— No puede ser que ya estés llorando, Dimmi. ¿Dónde quedó tu orgullo de Elfo inmortal?
— Cierra la boca.
A continuación, lo único que se oyó dentro del pequeño espacio donde se hallaban los cuatro reunidos fue a Dimminuial limpiándose la nariz; por supuesto, Bianca también estaba conmovida porque no importaba realmente cuántas veces releyera aquella historia, la separación de Akaashi y Bokuto era uno de los primeros puntos de inflexión en aquella tragedia.
Si Dimminuial ya comenzaba a llorar luego de que terminara aquel capítulo, no quería imaginarse cómo iba a ponerse después.
— Pero no se ha muerto nadie todavía. Guarda las lágrimas para después.— dijo Antharel, bufando mientras se acomodaba otra vez sobre la alfombra, apoyándose en un cojín.
— ¿Muere alguien?¿Tú ya lo sabes? ¿Abuela?
— Eso lo sabrás luego, Dimmi. Antharel, no digas esas cosas.
— No, no la leí, pero como viene la mano…
— Que no muera Akaashi, por favor.
— ¿Quieren que continúe o lo…?
— ¡Sí!
Bianca inhaló profundamente y cambió de página.
— ¿Tiene que ser ahora, Kuroo?¿De verdad, hombre?
— Sí, tiene que ser ahora, ya.
Iwaizumi chasqueó la lengua, ofuscado y un poco reticente ante las palabras de su amigo; era ya pasada la medianoche e Iwaizumi ya se había acostado, incluso ya estaba entre dormido cuando oyó el golpeteo en la puerta de entrada de su casa. Por suerte, hacía un par de meses su tío le había dejado aquella propiedad para mudarse al pueblo vecino y estaba en franca lucha de negociaciones con Oikawa para ver qué hacían con ella. Como Oikawa no quería saber nada con la ciudad humana e Iwaizumi trabajaba y sus ingresos dependían de ella tampoco podía mudarse, por lo que la convivencia que ambos estaban planeando había tenido que postergarse un poco más, hecho que a Iwaizumi no le había molestado para nada.
Aún así, habían encontrado la manera para afianzar su relación y estar más unidos que nunca. Un hogar en común en esos momentos representaba el menor de sus problemas, porque lo que más deseaba Iwaizumi era que Oikawa se sintiera cómodo con él, conforme con iniciar una vida junto a un ser humano.
Por eso, cuando los golpes se repitieron con mayor urgencia y fuerza, no tuvo otra que levantarse, porque ya no era una cuestión de que despertara a nadie más en aquella vivienda vacía, sino que el ruido alertaría a los vecinos.
Y cuál fue su sorpresa al encontrarse con Kuroo del otro lado de la puerta.
Era noche cerrada; fuera de su casa y en las callejuelas aledañas no había una sola lámpara encendida, por lo que Iwaizumi reconoció a Kuroo sólo por su voz. Había llegado envuelto con una capa de viaje que le cubría la cabeza, cuernos incluidos.
— Entonces entra. Hace frío.
— Cámbiate.
— ¿Eh?
Molesto y confuso, Iwaizumi le permitió el ingreso a Kuroo; encendió una lámpara y se desperezó en un intento por terminar de despertarse. ¿Qué demonios estaba sucediendo?
— Que te vistas.
— Es medianoche, Kuroo.
— Iwaizumi.— Kuroo retiró la capucha de su cabeza pero no se quitó la capa pese al ademán que Iwaizumi le había hecho para que lo hiciera.— No, no prepares nada. No hay tiempo.
— ¿De qué hablas? Comienzas a asustarme.
Iwaizumi detuvo sus movimientos al oír la urgencia en la voz de Kuroo. La única vez que había escuchado aquel tono ansioso y preocupado había sido en una ocasión en la que habían creído que Bokuto se había ahogado en un lago bastante profundo dentro del bosque, para luego enterarse que había pasado en realidad toda la tarde con aquel Elfo que Iwaizumi no conocía. Volteó con el ceño fruncido, aún con la tetera en una mano.
— Amigo, escucha. Vengo aquí por Oikawa.
