Hermione regresó al pub porque eso era lo que habían arreglado. Se puso su gorro azul puntiagudo y ordenó una agua de algas, y se sentó en una esquina cerca de las escaleras para que Flint y Wood pudieran verla. Sacó su viejo cuaderno y lo miró fijamente por cinco minutos antes de guardarlo otra vez. El pensamiento constructivo no iba a pasar por un tiempo. Quería darle un rodillazo en las bolas al mundo.

El Gryffindor trotó escaleras abajo unos veinte minutos después, recién bañado como para dar la ilusión de que no acababan de comérselo. Se lanzó sobre la banca opuesta a ella y le hizo una señal a la camarera para que le trajera una bebida. Apoyó los codos sobre la mesa, mirando a Rosier por sobre dedos entrelazados. Oliver no quería arruinar su buen humor pero había una pregunta que quería que le respondieran.

—¿Cómo sabes sobre Harry? ¿Sobre sus Muggles?

Su comentario malogrando a la Profesora McGonagall lo había carcomido. No había notado que hubiera algo mal hasta que había visto al Buscador sin camisa, y cuando había hecho preguntas, Harry lo paró de freno. Pedirle a Fred y George que le preguntaban a Ron tampoco lo había llevado muy lejos.

—Pequeñas cosas. Se encoge cuando escucha voces fuertes, y no le gusta la atención. Lo pone defensivo.

Hermione inventó algo que le pareció que sonaba razonable. La expresión de Oliver se suavizó un poco pero no dijo nada, solo asintió. La camarera llegó con su bebida. Él le dio las gracias y tomó un sorbo largo de su cerveza de mantequilla.

—Gracias por ayudarnos. —Wood lanzó una mirada a las escaleras, donde Marcus bajaba disfrazado con otra dosis de Multijugos. Habían hablado hasta que la primera dosis se había acabado. Sobre la Copa Mundial porque charlas serias acerca de relaciones significaba que ambos tendrían que discutir muchos más obstáculos de lo que querían reconocer.

—Me están pagando —dijo ella tajantemente. No quería que Oliver se sintiera agradecido. Ella no era una cretina chantajeante. Él le dio una mirada divertida, escondiendo la sonrisa con su vaso. Hermione mantuvo su lengua quieta en lugar de defenderse más. Cualquier cosa que esperara de un Slytherin, no había manera que ella fuera a usar su relación en contra de ellos.

Continuó facilitando los encuentros clandestinos durante el verano. Ninguno de los dos Flints adultos comentó sobre su ocupación del laboratorio de pociones, aunque Gerard la cuestionó sobre las fuentes y variedades de la flora que utilizaba. Le advirtió con brusquedad que no tomara ninguna muestra de sus invernaderos y continuó ignorándola. La Cabeza de la Casa de Flint puso un elfo doméstico de guardián en los jardines, no fuera a ser que la huésped se permitiera unos cortes no autorizados.

Marcus invitó a varios amigos a jugar Quidditch o a perder tiempo en los amplios terrenos. Sus padres no se preocupaban mucho por su vida social mientras sus invitados fueran de calidad. Gerard le dio un sermón público a su hijo por permitir que Pericles Smethwyck trajera a su prometida mestiza. El padre de Pericles no había accedido a la unión porque la chica era hija de dos hijos de Muggles, y los Flints estaban obligados a apoyar la desaprobación de los Smethwyck. A Marcus no le importaba un bledo la bruja pero sí le molestaba ser reprendido como un niño frente a sus amigos. Hubo muchos gritos la semana siguiente.

Durante el pandemonio, Hermione se mantuvo en su cuarto o en el laboratorio. Practicó lanzar hechizos con dos varitas: era increíblemente mala en eso. Parte del problema era coordinación de ojo y mano, como tocarte la cabeza y sobarte el estómago al mismo tiempo. Parte era la velocidad a la que las reservas de Cathal se vaciaban cuando doblaba el gasto de energía. Por su mayor parte era sencillamente difícil concentrarse en dos cosas a la vez. Su puntería era un desastre y hechizó sus propios zapatos tan a menudo que empezaron a gruñirle.

