Disclaimer: Yakusoku no Neverland/The Promised Neverland; los personajes no me pertenecen, créditos a Shirai-sensei y Posuka-sensei. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. AU [Universo alterno]. Situaciones exageradas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.

Nota de autora: digamos que soy mala para hacer finales


Doncella sagrada

VIII: Perder


La piel le arde. Lágrimas caen por sus mejillas. Sus manos buscan arreglar y cerrar las partes rotas de su demacrado y mancillado vestido. Su cabello está hecho un desastre, también está sucio, y se arrastra por el suelo de azulejo, que refleja la luz de un atardecer muy frío. Sus pies pueden sentirlo, se congelan, tal y como las heridas cerradas que trae impresas por todos lados.

Hasta que finalmente todo se detiene, en cuanto llega a ese lugar. Su mirada se suaviza, deja de llorar, y sonríe un poquito. Le duelen las mejillas, y piensa que la imagen enfrente suyo pudo haberlo provocado una bestia salvaje, pero sabe que no es así.

Una mano se posa en su hombro. Baja ligeramente la cabeza, no quiere mirarlo.

—Es como si hubieran encerrado a un animal salvaje allí dentro —comenta, intentando aligerar el ambiente tan tenso que la empieza a asfixiar—. ¿No crees que exageraste un poco? ¿No podías esperar un par de horas?

—Si sigues diciendo ese tipo de estupideces, de verdad voy a creer que eres una estúpida.

—Eso es ofensivo, no deberías hablarle de esa manera a la doncella sagrada —da media vuelta, encarándolo—. Estás lleno de sangre, ¿lo notaste?

—Pues no es mía —suspira, y rasca la parte trasera de su cabeza, mezclando la sangre fresca de su mano entre su cabello rojo—. Resulta que me topé con unos intrusos apenas salí del cuarto.

—¿Estás bien?

—Siempre lo estoy.

Música guarda silencio, y se dedica a observarlo con cuidado. Da un par de pasos hacia atrás, su expresión es amarga y molesta al mismo tiempo.

—Me estás mintiendo.

—No estoy de humor para tus bromas —masculla, hastiado—. Así que muévete, vamos a que te limpien, pareces una–

—No.

Sung-Joo ni siquiera se da la vuelta por completo para empezar con su otra ronda de trabajo en cuanto la escucha soltar esa negación. Un poco sorprendido, regresa a ver a la chica, de pie enfrente suyo. En su carita siempre amable hay una expresión de decisión y firmeza que no había visto antes, y sus puños están cerrados con demasiada fuerza, tanto que parece estar encajando las uñas en sus propias palmas.

—¿No? —repite, incrédulo.

—No —vuelve a negar, con la misma autoridad que la primera vez—. No voy a ir contigo esta vez, Sung-Joo.

—¿Qué? ¿Qué te sucede tan de repente? ¿Por qué estás–?

—Desde este momento, ya no eres mi guardia personal.

Silencio. Completo silencio, eso es lo que recibe. Al menos, durante los siguientes diez segundos.

Después de eso, el eco del metal de un arma pesada chocando contra el azulejo hace eco por cada rincón del corredor, y resuena dentro de sus oídos, causando un zumbido. Al mismo tiempo, la expresión del pelirrojo se deforma en una especie de mueca de incredulidad y la mezcla de furia con hastío. Sus manos, húmedas por la sangre, también se vuelven en puños.

—Qué —su voz parece de ultratumba. Da varios pasos, acercándose a ella, haciendo oír sus zapatos con fuerza, hasta detenerse a pocos centímetros de la dama—. ¿Qué acabas de decir?

—Lo que has escuchado —afirma, sin titubear. Tiene que alzar la cabeza para verlo a la cara, mientras maldice su estatura y la de él—. Ya no eres mi guardia, Sung-Joo. Te puedes ir.

—¿Estás bromeando? —Inquiere, ladeando una sonrisa de pura molestia—. Música, de verdad no estoy de humor para este tipo de cosas.

—No es una broma —repite, esta vez portando una sonrisita que finge ser alegre—. Ya no necesitas preocuparte por mí. Y como has sido relevado, tampoco debes estar aquí. Será mejor que te retires.

