Lucy no les dijo nada a los Dreyar sobre el vehículo en que la hicieron montar, aunque se sentía indignada por tener que viajar en un carro de mercancías. El banco del cochero en que se sentaba no tenía respaldo, ni un toldo que la protegiera del sol de junio, que se iba volviendo más caluroso a medida que avanzaba el día. Tuvo la idea espontánea de que tal vez llegaría sudada al rancho o, aún peor, quemada por el sol.
Si supiera seguro que sus parasoles estaban en la maleta que le quedaba, les pediría a los hermanos que parasen para coger uno, pero no había hecho ella las maletas, así que no lo sabía, y le daría mucha vergüenza hacerles esperar mientras revolvía esa maleta y luego terminar con las manos vacías. Su elegante gorro era un bonito accesorio de vestuario pero no servía demasiado para protegerla del sol, de modo que acabó utilizando la mano a modo de visera para cubrirse la cara. Ahora le resultaba evidente por qué los hombres del Oeste llevaban sombreros de ala tan ancha. Incluso había visto a un par de mujeres en el pueblo con sombreros de ese tipo.
Mientras Sting conducía el carro y Rufus cabalgaba a su lado, Lucy iba tan erguida cómo era posible, aunque empezaba a dolerle la espalda del esfuerzo. Su madre lloraría si viese la incomodidad que estaba sufriendo por una promesa que ella había hecho. No, en realidad Layla diría alguna frase de ánimo del tipo «algún día podrás reírte contándoselo a tus nietos». Lucy se habría reído porque sus nietos serían neoyorquinos decentes que se horrorizarían al pensar lo que había tenido que soportar. Pero Layla le susurró en la cabeza: «O un puñado de vaqueritos que se horrorizarían de que lo mencionaras.»
¡Qué absurdo! Estaría en casa disfrutando de la fulgurantes vida social de Nueva York con sus amistades, asistiendo a fiestas maravillosas, conociendo a caballeros decentes que jamás habrían oído hablar de forajidos, ¡y mucho menos de indios! ¡Ella no debería estar allí! ¿Y por qué estaba? ¿Por qué dos vecinos eran incapaces de llevarse como buenos vecinos?
—Si se acerca algún jinete, échate atrás y escóndete —dijo Sting.
Qué manera tan desagradable de despertarla de su ensoñación.
—¿Por qué? —preguntó asustada.
—Podría ser un Heartfilia.
Lucy se mordió la lengua para no responder. ¿Qué diría Jennifer? ¿No aprovecharía el ama de llaves la oportunidad para decirles a los Heartfilia que había decidido trabajar para los Dreyar en vez de para ellos porque le ofrecían el doble de sueldo? Qué innoble, aunque probablemente sería lo que habría hecho la auténtica Jennifer si se lo hubieran ofrecido. Pero la joven estaba de regreso al Este.
Aunque Lucy no quería arriesgarse a topar todavía con su padre o alguno de sus hermanos, tenía que responder como lo habría hecho Jennifer.
—Debería hacerles saber que he decidido trabajar para su familia en vez de para ellos. Sería lo más honorable.
—Los Heartfilia no conoce el significado de la palabra honor —bufó Sting—. Además, esto ha sido idea de nuestro padre para tocarle las narices al viejo Jude, así que deje que sea papá quien se regodee de ello cuando llegue el momento.
Aquella observación la hizo darse cuenta de que no podía enviarle a Jude la nota de Jennifer sobre su decisión de volver a Chicago, no si los Dreyar pretendían hacerle saber que Jennifer estaba con ellos. Podría llevarle a sospechar, incluso podría llevarlo directamente a ella, exigiendo una explicación sobre por qué le había mentido. Pero empezaba a preguntarse si Jude había sido sincero con Layla en sus cartas. Sonaba como si la enemistad hubiera ido a más y fuera peor de lo que le había hecho creer su madre. La manera en que los Dreyar hablaban de su familia con tanta mofa le hizo dudar de que una boda pudiera acabar con la rivalidad. ¡Tal vez los Dreyar ya habían anulado el compromiso y ella no tenía ninguna necesidad de estar allí!
Era algo que tenía que averiguar enseguida.
—Han dicho ustedes que no se llevan bien con sus vecinos, pero a mí me da la impresión de que me estoy metiendo en medio de una guerra. ¿Es eso?
—No, señorita. —Sting sonrió socarronamente—. Un hombre puede odiar a sus vecinos sin matarlos.
Hasta aquí la idea de poner unas excusa rápida para volverse a casa. Sting ni siquiera mencionó la enemistad, así que no podía preguntarle concretamente por eso, teniendo en cuenta que Jennifer no podía saber nada del tema. Pero sí que podía tratar de averiguar más sobre la familia Dreyar. El ama de llaves sentiría curiosidad por la gente para la que iba a trabajar.