Escribió el ensayo sobre Via Speculo para el Profesor Snape y practicó el hechizo hasta que los espejos que había comprado en Glasgow se tornaron opacos, solo en caso de que la llamara para demostrarlo. Atravesar el espejo no era tan desagradable como viajar por Portkey pero dejaba un gusto metálico en su boca que persistía por horas. El problema principal era el rango y la dificultad de trepar por un espejo colgado. Trepar el lavabo del baño no era una manera elegante de viajar.

Los días de los partidos clasificatorios de la Copa eran los más aburridos. Morphia Bulstrode, de soltera Hobday, era la segunda esposa del mucho mayor Baldwin, que había divorciado a su primera esposa después de que su único hijo resultara ser un Squib. Los Hobdays eran una vieja familia pero muy mestizos y Morphia se ponía sensible cuando mencionaban su falta de pedigrí. La hizo acordarsede Hyacinth Bucket. Pronunciado 'Bouquet', cariño.

Madam Bulstrode se había ofrecido a hospedar a los jóvenes desinteresados en el Quidditch de sus superiores sociales para demostrar lo refinada que era. Había invitado a sus vecinos y pares a unirse a su elegante fiesta del té mientras sus encargos hacían cosas gentiles frente a sus ojos. Agregar brillo a la reputación de Morphia Bulstrode retuvo a Hermione de hacer algo más constructivo que leer, y su anfitriona interrumpía de cuando en cuando con preguntas frívolas. Solo el hábito de no ser directamente grosera detuvo a Hermione de Desilusionarse para esconderse en el invernadero.

El día de la segunda semi-final, Irlanda contra Perú, fue animado por una discusión espectacular entre Pansy Parkinson y Millicent Bulstrode, que causó que la madre avergonzada de esta última desterrara a las chicas a la guardería, porque se estaban comportando como infantes. Hermione se aprovechó de la interrupción para escaparse a la librería. Ella no era la única.

—Rosier.

Theodore Nott la saludó lacónicamente cuando ella entró al cuarto de lectura. Había tenido la esperanza de leer enclaustrado y sin interrupciones.

—Nott.

Hermione asintió como saludo, se sentó en uno de los sillones de terciopelo y abrió su libro, dispuesta a ignorarlo si él la ignoraba de vuelta. Leyeron en silencio amigable hasta que sonó la campana por la cena, y entonces Nott hizo un ruido de desdén. Cuando lo miró, él sacudió la cabeza.

—Si fuéramos familia, podría ser tan impersonal como para convocarnos con una campana. El punto sería que cenemos juntos más que cenar —aclaró solo porque, como él, Rosier no tenía una madre que le enseñara etiqueta. Su padre rara vez recordaba comer a horas así que era costumbre en Nott Hall cenar cuando los elfos terminaban de cocinar—. De lo contrario, debería enviar un elfo o buscarnos ella misma antes de que la comida comience.

—¿Quizás los elfos no han cambiado su lealtad hacia ella? —sugirió Hermione. El divorcio en el mundo mágico era increíblemente complicado, puesto que la magia vinculante era compleja incluso antes de agregar propiedades, elfos, rituales de sangre, bóvedas fiduciarias, dotes y ajuares, y emociones.

—Quizá.

Theo lo consideró. Millicent tenía su edad pero su hermano pequeño Amalric, el heredero de los Bulstrode, solo tenía nueve. El hijo Squib había sido desheredado y enviado a algún lado con una pensión pero como era de edad, era posible que los elfos domésticos aún consideraran a su madre la señora de la mansión.

—Es mejor no preguntar.

—No lo tenía planeado.

No tenía mucho en contra de Bulstrode esta vez y seguir resentida por lo de Segundo era mezquino. Hermione simpatizaba con la chica ahora que también había sufrido bajo las maquinaciones de la Casa de Slytherin. Como mestiza, Millicent estaba al fondo de la jerarquía.

—Hablando de preguntar —empezó mientras salían de la biblioteca para responder la campana. Caminar le daba la oportunidad de marcharse con rapidez si las cosas se ponían incómodas—. Habrá un Baile de Yule este año en Hogwarts. Draco me dijo. Su padre tiene el oído del Ministro y habrá alguna clase de evento en la escuela. Por eso el baile.

