14 Cobardía
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Todavía está oscuro cuando Peste detiene a Kyūbi frente a otra casa. Solo verlo tiene mi corazón galopando. No quiero enfrentar a otra familia tan pronto.
El jinete se balancea de su corcel.
—Espera aquí —ordena.
Se dirige a la casa oscura, abriendo la puerta del patio lateral antes de desaparecer de la vista. Froto el cuello de Kyūbi mientras espero al jinete. ¿Qué podría estar haciendo ahora?
Un minuto después, la puerta de entrada se abre y Peste regresa a mí.
—Nos quedaremos aquí esta noche —dice.
Salto fuera de Kyūbi y lo sigo con cautela dentro de la casa. Es solo cuando percibo un olor a basura que se ha asentado demasiado tiempo que me doy cuenta de que el lugar está vacío. Mis músculos se relajan.
Me dirijo a un interruptor de luz y lo enciendo. Encima de mí, la luz de la entrada chisporrotea a la vida.
Electricidad. Puntos a favor.
Tentativamente, empiezo explorar la casa, mientras lo hago enciendo luces aquí y allá. El lugar es un santuario de basura; montones de ellos están apilados en todas partes. Viejos frascos de medicina y revistas recetadas, los libros de bolsillo dañados por la intemperie y la ropa apolillada, todo está apilado en montículos precarios.
Apuesto a que quien vivió aquí tuvo que ser prácticamente sacado de su casa cuando salieron las órdenes de evacuación. Nadie pasa tanto tiempo acumulando basura para dejar todo atrás.
Arrugo mi nariz ante el olor fétido en el aire. No es solo basura vieja, también es el olor de los animales. Me dirijo a la cocina, donde veo varios cuencos de aluminio, uno lleno de agua y el resto vacío.
Misterio resuelto.
El dueño tiene un perro o tres.
Peste se eleva desde donde se arrodilló frente a la chimenea, quitándose el polvo de las manos, un fuego tomando forma detrás de él. Iluminado desde atrás por las llamas, se ve formidable y tal vez un poco siniestro. Agarra su arco y el carcaj de donde debe haberlos dejado a un lado y se dirige hacia mí.
—Duerme, Hinata —dice por encima de su hombro. Su tono es tan brusco que, de no haberme besado hace poco, habría dicho que lo había enojado.
—¿A dónde vas? —pregunto, inquieta ante la idea de su partida. Hace una pausa, girando para mirarme.
—Patrullar el área —dice—. Siempre hay humanos que me cazan. Esperan en las horas tranquilas para lanzar sus trampas.
—¿Es ahí donde estabas antes, cuando Danzo...
La cara de Peste se oscurece ante el recordatorio.
—Desafortunadamente, esta noche me perdí el peligro justo enfrente de mí.
Creo que esa es su extraña forma de disculparse. Me muerdo la mejilla y asiento.
—Bien... ten cuidado. —Las palabras suenan horriblemente incómodas. ¿Por qué quiero incluso que mi captor inhumano e inmortal tenga cuidado? ¿Qué podría pasarle?
Peste duda, sus rasgos se suavizan ante mis palabras.
—No puedo morir, Hinata —dice suavemente.
—Todavía puedes lastimarte.
De verdad, ¿de dónde viene todo este sentimentalismo? La esquina de su boca se curva.
—Juro que haré todo lo posible por no salir lastimado. Ahora descansa. Sé que lo necesitas.
Lo hago. Mi cuerpo se siente pesado ahora que la última adrenalina finalmente está saliendo de mi sistema.
Una vez que Peste se va, miro dentro de cada una de las habitaciones. Hay dos camas, ambas que puedo usar, pero hay algo en ellas que es intensamente desagradable. Tal vez es el fuerte olor a perro que viene de ellas, o las pilas de ropa vieja, platos rotos y muñecas raras que se amontonan a su alrededor. En particular, no quiero dormir en ninguna de estas habitaciones.
Cojo algunas mantas que encuentro dobladas en el sofá y me acuesto frente a la cocina de leña.
Pensarías que después de la noche que tuve, estaría despierta durante horas, repitiendo esos minutos fatídicos en el bosque detrás de la casa de Danzo. Pero tan pronto como me acuesto, me quedo dormida.
No sé por cuánto tiempo duermo, solo que me despierto por el sonido de los pasos.
Voy a matarte. Él va a matarte.
Una ráfaga de miedo inunda mi sistema, y me esfuerzo para sentarme, obligando a mis ojos a concentraren el ruido.
Peste se acerca a mí, una toalla en vuelta alrededor de su cintura.
—Mantén la calma —dice, arrodillándose a mi lado. Mete un mechón de mi cabello detrás de la oreja—. Solo soy yo.
Es solo Peste, el único al que el mundo entero teme. Y verlo me da una cantidad vergonzosa de alivio.
Tomo una respiración profunda y temblorosa.
—Ha sido un largo día.
El pelo mojado del jinete gotea entre nosotros, y los riachuelos de agua le bajan por el pecho. Siento una oleada de calor al ver su piel desnuda. La luz del fuego acaricia cada inclinación y curva, y no por primera vez, noto la exquisitez de su forma. Sus pómulos altos y sus labios carnosos se ven aún más extremos a medida que las sombras bailan sobre ellos.
Y luego está el resto de él, que es tan claramente masculino, desde sus hombros esculpidos y poderosos hasta sus bíceps gruesos y cortados.