Sting la había mirado varias veces mientras hablaban, y al final reparó en sus dificultades con el sol y dijo:
—A ver, cámbiese de sitio conmigo. —Paró el carro y le dio la mano para ayudarla a pasar a su derecha sin perder el equilibrio—. Así le haré un poco de sombra.
Al ser tan alto, realmente sí que le tapaba el sol, aunque todavía no había terminado. También le encasquetó su sombrero de ala ancha, encima del gorro, el cual evitaba que el sombrero le cayera sobre los ojos. Lucy estuvo a punto de reírse al pensar en el aspecto que debía de tener. Pero el sombrero evitaba que le diera el sol en la cara. Se sintió más que agradecida por la consideración de Sting. Le hizo pensar un poco más amablemente en Dreyar, como mínimo en aquel Dreyar.
—Gracias —le dijo con una sonrisa mientras él volvía a arrear los caballos—. Por cierto, ¿cómo han sabido que llegaba al pueblo?
—Nos lo dijo uno de los empleados disgustados de los Heartfilia.
—Me refiero a cómo han sido que llegaría hoy, cuando el tren traía tres días de adelanto.
—No lo sabíamos. Teníamos que recoger un pedido en la estación para nuestro hermano —dijo señalando la trasera del carro. Lucy se giró y vio un par de cajas que se parecían a las que había visto descargar del tren—. Nos avisaron de que se esperaban para hoy. Confiábamos que tal vez usted también vendría en el tren, pero no esperábamos tener tanta suerte.
«Entonces mi padre también tendría que haber estado allí para recogerme», pensó Lucy. Pero era evidente que no le importaba lo suficiente como para averiguar que el tren llegaría antes de lo previsto.
Lucy se sacudió el dolor que le causaba aquella idea y preguntó:
—¿De qué clase de casa tendré que encargarme? ¿Cuántos criados?
—Dos criadas. Necesitaríamos más, pero resultan difíciles de encontrar.
Lucy no se lo pudo creer. ¿Para qué contrataban a un ama de llaves si no tenían el personal suficiente que justificara tenerla? Aunque como le habían dado la oportunidad de cumplir la promesa hecha a su madre conociendo a Laxus Dreyar, y al mismo tiempo evitar a su padre, tampoco era cuestión de observárselo.
—¿Puede hablarme un poco de su familia y del lugar adonde me llevan? —preguntó en cambio.
—Somos ganaderos, igual que los Heartfilia. Somos los propietarios del rancho Triple D, con doscientas hectáreas y más de mil cabezas de ganado.
Lucy quedó impresionada, aunque preguntó:
—¿Y ya es suficiente tierra para tantas vacas?
—Por supuesto que no —Sting rió—, no guardamos a los rebaños en el rancho. Esta es una zona de pastos libres en todas direcciones.
—¿Y qué significa eso exactamente?
—Pasto gratuito para los rebaños.
Por tanto, era evidente que las dos familias no se peleaban por la tierra, sino solo por el agua, aunque ella todavía no había visto ni rastro de agua. Habían tomado un camino hacia el norte del pueblo. Lucy contempló los verdes campos de hierba que se extendían a ambos lados del camino y las enormes montañas nevadas en la lejanía. Nunca había visto montañas tan imponentes excepto en pinturas y libros de fotografías. Pasaron por un bosque con un campamento de explotación forestal. Pasaron junto a una casa solitaria de estilo Nueva Inglaterra, un extraño recordatorio de casa. Era de piedra, por lo que tenía que haber alguna cantera cerca. Había oído que la industria se estaba instalando en el territorio, y con tanto campo abierto no alteraba la belleza del paisaje natural.
Tenía que reconocer que era un paisaje precioso, aunque jamás lo haría ante Erza. Pero Sting todavía no había dicho nada sobre su familia ni sobre Laxus, que era quien más le interesaba a ella.
Buscando hacerle mencionar a su prometido, Lucy preguntó a continuación:
—¿Son muchos en la familia?
—Tengo tres hermanos. Yo soy el más joven, Laxus es el mayor. Al segundo, Zancrow, el muy necio, le entró la fiebre del oro y nos abandonó el año pasado cuando se descubrió otro filón de oro más cerca de Butte, uno de los mayores pueblos mineros de la región. Papá se enfadó mucho, pero Zancrow es tozudo y sí que encontró algo de oro, no lo suficiente para hacerse rico pero sí para no tener que volver a casa.
—¿Y por qué lo convierte eso en un necio?
—Somos ganaderos —bufó Sting—, y ya hay mas mineros en Montana de los que se pueda contar. Demonios, si el año pasado encontramos cobre en nuestras tierras. Papá supuso que eso podría hacer que volviera Zancrow. Se dijo que si quería avergonzarnos siendo minero, al menos podía serlo en casa. Pero no funcionó… todavía.
