No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de Angela Castle (Quads Of Denali). Yo solo me divierto un poco.
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Tumbado sobre su espalda, Edward pasó su escáner por los circuitos, revisando cada interruptor. Pitó en la sección media. Cerró el escáner y tomó la llave láser.
―Que suerte la mía de quedarme atrapado en tareas de mantenimiento―. Él movió la llave y arregló el interruptor suelto. ―Le mostraré a Garrett lo que pienso de él cuando le ponga mis manos encima―. Era más fácil decirlo que hacerlo, conociendo la habilidad de Garrett en el combate cuerpo a cuerpo. Ni siquiera Alistair había sido capaz de vencer a Garrett, hasta ahora.
Quejarse en una habitación vacía no estaba ayudando a su estado de ánimo, pero no iba a descuidar su trabajo. Era una nave vieja, pero Edward siempre la mantenía funcionando en su máxima capacidad, añadiendo mejoras a los motores, las armas y los escudos donde podía. Edward golpeó la llave láser en el piso, levantando el escáner de nuevo.
Necesitarían una escapada rápida una vez que robaran a su Sheraz. Él sonrió ante la idea; al menos él era el siguiente en poseerla. Solo había robado un breve beso de sus dulces labios rosados, un beso, que solo alimentó su deseo de más, mucho más. Quería ver por sí mismo qué tan receptivo era su cuerpo.
Todos los quads eran enseñados por sus padres en el arte de complacer a una mujer Fríos. Aprendían cómo tocar en los lugares correctos para ayudar a excitarla, para que les permitiera montarla. Follarla por el mayor tiempo y lo más fuerte posible, para llevarla a su pico. Si llegaba en el momento en que era el turno del cuarto hermano, era un trabajo bien hecho. De lo contrario, nunca tendrían ninguna esperanza de obtener una mujer y una familia propia.
Un viejo dolor se apoderó de su corazón, pensando en la única vez que una joven Fríos había elegido a sus cuatro hermanos nacidos para probar su habilidad para dar placer. Fue justo antes de que se desplegaran en Chanalloinan Prime.
La mujer había sido dura, grosera, sin mencionar el hecho de que había luchado, lo cual era normal para una mujer Fríos. Pero siendo jóvenes y su primera vez, hicieron todo lo posible por complacerla. Había llegado a su punto máximo, pero aun así no parecía ser suficiente. Ella les gruñó para que salieran y la dejaran en paz.
Edward y sus hermanos habían abordado la nave de las tropas al día siguiente, cambiando sus vidas para siempre.
Pero estar unido a Alistair y Garrett no era tan malo. La conexión entre ellos se sentía tan real como si hubieran nacido quads. Pero, aun así, Edward quería patear a Garrett a las llanuras de hielo y de regreso, solo una vez.
―Computadora, ejecute un diagnóstico completo de los sistemas de armas.
―Diagnóstico en proceso, finalización en una hora―. Maldita sea, odiaba el tono gracioso de la computadora.
―Correcto, creo que ahora está en los motores―. El sonido de la apertura de la puerta hizo que Edward frunciera el ceño.
―Oye, hermano, ¿no has terminado todavía?
―¿Garrett? ¿Qué en las llanuras de hielo? ¿Por qué no estás cuidando a nuestra mujer? ― Una risa femenina lo hizo levantar su torso de repente, golpeando su cabeza contra el panel. ― ¡Maldición, que demonios en la llanura de hielo!
―Hermano, cuida tu lenguaje, tenemos compañía―. Garrett le dio un golpecito en el pie derecho a Edward.
Edward salió de su agujero y se sentó, parpadeando contra la luz y frotándose la cabeza magullada, solo para mirar fijamente a los preocupados ojos de Isabella.
―Oh, Edward, ¿estás bien? ― Ella se arrodilló, sobre él, alcanzando su cabeza.
El dolor olvidado, su primer impulso fue agarrar el objeto de su deseo. Ella chilló de sorpresa cuando la atrajo hacia sí, con sus hermosos ojos chocolate muy abiertos.