Mis ojos se posan en su pecho, donde sus pectorales redondeados fluyen hacia los abdominales ondulantes. Pero es imposible mirar su torso sin notar las extrañas y brillantes marcas que brillan en la oscuridad, iluminando la piel circundante.
Extiendo la mano y paso los dedos sobre las letras que se curvan debajo de sus clavículas como un collar. Brillan con un fuego dorado, su forma extraña y hermosa.
Debajo de mi toque, la piel de Pestes alta. Se mantiene muy quieto, dejándome explorar su cuerpo.
—¿Qué son estos? —pregunto. Es obvio que es una escritura, pero es un lenguaje diferente a todo lo que he visto en mi vida. Me mira, sus ojos brillantes.
—Mi propósito, escrito en carne.
El jinete pone una mano sobre la mía, efectivamente atrapándola contra uno de los símbolos. Dirigiendo mi mano con la suya, me hace rastrear la marca.
—Esto significa 'divinamente ordenado' —explica, soltando su agarre.
Levanto mis cejas hacia él antes de que mi atención vuelva a su pecho. Muevo mi mano sobre varios símbolos, deteniéndome en uno que se encuentra a la izquierda de su corazón.
—¿Y este? —pregunto.
—'Aliento de Dios'.
Trazo la palabra. Debajo de mi toque, la piel de Peste es como piedra.
—¿Qué idioma es este? —pregunto.
—Uno sagrado. —Sus ojos están en mí, siguiendo mis movimientos.
Si tuviera un poco más de coraje, mi mano bajaría más, donde otra banda de símbolos rodea sus caderas, el más bajo de los símbolos hundiéndo se bien debajo de su toalla.
Pero, por desgracia, mi valor me falla.
—¿Puedes hablarlo? —pregunto.
Su mano presiona sobre la mía una vez más, sosteniendo mi palma contra su corazón.
—Hinata, es mi lengua materna.
Miro la escritura maravillosamente. Siento una presencia aquí en esta habitación oscura. Presiona de cerca. Puedo verlo en la mirada constante del jinete, y puedo sentirlo en el mismo latido de su corazón. Mi mirada se levanta a la suya.
—Di algo para mí.
Sus ojos brillan.
—No puedo —dice suavemente—. Hablar el idioma sagrado es presionar la voluntad divina sobre el mundo.
Retiro mi mano, alejándome de él.
—¿No es eso lo que ya estás haciendo? —¿De qué otro modo se supone que debo interpretar a Peste cabalgando por el mundo y propagando su plaga?
Se inclina hacia adelante, luciendo hermoso y salvaje mientras se acerca.
—Lo que se habla no puede ser nunca oído. No es para oídos mortales. Pero... no estoy por encima de compartir una palabra o dos contigo.
Me olvido de respirar mientras su aliento se abanica contra mis mejillas, sus labios—y el resto de su cuerpo casi desnudo—muy, muy cerca.
Justo cuando creo que va a compartir una de estas palabras sagradas, dice:
—Vuelve a dormir. Voy a vigilarte.
No quiero dormir, no cuando todavía siento la presión de su piel flexible debajo de mis dedos, marcada con figuras extrañas y sagradas. Estoy insoportablemente sola, mi cuerpo duele por la falta de un compañero, y maldita sea, pero el compañero que quiere es él.
Lo quiero. Todo de él. En mí, a mí alrededor, a mi lado, llenando mi mente, mi cuerpo, mi vida, y eso son tantos tipos de estar arruinada, y estoy tan sobre eso, tan sobre sentirme desgarrada.
Peste se levanta, retrocediendo hacia los oscuros huecos de la casa. Casi lo llamo. Sería tan fácil engatusarlo hacia mí, retirar esa toalla, tirar de él hacia abajo y sentir su peso sobre mí.
Para mi vergüenza, no es mi lealtad a la humanidad lo que me impide llamarlo. Es el profundo temor de que él rechace mis avances.
En la mañana siguiente, al estar buscando en la casa me di cuenta de dos noticias, las buenas noticias, esta casa viene abastecida con cada comida imaginable para el hombre y las malas: todo expiró aparentemente hace siete años.
Eso es lo que sacamos por allanar el hogar de un acaparador.
Al menos hay café… y crema en polvo. Bebo ávidamente de mi taza entada en el rincón para desayunar de la casa, el espacio lleno de platos sucios, correo y unas cuantas botellas de medicamentos vacías.
Miro por la ventana y veo el patio cubierto por una fina capa de nieve mientras caliento mis manos con la taza que sostengo. Mi mirada vaga de la ventana a la pila de basura más cercana. Descansando en la cima de ella hay un volante con un dibujo de Peste.
¡Advertencia! ¡Peste se acerca!
Las palabras adornadas en rojo. Bajo de ellas en letras más pequeñas hay un párrafo detallando sus movimientos e incitando a los residentes a evacuar, preferiblemente por al menos una semana.
Doy vuelta la página y casi no lo creo. Devolviéndome la mirada está mi rostro. No es particularmente preciso; tiene el mismo aspecto que los dibujos policiales. Mi rostro es más ancho, mis mejillas más llenas y mi mentón más puntiagudo, pero sigo siendo yo.
¡Viajando con una Mujer Misteriosa!
