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| REINICIO |
Parte I
Capítulo 8
Cuando Harry volvió a verse en portada al día siguiente bajo titulares sensacionalistas que incluían a Hermione, recordó que durante los desayunos en Grimmauld Place, cada vez que especulaban sobre su vida amorosa, solía bromear con sus amigos al respecto; Ginny le había enseñado a tomárselo con humor en lugar de enfadarse cada vez que se inventaban bulos sobre él. Esa mañana, sin embargo, no había nadie en su cocina con quien poder comentarlo más que Dobby.
—¿Cómo de a menudo suelo aparecer en las portadas, Dobby?
—El amo suele aparecer una vez por semana, Harry, señor.
Con un gruñido de desaprobación, Harry leyó en diagonal hasta que sus ojos captaron el nombre de su padre y entonces prestó atención a lo que la desgraciada de Rita Skeeter se había atrevido a escribir esa vez: no solo había incluido una lista detallada de todos sus amantes conocidos —mujeres y hombres—, sino que además lo había comparado con las conquistas de su padre y, para su horror, estaban muy a la par. Al menos todavía no se había filtrado a la prensa la noticia de su boda, pero era cuestión de tiempo.
Desde el momento en el que supo que se dedicaba profesionalmente al quidditch, se había despedido de una vida tranquila siendo anónimo y si se había preguntado por qué el otro Harry mantenía en secreto la ubicación de su vivienda, el acoso de la prensa le parecía un motivo más que suficiente para hacerlo.
Si el desayuno no se le agrió al ver aireados los detalles íntimos de su vida privada y la de su padre fue únicamente porque ya estaba acostumbrado a la fijación que Skeeter tenía por él y por exagerar todo lo que escribía, aunque tras haber presenciado con sus propios ojos la colección de ropa íntima que tenía en la sala de los trofeos, dudaba de que necesitase inventarse mucho en ese aspecto.
—Dobby, tengo pensado hacer cambios en la casa —anunció, dejando el periódico a un lado—. Para ello necesito los planos originales, el registro de su alteración mágica y que me lleves al corazón de la casa.
—¿Ahora, señor?
—No, ahora no. Pero no quiero que pase de este fin de semana.
—Oh, pero amo… Harry, señor, este fin de semana tiene que…
Dobby vaciló y se retorció las manos con nerviosismo.
—¿Qué pasa este fin de semana?
—Los preparativos para Beltane, amo.
—¿Beltane? —repitió sin comprender.
No es que no supiera lo que era Beltane, pero no entendía por qué Dobby se lo estaba señalando.
—El amo siempre celebra Beltane. El amo lo preparó todo para la celebración de este año, señor.
—Te refieres al otro Harry…
Dobby asintió efusivamente y, todavía encorvado, volvió a frotarse las manos con nerviosismo; Harry echaba mucho de menos a su pequeño amigo, el que había sido valiente e impetuoso.
—¿Y qué es lo que ha preparado exactamente?
El elfo doméstico chasqueó los dedos y sobre la mesa apareció un archivador del tamaño de los tomos gigantescos que Hermione solía leer junto al fuego de la chimenea. Harry lo abrió con cierto temor y respeto. En su interior se topó con una caligrafía desordenada y caótica, pero aun así mucho más entendible que la suya propia.
—El amo Draco pidió a Dobby que anotase todo cuanto el amo Harry lo obligase a hacer durante el último año. Dobby ha estado registrándolo todo, señor.
Harry leyó en diagonal una vez más y pasó las páginas para hacerse una idea del tipo de información que tenía en sus manos; no era por despreciar el esfuerzo de Hermione, pero ese archivador superaba con creces su carpeta.
—Esto es increíble, Dobby. Muchas gracias.
Una vez más, el elfo no supo cómo reaccionar ante sus palabras de gratitud, así que pasó de nervioso a frenético y Harry tuvo que mandarlo a ocuparse del huerto para que se calmase.
Ron vendría a cenar esa noche y, aunque Harry quería cocinar para su amigo, todavía no había conseguido que Dobby no entrase en pánico cada vez que pasaba más de cinco segundos en la cocina.
La propia distribución de la casa era extraña dadas las circunstancias; si el otro Harry realmente había sido un niño malcriado, acostumbrado a que sus elfos domésticos se lo hiciesen todo, no tenía sentido que la cocina estuviera abierta y conectada al salón, mucho menos justo debajo del dormitorio, que también era abierto. Su conclusión era que debía haber sido elección de Malfoy por algún motivo enrevesado que solo él conocía.
No planeaba modificar nada de esa estancia porque le gustaba tal cual era, pero tenía planes para el resto de las habitaciones y empezaría deshaciéndose de todo recuerdo lascivo de la vida sexual del otro Harry.
También tenía que sacar tiempo y valor para examinar los recuerdos almacenados en la sala oculta, que por lo que había visto el domingo, había suficientes como para responder a muchas de sus preguntas, o eso esperaba al menos. No estaba listo, sin embargo, para descubrir de primera mano el tipo de persona que habría sido de haber crecido en esa línea temporal. No lo estaba en absoluto y teniendo en cuenta lo irritable que lo volvía el síndrome de abstinencia, necesitaba concentrarse en algo que le drenase toda la energía, consumiese todo su tiempo y mantuviese ocupada su mente; una reforma del hogar era perfecta para ello.
Era uno de los temas de los que quería hablar con Ron esa tarde. Había quedado con él en el callejón Diagon para ver el gabinete y ponerse al día; Harry estaba emocionado por contarle cómo había sido su encuentro fugaz con su madre. La expectativa de reunirse con su mejor amigo amenizó la dureza del entrenamiento y los golpes que recibió de las bludgers. Lo ayudó también a soportar las burlas y las humillaciones.
