La Perfecta Duquesa


7| Chispas


Hinata vio a Naruto por el rabillo del ojo. Parecía un toro a punto de embestir o, con aquel típico kilt, un highlander enfurecido. Estaba despeinado y el brillo en sus ojos era salvaje, ese tipo de fulgor que decía que era mejor mantenerse alejado de su camino.

Aquel negocio con el señor Amado no debía de haber resultado demasiado bien.

Se dirigía hacia ella como si su intención fuera cargársela al hombro, como había hecho en la casa de High Holborn, y llevársela de allí. La fuerza que demostró cuando lo hizo la había sorprendido y, a la vez, enfurecido.

Él se detuvo ante ella sin hacer ningún gesto escandaloso, pero la tensión de su cuerpo era palpable. La miró con su penetrante mirada mientras le tendía la enorme mano enguantada.

—Baila conmigo, Hinata.

La orden fue dicha con la voz entrecortada y ella supo que, en realidad, él no quería bailar. Pero se hallaban en un lugar lleno de gente; un lugar donde Naruto no podía expresar lo que realmente deseaba.

Ella clavó los ojos en la mano tendida.

—Naruto MacUzumaki jamás baila. Lo sabe todo el mundo.

—Digamos que estoy dispuesto a darles una sorpresa.

Ella no estaba segura de qué veía en sus ojos; furia, necesidad, otra vez aquella desolada vacuidad... Algo estaba haciéndole daño, y tuvo la sensación de que, si ella rechazaba aquella simple petición, el golpe borraría de un plumazo aquella nueva comprensión que se había establecido entre los dos.

—De acuerdo —convino, poniendo su mano sobre la de él—.Sorprendamos al mundo.

Naruto esbozó una sonrisa; el hombre peligroso estaba de regreso.

—Tú lo has dicho. —Casi aplastó su mano cuando tiró de ella hacia la pista de baile—. Vamos a bailar el vals, lady Hinata.

—Está sonando un reel escocés —adujo ella. Los acordes de violines y tambores retumbaban vigorosamente a su alrededor.

—No por mucho tiempo.

Yahiko y Konan conducían el reel; damas y caballeros retozaban a su alrededor formando círculos. Naruto caminó con ella de la mano hasta el director de la orquesta y le hizo señas. Los violines enmudecieron de golpe mientras él hablaba con el hombre, que asintió antes de alzar de nuevo la batuta. Las primeras notas de un vals de Strauss flotaron en el aire, y las personas que estaban en la pista les miraron desconcertadas.

Naruto la guió hasta la mitad de la estancia con la mano en el hueco de su espalda. La orquesta incrementó el ritmo y las sorprendidas parejas comenzaron a moverse.

Él la enlazó sin esfuerzo alguno y la hizo girar al compás de los acordes. Formaron un remolino junto a Yahiko y Konan, que permanecían quietos donde se habían quedado al verse interrumpido el reel.

—¿Qué diablos estás haciendo, Naruto? —preguntó Yahiko.

—Baila con tu mujer —fue la única respuesta.

—Será un placer. —Yahiko sonrió ampliamente y abrazó a Konan para girar con ella.

—Estás en boca de todos —dijo Hinata, mientras él la mecía hasta el centro de la pista.

—Me gusta estar en boca de todos. Y deja de mirarme como si temieras que fuera a pisarte. ¿Acaso crees que como nunca bailo me he olvidado de cómo se hace?

—Creo que haces cualquier cosa que sirve a tus propósitos, Naruto MacUzumaki.

No. Naruto no se había olvidado de cómo se bailaba. La pista estaba abarrotada, pero él la hacía girar entre las demás parejas sin peligro, impulsándola con brío. Su mano era un firme punto de apoyo en su cintura y la otra le sostenía la mano enguantada. Los músculos del hombro se movieron bajo sus dedos y el contacto la estremeció.

Naruto la arrastró por la pista, haciéndola girar y girar. La estancia era grande y parecía dar vueltas a su alrededor, apenas dándole tiempo a fijarse en los borrosos rostros de los invitados que les miraban con asombro.

Naruto MacUzumaki nunca bailaba, pero ahora lo estaba haciendo con ella, lady Hinata Hyûga, la solterona que le plantó hacía muchos años. Y cómo bailaba... Desde luego no hacía gala de educado aburrimiento, sino de energía y vigor.