El párrafo que hay debajo dice que si bien la evidencia sugiere que soy prisionera de Peste, probablemente estoy trabajando para el jinete y deben mantener su distancia.
Por último, la página tiene un mapa de Norte América y una línea roja dibujada sobre la Costa Este antes de cruzar Canadá y terminar con el extremo de la línea curvada hacia abajo, sugiriendo que el jinete y yo estamos viajando hacia el sur por la Costa Oeste, lo que parece bastante preciso.
Detrás de mí, la puerta se abre, llamando mi atención. Hago el artículo a un lado.
Trabajando probablemente para el jinete. La advertencia se reproduce una y otra vez en mi mente y siento en cada centímetro la traición. Porque ese folleto dio en el blanco con mi situación, ¿verdad?
—¡Hinata! —llama Peste, sus pesadas pisadas haciéndose camino hacia la cocina.
Sonríe cuando sus ojos se posan en mí, la expresión tan extraña y maravillosa que incluso con mi humor actual, mi corazón salta ante la vista.
—Sabía que te encontraría aquí —dice. Le doy una floja sonrisa en respuesta.
Solo le toma unos instantes ver que estoy preocupada. Su sonrisa se desvanece.
—¿Qué está mal?
Se supone que seamos enemigos, pero a pesar de todo, como que me gustas. Oh, y el resto de la humanidad también se ha dado cuenta.
Sacudo mi cabeza.
—Solo… cansancio.
Él se acerca, vestido con todos sus pertrechos. No hay nada como ver a Peste vestido en sus galas para hacer que una chica se sienta como una alimaña muerta en la carretera desde hace tres días.
Se inclina y estudiando mi rostro, presiona su pulgar justo bajo mi ojo.
—Te estás agotando —observa.
Tachen eso, como una alimaña muerta de siete días. Estamos hablando de pedazos realmente jodidos de criaturas que permanecen pegados al asfalto mucho después de haber muerto.
—Tanto viajar me ha pasado factura —admito.
El estrés, los largos días atrapada en la montura, mis lesiones por montar, el implacable frío del invierno, las poco confiables comidas… he hecho lo mejor que he podido para forzar mi camino a través de todo, pero solo hacía falta que Peste lo notara para que todo viniera de golpe a mi consciencia.
El agotamiento no será probablemente lo que te matará, me recuerdo a mí misma.
Peste frunce el ceño.
—Entonces debes descansar. Nos quedaremos aquí por… —Mira por la ventana, observando el débil sol de invierno—, dos días más.
No tengo corazón para decirle que dos días más no van a hacer mucha diferencia. Que no han sido de mucha diferencia. Hemos estado haciendo pausas por días cada vez.
Nunca será más fácil con Peste. A pesar del cuidado que pueda tener, él siempre va a ser impermeable a las cosas que me matarían, así que siempre me va a presionar más allá de lo que soy capaz.
Pero no digo esas cosas. En su lugar, asiento y le doy otra débil sonrisa.
Su ceño se hace más profundo.
—No me gusta esta expresión —dice, estudiando mis rasgos—.Mientes con tu rostro. ¿Necesitas más tiempo? ¿Tres días? ¿Cuatro? Los tendrás. Solo quita esta triste y derrotada expresión. No puedo soportarla.
No creo que nadie jamás me haya dicho algo tan genuinamente franco y amable.
En un capricho, lo tiro hacia mí, abrazando al jinete estrechamente. Al principio, está rígido en mis brazos, pero a medida que pasan los segundos, envuelve vacilantemente sus brazos a mí alrededor y me siento completamente envuelta por él.
—Eres un buen hombre, Peste —admito.
Y ahí yace mi problema. Él no es un hombre agradable ni un hombre pacífico, pero es un buen hombre.
Cierro mis ojos e inhalo su aroma. Huele a jabón barato y bajo eso, divinidad. (Ni siquiera sabía que uno podía literalmente oler la divinidad, pero ahí lo tienes.)
Sus labios acarician mi oreja.
—Te olvidas de que no soy un hombre, Hinata.
Se me escapa una risa.
—Está bien. Eres un buen heraldo del apocalipsis.
Me sujeta más fuerte, su mejillarozando mi sien.
—Y tú eres una mujer compasiva. —Siento cómo con un dedo me toca un mechón de cabello—. Demasiado compasiva, si soy honesto — dice en voz baja.
Me consuela el hecho de que sea lo que sea esto que estoy comenzando a sentir, Peste también lo está experimentando. Y podemos estar socavando nuestras morales, pero al menos, lo estamos haciendo juntos.
Terminamos dejando la casa dos días después. Ese es todo el tiempo que pude soportar en aquel desordenado lugar. No soy ejemplo de limpieza, pero aquella casa… incluso ahora, a kilómetros de distancia, mi piel se estremece al pensaren ella.
Soy sacada de mis pensamientos al captar la imagen de un cartel frente a nosotros. Después de que huimos de Iwagakure, habíamos viajado mayormente por caminos secundarios y lugares apartados, pero inevitablemente, Peste había encontrado su camino a las carreteras principales. Y ahora veo algo que había extrañado.
Contengo la respiración.
Otogakure 87 Km.
—¿Qué sucede? —pregunta Peste.
—Estamos en Otogakure.
En algún punto entre que Peste fue atacado en Iwagakure y mi propio roce con la muerte hace unos pocos días, no me había dado cuenta de que habíamos cruzado países.