Para entonces, Harry ya sabía quién era quién en las Montrose Magpies. El equipo estaba compuesto por dieciséis jugadores, de los cuales solo siete eran titulares: Oliver Wood era el guardián y continuaba siendo tan disciplinado y fanático del deporte como Harry lo recordaba; Alice Monaghan y Kristoffer Nordholm eran los golpeadores, ambos eran serios y reservados, los más veteranos y a los que todos escuchaban y obedecían sin replicar; Hayden Pearson, Kamala Anagal y él eran los cazadores, y aunque Hayden lo ocultaba mejor que Kamala, le molestaba tanto como a ella lo mucho que los entorpecía; y Shao Ning era la buscadora, la más joven y enérgica del equipo. De reservas tenían a Saara al-Kamel y a Orla O'Scully como guardianas, quienes se burlaban de Harry tanto como Austin Devlin y Liam Ross, los golpeadores; Linda Pelowski, Gijsje van Harten y Pepe Rodríguez, los cazadores, eran mucho más amigables con él por fortuna, pero Edith Hughes y Sven Schmitz, los buscadores suplentes, formaban parte del grupo que se divertía ridiculizándolo.
Cuando el entrenamiento por fin terminó, Harry salió de los primeros, pensando en cómo agradecer a Dobby su ayuda, no solo por el archivador o por las labores domésticas, sino con la abstinencia. Dobby había preparado una poción placebo con la que engañar a su cuerpo y el resultado estaba siendo sorprendente; de dónde había sacado el elfo la receta para ello era un auténtico misterio.
Antes de usar la red flu para transportarse desde el Pica Pica en Forfar hasta el Caldero Chorreante en Londres, Harry había usado el hechizo que le había enseñado Hermione para modificar sus rasgos faciales y evitar de esa manera ser reconocido tanto en la taberna como en el callejón Diagon; ese día no tenía paciencia para lidiar con la prensa.
Mientras caminaba por los adoquines del callejón Diagon, Harry no pudo contener una expresión de admiración: los edificios de corte tudor, con elementos góticos y victorianos, continuaban tambaleándose con la viveza de su magia, pero la modernidad había llegado al callejón y se mezclaba con los elementos tradicionales con más armonía de la que creería posible. Los transeúntes que volaban sobre escobas lo hacían por carriles aéreos con señales de tráfico para evitar accidentes, si bien esas señales diferían de las del tráfico muggle. La publicidad había cobrado importancia y cada tienda tenía un llamativo anuncio animado con magia sobre los productos que vendían. Las compras las introducían en bolsas que se ataban como si de globos se tratasen y que flotaban por encima de las cabezas de sus portadores. La gente ya no vestía con túnicas y capas exclusivamente, sino que la sociedad mágica había desarrollado su propia tendencia de moda y combinaban prendas con cortes y diseños que Harry no habría sido capaz ni de imaginar.
Mirara donde mirase, veía el logotipo de Industrias Potter por todas partes: la cornamenta de un ciervo saliendo de un círculo. Todos esos cambios se habían producido porque James Potter no había muerto y el pensamiento volvió a estremecerlo una vez más.
Conforme avanzaba por el callejón, fue descubriendo los cambios más significativos en los establecimientos. Lo más emblemáticos continuaban donde siempre habían estado: la tienda de varitas de la familia Ollivanders, la librería Flourish & Blotts, y las diferentes tiendas donde los alumnos de Hogwarts compraban sus materiales. Sin embargo, no había ni rastro de otras como la de Madame Malkim —el lugar donde Harry había conocido a Draco, recordó de manera agridulce—, la tienda de animales mágicos donde Hagrid había conseguido a Hedwig para él o Hermione a Crookshanks, o Sortilegios Weasley.
Eso último no era del todo cierto; Sortilegios Weasley sí que existía pero no era una tienda de bromas, sino un gabinete para la predicción del futuro y el alivio emocional, según rezaba el cartel promocional de su entrada, donde el otro Ron posaba envuelto en una niebla que difuminaba su imagen.
No podía imaginar lo que su amigo había sentido al descubrir que el gabinete estaba donde había estado la tienda de sus hermanos y que, además, conservaba el mismo nombre, pero seguro que fue tan sobrecogedor como lo que estaba sintiendo él.
El interior había cambiado tanto como el exterior, que ya no era colorido y llamativo, sino místico y misterioso. La estancia desprendía un poderoso olor a incienso que embotaba los sentidos, la decoración era mucho más lúgubre y no había estanterías repletas de artículos variopintos que daban ganas de descubrir para qué servían.
—Bienvenido a Sortilegios Weasley. ¿En qué puedo ayudarlo, señor?
Harry casi se sobresaltó al escuchar la aguda y chirriante voz de la dependienta que se encontraba al otro lado del mostrador. Era una chica joven, probablemente de su edad, pelirroja y pecosa como una Weasley, pero con los ojos marrones en vez de azules. Su parecido con Ron, de hecho, era tan similar que estaba convencido de que estaba mirando a una de las primas Prewett.
—Hola, he quedado con Ron.
La chica consultó su agenda con confusión; era tan alta como Ginny, pero no tenía su físico atlético, sino las caderas anchas de Molly y de Charlie. Vestía con un vestido violeta lleno de brillo llamativo y de su cuello colgaba una gran cantidad de collares, casi tantos como las pulseras de sus muñecas. Probablemente estuviese suscrita al Quisquilloso, porque llevaba otros accesorios que le recordaron a los que solía usar Luna.
—El señor Weasley no tiene citas para la tarde.
—Ya, porque hemos quedado —insistió.
Ella volvió a mirarlo sin entender y no fue sino hasta que Harry vio su reflejo en una de las bolas de cristal decorativas de la sala de espera que recordó que todavía estaba bajo el efecto del hechizo.
—¿Y puedo saber su nombre para informar de su llegada?
Su voz era tan estridente que arañar una pizarra sonaría menos doloroso; Harry sacó la varita y se apuntó con ella al rostro para que sus rasgos volvieran a la normalidad.
Con la mandíbula desencajada, la prima Prewett lo señaló con el dedo sin importarle si era un gesto de mala educación.
—¡¿Potter?! ¿En serio? ¿Cómo has…? Ugh, seguro que es magia oscura. ¿Cómo te atreves a profanar este espacio con magia tenebrosa?
La chica era muy expresiva y, al irritarse, su voz adquiría un tono incluso más agudo que resultaba letal para los oídos.
—Es un hechizo transformador de nivel avanzado —dio por toda respuesta, no queriendo revelar más—. ¿Puedes decirle a Ron que he llegado, por favor?
