Yu-Gi-Oh! NO me pertenece ni sus personajes; es de la propiedad de Kazuki Takahashi. La ideología de esta historia, al igual que los O.C's de mi autoría, SI me pertenecen.
Curiosidades: Las armas utilizadas por los soldados del ejército faraónico eran de dos clases: de tiro y de proximidad. Lanzas, jabalinas, mazas, hachas de combate, y arcos sencillos para el disparo de flechas.
Capítulo VII: Paloma ~Passé
Entró hecho una furia a uno de los pequeños anexos de uno de sus patios, el cual estaba custodiado por un guardia que no dudó en reverenciarlo al verlo ingresar allí. Los pasos de una segunda presencia secundaban los suyos propios, llenando el vacío silencio de un sonido sordo y seco contra la piedra fría. Cuando él se detuvo tras subir un sencillo escalón, no se escuchó más que la puerta chirriando a sus espaldas hasta cerrarse.
Atem respiró un par de veces, con el corazón a la altura de la garganta y un dolor de cabeza incipiente. Acababa de dar un aviso público muy explícito sobre su nuevo régimen de castigos, bajo la influencia de una furia totalmente justificada en su postura. Apretó los labios, con el sabor amargo del enojo navegando en su boca, e hizo de tripas corazón para acabar con aquello.
―Jamás hubiera esperado algo así de tu parte.
Tras girarse, comprobó que Belalí se inclinaba ante él con la frente tocando el suelo, seguramente con un gesto devastador registrado sobre su cara.
―Pido clemencia, su majestad. ―su voz temblaba, ahogada por la postura en la que se hallaba. Hacía mucho que no se había visto en necesidad de reverenciar así a su faraón, y cabe aclarar que era la primera vez que lo efectuaba ante el rey Atem ―Yo jamás haría algo para buscar importunar su paz, y mucho menos a propósito.
―Pero lo has hecho, y de una manera aberrante. ―sus palabras fueron duras. Trató de ignorar el zumbido que le generó en los oídos su collar del milenio, avisándole de seguro que detrás del dintel que los separaba a ambos del exterior, se hallaban algunos de sus sacerdotes intentando escuchar lo que estaba sucediendo. Observó el cabello casi blanco de la matriarca en el suelo, anudado estrictamente en un apretado moño firme, y una pequeña sensación de nostalgia acompañada de recuerdos dispersos de su infancia lo invadieron, entristeciéndolo un poco ―Tú fuiste elegida por mi padre para tu puesto, y las palabras con las que él me enseñó a conocerte desde que fui un niño fueron de bondad, amabilidad y, por sobre todas las cosas, confianza. Entonces dime, ¿cómo puedo confiar en alguien que lastima a los suyos?
―F-Faraón... ―murmuró con pesar a cambio, mordiéndose el labio de lo abochornada que se sentía en ese momento.
―Quiero que me mires. Mírame directo a los ojos, y dime que lo que hiciste no fue un castigo injusto.
―Yo solo me regí por nuestras creencias sobre la diosa Ha...
―He dicho que me mires.
Había subido un par de decibeles su tono, llegando a generar un pequeño eco en aquella estancia sin mobiliario siquiera decorativo. Y la piel se le erizó, porque aunque sonara tonto habían veces en las que hasta él mismo se terminaba sorprendiendo de su propio carácter. La orden fue acatada rápidamente, y un par de iris doradas, opacas y añejas lo recibieron con pena, apretando su corazón. De pronto las arrugas y el cansancio de aquella mujer desaparecieron en un parpadeo, transformándolo todo en colores amarillentos que se empezaron a reproducir en sus memorias. Allí, Belalí sonreía cuando él se acercaba al patio de las organizadoras gateando, o le contaba historias a escondidas de lo enamorado que alguna vez había estado Aknamkanon de su progenitora, dama a la cual nunca conoció puesto que desafortunadamente había fallecido en el parto para darle a luz a él. Atem no solo respetaba a Belalí, sino que también sentía cierto afecto por haberla puesto inconscientemente como figura materna en su niñez.
