CAPÍTULO 7
"Betty Boop"
Luego del almuerzo, las horas en la Universidad se me hicieron eternas. No quería estar más en este maldito infierno. Pero todo sea por su bien. El timbre sonó y al fin terminó mi calvario. Me puse de pie y tomé mi mochila para ser casi la primera en salir.
Sentí una mano apoyarse en mi hombro. Giré y Santana me miró con una pequeña sonrisa. Giré para el otro lado y Puck también lo hacía.
—¿Qué les sucede? —pregunté sin dejar de caminar.
—¿A dónde vas tan energética? —investigó Puckerman.
—A salir de este agujero —contesté.
Divisé a Rachel saliendo de uno de los salones. Le pegué un chiflido y giró la cabeza para mirarme. Rápidamente se acercó a nosotros.
—Apúrate, necesito llegar ya —gruñó ella.
Sonreí por lo bajo.
—Está bien, ve yendo afuera.
—Adiós muchachos, los veo mañana —se despidió con una dulce sonrisa.
Ambos vieron como ella se alejaba hacia la salida. Se giraron a verme.
—¿A dónde quiere ir? —curioseó Puck.
—¿A dónde crees? —respondí sonriendo.
—¿Vas a decirme que ya…? —Santana intervino.
—¿Qué ya qué? —agregué.
—¿Qué ya te las estas llevando a la cama? —susurró Santana.
—Eso ya lo verán sucias —sonreí y me alejé de ellos para salir hacia Rachel.
La encontré hablando por teléfono, me miró e hizo una seña para que me acercara a ella.
Así lo hice.
—Bueno Leroy, ya está. Luego hablamos. Adiós —le dijo y colgó.
—¿Papi? —pregunté.
—No estoy para bromas —sentenció —¿Dónde está tu auto?
—¿Mi auto? —manifesté divertida.
—Sí, tu auto ¿Dónde viajaremos? —giró hacia su alrededor tratando de localizar un auto.
—Cielo, delante de tus ojos está la cosa más hermosa en la que podrías viajar —sonreí.
Giró la cabeza y sus marrones ojos se abrieron de par en par.
—¿Una moto? —protestó sin poder creerlo.
—Sí cielo, ella es mi bella Betty Boop —respondí orgullosa de aquella bella moto.
Se giró a verme y enfrenté su mirada.
—No voy a subirme a una moto —negó. Reí por lo bajo y nos acercamos a la moto.
Busqué las llaves y me subí en ella para prenderla. Miré de costado a Rachel.
—Vamos.
— ¡No, no voy a subirme a una moto! No me gustan las motos, les tengo terror. Además que ni siquiera tienes un casco —agregó algo nerviosa —Voy a tomarme un taxi.
—Prometo que voy a ir despacio —sonreí.
Detuvo su paso y me miró dudosa. Seguramente su cabeza estaba debatiendo en aceptar o salir corriendo para ir en busca de un taxi.
—No, no, no. Muchas gracias igual. Pero me da miedo ir ahí atrás. Imagina si me caigo —expresó sin dejar de mirar la moto. Revoleé los ojos y me estiré un poco para tomarla de la cintura y acercarla a la moto —Oye, ¿Qué haces?
—Te subo —susurré. La senté delante de mí.
—No… no me parece correcto esto y…
—Átate el cabello, por favor —pedí amablemente.
Soltó un pequeño suspiró y buscó dentro de su bolso una gomita. Se ató el cabello hacia un costado. Su oreja derecha quedó al descubierto para mí.
—Listo —manifestó.
—Ahora voy a pedirte por favor que te acomodes bien. Y que pongas tus manos ahí —le señalé el pequeño agarra manos que estaba delante de ella.
Se sentó rígidamente derecha. Sonreí y me acerqué más a ella para pegar su espalda a mi pecho. La sentí saltar levemente.
—¿Hace falta hacer tanto contacto?
—¿Quieres caerte? —pregunté.
—No —suspiró.
—Entonces, sí —contesté.
Mi boca quedó perfectamente al lado de su oído. Su exquisito perfume entró por mis fosas nasales y rápidamente llenó mis pulmones
—Ahora dime, a donde tenemos que ir —susurré mis palabras, ya que la tenía cerca. Vi como la piel de su nuca se erizaba. Y sonreí al saber que podía provocar eso ella con solo hablarle bajito y profundo.