Su mirada decía que le importaba un bledo lo que pensara la gente. Estaba bailando con ella esa noche y el mundo podía irse al infierno. Ella sintió los pies y el corazón más ligeros todavía. Quiso perderse en sus brazos y reír sin parar.

—Bailamos un vals la primera vez que nos vimos, ¿recuerdas? — comentó ella por encima de la música—. Todo el mundo hablaba de nosotros; el decadente lord Naruto fijándose en la joven Hinata Hyûga. Fue delicioso.

La salvaje mirada en los ojos de Naruto no aflojó.

—Esa no fue la primera vez que nos vimos. La primera vez, tú tenías nueve años y yo dieciséis. Estabas en Rasengan, intentando tocar una melodía en el piano.

—Y te sentaste a mi lado para enseñarme. —Ella sonrió al recordar al alto y ya atractivo Naruto, con su chaqueta y su kilt., que poseía aquel aire de prepotente confianza en sí mismo—. De manera condescendiente, por supuesto. Un joven alumno de Harrow apenas podía dignarse a atender a una niña.

—Eras un pequeño demonio, Hinata. Yahiko y tú me llenaron los bolsillos de ratones.

Ella se rio mientras el salón giraba sin cesar.

—Sí, estuvo bien. Creo que no he vuelto a correr tan rápido en mi vida.

Naruto pensó que los ojos de Hinata eran todavía más hermosos cuando se reía, más brillantes; como el centelleo plateado de la luna, en un lago de las Highlands.

Él quiso meter a Yahiko en cintura por el tema de los ratones, pero su padre descubrió la broma y estuvo a punto de dar a su hermano una paliza que le dejara sin sentido. Le detuvo y acabó recibiendo él mismo la tunda en vez de Yahiko.

La sonrisa de Hinata arrancó aquella nube de su memoria. ¡Bendita fuera!, siempre conseguía hacerle olvidar.

—Me refería a que bailamos el vals la noche que nos presentaron oficialmente —decía ella.

—Tenías el pelo lleno de tirabuzones. —La atrajo más cerca y el espacio entre sus cuerpos disminuyó—. Te vi sentada entre las matronas, toda estirada y respetable, y te deseé.

Naruto sintió la flexible curva de su cintura bajo los dedos, y una ardiente oleada le atravesó hasta que notó caliente la cara. Nada había cambiado. Todavía la deseaba.

Ella sonrió de la misma manera en que le sonrió aquella noche, hacía tanto tiempo; sin temor, con audacia.

—Pero no hiciste nada realmente escandaloso. Te confieso que me sentí decepcionada.

—Eso es porque prefiero cometer mis fechorías en privado. Como ocurrió en la terraza, o en el cobertizo de los botes... en la casa de verano...

Las mejillas de Hinata adquirieron un encantador tono rosado.

—Gracias a Dios, ahora nos observa una multitud.

Él se detuvo tan bruscamente que las parejas casi chocaron con ellos antes de continuar bailando como si tal cosa. Naruto MacUzumaki era el excéntrico duque de Rasengan y eran sus invitados, debían tolerar cualquier cosa que él hiciera en su casa.

La guió con rapidez hasta un extremo de la pista.

—Voy a tomar tus palabras como un reto —le comunicó cuando alcanzaron una esquina más tranquila—. Reúnete conmigo en la terraza dentro de diez minutos.

Y Hinata, siendo Hinata, abrió la boca para preguntar por qué, pero él hizo una reverencia formal y se alejó.

Diez penosos minutos más tarde Naruto atravesaba el vestíbulo de servicio de su amplia casa, sorprendiendo a un lacayo y a una doncella que disfrutaban de un momento privado, y salía por una puerta lateral a la terraza.

Estaba vacía. Se detuvo y observó la nubecilla que formó su aliento. El frío y la decepción se aunaron en un duro golpe.

—¿Naruto?

El susurro procedía de las sombras. En ese momento, Hinata dio un paso desde detrás de un pilar.

—Si querías un encuentro secreto, ¿no hubiera sido mejor que eligieras una salita privada? Estoy congelándome.

El alivio que sintió amenazó con ahogarle. Estrechó a Hinata contra su pecho y la besó. Fue un beso rápido e intenso, antes de conducirla hacia las escaleras que llevaban al jardín que rodeaba la casa, y atravesar un portón hacia otras escaleras. Aquellos escalones conducían a los sótanos traseros de la mansión; a un pasillo largo y blanco. No había nadie allí, el personal contratado para atender a sus invitados estaba en los pisos superiores.