—¿Te gustaría ir conmigo? —preguntó Hermione cuando Nott se detuvo a tragar aire. Tenía el mismo hábito que ella de balbucear cuando se ponía nervioso.

—Me pareció que sería adecuado —dijo Theo, e hizo una mueca para sí mismo—. No podemos no ir, no como Sagrados Veintiocho.

El tener que aparecer en las fiestas porque no ir le daría a la Bretaña mágica la impresión de que estaban despreciando el evento era una de sus obligaciones sociales más odiadas.

—La madre de Draco esperará que te lo pida, lo que sería desagradable para todos los involucrados.

—Lo odiaría mucho menos si no asumiera que todo irá como quiere en absolutamente todo —dijo con acidez, sintiendo que debería darle alguna clase de explicación por odiar al Tejón. A juzgar por la sonrisa de Theo, que apagó con rapidez, Hermione tuvo la impresión de que estaba de acuerdo con ella—. ¿El que me preguntes te hará meterte en líos con ellos? Puedo vivir con menos emoción de esa parte.

—Si vas con alguien de menor estatus, habría muchas lechuzas desaprobadoras —Narcisa Malfoy nunca sería tan vulgar como para enviar un Vociferador pero Draco no dejaría duda alguna de que estaba en las mazmorras—. Soy un sustituto aceptable.

—No hay necesidad de que te ofrezcas como sacrificio. —Hermione había planeado saltarse el Baile y continuar estudiando las profundidades de Hogwarts. Tendría que preguntarle a Flint para confirmar que no ir sería una declaración política enorme—. Si prefieres ir con otra persona, puedo ir sola.

—No —se apresuró a asegurarle Theo—. Estaría honrado. No te pregunto por falta. —Se detuvo, aterrado de que ella estallara en llanto como Daphne o una rabieta como Pansy. Para su alivio, Cathal no mostró señal de sentimientos heridos. Lo estaba mirando con paciencia. Se relajó un poco—. De verdad no soportaría ir con otra persona. No me gustan los bailes o los ruidos fuertes o las escenas emotivas.

—Es un Baile. Habrá de las tres —apuntó.

—Lo sé —dijo desanimadamente.

—Alégrate, jovenzuelo. No puede ser tan malo —la voz venía de una bruja mayor que a Hermione le sorprendió reconocer. No pudo recordar su nombre hasta que el mago de pelo blanco con una túnica azul marino habló. Había estado admirando un cuadr y se apresuró a acercarse a su esposa y los jóvenes.

—Aunque me imagino que el clarete sí lo será.

El acento de vidrio cortado y las vocales redondas, escuchado por primera vez en el Caldero Chorreante y más tarde en muchas ocasiones en el Departamento de Seguridad Mágica, le trajeron de vuelta sus nombres: Beatrix y Eustace Radnott.

—Señor, señora, creo que ya nos conocemos —sugirió Hermione. Les había enviado una carta de gracias pero no había oído nada—. Me ayudaron cuando me tomaron en custodia.

—Ah, sí, señorita Rosier —Eustace le parpadeó a la chica. Ciertamente había crecido, y se veía mucho mejor vestida en un lindo vestido azul verdoso que las costureras insistían en llamar por nombres ridículos—. Mal asunto. Le enviamos una lechuza muy severa al Ministerio, aunque no sirvió de nada.

—Nunca sirve —observó Theo. Las redadas de Aurores habían sido una tradición de su vida doméstica. De niño, solía esconderse bajo su cama mientras extraños buscaban artefactos Oscuros en las habitaciones. Ahora los seguía mientras rebuscaban, estudiando sus hechizos y preguntándoles cosas hasta que invariablemente lo acompañaban de vuelta a su padre.

—Eres muy joven para ser tan cínico, Theodore —lo reprochó Beatrix. Miró del desgarbado mago adolescente a la desgarbada bruja adolescente; ambos se movían como si estuvieran discutiendo con sus cuerpos. Una edad tan difícil. Cuando ella había sido así de joven, un siglo atrás, su madre la había obligado a cargar pequeñas copas de té sin fin por la casa hasta poder caminar sin derramarlo. Gracias al cielo ahora había mejores maneras—. Confío en que ambos han continuado con sus lecciones de baile.