Bajé mi mirada a la posición de sus piernas alrededor de la moto. Ojala yo fuera esa moto, y ella estuviera así encima de mí. Sus manos sobre mi pecho, mientras se movía sensualmente sobre mí. Tragué saliva ante el pensamiento, era algo que no podía evitar y me estaba torturando.
—Primero a mi casa, tengo buscar las cosas allí. Pero después no hace falta que me lleves a lo de mi padre, puedo tomarme un taxi —sentenció.
—Tranquila, no tengo nada mejor que hacer —respondí, me puse los anteojos y arranqué. Ella se tenso, agarrándose más fuerte del agarra manos.
Me dio la dirección y asentí al conocer las calles. Quedaba bastante cerca de la oficina de Russel. Trate de no ir tan rápido, ella iba a volverse loca si lo hacía.
—¿Estás bien? —le pregunté. Ella giró su cabeza y me miró de costado. Sonrió levemente.
—En el mejor momento de mi vida —alegó irónica. Sonreí por lo bajo.
—¿Quieres manejar?
—No —contestó rápidamente. Reí divertida y tomé sus manos, cuando estábamos paradas en el semáforo
—¡No Quinn, no quiero!
—Shhh, tranquila cielo. No voy a soltarte. Solo quiero que sientas la adrenalina.
—Suficiente adrenalina tengo aquí adelante.
—Vamos, prometo que será divertido —agregué. Me miró de nuevo.
—Si me viera la abuela creo que le daría un infarto —bufó con algo de preocupación.
Reí por lo bajo.
Puso sus manos en las manijas. Las miré bien, sus manos eran pequeñas y sus dedos delgados. Sus uñas bien formadas y pintadas de negro, algunos de sus dedos tenían anillos. Puse mis manos sobre las de ella cubriéndolas completamente.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella nerviosa.
—Y ahora, déjame a mí cielo.
Reí divertida cuando frenamos frente a su casa. Ella soltó rápidamente las manijas y haciendo que yo me alejara de ella, se bajó.
—¿Cómo lo sentiste? —curioseé.
—Tuve miedo —aseguró. Le mostré una leve sonrisa—Pero… fue divertido.
—Lo dije, pronto serás una motoquera profesional.
—Olvídalo —contradijo y comenzó a caminar.
Me bajé de la moto y esperé a que ella me invitara a pasar. Vi como detenía su paso y giraba lentamente a verme.
— ¿Qué? —le pregunté.
—Si quieres puedes pasar —suspiró no muy convencida del todo.
—Ya que insistes —sonreí y me acerqué hasta ella. Revoleó los ojos y buscó las llaves dentro de su cartera.
Nos acercamos a la puerta y abrió. Era un lindo edificio. Siguió caminando hasta uno de los ascensores. Apretó un botón y me miró.
—Por favor, cuando entremos evita tocar cualquier cosa que llegue a llamar tu atención —me advirtió.
—¿Hay cosas que puedan llamar mi atención? —le pregunté.
—No lo sé, no conozco lo que hay dentro de tu mente. Pero creo que… sí.
El ascensor llegó y abrió la puerta para que entráramos. Marcó el piso 6. La caja de metal comenzó a subir. Me dediqué a mirarla fijamente, logrando que se pusiera nerviosa. El ascensor se detuvo y bajamos. Había una sola puerta en ese piso.
— ¿Un solo departamento por piso? —pregunté.
—Exacto —asintió y se acercó a la puerta.
Abrió y entró, sonriendo levemente entré detrás de ella. Un particular olor a limón y flores fue lo primero que percibí. Hice un recorrido con la mirada del lugar. Más que un departamento era como un loft, todo estaba a la vista. Ella tiró su bolso en uno de los sillones y se acercó a la mesa que estaba allí para comenzar a hurgar entre los papeles.
—Puedes sentarte si quieres —me invitó sin dejar de buscar.
Seguí mirando, todo estaba estrictamente ordenado, excepto por los papeles que ella buscaba. Me acerqué a la cocina y abrí el refrigerador. Frutas y más frutas. Me agaché para abrir uno de los cajones y seguía habiendo frutas.
—Oye ¿no tienes algo… que no sea fruta para comer? —rezongué.
Levantó la cabeza y me miró.
—Fruta o tienes pan de salvado.
—Carne —sentencié. Negó con la cabeza.
—No como carne.
—¿Cómo no comes carne? —curioseé y tomé una manzana para luego cerrar el refrigerador.
