Los Pecados del Lord


15: Disfruta la vida


HINATA se quedó boquiabierta.

—¿Le pegaba?

—Casi siempre con un atizador. —La voz de Rin era tranquila, pero contenía una inmensa furia—. Naruto es un hombre grande y fuerte así que, por supuesto, podía detenerla, pero por lo general no se ocupaba de sí mismo porque tenía que concentrarse en mantenerla alejada de Konohamaru. Shizuka solía esperar a que estuviera borracho o dormido para atacarle. Le drogó con láudano un par de veces, según me contó Nagato. Naruto acabó por asegurarse de que no se quedaba dormido mientras estaba cerca de ella.

Lo que explicaba que Naruto no llevara nunca a una mujer a su cama, como le había dicho Mei Terumi. Que las poseyera en cualquier parte menos en el lecho. Debía de ser un hábito adquirido para evitar que la mujer con la que dormía le despertara golpeándole la espalda con un atizador. De repente, las cicatrices en sus muslos adquirieron un nuevo y horrible significado.

Se dio cuenta de que agarraba el asa de la taza de té con demasiada fuerza para la frágil porcelana.

La dejó sobre el platillo.

—¡Cielo Santo!

Rin negó con la cabeza.

—Shizuka era una mujer cruel y loca, estaba resentida con Naruto por atraparla en el matrimonio. Era algunos años mayor que él y, según Nagato, Naruto se enamoró de ella como un tonto. Imagino que el hecho de ser hijo de uno de los hombres más ricos de Gran Bretaña, y heredero del título si le ocurría algo a Nagato, fue demasiado tentador para que Shizuka se resistiera.

» Sus padres tampoco hicieron nada para advertirle contra ella; estaban encantados de verse libres de la chica. Shizuka siempre pensó que podía hacer lo que le daba la gana, ya puedes imaginarte, así que después de casarse siguió acostándose con cualquier hombre que se le pusiera por delante. Cuando él insistió en que le fuera fiel, ella se volvió incontrolable. Fue una unión maldita desde el principio.

Pensó en el Naruto que conocía; en cómo actuaba cuando tenía un propósito. Era terco, sagaz y no dejaba nada al azar. Podía reírse, pero había siempre un tinte amargo en su risa. Tenía fama de ir con mujeres, de que jamás había permanecido fiel a una desde la muerte de su esposa.

Siempre había dado por supuesto que él jugaba al donjuán aburrido, pero la explicación de Rin pintaba un panorama muy distinto. Tener una esposa tan horrible había destruido cualquier tipo de confianza, por eso no quería volver a casarse. La imagen que tenía de las mujeres oscilaba entre la frialdad egoísta de féminas como Mei Terumi o la atormentadora crueldad de lady Shizuka Cavendish.

—¡Pobre Naruto! —musitó.

Rin sonrió al tiempo que alzaba la taza.

—Ten cuidado, Hinata. Estos MacUzumaki son unos seductores natos; primero te conquistan con su picardía y luego te rompen el corazón con sus desgracias.

—¿Por qué no se divorció de ella? —preguntó Hinata—. Tenía motivos probados. ¿Por qué no la encerró en algún lugar apartado, lejos de él y Konohamaru?

—Pues precisamente por Konohamaru. —Rin rellenó las tazas y echó azúcar en el nuevo té—. Shizuka se quedó embarazada al poco de casarse, lo cual la enfureció. Jamás quiso ser madre. Se pasaba el día en un estado de ira incontrolable, amenazando con lesionarse a sí misma o deshacerse del bebé.

» Naruto no podía perderla de vista ni un instante. Protegía a Konohamaru. Shizuka intentó convencerle en repetidas ocasiones de que no era su hijo, atribuyéndole infinidad de padres distintos. El mayor problema es que, realmente, podría haber sido cierto. Shizuka fue más bien generosa con su cuerpo.

Ella recordó la mirada de Naruto cuando encontró la carta del amante de su esposa escondida en un cajón; la cólera, el asco, el viejo dolor que no había desaparecido. Justo después la había besado con anhelante desesperación, en busca de olvido.

—Creo que la odio —siseó Hinata.

—A mí tampoco me gustaba mucho —decidió Rin—. Naruto tiene un corazón enorme y no es justo que se lo rompiera alguien como ella. —La miró pensativamente—. He llegado a pensar que esa necesidad por ir con otros hombres era un tipo de enfermedad. Mi padre me leyó en una ocasión un tratado científico que explicaba que algunas personas sufren obsesión por mantener relaciones sexuales, del mismo modo que otros la sufren por los juegos de azar o el alcohol.