Le respondió el silencio.

Así fue como Hermione se encontró vestida con un vestido blanco en la larga galería de la granja Jacobita, bailando un waltz con el hijo de un Mortífago. Nott podía ser obligado a 'uno, dos, tres' porque los Radnotts eran una rama cadete de su familia, Beatrix había sido amiga íntima de sus dos abuelas, y su padre se había dado cuenta muy tarde de que Theo le había estado pagando a su instructor de baile italiano para que le diera clases de lenguaje.

Eustace tocó el piano mientras Beatrix los dirigía entre recreos para recordar los Grandes Bailes de su juventud en Trier y Cadiz, bastiones de las familias de sangre pura más antiguas en Europa del Occidente. Habían usado hechizos de cambio del clima para tener días dorados infinitos, bailando bajo el cielo nocturno iluminado con linternas, carreras de Abraxans, y navegando por el río en botes conjurados de hielo. Había sido un idilio hasta la Gran Guerra Muggle.

Hermione escuchó con fascinación mientras los Radnotts hablaban sobre las redadas Zeppelin, de noches exhaustas sin dormir manteniendo escudos erectos mientras bombas caían en casas vecinas, del miedo de ser descubiertos en un mundo que se había vuelto loco. Había leído sobre la historia mágica pero no había escuchado nada de este periodo de primera mano. Para la mayoría de los padres de sus amigos, había sido Grindelwald el que había comenzado el descenso. Antes de él, la vida mágica se estiraba sin ser alterada desde el Estatuto de Secretos.

Hermione quería preguntarle a los Radnotts su opinión de Voldemort, pero se aguantó dada su compañía presente. A Nott no lo habían Marcado. Malfoy era el único que había sido escogido antes de la graduación. Los chicos de Slytherin, excepto el elegante y atractivo Zabini, habían sido reclutados inevitablemente a medida que la guerra se arrastraba. Parkinson y Greengrass bien podrían haberse unido, aunque tomaba un fanatismo particular para que una bruja se alzara por los rangos en lugar de cumplir con su deber dando a luz a herederos.

El verano pasó en sacudidas y pequeños pasos. Las lecciones de baile continuaron hasta que ella y Nott se podían dar vueltas por el parqué sin pisar pies, faldas o el crup de Beatrix, Florece, mientras el cachorrito intentaba comerse sus cordones. Astaire y Rogers no eran pero por lo menos se verían competentes para la parte de baile formal del Baile Yule.

El laboratorio en Flint Manor era más que lo suficientemente grande para los proyectos que Hermione quería intentar y Marcus seguía lanzándole Galeones. Lo veía a deshoras, entre partidos de la Copa Mundial o entrenar con Falmouth, donde intercambiaban viales de poción vacíos por unos llenos, charlaban, y se ocupaba cada uno de sus asuntos. Como preludio de la futura vida de matrimonio, era aburridamente cómodo.

Hermione recibió su lista de libros, abierta, de Madam Flint y encontró otra rareza de modales de sangre pura. Mientras que podía recibir correo en Flint Manor, su chaperona tenía el derecho de leerlo. Las cartas que salían no era examinadas puesto que se suponía que una bruja podía cuidar su propia conducta. Era la responsabilidad del chaperón o el jefe de la casa asegurarse de que su encargo no fuera molestada por los halagos escandalosos de los indignos, de acuerdo a un libro de gracias sociales que Hermione había excavado para prepararse ante futuros encuentros con lo ridículo.

La sociedad pura-sangre era una extraña amalgama de viejas tradiciones paganas, opiniones igualitarias de géneros debido al poder emancipador de la magia, internacionalismo cosmopolita y la peor clase de eugenesia elitista. Hermione podía regocijarse de que como bruja podía alcanzar una Maestría en cualquier campo y convertirse en Mugwump Suprema a pesar de su sexo. Por lo menos Cathal Rosier podía. Hermione Granger lo encontraría más difícil.

—Vas a necesitar una túnica insensata.

