Capítulo 15


Quiero saber (parte 2)


Tal vez algún día pueda pasarme a mí también, pero ¿Cuándo pasara? ¿Con que tipo de persona será?


Llegaron a la cima para el anochecer. Ya para el último tramo, el bosque se volvió oscuro obligándolas a retomar la senda más concurrida que, para sorpresa de ambas, no encontraron ya ni una parte de todos los caminantes que habían comenzado la travesía.

No era lo único diferente una vez arriba. El único hostal que quedaba no era tan llamativo o preparado como los que había abajo, pero pese a la humildad que mostraba ya las luces de su interior lo hacían parecer acogedor.

—Huele bien…— fue el apagado comentario que escuchó decir a la del sol.

— ¿Solo piensas en comida?— le recriminó la otra, pero solo unos pasos más y pudo oler lo mismo que su compañera. Su estómago gruñó al instante.

—Estoy de acuerdo con tus tripas.

— ¡Cállate!

—Está bien, Diana… caminamos todo el día como… "todo" el día… de verdad todo el día.

—Entendí el punto.

—Es normal que estés cansada y con hambre.

—No estoy cansada y con hambre, podría seguir por muchas más horas.

—Y te creo…— dijo sin intención de comenzar una discusión, cuidando bien sus palabras para salir ganando de ese encuentro— yo estoy muy cansada… y desde hace un par de horas siento hambre.

Diana suspiró y miro hacia atrás, una brisa nocturna paso por donde estaba y acaricio a Leona, refrescándola, haciendo que la castaña sonriera al sentirla.

—Que bien…— comentó mientras se acomodaba el cabello y respiraba ampliamente.

—De acuerdo— la escuchó decir a la de la Luna, que por alguna razón ya no la miraba, pero la esperaba para que fuera a su lado— démonos prisa y vamos hacia el hostal. Descansemos, Leona.

—Si— contestó de inmediato con alegría, adelantándose para ir junto a ella.


El lugar era grande, de madera y viejo. Parecía estar preparado para recibir a los viajeros para esos días. No era ostentoso y uno podía ver el pasar del tiempo incluso en las paredes, pero estaba bien cuidado, inclusive en las esquinas se podía ver los inciensos que invadían de su dulce aroma la amplia sala de bienvenida que también hacia de comedor.

Las recibió una anciana de estatura bajita, pero simpática, se presentó como la dueña del lugar. De eso ambas podían llegar a la conclusión que el hostal tampoco contaba con mucho personal.

—… tenemos habitaciones especiales con baño privado y vista hacia el valle, y también habitaciones con cocina propia, también les puedo recomendar las más grandes y espaciosas de la zona este.

—Una habitación simple con dos camas, bastara— la interrumpió Diana—no traemos para cocinar, así que no necesitamos…

—Yo quiero tomar un baño— agregó Leona.

—… Tomaremos la de baño privado entonces.

—Y no necesitamos la cocina, es verdad, pero definitivamente comeremos aquí… dile eso también— volvió a agregar.

—… agregue dos platos para la cena, comeremos en el comedor, seria eso solamente. La habitación con dos camas y baño junto con la cena de esta noche.

—También ofrecemos el desayuno de la casa— agregó la mujer, ya dirigiéndose a Leona, quien asintió de inmediato.

—Dile que también queremos eso.

Diana miró de costado a Leona, con una expresión seria y de poca paciencia que la castaña no supo interpretar.

— ¿Qué?

—Pídeselo tu ¿Qué soy? Literal estas al lado mío, la anciana escucha lo mismo que dices.

— ¿Estas segura?

—Por supuesto, adelante.

—De acuerdo— aceptó dando un paso, poniéndose al frente de la señora— Queremos una cama doble con la vista más romántica que tenga al valle y si puede poner más de esos inciensos dulces que tiene aquí, mejor.

— ¿Oh? Le gusta, son de una fruta que crece por aquí, dicen que tienen propiedades afrodisiacas y relajantes.

—Entonces queremos de esos en el baño también.

Leona sintió como se le jalaba con fuerza de sus ropas y se la tiraba hacia atrás, ahora solo podía ver la espalda de Diana y como esta se volvía a hacer cargo de todo el asunto.

—Pero tú dijiste…

— ¡Me arrepentí! ¡Ve a jugar por ahí mientras yo encargo todo!

—La cena estará lista en unos minutos— siguió explicando la mujer.

Diana podía ver como la dueña ya directamente se dirigía a Leona. Como toda buena casera, había visto a quien debería convencer para que le dejara más ganancia y ya se ponía en su trabajo.

A la de la luna solo le quedó suspirar con resignación.