Lo que acababa de decir no le daba pie a Lucy para preguntarle directamente por Laxus. Tendría que esperar a conocerlo para averiguar cómo era.
Más adelante vio un estanque grande -¿o era un lago pequeño?- rodeado de floridos prados. Incluso había algunos árboles que daban sombra cerca del lago. Era el tipo de paraje hermoso y tranquilo que uno buscaría para ir de pícnic.
El camino llevaba directamente al pequeño lago y se bifurcaba a ambas riberas. El río que lo alimentaba era bastante ancho y parecía demasiado profundo para cruzarlo, probablemente todavía crecido por el deshielo. Más al norte ya la izquierda del serpenteante río había una larga masa marrón oscuro que despertó la curiosidad de Lucy.
—¿Qué es eso?
Sting siguió su mirada.
—El rebaño de los Heartfilia. A esta hora les toca a ellos.
—¿Les toca?
—Llevar el ganado al agua. Por la mañana ellos, por la tarde nosotros. Hace tiempo que ambas familias decidimos no tentar la suerte encontrándonos en el río a la hora de abrevar.
—¿Por qué?
—No tiene sentido estimular los malos humores ni tentar a nadie a disparar. Además, un disparo puede provocar una estampida. Antes pasaba mucho.
Lucy apenas escuchó su respuesta, con la mirada fija en los jinetes que impedían que el rebaño cruzara el río. Cuando cayó en la cuenta de que podrían ser sus hermanos, que podía estar tan cerca de ellos, se le aceleró la respiración. Pero los vaqueros estaban demasiado lejos como para distinguirlos. Luego el carro giró y perdió de vista a vacas y vaqueros, aunque alcanzó a ver un edificio en construcción. Quedaba un poco apartado del lago y todavía no tenía paredes, solo la estructura. Tendría unas vistas increíbles…
Santo cielo, pensó, aquello tenía que ser la franja de tierra en contienda que ambos ranchos reclamaban como suya. Y aquella tenía que ser la casa que ambas familias habían estado construyendo para ella y Laxus y cuya construcción se había paralizado porque ya no se soportaban. No importa, pensó, ya que no tenía ninguna intención de vivir allí.
La idea la hizo sentirse incómoda. Aquella gente esperaba que ella pusiera fin a la enemistad. La casa se quedaría vacía si ella no se casaba con Laxus. Muy probablemente, jamás se terminaría. Un peso que le habían puesto sobre los hombros. Se sacudió la idea de la cabeza, contrariada. No era responsabilidad suya llevar la paz a la región, ¡por supuesto que no!
Poco después se desviaron del camino y se encaminaron hacia una casa grande con un largo porche cubierto. De dos plantas de altura y construida con tablas uniformes, la casa de los Dreyar no era la pequeña cabaña de troncos que ella medio se esperaba. La casa no tenía nada de rústica. Bueno, al menos no por fuerza, si no te fijabas en la escupidera situada entre dos sillas en un extremo del porche ni en los rastros de barro que llevaban hasta la misma puerta.
Rufus desmontó. Después de devolverle su sombrero a Sting, Lucy dejó que Rufus la ayudase a bajar del carro. En cuanto puso los pies en el suelo dijo:
—Me gustaría instalarme y darme un baño antes de conocer al cabeza de familia. ¿Hay algún mayordomo que pueda…?
—¿Algún qué? —preguntó Sting mientras rodeaba el carro—. Habitaciones no faltan. Papá esperaba tener más de cuatro hijos, así que construyó la casa más grande de lo necesario. Los dormitorios de la planta baja ya están ocupados, pero hay espacio de sobra arriba. Elija usted misma alguna que encuentre vacía. El baño está abajo, junto a la cocina. Y no hace falta que vaya al pozo por agua, tenemos bombas.
Aquello era más información de la que Lucy habría querido oír. La parte del baño la hizo gruñir en su fuero interno. Sería intolerable si alguien si alguien más de la familia utilizaba el mismo baño. Casi demasiado intolerable. Tal vez aquella comedia no era tan buena idea, a fin de cuentas.
Sting miró de repente por encima de su cabeza y gritó:
—¡No me vendría mal un poco de ayuda, Laxus!
—Ni lo sueñes. —Lucy oyó una risotada detrás de ella—. No fue idea mía volver a sulfurar a los Heartfilia. Tú has secuestrado a su bonita criada, tú te apañas con ella.
La joven se volvió bruscamente para ver a su prometido. Pero dos hombres pasaban cabalgando junto al carro, y no sabía cuál de ellos era Laxus Dreyar. Tampoco se detuvieron, de modo que Lucy no pudo verlos bien.
Entonces las palabras de Laxus resonaron con fuerza en su cabeza y se volvió con los ojos como platos hacia Sting.
—¿Secuestro?