—Hace dos años comencé con esto, estoy tratando de eliminar de mi vida todas las comidas provenientes de algún animal. Aun no lo consigo del todo. Pero es bueno saber que hace dos años que no como un trozo de res o cerdo.
—¿Ni leche?
—Ni leche —confesó orgullosa de ella misma.
—¿Y qué demonios comes?
—Por ahora, me mantengo muy bien comiendo todo tipo de frutas y verduras. Leroy me obliga a comer una vez por semana pollo, pero pronto lo eliminaré de mi vida también.
Siguió buscando los papeles. Mordí la manzana y me acerqué a ella.
—¿Qué buscas?
—Unas fotos —expresó en un suspiro.
—¿Unas fotos?
—Mi padre es dueño de una agencia de modelos, yo saco algunas de las fotos que salen semanalmente en las revistas de moda que salen a la venta.
—¿Eres fotógrafa? —pregunté realmente asombrada.
—Sí… —respondió y encontró lo que estaba buscando —Desde chiquita me apasiona sacar fotos a todo lo veo. Entonces mi padre me hizo estudiar.
—Eres bastante completa, cielo.
Sonrió por lo bajo y se acercó a mesa de la cocina. Dejó las fotos ahí y buscó algodentro de una de las cajoneras. Chocolate.
—Oye, el chocolate tiene leche —protesté.
—Es lo único que no he podido dejar. Los dulces me pueden y… creo que jamás en mi vida voy a poder dejarlos.
—Entonces no eres estrictamente vegetariana.
—No, no lo soy —admitió en un suspiro.
Reí por lo bajo y sin dejar de comer la manzana me acerqué hasta uno de los sillones y me tiré pesadamente en él. Tomé el control remoto y prendí la tele. Alcé mis piernas para estar más cómoda. Ella me miró realmente indignada. Se acercó a mí y con su mano bajó mis piernas del sillón.
—¿Qué? —inquirí ante su acusante mirada.
—Si en tu casa te gusta subir los pies en el sillón es tu problema, pero aquí no lo hagas.
Revoleé los ojos y posé mi mirada en la mesita que estaba frente a mí, había un montón de fotos allí también. Me senté bien y las tomé. Ella se sentó a mi lado.
—Eres buena —confesé sin dejar de mirar las fotos.
—Eso intento —suspiró.
Giré mi cabeza y miré sus labios. Realmente yo tenía ganas de besar a esta chica, era algo que me estaba volviendo loca. No recuerdo bien cuando fue la última vez que yo quise besar a alguien tan desesperadamente. Sus mejillas tomaron un poco de color y se puso rápidamente de pie.
—Bueno, vamos. Ya tengo lo que necesitaba.
Vi como juntaba todo y caminaba hasta la puerta. Yo me quedé sentada en el sillón, se giró a verme.
—¿Vamos? —preguntó.
—Por mí me quedaría —sonreí.
—No sé con qué fin, pero tampoco quiero saberlo. Ahora levántate de ahí y vamos antes de que mi padre se ponga como loco —repuso.
Sonreí y me puse de pie, salimos del edificio y nos subimos a la moto. Ahora ya tenía más confianza, por ende la note menos tensa que antes. Mientras estábamos detenidas en uno de los semáforos fijé mi mirada en su brazo. Aun su piel estaba algo marcada.
No le pregunte por qué había sucedido todo.
—Oye —le hablé — ¿Por qué Hudson se puso así?
—Por sus estúpidos celos —contestó con exasperación.
—¿Celos? —investigué.
—Sí… Finn es muy celoso. Esa fue una de las principales causas por las que lo dejé. Me trató de cualquiera por estar llevándoles una bandeja con comida a ustedes.
—Oh, pobre imbécil —respondí divertida.
—Yo creo que tiene serios problemas, pero gracias a Dios sé cómo manejarlo.
—Sí, ya lo creo —renegué en una pequeña risa — ¿Te gusta actuar como princesa en apuros?
—No seas imbécil, si tú no hubieras llegado con tus aires de súperheroína estoy completamente segura de que yo sola pude haberlo puesto en su lugar.
—¿No soy increíble como defensora? —pregunté orgullosa de mi misma.
Soltó una divertida carcajada. Era la primera vez que la escuchaba reír de esa forma.
Giró su cabeza y me miró sin dejar de reír.