―Oh, dulzura, eres lo mejor que he visto.
Él reclamó sus labios en un duro y exigente beso. Así que a diferencia de una mujer Fríos, Isabella se derritió contra él, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello y besándolo.
Por los dioses, sabía increíble, cálida, dulce y tan acogedora. Suavizando su beso, tratando de recordar que ella no era Fríos, sino más suave y redonda. La almohada de su cuerpo contra él, nada se había sentido tan bien ni tan bueno.
Necesitando tocar más, deslizó sus manos sobre su espalda hasta su cuello, encontrando el collar de control. Casi lo había olvidado; la marcaba como propiedad de otra persona, pero no por mucho tiempo.
Edward se echó hacia atrás y la miró a la cara. Una cosa tan hermosa, su piel enrojecida por el color, sus labios húmedos e hinchados por su beso, sus ojos cerrados en dicha. Sus párpados se abrieron y su corazón se detuvo, mirando las comisuras de sus labios curvarse en una dulce sonrisa.
―Bueno, es una mejor bienvenida a bordo que la que Garrett me dio―. Edward escuchó el bufido de Garrett, pero lo ignoró.
―La tenemos por unas pocas horas al menos. Ya le enseñé la mayor parte de la nave. Esperaba que hicieras algo con ese maldito collar de control―. Sí, era una muy buena idea. ¿Por qué no pensé en eso? Porque, estás demasiado ocupado queriendo deslizar tu vara en Isabella, es por eso.
―¿Puedes hacer eso?― Su corazón se tensó en su pecho, viendo la esperanza en sus adorables ojos azules. Quería darle toda la maldita galaxia.
Ella era su preciosa princesa.
―Edward es el quad de-todo-lo arreglo. No hay nada que no pueda arreglar, aparte de ese androide―. Edward dirigió una mirada fulminante hacia el sonriente Garrett. ¿Por qué en las llanuras de hielo siquiera pensaría en tener un androide sexual ahora, cuando tenían a la cálida y hermosa Isabella? Volvió su atención a ella.
―Puedo replicar uno falso, hasta que podamos eliminarlo del todo―. La sintió suspirar, y necesitando consolarla, la abrazó con fuerza. ―No te preocupes, princesa, no pasará mucho tiempo hasta que nos deshagamos de él para siempre. Al menos, el Embajador no podrá hacerte daño de nuevo.
―¿Así que todavía tengo que jugar a ser una buena mascota para cara de pez un poco más? ―. Se encontró con su mirada.
Edward se movió. Era difícil moverse con su vara formando una casa de campaña en sus pantalones y doliendo como rocas congeladas. Pero no había forma de que la dejara ir ahora que la tenía en sus brazos.
Ella se revolvió, pero él mantuvo una mano alrededor de la suya mientras se ponía de pie.
―Tienes que soportarlo un poco más, pronto nuestro contrato con el Embajador habrá terminado.
―Claro, supongo que podría ser peor―. Ella es tan valiente, tan maravillosa y ahora, de ellos.
―Esa es nuestra chica―. Se inclinó, amando la sensación de sus suaves labios sobre los suyos. Le encantaba la suave sensación de su cuerpo contra el suyo, pronto lo haría...
No, mantén el control. Primero quitaría el maldito collar, entonces, la amaría hasta que gritara de placer por él como lo había hecho por su hermano. Solo entonces, hundiría su vara en ella, se deleitaría con su calor femenino.
Le tomó todo su autocontrol para no tirarla al piso y follarla. No, ella merecía mucho más que eso.
―Tengo que lidiar con algunas cosas―. Isabella miró a Garrett mientras hablaba. ―Cuida a nuestra mujer―. A pesar de lo molesto que podía ser su hermano a veces, todos pensaban de la misma manera cuando se trataba de algo que sentían profundamente. En solo unos pocos ciclos, Isabella ya se había convertido en el centro de sus vidas.
