Capítulo 7.

Juzgando a una condenada

Sakura pasó el domingo encerrada en la habitación. Se tomó dos barbitúricos y se bebió media botella del Becherovka. Sabía que no estaba bien, que había sido un error viajar a Praga. Y no paró de mortificarse, una y otra vez. Durmió todo el día y casi toda la noche.

Se despertó tres veces en la oscuridad, la primera completamente desorientada creyendo por un instante que estaba en casa de sus padres, con su hermana durmiendo en la cama de al lado, y se sintió feliz y arropada, cayendo en un sueño tranquilo arrullada por nubes de algodón blanco que la acunaban como un balancín; despertó por segunda vez gimiendo sobresaltada por el recuerdo de unas llamas abrasándola en forma de un cuerpo moreno desnudo sobre ella, acariciándola con ardiente fuego ofreciéndole placer y consuelo a su alma torturada, y la tercera se despertó girándose en la cama para encontrarse con un par de ojos ónix fríos como el hielo ártico que la acusaban en silencio. Su pasado, su presente, su futuro. Cerró los ojos otra vez. Estaba sola. Completamente sola y se encogió bajo las mantas y aulló como un animal herido, mientras los restos de sus pesadillas se perdían en su mente confundida y maltratada.

Sasuke, después de un largo, larguísimo viaje de vuelta, en el que milagrosamente no se mareó, ¿sería a causa de la charla incesante de la profesora Hakumon?, subió a su habitación por las escaleras y se detuvo frente a la puerta de la habitación de Sakura. No se escuchaba nada. Probablemente ya estuviera descansando. No la quiso molestar. Llegó al ático y se acostó. Dio muchas vueltas en la gran cama, hasta que acabó totalmente envuelto en las mantas, que no supusieron ningún consuelo a lo que acababa de descubrir. Al filtrarse las primeras luces del alba, cayó dormido completamente agotado.

Despertó a media mañana y con la sana intención de pasar todo el día corrigiendo los trabajos de sus alumnos. Sin embargo, lo que hizo fue descargar en el ordenador las fotografías que había sacado el día anterior y las repasó cuidadosamente una y otra vez. Finalmente creó una carpeta con las de Sakura y el padre Kakashi y se obligó a verlas castigándose con las imágenes de su amor prohibido. No maldijo, ni pronunció ninguna palabra malsonante. Ninguna le parecía suficientemente fuerte. Al cabo de un rato de estar con la mirada fija en una instantánea en la que ambos se estaban besando, utilizó un programa de corrección de imperfecciones y cambió la cabeza del padre Kakashi por la de Saturno devorando a su hijo de Goya. Solo en ese instante sonrió con satisfacción. Luego, en un arrebato de furia, buscó el correo electrónico de Sakura que la Universidad le había suministrado y le escribió un mensaje, adjuntando en un archivo todas las fotografías.

Profesora Haruno.
Adjunto al presente remito estas fotografías que seguro serán de un gran interés para usted.
Disfrútelas.
Profesor Sasuke Uchiha.

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El lunes amaneció oscuro y lloviendo copiosamente. Tanto Sasuke como Sakura abrieron los ojos al tímido amanecer, que no llegó a lucir en todo el día, con sendos dolores de cabeza, producidos por dos cosas distintas, pero básicamente iguales. La culpa de Sakura, el enfado de Sasuke.

No se vieron en el desayuno, solo se encontraron en el aula, y ambos se ignoraron. Sakura porque no tenía fuerzas para enfrentarse a su mirada. Sasuke porque se sentía tan furioso y decepcionado que decidió que el mejor modo de demostrárselo era simplemente obviar que ella estaba allí.

Al final de la clase Sasuke les entregó a cada uno el trabajo debidamente corregido, indicándoles que había añadido unas aclaraciones en la parte posterior de la última hoja que les ayudarían a comprender la calificación y lo que esperaba de cada uno de ellos.

Sakura cogió su trabajo agachando la cabeza y volvió las hojas grapadas en una esquina. En la parte posterior había un párrafo escrito con pluma negra, con una caligrafía inclinada y elegante. Y leyó.

Un trabajo claramente mediocre. Esperaba bastante más de sus conocimientos sobre el tema tratado. Si no demuestra en los próximos días su verdadero interés en este seminario, debería plantearse abandonarlo y dejar su plaza a algún alumno más capacitado.