—Ah, sí —dice Peste con disgusto, arrastrándome nuevamente al presente—. Aquí son particularmente malos.
Una ridícula ola de miedo me atraviesa ante eso.
—Peste, tenemos que dejar el camino principal.
—¿Por qué? —pregunta, genuinamente curioso.
Aún puedo sentir su cabeza arruinada, acunada en mi regazo. No estoy lista para pasar por eso nuevamente.
—Hay una ciudad grande más adelante —digo—. Más grande quela última —Había habido docenas de personas esperando a Peste en Iwagakure; ¿cuántas habría en Otogakure?—. Rodeémosla.
—No desviaré mi curso por la presencia de humanos. Eso es lo último que dice sobre el tema.
Mi temor crece mientras más nos acercamos a la metrópolis. Algo malo va a ocurrir. Lo presiento del modo en que puedo sentir una tormenta acercándose; el mismísimo aire está lleno de ello.
Al igual que en Iwagakure, la entrada a Otogakure es gradual. Primero atravesamos una dormida ciudad Otogakure, la que da paso otra que es un poco más densa. Y luego otra. Una ola de déjà vu me atraviesa mientras pasamos por el mismo tipo de comunidades por las que pasamos en Iwagakure.
El brazo de Peste se aprieta alrededor de mi cintura. ¿Él también puede sentirlo? La promesa de violencia se siente en el aire.
Me envuelvo más fuerte mente en mi chaqueta. Solo irá poniéndose peor mientras vayamos viajando más al sur. Otras cuidades igual de grandes… La pesadilla que enfrentamos en Iwagakure se repetirá una y otra vez. E incluso cuando hayamos atravesado la Costa Oeste, quedarán países enteros por cruzar.
Las sombras apenas están comenzando a estirarse sobre la tierra cuando Peste deja el camino principal, guiando a Kyūbi hacia un vecindario de casas con aspecto cansado como si hubiesen puesto sus viejos cimientos en un prolongado descanso.
Peste hace girar a Kyūbi entrando en el camino de una oscurecida casa, los cascos del caballo suenan contra el agrietado concreto. La pálida pintura verde parece desgastada y desteñida.
Cabalgamos hasta la puerta antes de que Peste desmonte. Toma la manilla y la gira, rompiendo la cerradura y abriendo la puerta.
Estoy recién bajándome de Kyūbi cuando me doy cuenta del tenue resplandor de una lámpara de aceite que proviene del interior, la llama bien baja. Reclinada en un sillón junto a ella hay una mujer grande, su cabello negro tiene hebras plateadas, está recogido cerca de su cabeza y sus lentes se posan bien abajo en su nariz. Mira por sobre ellas hacia nosotros, olvidando completamente el libro en sus manos.
Dimos con la casa de la abuela de alguien. Justo cuando pensaba que habíamos salido de los horrores, aparece otro.
—No tenemos nada de valor, se los aseguro —dice ella, su voz sorprendentemente firme para alguien que cree que su hogar está siendo invadido.
—No estoy aquí por sus cosas —dice Peste—. Estoy aquí por su hospitalidad.
La mujer mira al jinete con curiosidad. Dejando su libro a un lado, se pone de pie. La edad la ha hecho suave, pero tiene una cierta tranquila fuerza.
—Kurenai —una delgada y ronca voz pregunta desde otro cuarto de la casa—. ¿Quién está en la puerta?
¿Se perdió la parte donde irrumpimos en su casa? La mirada de Kurenai permanece en Peste por un largo tiempo, pasando de su arco y carcaj a su corona, antes de posarse en su rostro.
—Creo que es uno de los Cuatro Jinetes, cariño. —Sus ojos se dirigen hacia mí—. Y trajo consigo a una amiga.
—¿Qué de… ? —Los sonidos arrastrados provienen de la habitación de atrás.
Cualquiera que sea la conmoción que sufrió Kurenai momentos antes, ahora se disipa. De repente, comienza a moverse, apresurándose.
—Bien, vamos, ustedes deben estar fríos. Pasen, entren, y por el amor del Buen Dios, cierren la puerta detrás de ustedes.
Peste mira con curiosidad desde ella al pomo de la puerta, que cuelga en un ángulo divertido. Empujo la puerta cerrándola detrás de él. Kurenai viene a mí y me ayuda a quitarme el abrigo. Sus manos secas rozan contra las mías.
—¡Cielos, niña! —exclama, ahuecando una—. Vas a atrapar tu muerte por ahí. Estás tan fría como el hielo. —Kurenai chasquea la lengua hacia Peste—. Es una pena que la dejes helarse.
El jinete mira a Kurenai en estado de shock y yo intento no sonreír.
Está claro que nunca antes se había encontrado con una dulce anciana. Justo en ese momento, un anciano cojea desde un pasillo que se bifurca hacia la izquierda. Se detiene abruptamente.
—¡Señor Todopoderoso! —Pone una mano sobre su corazón—. No estabas bromeando, Kurenai —dice, mirando a Peste.
Se acerca cautelosamente, sus ojos beben del jinete.
—En verdad, ¿eres real?
El mentón de Peste se levanta en un ángulo casi arrogante, aunque su expresión es más curiosa que arrogante.
—Por supuesto que sí —dice con calma.
De la nada, el anciano suelta un grito ronco.
—Bien, estaré condenado. Vengan a sentarse, mi casa es su casa. —dice.