―Reconozco haberme dejado llevar por la ira. No fui justa.
Aunque luego de escuchar aquello él soltó un halo de aire contenido, la imagen de un frágil cuerpo desparramado en el suelo de la biblioteca lo tensó. Recordaba lo fácil que se le hizo levantarla, y lo delgada que sentía entre sus brazos la esclava de piel de luna. Un cosquilleo le erizó la piel de la baja espalda, a sabiendas de que él no podía ser tocado por nadie por ser el rey.
Aunque bueno, las circunstancias eran de urgencia, y eso poco le importó cuando llamó a Mahado en un grito y se la llevó corriendo hacia el ala médica.
―No quiero volver a tener que pasar por otro episodio así. ―murmuró él, volviendo a darle la espalda ―Retírate.
Al quedar solo, su tristeza no hizo más que aumentar. Había arreglado -en cierta medida- el problema, pero en el fondo sabía que todo aquello le había tocado una fibra sensible con respecto a la matriarca y la opinión que tenía de ella.
―Ha llegado información confiable de un avistamiento del rey de los ladrones, faraón.
Lo único que hizo el rey ante dicha información, fue apretar los dedos sobre el posabrazos de su trono, blanqueando sus nudillos. Por lo demás, continuó igual de estático como si le hubieran dicho que afuera estaba nublado. Mahado lo había llevado a la reunión sacerdotal de emergencia, y era Seth quien se inclinaba ante él hablando.
―¿Dónde? ―preguntó, con la sensación de que un vacío tremendo lo invadía rememorando su último enfrentamiento con Bakura... el desgraciado de Bakura.
―Cerca del nacimiento del Nilo, su majestad.
―¿Tan lejos?
―Con su permiso, también me he sorprendido al escuchar la ubicación. ―Shada frunció el ceño ―Sé que han pasado varios días desde que lo hemos visto por última vez, pero la distancia que hay de aquí hasta allí es muy extensa en su comparación.
―Eso solo puede significar una cosa. ―murmuró Karim.
―Sí. Significa que no viaja solo.
La determinación de Atem al dictaminar lo último, enmudeció unos momentos al grupo, que no hizo más que intercambiar miradas preocupadas.
―Y no solo eso... es probable que esté recibiendo ayuda de aldeanos para esconderse de la guardia colonial. ―agregó Aknadin, cruzándose de brazos ―No deseo sonar genérico, pero no es de extrañar que aldeanos de las colonias al final del valle, quienes están en más riesgo de contactar con nuestras tierras enemigas y ser influenciados por su gente, puedan ayudar a alguien como Bakura.
Ese comentario le hizo enojar. El muchacho de cabellos tricolor no aceptaba que su pueblo fuera insultado siquiera por insinuación... pero no podía rebatir nada, puesto que bien sabía que no vivía en una utopía y gente mala siempre había por cualquier sitio. Sus labios se volvieron una línea blanca apretada, y quitó sus ojos del portador del ojo del milenio para intentar calmarse. Mahado carraspeó, hábil para comprender todo lo que pasaba por la mente de su joven rey.
―Faraón, es probable que esté reposando en tierras extranjeras, para evadir nuestra seguridad mientras que logra reclutar a más de los suyos. ―Mahado quiso ablandar su manera de dirigirse hacia su viejo amigo, sin éxito ―No podemos invadirlos sin tener una guerra en consecuencia, y actualmente no estamos en posición de también luchar contra otra civilización entera.
Atem chasqueó la lengua y golpeó en un puño furioso el posabrazos, ya sin ganas de disimular su descontento. Tenía el entrecejo tan arrugado que sus cejas casi se tocaban, y ya empezaba a respirar con un poco de dificultad gracias a la ira contenida. Quería atrapar a ese maldito que había osado destruír e insultar a todo su pueblo, más que nada a él y al antiguo faraón, su difunto padre... no podía creer que fuera tan escurridizo.
