DISCLAIMER: LOS PERSONAJES DE KUNG FU PANDA Y PAWS OF DESTINY NO ME PERTENECEN
Agradecimientos:
Gracias por leer.
6
Porque estamos en guerra
Cuando Po despertó, ya era muy tarde, estaba muy entrada la noche. Se irguió en la cama, quedando sentado, conteniendo un bostezo. Se sorprendió poco de que fuese de noche, aunque tampoco es que fuera importante, estaban agotados psicológicamente, lo normal fuera que aprovechasen todo lo posible. Aún así...
Con cuidado de no despertar a Tigresa, se deslizó como pudo de la cama y puso de pie. Había desarrollado la capacidad de levantarse sin hacer ruido. Quizá no fuera util en batalla, pero ya era algo. Alguna cosa de Tigresa tenía que aprender. Ella, en cambio, aprendió de él a dormir mucho más tiempo. Vaya que sí, como debe de ser. Los animales saludables dormían al menos diez horas al día.
Observó a Tigresa, respirando con una tranquilidad inanimal. La luz de la luna que entraba por la pequeña ventana en la parte superior de la pared, le teñía el pelaje de un naranja metálico, etéreo. Po fue hasta el armario de bambú y sacó una manta suave, apartando la gruesa con la que pasaban los inviernos, se la acomodó por encima y sonrió al verla cubierta. Ella se movió un poco, acurrucándose como una bola por reflejo.
Sabía que ella prefería dormir desnuda y Po no podía negar que eso le encantaba, sólo que tenían el problema de una guerra encima. En cualquier momento podían ser atacados y no era muy honorable salir a pelear así. Por lo que ella en estos últimos años empezó a dormir, por sugerencia suya, con vendas en el pecho y un pantaloncillo corto y fino a modo de calza.
Po bostezó, abrió con cuidado la puerta corrediza y salió rumbo a la cocina. En ésta, se encontró con una sorprendida Nu Hai, que cerraba la despensa con cuidado, llevando en la pata libre un frasco de galletas. Parpadeó con lentitud.
—¿Gusta? —ofreció ella, rompiendo el silencio.
Po solto una carcajada acercándose a Nu Hai, metió la pata en el frasco y se recompensó con cinco grandes piezas.
—¿No puede dormir? —preguntó Nu Hai, tratando de disimular la pena.
—No es eso —respondió Po, yendo a la despensa a por agua de arroz; quitó el tapón de una botella de barro y bebió un gran trago—. Diría que lo contrario. Acabo de despertar y tenía hambre. —Tomó unas siete frutas—. Corrección: tengo hambre. ¿Tú? —Se comió una manzana casi de un bocado.
Nu Hai frunció los labios, como molesta consigo misma. Bufó, antes de sacar una galleta y darle un mordisco.
—Podría decirse que es parecido.
Lo dijo sin importancia, demasiado, en realidad, por lo que al verla con más detenimiento, no le fueron pasadas por alto las señales de extremo cansancio. Hombros caídos, espalda un poco encorvada, ojeras.
—¿Quieres hablar de ello? —preguntó, con delicadeza—. ¿Problemas con Jing?
Nu Hai se sobresaltó.
—No, todo con ella anda de mil maravillas, maestro Po. —Se le dibujó una sonrisa—. Me ayuda como no tiene idea. —Apretó el puño disimuladamente y Po supo que ella estaba luchando contra sí misma; el orgullo de Hai era comparable con el de Tigresa, sin querer reconocer debilidades obvias propias.
Po se sentó en la mesa principal, donde todos comían, alentando con el gesto a Nu Hai para que le acompañara. Ella se sentó agradecida, dejándose caer en el banquillo como un bulto. «Está demasiado cansada, ¿por qué?». Empezó a sacar galletas que comió con fingida relajación.
Empezó a hablarle de que temía por todos en la guerra, que no quería que nadie muriese, que eso la destruiría. Después pasó a un problema sobre el manejo del Chi con Jing y terminó al final sobre lo que de verdad le pasaba. Hablaba con desahogo, liberándose del peso y Po sentía ese peso encima suyo.