Esta tiene que ser la situación más extraña en la que he estado. Y considerando las últimas semanas de mi vida, eso es decir algo.
Los dos seguimos a la pareja de ancianos a su cocina, Peste con mucha más renuencia que yo. Mira a la pareja sospechosamente, su mano se inclina hacia su arco. Claramente no sabe quehacer con esta hospitalidad. La verdad sea dicha, yo tampoco.
Kurenai se acerca a la cocina, calentando una taza de té mientras el hombre hace un gesto hacia una desgastada mesa de madera.
—Por favor, deben estar cansados. —Mira por la ventana—. Mal tiempo para viajar.
Casi lloro, tomando agradecida un asiento. Ha pasado tanto tiempo desde que otro ser humano me trató con algún tipo de genuino cuidado, casi había olvidado que la gente hacía esto.
El viejo cojea hacia el otro lado de la cocina, donde Ruth está agarrando tazas.
—Siéntate, amor, déjame hacer esto —dice. Ella se ríe.
—Tú eres el que necesita sentarse —dice—. Esa rodilla te dará problemas esta noche.
—¡Bah! Todo me da problemas en estos días. —Mira hacia mí y me guiña el ojo, el gesto que hace que Peste mire entre los dos.
Kurenai agarra una espátula y golpea a su marido, que ahora intenta moverla físicamente.
—Tengo esto. Ahora deja de manosearme frente a nuestros invitados y ve a sentarte.
El hombre se queja, diciendo más fuerte:
—Me llevaré mi afecto donde pueda conseguirlo.
Su esposa le lanza una cálida mirada por encima del hombro mientras se sienta frente a nosotros.
El jinete observa todo el intercambio con la mayor fascinación.
—Soy Asuma, y esa es Kurenai —dice el anciano, sentándose en su silla mientras hace las presentaciones.
Peste inclina su cabeza.
—Soy Peste, y esta es Hinata —dice, haciendo un gesto hacia mí.
—Peste —repite Asuma, sus ojos brillantes de asombro. Recordando, se vuelve hacia mí y asiente—. Y Hinata, es un placer conocerlos a ambos.
Echo un vistazo entre todos, casi tan conmocionada como el jinete.
Hemos llegado a esperar un cierto diálogo entre nosotros y nuestros anfitriones, y este se ha desviado salvajemente del guión.
—¿Lo es, sin embargo? —pregunta Peste, evaluando al hombre—.¿Es un placer conocernos?
—¡Bueno, por supuesto que lo es! —dice Asuma, golpeando su palma contra la mesa para enfatizar—. ¿Con qué frecuencia llega uno de los Cuatro Jinetes a tu puerta?
Kurenai se revuelve con varias tazas humeantes de té, colocándolas frente a cada uno de nosotros.
—Gracias —murmuro cuando me da una taza.
Peste frunce el ceño ante su propia bebida, sus fosas se dilatan al olor. Asuma palmea el costado de Kurenai mientras toma asiento a su lado.
—Gracias por el té. —Su mirada se detiene en ella, y es una mirada lo suficientemente íntima para que desvíe mis ojos.
Empujando su bebida, Peste se reclina en su asiento, su expresión atrapada en algún lugar entre preocupado y esperanzado.
—La mayoría de los mortales no aceptan amablemente mi presencia.
—¿Parece que temo a la muerte? —pregunta Asuma. Los ojos del jinete se estrechan astutamente.
—Soy viejo, me duele el cuerpo y mi ingenio se ha ido a medias. —Mira a Kurenai—. Nuestra niña creció y nos abandono, y ahora sus hijos ya están grandes. Si el final ha llegado, bueno, estoy feliz de morir junto a mi esposa.
Una arruga marca la frente de Peste.
—No es una buena muerte —admite.
No sé por qué se molesta en hacerse ver mal. Estas personas quieren agradarle.
—Mucho mejor que perder la cabeza, memoria por memoria —dice Kurenai. Se estremece—. Así fue mi madre. Es lo suficientemente horrible perder a alguien, pero ver como la muerte los toma pieza por pieza hasta que no quede nada más que una cáscara. —Niega con la cabeza—. No, hay formas mucho peores de morir que la plaga.
—Queremos quedarnos aquí por varios días —dice Peste—. Hinata necesitará una cama, comida y agua.
Una vez más, Peste parece querer agravar a la pareja de ancianos. Sus esfuerzos, sin embargo, parecen ser en vano. Cuando sus ojos se mueven hacia mí, sus expresiones son amables.
—Eso no es un problema —responde Asuma—. Como dije, mi casa es su casa.
Admito el perfil ceñudo de Peste cuando me golpea. A nadie nunca le ha agradado antes, no hasta ahora. Él no confía en Kurenai o Asuma, ¿por qué debería? La gente odia a Peste, el propagador de la plaga.
Agarro la mano del jinete, una acción que atrae la mirada de la pareja de ancianos hacia mí.
Haciendo caso omiso de ellos, me inclino hacia Peste.
—¿Puedo hablarte a solas por un momento?
Sus ojos se mueven hacia nuestras manos unidas, luego hacia mi cara. Sin decir una palabra, su silla se arrastra hacia atrás y despliega sus más de seis pies de altura.
Peste me sigue hasta la entrada. Cuando me giro para mirarlo, está cerca, su ropa rozando la mía.