— ¿En serio? ¿Es ese olor que vine sintiendo hasta aquí?

—Así es señorita. Es un estofado de ave con verduras, la salsa es un secreto familiar que pasó en muchas generaciones por casa. Es capaz de atraer a viajaros cercanos y no tan cercanos sin fallar nunca.

—Puedo creerlo, apenas pude olerlo quise venir de inmediato.

—Oh, me halagas tanto— comentó con entusiasmo la casera— pero créeme, ese estofado no estaría completo sin probar luego el postre, un budín de pan bañado en caramelo que preparamos con mi marido solo para esta noche del festival.

Leona automáticamente miró a Diana, con una pregunta en sus ojos que la de la luna no esperó a que formulara.

—Sí, sí, lo que tú quieras. También pediremos ese postre— se apresuró en aclarar— Agh…

—Bien, bien, excelente, anotare todo— comentó la mujer, volviendo al mostrador— la caldera lleva prendida unas horas, deberían tener agua caliente para bañarse ahora si lo desean antes de que este la cena.

— ¡Grandioso!

La anciana terminó de escribir todo en un pequeño papel con su precio y tomó la llave de la habitación, pero antes de que se la pudiera pasar a Leona, Diana se adelantó y tomó ambas cosas, pasándole la llave ella misma.

—Adelántate tú y toma un baño, déjame a mí pagar todo y arreglarlo.

—Eso es estúpido, tengo para pagar también, no necesito que…

—Sé que no lo necesitas— la interrumpió cruzándose de brazos, mostrando una actitud cerrada ante el asunto— yo quiero hacerlo.

—Pero no quiero que…

—Es un regalo. Así que no discutas conmigo.

Leona se quedó sorprendida por el argumento que, aunque era sencillo, era directo y difícil de contradecir.

—Oh… está bien. Gracias, Diana.

Le pareció ver una leve sonrisa en la rubia antes de que esta volviera a encarar a la casera. Ya sin nada más que agregar, Leona se dispuso a encontrar su habitación.


Diana salió de bañarse, cambiándose con rapidez para no hacer esperar a Leona que seguramente ya estaría en el comedor, pero al salir la encontró al inicio de la escalera esperando por allá.

—Hablé con la anciana, dice que cree saber dónde está ese lugar desde donde la mujer que pinto esos cuadros se inspiró

— ¿Le preguntaste?

—Claro ¿No es por lo que vinimos hasta aquí en primer lugar? De hecho no es muy lejos, le dije que nos guardara la cena para cuando regresemos.

—Creí que tenías hambre.

—No lo dudes ni un momento— comentó con gracia— pero puedo esperar unos minutos— terminó diciendo extendiéndole una mano.


Caminó un buen tramo siendo guiada por Leona. Pensó en quejarse cuando la distancia le pareció mucha pero fue cuando comenzó a ver las luces del reino desde donde estaba.

—Waho…tenías razón— fue lo que alcanzo a decir la castaña una vez dejó de caminar para ver todo lo que tenía en frente.

Podían ver todo el reino desde donde estaban ahora, la noche, aunque era clara, dejaba ver las luces de las casas y hasta del castillo, en tonos anaranjados y amarillentos, a un costado estaba el gran lago que reflejaba como un espejo la luz de la luna. Todo rodeado por los valles y el bosque, contrastando con la oscuridad de esto.

—Es increíble— siguió comentando Leona mientras se tiraba hacia atrás, descansando en el pasto, para luego sentarse y volverlo a ver todo— ¿Quién diría que un lugar como este queda montaña arriba?… ¡Solo para encontrar más valles en él!

—Tiene su encanto supongo— concordó Diana, sentándose también en el pasto.

— ¿Eras lo que esperabas?

—Sí, así es… bueno…— divagó, viendo de reojo a Leona que seguía disfrutando de la noche— es mucho más de lo que esperaba a decir verdad.

— ¿De verdad?

—Si.

—Qué bueno— se alegró la otra, poniéndose más cómodo para disfrutar la vista— nos quedemos un rato, charlemos mientras.

—Pensé que tenías hambre.

—Puede esperar, puede esperar.

— ¿De qué quieres hablar?

—Oh, no lo sé… ¿Qué tal si me cuentas que otra cosa curiosa encontraste en este reino?

— ¿Cosas curiosas?

—Sí, ya me contaste varias, como ese descuento para los desdichados y esa costumbre de darle prioridad a la curiosidad de la gente.

—Bueno… hay muchas cosas extrañas aquí de hecho, pero supongo que cada región de Runaterra lo tiene. Si tuviera que decir sobre las cosas que me sorprendieron aquí… ellos… son muy… ¿Hogareños?