—¿Estás segura? —preguntó, y ante la mirada arqueada de ella, se rectificó—. Vaya, claro que lo estás, obvio, lo que quiero dar a entender es que si estás segura de que es Dragón Azul.
—Muy segura, maestro Po.
—Ya hemos hablado de ello, Hai, dime Po.
—No puedo —dijo, haciendo una mueca—. Mi Chi, o mejor dicho, mi Constelación me ha corrompido lo suficiente como para atarme en ciertas cosas. Rechazar la autoridad jerárquica y romper juramentos sencillamente me mataría. Quizá... quizá usted sepa por qué.
Po frunció los labios, dando golpecitos con una garra en la madera, mientras con la otra pata hacía mover perezosamente una toronja de un lado a otro, en la mesa. ¿Qué responder a lo que no se tiene respuesta?
—No lo sé —reconoció, impotente—. A mí tambien se me escapa el porqué de lo que les pasa.
—¿No es similar a lo que le sucedió a la maestra Tigresa? —preguntó, decaída.
Po se revolvió en el banquillo.
—No, Hai. O al menos no creo. Por lo que sé, el poder de Ti no fue de un ente externo divino, sino de una antepasada suya. Ella dominó los poderes y Tigresa terminó por despertar dos. Uno relacionado a su Chi y otro a su necesidad.
—Pero los poderes de los Inmortales venían de una divinidad también.
Po asintió.
—Sí, pero no en el mismo orden. —Hai jadeó, apretándose la cabeza, pero rechazó la ayuda de Po. Más preocupado, siguió—. Ella me contó al detalle, Hai. Los Inmortales le quitaron el poder a los dioses y esos...
—Esos dioses encauzaron el rumbo para detenerles, dándole a la Vinculadora su poder —terminó ella. Compuso una sonrisa cansada mirando a Po—. Lo recuerdo, ella nos contó también.
—Exacto, ¿ves que no es lo mismo?
—Tiene que serlo. —Hai negó con la cabeza—. La Maestra Tigresa relató sus poderes y los que vivieron su ataque lo confirman, eran poderes de un dios. Pero si eran dioses, ¿cómo no reaccionaron al instante en que les quitaron sus poderes? ¿Cómo le quitas los poderes a unos dioses?
Po frunció el ceño, pensativo. Tenía demasiado sentido. Los ojos verdes de Hai pasaron a un azul profundo, oscuro, que volvieron a la normalidad cuando dio un quejido de dolor.
—Porque no podían ser varios —dedujo ella—. Era un sólo dios, ¿verdad? Tiene lógica, maestro Po. Si los Inmortales atacaron a un único dios, le pudieron herir lo suficiente como para arrebatarle el poder.
En su interior, el Chi de Seiryu latió con fuerza, rozando su mente. Una fuerte impresión de negación le embargó.
—¿Pero cómo mortales comunes hieren a un dios? —Po le arrojó la toronja y ella la tomó en el aire. Sólo para que dejara de apretar los puños, le preocupaba su alumna—. Sólo un dios puede herir a otro. Y la antepasada de Tigresa dijo que los Inmortales obtuvieron la divinidad, como ella. No que la robaron a la fuerza, la obtuvieron.
—¿Hay más dioses importantes? —preguntó, mordiendo la toronja; el jugo le escurrió por la boca—. No,la pregunta correcta es: ¿cómo se llamaba esa divinidad a la que los Inmortales le arrebataron el poder?
—Nadie lo sabe. —Se encogió de hombros, antes de encovarse de dolor; Seiryu latió, esta vez enviándole una impresión mental de resolución. «Tú lo sabes, ¿no?». Si tan sólo hubiera mejorado su Vínculo con el dragón como lo hizo Bai.
Nu Hai jadeó, dejando caer la toronja; uno de sus ojos se volvió azul por completo.
—Dragón lo sabe —gimió—. Me está forzando para que me quiebre y pueda tomarme. Lo sabe y está enojado por ello. —Le miró a los ojos, aprensiva—. Las Constelaciones lo saben, maestro Po. El origen del poder vinculador de la maestra Tigresa. —Con cada palabra, su voz se constreñía más—. El cambio de las mecánicas del Chi, los sou, los altos sou que dan los altos maestros, el por qué de los altos maestros.