Eglantine Flint había ido a exactamente cuatro bailes durante su vida y consideraba que eran tres extras. Como parte de una familia de los Veintiocho Sagrados, a los Flint los invitaban a toda clase de frivolidad ridícula. Gerard iba porque un mago sin compañía podía pasarse el rato tomando brandy o jugando a las cartas después de un turno obligatorio en la pista de baile. Si ella iba, tendría que aguantar la cháchara de sus pares, quedarse en un salón de baile por horas y conversar sobre desatinos con gente que le desagradaba.

—Es una noche. Me pondré el vestido blanco que me compraste.

A Hermione le gustaba el vestido suave a pesar de que se veía un poco como la Princesa Leia. El poco pensamiento que le había dedicado al Baile de Yule había sido trenzar el largo pelo de Cathal y transfigurar sus zapatos. Listo.

—Si tan solo pudieras —Eglantine se encontró aprobando a regañadientes del buen sentido de la señorita Rosier, a pesar de su amistad con el difícil Marcus—. Pero has ido a clases y cenado con los Bulstrode con ese vestido. Un baile requiere una túnica que no ha sido mostrada en sociedad antes. Puedes ponértelo de nuevo en eventos menores pero valga Morgana si te pones el mismo, porque todos quedarán atónitos.

—¿Puedo pedir prestado uno de los suyos?

Había disfrutado ir de compras con su madre para conseguir el vestido de Yule. Había pasado el día afuera y en la tarde habían tomado té en el Georgiano como señoritas de la época eduardiana. Hermione no quería repetir la experiencia.

—Estás en la Casa de Slytherin —replicó Madam Flint con amargura—. ¿Qué tan probable es que una de tus compañeras de cuarto le lance un contra-hechizo a tu vestido?

—Bastante —concedió Hermione.

Desde que le habían enseñado Finite Incantatem a su año, habían ocurrido varios incidentes. Hasta ahora nadie se las había arreglado para alterar su ropa de segunda mano pero existían ondas inquietantes. Sin duda Parkinson asumiría que había transfigurado su vestido e intentaría algo.

Esperaba que Madam Flint llamara a la costurera otra vez. Estaba equivocada. Conseguir un vestido elegante elevaba una prueba sencilla a una expedición mayor. Primero fueron a Gringotts a establecer un gravamen en el fondo fiduciario de Cathal para pretender que ella estaba pagando por la salida, puesto que una túnica formal podía interpretarse como un vestido de boda. Después invitaron a Millicent Bulstrode, Daphne Greengrass, y Pansy Parkinson a unírseles. Tracey Davis no merecía una lechuza puesto que era mestiza y no conectada a una familia de los Veintiocho Sagrados.

Las tres Slytherin, sus madres y en el caso de Daphne su hermana pequeña Astoria porque Madam Greengrass nunca perdía a sus hijas de vista, se les unieron en Flint Manor para almorzar. Marcus, advertido de la invasión por Hermione, se había escabullido temprano para que no lo obligaran a acompañarlas. Después de que sus huéspedes terminaran su comida, Eglantine encontró un dolor de cabeza conveniente y apenas se molestó en fingir pesar al tener que abandonar la salida. Así Hermione podía gastar dinero Flint sin insinuar ningún arreglo entre ella y el heredero de la Casa.

La salida no se pareció en nada a la que había disfrutado con su madre. Madam Flint había reservado una habitación privada en Twilfitt & Tattings y enviado a varios elfos domésticos Flint como sirvientes. Los modistos se apresuraron a mostrarles a las jóvenes brujas las mejores fábricas y cortes, todo apropiado para su edad, por supuesto. Tomó horas.

Lo peor de la lengua de víbora de Pansy se vio restringida por la presencia de su madre, cuyo ojo crítico encontraba una falla en todo. Astoria, de Segundo Año, no iba a ir al Baile de Yule y se enfurruñó toda la tarde a pesar de los esfuerzos de Daphne de involucrarla en escoger un vestido. Millicent aguantó estoicamente los esfuerzos de su madre por obligarla a usar la última moda, a pesar de que no le sentaba.

Hermione escogió un satín bronce para un vestido de silueta simple, con hombros caídos y mangas largas (más que nada para poder llevar las varitas en sus fundas). No estaba anticipando problemas de manera paranoica en el Baile pero con tres Mortífagos presentes no iba a ir indefensa. Tampoco estaba dispuesta a levantarse la falda para sacar su falda de una funda de muslo. Aunque la idea sí la entretuvo mientras Parkinson y las chicas discutían sobre lentejuelas.