Al oír su nombre, Iwaizumi terminó de despertar. Soltó la tetera y se acercó con paso rápido y firme a Kuroo, más ansioso que éste último.
— Dime que está bien. Dilo.— sostuvo a Kuroo por el cuello de la capa, ofuscado por su falta de respuesta.
— Se encuentra bien si te refieres a cómo estaba hoy luego de que lo viste. Iwaizumi, tienes que creerme cuando te digo que Oikawa no es lo que tú ves.
— ¿De qué hablas, maldita sea?
— El bosque habla, oye, ve.
La angustia de Kuroo crecía conforme sus palabras salían a borbotones por su boca, el miedo reflejado en sus ojos. Susurraba y observaba la puerta y la ventana de la cocina como si creyera que alguien estuviese detrás de éstos, contagiando inconscientemente la paranoia en Iwaizumi.
— Vas a calmarte y vas a hablarme claro en un idioma en el que yo comprenda qué mierda está sucediendo.
— Oikawa ha cambiado. Ha ganado poder, Iwaizumi. Yo...me percaté de ello demasiado tarde. Se ha convertido en un monstruo, y esos mismos poderes lo han trastornado de una manera en la que no te imaginas. Temo que ahora mismo nos esté oyendo.
— Pero...Kuroo. Kuroo, mírame.
Iwaizumi comenzaba a preocuparse de verdad por el estado mental del otro; tomó su rostro entre sus manos y lo observó a la luz de la lámpara que había encendido. Sus ojos no detenían su viaje incesante hacia la puerta y la ventana, las ojeras profundas marcando su piel. ¿Cuánto hacía que no dormía? Iwaizumi intentó rememorar cuándo había sido la última vez que había entablado una conversación normal con Kuroo y se sorprendió al recordar que había sido sólo hacía un par de días, en los límites del bosque. No le había dado la impresión atolondrada y paranoica que le generaba ahora. ¿Estaría bajo el efecto del algún hechizo, acaso?
— ¿Alguien te ha atacado? Si te has envenenado, quizás debamos ir a que Oikawa te revise, yo no entiendo mucho de ésto.
— Iwaizumi, ahora mírame tú a mi. Mírame y dime a la cara que no has notado absolutamente ningún cambio en Oikawa de unos meses hasta ahora. Vamos, hazlo. Si puedes hacerlo sin dudar, me iré sin agregar más nada.
Ambos se quedaron observándose fijamente, ninguno emitía un sólo sonido. El mentón de Iwaizumi tembló débilmente cuando quiso abrir la boca y refutar las tonterías que Kuroo estaba afirmando, romperle la cara y advertirle que dejara de hablar pestes de su prometido…
...pero no pudo hacerlo, porque Kuroo sí tenía algo de razón.
Iwaizumi había notado a Oikawa más retraído, incluso un poco cabizbajo en algunas ocasiones. Para cuando él llegaba a visitarlo todos los días, Oikawa siempre lo aguardaba con una sonrisa, un beso y un abrazo. Sus conversaciones seguían siendo las mismas y a Iwaizumi en ningún momento le había dado la impresión de que le ocultara algo, salvo en los momentos en los que creía ver en los ojos de Oikawa un destello rojo que antes no le había conocido, pero lo había dejado pasar pensando que se trataba de algún hechizo sencillo. Oikawa vivía realizando hechizos a su alrededor sin darle una explicación la mayoría de las veces y ya se había acostumbrado a no cuestionar, confiando en la voluntad del otro.
Sin embargo, lo que sí había notado era que sus discusiones se habían vuelto menos frecuentes, pero más intensas. La mayoría de ellas había girado en torno a la guerra humana, como la llamaba Oikawa. Su desprecio hacia los demás seres humanos se había incrementado exponencialmente en aquel último tiempo, y cuando Iwaizumi intentaba poner sobre la mesa su punto de vista, Oikawa se había mostrado intolerante e incluso agresivo al punto en el que la discusión solía terminar en silencios incómodos que Iwaizumi no sabía remontar.
¿Acaso había sucedido algo más entre Oikawa y otros humanos que lo habían vuelto tan vengativo y rencoroso?