Po se levantó de golpe, rodeando la mesa y tomando a Hai por los hombros.
—¡Detente, Hai! —le rogó—. ¡No provoques a tu Constelación!
Dentro suyo, Seiryu enviaba impresiones a su mente sin detenerse, mareándolo.
—No. —Hai iba perdiendo el verde de su ojo derecho muy lentamente. Su sonrisa era de superioridad aunque moribunda—. ¿Tú lo sabes, verdad, asqueroso Dragón? Peleas conmigo porque tienes miedo. Temes que se descubra lo que no quieres, por eso quieres poseerme y destruir con urgencia a Khang. ¿Qué saben ellos que nosotros no?
Po la sacudió.
—¡Hai, basta!
—¡No! —Ella se revolvió y se soltó, tambaleándose mientras iba hacia atrás. Se abrazó a sí misma, temblando de dolor—. Podemos tener una chance contra Khang, maestro Po. ¡Si mi Constelación me posee, su soberbia le hará hablar; sáquele información a toda costa, pero no deje que me posea por completo!
Po dudó.
—Yo... yo... —Sin embargo, Hai no le dio elección.
—¡Habla, Dragón Azul! —exclamó, a duras penas, su Chi empezando a emanar de su cuerpo como vapor—. ¡Tú sabes el porqué del poder de la maestra Tigresa le permite unir todo, tú sabes de dónde vino el poder Yin de ella y el Yang del maestro Po! ¡Tú sabes el nombre de tu divinidad muerta!
Su ojo se volvió blanco por completo; ambos ojos azul profundo. El color empezó a tomar el blanco de sus ojos.
—¡POR SUPUESTO QUE LO SÉ, MORTAL! —gritó ella con otra voz; fuerte, furiosa, autoritaria—. ¡ESA MORTAL TIENE EL PODER DE LA MADRE, Y AÚN ASÍ FRACASÓ EN SU DEBER!
Po salió despedido hacia atrás, rodando por el suelo y chocando con la pared, golpeándose la cabeza. Mareado por el golpe y por la incesante manera de Seiryu comunicarse consigo, se logró poner de pie. Envió Chi a toda la cocina, revistiéndola con raíces y madera gruesa para que nadie de fuera les escuchase, y para que el poder de Hai no la destruyese.
El pelaje de su alumna empezaba a cambiar de color, como lo estaban sus ojos. El negro y el blanco se volvían poco a poco azules; a Po aquello le recordó demasiado al modo Yin de los Inmortales, sólo que más... perfecto.
—¡DEJA DE LUCHAR CONTRA MÍ, PANDA! —gritó Hai—. ¡YO DEBO POSEERTE TARDE O TEMPRANO, ACEPTA LO INEVITABLE!
Po se irguió.
—¿Por qué?
Los ojos sin pupilas volvierom a ver a Po, causándole un estremecimiento.
—¡POR TU FRACASO Y LA DE TU TIGRESA! —gritó; una cortina de bruma manaba de ella, densa y pesada que se movía por el suelo como tentáculos—. ¡SE LES FUE DADO TEMPORALMENTE EL PODER MÁS PURO DE LA MADRE, EL DE LA LUZ Y LAS SOMBRAS! ¡EL YIN Y EL YANG! ¡SÓLO TENÍAN UNA TAREA Y FUERON INCAPACES DE CUMPLIRLA! ¡NOS ENTREGARON AL CAOS!
Nu Hai empezó a sangrar por las garras, los ojos y la boca. La furia que contenía su Constelación lo golpeó como una maza; Seiryu en su interior latió y Po sintió en su mente la urgencia con la que lo hacía.
—¡FUIMOS SUS PODERES Y NOS DESPERDICIARON! —exclamó—. ¡DEJARON QUE LOS MANCHADOS POR AMBICIÓN...!
Nu Hai cayó al suelo, de rodillas, escupiendo sangre. Demasiada. Sus dientes eran rojos, salía de sus oídos, de sus poros. Po expulsó una gran cantidad de Chi e invocó su bastón de jade, sin el filo divino, se movió con rapidez y le asestó un único golpe en la cabeza. El sonido fue ahogado, pero lo suficiente como para desmayarla.