—Eres demasiado egocéntrica, ¿no crees? —suspiró.
—Soy demasiado perfecta cielo, ese es el problema.
—Creo que tus padres tuvieron que haberte puesto Narcisa —expresó y volvió su vista al frente.
Pronto llegamos a la puerta de un elegante edificio de oficinas. Ella se bajó y se giró a verme.
— ¿Este es el lugar? —le pregunté.
—Sí, estas son las oficinas de Leroy Berry —señaló el lugar muy orgullosa.
— ¿Ese no es el apellido de tu otro padre?
—Sí —respondió y una leve sonrisa se dibujó en su rostro —Pero Leroy juró que iba a usar el apellido de mi padre hasta el día de su muerte.
—Oh, un hombre de carácter fuerte ¿verdad?
—Más bien yo diría que mi padre es un hombre demasiado perfeccionista y exigente con el mundo entero. Pero bueno, ya puedes irte.
— ¿Me estas echando?
—No, no es eso. Sino que ya no es necesario que te quedes.
— ¿Cómo vas a volver a tu casa? —pregunté.
—En un taxi —aseguró.
—Vamos cielo, déjame ser tu chofer hoy. Ya te dije que no tengo nada mejor que hacer.
Me miró por varios segundos y luego soltó un largo suspiro.
—Bueno está bien, entremos —repuso.
Dejé bien estacionada a Betty y entramos al extravagante edificio.
—Buenas tardes señorita Berry —la saludó una de las recepcionistas.
—Buenas tardes Mandy —indicó la morena — ¿Leroy está arriba?
—Sí, está dando indicaciones en la sesión de Cucci.
—Ya lo imagino —sonrió divertida.
Entramos en un ascensor y marcó el piso 20.
—Es bastante alto —confesé.
—Sí, Leroy fue un poco exagerado y dramático al comprar esto. Pero él es así.
Llegamos y bajamos.
Miré a mi alrededor y este lugar era el sueño de cualquier hombre sobre la tierra. Las modelos iban y venían en trajes de baño o vestidos muy cortos. Piernas largas y traseros firmes por todos lados. Nada podía ser mejor que eso.
— ¿Quieres cerrar la boca? Vas a llenar el edificio de baba —gruñó molesta con tono celoso.
— ¿Me pareció a mí o eso sonó como a celos?
— ¡No seas ridícula! —Me contestó —Solo trata de no resbalarte con tu baba.
Reí por lo bajo y la seguí cuando entró en una de las puertas.
—Al fin llegas, dios mío —refunfuñó un hombre bien vestido, apenas un poco más alto que la morena. Rachel era muy parecida a él, pero sus ojos eran diferentes.
—Ya estoy aquí —declaró ella —Y aquí tienes las fotos.
—A ver —sonrió y comenzó a revisarlas.
—Ay eres increíble, por eso eres mi hija —Rachel revoleó los ojos y por primera vez desde que entramos, su padre, posó sus ojos en mí.
—¿Quién es ella? —le preguntó. Rachel me miró —Ay, ¿no me digas que me hiciste caso y dejaste definitivamente al imbécil de Finn y estas saliendo con esta hermosura?
—¡Leroy! ¿Podrías por favor comportarte? —respondió nerviosa—No, no estoy saliendo con ella, no me atraen las chicas. Ella es Quinn, una… compañera de la Universidad. Se ofreció a traerme.
—Un gusto señor Berry —saludé lo más cordial del mundo.
—No me trates de señor. No soy un anciano, dime Leroy.
—Está bien, Leroy —respondí divertida.
—Bueno, ya está todo. ¿Necesitas algo más? —le preguntó Rachel.
—No hija, nada más… Gracias.
—No es nada. Y por favor, no estés llamando a papá para refregarle que yo hago cosas por ti. Se pone insoportable.
—¿Desde cuándo yo hago eso? —le preguntó, verdaderamente, fingiendo sorpresa.
—Por Dios papá, siempre lo haces —lo acusó la morena.
—Sabes que tu padre se lo merece. Se cree el dueño del mundo, es un pobre infeliz que se va a quedar sólo por el resto de su vida.
—Lo que digas —suspiró Rachel y se dispuso a irse.
—Oye niña —me llamó. Ambas nos giramos a verlo —Podías ser una muy buena modelo.
Se acercó a mí y palmeó mi hombro derecho. Reí por lo bajo y vi como Rachel se ponía roja de la rabia.