— No puedo hacerlo.
— Mira. Tú no corres peligro, el idiota te quiere. Qué digo, te adora. Pero si quieres proteger a la gente de ésta ciudad, tienes que detenerlo ahora. Te ha estado ocultando más que una simple cuestión de desprecio, Iwaizumi.
— ¿Qué piensa hacer?
— No lo sé. De un tiempo a ésta parte ha dejado de contarme las cosas. Me he acercado lo menos posible porque no represento un elemento útil para él.
— Kuroo, maldita sea, eres su amigo.
— Ya no. Me duele en el alma decirlo, pero ya no lo reconozco.
En ese instante, Iwaizumi se sintió perdido, furioso y angustiado, todo al mismo tiempo. Era cierto que había notado un cambio en la actitud de Oikawa, pero nunca se había mostrado agresivo al punto de la violencia delante suyo, y como tampoco sabía comprender muy bien el significado de sus hechizos, no tenía conocimiento alguno de sus avances en esa área, simple y llanamente porque Oikawa tampoco lo compartía con él. No podía creer el planteo que Kuroo acababa de hacerle, pero siempre había sido una criatura cuerda y de pensamiento frío, analítico. Nunca, ni siquiera la vez de la supuesta muerte de Bokuto, lo había visto tan asustado.
Odiaba, aborrecía que algo se le estuviese escapando de aquella manera tan obvia.
De repente, Kuroo pareció oír algo; jadeó sorprendido y se soltó de Iwaizumi. Volteó el rostro hacia él otra vez, tomando la cabeza de Iwaizumi entre sus manos.
— No sé cuándo volveremos a vernos, pero te deseo toda la fortuna que un humano pueda tener.
— ¿Adónde vas a ir, por qué vas a irte? Maldita sea, Kuroo, ¡no me dejes a medias!
— Tú también debes irte. La guerra está aquí.
— ¿Qué?
Kuroo caminó hacia la puerta, abriéndola. Iwaizumi miró alternativamente hacia afuera y a la criatura que seguía sosteniendo la puerta con una mano. Tardó varios segundos en oír un sonido extraño, lejano, que se fue intensificando conforme los segundos pasaban.
— Cámbiate. Ahora.
No necesitó que se lo dijera dos veces. Mientras lo hacía, recordaba metódicamente dónde había escondido la armadura y la espada que había tenido a bien conseguir el año anterior, cuando los rumores de que los soldados de Karasuno se acercaban a paso lento pero seguro a la capital. Aquello, por supuesto, había sido otro motivo de pelea con Oikawa; logró colocársela rápidamente y enfundó su espada a su cintura, nervioso como nunca se había sentido.
Kuroo aún lo aguardaba en la puerta, su mirada perdida más allá de donde los ojos de Iwaizumi alcanzaban a ver. Una columna de humo se extendía a unas cuadras de distancia y ya podía verse gente corriendo aquí y allá. Gritos, relinchos. El olor de la sangre y el fuego comenzaba a circular calle abajo.
— Kuroo, maldita sea. Bokuto. ¿Dónde mierda está Bokuto?
— Debe estar con Eilruah. Prácticamente está viviendo con él en el bosque.
— ¿Te da la impresión de que Bokuto va a dejar el culo quieto si sabe que la ciudad es atacada?
Hubo un momento de silencio sólo interrumpido por gritos y ruidos de pelea ya no tan lejanos. Iwaizumi cerró la puerta de la vivienda sabiendo que no tenía demasiado sentido ya, chasqueando la lengua y maldiciendo otra vez.
— Odio a los humanos, ¿por qué tienen que ser tan idiotas?
— Así nos quieres. Vamos, sé dónde vive.
Así, recorriendo varias calles y doblando en varias ocasiones, Iwaizumi notó con espanto la magnitud que ya había alcanzado el problema; la ciudad estaba parcialmente incendiada y el fuego avanzaba en una sola dirección. Podía verlo en las calles laterales, sobre los techos y en los carros y personas que intentaban huir despavoridas de éste, algunas atacadas por soldados enemigos; al tener sólo la luz del fuego en esos momentos, para Iwaizumi era difícil distinguir entre amigo y enemigo, y en las ocasiones en las que había intentado luchar para defender a alguna persona indefensa, Kuroo lo había detenido y mandado a volar a todo sujeto que pudiera utilizando algún hechizo.
