Point Place, Wisconsin.

Sábado 08 de febrero de 1992.

Donna chistó. La conversación había entrado en un tercer puente de injurias que apelaban de tanto en tanto contra alguno de los integrantes del grupo. De repente Hyde había echado la cabeza para atrás. Jackie sollozaba en la puerta y Fez se limpiaba la saliva, producto de una acalorada demanda de atención para hacer valida su opinión por sobre los gritos de los otros. La puerta de una de las habitaciones se abrió con un chasquido y la luz de la recamara llenó el conjunto floral de la cocina. Hyde los hizo callar con el dedo.

— ¡Hay alguien en la casa, Sarah, alguien entró en la casa!—estalló una voz desde la habitación, al final de la frase comenzó a toser con un augurio preocupante.

— ¡No, hombre, soy yo, Hyde! ¡Vuelve a la cama viejo tonto!

—Heidi es una buena chica…—dijo la voz del anciano—Heidi cuida la casa.

Hyde cruzó la sala en una zancada y entró en la habitación. El piso de abajo era exclusivamente para el anciano; la rampa temprana que asomaba de la escalera era rudimentaria, hecha con troncos y algunos cerillos de cascajo, pero Leo ya no la usaba porque ahora dormía en la habitación del recibidor. Subir la silla de ruedas se había vuelto un esfuerzo innecesario. Hyde y Leo se conocieron cuando uno tenía 17 años y otro había perdido la mitad de sus recuerdos por el abuso de las drogas. Hyde se había quedado solo siendo un adolescente, su padre se fue, su madre encontró el amor con un camionero y se fue a recorrer el mundo con él. Los hijos y la esposa de Leo se habían ido también. Se adoptaron mutuamente, aunque no de la misma forma en que lo hicieron los padres de Eric Forman, esta era un tipo de adopción distinta, como cuando uno se encuentra con un gato bajo la lluvia y se sienta para hacerle compañía.

Hyde se acercó a la cama. Ahí yacía su amigo, postrado sobre las láminas de uno de sus últimos trabajos y con la saliva escurriendo por un lado, como pasa a veces con los perros cachetones.

—Está bien viejo, vuelve a dormir, ya llegué.

—Hoy te toca abrir la tienda, Heidi, que no se te olvide. —le susurró Leo, mientras Hyde le acomodaba la almohada.

—Ya está bien, vuélvete a dormir—Hyde levantó el reverso de su camiseta y limpió el exceso de saliva del rostro del anciano. No pareció molestarle que quedara mojada.

—Alguien entró en la casa, Heidi— le dijo Leo preocupado —No llames a la policía, hay algunas cosas que no me gustaría que encontraran.

Hyde se rio.

—Está bien, hombre. Descansa. No dejaré que nadie se meta a tu casa.

—Nadie se mete con Heidi…

—Nadie…—aseguró Hyde. Pero Jackie que estaba entrando despacito alcanzó a percibir un cambio en su voz, como si el cansancio lo hubiera fumigado.

—Leo…—musitó Jackie con una banda acuosa en el lagrimal amenazando con desbordarse. Hyde la interrumpió haciéndole una seña para que se quedara callada.

La mano de Leo resbaló poco a poco de la de Hyde. Él se la puso de vuelta en la cama y se dirigió a la salida.

—Hay que dejarlo dormir— explicó Hyde y Jackie obedeció retrocediendo sin apartar la vista del viejo. —No vamos a discutir esto aquí— les dijo a los otros cuando se reunieron en la sala. —Porque esta no es mi casa, y además es la hora de su siesta.

—Si este no es el momento ¿Cuándo es?—insistió Kelso — ¿Cuándo encuentren nuestras huellas en su cuerpo?

Donna chistó de nuevo.

—No, solo quedan huesos. —Contestó Eric— lo que Kelso quiere decir es que es más difícil encontrarte que estar seguro de que está vivo. Como ahora.

—Bueno, lo estoy.

—Ese es el problema. Si aquí no es el lugar y no es el momento entonces ¿Cuándo podremos arreglarlo?

— ¿Arreglarlo?—Kelso se levantó de su lugar— No se puede arreglar, gran—D, no tiene arreglo.

—Si me estaban buscando ya me encontraron. —Dijo Hyde. —No puedo ofrecerles algo más.

— Queremos que aceptes que fuiste tú quien la desenterró.

Hyde suspiró.

— ¿Para qué? ¿Van a creerme si lo niego?

Donna dejó de morderse las uñas.

—Sí. Además necesitamos saber qué clase de trato quieres.

Hyde subió una ceja, incomodo.

— ¿Trato?

Truco o trato— explicó Jackie— la nota que dejó el acosador en la puerta de nues… de la casa.

Eric miró a su hermano para buscar algún indicio de culpa en su rostro. No lo halló.

— ¿Para qué mantener el misterio? Solo dinos lo que quieres— exigió Eric. —Ya no somos unos niños. No seguiremos tu juego.

— ¿Qué nota?

— ¡Oh, por favor! Deja de fingir que no eres tú— acusó Kelso— No voy a pasar el resto de mi vida en prisión solo porque eres demasiado cobarde como para echarte para atrás.

—Entonces este sujeto ¿estuvo en mi casa?—preguntó Hyde.

—Mi casa. —corrigió Eric

—Mi casa — corrigió Jackie.

Hyde miró a Jackie. Al encontrarse sus ojos con los de ella, divagaron, como en un acuerdo tácito por evadirse.

—Steven…

Hyde cerró los ojos, había imaginado su voz durante tanto tiempo, en sueños y en pesadillas que ahora ni siquiera le parecía la real.