«Lo sabe. ¡Maldita sea! Lo sabe».

Sakura apretó el folio arrugándolo en una esquina y levantó la vista hacia el profesor Uchiha, que estaba sentado detrás de la tarima, observando algo con mucho interés en la pantalla de su portátil. Apretó fuertemente la mandíbula y esperó a que Sasuke levantara la vista. Pero este no lo hizo. Apagó su ordenador y se despidió de todos sin mirar a ninguno directamente.

—¿Qué te ha puesto? —La cabeza de Karin se inclinó peligrosamente sobre el párrafo de Sasuke.

—Nada de interés —contestó Sakura tapando con su mano la odiosa crítica—. ¿Y a ti?

Karin se volvió a ella y le enseñó el dorso de su trabajo con una sonrisa de satisfacción.

Excelente. Es un honor tenerla en este seminario. Siga así y conseguirá lo que se ha propuesto.

Sakura ahogó un gemido que intentó brotar de su garganta y se perdió entre sus labios sin llegar al espacio exterior.

—¿Crees que significa lo que creo que significa? —preguntó Karin.

Y esa vez Sakura contestó sinceramente.

—Lo creo, Karin, lo creo.

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Sakura pasó el resto de la semana prácticamente encerrada en la biblioteca. Solo allí conseguía la suficiente paz como para concentrarse. Estudió e investigó el tema de la semana esperando realizar esa vez un trabajo lo suficientemente bueno para las altas exigencias del profesor Uchiha. Siempre había creído que era buena en su trabajo, Sasuke le había dejado claro que no lo era. Quizá el Decano de su Facultad tenía razón y no estaba preparada para un puesto de tanta responsabilidad como el de Directora del Departamento de Estudios Medievales. Se aferró con fuerza a la posibilidad de cambiar, de ser mejor en su trabajo. Porque eso era lo único que le quedaba. Si perdía su carrera profesional, lo habría perdido todo. Llegaba muy tarde al hotel, cuando era ya de noche y había pasado la hora de la cena, solo se molestaba en coger unas bolsas de frutos secos y un botellín de agua de la máquina expendedora y subía a su habitación a seguir estudiando. Con el paso de los días creyó que el padre Hatake también había abandonado sus insistentes atenciones a ella, y poco a poco fue respirando con tranquilidad. Su corazón bombeó sangre al resto de su cuerpo en consonancia con su espíritu y no claramente asustado, como lo había estado desde que llegó a Praga.

Sasuke pasó el resto de la semana a intervalos enfadado y a intervalos, menos frecuentes, sintiendo una especie de sensación de arrepentimiento totalmente ajena a él y que apenas pudo reconocer como tal. Sabía que no había sido justo al calificar a Sakura, y tampoco al calificar a su compañera Karin. Lo que no percibía el profesor Uchiha era que a una la había calificado con su corazón dolido y a la otra con su pene erecto. Aunque ambas sensaciones eran únicamente producidas por la misma persona. Esperó todas las tardes en su despacho a que Sakura acudiera a pedirle explicaciones por su calificación, pero ella no acudió. Sin embargo, sí lo hizo Karin. Cada día. Y aunque al principio intentó disimular su disgusto, poco a poco se dio cuenta de que a través de ella podía conseguir información de Sakura de forma sutil.

—¿Cree que la profesora Haruno se encuentra bien? Parece estar algo pálida estos días.

—¿Sakura? No, ese es su color natural. Es normal si pasa todo el día encerrada en la biblioteca. Con todo lo que se puede hacer en esta ciudad. —Karin le guiñó un ojo y Sasuke hizo una mueca.

«Así que es ahí donde se esconde», pensó. Estaba preocupado. No la había visto ningún día en el hotel, y hasta se había preguntado si no se habría mudado a otro.

—Estoy escribiendo un pequeño resumen de cada alumno; ¿es María el segundo nombre de su compañera?

—No. Solo Sakura. La verdad es que ninguno sabemos mucho de su pasado. Yo ni siquiera sabía que conocía al padre Hatake. Salvo algún cotilleo que se cuela de vez en cuando en el mundillo académico, el resto de su vida parece no existir.

—¿Cotilleo? —Sasuke intentó mostrar no demasiado interés en la pregunta, centrándose en un libro abierto frente a él.