—¿Qué pasa, Hinata? —pregunta, tocando un mechón de mi cabello, como si no pudiera evitarlo.
—Estas personas no están tratando de engañarte, Peste. Están genuinamente emocionados de que estés aquí. —Lo cual es una tontería lo casi me preguntas, pero oye, nadie pregunta, entonces…
—¿Cómo sabes eso? —pregunta, sin molestarse en negar el hecho de que es escéptico.
Levanto mis brazos sin poder hacer nada.
—Solamente lo hago.
Me estudia, frotándose la mandíbula distraídamente mientras piensa en ello. Intento no insistir en cuán sexy es esa pequeña acción. Finalmente, asiente.
—Bien. Voy a... trabajar en confiar en estas personas porque tú lo haces. —Tomo su mano de nuevo y la aprieto. Estoy a punto de dejarlo ir cuando su agarre se tensa—. Hinata —dice.
Su otra mano se une a la primera; toma mi mano como si fuera un regalo. Una mirada a sus ojos me tiene temblando. Su mirada es demasiado profunda, su rostro demasiado sincero... lo que sea que esté por decir, mi corazón no está listo para eso.
Retiro mi mano de la suya y vuelvo a la cocina, sin esperar a que me siga.
Varios segundos después de tomar asiento, oigo sus pasos pesados. Sus ojos están fijos en mí mientras se sienta. Puedo prácticamente sentir las palabras que necesita decir, de las que hui.
Su mirada se detienen mí un poco más, pero finalmente su cuerpo se relaja, y cuelga un brazo casualmente sobre mi respaldo. Juro que cada centímetro de mí es muy consciente de ese brazo.
Todo el tiempo, Kurenai y Asuma nos miran impasibles. Hace que mis palmas suden, sabiendo lo que podrían estar viendo.
—Entonces, ¿qué los trae a nuestro hogar? —pregunta alegremente Kurenai.
—Hinata necesita descansar y recuperarse —dice Peste. Puedo sentir su mirada en todas partes—. Los largos días de viaje le pasan factura.
—Ah —dice Kurenai, asimilando sus palabras y su comportamiento—. ¿Y tú? ¿Necesitarás una cama?
Peste se relaja en su asiento, sus grandes piernas extendidas.
—Soy Peste el Conquistador, el primero de los Cuatro Jinetes que viene a reclamar su mundo. Soy eterno y mi tarea, inquebrantable. No necesito nada para sostenerme.
Coooorrecto, entonces. ¿era necesario decir eso?
Kurenai levanta sus cejas placenteramente.
—Bien, hay una cama extra si es necesario. Ahora —dice, poniéndose cómoda en su silla—. ¿Cómo se conocieron? —Mira entre el jinete y yo mientras toma un sorbo de su bebida.
Es una astuta, esta Kurenai. Fingiendo que no está trazando mi extraña relación con Peste.
—Intenté matar al jinete —digo.
Kurenai deja su té, su taza chocando contra la mesa, claramente sorprendida por la respuesta.
—Le disparé con la escopeta de mi abuelo —continúo—, y luego encendí su cuerpo en llamas.
Nuestros anfitriones han perdido el habla, probablemente no necesitaba entrar en tantos detalles...
Creo que Peste no es el único que trata de sabotear la hospitalidad de esta pareja.
—Ella es mi prisionera —explica el jinete.
Hago una mueca en mi taza. La declaración suena decididamente falsa para mis oídos.
—Si no te importa que pregunte, ¿qué planeas hacer con ella? —Asuma hace la pregunta de forma bastante agradable, pero puedo decir que está listo para echar a Peste si le da una respuesta incorrecta.
Aprieto mi taza un poco más. No esperaba que los desconocidos se preocuparan por mí, especialmente los que de hecho están entusiasmados por recibir a un jinete.
—Me quedaré con ella —dice Peste.
De nuevo, esa mirada del jinete. Mi estómago toca fondo, y trato de decirme a mí misma que es pavor, pero no puedo engañarme.
Estás anticipándote a lo que está por venir, Hyūga.
Ni Kurenai ni Asuma objetan la respuesta de Peste, pero puedo ver que los incomoda. Hubiera tratado de matar a un ser humano, bueno, tenemos sistemas de justicia que se ocupan de ese tipo de delitos. Pero castigarme manteniéndome prisionera... eso simplemente no se hace.
El jinete empuja su silla hacia atrás y se para.
—Necesito atender a mi corcel. Entreténgase en mi ausencia. –Dicho como si fuera el maldito rey del Castillo.
Sin decir una palabra, sale de la casa. En su ausencia, la cocina se vuelve muy, muy silenciosa. Finalmente, alguien habla:
—¿Estás bien, cariño? —pregunta Kurenai. Froto mi pulgar sobre el borde de la taza.
—Sí, lo estoy. —Alzo la mirada—. Quiero decir, todo es relativo en este punto, pero no estoy muerta, y eso es más de lo que se puede decir de todos los demás. —Mi voz se quiebra.
No se me escapa que estoy sentada en una mesa con otras dos víctimas de Peste. Kurenai se inclina hacia adelante para colocar una de sus manos sobre la mía. Le da un apretón.
—Estarás bien —me tranquiliza.
No sabía que necesitaba escuchar esas palabras hasta que sentí que mis ojos picaban. Asiento con la cabeza, tomando fuerza de lo que dijo. Es incorrecto tomar su bondad y valor cuando ella es la que realmente lo necesita.
