Este Fic es una adaptación del libro "Conspiración en la noche" de Jezz Burning la cual les comparto sin fines de lucro,
sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Troll mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Capítulo 15
El día pasó sin más incidentes. Ichigo consumió casi todas las horas metido en la sacristía
trabajando en las motocicletas a las que, según aseguró, les hacía falta una buena revisión.
Sabía perfectamente qué es lo que en realidad estaba haciendo, tejer su plan de acción para
aquella noche, pero Rukia tampoco puso objeciones a que se recluyera allí ya que, de ese
modo, no debería pasar por la inseguridad que le provocaba sentirse vigilada por el sueco.
Oveja Negra
Después de recibido el mensaje de Ragnarok aquella mañana, Ichigo había asomado la cabeza y
Rukia pudo advertir una sonrisa extraña en sus labios, como si el maldito vikingo supiera algo
de la noticia que acaba de recibir y se complaciera con ello. Salió de su guarida en varias
ocasiones más y ella se limitó a saludarlo con un cabeceo cortés, pero sin dejar de atender a
Trece. El perro se comportaba de forma muy extraña desde la noche anterior, caminando con el
rabo entre las piernas y temblando más de lo habitual. A media tarde decidió que sería bueno
para el chihuahua salir a dar un paseo. Aunque la iglesia era lo suficientemente grande para que
correteara a sus anchas, quizás un poco de aire fresco les sentaría bien a ambos. Así que,
informó a Ichigo de su marcha.
Tal como supuso, cuando el aire libre azotó su rostro se sintió anímicamente liberada y con la
mente más dispuesta para pensar con lucidez. Odiaba el frío pero debe reconocer que también
despejaba las ideas. Mientras lanzaba un pedazo de madera que encontró por el camino para
que Trece lo buscara, empleó el tiempo más que en pensar en qué diría al enlace, en hacer
conjeturas sobre qué sería lo que Ichigo no podía preguntarle antes de que ella misma se
percatara de ello. Ichigo creía en ella como una militar entrenada que le había sido asignada por
algún contacto que tenía en el Consejo para ayudarlo en su cruzada contra bandejas. Lo más
oportuno hubiera sido que le hiciera preguntas sobre sistemas de seguridad o formas de
defensa.
Ella misma le había hablado de la Jauría, el grupo de asalto especial. Era lógico que entonces el
sueco se hubiera interesado en cómo repelerlos en caso de que se viera envuelto en un
enfrentamiento contra ellos. Sin embargo, no lo hizo y justo en ese momento comenzó a
preguntarse el porqué.
Se había cegado en tratar de extraerle información, tal como en principio era su cometido. Y,
esa ceguera, le había impedido cuestionarse otra serie de cosas que ahora comenzaban a
rondar por su cerebro.¿En qué situación la dejaba todo eso?
Trató de extraer alguna conclusión sin conseguirlo. Se devanó los sesos, intentó encajar todas
las piezas de aquel maldito rompecabezas sin conseguirlo. A decir verdad, a aquellas alturas no
tenía ni puñetera idea de en qué situación se encontró.
Aunque dos cosas estaban claras. La primera y más importante; el Consejo estaba en su punto
de mira desde el mismo momento en que se supo usada de aquella forma tan vil. Eso la
convertía, irremediablemente, en aliada de Ichigo. Un solo licántropo, por muy poderoso o
Dominante que fuera, jamás sería capaz de conseguir su propósito, él mismo lo sabía, por eso
Necesito y usaba sus contactos, así que, ¿por qué no beneficiarse ella también de esa
estrategia? Y la segunda, Ichigo y ella tenían una conversación pendiente.
Así las cosas, llamó a Trece y entraron de nuevo en la Iglesia cuando el sol ya estaba muy bajo.
Llegaba al taller mecánico para tener esa charla con el sueco cuando éste, vestido
completamente de negro y con el casco colgando de su brazo, salía de allí arrastrando su
Suzuki Hayabusa. Se había recogido el cabello con una goma, señal de que tenía pensado
«Estrujar bien la oreja», como solía decirse en el argot motero.
—¿Ya te marchas? —Preguntó sorprendida ya la vez un poco decepcionada al notar que
tendrá que posponer la conversación.
—No, sólo saco la moto para que haga sus necesidades fuera.
Rukia no supo si reír ante la ocurrencia o soltarle una colleja, y optó por obviarlo. Se agachó
para coger a Trece, apartándose a un lado para dejarlo pasar.
—Que te diviertas —le dijo en el momento que salía por los portones pero su tono era poco
sincero.