—Sí. Estuvieron a punto de despedirla este año. Por lo visto, se lio con un profesor casado. La mujer montó un escándalo. Pero quién sabe lo que pasó en realidad. El profesor en cuestión no ha vuelto a trabajar. Dicen que está de baja médica, aunque ha pedido un cambio de destino a otra Universidad.

—Entiendo —contestó Sasuke sujetando el libro con tanta fuerza que a este casi se le saltan lágrimas de tinta. ¿Hombres casados? ¿Sacerdotes? ¿Es que su Reina de los Elfos no tenía límites?

—En realidad es muy buena compañera. Siempre está dispuesta a ayudarte en lo que sea. Y sobre todo es muy divertida. Nadie conoce como ella los mejores lugares para salir de cada ciudad. Claro que yo también puedo ser muy divertida, mucho más que ella. —Karin se mordió el labio inferior y lo miró con una media sonrisa que explicaba todo lo que le gustaría hacerle.

Por un momento Sasuke fijó su mirada en la de ella, pero la apartó de improviso, cerrando el libro y dando por terminada la tutoría. Karin hizo un mohín de disgusto que Sasuke se obligó a ignorar.

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Una noche, cuando salió de cenar en el restaurante del hotel y estaba esperando a que el ascensor llegara a la planta baja, escuchó una maldición en un idioma melódico y pronunciado por una voz ronca muy familiar. Sin poder remediarlo se asomó cautelosamente al hueco donde se encontraba la máquina de refrescos y observó a Sakura arrodillada metiendo el brazo delgado debajo de la máquina buscando algo. Probablemente una moneda perdida. Avanzó un paso para acercarse a ella y ayudarla. Y en ese mismo momento, un recuerdo hacía muchos años olvidado destelló en su mente. Y no avanzó, en vez de eso corrió escaleras arriba sin esperar al ascensor, cuidándose mucho de que ella no lo viera.

Siete años atrás Sasuke y cinco amigos habían terminado por fin el curso de postgrado. Habían pasado un verano infernal encerrados en el Balliol College, enterrados en cientos de libros. Ahora había llegado el momento de disfrutar.

—Viaje a Praga —sugirió uno de ellos.

—¿Por qué? —preguntó otro.

—Porque las checas están buenísimas.

Ninguno puso objeción a aquello.

En el viaje de ida hicieron una apuesta. Al que consiguiera acostarse cada noche con una mujer distinta, le pagarían el viaje los demás. Todos estuvieron de acuerdo.

Sasuke tenía recuerdos borrosos de aquel viaje. En realidad, le sobrevenían en los momentos más inoportunos, como aquel mismo. Desde que llegaron al hotel se habían dedicado a beberse hasta el agua de los floreros, y se pasaron seis días en un completo estado etílico.

Todavía estaba ebrio cuando vio a una joven pelirosa agachada junto a una máquina de refrescos buscando las monedas que parecía se le habían caído. No pudo resistirse a acercarse, como si aquella joven tuviera un imán que lo atrajera sin remedio. Se quitó las gafas de sol, aunque tampoco tenía una vista muy clara sin ellas. La joven era casi una niña, con el cabello rosa rizado sobre sus hombros, con un rostro de ángel y unos ojos que reflejaban tanta tristeza que Sasuke, por un momento, creyó que era fruto de un sueño. Parecía perdida y no entendía su idioma. No obstante, la ayudó y le entregó dinero. Tenía la sensación de que no había comido en días. Cuando le depositó unos billetes en su mano sintió una corriente eléctrica que lo dejó algo atontado. Era tan pequeña y delicada... Pero sus compañeros estaban detrás de él riéndose ante su repentino ataque de amabilidad. Y él no pudo por menos que volverse y dejar a la joven, que parecía un ángel al que hubieran arrancado las alas, sola en medio del tumultuoso aeropuerto. Recordaba vagamente que comentó algo sobre que ella no merecía la pena, que parecía una vagabunda. En el mismo momento que lo mencionó, se sintió como un imbécil. Nunca había despreciado así a ninguna mujer antes. Pero sus compañeros se reían de él sin remedio, viendo la expresión de ausencia que mostraba desde que sus ojos se posaron en la joven pelirosa.