―Sanguijuela. ―masticó, con los dedos picándole de ganas por estrangularlo. Inhaló un par de veces, mirando un punto indefinido de las escaleras que lo conducían abajo de su trono ―¿Alguna otra noticia?
―De momento eso es todo. Isis sigue con su bloqueo y no hemos tenido avances de...
―Dejen a Isis, ella tiene que hacerse un rato para descansar. ―Atem cortó a Karim, malhumorado ―Y ya que lo menciono, quiero que le digan que es una orden expresa de mi parte, y que no acepto una evasión a ello.
―Sí, faraón.
―Seth, hay que aumentar la vigilancia al final del valle. Envía algunos soldados para redoblar la seguridad. ―antes de levantarse para dar por concluida la reunión y causar una reverencia grupal, agregó ―Él no va a quedarse fuera de Egipto por siempre, y de eso no tengo dudas.
Corría... corría con todas sus fuerzas, con los músculos ardiéndole del sobreesfuerzo y los pulmones a punto de explotar. Abría tanto su boca para inhalar, que por un momento pensó que se desgarraría la comisura de los labios... y aún así, ninguna de esas sensaciones se equiparaba al tremendo horror que le estaba carcomiendo por dentro.
Una carcajada masculina se escuchó más atrás, ciertamente cerca suyo, y el sentimiento de angustia creció. De pronto las lágrimas caían por sus mejillas, como si ya asumiera que aquello terrible de lo que intentaba escapar, la alcanzaría al final.
Y así fue.
Desde su lado izquierdo, un brazo llegó a manotear su hombro, haciéndola trastabillar con un pequeño arbusto de yuyos salvajes. Sus codos y rodillas recibieron todo el impacto de su caída, y aunque la superficie de la arena era de la menos dañina, su piel comenzó a sangrar por los ligeros raspones. Era irónico que tratándose de Egipto, a esas horas de la noche y en esa oscuridad, las dunas le quemaran del frío.
Lanzó un alarido cuando una rodilla se incrustó en su baja espalda, apretándola contra el piso.
―Veloz para seducir a quien no debes, pero muy lenta para cuando en verdad necesitas correr.
El comentario de su atacante provocó un coreo de risotadas excitadas a su alrededor.
―S-Suéltenme... suéltenme ahora y perdonaré su vida. ―dijo ella, con un nudo estreñiendo su garganta.
―Nadie vendrá a salvarte, prostituta barata. ―intervino otra voz, más grave ―No después de todo lo que se sabe de ti.
Le dolía el corazón, y no por el esfuerzo al que se sometió previamente. Una sensación de abandono, de nostalgia... de absoluta pena, se introducía por cada hueco de su alma, causándole hasta dolor físico. Apretó los dientes en cuanto una mano la tomó por el pelo, y la obligó a voltear boca arriba.
―Nadie llorará tu ausencia. Nadie buscará tu paradero. Todos y cada uno de los aldeanos de estas tierras te desprecian... incluyendo nuestro faraón.
―Y para nosotros no eres más que una pequeña gacela.
A los cinco minutos, ella ya había contado más de cuatro pares de manos que se atrevieron a tocarla sin su consentimiento... y no pudo hacer otra cosa más que llorar, sacudirse para zafarse, e implorar a Ra por ayuda. Fue cuando rompieron la tela de su pantalón, que creyó que se iba a morir...
Gritó con tanta fuerza que los pajarillos que cantaban en las afueras de su cuarto, callaron. Teana no demoró en erguirse y apretarse como pudo contra la esquina de las frías paredes, abrazando sus piernas desnudas sin dejar de literalmente temblar por culpa del horror que estaba sintiendo.
Había sido un sueño... ergo había sido un sueño muy, muy real. Tan real, que podía jurar aún sentir las manos de aquellos cerdos tocándola sin pudor.
Se apretó aún más contra la esquina de su "cama", y dejó que sus lágrimas siguieran escurriendo por su pálido rostro.
―Me disculpo por eso.