—Lo haré —contestó con un brillo helado en los ojos. Ya se alejaba cuando pareció reparar en
algo y calzando el caballete volvió sobre sus pasos para añadir antes de cerrar—: Ten cuidado,
Kia, muerta no me sirves de nada.
—Maldito hijo de ... —masculló entre dientes.
«¿Cómo?», Se preguntó mientras oía el motor de la motocicleta de Ichigo alejarse. ¿Cómo
demonios era posible que supiera ...? ¡No! ¡Imposible! No se habría atrevido a fisgonear en su
teléfono móvil. Con ese último pensamiento dejó a Trece en el suelo y voló hasta la mochila que
había dejado sobre uno de los bancos de madera. Todo estaba como debía, nada fuera de lugar.
Aun así, olisqueó el interior y la funda de neopreno del aparato, buscando la impronta del olor
del sueco. Nada. Pero si tampoco lo había sentido en la mente, ¿a qué venía eso?
«¡Cálmate!», Se exigió. Quizá sólo se refería a que no saliera de la iglesia por si había
problemas. No podía saber lo de su cita. Pensar que pudiera colarse en su cerebro sin que lo
notara era una idea disparatada que la ponía muy nerviosa.
Dispuesta a no perder el tiempo pues deseaba estar de vuelta antes que él, Rukia llenó el
cuenco de agua de Trece y lo dejó a buen recaudo en el interior del aseo. Se despidió del perro
con un cariñoso gesto y agarró su mochila y cazadora para dirigirse a la sacristía en busca de la
Ducati.
La moto resplandecía y eso apartó momentáneamente el enfado con Ichigo de su estado de
ánimo. Le había pasado un paño y el rojo brillaba intensamente. Extrajo la llave de uno de los
bolsillos y se puso el casco. Montó. Introdujo la llave mientras la giraba inmediatamente
después, esperando sentir el rugido del motor. Pero éste no se produjo. Un terrible
presentimiento cruzó por su cabeza en una décima de segundo, calentándole la sangre en el
proceso. Respiró profundamente, buscando calma y aspiró aire una segunda vez antes de darse cuenta
la vuelta mientras exhalaba lentamente. Nada. Afuera. Fuera de servicio. Caput.
-¡No! —Exclamó furiosa descargando el puño sobre el depósito—. ¡No! ¡No puede ser! Nariz
habrá atrevido!
Ichigo conducía a toda velocidad mientras sonreía imaginando a Rukia maldiciéndole. Le
tentaba muchísimo meterse en su cabeza y sentirlo de primera mano, pero eso sólo la enfadaría
más ya él lo retrasaría. Estaba seguro de que pronto descubriría qué era lo que fallaba en la
Ducati y pondría solución. Tenía claro cuando le jugó esa mala pasada que la Pura resolvería el
problema. Comenzaba a conocerla y no era de las que tiraba la toalla con facilidad, aunque tenía
que aprender a templar sus nervios. Poseía recursos suficientes y apostaba cualquier cosa a
que aunque no consiguiera dar con la avería del arranque de la moto, algo que estaba seguro no
ocurriría, escogería otro camino para salirse con la suya, como por ejemplo tomar prestada su
Personalizado. De hecho, ya la había dejado preparada.
Oyó el momento exacto en que Rukia recibía el mensaje en su iPhone y justo entonces fue
cuando realizó la conexión con su cerebro, aprovechando la guardia baja de la Pura. Los
nervios que se apoderaban de ella cada vez que se encontraba en esa situación se convirtieron
en un aliado impagable. De ese modo es como conoció la noticia de su cita en Sigtuna.
Él mismo, en su caso, también hubiera hecho lo imposible por asistir, así que no la culpaba en
absoluto, necesitaba respuestas y aunque estaba seguro de que no las encontraría, acudir le
serviría para ver en persona hasta qué punto estaban dispuestos a llegar para mantener todo
cuando sucedía en secreto. Dejar a una Pura como Rukia disponer de la información que
creían que tenía, no podía entrar en los planes de Aizen de ninguna forma. De hecho, darse
cuenta de esto la llevaría a tener la total seguridad de que aunque hubiera cumplido con las
órdenes recibidas, su suerte habría sido la muerte de igual forma.
Se jugaba mucho sabiendo que esa noche Rukia se pondría en peligro pero confiaba
plenamente en su fuerza y su capacidad para cuidar de sí misma. Y desde luego, le servía como
excusa perfecta para evitar que lo acompañara. No era lo mismo enfrentarse a uno o dos
licántropos que a un edificio entero lleno de ellos. Se encogió de hombros mentalmente, quizá
en otro momento.