» No pueden dejar de hacerlo. Se ven impulsados a ello, a experimentar el... éxtasis, por así llamarlo, y llegan a perder la razón. Mi padre y yo llegamos a la conclusión de que Shizuka era una de esas personas.

Hinata parpadeó sorprendida.

—¡Cielo Santo, Rin! ¿Hablas de esto con tu padre?

—Por supuesto. Mi querido padre no es consciente de que determinadas cosas no deben mencionarse en presencia de una señorita. Le encantan todas las ramas de la ciencia y posee una mentalidad abierta, lo que quiere decir que discute de igual manera sobre los hábitos copulativos de las ranas que sobre los de los seres humanos. No los diferencia. Me refiero a apropiadamente. Es evidente que la reproducción de las ranas es diferente a la nuestra.

Ella no pudo contener la risa. Por supuesto, que alguien mencionara los hábitos copulativos de las ranas, por no mencionar los de los humanos, sentado a la mesa de su hermano, haría que Neji y su cuñada le miraran en horrorizado silencio. No es que fueran personas crueles, pero tenían ideas muy rigurosas sobre modales y temas apropiados de conversación.

La risa cesó con un suspiro y ella se relajó en la silla.

—¿Qué hago, Rin? Naruto no hace más que hablar de diamantes y hoteles en Montecarlo como si eso pudiera hacer que me rindiera y corriera a subirme al tren con él.

Rin le brindó una sonrisa de simpatía.

—Porque Naruto está acostumbrado a que las mujeres bizqueen en cuanto les pone delante un collar de diamantes. No le quieren a él, sino a su dinero, y lo sabe.

Naruto lo sabía. Era un hombre generoso, pero no estúpido. Sabía muy bien por qué las mujeres le perseguían.

—A mí me da igual su dinero —aseguró.

—Ya lo sé, pero estoy segura de que Naruto no sabe cómo cortejar a una dama sin agasajarla con regalos. Ninguno de ellos sabe.

Rin lo dijo con convicción. Nagato la había cubierto de presentes y aun así le había rechazado.

Ella suspiró.

—Si me niego a ir con Naruto, sé que lo lamentaré el resto de mi vida. Pero si voy, perderé la reputación y deshonraré a mi familia. —«Otra vez», añadió para sus adentros—. Mis hermanos jamás me perdonarán.

—Bueno, lo cierto es que no tienes que dar explicaciones de adónde vas, ¿sabes? Si me permites decírtelo, no tienes por qué ir anunciando a los cuatro vientos que eres una dama con una prominente posición social en Gran Bretaña. Ve de incógnito.

Ella se rio, pensando en el disfraz que utilizó en la fiesta de Fûma.

—¿Con una peluca y una máscara?

—Nada tan teatral. Solo da a entender que vas de viaje al Continente por tu cuenta. Las mujeres hacen cosas así hoy en día. Van a visitar países lejanos y escriben libros sobre sus aventuras. No eres una inocente debutante, sino una respetable viuda. ¿Qué le importa a nadie si te encuentras con Naruto durante tu viaje?

Ella la observó por encima de la mesa y su amiga le devolvió la mirada, imperturbable.

—Rin, estás diciéndome que nos fuguemos y me convierta en su amante.

—Te estoy diciendo que seas feliz. Aunque sea por poco tiempo, debemos aprovechar todas las oportunidades que se nos ofrecen para serlo. La vida puede resultar muy solitaria cuando no lo hacemos.

Ella se recostó en el respaldo. Acababa de darse cuenta de que Rin no era la persona más indicada a la que pedir consejo sobre ese tema. Había buscado una visión perspicaz, sin influencias de la familia MacUzumaki, pero Rin las tenía, todavía les adoraba de la misma manera en que lo hacían Tanahi o Konan. No había recurrido a ellas porque sabía que la oferta de Naruto se convertiría en una discusión familiar y no era eso lo que quería, ni lo que querría él.

Había pensado que Rin, a pesar de haber plantado a Nagato, era una persona ajena. Sin embargo, era evidente que su amiga lamentaba haber roto el compromiso, aunque estaba segura de que tuvo una buena razón para hacerlo. Diez años antes, Nagato MacUzumaki no tenía buena reputación.

Tanahi le había hablado de la casa que compró para su amante, la señora Palmer. Había visitado allí a la mujer durante largos años y las cosas que había hecho allí dentro no eran, precisamente, convencionales. Solo después de la muerte su mujer y su heredero Nagato se había vuelto más tranquilo y discreto. Sin embargo, siguió viéndose con aquella mujer hasta que murió.