—No, no, no. —La prima Prewett salió de detrás del mostrador y se llevó las manos a la cintura en un calco de la pose que adoptaba Molly cuando regañaba a sus hijos—. Acabas de contaminar todo el ambiente con tu presencia, ugh. Sal ahora mismo y gira siete veces sobre tu lado dominante para reinstaurar tu aura y restablecer la armonía de esta sala.
Harry se la quedó mirando pasmado.
—¿Es en serio?
—Por supuesto que es en serio; siempre has desprendido un karma muy desagradable y… ¡ugh! ¡Sal de una vez!
La prima Prewett comenzó a agitar los brazos y a dar saltitos, como si quisiera empujarlo pero no se atreviese a tocarlo por temor a contagiarse de su mal karma o lo que fuese.
—Vale, ya salgo. ¿Pero podrías avisar a Ron de que estoy aquí al menos?
—¿Qué quieres de él? ¿Qué es eso tan importante como para que haya despejado su agenda de la tarde? No irás a embaucarlo con alguna de tus tretas, ¿verdad? ¡La última vez lo utilizaste para apostar en peleas ilegales de hipogrifos! Si alguien lo descubriese, perdería su licencia y no le permitirían volver a ejercer en su profesión. ¿Es eso lo que buscas, Potter? Porque te lo advierto: te destruiré si Ronald se mete en problemas por tu culpa.
No había necesitado sacar la varita para hacerle sentir que la amenaza era real; la prima Prewett le recordaba a una Molly joven y vigorosa que protegería con uñas y dientes a sus seres queridos y, pese a su situación, no pudo evitar sonreír.
—Te prometo que no tengo ninguna intención de meter en problemas a Ron.
Sus palabras, o quizás su sonrisa, o las dos cosas, la desconcertaron y, afortunadamente, Ron apareció en ese momento de detrás de una cortina.
—¡Harry! Me había parecido escuchar tu voz.
Aprovechando que la prima Prewett todavía le daba la espalda, Ron hizo una de sus señas y, cuando esta se giró para encararlo, Harry le devolvió el saludo secreto.
—Hola, Ron.
—¡No me dijiste que habías quedado con Potter! —lo acusó con esa voz increíblemente aguda.
—Megan, en serio, ¿qué te he dicho de gritar? ¡No estoy sordo!
—¡No tendría que hacerlo si no me sacaras de quicio!
Ron inspiró profundamente para armarse de paciencia.
—¿Puedes asegurarte de cerrarlo todo al salir? Yo me voy ya.
—¿A dónde vais? ¿Qué vais a hacer?
—¡Argh! ¿Por qué eres tan pesada? Vamos a comprar el regalo de cumpleaños de Primrose, ¿vale? —expuso y Harry se cuidó de no mostrar ninguna expresión de sorpresa—. ¡Merlín! ¡Qué cotilla eres!
Sin esperar a una réplica, Ron salió primero y Harry lo siguió, dirigiendo una última mirada a Megan Prewett, quien había entrecerrado los ojos como lo hacía Molly cada vez que no se creía alguna de las explicaciones de Fred o George para justificar algo.
Una vez fuera, siguió a su amigo a paso veloz para alejarse de Sortilegios Weasley y de la prima Megan.
—¡Te lo juro, Harry! No sé cómo el otro Ron la soportaba; si no fuera a cerrar en breve, la despediría sin miramientos.
Harry dudaba mucho de que realmente se atreviese a hacer algo así, aunque solo fuese por no tener que lidiar con los reproches y la indignación de su madre, pero no hizo ningún comentario al respecto.
Lo que necesitaba que le confirmarse, sin embargo, era algo muy diferente:
—¿Iba en serio lo del cumpleaños?
—Sí, tío —confirmó y le dirigió una expresiva mirada de espanto—. Es en dos fines de semana y coincide con una salida a Hogsmeade, así que quiere que tengamos una cita y me ha escrito una descripción muy detallada de lo que espera que suceda.
—Si son detalles sexuales no quiero saberlo —suplicó; ni siquiera era capaz de ponerle rostro a su nueva hermana como para querer imaginársela como una depravada.
Ron y él nunca hablaban de ese tipo de cosas, era una especie de tabú dado quiénes habían sido sus respectivas parejas; los dos habían acordado en una conversación sin palabras que eran más felices en la ignorancia.
—Ni yo quiero contártelo —aseguró—. Me siento como un asaltacunas.
—Piensa en mi padre y se te pasará.
Le dio una palmada de ánimos en la espalda y Ron mostró una de sus sonrisas torcidas circunspectas.
—¿Entiendo que ya podemos hacer bromas sobre ello? Tío, me da mucha grima pensarlo. —Harry asintió, no pudiendo estar más de acuerdo—. ¿Has hablado con él?
—Todavía no, pero ayer conocí a mi madre.
—¡Hostia! —La exclamación le salió del alma—. ¿Y cómo fue?
—Bien, creo —murmuró, revolviéndose el cabello—. Al menos esta vez no salí corriendo.
Ahora fue el turno de Ron para darle una palmada en la espalda con la que infundirle ánimos.
—No te fustigues.
Asintiendo nuevamente, Harry decidió seguir su consejo, o intentarlo al menos, pero cada noche antes de quedarse dormido pensaba en su padre y en la conversación que tenían pendiente, así que caía en los brazos de Morfeo lleno de ansiedad, lo que le estaba causando unas pesadillas horrorosas y no tenía a sus amigos consigo para que lo consolasen a la mañana siguiente.
Desechó sus pensamientos intrusivos porque no era momento para dejarse atormentar por ellos y preguntó a Ron qué había pensado comprar para Primrose.
—Nada —contestó su amigo como si fuese evidente—. Tengo que cortar con ella ya; ahora que sé que el 11 es su cumpleaños, no puede pasar de esta semana. Lo haré el viernes, para que pueda llorar el fin de semana y no se distraiga en clase.
—Pero Ron, si cortas con ella tan pronto, no tendremos ningún vínculo que nos una y justifique que estemos juntos en público.