—Envió una campana, una capucha, un recado y una carta. —Dijo Donna — No quiere delatarnos, quiere hacer un trato. Nosotros solo queremos descartar que seas tú quién está detrás de todo. Después puedes volver a lo tuyo. Primero ayúdanos a resolver esto, después de todo es tan asunto tuyo como nuestro.

—Las cosas siempre caen por su propio peso ¿no? ¿Para qué interferir?

—Steven…

—Por lo menos di algo — la voz de Eric se tornó averna— ¡No te quedes ahí callado!

Hyde le dedicó una mirada desafiante. Dejando claro que debía medir sus palabras la próxima vez que se dirigiera hacia él. Su hermano titubeó con las pupilas temblorosas.

—Primero me arrebatas mi hogar, luego vienes con este teatro a buscarme, con mi exesposa y mis viejos amigos y… todo eso de las cartas… ¿quieres saber lo que pienso? Espero que la policía de con nosotros, porque nos lo merecemos. —El grupo contuvo el aliento— Espero que te encierren a ti, y a ti, y a ti también. Espero que los encierren a todos, porque son una bola de cobardes.

—Steven…

— ¡Espero que se pudran en la cárcel y que sientan que se les caen los dientes entre los gusanos y que se duerman sobre su propia mierda y que pasen tanto frio por la noche que se les rompa la quijada de tanto temblar! ¡Espero que tengan que beberse su propia orina y que se les trastorne el sueño, que las pulgas los piquen y que los devoren los piojos, que la luz no entre en sus celdas y que tengan que matar para sobrevivir y morir todos los días…! ¡Porque se lo merecen! ¡Eso es lo que se merece un asesino y ustedes lo son…! ¡Si son tan cobardes para aceptarlo no debieron haberlo hecho!

Nadie dijo nada. Nadie replicó, nadie lo negó, nadie quiso hablar. Sabían que tenía razón.

— ¿Sabes porque tú si puedes dormir por la noche, Forman? —siguió Hyde, al notar que nadie estaba replicando. Jackie comenzó a llorar. Las lágrimas se habían vuelto incontrolables. —Porque no te arrepientes de nada… eres un asesino como yo, eres igual a mí…

Jackie lo detuvo en seco abofeteándolo tan fuerte que el patrón de su mano quedó grabado en la mejilla de su esposo.

— ¡Fue lo que elegimos!—les dijo a los demás— Nosotros tomamos cada una de las decisiones de esa noche y nada ni nadie va a poder cambiarlo jamás. —Luego se dirigió a Hyde. — Si vuelves a prisión abandonaras a Leo, ¿Quién cuidara de él? ¿Su esposa? ¿Esa mujer huraña y lacrimosa que trató de ahogarlo con una almohada?

Hyde vaciló.

—Si te vas volverás a perder a tu familia, aunque ya sé que eso no te importa mucho.

Eric casi pudo escuchar el golpe dentro del pecho de su hermano.

Hyde tomó a Jackie del brazo.

—No juegues conmigo, no después de lo que…

—No estoy aquí por ti— se zafo Jackie — Estoy aquí por mi propio trasero. Como todos los demás.

Hyde fue tras ella y volvió a cogerla del brazo pero ella le dedicó una mirada furtiva. Se miraron con un odio especial. Un odio que los demás pudieron palpar y sintieron que les robaba el aliento. Era el odio más fuerte del mundo, ese odio que viene desde las entrañas de los nervios mismos. La soltó.

—Quizás es hora de que nos demos por vencidos —sugirió Fez. Con la mirada perdida en alguna parte del árbol de afuera.

—No puedo. —Dijo Kelso —tengo dos hijos.

—Y ella tenía dos padres— dijo Donna

—Suficiente. —Exclamó Eric— Hyde, todos queremos irnos a casa. Pero si no logramos dar con la persona que está detrás de todo esto, ninguno se irá. Hicimos una promesa, y quiero pensar que sin importar los problemas por los que has atravesado eres suficientemente maduro como para recordarla. Tu palabra es lo único que te queda, si no podemos confiar en ella tampoco, entonces estamos perdiendo el tiempo contigo.

Hyde se quedó callado.

—Tengo una condición.

Donna rodó los ojos.

—Si es sobre echarte la culpa…

—Ella no.

Jackie se levantó para protestar pero Donna la detuvo en seco.

—Hecho. —dijo ella

— ¡No pueden decidirlo por mí! ¡Esto también es mi asunto!

—No voy a trabajar con ella — enlistó Hyde— No quiero verla o tener que hablar con ella y no quiero que la metan en esto.

—Hecho. — cedió Eric

— ¡Te odio! ¡Te odio! ¡No puedes decirme que hacer! ¡No puedes prohibirme nada!

—Si quieren jugar sucio lo harán bajo mis reglas, y si llegarán a atrapar a alguno, los demás no volveremos por él. ¿Está claro?

Kelso se levantó y se entalló los pantalones asintiendo con la cabeza.

—Si— dijo Fez.

—Una cosa más…— se detuvo a mirarlos a todos— Si atrapan a alguien, está solo. Negara la posible implicación del resto del grupo y negara la familiaridad de los otros… se rascará con sus propias uñas. — Ninguno dijo nada, se había cerrado un nuevo trato, uno que los obligaba a mantenerse cuerdos, cuando ya no hubiera salida ninguna. —Muy bien…

Jackie se zafó del agarre de Donna

— ¡No te lo voy a perdonar jamás! — amenazó.

—Ya dijiste eso una vez. —Le contestó Hyde y tomó la chaqueta que recién había puesto sobre la encimera.

Jackie pasó junto a él y lo golpeó con el hombro, azotó la puerta al salir. Hyde ignoró el gesto y se limitó a ponerse la gorra y abordar la perilla de puerta.

— Bueno niños, agarren sus cosas… nos vamos de excursión.