Entonces se volvió. Y la vio allí parada, con tal gesto de dolor en los ojos, que sintió como si le clavaran una lanza en el corazón, y al sacarla se le quedara la punta de la flecha justo en el centro, haciendo que esta lo desangrara. Les hizo una mueca de disgusto a sus compañeros y se sentó con gesto hastiado y frunciendo el ceño. Algo que con los años posteriores se convirtió en una costumbre. Volvió la vista hacia la máquina de refrescos, pero la joven ya había desaparecido. El viaje de vuelta lo pasó observando roncar a sus compañeros y mortificándose por su estupidez.

No obstante, finalmente el viaje le salió gratis.

Cuando llegó a su habitación se paró frente a la ventana. Una furiosa tormenta se desarrollaba en el exterior. La gente corría a refugiarse como podía en los quicios de las puertas y las cubiertas de los balcones. Los rayos hacían refulgir el cielo oscuro con destellos de violencia amarilla. Y creyó merecer uno de esos rayos dirigido a su propia persona. ¿Ella se acordaría? Casi estaba seguro que no. Él era bastante joven entonces, llevaba el pelo más largo y estaba más delgado. Costaba bastante identificar al joven estudiante con el profesor exigente en que se había convertido. ¿Qué hacía ella en Praga sola? Una idea estalló en su mente como un reflejo de los rayos en el cielo. Estaba allí con él, por él. Pero ¿por qué parecía tan triste? ¿Habían estado esos siete años juntos ocultándoselo a todos los que los rodeaban? Sintió que una mano invisible estrangulaba su garganta hasta casi asfixiarlo. Probablemente sí. Por ello la vida de Sakura había sido ocultada por ella con tanto ahínco. Entonces sí que se le ocurrió un adjetivo dirigido al elegante y educado padre Kakashi: «rompebragas». Eso es lo que era, un maldito «rompebragas», un seductor de adolescentes jóvenes, inocentes y delicadas como su Reina de los Elfos. Y nunca hasta ese momento sintió tanto odio dirigido hacia una persona.

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En otro hotel, bastante más alejado del centro, la profesora Hakumon se decidió por fin a abrir su ordenador y comprobar su correo. Odiaba esos malditos cacharros electrónicos. Ni siquiera tenía móvil. Básicamente porque no sabía cómo funcionaban, sobre todo esos que parecía que con solo deslizar un dedo podían hasta cantarte La Traviata. Con la única idea en su mente obsoleta de que los ordenadores eran una pérdida de tiempo, ya que no se podía razonar con una máquina, abrió un correo del profesor Uchiha, sintiendo con ello una pequeña punzada de excitación en el estómago. Era tan atento y tan educado... Y sobre todo estricto. Todos los profesores debían ser así. Leyó el mensaje y no lo comprendió «Profesora Haruno». ¿No era una de las españolas? ¿Por qué tenía ella un mensaje dirigido a otra profesora? Era obvio. Esos cacharros no eran de fiar. ¿Fotos? ¿Qué fotos? Y con gran curiosidad, una curiosidad morbosa y maliciosa, abrió el misterioso archivo, y a medida que iba pasando las fotografías su expresión se transformó de asombrada a horrorizada. Se inclinó peligrosamente hacia atrás en la silla y acabó cayéndose con un brusco golpe contra el suelo, del que se levantó todavía con la mirada fija en la pantalla del ordenador. La joven española, la profesora Haruno estaba en una posición muy comprometedora con el encantador padre Hatake. Ella era católica y ese sacerdote era el paradigma de la honestidad y la inocencia sacramental. Lo había comprobado en las ocasiones que tuvo de conversar con él. Y odió a la joven pelirosa, no sabía muy bien por qué, si porque era joven, porque era pelirosa, porque era guapa, porque cantaba bien o porque estaba besando al único hombre que le estaba prohibido. Y una sola palabra acudió a su mente: «pecadora». Y se sonrojó al pensarlo. Ella que jamás había pronunciado un insulto en toda su vida. Aquel le pareció el mayor de todos.

—Pecadora—pronunció en voz alta regodeándose en el sonido de su propia voz.

Cerró el ordenador y se acostó en su cama pensando cuándo sería el momento adecuado para poner en conocimiento del claustro académico lo que el profesor Uchiha había tenido el detalle de enviarle, para su conocimiento.