Rin alzó la taza.

—No seas ingenua, Hinata. Sabes lo que quieres hacer. Conoces a los hombres y lo que quieren. Conoces a los MacUzumaki. No comenzarás esa relación con falsas ilusiones.

Ella dejó el bizcocho en el plato. Le encantaba el dulce, pero había perdido el apetito.

—Dime, Rin: si fueras tú quien tuviera que tomar una decisión, si un día apareciera Nagato y te preguntara si quisieras irte con él y ser su amante, ¿Qué le responderías?

Rin cerró los ojos temblorosa.

—Nagato jamás hará eso.

—De acuerdo, pero vamos a imaginar que sí. ¿Te irías con él?

Rin esbozó una sonrisa.

—¿Quieres saber si permitiría que Nagato MacUzumaki me cubriera de joyas? ¿Si estaría dispuesta a compartir su cama? Sería muy tentador, pero mis circunstancias y las tuyas son diferentes.

Ella contuvo el aliento con impaciencia.

—Estamos hablando de supuestos, las circunstancias no importan. ¿Lo harías o no?

Rin estudió la taza de té durante un momento, cuando alzó la vista su mirada era muy seria.

—Por supuesto que lo haría. No dudaría ni un instante.

El tren que llevaría a Rin de regreso a Aberdeen no tardaría mucho en salir, y Hinata y ella abandonaron el salón de té para dirigirse al andén.

Rin no estaba segura de qué iba a hacer su amiga, pero era una joven solitaria que necesitaba disfrutar de un poco de felicidad. Aunque no sabía si sería lo suficientemente valiente para aprovechar la oportunidad.

Hinata le ofreció el bizcocho que sobró, que había pedido a la camarera que le envolviera. Se lo agradeció antes de despedirse de ella con un beso en la mejilla. Era muy propio de su amiga disfrazar la generosidad de gratitud, pensó. Sin embargo, no dañaba su orgullo aceptar el dulce. Se lo llevaría a su padre; sabía que lo disfrutaría.

Hinata abandonó la estación después de despedirse, probablemente había robado tiempo de no importaba qué recado que tuviera que hacer para la reina. La pobre disfrutaba todavía de menos libertad que ella. Por lo menos, ella mantenía su círculo de amigos, de aquéllos que no daban importancia a la falta de dinero. Pero como solo los muy ricos, o los muy pobres, eran capaces de tal cosa, sus amistades resultaban un tanto dispares.

Se alejó por el andén para subir al vagón. De repente, resbaló en la escalerilla y no fue capaz de recuperar el equilibrio. La sostuvo una mano grande y firme.

Se quedó sin aliento al echar una mirada por encima del hombro y ver la apuesta cara de Nagato MacUzumaki.

La mirada que la estudiaba era todavía más dura y experimentada que antes, si es que eso era posible. Sus hombros, que eran más anchos y fuertes, llenaban por completo la chaqueta que acompañaba al kilt de los MacUzumaki. Su mandíbula estaba cubierta de barba incipiente, señal de que debía de haber estado trabajando hasta altas horas de la noche, como siempre, aunque no parecía excesivamente cansado.

Sin embargo, notó algo nuevo en él, una frialdad que antes no existía. Sabía que la ambición de Nagato era tan grande como siempre, o eso había leído en los periódicos, pero la esperanza y la pizca de humor que aligeraban su mirada había desaparecido. Aquél era un hombre que había sufrido pérdidas. Primero de su esposa y su hijo, y luego la de su amante durante largos años.

—Me enteré de lo que le ocurrió a la señora Palmer —comentó ella con suavidad—. Nagato, lo siento muchísimo.

En los ojos de Nagato brilló la sorpresa y, durante un instante, pudo atisbar al verdadero Nagato MacUzumaki; al hombre que se había sacrificado para que su familia no sufriera. El que obligó al viejo duque a dotar de abundantes fondos a sus tres hermanos, de manera que estos pudieran llevar vidas independientes. Su padre hubiera estado dispuesto a dejar que Menma, Yahiko y Naruto murieran de hambre y reservar todo el dinero para el ducado.

Ella sabía que fue él quien persuadió a su padre. Era de las pocas personas que lo sabían. Y ahora, Nagato, un hombre con poder, riqueza e influencias, parecía afligido por la muerte de una simple cortesana.