Tan pronto lo dijo se arrepintió, porque no había tenido en cuenta los sentimientos de su amigo o los de su hermana en absoluto —una hermana en la que había evitado pensar concienzudamente porque no era algo fácil de asimilar—, tal como se lo hizo saber la mirada incrédula, el ceño arrugado y los labios fruncidos de Ron.
—Mierda, Harry.
—Lo siento.
—No, mierda porque tienes razón. —Ron volvió a respirar hondo sonoramente—. Tenemos que hacernos públicamente colegas para que a nadie le extrañe que sigamos viéndonos después de dejar de ser cuñados.
Con un giro brusco, Ron tiró de él para dirigirse hacia la dirección contraria. Los transeúntes del callejón reparaban en ellos y los señalaba cuando los reconocía; un jugador profesional de quidditch y un prestigioso adivino no pasaban fácilmente desapercibidos, especialmente no cuando Harry cargaba su bolsa de entrenamiento y Ron vestía con esa túnica colorida.
Ninguno de los dos estaba cómodo con tantas miradas pendientes de ellos, así que sin darse cuenta, fueron bajando la voz para hablar casi en murmullos.
—Supongo que tendré que pasar por Sortilegios Weasley más a menudo.
—Sortilegios Weasley —resopló—. ¿Te lo puedes creer? Mismo nombre y mismo lugar; es como si el universo se estuviera riendo de mí.
—Ya.
Harry tenía mucho que asimilar todavía como para pensar en la magia de sangre que había mencionado Malfoy y en cómo esa protección había influido en el curso de la historia de sus familias.
Era la hora del té, así que las cafeterías estaban llenas y las calles más desahogadas. Para tener tantas ganas de romper su relación, Ron parecía tener muy claro qué debía a Primrose como regalo de cumpleaños, por lo que se internaron por uno de los callejones trasversales al Diagon en busca de un establecimiento que Harry no había visto en su vida.
El Gran Basilisco era una tienda de animales especializada en reptiles; por lo que había leído Ron en las cartas de Primrose, sus indirectas sobre querer una salamandra de fuego como mascota habían sido poco sutiles. Harry no pudo evitar pensar en Hagrid; estaba seguro de que a su viejo amigo también le encantaría tener una, pero en Hogwarts estaban prohibidas como cualquier otro animal flamígero por razones obvias.
El interior de la tienda estaba repleto de estanterías con urnas que albergaban diferentes tipos de reptiles; Ron fue a preguntar al dependiente directamente, pero un conjunto de voces seseantes captó su atención.
No había una conversación real entre las diferentes serpientes que ocupaban las urnas de cristal, sino que estas parecían hablar para sí mismas con mucha vanidad. La variedad de colores, de patrones en sus escamas y de tamaños era numerosa. A Harry le llamó la atención una pequeña culebra que parecía ocultarse entre las rocas y que pedía con sollozos que se callasen.
Harry se acuclilló para verla de cerca y dio unos golpecitos en el cristal para llamar su atención. La pequeña culebra se sobresaltó y guardó silencio, escudriñándolo con cautela desde las rocas entre las que intentaba pasar desapercibida. El color que dominaba en sus escamas era el rojo carmesí, alterándolo con aros negros y amarillentos en un patrón muy llamativo que no podía camuflarse de ninguna manera; a Harry lo enterneció.
Se aseguró de no tener a nadie cerca y le habló en la lengua parsel; intentaba no pensar mucho en cómo continuaba teniendo esa habilidad después de haber destruido el horrocrux que había dentro de Harry porque de lo contrario se volvía paranoico.
—El humano esstá hablando con nossotrass —musitó la culebra.
—¿Cómo te llamass? —preguntó Harry con una pequeña sonrisa compasiva.
—Nossotrass no tenemoss nombre. Nunca sse noss ha dado nombre.
Los ojos azabaches estaban clavados en él, pero la cabeza no terminaba de salir de su refugio entre las piedras.
—¿Cuánto tiempo llevass aquí?
—Sseiss sserpientess.
Harry comprendió enseguida que esa era su manera de contabilizarlo. Desde que había llegado, habían vendido seis serpientes, pero no tenía ni idea de si eso era mucho o poco.
Le llegó la voz de Ron desde el mostrador, quien parecía enzarzado en la negociación del precio de la salamandra de fuego, así que tras una breve ojeada, devolvió su atención a la culebra.
—¿Por qué te esscondess? Lass demáss parecen querer llamar la atención.
—No ssabemoss a dónde noss llevarán. Mejor quedarsse aquí.
—¿A dónde te gusstaría que te llevassen?
—El humano hace muchass preguntass.
El cuerpo de la culebra se movió entre las rocas y acabó por ocultarse casi por completo; Harry entendió que la conversación se había terminado.
Se incorporó y se acercó al mostrador, donde Ron continuaba regateando con la maestría con la que solo los Weasley sabían hacerlo; Harry no se había dado cuenta de pequeño, pero cualquier sickle que pudieran ahorrarse podía ser indispensable para un momento crucial en el futuro. Él nunca había prestado especial atención al dinero, primero porque no lo había tenido, y después porque había tenido más de lo que podría gastar aunque viviera cien años. Ron, sin embargo, continuaba contando cada knut que gastaba incluso si su sueldo como auror le daba para vivir holgadamente.
Finalmente consiguió llevarse la salamandra a un precio que consideró razonable y salieron al callejón para retroceder sobre sus pasos y regresar al Diagon, donde se encaminarían hacia el Caldero Chorreante para marcharse.
—Espero que Primrose no use a este bicho para quemarme la cara cuando corte con ella —dijo Ron mientras miraba la lagartija del tamaño de una mano que llevaba dentro de la jaula.
Harry podía escuchar a Hermione explicando por qué era tan mala idea hacer un regalo durante una ruptura, pero él se calló.
—¿Qué debería regalarle yo? No tengo ni idea de cuáles son sus gustos.
—No creo que ella espere nada de ti, colega.
A pesar de que Ron probablemente tuviera razón, frunció el ceño molesto por la afirmación.
—Pensaré en algo para que le puedas regalar.