Rápidamente pudo comprobar que no estaba sola: la mujer desconocida la miraba con los brazos cruzados, recostando su peso contra la única puerta del recinto. Un sollozo cortó la respiración de la castaña, quien no se encontraba en condiciones para controlar su estado anímico.
―¿Q-Qué me has...? ―tras un nuevo hipido de angustia, respiró hondo en un intento por calmarse ―¿Qué me has hecho?
La mujer de cabellos cobre sonrió de forma sutil, suspirando.
―No es algo que forme parte de tu destino, si es lo que te preocupa. ―dijo sin más, empezando a caminar por la pequeña área ―Levántate, hoy es un día especial. Debes ponerte aceptable.
Teana le envío una mirada de pocos amigos a aquella mujer que parecía no tener sentimiento alguno, y no puso filtros al momento de empezar a exigir respuestas.
―¿Tuviste que ver con mi pesadilla? ¿Por qué soñé ese... esa cosa tan horrible?
La mayor apretó los labios, un poco hechizada con el brillo de las mejillas húmedas de la joven, aunque mayormente molesta con su carácter: era una muchacha muy directa que crispaba sus nervios.
―Digamos que tu mente logró contactar con la mía. Ahora, ¿no me preguntarás por qué hoy es un día especial, niña?
La chica se pasó los dedos por el pelo, intentando hallar la calma tras el momento tan tenso por el que había transcurrido, sin importar que se tratara de una pesadilla. Una ira poco común de sí se revolvió por sus entrañas, tapando su angustia previa con una temible ferocidad.
―¡Ya basta!
El chillido sorprendió a ambas, aunque en un grado ciertamente distinto; por su parte, la esclava por fin encontró la vía de escape de su enfado, y por otro lado, la ente casi que se quedó boquiabierta... ¿le había gritado?
―¡Quiero saber ahora mismo por qué cada vez que estás cerca, me pasan cosas desagradables! ―exclamó, hastiada. Su piel se puso roja hasta la altura de sus orejas ―¡Quiero saber quién rayos eres!
El silencio duró poco, pues segundos después la puerta se abrió con estrépito, cerrándose detrás de la silueta de una alta muchacha rubia.
Neith tenía una capucha puesta, y cargaba con una gran bolsa de tela en su espalda.
―¿Con quién estás hablando? ―preguntó extrañada, comprobando que allí no había nadie. Teana contuvo la respiración tras ver desaparecer en un parpadeo a la mujer que la había arrastrado hasta el Antiguo Egipto, y trató de hacer trabajar su mente para elaborar una respuesta creíble.
―Estaba... tuve una pesadilla. ―y aunque de alguna manera decía la verdad, su compañera no parecía haberse tragado la excusa. Cortó por lo sano, optando por cambiar de tema ―¿Qué tienes ahí atrás?
―Vengo a avisarte que hoy estaré fuera todo el día. ―sacudió un poco su bolso ―Aprovecharé para ir a ver cómo están Gaia y a Gales, y les llevaré algunos víveres. Oye ¿segura que estás bien? Estás un poco...
―Sí, descuida, fue una pesadilla terrible. ―jugueteó un poco con el borde de su manta ―Envíales saludos de mi parte. ―sonrió por primera vez desde que abrió los ojos, empezando a dejar atrás su agrio despertar.
―Claro... por favor, mantén un ojo sobre Vaikiro en mi ausencia.
―Puedes estar tranquila de que estaré al pendiente.
―Gracias. ―Neith se acomodó, removiendo dentro de uno de sus bolsillos ―Antes de que vuelva a olvidarlo, ten. Escóndela bien y no la enseñes a nadie.
Lanzó por los aires un objeto que destelló con la débil luz, el cual atrapó con cierta dificultad entre sus blancas manos. No demoró en reconocer su tobillera, que rezaba su nombre en trazos elegantes.
―La guardaré a buen recaudo.
―Me parece bien, porque de caer en manos incorrectas tendrías muchas explicaciones para dar. ―levantó la barbilla con su acostumbrada fachada malhumorada, aunque un brillo divertido llenó sus ojos ―Aunque las explicaciones serán lo que menos te importe.