El jueves por la tarde la profesora Hakumon abordó a Sasuke cuando este salía de su despacho con dirección al hotel. Este disimuló su disgusto con una sonrisa torcida.

—Profesora Hakumon, ¿qué se le ofrece?

—Profesor Uchiha, quería proponerle un cambio en el programa para este viernes.

—¿Cuál? —Ya tenía toda la atención de Sasuke en ella.

—Verá, sé que me estoy adelantando en comentárselo, ya que es un tema que pretende tratar en la última semana, pero me ha parecido adecuado sugerírselo, dado el mutuo entendimiento que compartimos.

«¿Mutuo entendimiento? ¿A qué diablos se refiere esta mujer?», pensó Sasuke mirándola con más atención.

—¿A qué tema se refiere?

—Creo que sería adecuado que expusiera la concepción del pecado original aplicado a las mujeres en la Edad Media, teniendo en consideración las posibles repercusiones y castigos del mismo.

—No creo que sea el tema adecuado a tratar ahora, profesora Hakumon —respondió él, algo molesto por tener que cambiar su cuidada planificación del seminario.

—¡Oh! Yo creo que sí, profesor Uchiha. Estoy segura de que ahora es el momento adecuado. —Y diciendo eso le dio unos golpecitos en el brazo en señal de complicidad y se giró caminando deprisa, amortiguados los pasos por sus zapatos planos de suela de goma.

Sasuke llegó al hotel pensando en la curiosa conversación con la profesora Hakumon. Finalmente había decidido que ese tema lo trataría de forma residual al final del seminario. No era algo que le interesara especialmente y dudada mucho que a ninguno de los alumnos le fuera de utilidad. Abrió los ojos levemente. Excepto a uno. La profesora Haruno. Tal vez no fuera tan mala idea un cambio de temario. Quería ver la reacción de Sakura y así comprobar qué tipo de relación mantenía con el padre Hatake. Lo que no pensó el profesor Uchiha era que, si quería saber, lo mejor era preguntar y no arriesgarse a levantar la tapa de la caja de Pandora.

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Sakura entró el viernes a la última clase del seminario de esa semana con ojeras. Estaba cansada y deseando que llegara la tarde para pasarse el resto del fin de semana solo durmiendo. Había pasado parte de la noche corrigiendo su trabajo y suplicando a Apolo que le enviase a una de sus musas, Clío en concreto, la musa de la Historia para que la inspirara. Se sentó de forma desmadejada en el último asiento de la fila junto a Karin e intentó mostrar algo de interés por la disertación del profesor Uchiha.

Sasuke miró desde la tarima a Sakura y se preocupó al ver su rostro, que mostraba grandes marcas violáceas debajo de sus bonitos ojos. Por un instante, solo por instante, pensó en cambiar la clase que pensaba dar. Pero solo fue un instante, que se le olvidó cuando vio que ella levantaba los ojos y lo miraba con frialdad. Sasuke carraspeó y comenzó a hablar.

—Hoy he decidido hacer un pequeño cambio en el temario. Trataré el tema del pecado original trasladado a la mujer en la concepción de la Edad Media y como consecuencia al mismo, el castigo y la condena.

Sakura se encogió en el asiento. ¿Qué pretendía? Varios rostros se miraron entre sí, pero no comentaron nada. Solo uno sonreía con plena satisfacción, el de la profesora Hakumon.

—Como todos ustedes conocen, el Génesis describe la caída de Adán y Eva. Ella fue seducida por la serpiente e hizo que Adán comiera de la manzana. Ambos fueron amonestados por Dios, quien dijo a Eva: «Multiplicaré tus sufrimientos en los embarazos. Con dolor darás a luz a tus hijos, necesitarás de tu marido y él te dominará»

—Pero este ¿de qué coño va? —susurró Karin a una Sakura cada vez más pálida.

Sakura no contestó.

—Posteriormente Tertuliano de Cartago expuso: «Cada mujer debiera estar... caminando como Eva, acongojada y arrepentida, de manera que por cada vestimenta de penitencia, ella pueda expiar más completamente lo que ella obtuvo de Eva, el estigma, el primer pecado y aborrecimiento (atado a ella como la causa) de la perdición humana. ¿No saben que cada una de ustedes es una Eva? La sentencia de Dios en el sexo de ustedes viven en estos tiempos: la culpa debe existir también por necesidad.»