— ¿Hogareños?

—Quizás no es la palabra correcta… como explicarlo… le dan mucha importancia a la familia.

— ¿De verdad?

—Sí, quizás no lo has notado… porque hay muchas otras cosas, pero cada casa parece tener cierto orgullo familiar que abraza con gran devoción… supongo que lo vi en otros lados, pero ya te puedes hacer una idea. Desde que los jóvenes se ponen en pareja van muy en serio, tan en serio que se hacen regalos con un simbolismo de demasiado peso.

— ¿Cómo el collar que te regale?

—Exactamente. Asumen una gran responsabilidad desde temprano… es aterrador por parte… y por otra, admirable.

— ¿Aterrador?— se burló Leona.

—Oh… es verdad, supongo que yo solamente lo puedo ver así. En realidad supongo que pecó de lo que todos aquí no hacen, ese miedo a lo desconocido. La gente aquí prefiere tirarse y averiguarlo, se los educa para que lo extraño le fascine y llame su atención. Sin embargo yo no tengo idea de eso… y no sé qué tanto me quiera arriesgar para averiguarlo.

— ¿Idea sobre qué?

—Lo que una familia es.


Comieron y bebieron hasta que ya nadie más quedaba en el comedor, y eso fue recién hasta muy entrada la noche.

Aun cansadas deseaban seguir así unos segundos más, unos minutos más, algunas horas más. Hasta que fue evidente que era hora de dormir.

Ninguna dijo nada mientras se dirigían a la habitación. Una vez allí cada una se acostó en su cama. Leona notó desde la primera vez que había entrado en la habitación que la anciana había respetado la idea de Diana de tener dos camas separadas. Tomó la que Diana dejo y amabas se acostaron sin medir palabra.

— ¿Estas dormida ya?— preguntó Leona cuando los minutos se le hicieron eternos y el sueño aun no venía a buscarla.

—Sera mejor que duermas, mañana debemos bajar todo lo que subimos hoy… será duro.

—Si lo sé, de verdad estoy cansada… solo no puedo dormir.

—Trata.

— ¿Crees que las demás personas que están hoy en este hostal tratan de dormir?

— ¿Cómo voy a saberlo?

Ambas susurraban y Diana se trató de concentrar en el silencio, a veces se escuchaban sonidos o palabras de otras habitaciones pero nada más. El lugar era bastante tranquilo y relajante a esas horas.

—Eran realmente pocas las parejas que lograron llegar aquí… era un camino realmente duro, deben estar todos muy cansados.

—Ciertamente— contestó con desdén Diana, comenzaba a ponerle de mal humor no poder conciliar el sueño.

—Aun así no creo que puedan dormir… no en un primer momento de seguro.

— ¿Por qué crees eso?

—Porque yo tampoco puedo dormir.

— ¿Y por qué no puedes dormir tú?

—Porque estas cerca, Diana.

La de la luna no volvió a agregar nada a la conversación pero podía escuchar como Leona se movía en su cama, podía sentir su mirada en ella, pero se mantuvo firme en darle la espalda y tratar de ignorarla.

Entendía a que se refería. Sabía que la razón de no poder dormir era porque estaba cerca de la otra también.

—Quizás logremos dormir si nos alejamos entonces— trató de bromear la rubia desde su lado.

—Quizás logremos dormir si nos acercamos más.

—Eso no tiene ningún sentido.

— ¿Diana?

Para cuando dijo su nombre, la aludida pudo sentir como el colchón en su espalda se hundía, pues la chica estaba ahora sentada a su lado.

Leona puso su mano en el hombro de la rubia y no necesito ni hacer presión para que se volteara, ahora Diana la examinaba con sus ojos.

La de la luna podía sentir como su corazón se descontrolaba en su pecho a medida que el rostro de Leona se acercaba y cerró con fuerza sus ojos cuando sintió los labios sobre los suyos.

El roce fue mínimo, apenas, y Leona ya se separaba de su rostro para volver a contemplarla. La podía ver calmada y serena, tan diferente a como ella se sentía. Inquieta e incapaz de controlar sus pensamientos, fue Diana la que elevó su rostro para volver a besarla.

Con cuidado y sin interrumpir el beso, Leona se posicionó arriba de su compañera. Sonreía sobre sus labios al sentir como las frías manos le acariciaban el rostro.

Podría haber estado horas en esa posición, disfrutando de la suavidad y los húmedos besos de la rubia, pero cierta urgencia comenzó a surgir en su vientre y buscando llegar a sentir más, deslizó unos dedos debajo de las ropas, llegando a tocar la piel de Diana con sus yemas.