— No te entretengas, no podemos ganar. Encontremos a Bokuto y salgamos de aquí.
— Éste es su hogar.
Por suerte, al detenerse en seco sobre el taller que pertenecía al padre de Bokuto, comprobaron que ni el fuego ni el caos habían llegado en su totalidad a aquella región; sólo en ese momento, Iwaizumi fue consciente que se hallaban apenas a unos 50 metros del castillo ocupado por la corona. Con resquemor, alcanzó a divisar una columna de humo saliendo de una de las torres, generándole todavía más angustia. ¿Cómo era posible que hubiesen llegado ya al palacio? ¿En qué momento se había descontrolado todo?
— ¡Idiota! Maldito seas, humano de mierda. Estaba preocupado por ti, infeliz.
— ¿Kuroo?¿Iwaizumi?
Bokuto había surgido de no sabía dónde, porque Iwaizumi aún seguía mirando el fuego cuando Kuroo había gritado y se había lanzado al otro, abrazándolo. Oyó el alivio en su voz y se alegró por ambos. Bokuto no estaba sólo; un grupo de personas — entre ellos sus propios padres — se estaban reuniendo detrás del taller. Al parecer, habían podido coordinarse en medio del caos y todos estaban subiendo a dos carruajes que allí estaban alistados. En medio de las corridas, Bokuto los había reconocido y, al hacerlo, su expresión ansiosa fue reemplazada por su sonrisa típica, incluso en aquellas circunstancias.
— Debemos irnos, ahora sí.
— Todavía hay gente atrapada cerca del castillo. No saben lo que es eso.— la voz de Bokuto se tornó seria y eso les dio pie a saber que la situación era realmente grave.— Los caballos no podrán pasar por ahí, pero mi padre podrá guiarlos fuera. Conoce atajos para evadir a los que cobran los impuestos.
— ¿Qué hacemos?
Ambos, Iwaizumi y Bokuto, miraron a Kuroo, quien había permanecido en silencio hasta ese momento. Éste se limitó a colocarse la capucha otra vez, su rostro parcialmente oculto en la sombra de la tela.
— Esto es una guerra humana, no voy a inmiscuirme.
— No podemos dejar a esa gente allí, Iwaizumi.
— Claro que no. Entonces, aquí nos despedimos.
Iwaizumi tendió la mano para tomar la de Kuroo rodeado de una aura solemne que no sentía en lo más mínimo. Estaba aterrado, pero el cargo de conciencia pesaba más en su mente. Kuroo observó su mano y luego el rostro de ambos. Maldijo una, dos. Tres veces.
— Y una mierda. Vamos, rápido. ¡Y después sí nos vamos!
— Esperen.
Bokuto suspiró pesadamente e Iwaizumi reconoció "ese" momento. Lo vio alejarse de ellos en dirección a los caballos y hablar con un hombre mayor, su padre. Iwaizumi y Kuroo los vieron discutir, elevar la voz. Bokuto la elevó un poco más, pero aún así Iwaizumi no alcanzaba a distinguir sus palabras, aunque no necesitaba hacerlo. Sabía perfectamente que Bokuto lo estaba instando a irse sin él.
¿Qué padre podría aceptar semejante decisión sin dar pelea? Finalmente, ambos hombres se abrazaron largamente. Iwaizumi oyó a Kuroo maldecir otra vez a su lado, y él lo secundó. Si hubiese tenido familia en esos momentos, la decisión de abandonarlos por su seguridad hubiese sido rápida, pero aún así difícil. Bokuto no sabía si volvería a ver a su familia, y aquel abrazo fue la imagen de una despedida que Iwaizumi no estaba en condiciones de ver en esos momentos.
— Vamos. Eso sí, sólo me quedan dos caballos.— terció Bokuto un tanto violento cuando volvió hacia ellos. Iwaizumi vio por el rabillo del ojo los carruajes comenzando a desplazarse.