Cuando ya la exasperación la motivaba a olvidar la Ducatti y apropiarse temporalmente de la
Custom de Ichigo, Rukia encontró el escurridizo fusible en uno de los compartimentos de la
caja de herramientas. Saber cuál era el problema que impedía arrancar a la moto no fue difícil.
Ningún tipo de corriente animaba sus entrañas, así que era evidente que el problema residía
precisamente ahí. Otra historia era desmontar el lugar donde debía insertarlo. Tuvo que emplear
varios minutos hasta lograr desatornillar el sillín y acceder al terminal indicado y unos pocos
más en volver a colocarlo todo en su lugar, mientras maldecía una y otra vez el nombre del
licántropo.
Montó de nuevo sobre la moto y ejecutó los mismos movimientos que había realizado treinta
minutos antes.
Esta vez, para su tranquilidad mental, el motor arrancó sin problemas. Antes de darle gas y ya
con la marcha metida, una idea traviesa asaltó su mente, sus ojos se volvieron por un momento
para posarlos sobre la brillante y preciosa Customs de Ichigo, su niña mimada. Echó un vistazo
al reloj, no tenía tiempo. ¡Lástima! Le hubiera encantado devolverle el favor. Pero... ya tendría
otra ocasión.
De momento, hasta donde le alcanzaba la vista, todo estaba convenientemente tranquilo. Ni un
alma, de humano o licántropo, perturbaba la serenidad y el silencio de la noche. Con la
seguridad de la que siempre hacía gala, Ichigo aulló con ganas alzando el rostro al cielo y se
acercó hasta la entrada por la que accediera Ingrid la noche anterior. Alzó el dedo índice. «Algiz,
el que lanza claros rayos. Dios de la luz», pensó mientras marcaba. Realmente Aizen necesitaba
una buena lección de humildad. Quizá eso le enseñaría a no usurpar identidades. Justo cuando
se oyó el chasquido metálico de apertura, el lobo al que había llamado se presentó,
colocándose paciente junto a él.
—Buen chico —le dijo—. Adelante.
El lobo entró en el recinto husmeando primero junto a la verja y olvidándola al instante siguiente
para adentrarse en el terreno colindante al edificio. Ichigo aguardó tranquilamente junto a la
puerta, sujetándola para que no volviera a cerrarse. Pasados poco minutos del merodeo del
lobo observó cómo el vigilante aparecía cargando un arma con dardos tranquilizantes. Tal como
imaginó, había alguien tras las pantallas que recogían las imágenes de las cámaras. Sólo
entonces entró a toda velocidad y antes de que el tipo pudiera siquiera apretar el gatillo, lo
sujetó desde atrás con fuerza, obligándolo a soltar el arma.
—De eso nada, hermano —dijo mientras forcejeaba con él para arrastrarlo hasta el interior del
edificio.
El lobo los siguió en silencio.
La sala en la que el tipo ejercía sus funciones estaba únicamente iluminada por una lámpara de
mesa sobre el mostrador donde una decena de pantallas mostraban el exterior, un ordenador y
un panel con botones y luces. Lo obligó a pegarse a la pared contigua bajo la intensa y
amenazadora mirada del lobo.
—Dime cómo se desactivan las alarmas —exigió sin dejar de mirar el panel.
El licántropo no dijo ni una palabra.
—Está bien. Te doy tres opciones, atento: la primera es que me lo dices de buen grado y no
pasa nada. La segunda es que me lo dices mientras dejo que el lobo mastique tus huevos y, la
tercera, es que me lo dices mientras mi garra atraviesa tu pecho y —se encogió de hombros—,
dejo que el lobo mastique tus huevos. ¿Qué eliges? —Como para imprimir más veracidad a sus
palabras el animal emitió un profundo gruñido.
—Está bien, está bien —dijo alzando los brazos y moviéndose lentamente para no alentar a
ninguno de los dos a cumplir sus amenazas.
Ichigo permitió que el vigilante se acercara lo suficiente para introducir un código en el teclado
del ordenador y apretar varios botones del panel.
—Ya está.
—Perfecto. Y ahora dame un plano del edificio.
—No hay ningún plano.
—Entonces más vale que te relajes para lo que te espera. Si no quieres morir te sugiero que
pienses rápidamente en la información que necesito —le advirtió mientras se introducía en se
mente.