Su Chi paró y cayó como un saco de papas al suelo, en un charco de sangre cada vez más grande. Con el corazón latiéndole como loco, se arrodilló a su lado y la cargó en brazos, unos brazos que le temblaban como las hojas de un árbol al viento. Estaba aterrado, y la creciente sensación de humedad en sus patas por la sangre de Hai no hacía sino empeorarlo.
Con pasos pesados, jadeando, corrió fuera, azotado por el viento nocturno, subiendo las escaleras de piedra a la sección de la montaña donde estaban las habitaciones de todos. Mientras llegaba, intentó detener el sangrado y mejorarla, emanando Chi alrededor de su cuerpo; aunque lo único que lograba era que una suave luminiscencia con aspeco sólido y en forma de enredaderas la envolviera. La sensación de impotencia de Seiryu en su mente era enorme. Una única imagen bailó ante sus ojos: un árbol.
«Mi Chi hace crecer plantas, no carne», pensó. La sensación de incompetencia aumentó en él.
Casi se llevó por el medio a una Jing que giró en un recodo, frenando apenas. Su rostro paso de la sorpresa a una tensa calma cuando observó a ambos, saliendo a correr hacia el cuarto de ambas, seguida por Po.
Abrió la puerta corrediza de la habitación y la cerró cuando Po entró.
—Déjela en la cama, Po —dijo, abriendo el armario y sacando unos juegos de ropas, vendas y frascos de barro que debían de tener insufiones o hierbas.
Po la dejó en el catre con cuidado y se hizo a un lado, con la panza, pecho y brazos manchados de sangre. Jing se acercó a su novia, emanando demasiada cantidad de Chi; empezaba a brillar con fuerza. Agotado, Po recubrió el cuarto con Chi y género gruesas paredes de madera para privacidad.
Las patas de Jing se movían con destreza sobre el cuerpo de Hai, el Chi que emanaba de ella formó el contorno de unas zarpas de tigre sobre sus brazos.
—Venas minúsculas y pequeñas rotas —murmuró—, desgarre en los músculos de los brazos, piernas, rostro y pecho. Pulmones llenos de sangre, el corazón está demasiado débil. —Miró de soslayo a Po—. ¿Qué sucedió?
Asombrado por el control de la panda, pero detectando el temblor de su labio y la fluctuación en la voz, Po le contó por encima lo que sucedió. Lo que ella le confesó de todos las Constelaciones y sus peleas, y que una cosa llevó a la otra.
—Una posesión agresiva de Dragón Azul, ya. —Alzó una pata y la pasó por uno de los lados del pantalón de entrenamiento de Hai; la zarpa de Chi blanco desgarró la tela y con un lado libre, Jing le arrancó la ropa. Hizo alzo similar con el qipao, pero abriéndolo hacia los lados—. Páseme las vendas, por favor.
Con las patas temblando, se las acercó; ella las colocó en el suelo a su lado.
Jing trabajó con una velocidad constante. Po podía notar el dolor en su alma cuando veía a Hai. Con cariño le quitó la venda del pecho y Po intentó ladear la mirada, pues lo que separaba a su alumna de la desnudez era la calza fina en la cintura. No obstante, se obligó a mirar, dándose cuenta de que las manchas de sangre en su pecho eran de formas irregulares, pero estables.
Jing murmuró algo de sangre coagulada bajo la piel, significase eso lo que significase y empezó a darle de su Chi a ella. Poco a poco el semblante de Hai empezó a mejorar, sin embargo, el rostro de Jing era cada vez más tenso. Al verla bien, el color de sus ojos se fue aclarando hasta ser blanco perla.
—¿Por qué tú no pierdes el control? —preguntó Po.
Jing bufó, colocando una oreja en el pecho de Hai, entre los senos. La respiración de la panda se hizo más sólida.
—Porque Hai se ha llevado la peor parte, Po —respondió, con la voz demasiado neutra para ser la de Jing—. Mi Constelación sabe que tarde o temprano me poseerá, así que llegamos a un acuerdo. Tigre Blanco es más relajado en ese sentido, no busca poseerme como lo hace Dragón Azul con mi Hai.
—¿Por qué?