— No necesito que una bestia me lleve.— soltó Kuroo, un tanto apurado y también agresivo al ver los ojos de Bokuto un tanto brillosos.
— Porque la bestia ya eres tú.
— Y qué bestia.
— ¿Pueden parar? No es el mejor momento, saben.
— Siempre es un buen momento.
Al menos ambos habían recuperado parte de su humor una vez que habían subido a los caballos; mientras comenzaban a galopar calle arriba, Iwaizumi se percató de que Kuroo podía correr incluso más rápido que los caballos. Se preguntó si Oikawa era capaz de algo así, pero la respuesta acudió sola en su mente.
Por supuesto que podía, eso y quién sabía cuántas cosas más que él desconocía.
Como Bokuto había vaticinado, las inmediaciones del castillo se habían transformado en un infierno. La mayoría de las viviendas, negocios y talleres estaba en llamas, el camino regado de cuerpos también incendiándose. Los caballos se asustaron por los gritos y el calor, pero pudieron hacerlos andar intentando seguir el paso de Kuroo.
— Por aquí, puedo olerlos.
Iwaizumi vio la espalda de Kuroo. Oyó su voz un tanto amortiguada por los ruidos que los rodeaban, el caos desatándose y expandiéndose por donde ellos habían llegado. Por alguna razón, la escena se desarrolló en su mente en cámara lenta, despacio, ajeno a ella. Percibió los cascos del caballo de Bokuto golpeando el suelo fuertemente a su lado, sobrepasando su posición.
Vio su espalda iluminada por el fuego, el caballo siguiendo la voz de Kuroo.
Y lo vio venir. La opresión en el pecho que estaba sintiendo desde el momento en el que había sido testigo de aquella despedida se hizo más asfixiante, más dolorosa. Como si lo hubiese sabido, el mal presentimiento estalló en su cerebro, el grito no saliendo a tiempo de su garganta.
— Bokuto, ¡sal de ahí, ahora!
Pero ya era demasiado tarde; incluso Kuroo lo había notado casi al mismo instante que Iwaizumi. Bokuto alcanzó a detener el galope de su caballo y a intentar voltearse, probablemente para preguntarle qué sucedía, por qué le pedía aquello. Sin embargo, la flecha había sido más veloz, certera y letal. Iwaizumi se quedó sin aire en el instante en el que el filo del metal atravesó violentamente el pecho de Bokuto, la sangre comenzando a expandirse de forma desagradable y rápida sobre su ropa. Todo sucedió en un segundo que para el otro fue una eternidad; el caballo corcoveó, asustado, y en el estado en el que se hallaba, Bokuto cayó hacia atrás, desplomado en el suelo. Iwaizumi oyó lejos, muy lejos, el grito de Kuroo. Vio el caballo blanco que antes había montado Bokuto correr aterrorizado entre el fuego, perdiéndose. Como pudo, temblando como una hoja, Iwaizumi descendió del suyo y lo sostuvo fuertemente de las riendas, acercándose.
Aquello no podía estar sucediendo, no en ese momento, no a Bokuto. No, no…
Aún respiraba. Lo hacía con dificultad, pero un atisbo de vida se distinguía en el esfuerzo que su garganta hacía para recuperar algo de aire. Bokuto tosió de repente, de su boca surgiendo una corriente de sangre que descendía por su rostro, su cuello. La mancha de su ropa ahora se extendía en el suelo cada vez más grande, más oscura.
— No intentes hablar, no lo hagas. Mierda, mierda.
Kuroo estaba desesperado, arrodillado a su lado. Iwaizumi vio su brazo temblando cuando su mano intentó tomar la flecha que aún seguía incrustada allí, en medio de su pecho. No podía dejar de contemplarla; le había atravesado el corazón, no cabía duda alguna. Iwaizumi no había visto al arquero, pero sí había alcanzado a sentir la madera tensándose y el silbido del viento en la trayectoria de lo que estaba acabando con la vida de Bokuto. Y sólo había querido ayudar, la idea había sido justamente de él. Se había despedido de su familia y él, Iwaizumi, había permitido esa locura…
— Iwaizumi, maldita sea, tú también. ¡Reacciona! ¡Respira, por el amor de Dios! ¡No entres en pánico, ayúdame!