Fue en ese momento que todo paró. La mano de Diana rápidamente dejó de acariciarla para taparle la boca y alejarla de ella.

—Detente.

Leona enarcó una ceja. Lista para protestar por el brusco arranque de la otra, pero al examinarla su mente quedó en blanco.

Diana también se cubría la boca con el dorso, la luz de la luna que entraba por la ventana dejaba ver claramente sus mejillas de un rojo tan brillante que Leona nunca creyó que lo blanco de su piel lo permitiría, respiraba con cierta dificultad y sus pupilas estaban dilatadas evitando la confrontación con ella.

Sintió como la mano que se había colado debajo de las ropas le ardía y hormigueaba mientras aun tocaba la piel de Diana.

De repente se sentía nerviosa y ansiosa, pero lejos de parecerle algo malo, quería repetirlo. Trató un nuevo acercamiento pero al ver las intenciones Diana la enfrentó.

—No quiero esto.

— ¿Mmm?— alcanzó a exclamar aun con la mano tapándole la boca.

—No puedo… vete, déjame dormir.

Leona se sentó más erguida, aun disfrutando de estar arriba de la otra, y sintiéndose aun con humor alejó su rostro para poder hablar propiamente, tomando la mano de Diana con la suya.

—No iba a hacer nada— confesó finalmente.

—Sí, claro— comentó con sarcasmo la rubia.

—De verdad— trató de defenderse— solo… quería seguir un poco más.

—Pues no quiero… no puedo.

—No puedes… ¿Qué?

—Eso… no quiero.

—Tu parecías estarlo disfrutando— comentó con inocencia, pero el comentario incomodó a la otra, que no teniendo como defenderse simplemente se quedó callada— de verdad no iba a hacer nada, Diana.

—No quiero que me toques… así.

Esta vez Leona ladeo la cabeza tratando de entenderlo.

—Es normal que estés confundida, aun no estamos en nuestra edad habitual— se apresuró en hablar la rubia— te impulsas porque quieres ciertas cosas… que yo no te puedo dar.

Ahora no pudo evitar reír un poco antes los comentarios.

— ¿Qué?— preguntó con gracia— es verdad que no estamos aún en nuestra normalidad, pero ambas crecimos a la misma velocidad. Creo que tú debes de sentir las mismas cosas que yo, no, estoy segura que sientes lo mismo.

—Pues no es así.

— ¿De verdad?

—Sí, ahora bájate y vete a tu cama… quiero dormir.

— ¿Por qué te molestas de repente?

— ¡Porque te dije que quería dormir! ¡Y vienes a mi cama a…! ¡¿Cómo quieres que no me moleste?!

— ¡No parecía molestarte hace unos momentos!

—Sí, fue un error, lo lamento ¿Puedes volver a tu cama?

— ¡No!— contestó sintiéndose ofendida de alguna forma.

— ¿No?

—No… es decir. Tú no puedes simplemente, de la nada, empujarme de nuevo.

—No es de la nada, te dije que no quiero esto.

— ¿Qué es "esto" que no quieres?

— ¡Sexo! ¡Contigo!... con nadie… vete.

— ¿Eh?— preguntó comenzando a entender, pero rápidamente vio la opción de meterse con Diana para molestarla— ¿Pensaste que quería hacerlo contigo?— preguntó con gracia— Como te dije, no trataba de hacer nada, soy una chica inocente. ¿Así que la elegida de la luna tiene ese tipo de pensamientos? ¿Quién diría que…?

Detuvo su broma al instante de volver a ver el rostro de la rubia, esta se había perfilado a un lado y sus ojos se mostraban ensombrecidos y apagados.

— ¿Diana?... era… era una broma.

—Claro… tienes razón… yo… yo lo malinterprete todo ¿Puedes irte ahora? De verdad necesito dormir.

Leona se alejó de la cama, no porque realmente quisiera hacerlo, sino porque Diana parecía querer ocultar su rostro tan mal en la almohada que su cuello se rompería en cualquier momento si no se levanta de ella.

Apenas pudo, se tapó y le dio la espalda, quedo inmóvil en su cama, como si no hubiera nada que pudiera hacerla cambiar esa postura.

Era tan extraño para Leona. Momento atrás parecía que todo estaba bien entre ellas, más que eso, y de repente Diana parecía la persona más distante en todo el lugar, a pesar de solo tenerla a menos de un metro.

Caminó hasta su cama en silencio y se acomodó allí. Finalmente el sueño se hacía presente, pero ni así pudo ignorar el amargo sabor que se formaba en su garganta.