—Lo siento —susurro roncamente—. Por... todo.
Me disculpo por algo más que estrellarme contra las vidas de Asuma y Kurenai junto a Peste. Me disculpo por todas esas familias cuyas vidas terminamos. Me disculpo por no haber terminado con el jinete, que me gusta ahora. Me disculpo por cada pequeña y jodida cosa que sucedió desde que Dios decidió que era hora de que todos pagáramos los platos rotos.
Asuma mueve una mano.
—Recibimos órdenes de evacuación. Sabíamos lo que significaba quedarse —dice, tratando de absolverme de culpa.
—El jinete —comienza Kurenai—, no te ha... —Busca las palabras correctas—, obligado a hacer algo en contra de tu voluntad, ¿o sí?
Violarme, quiere decir. Está preocupada de que me haya estado violando.
—No… no —me apresuro a decir. Peste puede ser brutal, pero también es caballero, a su modo extraño. Se cortaría su propia mano antes que tomarme en contra de mi voluntad—. Realmente no piensa así—admito—. Su comprensión de la naturaleza humana se limita a lo que ha visto en sus viajes y de lo que ha aprendido de mí.
¿Pero es eso realmente cierto? Hay tantas cosas que todavía no sé sobre él.
—Si no te importa que hable sin rodeos —dice Kurenai—, el jinete puede decir que eres su prisionera, pero no te trata como a una.
Mi aliento se traba en mi garganta. No quiero escuchar sus próximas palabras.
—Te trata como... bueno, como si estuviera interesado en ti.
Mi estómago se aprieta incómodamente.
—Lo sé —digo en voz baja. No tengo la fuerza para admitir que el interés no es solo de un lado. Justo en ese momento, la puerta de entrada se abre, y Peste Vuelve a entrar. Sus ojos encuentran los míos inmediatamente, y hay un anhelo tan franco en ellos.
¿Cuándo pasamos de odiarnos a esto?
Se sienta a mi lado, acercando su silla a la mía.
—¿Tienes hambre? —pregunta, toda su atención centrada en mí.
—Estoy bien.
—Esa no es una respuesta verdadera —dice.
—Es la única que vas a recibir —le digo con aspereza.
Por supuesto, eso es todo lo que Kurenai necesita escuchar antes de irse a preparar un plato de nueces, fruta y queso.
Asuma se inclina hacia adelante.
—¿Cuánto nos puedes decir de tus orígenes? —pregunta, cambiando el tema por completo.
La atención de Peste se aleja a regañadientes de mí.
—Esa pregunta tiene varias respuestas —responde el jinete. Mientras habla, se retira su arco, luego se quita su carcaj.
—¿Eres una entidad cristiana? —Asuma presiona.
Debería haber anticipado esta línea de preguntas a partir de la cruz colgando sobre la mesa de la cocina.
Peste echa sus enormes sus botas sobre la mesa, cruzando los pies por los tobillos. No tengo idea si sabe que es grosero hacerlo, pero parece bastante cómodo. Apoya su brazo sobre mi silla de nuevo.
—Cristianos, musulmanes, judíos, budistas, todos están equivocados y todos están bien —dice—. No son los detalles los que son importantes. Es el mensaje general.
Siento los dedos del jinete jugando con mi pelo, la sensación me hace querer inclinarme sobre el tacto (soy una fanática de las caricias en la cabeza).
—La moral, y no la fe —continúa—, es lo que le importa a Dios. Los ojos de Asuma están llenos de alegría.
—Por supuesto —dice. Da una risa sobresaltada, como si toda la conversación fuera tan sorprendente, la cual, lo es—. Ah, nunca pensé que este día llegaría. Soy el hombre más afortunado, estar sentado aquí con pruebas de su existencia. ¿Y cuánto sabes sobre la Biblia?
—La Biblia es una obra del hombre, no de Dios. ¿Qué uso tengo para algo que está más mal que bien?
Me tenso, esperando que Kurenai o Asuma se ericen, pero no es así. Estoy bastante segura de que Peste podría maldecir y lo encontrarían encantador.
—¿Y qué es correcto? —pregunta Kurenai, volviendo con la bandeja de bocadillos, sentándose en su silla.
—Que mis hermanos y yo hemos venido a conquistar esta tierra, ya menos que los humanos cambien, todos era devastado, y su día de juicio caerá rápidamente sobre ustedes.
Asuma se inclina hacia adelante.
—¿Cómo cambiamos?
—Su naturaleza está corrompida —dice Peste—. Sus corazones son duros y sus mentes están fijas en un curso egoísta y destructivo. Han matado a innumerables criaturas, han hecho una burla de la naturaleza, se han dado la espalda el uno al otro. A menos que sus caminos cambien, serán eliminados.
Asuma pasa una mano por su cabello.
—Es una tarea difícil para nuestro lote —dice con tristeza.
—Es por eso que la humanidad perecerá —dice Peste con tanta certeza que tengo que aplacar un escalofrío.
No cree que podamos cambiar.
Asuma se inclina hacia adelante.
—¿Pero hay una posibilidad de que no lo hagamos? Peste duda.
—Sí —dice finalmente—. Hay una posibilidad. Hasta que Muerte haya recorrido la tierra y la haya considerado indigna, hasta que Dios mismo nos haya llamado devuelta, hay una posibilidad.