La mirada llena de lujuria de Garrett barrió sobre ella una vez más antes de darse la vuelta, saliendo de la bahía de mantenimiento.
Feliz de tener tiempo a solas con ella, su sonrisa se amplió, mientras cosas maravillosas y perversas recorrían su mente. Sin perder más tiempo, se inclinó y la tomó en sus brazos.
―Oy―. Ella enganchó sus brazos alrededor de su cuello; le gustaba su peso en sus brazos, nada pesada en absoluto, su suavidad se apoyaba contra él. Por las planicies de hielo, ella se sentía bien.
―Es mi turno, ahora―. Su nariz se encendió mientras ella resoplaba.
―Voy a perder el uso de mis piernas si ustedes siguen llevándome así.
―Lo hacemos porque nos brinda un inmenso placer. ¿Nos negarías eso? ― Ella inclinó la cabeza hacia un lado, en contemplación.
―No, supongo que no―. Ella soltó una risita y agitó su mano como para dirigir. ―Adelante, señor Edward―. Pura música, su risa, quería escuchar más de eso.
―Como mi pequeña humana ordene.
―Humm, me gusta el sonido de eso.
Ella inclinó la cabeza, y él miró sus bellos ojos marrones, mientras la sacaba de la bahía de mantenimiento, y por los pasillos. Nunca se había sentido tan en casa que, con ella en sus brazos, no había forma de que la dejara ir.
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―Oh Dios, eso se siente tan bien―. Isabella se frotó el cuello, el aire frío soplando libre alrededor de su piel otra vez. Ella miró el collar en la mano de Edward con disgusto.
Él estaba estudiando el mecanismo mientras ella estaba sentada en un banco, con sus pálidas piernas colgando del suelo.
Lo vio cruzar la habitación y colocar el collar en el centro de una mesa blanca pulida entrecruzada con líneas de cuadrícula. Él dio media vuelta, caminó hacia atrás y le tendió la mano.
―Muñeca derecha―. Con mucho gusto, ella colocó su muñeca en su mano, y sus dedos se enroscaron alrededor de su carne pálida, girándola. Pasó un dispositivo dorado tipo pluma sobre el sello, y se abrió. La pulsera de oro cayó en la palma de Edward. Su pálida piel había sido lastimada por las rozaduras de las bandas. ―Voy a matarlo―. Sobresaltada por la amenaza detrás de su tono, ella le miró la cara. Una oscura nube de ira ensombreció las características normalmente hermosas de Edward, y por un breve momento la asustó. Todo el miedo se derritió cuando él tocó suavemente su dolorida muñeca. ―Lamento que hayas sufrido―. La furia había desaparecido, reemplazada por la ternura y la preocupación en su voz y rostro.
―Está bien, Edward, por la forma en que lo veo, podría haber sido peor. Hay otras mujeres que fueron vendidas. Podrían estar sufriendo mucho más que yo―. Él tomó su otra muñeca y rápidamente le quitó la otra banda.
―Eres valiente y hermosa―. Era fácil ver que Edward era el más cariñoso de los hermanos. Él llevaba su corazón en la manga. Isabella no era inmune, cuán fácilmente los hermanos se habían metido debajo de su piel, en tan poco tiempo.
Isabella observó mientras colocaba las bandas sobre la mesa antes de hurgar en un cajón.
―Jasper es nuestro sanador, pero como está fuera con cara de pez, lo haré lo mejor que pueda―. Agarrado en su mano, sostenía un tubo plateado. ―Esto siempre es bueno para las abrasiones―. Se arrodilló, quitó la tapa y exprimió una crema rosada en su mano antes de frotar suavemente sobre sus doloridas muñecas.
Ella sonrió ante el gesto de concentración en su rostro, mientras aplicaba la crema. Inmediatamente sintió los efectos del tratamiento de Edward. Calmó su dolorida piel y el enrojecimiento disminuyó, dejando solo una marca tenue.
Él era tan malditamente dulce. Ella iba a tener un dolor de muelas. Pero eso no era lo único que dolía. A pesar de cómo fue criada en la Tierra, no se sentía mal estar ansiando a Edward, justo después de que dos de sus hermanos la follaran por completo.