Sung-Joo está que podría empezar a gruñir de la rabia en cualquier instante, pero hace lo posible para no perder por completo la paciencia. Así que respira tan tranquilamente como puede, e inclinándose, sujeta de los hombros a la chica, mirándola directamente a los ojos.

—Explícame de qué se trata esto. Ahora.

—Que la reina me ha concedido cambiar de guardia —suelta, con la sutileza de una patada en la cara—. Por eso, ya no necesitas preocuparte por mí. Ese ya no es tu trabajo, así que puedes irte.

—Música–

—Ah, sí. Esto podría ser tomado como un rechazo a tu confesión —recuerda de repente, interrumpiéndolo. Sung-Joo tuerce la mandíbula, pero no dice nada—. Pero, por favor, no te lo tomes a mal. No es que no me gustes, es sólo que en este momento no estoy preparada para una relación.

Él respira profundo, y la suelta. Se yergue y da media vuelta, para empezar a alejarse y, de paso, agarrar su arma en el trayecto. Música sólo lo ve irse, sin decir más palabras.

Sólo que antes de desaparecer, la vuelve a mirar por sobre el hombro.

—No me obligues a volver.

Y finalmente desaparece de su vista. Ella apenas sonríe, y con esa expresión, también da vuelta y va dentro del destrozado cuarto, donde abunda la sangre seca por todos lados. Y allí también ve otro tipo de rojo, uno más brillante.

Rosas puestas en un jarrón cerca de la ventana.

Música se muerde tan fuerte los labios, que se los abre. Un hilo rojo empapa su barbilla.

—Esa es una petición difícil, Sung-Joo.


Se escucha el sonido del aire siendo cortado, no tarda más de un segundo. Después, la punta de la flecha se clava en el círculo rojo, alejado de los otros colores que conforman en blanco de arquería, en medio de otros tantos que han tenido la misma suerte; flechas en el centro, por poco atravesando todas las capas.

El culpable se encuentra lejos, casi tan lejos que parece imposible que desde allí hubiera tirado con ayuda de un simple arco, con tanta precisión.

Baja el arco, y observa, con aburrimiento mal disimulado, su nuevo logro. Asegura el carcaj en su espalda y camina en dirección a otro tiro, pero antes de llegar, siente una presencia a sus espaldas.

Usando la punta de una de sus preciados flechas, detiene cualquier movimiento de su contrario, al poner la filosa punta sobre la nariz intrusa. Mas al notar aquella sonrisa de oreja a oreja que sabe a locura, y el habitual sombrero negro de mala vibra, siente que puede relajarse sólo un poco más que antes.

—Lewis, ¿qué demonios quieres ahora? —medio ruge, dejando de apuntarle a él, para colocar la flecha contra el arco y apuntar desde allí mismo al blanco más lejano.

Lewis, en tanto, suelta una pequeña risa divertida.

—Siempre tan a la defensiva —se encoje de hombros, observando a su hermano en todo momento, pensando en qué sería bueno para molestarlo. Se da cuenta de inmediato—. ¿Qué pasa, Sung-Joo? ¿Estás molesto porque te reemplazaron en tu trabajo anterior?

El pelirrojo frunce el ceño. Tensa más la cuerda.

—No.

—¿Entonces por qué parece que quieres matar a alguien? No sueles tener tanta energía asesina encima. ¿Qué te está haciendo esto?

—Tú y tus preguntas molestas están en la lista. —Gruñe, tensando todavía más el arco. Siente sus dedos entumecidos, casi a punto de ser cortados.

—Pero no estoy en el primer puesto —puntúa el rubio, acercándose y poniéndose frente a su hermano, en medio de la flecha y el blanco. Sung-Joo hace una mueca de furia, enseñando los colmillos. Eso no hace más que satisfacer a Lewis, causándole cada vez más intriga—. Así que voy a adivinar, ¿problemas amorosos?

El aire vuelve a cortarse. La flecha sale volando, rozando con las puntas del cabello amarillo de Lewis, y yendo a clavarse directo al punto rojo del círculo a veinte metros dentro del área de entrenamiento. Ninguno de los hombres allí se inmuta, ni un poco, ni siquiera el que hace un segundo estaba frente al filo de un asesino.