—No lo sé. —Hizo un mohín dolorido—. Bueno, Tigre Blanco no quiere que lo sepa.
Seiryu rozó su mente.
—Nu Hai dijo algo sobre los machados por una ambición.
Los ojos de Jing se fijaron en los suyos, penetrantes y antiguos. Uno de sus ojos se hizo blanco perla por completo, como en el modo Ying de los Inmortales.
—Dragón de bocón como siempre —sonrió Jing, de la misma forma que había hecho Hai poseída. «Entonces ese es Tigre Blanco»—. No por una ambición, contenedor de Seiryu. Por Ambición, un ser. Son cosas de antes de tu misma existencia, de la de este mundo.
Seiryu latió con tal fuerza que le hizo doler los huesos.
—Ah, el dragón contaminado lo recuerda, ¿pero no del todo, verdad? —Jing parecía luchar contra la influencia de Tigre Blanco, por los espasmos de sus brazos—. Puedo contarles algo referente, Contenedor de Seiryu, pero exijo la presencia de la Vinculadora.
—¿Ti? —se sorprendió Po.
—Yo no puedo matar a mi Contenedora forzándola a canalizarme, panda —dijo Tigre Blanco—. Poseerla es una cosa, forzarme a través de ella es matarla a la larga. Como ejemplo tienes a la amada de mi Contenedora; mírala, con el corazón dañado y peleando para recuperar su control. Si se me rompe el Vínculo volveré a esa forma sin mente, y no, gracias. —Hizo una pausa—. La Vinculadora es para poder charlar sin peligro.
—¿Cómo que Hai tiene dañado el corazón? —se angustió.
La influencia de Tigre Blanco abandonó a Hai, haciéndola recuperar su color de ojos normal. Ella se tambaleó como si le hubieran dado una patada a la cabeza, pero se recuperó con rapidez.
—Cada Constelación afecta una parte del cuerpo, Po —jadeó Hai—. El mío son los brazos, el de Bao la mente, el de Fan Tong las articulaciones y el de Hai el corazón. Son conceptos abstractos que se asocian con la habilidad, y un líder debe tener un corazón estable que no lo haga dudar, ¿no? Pues eso.
Jing tomó las vendas y empezó a cubrir el pecho de Hai con patas diestras, aunque sin perder esa delicadeza protectora con quien se quiere. Tal como Po trataba a Tigresa.
—Le tomará tiempo sanar, supongo —dijo—. Tiene que sobreponerse al Chi de Dragón Azul y dominarlo, o bueno, en realidad sería mantenerlo a raya. Dragón Azul no es una Constelación que le gusta ceder, a ningún líder le gusta, en general.
Po no pudo evitar que la curiosidad lo dominara y se acercó a ella, dudando. Las tablas del suelo crujieron bajo sus pies cuando se detuvo, se inclinó y le posó una pata en la frente a Hai. Parecía dormir. Emanó Chi, concentrándose en el Chi de Dragón Azul, observando como zarzas de energía se envolvían en ella, como enredaderas, latiendo. Sintió la presión de Seiryu a través de ellas y el rechazo de Dragón Azul, casi similares, pero distintos. Las enredaderas se diseminaron.
—Lo comprendo —dijo, mirando a Jing. Se dejó caer de hombros, abatido, aunque no se dejó caer. Sabía que las guerras traían perdidas, y más si tenían entresijos divinos. Los dioses nunca dan, siempre quitan; incluso a los que les dan. Sintió la palma de la pata arder, allí donde años atrás hubo tenido la marca de un sol blanco—. Lucha contra mi ayuda. ¿Cómo puedo ayudar?
—Se lo dije —murmuró Jing, pasando un dedo por la mejilla de Hai—. Y no puede, Po, nuestros poderes traen la muerte consigos. Lo supimos al año de tenerlos y lo hemos ocultado bien, aunque la maestra Tigresa se haya dado cuenta. Pero aún así no dudamos en defender lo que ha de ser defendido. Nuestros poderes nos cambian la mente, nos dañan el cuerpo, no podemos controlarlo. —Po cuadró la mandíbula, impotente—. Sin embargo, nuestras Constelaciones tampoco. Tigre Blanco no me ha dicho por qué, aunque supongo a ustedes sí. Está interesado en que Khang no los posea.