Llevó a Hinata a través de otra puerta hasta la caliente lavandería. Allí no había luz, pero entraba algo de claridad por las ventanas, procedente de las lámparas de gas del pasillo.

Había un fregadero enorme en una esquina y barreños para verter el agua caliente de la caldera en la otra pared. Las tablas para planchar estaban recogidas en otro lado, y las planchas esperaban en estantes para ser calentadas en la pequeña estufa. Sobre una larga mesa estaba pulcramente doblada la ropa interior, preparada para ser trasladada a los dormitorios.

Él cerró la puerta, dejándolos recluidos en aquella cálida humedad. Frotó las manos por los hombros desnudos de Hinata; le desagradaba que tuviera frío.

La conversación con Amado le había dejado mal sabor de boca. Era consciente de que mucha gente pensaba de él lo mismo que ese hombre, que buscaba dudosos placeres a expensas de otros. Hasta ese momento nunca le había importado lo que pensaran de él, y no entendía que el ansia repugnante de Amado le molestara tanto esa noche.

—¿Qué era eso que querías decirme en privado? —preguntó ella—. Imagino que no habrás conquistado el voto del señor Amado, ¿es eso lo que te preocupa?

—No, no, lo de Amado salió bien —explicó él—. Toneri está ahora con él.

—Felicidades. ¿Te enfadas siempre que sales victorioso?

—No. —Le acarició los hombros—. No quiero seguir hablando de

Amado ni de victorias.

—Entonces, ¿de qué deseas hablar? —Ella le brindó una mirada llena de inocencia—. ¿De arreglos florares? ¿De los volauvent de la cena?

Como única respuesta, él enganchó el borde de su guante largo con los dedos y los botones se abrieron bruscamente cuando tiró hacia abajo. Se inclinó para besar la piel desnuda de la muñeca una y otra vez. Su cálida y dulce Hinata.

Quería sumergirse en ella y limpiarse de todas las cosas que había hecho, de todas las que debería hacer con la única excusa de llegar a ser Primer Ministro. Había ofrecido esa cena y el baile posterior con la finalidad de intentar conquistar aquellos votos que le darían el poder, para agasajar a hombres que le darían su apoyo a pesar de considerarle un demonio.

Ya no quería ser esa persona. En ese momento quería estar a solas con Hinata y dejar fuera al resto del mundo.

La mirada de ella se suavizó cuando la atrajo hacia su pecho y besó sus labios entreabiertos.

Algo crepitó entre ellos. «Chispas». Siempre había chispas.

Le besó el labio inferior, recreándose en el lugar donde le había mordido. En su interior bailaba algo oscuro, pero no pensaba permitir que arruinara aquello. No mientras sintiera los suaves labios de Hinata cálidos y entregados a los suyos.

Dulce y tierna, así era su Hinata, y aún así tenía un corazón de acero. La besó en la garganta y luego en el hombro, lamiendo la humedad que el baile había formado en su piel.

No era bastante... No, no era suficiente.

La tomó en brazos y la sentó en la mesa donde estaba la ropa limpia y planchada. Antes de que ella pudiera protestar, se puso sobre ella, obligándola a tender la espalda sobre la superficie.

—Vas a arruinar la ropa limpia —adujo ella—. Es un trabajo muy laborioso.

—Pago a mis criados los sueldos más elevados de Londres.

—Por aguantarte...

—Por dejar que te haga el amor sobre montones de ropa limpia. — Cogió los calzones de debajo de su hombro; unos calzones femeninos, de fino y crujiente género—. Tu ropa interior, creo.

Ella intentó arrebatárselos.

—Naruto, por Dios, no puedes airear así mis calzones.

Él los alejó de su alcance.

—¿Por qué, si no los llevas puestos? —El lugar que cubría las nalgas estaba algo raído y el encaje de la abertura entre las piernas había sido remendando muchas veces. Tomó la camisola a juego; otra vez de tela fina, pero gastada—. Konan tiene que equiparte con ropa interior.

—Puedo hacerlo yo misma —repuso la orgullosa Hinata—. Compraré algunos juegos con mi sueldo.

—Quiero que tengas armarios llenos de ropa interior nueva. Deshazte de esta.

—Deberá ser así si la desgarras.

—No me tientes... —El frotó la camisola contra la mejilla—. Son de lino, quiero que sea seda lo que roce tu piel.

—La seda es cara. El lino es más práctico. ¡Ni que fueras a vérmela puesta!

Naruto volvió a alzar los calzones.