Tal vez sus hormonas estaban fuera de control, pero en este punto, no le importaba.
―Gracias―. Él le inclinó la cabeza hacia atrás y aplicó el resto de la crema alrededor de su cuello.
Su cabeza a pocos centímetros de la suya, se mordió el labio inferior cuando su mano dejó de curarla y comenzó a acariciar lentamente la curva de su garganta.
―Tan diferente de nuestro tipo―. Su tono era bajo y lleno de asombro. Isabella no estaba segura de cómo tomarlo.
―¿Eso es algo bueno o algo malo?
Edward, que ya era un hombre apuesto, se convirtió en un derrite huesos, para morirse, cuando sus labios se curvaron en una hermosa sonrisa.
―Algo muy bueno, dulzura, te lo aseguro. En Denali, las mujeres nos obligan a luchar por todo. Incluso tocarlas y permitirnos complacerlas. Nos toma a los cuatro llevar a una hembra Fríos al placer. Pero tú, eres blanda y nos aceptas. Nos gusta que no tengas que pelear con nosotros, o gruñirnos en cualquier momento dado. Disfrutas de nuestro toque. Nos trae un placer infinito que podamos hacer esto para ti―. Wow, ¿de qué tipo de mundo extraño venían? Sus mujeres sonaban como perras ásperas. ¿Tener que pelear con una mujer solo para tocarla?
―Entonces tus mujeres están locas por no querer que un hombre como tú las toque. Me gustas y el toque de tus hermanos; Me gusta cómo me hacen sentir―. Ella extendió su brazo y pasó la palma de su mano por un lado de su rostro. ― ¿Te tocaría una mujer Fríos así? ― Su respiración se detuvo, y Isabella de repente se sintió más poderosa que nunca.
―No, nunca iniciarían el primer toque―. Eso sonó, simplemente mal.
―¿Así que nunca harían esto?―. Se inclinó y le dio un suave beso en los labios antes de que ella se apartara para estudiar su reacción.
Los oscuros iris de sus ojos dorados se dilataron, un resplandor de ardiente pasión. Él la miró a los ojos, haciéndola temblar, haciendo que su cuerpo ardiera con una necesidad insensata.
Ella le echó los brazos al cuello, lo acercó y entrelazó sus labios con los suyos, besándolo con un fervor hambriento.
Edward la sentó en su regazo, envolviéndola en sus brazos mientras tomaba el control del beso, saqueando su boca, saboreando y provocando con sus labios y lengua.
Isabella gimió, arañando su uniforme negro, necesitándolo, deseando tocar su piel.
―Oh, Edward, por favor―. Ella jadeó cuando se retiró para dejarla respirar. ―Hazme el amor. Quiero sentirte profundamente dentro de mí―. Edward hizo una pausa, aparentemente sorprendido.
―Hacer el amor. ¿Esta es una expresión humana?
―Sí, lo siento si es algo incorrecto decirlo.
―No, significa follar, ¿sí?
Ella se rió.
―Sí, pero, es más, follar es solo el acto, hacer el amor, lo haces con tu cuerpo, corazón y alma―. Él pareció reflexionar sobre esto por un momento mientras le sonreía.
―Sí, me gusta esa palabra, y siempre te haré el amor, pero no aquí―. Antes de que ella pudiera comprender a qué se refería, la tomó nuevamente en sus brazos, llevándola fuera de la habitación y por el pasillo.
Garrett le había dado un recorrido por la nave, y sabía que Edward la llevaba hacia el alojamiento personal de la tripulación.
La puerta se abrió y él entró. Isabella se las arregló para mirar las paredes azules y el pequeño baúl de metal en el extremo de una cama larga y ancha, empujada contra la pared más alejada.