—Gracias. Por cierto, el miércoles que viene es Beltane y Dobby dice que el otro Harry ha hecho los preparativos —cambió de tema a propósito—. No tengo ni idea de a qué se refiere, pero Malfoy le pidió que tomara nota de todo lo que yo le pidiese hacer durante el último año y tengo un archivador del tamaño de los apuntes de Hermione para Historia de la Magia en sus ÉXTASIS.
El silbido de Ron expresó el impacto de sus palabras; ambos habían quedado aterrados tras ver el tamaño de esos apuntes y los dos se alegraban de no haber regresado a Hogwarts para cursar el último año y realizar esos exámenes.
—Tío, ojalá yo tuviera un archivador así; te juro que la mayoría de las veces no entiendo las conversaciones de sobremesa y me siento muy estúpido.
—Date prisa en introducirme de nuevo en la familia, así no serás el único que no se entere de nada.
Su comentario logró animar a su amigo, quien le dirigió una sonrisa sincera y le pasó un brazo por los hombros de manera fraternal.
—¡Ten por seguro que lo volveré a hacer!
Lo que vino a continuación Harry ya lo esperaba: Ron le frotó la coronilla con el puño de manera dolorosa y Harry fingió resistirse, pero no podía dejar de sonreír porque en realidad le encantaba que le hiciera lo mismo que sus hermanos mayores le hacían a él. El gesto siempre le había hecho sentir que era un Weasley más.
En la calle los miraron con extrañeza, pero a ninguno de los dos le importó lo más mínimo.
—Vale, volviendo a lo que el otro Harry haya planeado… hay que cancelarlo sea como sea. Las familias nobles de Gran Bretaña siempre han sido muy rimbombantes con esa celebración; nosotros también seguimos la tradición, pero esa gente se pasa.
—¿Los Weasley celebráis Beltane? —cuestionó extrañado.
Ron lo miró pasmado.
—¿De qué hablas? ¿No recuerdas el año pasado las hogueras y la cena en la Madriguera? Las chicas hasta nos hicieron coronas de flores a todos.
Harry recordaba aquella noche: Molly había preparado todo un banquete en el que tanto Charlie como él habían colaborado porque eran los únicos con interés culinario. Bill y George se habían ocupado de las hogueras, mientras que Arthur entretenía a Percy en el Ministerio para que no se adelantase y arruinase la sorpresa que le tenían guardada.
—¿Pero aquello no fue la celebración del ascenso de Percy?
—Coincidió, sí, pero realmente fue Beltane.
—Oh.
—¿Por qué iban mis padres a renovar sus votos si no? Hasta Bill y Fleur lo hicieron. ¿No te pareció raro?
—Reconozco que no entendí esa parte, la verdad.
La carcajada que brotó del pecho de Ron no le molestó en absoluto; Harry no se había atrevido a preguntarlo porque, a pesar del tiempo que llevaba dentro del mundo mágico y de todo por lo que había pasado, todavía seguía sintiéndose acomplejado por su desconocimiento sobre sus costumbres y tradiciones y expresarlo en voz alta siempre lo avergonzaba. Con el tiempo, había dejado de preguntar y se había limitado a disfrutarlo, principalmente porque Hermione, perspicaz como nadie, solía darle esas explicaciones en privado.
Antes de regresar a casa, Ron y él pasaron por algunos puestos para comprar la cena que planeaban cocinar esa noche y volver a compartir una escena casera con él lo llenó de vitalidad y de energía; ni siquiera el horror que Dobby sentiría al verlos utilizar su cocina y no permitirle intervenir lograría disminuirlo.
—¿Qué tal en el gabinete? —preguntó tras finalizar las compras y poner rumbo hacia el Caldero Chorreante.
—Un desastre —contestó con un resoplido—. Hermione me ayudó el fin de semana, pero tengo de adivino lo que tú de medimago.
La comparación era justa; el único motivo por el que Harry había pasado su prueba de primeros auxilios durante el examen final para graduarse en la academia de aurores había sido porque el examinador simpatizaba con él y porque se sabía la teoría, pero en la práctica fue un fracaso absoluto. Al parecer, su magia era demasiado destructiva como para que se le diese bien sanar.
Saber que Ron tampoco lo estaba haciendo bien en su profesión lo alivió, por mezquino que fuese, aunque seguro que él no se había drogado para sobrellevarlo.
—Además, esa gente no paraba de contarme sus vidas; te juro que he estado a punto de lanzar un hechizo silenciador a la señora Hopkins.
—¿Por qué te contaban sus vidas? —preguntó con extrañeza—. Pensé que irían al grano con lo que querían saber de su futuro.
—Eso pensaba yo también, pero la mayoría solo quería consejo para tomar decisiones. Y Harry, me creían a pies juntillas. Podría haberles dicho que se tirasen al Támesis y lo habrían hecho —comentó y puso los ojos en blanco—. La gente está loca, tío.
Quizás Ron sí que tuviese un don oculto que, debido a lo ineficiente de Trelawney como profesora, no había salido nunca a la luz. Ciertamente, les habría sido muy útil en la búsqueda de los horrocruxes o para haber evitado más de una desgracia.
Sacudió la cabeza no queriendo pensar en cosas que ya no tenían remedio y que, además, no habían sucedido en la línea temporal en la que se encontraban.
—¿Y en casa qué tal?
Su amigo soltó un bufido de exasperación antes de responder.
—No recordaba lo mandona que era mi madre: Ron haz esto, Ron haz lo otro, no pongas eso ahí, Ronald —dijo, imitándola con mucha precisión.
Harry soltó una risita.
—Al menos eso sigue siendo igual.
—Sí —concedió—, pero es muy raro, tío. Es decir, siguen siendo mi familia pero a la vez no son la familia con la que crecí, ¿entiendes? Me siento…
Ron no encontró la palabra para describirlo, así que Harry lo hizo por él:
—Fuera de lugar.
—¡Sí! ¡Eso es!
—Ya. Lo entiendo.
Se pasó la mano por el cabello, que era mucho más espeso de lo que estaba acostumbrado; desde su ingreso en la academia de aurores lo llevaba muy corto para que no lo molestase porque, de todas maneras, la gente lo reconocía incluso cuando se ocultaba la cicatriz tras el flequillo. Ahora lo tenía tan largo que podía incluso atarlo.
