terminó azotando contra la pared del pasillo.

— ¡Idiota! — exclamó, pasando de largo de él para volver a su habitación.

Entonces Yoh abrió la puerta antes de que ella lo hiciera, recién despierto y con el yukata mal acomodado.

— Anna, ¿Qué fue eso? — preguntó, con las cejas levantadas y el cabello castaño alborotado. Su prometida le miró con el ceño fruncido, y el Asakura entendió que demandaba una explicación— Ah…— comenzó a decir, después de tragar saliva y comenzar a sudar de nerviosismo— sí, creo que olvidé decirte que Ryuu y Chocolove iban a dormir aquí-

Ahora quien terminó azotado contra la pared del pasillo fue el futuro esposo, y antes de que pudiera decir otra cosa, la Kyouyama le cerró la puerta de la habitación en la cara.

Últimamente Yoh estaba siendo muy descuidado. Si bien no es que hablara con sus amigos respecto a sus asuntos con Anna, a veces se le escapaban miradas mientras estaban con todos, y una vez mientras comían (aunque estaban solos), había colocado de manera muy natural su mano sobre la pierna de la rubia. Y en esta ocasión, había dormido con ella sin tener en cuenta que sus amigos estarían en la misma casa… ¿Qué pasaría si escuchaban algo? ¿O si lo veían salir de la habitación de ella?

Suspiró pesadamente y volvió a la cama, que aún conservaba el calor de su prometido.

Le hacía feliz que Yoh fuera tan obvio con sus sentimientos hacía ella, le hacía feliz que fueran tan cercanos ahora, le hacía feliz poder amarlo de todas las maneras posibles… Pero no era tiempo de ser feliz, no mientras el futuro fuera tan incierto y sombrío. Además, si bien las opiniones ajenas no le importaban, sabía que debía mantener en alto el honor de la familia Asakura, ¿qué pensarían los demás si lo supieran?

Una buena esposa debe ser prudente le había enseñado Kino. Aunque claro, no planeaba ocultar el hecho de la existencia del siguiente heredero, pensaba que era prudente mantener todo en completa discreción hasta que la concepción del mismo fuera un hecho, ya después, sería cuestión de los demás darse cuenta.

Anna suspiró una vez más antes de taparse con las cobijas y girarse sobre la cama; pero el gusto poco le duró. Pronto hizo las cobijas a un lado y salió de su cama, terminando por sentarse en la silla de un escritorio que formaba parte de su cuarto, y tomando una hoja de papel y una pluma, comenzó a redactar una carta para la matriarca de su futura familia, donde mensualmente informa todo lo que estaba ocurriendo a los Asakura.

Al final del día, habían presenciado 2 batallas, y ambas igual de interesantes, aunque en la última la vida de un hombre se había perdido de una manera cruel y sangrienta en manos de los X-laws, y eso había hecho revolver más su estómago. Cuando todos discutían por a qué restaurante irían a cenar, Anna simplemente los dejó para regresar a su habitación y recostarse.

— ¿Anna-sama?— la aprendiz pelirrosa la había seguido hasta el departamento— ¿Se encuentra bien?

La aludida apenas le prestó atención.

— Si, no te preocupes. Regresa con ellos a cenar… Si Yoh comete alguna estupidez házmelo saber.

— Entiendo, pero…— Anna notó la mirada de preocupación de la Tamamura mientras ésta permanecía en la entrada jugueteando con sus propias manos a la altura de su pecho. La itako suspiró y se encaminó hacia su habitación.

— Está bien, tráeme a Fausto.

— ¡Enseguida!

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— Humm… No— declaró el médico necromante mientras quitaba el palito de madera de la lengua de la futura Asakura, y se lo pasaba a su difunta esposa para que ella lo desechara—. No tiene pinta de tratarse de una intoxicación— mientras hablaba miraba a la itako con seriedad, aunque su tono de voz era amable… Pese a su aspecto, realmente era un buen doctor— tengo una ligera sospecha de lo que pueda ser, pero necesito hacer análisis para descartar cualquier cosa.

Entonces sin previo aviso comenzó a reír escandalosamente, Anna permaneció mirándola con inexpresividad mientras permanecía sentada frente a él. Fausto aclaró su garganta y de nuevo la miró con serenidad.

— Creo que mañana puedo conseguir sin problemas lo que necesito, instalaré todo en mi habitación de hotel. ¿Puede ir a verme a las 6 de la mañana?

— ¡¿Tan temprano?!— exclamó la Tamamura.

— Sin problemas— contestó Anna sin inmutarse.

Y así, al día siguiente Anna obligó a Yoh a acompañarla a ver a Fausto, y a Tamao a quedarse en la habitación.

— Hace frío…— se quejó el quinceañero mientras sorbía por la nariz. Su prometida permaneció en silencio, sentada en el sofá de la habitación de Fausto, con la mirada inexpresiva fija en un punto inexistente de la pared— Tengo hambre…. — volvió a quejarse. Su espíritu acompañante le miró, asustado por la energía que se desprendía de la futura esposa con cada silaba que el Asakura pronunciaba— Fausto tarda mucho…

Sin previo aviso un cojín lanzado por Anna se estampó en el rostro de Yoh, quien finalmente se calló.

— ¡Ya basta! Tu linda prometida puede estar convaleciendo por una rara enfermedad, y solo piensas en que tienes frio y hambre— gritó la rubia, que se había puesto de pie para lanzar con más fuerza su proyectil.

Yoh la miró sorprendido.

— Annita…

Anna estaba preocupada… y por la expresión que tenía en ese momento, parecía tan preocupada que Yoh juraría que notaba sus ganas de llorar. Se puso de pie también, y con los brazos abiertos se acercó a ella, dispuesto a consolarla.

Una vez en sus brazos, la rubia recargó su frente en el cuello ajeno, mientras el shaman de Izumo acariciaba su espalda.

— Lamento la espera— Fausto repentinamente salió de su habitación (que había convertido en un laboratorio casero), con una sonrisa amplia dibujada en su demacrado rostro. Anna empujó a Yoh, avergonzada de ser vista con él de esa manera, pero ni el médico ni su esposa se inmutaron— tengo ya los resultados.

Yoh tragó saliva y miró a los ojos a su compañero de equipo.

— Que… ¿Qué es?— inquirió, con genuina preocupación… Para ver a Anna así de vulnerable, realmente debía ser algo grave.

Fausto intercambió una mirada con su esposa y comenzó a reír.

— Felicidades, van a ser padres.

KU-Pyon: :c me quedé sin inspiración.