Sasuke hablaba con voz calma y tranquila y evitó mirar a Sakura en ningún momento. Pero Sakura ya sabía que el discurso estaba dirigido a ella.

—En la Edad Media el sentimiento se recrudeció. El Decreto de Graciano de 1140 en el cual la Ley de la Iglesia se basaría hasta el 1917, tomó partido del juicio del Ambrosiaster: «Las mujeres deben cubrirse sus cabezas, porque ellas no son la imagen de Dios. Ellas deben hacer esto como signo de sumisión a la autoridad y porque el pecado entró al mundo a través de ellas. Sus cabezas deben estar cubiertas en la iglesia, para honrar al sacerdote. De igual manera ellas no tienen derecho a acercarse a un hombre santo, porque son la personificación de Cristo, porque con el pecado original pueden tentar la virtud de la misma iglesia.»

Sakura había estudiado el Decreto de Graciano y no decía exactamente eso, al menos en la última parte. «Me está enviando un mensaje, un maldito mensaje», pensó con la ira bullendo por su pequeño cuerpo. Apretó los puños con fuerza y sintió como la invadía una furia desconocida. «Me está juzgando. Me está juzgando sin conocerme. Me está juzgando delante de todos mis colegas. Me está culpando a mí», y el reconocimiento de esa idea hizo que temblara de furia contenida.

—Profesor Uchiha, creo que está equivocado. El texto al que hace referencia cita textualmente «¿Puede una mujer levantar una acusación contra un sacerdote? Tal parece que no, porque como dice el Papa Fabián, no pueden levantar queja ni testimonio contra los sacerdotes del Señor aquellos que no tienen, y no pueden tener, el mismo estatus que ellos.». Por lo que queda claro que se inclina por la concepción de que las mujeres no pueden optar al sacerdocio.

—¿Usted cree, profesora Haruno? Yo tengo textos aclaratorios al mismo en mi despacho que se refieren a lo que he destacado en el expositivo anterior, y no a lo que usted proclama. Puede acudir a mi despacho y se los mostraré —contestó Sasuke claramente iracundo por la interrupción.

—No pienso acudir a su despacho en lo que parece una maldita caza de brujas.

—¿Caza de brujas? Profesora Haruno, se ha adelantado usted a mi siguiente explicación. —El tono de Sasuke era contenido, pero todo en su actitud tensa mostraba claramente lo contrario.

Sakura fue a protestar otra vez, pero fue acallada por la fuerte voz de barítono del profesor Uchiha.

—Bien, como iba diciendo, El primer toque de trompeta de Juan Knox lo explica de esta forma: «Por cuanto antes tu obediencia debió ser voluntaria, ahora será por represión y necesidad; y porque has engañado a tu hombre, no serás más dueña de tus propios gustos, de tu propia voluntad o deseos. Porque en ti no hay razón ni discreción que sea capaz de moderar tus afectos, y por tanto, ellos estarán sujetos al deseo de tu hombre. Él será amo y señor no solo sobre tu cuerpo, sino también de tus deseos y voluntad.»

—Tiene razón, profesor Uchiha, ¿no es entonces cuando comenzaron las persecuciones y castigos a las mujeres pecadoras? —preguntó con voz demasiado interesada la profesora Hakumon.

Sasuke asintió levemente en su dirección.

—Esta tía es imbécil. —La expresión de Karin fue solo un murmullo expresado en castellano, pero que llegó perfectamente a todos los integrantes de la sala, aunque solo los que conocían el idioma cabecearon afirmativamente pero en silencio.

—El odio hacia la mujer no se quedó en palabras. Para demostrar esto, consideren un libro católico, El martillo de las brujas (Malleus Maleficarum), escrito por dos teólogos dominicos, Jakob Sprenger OP y Heinrich Kramer OP. El libro fue avalado y recomendado por el Papa Inocencio VIII en 1484, y fue usado por siglos. Causó que miles de mujeres fueran quemadas en la hoguera. «Qué puede ser una mujer, sino la enemiga en la amistad, un castigo inescapable, un mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un peligro doméstico, un detrimento deleitable, un mal de la naturaleza, pintada de bellos colores.»

—¿Cree acaso, profesor Uchiha, que las mujeres somos la tentación del hombre, el peligro de la castidad de un sacerdote? —exclamó Sakura de pronto con voz demasiado ronca y respirando de forma agitada, sintiendo hervir en su interior una cólera desconocida.