Me quedo despierta por mucho tiempo esa noche, mi mente a pagándose despacio. Incluso una vez que lo hace, mi sueño es bastante ligero. Una carcajada o una palabra brusca desde el otro extremo de la casa son suficientes para despertarme.
Peste se queda despierto hasta tarde con la pareja de ancianos, hablando de cosas que no puedo entender completamente. Pedazos y partes de la conversación flotan hacia dentro, y es suficiente para que me dé cuenta de que están hablando de Dios y religión. Me da la impresión de que el jinete es mucho más libre con sus palabras de lo que es conmigo.
Sorprendentemente, siento una chispa de celos. Ni siquiera quiero hablar con Peste sobre Dios, así que no sé por qué me molesta. Deseas que comparta sus pensamientos más íntimos contigo, y solo contigo.
Pensar que les está diciendo cosasa esta pareja que no expresará frente a mí... debajo de los celos y la molestia está el daño.
Eres su prisionera, algo que parece se te olvida una y otra vez. Después de lo que parece una eternidad de sueño inquieto, escucho cómo las sillas chirrían, luego el ruido de pasos suaves mientras Kurenai y Asuma se dirigen a la parte posterior de su casa.
Me esfuerzo por escuchar cualquier otra cosa, cada segundo que pasa me despierta más, pero no hay nada. ¿Peste está sentado solo en la oscuridad?
No es hasta algún tiempo después, cuando el sonido de una silla deslizándose hacia atrás me despierta por millonésima vez, que escucho los característicos pasos del jinete. Se dirige al pasillo, hacia mi habitación.
Mi corazón comienza a golpear mientras se acerca.
¿Viene por mí?
La idea que una vez me llenó de miedo ahora me llena de emoción. Le escucho hacer una pausa fuera de mi puerta, el silencio se prolonga una y otra vez.
¿Qué está haciendo?
El pomo de la puerta gira y entra. Apenas puedo distinguirlo en la oscuridad. Es solo una sombra más grande entre el resto de ellas, su forma se ve tambaleante mientras llena la entrada.
Se mueve hacia la derecha de la cama, se sienta en el piso y apoya la espalda contra la pared.
No sé qué hacer conmigo, se supone que estoy dormida, pero no lo estoy, y se siente como una gran mentira. Peste tiene que darse cuenta de que estoy despierta, ¿verdad? Estoy segura de que estoy respirando demasiado fuerte o estoy acostada demasiado quieta.
—Entre mi creciente lista de defectos está la cobardía —dice Peste en la oscuridad—. Vengo a tia hora como un ladrón en la noche, porque me temo que nunca me escucharás bajo la luz del día —sovoz es un suave murmullo—, y debo confesar todas las cosas en mi corazón.
Está bien. Esto tiene que ser interesante, y por si fuera poco el sueño se fue oficialmente.
—Te encuentro hermosa, querida Hinata, tan hermosa. Pero es una belleza tan aguda y mordaz, como el borde de mis puntas de flecha, porque recuerdo que no eres como yo. Un día, morirás, y estoy cada vez más ansioso por ese hecho.
Tengo que obligarme a respirar y contener el sonido incómodo y asfixiante que realmente quiere escapar de mis pulmones. Nadie nunca me ha hablado así.
—Lo admito —continúa—, no tengo idea de lo que me pasó. Nunca en mi larga existencia me he sentido así. No fue hasta que llegué a tu mundo en esta forma que pude sentir. Y antes de conocerte, incluso eso se limitaba a la hostilidad que ardía en mi estómago. Todo lo que una vez quise fue arrasar la civilización hasta los cimientos. No fue hasta que te conocí, a pesar de odiarte, que entendí el significado de las palabras de Dios. De la misericordia —dice esto como si fuera de suma importancia—. Y ahora entiendo por qué todavía hay esperanza para los de tu clase. Porque junto con lo malo, hay esto.
Está bien, estoy bastante segura de que este tipo no tiene la menor idea de que estoy despierta.
—Y no puedo entender qué es esto —continúa—, solo que lo siento cuando te veo y cuando pienso en ti. Cuando cabalgamos juntos y te abrazo, siento que todo está bien. Y cuando te ríes, creo que realmente podría morir. Este es un tipo de placer agonizante, y es siempre tan confuso. No entiendo cómo el dolor y el afecto pueden coexistir uno junto al otro.
Suspira, inclinando la cabeza hacia arriba para mirar el techo.
—Cuando me ignoras, me quemo con inquietud; se siente como si el sol hubiera dado la espalda al mundo. Y cuando me sonríes, cuando me miras como si pudieras ver mi alma, siento... Siento como siestuviera encendido en llamas, como si Dios te hubiera llamado a ti para que arrases con mi mundo.
Me está abriendo de par en par. Nadie me ha hablado nunca así—nadie jamás ha pensado así de mí—y no tengo defensa en contra de eso. Se pone de pie y camina hacia la puerta. Hace una pausa allí.
—Para bien o para mal —dice por encima de su hombro—, he sido indeleblemente cambiado por ti.
Solo cuando las pisadas de Peste se han desvanecido, libero ese sollozo ahogado.
Ya es suficientemente malo que quieras cuerpo. Si tan solo la atracción terminara allí.
Pero mi corazón está cediendo el paso a las palabras del jinete, y me temo que al final, podría ser solo una más de las conquistas del jinete.
La Historia tiene la Finalidad de Entretener.