Teana no quería ni pensar en el lío en el que se metería de averiguarse su descarada mentira. Tragó con dificultad sin siquiera imaginarlo.
―¿Volverás al anochecer?
―Por supuesto, no puedo estar fuera de palacio durante la cena ceremonial. ¿Necesitas algo del pueblo?
―¿Cena... ceremonial?
La vió arrugar el entrecejo, y después rodar los ojos.
―Tu pérdida de memoria a veces es fastidiosa.
―¡Oye!
―Ya, ya. Es broma. ―sonrió de medio lado con gusto ―La cena ceremonial se realiza una vez a la semana. El faraón cena con los sacerdotes y todos los jefes de esclavos, y luego de que sus bailarinas le regalen una danza, él sale al balcón y bendice a su pueblo en nombre de Ra. ―se encogió de hombros ―Suplanto al jefe de la sección de carga, por eso debo estar aquí para entonces... tengo que controlar el recuento de la mercadería que ingresó esta mañana.
Teana recordó entonces el intercambio de diálogos que mantuvo con la ente misteriosa, y ató cabos enseguida: ahí estaba el motivo por el cual aquel era un "día especial". Se mordió el labio, pensando en qué le influiría a ella aquello, y si de alguna manera podía sacar provecho de ello.
―Oye... maldición, ¿sabes que es de mala educación hacer de cuenta que no estoy aquí?
Volvió enfocar su mirada en su compañera.
―Lo lamento, estoy un poco...
―¿Rara? Sí, lo estás. Será mejor que espabiles pronto, que hoy probablemente te espera un día largo. ―se aferró a la cuerda que servía de picaporte de su puerta, y abrió dispuesta a irse ―Me voy que ya es tarde.
―Insultaste en el palacio del faraón. ―la mirada divertida de la esclava compitió tremendamente con las dagas en las que se convirtieron los ojos de la rubia, que salió y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
Teana echó una risotada cuando, dos segundos después, escuchó dos aplausos y el inicio de la oración a Ra del otro lado.
―Mira eso... es simplemente bellísimo.
La armoniosa voz de Dárida acompañó el cristalino sonido del agua recorriendo su trayecto a lo largo de la fuente decorativa del patio en el que se hallaba, alimentando el ambiente especial. Una segunda figura se inclinó un poco para verla, comparando inconscientemente sus alturas: la joven rubia -autora del diálogo- era unos centímetros más pequeña.
―Cualquiera pensaría que en tu hogar no tenían fuente.
―De hecho, lo más cercano a esto era un aljibe muy rústico. ―rápidamente agregó ―Pero práctico.
―Ah, un aljibe. ―arrugó un poco la nariz, como si hubiera olisqueado algo desagradable ―Pues mi familia tiene dos patios, con una fuente en cada uno de ellos. Se calculan sesenta generaciones desde su creación.
Al terminar de decir eso, Lithia levantó el mentón con altanería, sonriendo un poco al ver la cara de asombro de su compañera.
―Vaya... suena increíble. ¿Y chapoteabas allí?
―¿Chapotear? ―reiteró ―Son fuentes, no bañeras... por Ra.
―Es broma. ―rió divertida la chica de hebras doradas ―Aunque yo lo hubiera hecho...
―¿Qué has dicho?
―Olvídalo. ―sonrió ―¿Cuánto crees que demorará nuestra mentora?
Lithia rodó los ojos, comenzando a estresarse con la vocesita que la acompañaría durante el resto de su vida... o bueno, hasta que la existencia del faraón durase. Las nuevas bailarinas del faraón Atem se hallaban en uno de los varios patios del palacio, a la espera de la llegada de su mentora, la ex-bailarina del faraón Aknamkanon. Dárida era una joven parlanchina, de ojos grandes y espíritu infantil... demasiado intensa para Lithia, que veía el mundo de una manera absolutamente distinta.
De hecho, Lithia no podría sentirse más feliz que en ese momento, habiendo sido elegida de entre todas por el rey... eso tenía que significar algo, ¿no?