Sasuke se volvió tranquilamente hacia ella, cruzó los brazos y entrecerró los ojos.

—¿Acaso tiene otra teoría que exponer, profesora Haruno?

—Una muy simple. Los sacerdotes también llevan pantalón debajo de la sotana. Aunque no tengo ningún escrito que avale mis palabras sacado de una serie de argumentos obsoletos y retrógrados, y por supuesto claramente misóginos.

«¡Mierda!», pensó Sakura una vez pronunció esas palabras. «¡Lo estoy defendiendo! ¡Lo estoy defendiendo a él!».

La clase se había dividido entre los partidarios del profesor Uchiha y los de la profesora Haruno y todos estaban disfrutando de lo que creían era una simple discusión académica. Pero era mucho más que eso.

«¡Joder!» pensó Sasuke en cuanto escuchó las palabras de Sakura. «¡Lo está defendiendo! ¡Lo está defendiendo! ¡A él!».

—Me he limitado a exponer la concepción católica del pecado concebido por la mujer. Todos somos profesores de Historia, si no me equivoco, profesora Haruno.

—No, profesor Uchiha, no ha hecho eso. Lo que ha hecho ha sido prejuzgar algo que cree conocer, pero que no conoce en realidad. Y como tal, no tiene ningún derecho a opinar sobre ello. Usted menos que ninguno, haciendo uso de su posición de superioridad desde la tarima.

Ahora todos los integrantes del seminario estaban comenzando a darse cuenta de que detrás de todas las explicaciones académicas y discursos teológicos había algo más que no acababan de comprender y que iba dirigido a la profesora Haruno en particular.

—Se está usted sobrepasando en sus conclusiones, profesora Haruno. —El tono de Sasuke era hosco y había subido varios grados en vehemencia.

—¡Y una mierda! Es usted el que lo está haciendo.

Todos se volvieron a una a observar a la normalmente callada y dulce profesora Haruno, a la que no habían escuchado pronunciar una palabra por encima de otra desde que la habían conocido.

—¿Qué demonios está pasando? —le susurró Karin a Sakura. Esta la ignoró.

—A mi despacho, ¡ahora mismo!, profesora Haruno. Eso ha sido del todo...

—¿Inapropiado, profesor Uchiha?

—Exacto.

—Pues espere sentado, porque no me arrepiento de nada de lo que he expresado. Es usted, profesor Uchiha, el que tiene que pedir disculpas.

—¡¿Yo?! No pienso pedir disculpas por un hecho que es de sobra conocido por todos los que estamos aquí.

—¿Todos, profesor Uchiha? O ¿quizá por unos más que otros?

Sasuke apretó los puños y en su mano derecha se quebró un lápiz de la fuerza con la que hizo presión. Las puntas astilladas se clavaron en la palma de su mano, pero no sintió dolor, porque la furia era tal que se lo impedía.

—Profesora Haruno, no consiento que ponga en duda mi profesionalidad. Si no se disculpa me veré en la obligación de expulsarla de la sala.

—¿Expulsarme? —preguntó Sakura—. No es necesario. Abandono.

Y dicho lo cual se levantó con calma, y completamente erguida, se dirigió a la salida ante la mirada de estupor de todos los compañeros, excepto la de la profesora Hakumon, que había conseguido lo que se proponía.

—Profesora Haruno. —Sakura lo ignoró—. ¡Espere! —bramó Sasuke, lo que hizo que ella se volviera justo en la puerta—. Le advierto que su presencia en este seminario pende de un hilo muy fino que está a punto de romperse.

—Pues sea tan amable de romperlo, profesor Uchiha, porque no he venido aquí a que nadie me juzgue. Yo ya fui juzgada y condenada hace varios años. Llega tarde — contestó con voz demasiado suave y, ante la mirada atónita de todos los presentes, incluida la de Sasuke, cerró la puerta tras ella.

Una vez fuera Sakura comenzó a correr sin saber muy bien adónde dirigirse. Se detuvo frente al despacho del padre Hatake como si un camino invisible la hubiera llevado hasta allí. Puso una mano extendida en la puerta dudando si entrar o no. Finalmente empujó el picaporte y este cedió con un pequeño crujido. Entró sin pensarlo más. El padre Hatake estaba sentado detrás de la mesa leyendo un libro. Levantó la vista hacia ella y suspiró.