De vuelta en Gilded Way cocinaron mientras Ron le contaba historias sobre los Weasley y los Prewett, se quejaba de Megan, le revelaba la información relevante sobre Primrose que había deducido de sus cartas y admiraba el trabajo que Fred y George hacían en Industrias Potter. Antes de cenar, sincronizaron sus espejos parlantes para poder llamarse en cualquier momento y luego planearon cómo usar la conexión de los gemelos con los Potter para acercar a Harry a los Weasley sin levantar demasiadas sospechas. Durante la cena, Harry le habló de cómo se había sentido al conocer a su madre y de la conversación que había mantenido con Hermione después. Al finalizar, se dejaron caer sobre los sofás.
—¿Llegaste a preguntarle a Hermione por los erkling?
—No tuve la ocasión, ¿por qué?
Ron emitió el gruñido pensativo que siempre hacía cuando estaba estrujándose los sesos para encajar todas las piezas de los puzles que resultaban ser sus casos.
—Hasta donde sé, fueron considerablemente reducidos en número por el Ministerio alemán al principio de los noventa; me parece muy raro que haya tantos sueltos en Gran Bretaña como para traer de cabeza a los aurores y a los de control de plagas.
—Es evidente que alguien los ha introducido con a saber qué propósito.
Un nuevo gruñido hizo saber a Harry que Ron no dejaría de pensar en ello hasta resolverlo, pero no lo haría en ese momento. Su amigo se enderezó en el sillón donde había ido acomodándose cada vez más sin darse cuenta para reposar la suculenta cena y clavó su mirada inquisitiva sobre él.
—Bueno, como veo que no sacas el tema, te voy a preguntar: ¿qué pasó el domingo en casa de tu padre para que llegaras borracho a la cafetería? No diste mucho detalle más allá de que se casa.
—Pues eso, que se casa —respondió e inspiró profundamente—. Lo que pasó es que mi padre reunió a sus seres queridos para anunciar la noticia y yo me largué sin cruzar palabra con él porque… ¿qué iba a decirle? ¿Que debería estar con mi madre? ¿Que me parece una locura que se case con alguien veinte años más joven que él? Ese hombre es mi padre, pero como bien has dicho, no es el padre del que tanto he oído hablar.
—Ya, joder. Todo esto es demasiado —musitó con la mirada perdida en la chimenea—. Creo que debería cerrar el gabinete antes de dar un mal consejo y liarla. Tendría que repetir las pruebas para auror, pero así al menos podría trabajar en algo que sí se me da bien.
—No me parece mala idea.
Quizás lo mejor fuese renunciar a la carrera del otro Harry como jugador profesional de quidditch y apuntarse en la academia para aurores con Ron; sus calificaciones le permitirían el acceso.
La vocecita de su conciencia que se parecía mucho a la de Hermione le dijo, sin embargo, que era una decisión precipitada y que sin dudas alteraría a todo el mundo, aunque imaginarse trabajando codo con codo con Ron bajo las órdenes de su madre era un futuro más que prometedor.
—Ya, tío, pero cuando pienso en volver a la academia me da pereza máxima —declaró y resopló—. No entiendo cómo Malfoy pudo volver a estudiar los siete cursos de Hogwarts.
Sus palabras lo transportaron a la discusión producida la noche del domingo y se le revolvieron las tripas por el desenlace, así que puso una mueca de fastidio y no llegó a comentar su deseo de unirse a él.
—Ni lo menciones.
—¿Ha pasado algo con Malfoy? —inquirió perspicaz.
Harry no quería hablar de ello, pero una vez empezó, se deshizo en detalles. Le contó lo sucedido y la conversación que había tenido con Hermione después. Le habló de la sala oculta con el pensadero y todos esos frascos que guardaban los recuerdos del otro Harry y de su temor por descubrir su contenido.
—El archivador de Dobby y una sala repleta de recuerdos sobre quién eras… Ya podría Malfoy haberse esmerado un poquito más en la reconstrucción de mi vida.
Harry gruñó pero no dijo nada. Ron debió de comprender que le cambiaría las tornas con gusto, tal y como le había hecho saber en tantísimas ocasiones bajo diferentes situaciones, y se arrepintió de inmediato por haber hecho ese comentario.
—¿Entonces Malfoy no va a volver a molestarnos?
Harry se encogió de hombros.
—Es Malfoy; me cuesta mucho creer que no vaya a jodernos de alguna manera.
Los dos supieron que Harry no estaba convencido de que fuera a volver esta vez, no después de la discusión que habían tenido, pero lo dejaron estar.
—A mí lo que me cuesta creer es que nos haya robado a Hermione —declaró con molestia—. Venga, trae ese archivador; a ver cómo desbaratamos lo que sea que haya preparado el otro Harry.
Lo que había preparado el otro Harry no era nada que pudiesen desbaratar tan fácilmente, no cuando ya había recibido las confirmaciones a las invitaciones y pagado los gastos.
Beltane era, junto a Samhain, uno de los dos grandes eventos del año y todas las familias de magos de la sociedad británica lo celebraban. En las grandes ciudades se preparaban diversos altares donde las parejas podían renovar sus votos nupciales y reafirmar su amor, también puestos de comida y de bebidas mientras músicos tocaban canciones animadas en un ambiente alegre y de festejo. Al atardecer se encendían las hogueras y la celebración continuaba hasta bien entrada la noche. En el campo pasaban un día parecido pero en un ambiente mucho más íntimo pues solo se reunían familiares y amigos.
Entre los sangre pura, sin embargo, la festividad iba un paso más allá y Ron había tenido razón al utilizar la palabra rimbombante para definirlo. Quizás fuera solo su impresión, pero al acabar de leer las notas de Dobby, le pareció que el otro Harry tenía mucho interés en ser aceptado por sus invitados dado el esfuerzo que había puesto en los preparativos para su fiesta nocturna y no lograba entender por qué.
No quería pensar en ello, no realmente, pero cuanto más trataban de encontrar la manera de deshacer el entuerto, más preguntas sin respuestas aparecían en su mente.