—No lo creo Leroy —alegué divertida —No tengo el target para serlo.
—Pero ¿Por qué?
—Yo sé que soy perfecta, lo veo todos días cuando me miró al espejo. Pero el mundo de la moda no es lo mío.
—Ay que modesta eres —contestó riendo por lo bajo.
—Trato de serlo en lo que me concierne.
—Piénsalo bien, podrías ganar mucho dinero. Eres una chica muy bonita y hermosa.
—¡No puedo creer que estés haciendo esto Leroy! —Habló Rachel detrás de nosotros—No cambias más.
Salió de allí rápidamente. Me giré a ver a Leroy.
—Fue un gusto conocerte, ahora sé de dónde ha salido tan bonita la pequeña—expresé sonriendo.
—Sí, en eso salió a mí. Pero de carácter es igual a su padre.
—Ya lo creo —respondí de acuerdo y salí de allí para buscar a Rachel.
La divisé a punto de subirse en el ascensor. Apresuré mi paso y puse mi mano frente a la firme puerta de acero, haciendo que se volviera a abrir. Me miró con ojos venenosos.
Me metí y dejé que la puerta se cerrara. No dije nada y ella tampoco lo hizo. Llegamos a planta baja y sin siquiera mirarme salió. La seguí. Salimos fuera del edificio y vi como levantaba su brazo para tomar un taxi. Me acerqué a ella.
—Vamos ¿estás enojada? —le pregunté.
—Déjame en paz —respondió sin mirarme.
Tomé su brazo con cuidado e hice que me mirara.
—¿Qué es lo que te molesta?
—Que mi padre se comporte de esa manera —gruñó nerviosa —Y que personas como tú le sigan el jueguito. Ya no tiene 17 años, creo que es un hombre adulto con varias décadas encima.
—Eres cruel —repuse divertida.
—No, soy realista —gruñó de nuevo cruzando sus brazos como niña pequeña.
—Bueno, señorita realidad, no creo que sea necesario que te tomes un taxi. Yo voy a llevarte.
—No quiero.
—Eres caprichosa.
—Sí, y a mucho orgullo.
— ¿Vas a dejar que te lleve? —pregunté de nuevo.
Me miró fijo por unos cuantos segundos.
—Está bien —expresó soltando un suspiro.
Nos subimos a la moto y pronto llegamos a la puerta de su casa. Se bajó y se giró a verme.
—Sana y salva —dije.
—Muchas gracias por todo, Quinn —me agradeció por primera vez.
—No, no tienes por qué. Ahora me debes la salida del viernes.
Arrugó levemente la nariz y me miró.
—¿Tú crees Quinn, enserio? —preguntó como queriendo que eso no pasara —Está bien, acepto. Pero dejo en claro que no me atraes, a mí me van los chicos.
—Claro… no te quedaba otra.
—¿Y a dónde vas a llevarme?
—Podemos ir al cine, luego a cenar y luego…
—¿Y luego qué?
—Y luego te dejo en tu casa.
—Ah, me parece bien.
—Perfecto, entonces mañana arreglamos todo, cielo —dije y le guiñé un ojo.
—Me parece bien —repitió. Sonreí al darme cuenta de que ya no chillaba cuando le decía cielo.
—Oye, ¿ya no te molesta que te llame cielo? —pregunté.
—Si me molesta, pero creo que es una pérdida de mi tiempo decirte que no lo hagas, cuando igualmente vas a hacerlo.
—Estás en lo correcto.
Rió por lo bajo y comenzó a caminar hacia su casa. Vi como entraba y decidí prender marcha hacia la mía. Llegué y entré, eso era lo mejor de vivir sola, nadie estaba allí para molestarme y reprocharme cosas. Me senté en el sillón y prendí la tele. Mi teléfono comenzó a sonar.
—¿Hola? —pregunté al atender.
—¿Dónde estabas? —me inquirió. Me tensé al escucharlo.
—Haciendo unas cosas —contesté.
—Bueno, no importa. Llamo para decirte que el viernes tenemos una fiesta muy importante a la que debemos ir los dos.
—¿Es necesario Russel?
—Muy necesario Quinn, necesito que la sociedad te vea como la futura heredera de la firma. Tienes que estar ahí. Y nada de ese cabello rosa extravagante y mal vestida. No quiero pasar pena.
Recordé lo de la cita con Rachel y maldije por lo bajo.