—Cuando te los pongas mañana, piensa en mí. —Apretó los labios contra la tela gastada que le cubriría las nalgas.

Ella abrió los ojos como platos.

—¡Qué descaro!

—¿Descaro? ¿Quieres que te enseñe algo realmente descarado?

—Eres un pervertido.

—Jamás he fingido no serlo. —Dejó caer los calzones sobre el montón al tiempo que borraba la sonrisa—. Tú me haces querer serlo, Hinata. En cuanto entro en una habitación en la que estás tú, todos los demás desaparecen.

—Quizá no deberíamos estar en la misma habitación. Tienes muchas responsabilidades en este momento.

—Eres tú quién ha vuelto a entrar en mi vida cuando estoy a punto de conseguir mi mayor éxito. ¿Por qué?

—Para ayudarte, ya te lo he dicho.

Él se inclinó sobre ella para mirar sus ojos perlas.

—Creo que Dios está jugando conmigo. Que quiere vengarse.

Ella frunció el ceño.

—Estoy segura de que Dios no pierde su tiempo en estas minucias.

—Conmigo sí, pero claro, siempre he sido un demonio. Quizá te haya enviado para salvarme.

—Lo dudo mucho. Nadie puede salvarte, Naruto MacUzumaki.

—Mejor. No quiero que me salven. Al menos ahora, no.

—Entonces, ¿Qué quieres? —preguntó ella.

—Quiero que me beses.

La mirada de Hinata se hizo más tierna. Ella le rodeó el cuello con los brazos y él se olvidó de la oscuridad. Se olvidó de Amado, se olvidó de todo menos de aquella mujer.

Sus bocas se encontraron en medio del silencio reinante en el cuarto. Ella era una fuente de calor. La ropa limpia se deslizó debajo de ellos cuando él se tumbó sobre ella, apretando la rodilla entre sus faldas.

Quiso quitarle el vestido y el armazón que tenía debajo. Entonces sería más fácil deshacerse de los calzones y penetrarla con un rápido envite. Estaría con ella por completo. Se llenaría de su calor, se convertiría en uno con la mujer a la que siempre había querido. A la que llevaba años deseando.

Le quitó el guante y se inclinó para besarle la palma. Entonces envolvió el guante alrededor de la muñeca de Hinata y luego en torno a la suya.

Ella le observó, sorprendida, sin saber lo que aquello significaba.

Tampoco él lo sabía. Solo estaba seguro de que la quería a su lado.

La extraña atadura del guante provocó una oleada de calor que atravesó a Hinata de pies a cabeza. Él era pesado sobre ella y el guante que envolvía ambas muñecas, la de él y la de ella, les obligaba a permanecer muy cerca.

Naruto le había enseñado a besar hacía mucho tiempo. Le había mostrado como separar los labios, cómo dejar que entrara en su boca. Había permitido que ese hombre se apoderara lentamente de toda su inocencia. Seduciéndola, enseñándole a ceder a sus deseos y a no tener miedo.

—Hinata... —susurró.

Se le detuvo la respiración. Naruto había dicho su nombre como aquel día en Escocia que estuvieron juntos en la casa de verano, cuando él la tendió en el suelo y la besó bajo los rayos del sol. Él le explicó cuánto y cómo la deseaba exactamente. Ella se había reído, disfrutando de su poder. Hinata Hyûga, poniendo de rodillas al gran Naruto MacUzumaki.

Tonta, había sido tonta. Jamás había tenido poder sobre Naruto, y él se lo demostró ese mismo día.

Y se lo demostraba ahora otra vez. El la besó hasta el atrevido escote, calentándole la piel desnuda. Ella sintió su pelo como seda áspera y supo que era porque había llevado hasta allí la mano libre, enredándola entre los mechones... No le había dicho que hiciera eso.

Iba a volver a destrozarla... Otra vez.

«No, Naruto. Déjame marchar».

Pero las palabras no salieron de su boca. Naruto la besó en la garganta; sintió sus labios, ardientes como una marca al rojo vivo, durante mucho tiempo. Tenía calor tras haber bailado, frío por la breve estancia en la terraza y un intenso ardor interior.

El cuerpo de Naruto se amoldaba al suyo. Naruto MacUzumaki estaba de nuevo entre sus brazos, donde pertenecía.

Él alzó la cabeza y la miró con oscuros ojos azules.

—Te he echado de menos, Hinata.

«Yo también te he echado de menos. Te eché tanto de menos que se me rompió el corazón».

