Y aquí tenemos el final de la historia de estos dos, esta es la continuación de "Día 2: Algo de madera".
Teddy se miró al espejo. Sentía que aquella imagen era la que más le acercaba a su padre. Y lo necesitaba, en aquel momento necesitaba sentir junto a él a su padre, su paz y su sabiduría.
Yule estaba en su séptimo día. Aquel año la luna llena había coincidido con los primeros días de fiesta y había sido un infierno evitar a James. Todo su cuerpo lo reclamaba, había llegado a tener sudores y temblores por las noches.
Sabía cómo era, lo había estudiado durante años y se preguntaba cómo lo había superado su padre. Cada semana entre la luna llena y el cuarto menguante, el instinto lobuno pedía a gritos la compañía de la pareja destinada, como consuelo tras la dura transformación.
La puerta de su habitación sonó suavemente y contestó un "Entre" sin apenas ser consciente, distraído por sus pensamientos.
— Hola Ted.
Se giró sorprendido, no contaba con aquella visita.
— James.
James, con sus 18 años, alto y fuerte como sus tíos Weasley. James, con el pelo castaño cobrizo rebelde rizándose en todas las direcciones. James, con sus ojos risueños y sus pecas...
Teddy tuvo que luchar contra el tirón que su instinto enviaba a su cuerpo para que se acercara.
— No te esperaba, creía que nos veríamos mañana en tu casa —consiguió articular.
— Tengo algo para ti y quería dártelo a solas.
James tendió un paquete. Teddy lo miró sorprendido, pero no por el regalo, sino por el gesto nervioso en su cara.
— Feliz Yule, Ted.
Abrió el paquete y sacó un colgante. Era un círculo de plata. Cuando lo giró para mirar el dibujo en el colgante, perdió unos segundos de aire.
Era un nudo celta, el mismo diseño que había regalado a James hacía seis años. En el centro del nudo brillaba una piedra preciosa del mismo color que el pelo y los ojos de James.
— Estuve leyendo, ¿sabes?. Tu nudo es un Comharradh. Lo intercambiaban las parejas celtas como símbolo de amor eterno.
Teddy levantó la mirada del colgante. James estaba sonrojado y tenía las manos hundidas en los bolsillos.
— James, yo...
— ¿Sabías lo que significaba?
— Tenías doce años. —Intentó defenderse, que no quedara al descubierto todo lo que nunca le había contado sobre ellos.
— Contesta a mi pregunta, Edward.
A Teddy le sorprendió el tono serio, el mismo que usaba su padrino para controlar sus travesuras de niño. Se sentó en la cama y volvió a mirar el colgante. Acarició la piedra preciosa con el pulgar y sintió la magia en el colgante, la magia de James. Todo su cuerpo se llenó de calor.
— Eras un niño. Nunca te miré de una manera inadecuada. No te mentí, quería que llevaras algo de mi magia contigo, quería que estuvieras bien.
— Ya no soy un niño. —James se agachó para quedar de rodillas entre sus piernas y conseguir que le mirara a los ojos— ¿Qué significa ahora tu regalo?
James se abrió la camisa y le mostró el colgante de madera sobre su pecho pecoso.
— Significa lo mismo, James. —Clavó los ojos ambarinos en sus ojos— Que te querré eternamente.
James sonrió y se acercó a besarle suavemente.
— Yo también, Ted. Yo también.
Y así un Lupin tuvo a un Sirius por fin.