El tipo se retorció de dolor mientras Ichigo se adentraba cada vez más en su cerebro, buscando
los datos necesarios sobre las instalaciones. Sonrió al comprobar que aceptó su
recomendación al dar fácilmente con lo que buscaba. Sólo cuando tuvo la seguridad de poder
localizar la sala por donde pasaba toda la información del lugar, se retiró. Con una sonrisa de
medio lado, palmeó la espalda del vigilante mientras éste, aún con la cabeza entre las manos y
los párpados apretados, boqueaba insistentemente.
—No ha estado mal —le dijo acercándose a su oído, antes de descargar un fuerte puñetazo que
lo hizo desplomarse.
El lobo amenazó con lanzarse sobre él.
—Espera, amigo. No está muerto —le guiñó un ojo—. Pero hazme un favor, vigílalo por mí —le
pidió rascándole el pelaje detrás de las orejas—. Si se mueve, es todo tuyo. Y ahora..., siguiente
paso.
Nada más dejar a un lado la famosa piedra rúnica bajo el centenario roble que se alzaba como
dando la bienvenida al visitante, se sucedieron las bajas edificaciones realizadas en madera,
que formaban la bucólica y antigua ciudad de Sigtuna.
Aunque pequeña, ésta soportaba una afluencia de turismo venido de todos los puntos del
planeta para contemplar las ruinas de las antiquísimas iglesias y conocer el lugar donde se
acuñó moneda en toda Suecia por primera vez. Por todo ello, muchos de los inmuebles, que a
aquella hora permanecían cerrados, eran comercios, cafés, restaurantes y hoteles que ofrecían
a la concurrencia descanso y los más elaborados y ricos manjares dignos de la antigua corte
real que, antes de que la misma Estocolmo fuera fundada, eligió Sigtuna como lugar de
residencia.
Rukia condujo a través de sus coloridas calles hasta vislumbrar el lugar donde se alzaba el
ayuntamiento, famoso no por su arquitectura, como solía pasar con otras construcciones
suecas, si no por su reducido tamaño. Dejó su motocicleta junto a una de las farolas que
proporcionaban algo de luz al terroso camino. Echó un vistazo al reloj que coronaba la entrada
bajo el puntiagudo campanario y caminó rodeando el anaranjado edificio de ventanas verdes
hasta la parte trasera. Llegaba diez minutos tarde a la cita y una nueva maldición emergió de
entre sus labios.
Nada más parar junto a uno de los árboles sintió la molesta sensación de ser observada.
Después de todo parecía que el enlace no se había marchado. Trató de averiguar dónde se
ocultaba, examinando los alrededores desde allí, mientras ordenaba mentalmente las preguntas
que conseguirían arrancarle las respuestas que buscaba. No podía ser demasiado brusca o el
enlace desconfiaría. Pocos segundos después apareció un licántropo alto y huesudo, ataviado
con las ropas negras propias de los militares. Caminó lentamente hacia ella.
—Objetivo localizado —murmuró contra un walkie talkie.
—Proceda —dijo una voz desde el interior del aparato.
Nada más recibir la orden, el licántropo extrajo el arma reglamentaria de la funda sujeta a su
muslo y comenzó a dispararle desde los diez metros de distancia que los separaban.
Sólo una vez se encontró abriendo una puerta equivocada, pronto dio con el sitio indicado y,
con una sonrisa de satisfacción, entró en la sala sentándose frente a una enorme pantalla de
plasma. Pero ¿dónde demonios estaba el maldito teclado? Ichigo hizo retroceder la silla dotada
de ruedas, para poder asomarse bajo la mesa blanca tratando de encontrarlo. Sin conseguirlo,
volvió a erguirse e inspeccionó minuciosamente todo cuanto lo rodeaba. Las paredes de la
estancia estaban cubiertas literalmente por enormes armarios RAC, donde minúsculos diodos
verdes parpadeaban constantemente entre un apretado entramado de cables interconectados,
algunos de los cuales se perdían bajo el suelo técnico.
Imperaba la necesidad de llamar a Hisagi. Éste respondió directo al grano tal como esperaba.
—¿Ya has conectado la blackberry a la red?
—Dame un respiro, egipcio. No imaginas lo que hay aquí metido. Para empezar no sé dónde
buscar ese puerto. Esto está lleno de chismes.
—Espera, avisaré a Kon, él podrá guiarte mejor que yo.
—Si no hay más remedio... —Ichigo esperó.
—¿Quién es? —preguntó la voz del joven licántropo al otro lado.
—Tu peor pesadilla, pimpollo.