Naruto volvió a besarla, y ella supo que iba a rendirse. Aquella misma noche permitiría que la tomara sin importarle el precio. Era aterrador lo fácilmente que iba a sucumbir.

El guante que les rodeaba las muñecas la hacía estremecer, y todavía se estremeció más cuando Naruto tiró de su mano atada para besarle la sensible piel del interior de la muñeca.

Lamió el mismo punto antes de morderlo, pellizcando la carne una y otra vez. Luego subió para dedicar la misma atención a su cuello.

—Hinata, quiero...

—Lo sé.

—No, no lo sabes. No puedes saberlo. —Él meneó la cabeza—. Tú eres inocente y yo soy el diablo hecho carne.

Ella sonrió con el corazón acelerado.

—Admito que eres un poco diabólico.

—No tienes ni idea de lo que quiere un hombre como yo.

—Creo que sí tengo un poco de idea. Recuerdo muy bien la casa de verano. Y tú dormitorio... aquí y en Rasengan. —Había sido la amante de Naruto MacUzumaki tres veces, y las tres pensó que moriría de felicidad.

—Aquello fue inocente. Me contuve porque no quería hacerte daño.

Y se estaba conteniendo también ahora. Ella leía algo desesperado en sus ojos que no entendía. Deseaba llegar a él, pero no podía.

—No hago más que decirme a mí mismo que eres preciosa y frágil — explicó él—. Pero tienes un fuego dentro que quiero tocar. Quiero enseñarte mis maléficos juegos y avivarlo, mostrarte en qué puede convertirse esa llama.

—Pues no suena mal.

—Es posible, Hinata. Pero puedo ser muy malo.

—No tengo miedo —aseguró ella con una sonrisa.

La risa de Naruto estaba llena de calor.

—Eso es porque no me conoces bien.

—Te conozco mejor de lo que piensas.

—Me tientas cada vez que me miras. Con ese abanico... —Naruto lo cogió de la mesa, donde ella lo había dejado y lo lanzó al aire.

Ella levantó la mano en señal de protesta.

—¡Santo Cielo, Naruto! Si lo has roto... Los abanicos son muy caros.

—Te compraré uno nuevo. Te compraré una carreta de abanicos si me prometes que no volverás a usarlo como hiciste esta noche... Me decías, a mí y a cada hombre de aquella estancia, que querías ser besada.

Ella abrió los ojos como platos.

—Yo no he hecho eso.

—No hacías más que golpearte suavemente los labios con esa maldita cosa y mirar a tu alrededor con expresión inocente.

—No hice eso.

—Conseguiste que quisiera tomarte allí mismo; en el salón de baile.

Como quiero tomarte ahora. Te quiero desnuda sobre esta mesa y quiero...

El detuvo sus palabras. A ella se le aceleró el pulso.

—¿Quieres qué?

Naruto le lanzó una mirada capaz de derretirla.

—Lo quiero todo. Ser tu amante de todas las maneras posibles. Quiero acudir a tu dormitorio por las noches y enseñarte cosas que te dejarán conmocionada. Será mejor que cierres la puerta, Hinata, porque no sé cuánto tiempo lograré mantenerme alejado.

Su sonrisa era puro pecado. El hombre que siempre había sabido que era, por fin al descubierto. Pero Naruto tenía razón; en todas aquellas ocasiones se había contenido. Ella había vislumbrado una intensa voracidad en sus ojos cuando la miraba, un ansia que él enmascaraba siempre con rapidez.

—Ya te lo dije, no tengo miedo —aseguró ella—. No soy una virgen inocente que necesita consuelo y protección. Después de todo, fui yo quien animó a Haruna para que se fuera con Nagato.

—¿De verdad, picaruela?

—Haruna acudió a mí en busca de consejo, dado que yo tenía experiencia con un MacUzumaki.

Él le acarició el pelo con suavidad, con ternura.

—Te deseo. Te he deseado cada día desde que te conocí. Siempre has sido tú. Y por eso, tienes que bajarte de la mesa y alejarte de mí. Ahora.

—Pero...

Naruto la alzó al tiempo que se incorporaba y volvió a besarla, obligándola a abrir la boca bajo la de él. Le raspó los labios con los dientes, pero ella se entregó igualmente, y sus labios respondieron, enredándose y acariciando los suyos.

De pronto, él la soltó, y ella cayó hacia atrás, encima de la ropa limpia; jadeando y con la boca palpitando en ese punto donde él la había magullado.