—Me temo que vas a tener que hacer el paripé, Harry —acabó por determinar Hermione cuando le pidieron ayuda—; el otro Harry nunca cancelaría Beltane. No después de preparar todo esto.
—¿Has estado en alguna de esas fiestas? ¿Sabes cómo son?
—Oh, no. He oído hablar de ellas, pero nunca invitarían a alguien como yo.
La forma en la que Hermione bajó la mirada despertó una antigua furia en su interior; Ron y él compartieron una mirada de entendimiento aprovechando que estaban sentados uno frente al otro en el Wakey Wakey, la cafetería del Soho que se había convertido en su punto de reunión.
—No esperaba menos de Malfoy —dijo con desprecio.
Cuando Hermione abrió la boca para defenderlo, Ron se le adelantó:
—Si no tienes con quien pasar Beltane, puedes venir a mi casa. No es la gran cosa, pero siempre hay hueco para uno más.
Hermione no supo qué decir; parecía conmocionada porque un sangre pura la invitase a sentarse en su mesa, con su familia, y Harry se paró a pensar por primera vez en cómo debía haber sido la adolescencia de su amiga sin ellos, especialmente si se juntaba con los Slytherin.
No le gustó el resultado.
—Yo… No sé, no creo que sea lo más adecuado. Apenas nos conocemos, y además, ¿qué dirá tu familia?
—Molly va a mencionar lo flacucha que estás y te va a llenar el plato continuamente —dijo Harry sin poder evitar sonreír—, pero tranquila, que Ginny se sentará a tu lado y hará piña contigo; siempre le ha gustado que os aliéis en nuestra contra.
—Fred y George gastarán bromas y contarán anécdotas para ridiculizarme —agregó Ron.
—Y a Percy, si es que va.
—Oh, como que me llamo Ron Weasley que Percy va a sentar su culo en la mesa durante Beltane.
Harry volvió a sonreír, no dudando de que su amigo pondría todo su empeño para que así fuese.
—¿Charlie viene?
—Sí, Charlie siempre viene para las fiestas. ¿Te he contado que trabaja con dragones en Rumanía? Es un tío muy guay. Y Bill trabaja para Gringotts como rompe-maldiciones; el único que no tiene un trabajo molón soy yo. Bueno, y Percy, el de Percy es peor: es un chupatintas.
—¿Así que eso es lo que piensas sobre mi trabajo? —inquirió Hermione y Ron se dio cuenta tardíamente de su mala elección de palabras.
—No, claro que no —se apresuró en decir—; creo que el tuyo es aburrido simplemente y que podrías estar haciendo mucho más por la comunidad.
Ron no lo arregló, desde luego, y Hermione no solo volvió a consternarse, sino que adoptó una postura defensiva cuando le contestó que los transportó de vuelta a Hogwarts, a antes de la guerra, a cuando tenían riñas tontas porque ninguno de los dos sabía gestionar adecuadamente sus sentimientos por el otro.
Cuando por fin retomaron la conversación anterior, a Harry no le quedó más remedio que resignarse a su sino y aceptar que Hermione lo instruyese en el poco tiempo que tenían: le enseñó a vestirse y a peinarse; corrigió sus gestos, su postura e incluso su forma de caminar; le mostró las diferencias entre los usos de la cubertería y de las copas; los temas de conversación sobre los que podía y no podía hablar; le demostró la manera apropiada de saludar y un sinfín de detalles que tuvo que practicar durante los siguientes días para no llamar la atención durante la celebración.
Lo más complicado, sin embargo, fue memorizar tantos nombres y asociarlos a tantas caras; sin la guerra contra Voldemort, había mucha más gente y el círculo social del otro Harry era, para su desgracia, muy extenso.
Sin embargo, el otro Harry no había organizado su fiesta nocturna sin ayuda; Blaise Zabini había sido uno de sus proveedores.
Durante sus años en Hogwarts, y especialmente después, Harry no había dedicado tiempo a pensar en Zabini y lo que sabía sobre él podía clasificarse entre poco y nada, así que Hermione había tenido que esforzarse por resumir once años de amistad.
Los Zabini eran una familia portuguesa con ascendencia mozambiqueña, de ahí su tez oscura y su afro. La señora Zabini sí era inglesa y se había casado tantas veces como en su línea temporal, siempre con sangres pura de otras nacionalidades, siendo el señor Zabini el último de ellos y el único con el que había tenido descendencia. Los viñedos de los Zabini en Portugal exportaban su producción por todo el mundo; el precio de sus botellas era variable, pero ninguna bajaba de los cien galleones.
Blaise heredaría el negocio familiar y todo el patrimonio, así que su padre se estaba ocupando de formarlo como hombre de negocios y su madre lo había educado para ser tan engatusador como ella. Además, tenía un encanto natural que lo volvía muy peligroso, según había definido Hermione, y para cuando Ron había insistido en que explicase eso del encanto, su amiga había cambiado de tema.
Al parecer, Blaise formaba parte del círculo de confianza tanto de Malfoy como del otro Harry, y estaba al corriente de la relación íntima que habían compartido. Hermione había insistido en que podía considerarlo uno de sus mejores amigos, puesto que era una de las personas con las que se iba de vacaciones cada verano a Santorini.
—Probablemente sea el Slytherin más perspicaz que conozco, así que ten mucho cuidado con él —había advertido Hermione—: compórtate como te he enseñado y todo irá bien. Creo.
El lunes por la tarde se reunió con Zabini en el salón de fiestas que el otro Harry había alquilado: estaba situado en un palacete del siglo XVIII en las afueras de Londres que nunca había sido propiedad de los muggles. En él se habían celebrado grandes acontecimientos para las familias de sangre pura, desde eventos sociales hasta bodas. La lista de espera para su uso, según Hermione, era de dos años y la suma de su reserva, más el posterior alquiler, era simplemente descomunal; Ron se había atragantado con su propia saliva cuando había visto todos esos ceros, eso sin contar con el abastecimiento ni con la contratación del personal —quizás lo de participar en apuestas ilegales de hipogrifos fuera para poder tener ingresos extras con los que afrontarlo.