Su mirada le dijo que no estaba seguro de lo que ella quería expresar, pero asintió con la cabeza.

—Gracias.

Rin le apretó la mano y su corazón dio un vuelco al sentir su calor a través de los guantes.

Nagato sonrió de repente; fue la sonrisa de un depredador a punto de caer sobre su presa. Un león mostraría esa imagen antes de atacar a una gacela, y a esta le resultaría imposible ser lo suficientemente rápida para escapar.

Intentó recuperar su mano, pero él cerró los dedos sobre los suyos con fuerza inusitada. El jefe de estación tocó el silbato, anunciando que el tren estaba a punto de salir. Nagato la agarró por el codo y la empujó hacia arriba, al interior del vagón y a su compartimento.

—¿Viajas en este tren? —preguntó ella, nerviosa.

«¡Madre de Dios! ¡No es posible que tenga intención de viajar conmigo hasta Aberdeen!».

—No. —Nagato mantuvo la puerta abierta hasta que ella se sentó con el paquete del bizcocho en la mano.

Se escuchó un largo pitido y una suave humareda negra envolvió el tren. El vagón se sacudió con fuerza.

—Está arrancando —dijo ella frenética.

—Ya lo veo. —Nagato metió la mano en el bolsillo y sacó una nota doblada que le puso en la palma.

No, no era una nota. Era un billete bancario por valor de cien libras esterlinas. Lo soltó y el dinero revoloteó hasta el suelo.

—No, Nagato.

Él recuperó el billete para introducirlo debajo de la cuerda que ataba el bizcocho.

—Es para tu padre, quiero contribuir a la investigación de su siguiente libro.

Sin molestarse en darse prisa, sacó del bolsillo una pequeña caja dorada y extrajo una impoluta tarjeta blanca que le tendió. Al ver que ella no la cogía, se la metió con atrevimiento en el escote del vestido.

Ella percibió el calor de sus dedos y, en ese momento, supo que ardería por ese hombre durante el resto de su vida.

—Si necesitas verme por cualquier razón, entrega esta tarjeta a mi mayordomo —le dijo—. Sabrá qué hacer.

Ella luchó por mantener el control.

—Es muy, muy amable por su parte, Excelencia.

La fachada de duque tranquilo se agrietó.

—Rin.. Rin... —Nagato le encerró la cara entre las manos enguantadas haciendo que su corazón se acelerara, palpitando a mayor velocidad de la que podía alcanzar ese tren—. ¿Qué voy a hacer contigo?

Ella no podía respirar. La boca de Nagato estaba muy cerca de la suya, su aliento le calentaba la piel. Si la besaba, ella se rendiría y él sabría la verdad.

Él le rozó la comisura de los labios con la boca, un gesto tan suave que quiso morirse.

El vagón se sacudió con fuerza. Nagato le brindó una sonrisa, se alejó y saltó al andén cuando la locomotora comenzaba ya a moverse.

Cerró de golpe la puerta del compartimento y la saludó a través de la ventanilla mientras el tren se alejaba. No pudo apartar la vista de él, que la miró fijamente hasta que el convoy salió de la estación; hasta que estuvieron demasiado lejos para seguir observándose.

Una semana después, Naruto MacUzumaki alzaba la persiana que cubría la ventanilla del reservado antes de volver a dejarla caer. No había ninguna mujer corriendo en el andén en sombras, no vio a Hinata apurándose para subir al último tren de Doncaster.

—Un final perfecto para un día de mierda.

Jazmín había entrado en sexta posición en la carrera y Lord Madara se había puesto furioso. Le había acusado de sabotear a propósito la carrera, en medio de una desagradable escena, antes de amenazarle con conseguir que le prohibieran la entrada en el selecto Jockey Club. Una vana amenaza, porque él tenía más influencia y reputación en el club que Madara.

Incluso así, uno de sus hombres tuvo que sujetarle para que no incrustara el puño en la mandíbula del inglés. Había vuelto a hacerle una oferta, con los dientes apretados, por la potrilla, pero Madara la había rechazado. Ordenó a sus mozos que cargaran al animal y se lo llevó.

Jazmín le había mirado por encima del lomo como un niño preguntándose por qué no podía quedarse donde quería estar. El corazón le había dado un vuelco...

¡Dios, se había enamorado de un caballo!

Konohamaru, también bastante perturbado por lo ocurrido, se había mostrado de acuerdo en quedarse con Iruka mientras él arreglaba unos asuntos en Londres, seguro de que todavía seguía enfadado con él tras la aventura que había protagonizado en Glasgow.