Naruto la hacía sentirse floja, libre... Le puso la mano en el bíceps y notó los músculos duros como el acero debajo de la chaqueta.

Él se inclinó hacia su oreja.

—Tienes que alejarte de mí, Hinata Hyûga —le susurró al oído—. Dices que no necesitas protección, pero es justo lo que necesitas. De mí.

Volvió a besarla con dureza... Un beso exigente. Al mismo tiempo, notó que le liberaba la muñeca y el guante cayó sobre su pecho. Naruto volvió a acariciarle los labios con los suyos una vez más antes de alzarse y ponerse en pie.

Ella se sentó y sostuvo el guante entre las manos mientras trataba de serenar su respiración. Él le pasó la mano por el pelo antes de inclinarse para volver a besarla.

Sus ojos estaban llenos de ansiedad, de anhelo y de cierta ferocidad. Ella sabía que debería temerle, pero no era así. Naruto la deseaba a pesar de los años transcurridos, y eso la excitaba y calentaba por dentro.

Le vio luchar contra aquella hambre, le observó ocultarse bajo un férreo autocontrol.

Él rozó la esmeralda que colgaba en su oreja con dedos temblorosos.

—Guarda los pendientes —ordenó—. Te quedan bien.

Y se dio la vuelta sin disculparse ni despedirse. Cerró bruscamente la puerta y recorrió el pasillo a grandes zancadas, dejándola sola y temblorosa sobre la mesa del lavadero, rodeada de ropa arrugada.

A la mañana siguiente, Naruto entró despreocupadamente en su comedor privado, y se lo encontró lleno de gente. Había intentado levantarse pronto a pesar del baile, pero al final había permanecido en la cama fantaseando; Hinata había invadido sus sueños.

En ellos bailaban sin cesar y el vestido verde se deslizaba con cada vuelta, revelando sus hermosos y atractivos pechos. Sin embargo, ella danzaba cada vez más lejos de su alcance. Le sonreía, sabedora de su deseo, como si le dijera que no podría tenerla.

Miró con irritación a su alrededor antes de dirigirse al aparador. Tenía hambre.

—¿Es que nadie tiene casa propia?

Yahiko alzó la mirada desde la cabecera, donde untaba una tostada con mermelada para Konan, que estaba sentada a su lado. Su cuñada hizo caso omiso de sus palabras y continuó escribiendo en el pequeño cuaderno que siempre llevaba consigo. Yahiko le había acusado en una ocasión de querer organizado todo hasta extremos increíbles, pero Konan y sus listas le vencían contundentemente.

Menma estaba sentado en un punto intermedio, con el periódico abierto ante él. Su hermano menor podía leer de una manera extraordinariamente rápida si no había nada que llamara su atención; de hecho, pasó dos páginas en el tiempo que él tardó en abrir las bandejas y servirse huevos y una salchicha en el plato. Lord Hyûga estaba sentado junto a Menma, leyendo también un diario; pero el hombre mayor era mucho más lento, parecía absorber cada palabra de las páginas.

Hinata era la única persona que faltaba. Su ausencia le irritó todavía más.

—Yo tengo mi propia casa, pero creía haber sido invitado —intervino lord Hyûga sin levantar la vista.

—No me refería a usted, Hyûga, sino a mis hermanos. Tanto uno como otro tienen unas casas en perfectas condiciones, llenas de sirvientes.

Konan le lanzó una despreocupada mirada.

—Naruto, ya te lo he dicho. Los decoradores han comenzado por los dormitorios.

Sí, lo sabía. Menma, por su parte, tenía una enorme casa en Belgrave Square que Tanahi había heredado de una anciana para la que trabajó como dama de compañía. Sabía que su hermano y su cuñada mantenían la casa abierta y en funcionamiento, por si les daba por hacer un viaje a la ciudad.

Pero Menma, por supuesto, no dijo nada, limitándose a pasar otra página del periódico. Su hermanito no daba explicaciones, incluso aunque fingiera escuchar.

Llevó su plato a su sitio, en la otra cabecera de la mesa.

—¿Dónde está Hinata?

—Pobrecita, todavía está durmiendo —informó Konan—. Trabajó como una burra durante todo eldía y parte de la noche. Hace apenas unas horas que despidió a los últimos invitados. Es probable que esté exhausta también por la manera en que la condujiste por la pista de baile. Sabes que está en boca de todo el mundo, Naruto. ¿Qué piensas hacer al respecto?

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Continuará...