Pero su atención se desvió de la decoración para centrarse en Edward, quien se quitaba la ropa a un ritmo apresurado. Se humedeció los labios ante la exhibición de maravillosos músculos rojos ondulantes, hombros fuertes, bíceps abultados, y su pecho y sus abdominales. Olvídate del paquete de seis, tenía fácil ocho, estos hombres Fríos estaban seriamente construidos. En su cadera estrecha, vio una larga cicatriz oscura. Ella extendió la mano y la tocó.
―¿Conseguiste esto en la guerra?― Él miró su mano, colocando la más grande sobre la de ella.
―Muy pocos de nosotros salimos de esa guerra sin cicatrices. Si no te gusta…
―Oh no, Edward, tú y tus hermanos son hombres muy atractivos. No me importan las cicatrices. De hecho, te hacen ver muy sexy. Lo siento por lo que pasaste.
―Eres amable y atenta, un verdadero tesoro galáctico, dulzura―. Se arrastró hacia ella, y agarró el dobladillo de su vestido corto, tirando de él hacia arriba y quitándolo.
―En mi mundo se me considera con sobrepeso y poco atractiva―, murmuró, con el rostro enrojecido por el calor, mientras su mirada recorría su cuerpo desnudo.
El hambre en su mirada hizo que su estómago revoloteara de anticipación, y sus temores se calmaron.
―Entonces tienes un mundo lleno de tontos si piensan eso. Nunca he visto una tan hermosa―. Pasó la mano por la curva de su cadera y cruzó su vientre. ―Tampoco he tocado a nadie tan suave. Mi vara duele dolorosamente por poseerte. Siente lo que me haces―. Él capturó su mano, guiándola hacia su polla grande y gruesa. Estaba dura, caliente y resbaladiza, en su palma.
Una vez más sintiendo esa oleada de poder, ella deslizó su mano audazmente arriba y abajo de su eje, deleitándose cuando se estremeció bajo su toque. Impresionada por el hecho de que podía hacerlo temblar tanto como él le hizo a ella.
―Por las llanuras de hielo, dulzura, no puedo...― Él la empujó hacia atrás, cubriéndola con su cuerpo, tomando su boca. Con las manos rozando, la apartó lo suficiente como para ahuecar sus pechos, apretándolos al mismo tiempo que los saqueaba con su boca.
Ella dejó que sus manos vagaran, tocando cada parte de él que podía alcanzar, su cuello, los hombros y brazos... a lo largo de su pecho. Su suave y flexible piel se sentía bien debajo de las yemas de sus dedos.
Él buscó entre sus cuerpos, su mano expertamente separando sus pliegues, y su cuerpo se sacudió cuando uno de sus gruesos dedos se concentró en su clítoris.
―Ah, sí, mis hermanos me han contado sobre esto, tu clí-to-ris.
―Oh Dios―. Él sin piedad frotó su yema, una y otra vez. Isabella se revolvió y gimió, aferrada a sus bíceps mientras la empujaba hacia el acantilado de la dicha.
Él se detuvo, y ella gimió en desacuerdo. La apartó, y ella abrió los ojos para mirar hacia abajo. Sus manos rojas sobre sus pálidos muslos, las empujaron de par en par, su mirada se clavó en su sexo abierto y expuesto.
Empujándose sobre sus codos, miró por encima de su cuerpo para ver qué estaba mirando Edward. Sus rizos oscuros brillaban con jugos, sus pliegues rosados, hinchados y tan sensibles.
―Increíble, tan hermosa, tengo que probarte―. Rindiéndose, ella se dejó caer de nuevo en la cama y empuñó las sábanas, sabiendo lo que vendría después, anhelando y temiendo al mismo tiempo.
―Noquéame.
―¿Por qué habría de hacer eso? Quiero probarte, no dejarte inconsciente―. Se tapó la boca con la mano para sofocar su risita histérica. Oh Dios, realmente iban a matarla, a través de la risa y el placer.
―Es una expresión humana, es decir, sí, adelante y hazlo.
―Si ese es tu deseo.