—María.

—Kakashi.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó él levantándose y viendo el estado tembloroso de ella.

Sakura negó con la cabeza.

—Ahora no. No.

—¿Puedo hacer algo?

Ella observó su rostro moreno y atractivo y esos ojos oscuros tan amados.

—Sí. Bésame.

Kakashi se acercó a su rostro y lo cogió con las manos obligándola a mirarlo.

—Te he esperado tanto tiempo...

Posó sus labios sobre los de ella como si bebiera del néctar de la vida. Su lengua acarició los labios entreabiertos de Sakura con suavidad, tanteando. Ella emitió un quedo suspiro y él introdujo su lengua en la boca de ella con decisión, mientras la apoyaba en la pared. Su beso se hizo más intenso y profundo. Ambos abrieron sus bocas y se devoraron con la pasión que llevaban negando siete años.

Kakashi le quitó la americana, que dejó extendida sobre una silla supletoria, luego se centró en desabrochar cada botón de su blusa, despacio, acariciando con los dedos la suave piel que cubría la tela de seda. La deslizó por sus brazos y la lanzó en la misma dirección que la chaqueta. Sakura estaba quieta, sin moverse, respirando de forma agitada y con los ojos cerrados. «¡No!» quería gritar. «¡Esto está mal! ¡No debe suceder!». Sin embargo, su cuerpo expresaba exactamente lo contrario. Kakashi deslizó un tirante del sujetador por el hombro y posó los labios justo donde comenzaba su pecho. Escuchó el latir fuerte y acelerado de su corazón y emitió un hondo suspiro. Le desabrochó el sostén y dejó sus pechos libres. Se apartó un poco para observarlos, llevaba tanto tiempo deseando volver a verlos... Sakura seguía con los ojos cerrados y los brazos extendidos a lo largo de su delgado cuerpo, con las palmas apoyadas en la pared. Solo cuando sintió los labios de Kakashi sobre uno de sus pezones erguidos, los levantó y le sujetó el pelo con fuerza, instándolo, invitándolo a seguir.

Se escuchó el sonido metálico de la cremallera de la falda de Sakura deslizándose y la prenda cayó a sus pies con un susurro. Se quedó frente a él solo con las bragas de encaje negro, unas medias de seda hasta medio muslo y los zapatos de tacón de aguja. Su cuerpo tembloroso estaba cargado de deseo y anhelo. Kakashi suspiró llenando el silencio del despacho. Sakura tuvo conciencia de donde estaba y lo que estaba haciendo. Abrió los ojos y se perdió en la mirada oscura de su amante. Le quitó la camisa con dedos torpes y le desabrochó la cinturilla del pantalón, que cayó hasta los tobillos. Kakashi se acercó más a ella y la volvió a besar. Ella notó claramente la erección de él presionando junto a su estómago. Metió las manos por detrás del calzoncillo y se lo bajó hasta liberar su miembro regodeándose en la dureza de sus nalgas tensas.

Kakashi gruñó y con dedos expertos apartó la tela de encaje de su ropa interior para tantear en la suavidad de su carne. Acarició en círculos su botón pulsante de deseo y sintió como ella se estremecía entre sus brazos, introdujo un dedo y ella abrió más las piernas. Jugó con su excitación presionando delicadamente primero, con fuerza después cuando comprobó que Sakura le correspondía. Con un movimiento rápido le deslizó las bragas hasta el suelo y ella sacó solo un pie, levantando una pierna para aproximarse a su sexo.

—Ahora —rogó.

Kakashi la levantó sujetándole ambas piernas y la apoyó sobre la mesa, con una urgencia que llevaba demasiado tiempo esperando, la penetró y ella se arqueó ante la intrusión. Pero él ya no podía parar. La locura los había vencido a ambos. Sakura se abrió más para recibirlo por completo y Kakashi se inclinó sobre ella haciendo que la penetración fuera más profunda. Embistió una y otra vez hasta que ambos sellaron un grito mutuo. Sus cuerpos y sus almas se habían reconocido.

Y allí, entre estanterías llenas de libros que hablaban de Dios, de la pureza y de la santidad, se amaron.

Allí, entre manuscritos sagrados, volvieron a pecar.