—¡Joder, Hisagi, ya podías haberme dicho que era él! —se quejó al egipcio.
—¿Para negarte a atenderme? —sugirió Ichigo.
—¿Lo dudas?
—La esperanza es lo último que se pierde.
—Apuesto a que ese virus que Hisagi me pidió era para ti —resolvió malhumorado.
—Premio para el caballero.
—¿Y qué demonios quieres ahora?
—Que ayudes a un pobre licántropo en apuros informáticos.
—No sé qué me hace más gracia si lo del apuro o lo de pobre.
—Venga, pimpollo, no te hagas más de rogar.
—¿Yo, rogar? No me hagas reír —Kon hizo una pausa—. Te ayudaré porque me lo ha pedido
Hisagi.
—Está bien, pimpollo. Eso me vale.
—¡Y deja de llamarme así o colgaré inmediatamente!
—De acuerdo, de acuerdo. ¿Alguna petición idiota más?
—Vete a la mierda, Ichigo.
—No te puedo complacer en eso. Pero ¿qué te parece si empezamos ya? Lo de «la noche es
joven» sólo se aplica cuando se está disfrutando de algo y ahora mismo no es el caso, créeme.
—Dime lo que ves.
—Pues para empezar tengo delante de mí una pantalla gigante pero ni rastro del teclado.
—De acuerdo, mira en el marco, hay alguna pequeña cámara, un proyector, ¿algo?
—Tiene una cosa roja en el marco inferior, del tamaño de un ojo y, ¡sí! Un pequeño cristal sobre
él que protege lo que parece un objetivo o algo así.
—Pasa la mano cerca de esa luz. Es una cédula fotoeléctrica.
Ichigo hizo lo que Kon le pidió y como por arte magia la pantalla se iluminó e inmediatamente
proyectó varios haces de luces que formaron el diseño de un teclado sobre la superficie de la
mesa.
—¡Increíble! —exclamó.
—Bienvenido al siglo XXI —murmuró Kon con deje cansino.
—Está bien, qué hago ahora.
—Debes conectar la blackberry a un puerto USB. Localiza el servidor.
Ichigo miró de nuevo a su alrededor paseando la vista por todos los armarios llenos de
aparatos.
—¿Qué pinta tiene?
—¡Joder! ¿Se supone que voy a tener que describirte todos y cada uno de los modelos que
existen en el mercado?
—Está bien, pimp... —El sueco se mordió la lengua a regañadientes antes de terminar,
prometiéndose tener una charla con Kon en el futuro. Una charla que prometía ser muy
interesante—. Seguiré los cables que conectan la pantalla.
Ichigo se levantó y localizó inmediatamente un par de cables. Ambos se perdían bajo el suelo
técnico introduciéndose por un agujero practicado en una de las losas de madera prensada.
Claro, ¿cómo iba a ser tan fácil?
Metió un dedo y, haciendo palanca, levantó la primera losa. Siguió el cable hasta la siguiente.
Realizando el mismo ejercicio, levantó la segunda. Uno de los cables terminaba enchufado en la
red eléctrica. Bien, sólo era necesario averiguar dónde terminaba el otro. Dos losas más
adelante, el cable volvía a emerger del inframundo eléctrico para terminar conectado a un
enorme aparato negro y gris.
—Creo que ya lo tengo.
—Busca un puerto y enchufa el maldito teléfono. Yo haré el resto desde aquí.
—Bien.
Ichigo siguió las instrucciones de Kon y esperó pacientemente durante varios minutos hasta
que volvió a dar señales de vida.
—Ya está. Vía libre. Mira la pantalla, desde ahí puedes acceder a la red y los archivos, funciona
como cualquier ordenador. Ahora deberías tener acceso ilimitado a la información que contenga
el servidor.
—Magnífico.
—No es necesario que me des las gracias.
—No pensaba hacerlo, pimpollo. Dile a Hisagi que ya volveré a contactar con él —respondió
antes de colgar.
Colocando los dedos sobre aquel teclado de fantasía, Ichigo rezó lo que recordaba para que los
pocos conocimientos de informática que tenía le sirvieran de algo. Anotó mentalmente buscar
tiempo para ponerse al día en la materia.
Afortunadamente el sistema que usaba la red era muy intuitivo y enseguida se encontró
revisando los archivos que contenía. Ninguno de ellos llevaba el nombre de Isshin, pero sí
encontró uno con el nombre de Kon. Esperaba que el maldito pimpollo no pudiera tener
acceso desde la blackberry y viera lo mismo que él. No le haría ningún bien.