Ella solo captó su sonrisa maliciosa antes de que él hurgara entre sus muslos. La ligera bocanada de aire fue toda la advertencia que recibió, antes de que su cálida lengua se deslizara por sus pliegues, haciendo que sus caderas se sacudieran en respuesta.
Puso una mano sobre su vientre inferior y la empujó hacia el colchón, sosteniéndola sin esfuerzo mientras continuaba su ataque. Él dio una larga lamida por su abertura vaginal, sobre su clítoris y luego volvió a bajar, antes de presionar su lengua profundamente.
Dentro y fuera, una y otra vez, llevándola a perder el sentido, empujándola hacia el precipicio y hacia el abismo. Su grito llenó la habitación, su cuerpo se estremeció cuando el placer se desgarró en cada terminación nerviosa, haciendo que chispas de placer la recorrieran. Sus ojos se cerraron mientras él se alejaba, ella suspiró, flotando en una nube de dicha.
―Isabella―. Sus ojos se abrieron de golpe. Él estaba justo sobre ella, y se lamió los labios y la barbilla con la misma lengua larga y salvaje que acababa de llevarla a otro clímax. Ella se encontró con su mirada desesperada. ―Necesito tomarte ahora.
―Sí, Edward, tómame, soy tuya―. Sintió la gruesa cabeza de su polla empujar contra su entrada, abriendo y hundiéndose lentamente, ayudado tanto por sus jugos húmedos como por sus aceites naturales.
Santa Madre, ¿alguna vez se acostumbraría a sus tamaños? La estiraban hasta su límite, y amaba cada maldita pulgada de ellos. Con la poca fuerza que le quedaba, ella levantó sus piernas y las envolvió alrededor de su cintura.
―Nuestra, eres nuestra―.
―Oh Dios, Edward, sí, suya―. Con un cambio de sus caderas, se retiró y se sumergió de nuevo, comenzando un ritmo lento y agonizante. Su pecho justo encima de su rostro, sus codos plantados a cada lado de su cabeza. Ella se levantó y lamió su pecho.
Él gimió y sus caderas se movieron cada vez más rápido. Era difícil concentrarse con la increíble sensación de deslizamiento que su polla creaba dentro. Ella se agarró fuertemente a su costado, levantó la cabeza otra vez y sujetó la boca a su pezón masculino plano, jugueteando con sus dientes y lengua.
Su enfoque se volvió borroso cuando él bombeó más fuerte, mientras la sangre le golpeaba en los oídos. La llama volvió a la vida como un fuego salvaje, y no había forma de detener la tormenta que se aproximaba.
Su grito resonó en las paredes cuando ella se empujó hacia el cielo. Él tembló, y sus caderas se sacudieron, él echó la cabeza hacia atrás y rugió. Su esperma caliente y espesa se derramó en sus profundidades.
Una vez más, uno de los hermanos la había dejado inútil, flácida, respirando con dificultad, su corazón latiendo con fuerza. La cabeza de Edward descansaba en el hueco de su cuello, mientras él también luchaba por controlar su respiración.
―Empujare al maldito androide por una cámara de aire―. Isabella parpadeó, confundida por sus palabras.
―¿Perdón?― Él se rió entre dientes, levantando la cabeza.
―Lo siento, dulzura, palabras sin sentido, eres lo mejor que nos ha pasado―. Se sentía bien por dentro y por fuera, por no mencionar soñolienta. Ella gimió cuando él se apartó y se movió para acostarse de lado, tomándola en sus brazos, sosteniéndola contra su pecho. Estaba perdiendo rápidamente la batalla para mantenerse consciente.
―Nunca voy a dejarte ir. Tú lo sabes, ¿verdad?
―Uh, huh...― Su cerebro confundido no registró sus últimas palabras.
Usando su bíceps como almohada, ya no pudo mantener los ojos abiertos y se quedó dormida.
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Empezamos el lindo maratón de hoy! Según la encuesta rápida que hice en el grupo de Facebook… las chicas quieren un maratón de esta historia jajaja así que un maratón les daré :3
No olviden dejar un comentario.
¡Nos leemos pronto!