—Con Ti encontraremos una manera de ayudarlos, Jing. —Tenían que hallarla. Debían. Po ya sabía de primera pata lo que era perder seres queridos y Ti también, por eso no quería volver a vivirlo.
—Los dioses nos ayuden en eso, Po —Jing sonrió con ironía—. Pero están muertos, al parecer. —Hizo una pausa—. Por favor, le pido que no divulgue esto. En la mañana nos reuniremos en la biblioteca antes que todos se levanten para hablar de esto; aunque recuerde que ni yo sé por qué nos pasa lo que nos pasa.
Po suspiró, habían batallas que era mejor aplazar.
—A primera hora, Jing.
Ella asintió, con el rostro cansado y reprimiendo un bostezo. Po tomó ello como una señal para irse, por lo que salió del dormitorio y cerró la puerta con suavidad. Una vez afuera, anduvo a pasos lentos hacia la escalera de piedra del siguiente nivel de la montaña, donde estaban las habitaciones de los maestros y separado de éstas, la del maestro del Palacio de Jade. O sea, la de él y Tigresa.
A medio camino de las escaleras, el aire se calentó. Po se detuvo, observando un punto luminiscente que flotaba sin origen. De un rojo medio naranja, como el fuego. Acto seguido, el aire titiló, como cuando hay ondas de calor en la cocina, y finas grietas surgieron. El aire se quebró como cristal por un instante en el cual salió un pequeño fuego de un mundo negro de fondo, se recuperó y volvió a su estado normal. O como de normal fuese el aire.
La llama se quedó levitando y Po bajó dos escalones hacia atrás, entonces el pequeño fuego se expandió hasta el tamaño de un animal adulto. Surgieron brazos, piernas y cabeza, tomando forma de un leopardo.
La figura de Tai-Lung se completó, y las llamas se fueron fundiendo con su pelaje. Sus ojos refulgían con intensidad, emanando esa irreverencia de siempre.
—Malas noticias —dijo.
Po se sintió de repente muy, muy viejo. Como si fuera de la edad de Oogway. «¿Todavía más? ¿Es que los dioses no se contentan con hacerme sentir incapaz de ayudar, de que mi esposa la esté matando la preocupación, que mis alumnos vayan a una muerte inevitable, que mi hija pueda estar muerta en filas enemigas y que mi hijo tenga un poder que le está dañando? ¿Todavía hay más?».
Bufó.
—¿Cuáles?
Tai-Lung pareció compaderse, porque su tono fue menos rudo.
—La comitiva que nos atacó en las montañas llegará pronto al Valle. —Cruzó los brazos sobre el pecho—. Viajan con saltadores, por cómo llegaron. Apenas han pasaso tres, bueno, cuatro días desde que llegamos de esa pelea.
—¿Cuántos crees que son? —preguntó, apretándose el entrecejo.
—Trescientos, quizá. —Azotó con la cola—. Pocos. El problema es que no sabemos qué altos maestros tienen. Saltadores y brutales fijo, quizá más aereos. Puede que astutos o cultivantes.
—No importa —lo cortó—. Ya me ocuparé de pensar en qué hacer, Tai. Lo que sí, es que si mañana... hoy, quiero decir, nos atacan, no quiero que te contengas.
Tai-Lung arqueo una ceja, sonriendo enseñando los colmillos. Parecía igual a aquel Tai-Lung cegado por el dolor y la ira con el que peleó hacía años.
—¿Escuché bien?
Po gruñó, encogiéndose de hombros, sintiendo cómo Seiryu en su interior latía y rozaba su mente dejándole una impresión de... inevitabilidad.
—Estamos en guerra, ¿no? Es matar o morir. Si atacan mi valle, mi tierra, a mis animales, pues ataquemos con todo. Que no quede nadie. ¿No es lo que querías?
Tai-Lung rió elevándose en el cielo como una torre de fuego. Po se encorvó como si le hubieran dado una tanda de palazos; estaba traicionando su forma de ser. Dejando de lado el pelear pero nunca matar por un exterminar para sobrevivir.
Bueno, después de todo, ya lo había dicho.
Estaban en guerra.