―Niñas, derechas.
Una mujer no tan joven llamó su atención, y enseguida fue reconocida como su profesora. Ambas sonrieron emocionadas, y se inclinaron en un saludo respetuoso.
―Buenos días. ―dijeron al unísono.
―Bienvenidas a este largo camino, jovencitas. ―sonrió débilmente ―Empezaremos estirando, luego seguiremos con reiteraciones para ejercitar un poco las piernas... ¿listas?
―Sí, señora.
Mientras que tocaba la punta de sus pies con sus manos, la joven de pelo azabache solo pensaba en una única cosa, que se convertiría en su primera meta personal: impresionar al monarca en la cena ceremonial de hoy con su baile.
Estaba agotado.
Esa mañana organizó una montaña de correspondencia de índole confidencial, y aunque estuvo horas contestando y mandando a enviar cartas, todavía le quedaba mucho. Tanta situación urgente le había quitado tiempo para encargarse de aquello, y aunque por lo general era tarea de Mahado, mirarlo con esas enormes ojeras y el paso cansado con el que arrastraba, le impedía ir a cargarle con otra cosa más.
Giró en una de las esquinas del pasillo, y salió por una de las variadas puertas que le daban paso a uno de los patios. Respiró hondo, entrecerrando los párpados en cuanto la luz exterior dió con su rostro. Según la posición del sol, ya debería estar terminando la hora de la segunda comida del día.
Hacía calor. Una cantidad de muchachas vestidas de azul se movían bajo el astro, constantes con su trabajo de limpiar y colgar ropa de todo tipo. Por una de las esquinas alejadas, un grupo más pulía lo que parecía ser las armaduras y armas de sus soldados. Atem sonrió un poco, rememorando su infancia entre telares inmensos secándose a la intemperie y el aroma de los narcisos endulzando su pequeña nariz. Su sonrisa se quebró, con la sensación de que el recuerdo de su padre se iba perdiendo con el paso del tiempo.
«Tonterías» se dijo, apartando la vista de uno de los varios cestos de ropa sucia. Así fue que levantó la cabeza, y la vió.
Era imposible no saber de quién se trataba, porque su piel parecía brillar cual ángel bajo el manto del sol, destacando entre cualquier individuo que haya pisado su inmenso palacio. No solo era eso, sino que también llamaba la atención su melena recortada, que le daba un aspecto ciertamente salvaje. Sus mechones se sacudían en un vaivén furioso, acompañando su fregue incesante sobre una cortina de color satén. Unas pequeñas gotas resbalaban por su ceño, pegando así algunas cerdas de su pelo oscuro sobre su pálida tez, y por sus labios separados se escapaba el jadeo del sobreesfuerzo que estaba aplicando para trabajar.
Teana se detuvo un instante para pasar el dorso de su mano por su caliente frente, y se estiró cual felino ayudándose de la pileta de piedra, levantando su cabeza; fue cuando sus iris zafiros terminaron dando con un par de orbes violáceas que ella conocía muy bien, y de la nada todo a su alrededor desapareció.
Su corazón se aceleró tanto, que en sus oídos todo lo que podía escuchar era su latido frenético acallando cualquier otro sonido externo, sumiéndola en un estado hipnótico.
«¿Me está mirando... a mí?»
Su pregunta demoró poco en obtener una respuesta, porque entonces el rey empezó a caminar en su dirección, con el mentón en alto y la mirada decidida, causando una reverencia en escalera acompañado de una sorpresa grupal... ¿qué estaba haciendo el faraón en el patio de las organizadoras?
Frenó hasta estar de pie frente a ella, quien fue la última en titubear y bajar su rodilla al piso, avergonzada. Se le escuchó carraspear... hasta los pájaros habían dejado de cantar.
―Pueden continuar.
Las tareas se reanudaron con mayor ímpetu y seriedad, y aunque todas aparentaban estar sumidas en sus quehaceres, absolutamente nadie quitó su atención de allí. Teana se removió incómoda en su sitio, bajo los ojos atentos del muchacho.