Mientras Daphne se probaba un precioso vestido de chifón azul cielo, Hermione se escapó al tocador en busca de un descanso bien merecido. Interrumpió a Millicent tragándose una poción. El olor de calcetines-viejos-en-una-alcantarilla de la valeriana era tan fuerte que bloqueó hasta el popurrí. Bulstrode la fulminó con la mirada y echó el frasco vacío al basurero encantado, que lo desvaneció de inmediato. Pasó bruscamente al lado de Hermione, que se preguntó qué tan fuerte era esa poción calmante y cuántas se había tomado.

—Moppet, ¿me oyes? —preguntó la bruja en la privacidad de un cubículo tras lanzar un Muffliato.

Tuvo que sentarse por culpa de un mareo repentino pero el ruido de fondo indicaba que había funcionado. La elfina doméstica apareció al otro lado de la puerta, delatada por sus pies pequeños. Hermione la dejó entrar al cubículo.

—¿Puedes oírme incluso con el hechizo para impedir que escuchen a escondidas?

—Moppet no conoce el encantamiento que la señorita usó pero sí —Moppet tiró de su oreja izquierda, pensativa, pensando en qué palabras usar para lograr que su amiga entendiera—. La señorita es la señorita de Moppet. Siempre puedo oír cuando llamas.

Eso estaba bien y era tranquilizador. Un por siempre sólido y grande.

—A veces la señorita suena lejos o como debajo del agua o otras palabras así que a veces Moppet demora en encontrar a la señorita.

—No sé lo suficiente sobre elfos domésticos —Hermione agregó esa investigación a una lista muy larga por hacer—. Sólo quería ver cómo estabas —hizo un gesto hacia el templo a la higiene revestido de baldosas—. Aparentemente las brujas de sangre pura no salen mucho.

—Si la señorita está fuera de las barreras hoy, Moppet puede seguir a la señorita —sugirió Moppet. Le gustaba realizar mandados para su bruja.

—Me obligaron a pasar la tarde comprando vestidos con mis compañeras de Casa. Preferiría que no tuvieras que sufrir este premio —se escuchó quejarse y sacudió la cabeza—. No sé por qué me quejo. He recibido mucho peor de parte de Parkinson en la escuela. La verdad ella y Bulstrode me dan pena. Sus madres son arpías.

—¿Es por eso que la señorita se esconde en el lavabo? —inquirió la elfina con aire diplomático, como si no quisiera sugerir que su amiga era un poco extraña.

—Era esto o esconderme en el cambiador y ese tiene espejos.

Mirar el rostro de Cathal Rosier se había vuelto más normal, aunque no más fácil, por lo menos hasta los cambios significativos de la pubertad. Bastante significativos en el caso de Cathal. Ya era varios centímetros más alta que Hermione, lo suficiente como para que Hermione notara la facilidad de alcanzar repisas. Era desconcertante tener un cuerpo que no cambiaba como ella recordaba haber cambiado. Su imagen mental de sí misma se estaba volviendo más y más dismórfica.

—Solo estoy teniendo un mal día, Moppet. No te preocupes.

Cuando la elfina le dio un abrazo, Hermione sintió que un par de lágrimas lastimeras se asomaban. Se castigó a sí misma. Había mucha, mucha gente sufriendo vidas miserables porque sus cuerpos no pegaban con sus mentes. Por lo menos tenía razón y causa; había renacido. Era una experiencia maravillosa que debería atesorar o por lo menos considerar como una oportunidad educacional única. Tener un ataque de nervios porque una costurera había hecho un comentario casual acerca de su figura era estúpido e inmaduro.

Lloriqueó algo antes de que los efectos del abrazo y un monólogo mental severo la regresaran a un estado de serenidad. Solo se estaba comprando un maldito vestido sin que nadie interfiriera, hiciera pucheros o insistiera en brillos. Terminaría en un par de horas y podría regresar a Flint Manor y machacarle el alma a algunos ingredientes para pociones.