Cuando él partió repentinamente para Balmoral en busca de Hinata, Konohamaru se trasladó a Glasgow por razones que no le resultaron demasiado claras. Mientras estaba allí, una pandilla de jóvenes callejeros intentó asaltarle.

Luchó contra cinco de ellos con valentía, pero cuando la policía llegó para arrestarlos, su hijo permitió que le detuvieran también en lugar de aclarar que era la víctima. Al parecer acabó granjeándose la admiración de los jóvenes, que compartieron con él los cigarros y el whisky que lograron introducir de contrabando en la celda, hasta que llegó él para ponerle en libertad.

En lugar de mostrarse arrepentido por haberle obligado a dejar en suspenso su discusión con Hinata, Konohamaru se enfadó porque no se había cargado a la joven al hombro para llevársela de allí.

En esos momentos comenzaba a estar de acuerdo con su hijo, Hinata no llegaba. La reina era conocida por atar en corto a las damas con las que se encariñaba, poco dispuesta a que se alejaran de ella, fuera cual fuera la razón.

Aquella maldita mujer tenía aproximadamente setecientos hijos y nietos, pero obligaba a sus damas favoritas a quedarse a su lado y se enfadaba cuando la abandonaban para casarse o regresar con sus maridos y familias. Sí, las retenía en aquella gélida monstruosidad que era Balmoral, el castillo que recientemente había hecho construir y que de escocés tenía lo mismo que el strudel.

El motor del tren se puso en marcha, el silbato resonó en sus oídos y las puertas se cerraron de golpe. Echó otra mirada al andén y volvió a dejar caer la persiana. Viajaba en un vagón de primera, un lugar cómodo donde podría echar una siesta. Solo.

El tren se sacudió con fuerza antes de acelerar para salir de la estación. Los seis años transcurridos entre su primer encuentro con Hinata y este habían discurrido muy lentamente y...

«¡Maldición! ¡No pienso esperar otros seis años!».

Se puso en pie, dispuesto a abrir la puerta y saltar al andén. Volvería a Balmoral, raptaría a Hinata y al infierno con todo.

La puerta del reservado se abrió en ese momento y el revisor se apartó para dejar entrar a alguien.

—¿Es aquí, señora?

—Sí, gracias. —Era la voz de Hinata que, jadeante, dejó una propina en la mano del hombre y entró como si tal cosa—. Puede ocuparse de mi equipaje, ¿verdad? Me temo que yo no soy capaz de cargar con él.

El revisor, que parecía totalmente encandilado con ella, se despidió llevándose la mano al sombrero.

—Ahora mismo, señora. Retrocedió y cerró de golpe.

Ella bajó las persianas que cubrían las ventanas al pasillo, se quitó los guantes y se dejó caer en el asiento.

Él la miró mientras el tren se internaba en la noche. Parecía descansada y segura a pesar de la prisa; diferente, de alguna forma. Al cabo de un rato se dio cuenta de que iba vestida de azul brillante en lugar del negro o gris habitual; se trataba de uno de los vestidos confeccionados por la modista de Edimburgo que Konan le había regalado. Aunque llevaba el corpiño cerrado hasta la barbilla, la tela se ceñía a su cuerpo como una segunda piel y el sombrero, con velo a juego, conseguía que sus ojos grises parecieran casi plateados.

—Lo siento, casi pierdo el tren —explicó—. Tuve que detenerme en Edimburgo porque la ropa que Konan encargó ya estaba lista y ocupa tres baúles; los recogí en el último momento. Konan y Yahiko tuvieron la gentileza de acogerme en la casa que tienen alquilada allí, así que ya saben que me he escapado contigo. Yahiko parecía contento con la noticia.

—Lo estaba. —El método favorito de Yahiko para conquistar a una mujer era secuestrarla y hacerla creer que era idea de ella.

—¿Nos detendremos en Londres? —preguntó ella—. No quiero ni pensar que vayamos directos a París esta noche. No lo haremos, ¿verdad? Si pudiéramos encontrar habitación en un hotel respetable sería capaz de organizar mi equipaje y decidir lo que me resulta realmente necesario. Konan asegura haberlo hecho, pero creo que ha sido demasiado entusiasta.

Naruto despegó por fin la lengua del paladar.

—Sí, nos detendremos en Londres —informó con voz ronca—. Pero no será en un hotel, sino en casa de Nagato. La tiene a punto durante todo el año. Mañana por la mañana nos casaremos.

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Continuará...