―A... ―se mordió la lengua, tragándose consigo una maldición: casi dijo su nombre. Era tonto, pero le costaba terriblemente mantener una identidad ajena a quien en verdad era ella... una identidad ajena a Anzu Masaki, quien llegó a conocer en algún punto de su vida a Atem ―Faraón... ¿puedo servirle en algo?
Él observó a una de las organizadoras que se hallaba instalada justo detrás de ambos, y aunque les daba la espalda mientras escurría con sus manos una montaña de telas, sabía que los podía escuchar perfectamente. Arrugó la nariz con descontento.
―Acompáñeme.
La castaña echó un vistazo al montón de trabajo que todavía tenía pendiente, y antes de que pudiera abrir la boca, una de sus compañeras ocupó su lugar en un parpadeo. No demoró en secar sus manos en sus ropas y seguirlo.
―¿Cómo estás? ¿Cómo está mi niño?
Las preguntas formuladas por Gaia sonaron ahogadas debido al profundo abrazo en el que se hallaba sumida.
―Estoy bien, aunque es lo que menos importa, y Vaikiro está excelente... incluso está más relleno desde que come en el palacio. ―un gorgoteo alegre sacudió los hombros de ambas ―¿Cómo lo están sobrellevando ustedes?
Neith se apartó, levantando un bulto que había dejado caer al suelo en cuanto entró a la casucha en donde la madre de su hermano y el mismo vivían actualmente. Algo rústico, concreto y muy simple. Depositó lo que terminó por develarse como múltiples frutas, verduras y variedad de tartas y panes.
―¿De dónde sacaste todo eso? ―exclamó con los ojos muy abiertos la mayor.
―Pasé por las cocinas antes de venir hacia aquí. Lamento que no sea tan fresco como lo que podría comprar en el momento con dinero propio en las ferias, pero...
―¡Calla! ―la interrumpió, enrojeciendo como de costumbre cuando se enfadaba ―¡Esto es robar, Neith!
La rubia rodó los ojos, tomando uno de los tomates maduros de su bolsa.
―Esto es comida que iba a terminar injustamente en la basura, y que tanto tú como Gales podrían disfrutar. ―dió un mordisco a la fruta, sonriendo un poco: perfecta ―Los cocineros jamás reutilizan lo que queda sin tocar de la cena real.
―No intentes justificarlo, niña.
Lanzó una carcajada divertida, sintiendo algo raro por primera vez desde que había llegado: la ausencia de una risotada compañera.
―¿Dónde está Gales?
Gaia -quien tenía aún vestigios de su enojo-, agarró de mala manera una manzana para empezar a pulirla, aunque una pequeña curvatura de labios hacia arriba delatara su interno alivio y felicidad de poder contar con el apoyo y afecto de Neith para sustentar a su pobre familia.
―Partió ayer por la tarde, en busca de trabajos para realizar. ―se puso manos a la obra mientras que contestaba, avivando un pequeño fuego que se estaba apagando en la estufa. Allí encima colocó un recipiente con agua ―Ya sabes, siempre sale durante algunos días encontrando alguna que otra tarea para ganarse algunas monedas.
―Suena bien. ―Neith sonrió, orgullosa de ver a su hermano crecer y convertirse poco a poco en un hombre ―Él me recuerda a papá... aunque no se parezcan mucho.
Gaia dejó de mover el palo con el que removía los leños ya encendidos, y de pronto todo se sumió en el silencio.
―Aunque Vaikiro tenga sus ojos, Gales tiene su carácter. ―confesó la mayor, aún de espaldas ―Pero tú les ganas a ambos, eres idéntica ―No era la primera vez que escuchaba eso en su vida, y aún así le generó un nudo en la garganta que le costó deshacer ―A veces te observo, y hasta incluso tienes sus ademanes.