Pero es que también, los asesinos no suelen tenerle miedo suficiente a otros asesinos. Y Lewis realmente no podría sentirse intimidado por su hermanito menor.

—¿En serio adiviné? —aventura, emocionado.

—No —niega rápidamente, bajando el arco y lanzando una mirada de asco al mayor—. Además, mi vida no te incumbe. Piérdete.

—Bueno, la verdad es que yo también veo poco probable mi teoría —ignorando por completo los deseos de su hermano acerca de dejarlo solo de una vez, lo sigue mientras regresa dentro—. Quiero decir, mírate; ¿quién se enamoraría de ti? Siempre tan serio, tan amargado. Das miedo.

Sung-Joo se guarda el comentario de que Lewis da más miedo, no tiene por qué seguirle el juego.

—Aunque supongo que hay alguien, eso no me lo vas a negar, ¿verdad?

—No me molestes. Piérdete.

—Ya es la segunda vez que me dices eso, lo que significa que tengo razón —el pelirrojo suelta un largo suspiro de cansancio. Se quita el carcaj de la espalda y lo deja junto al arco en su lugar correspondiente, dirigiéndose al corredor dentro del castillo, donde continúa siendo atosigado por Lewis—. Así que, dime, ¿quién es? Quiero saber.

—¿Por qué te importaría algo así? —se atreve a preguntar, dudoso.

—¿Cómo que «por qué»? Por chisme. Me encanta el chisme, me alimento del chisme, lo amo.

—Qué demonios, Lewis. Piérdete.

—¡Ya es la tercera vez! —Anuncia alegremente, como si acabara de conseguir algo. Sung-Joo tiene un malísimo presentimiento, tal vez hasta el punto de sentir náuseas—. Eso me lo dice todo. La chica es ella, ¿no? La...

Antes de terminar, observa a su alrededor, y después se acerca lo suficiente al pelirrojo para poder susurrar en su oído.

... la doncella sagrada...

Sung-Joo no contesta, pero le dirige una expresión helada.

—A mí no me vas a engañar, hermanito. Yo no caigo tan fácil. Conozco bien estos temas, porque son casi tan emocionantes como la cacería misma.

Sung-Joo se pregunta cómo demonios es que una cosa podría ser parecida a la otra. Tal comparación no tenía sentido alguno.

Pero fuera de esa duda, había algo más importante.

—Así que, dime, ¿desde cuándo?

—Lewis, de verdad, no quiero tener esta conversación —ambos se detienen a mitad del pasillo. El menor se siente exhausto como nunca, y piensa que si su hermano mayor vuelve a abrir la boca, probablemente su puño acabe contra su cara y ambos terminen muertos en menos de media hora—. Así que déjame solo.

Y seguido de eso, vuelve a retomar su camino.

Para sorpresa suya, Lewis ya no le sigue. Pero en su espalda puede sentir su mirada, sabe también que está sonriendo.

—No pierdas tan fácilmente, Sung-Joo.

No quiere escucharlo.

—Si te das por vencido será muy aburrido.

Se detiene allí mismo.

—¿Piensas tirar por la borda los esfuerzos de todos estos años?

—Yo no haría tal cosa —suspira, resignado. Lo mira por sobre el hombro, con cansancio—. Pero yo no doy las órdenes aquí.

—¿Entonces sólo sigues las órdenes de una pobrecita niña maldita?

Si ese fuera otro momento, esas palabras tomarían impacto en ambos. Tal manera de nombrar a esa chica era un sacrilegio, pero realmente no había nadie alrededor al que le importara aquello. Ni siquiera a Sung-Joo, quien realmente no pensaba en que fuera un mal título, a estas alturas. Nada era peor.

—¿Piensas que es divertido?

—En absoluto. Estos temas son en realidad muy dolorosos —afirma sinceramente, pero manteniendo la sonrisa con los blancos dientes puntiagudos expuestos—. En cambio, lo divertido son las personas involucradas. Porque nadie sabe lo que pasará más tarde. Es más, ¿qué tal si toma un rumbo donde alguien hace algo inesperado? Imagina las posibilidades.

Sung-Joo ya no necesita escuchar más.

—¡Ánimo! ¡No pierdas, hermanito! El amor es difícil, ¡pero absolutamente divertido!

De verdad quiere golpearlo.


Continuará.