Encontró a Zabini en la sala principal, donde la pista de baile tenía unas dimensiones similares al Gran Comedor de Hogwarts. Enfundado en un traje impoluto del color de un vino tinto, y con un corte de pelo sofisticado y elegante, Zabini se encontraba repasando un listado junto a una mujer cuyo aspecto no era menos soberbio que el suyo.
A su alrededor, los elfos domésticos trabajaban ultimando la decoración.
—¿Harry Potter siendo puntual? —saludó Zabini cuando sintió su presencia y alzó la mirada.
—Yo nunca llego tarde, Blaise; siempre llego en el momento oportuno —contestó con lo que esperó que fuera una sonrisa descarada.
La sonrisa sardónica de llamativos y perfectos dientes blancos que le dedicó Zabini en respuesta le hizo saber que había escogido las palabras adecuadas.
—Todo correcto —declaró Zabini y le devolvió el pergamino a la mujer—. Si nos disculpa…
Esta hizo una brevísima reverencia antes de marcharse; sus tacones resonaron en el suelo.
—Con la semana tan ocupada que has tenido, pensaba que no tendrías tiempo que dedicarme.
Ahora se suponía que tenía que responderle algo insinuante porque, según Hermione, siempre hablaban como si hubiera una tensión sexual no resuelta entre ellos solo para molestar a Malfoy, pero ya que este no estaba presente, suponía que podía saltarse esa parte.
—Quiero que todo sea perfecto en Beltane —optó por decir y miró a su alrededor—. ¿No están poniendo demasiadas flores?
Zabini se echó a reír como si hubiera dicho algo sumamente gracioso.
—Te recuerdo que fuiste muy insistente en que querías que este lugar ridiculizase al mejor de los jardines ingleses.
—Cierto —musitó y se llevó las manos a los bolsillos, no sabiendo qué hacer con ellas.
—Me he adelantado y he echado un vistazo al resto de las habitaciones; debo reconocer que me has impresionado esta vez, Harry. Van a hablar sobre esta fiesta durante años.
—Esa es la intención —respondió, no teniendo ni idea de a qué se refería.
No lo supo hasta que la mujer regresó para guiarles por el palacete para que pudieran revisar que los preparativos cumplían con sus exigencias: las salas privadas estaban acondicionadas para que sus invitados pudieran disfrutar de todo tipo de relaciones sexuales, algunas con temáticas muy explícitas; el alcohol que había importado Zabini era de primerísima calidad, así como el cáterin que lo acompañaría; la prueba de sonido de los músicos que tocarían esa noche fue espectacular; y estimulantes como Xromia, DLM y matalobos estaban listos para ser repartidos entre los invitados como si de canapés se tratasen.
—Estamos listos para cualquier contratiempo —explicó la mujer que el otro Harry debía de haber contratado para que cumpliese con su lista de exigencias—. Tenemos pociones lavativas y una sala preparada para atender a los más afectados; los carruajes estarán disponibles para sacar con discreción a quien lo necesite.
Harry asintió mientras observaba a los thestrals que estaban atados a unos carruajes con un diseño inesperadamente moderno.
—No recuerdo si lo he mencionado antes, pero quiero que todo el mundo deje su varita junto a su abrigo al entrar —expresó, preocupado por lo que unos jóvenes borrachos y drogados pudiesen hacer con su magia—. Sus elfos pueden venir a recogerlas al día siguiente, pero no antes.
La mujer asintió y lo añadió en su lista.
Terminaron de puntualizar algunos detalles más y esta se marchó para llevar a cabo esos cambios de última hora.
Blaise lo acompañó hacia el exterior cuando terminaron la supervisión.
—¿Vendrás al club esta noche?
—¿Estará Malfoy allí?
—Malfoy —repitió y mostró una pequeña sonrisa—; no sabes cómo voy a disfrutar diciéndole a Pansy que está equivocada.
—Déjalo estar, Blaise —pidió, poniendo especial cuidado de usar su nombre para no repetir el mismo error—. Te veo en Beltane.
Le dio una palmadita en la espalda como solía hacer con Ron y se encaminó hacia el paseo que conducía hacia el exterior del palacete.
—Espera, Harry. —Zabini lo alcanzó y se detuvo a su lado para hablarle con discreción a pesar de que no había nadie cerca—. Detesto ser evidente, pero a veces es necesario —dijo con un poco de dramatismo—: independientemente de lo que pase entre Draco y tú, eres uno de los nuestros. No lo olvides.
Sus palabras lo tomaron por sorpresa, pero al mirarlo a esos ojos oscuros, supo que lo decía de verdad y, también, que era cierto que no solía hablar con tanta franqueza.
Harry asintió, sonrió y volvió a meter las manos en los bolsillos.
—¿Cómo podría olvidarlo?
—Bien, porque no me gustaría descubrir que recurres a la droga antes que a tus amigos para evadirte de tus problemas.
Discernir por su tono de voz si eso había sido una amenaza o una advertencia fue complicado, pero quizás esa fuese la manera Slytherin de mostrar preocupación. Si en vez de Zabini hubiese sido Ron, Harry no habría podido marcharse sin más.
Regresó a casa confuso porque sus encuentros con Zabini y Parkinson contradecían lo que Malfoy había explicado de su relación con el resto de los Slytherin; solo por fastidiarlo, estaba tentado a ir con Zabini al club que había mencionado, pero desistió nada más poner un pie en casa y aspirar el aroma del guiso de Dobby con las hortalizas naturales de su huerto.
Pasó la noche revisando los planos de la casa y el registro de la alteración mágica que Dobby le había entregado y debatiendo con él los cambios que quería implementar; no había conseguido que el elfo tomase asiento en el sofá junto a él, pero al menos pudo permanecer de pie a su lado sin temblar de miedo, así que Harry se anotó un punto.
Esa noche tuvo pesadillas, pero a la mañana siguiente no las recordó.
Continuará...
Muchísimas gracias por los comentarios. Espero que también hayáis disfrutado leyendo este capítulo. Sabed que en el próximo comienza Beltane, que es el clímax de la primera parte del fic. Ya solo quedan 3 capítulos para llegar al final de esta primera parte y estoy impaciente por publicarlos porque es de lo mejorcito que he escrito hasta la fecha asdfghjkl.
¡Hasta pronto!