— ¿Q-Qué...qué…?
En ese momento, sucedieron varias cosas a la vez, sólo que en esa ocasión todo sucedió tan velozmente que Iwaizumi tuvo que reaccionar rápido. Al acercarse a Kuroo, tuvo plena consciencia de que el arquero que le había disparado a Bokuto estaba a sus espaldas, a unos metros. Iwaizumi incluso había alcanzado a realizar el ademán para retirar la espada de la funda y comenzar a pelear pero, en ese momento, una fuerza indescriptiblemente siniestra y opresiva se acercó desde el otro lado. Iwaizumi no podía verla, podía sentirla. De repente, un ave negra surgió del mismo fuego; era un cuervo. Frunció el ceño observando su trayectoria. Pero…
— Te lo dije, ahora, ayúdame.
— Pero esto…
— ¡Iwaizumi!
El cuervo, en efecto, era Oikawa. La energía que había sentido, también era él mismo. No tuvo demasiado tiempo para evaluar lo que estaba sucediendo, pero Oikawa atacó al arquero de lleno. Éste logró defenderse y esquivar su ataque inicial, pero no sabía por cuánto tiempo aquel sujeto podría huir de la ira de Oikawa.
En ese instante, las palabras de Kuroo tomaron sentido. Lo reconocía sólo en cuerpo, pero no a él. Ese no era su Oikawa.
Kuroo comenzó a hablar en otra lengua que Iwaizumi no conocía; ni siquiera había oído a Oikawa utilizarla, por lo que supuso que se trataba de algún tipo de oración. Su mano estaba sobre el pecho de Bokuto, la flecha aún allí. De la nada, una luz azulada cubrió la superficie del torso del otro para luego desaparecer débilmente.
— Sólo le he dado unos minutos, pero no va a resistir. Ninguna criatura resistiría semejante herida. Iwaizumi, tenemos que llevarlo al bosque. Eilruah sabrá qué hacer.
— Pero, Oikawa…
— Ve, Iwa-chan.
Ambos jadearon, sorprendidos. La voz de Oikawa se oía nítida, pero él no estaba allí. Iwaizumi giró y volteó en varias direcciones, sin éxito. El arquero y él habían desaparecido en algún momento, entre el fuego.
— Oikawa, maldita sea, tenemos que hablar.
— Después. Ve y salva a tu amigo. No queda mucha vida en su cuerpo. Les daré tiempo. Fuera de aquí.
Increíblemente, Iwaizumi creyó ciegamente en sus palabras, sobre todo cuando el fuego a un costado se abrió como dos cortinas separadas e inmensas, candentes, dejándoles un camino abierto por el cual circular. Iwaizumi tomó una última inhalación profunda y ayudó a Kuroo a levantar el cuerpo de Bokuto del suelo. Si lograban subirlo al caballo, podrían llegar galopando en apenas unos pocos minutos…
En ese momento, Bokuto volvió a toser; su cuerpo se convulsionó débilmente e Iwaizumi oyó a Kuroo jadear, sosteniéndolo por los hombros. Ambos temblaban, los tres lo hacían.
— A-Akaashi…
— Cállate, idiota. Cierra la maldita boca una sola vez en tu vida.
E Iwaizumi lo vio. Bokuto llevaba en el rostro una expresión de dolor inmensa, inconmensurable. Sus ojos estaban fuertemente cerrados y no parecía estar consciente en esos momentos pero, por alguna razón, Iwaizumi no atribuyó su sufrimiento a la herida mortal que aún estaba en su pecho. Por alguna razón, Bokuto parecía estar padeciendo un dolor que iba más allá de lo físico. Una lágrima corrió por su mejilla, mezclándose con la sangre que aún surgía de su boca.
Y en ese momento, lejos de allí, otra persona se desplomaba en el suelo cubierto de hojas secas.
— ¿Akaashi? ¡Akaashi!
El grito de Konoha, tan impropio de él mismo, despertó y alertó a todo el Bosque de Aoba en mitad de la noche. Algo realmente grave estaba sucediendo y había involucrado a los Elfos.