Todo aquello tenía una explicación bastante lógica, puesto que su padre había fallecido a sus 17 años, o en otras palabras, ocho años atrás... casi que la misma edad de Vaikiro. Vaikiro jamás lo conoció puesto que su defunción se dió durante el embarazo de Gaia, aunque sí escuchó desde su uso de razón miles de historias suyas siendo el soldado con más renombre de la guardia real, experto en armas, combate, y estrategia. Sathor era fiel vasallo del rey Aknamkanon, y el faraón lo valoraba hasta un punto inimaginable.
Neith empezó a recordar su infancia. Una infancia de lo más excepcional: su madre, Belalí, era jefa suprema de todos los esclavos del palacio del rey, y su padre Sathor, era el mejor soldado de la época. Creció bajo los cariños de su madre y los juegos de su padre, quien ni bien se aseguró de que ya podía caminar, le enseñó a usar el cuchillo como si fuese una extensión más de su pequeño cuerpo... cosa que disgustó bastante a su mujer. Belalí siempre se tomaba su tiempo en cepillar y atar su largo pelo, en vestirla como toda una doncella y lucirla con orgullo frente a todos. Incluso la reina, señora de Aknamkanon, le adulaba por su infantil belleza. Pero los años fueron pasando, y Neith empezó a desarrollar su propia personalidad. Solía escaparse de sus clases de lectura y costura, asomando sus narices en el campo donde su padre entrenaba a sus hombres; fue así que muchas de las técnicas que sabía en la actualidad, las había aprendido observando. La ropa de niña le empezó molestar para llevar dicho aprendizaje visual a la práctica, y el pelo tan largo le entorpecía todos los movimientos cuando necesitaba ser ágil con el cuchillo.
Su madre no era tonta, y cayó en cuenta rápidamente de que su hija estaba yendo por un camino distinto al que ella quería. No disimuló su horror en cuanto le dijo, a sus 11 años, que no quería desposarse con nadie, y que prefería comer arena durante el resto de su vida antes de someterse ante un esposo. Aunque Belalí seguía llegando a convencerla de vestirse bien, el quiebre definitivo de su relación entre ambas fue tras el divorcio con Sathor, tras un desgastamiento de cuatro años luego de la muerte de la reina de Egipto dando a luz al príncipe Atem. La matriarca se volvió amarga y fría... y el día en que Neith entró por la puerta de las cocinas rapada a sus 15, le levantó la mano por primera vez.
De hecho, la castigó azotándola, hasta que de pronto su padre salió en su defensa y la detuvo. Ninguno de los dos volvió a dirigirse la palabra nunca más luego de dicho suceso, y Belalí dejó de considerarla su hija hasta el punto de casi ignorarla. Sin embargo, gracias a ello fue que conoció a Gaia, la nueva pareja de Sathor, quien era sanadora en uno de los pueblos de la periferia y no dudó en curar sus heridas en cuanto la vió entrar a su casa siendo cargada por su padre. Ese día se enteró de que tenía un hermano de solo cuatro años: Gales.
―Hay ocasiones en los que olvido su rostro. ―reconoció la rubia, tomando asiento en la alfombra ―Y cuando quiero esforzarme en hacerlo, en mi memoria aparece Gales.
Su mano de pronto se vió cubierta por la palma de la mujer, quien la apretó con cariño. Una sonrisa triste pintó su cara, a sabiendas de que era una chica que había aprendido a andar de forma individual por la vida desde joven, porque la figura parental que la quiso había partido de aquel mundo. Era, en cierta forma, huérfana.
―No estás sola... nosotros somos tu familia.
Neith entonces levantó la mirada, y fue recibida por un par de orbes esmeralda cargados de afecto y amabilidad, que barrieron con su calidez su pena previa. Asintió, agradecida en cierta manera con la vida.
―Gracias... por aceptarme como soy.
Entraron por un pasillo, e iniciaron una caminata muda. Ella analizaba mentalmente todas sus acciones previo a aquel llamado, preocupada por haber cometido alguna falla y ser reprendida. Se mordió el labio con nerviosismo, ajena a las miradas furtivas que le dedicaba su acompañante.
―Solo quiero ver sus aptitudes en matemática. No es nada malo. ―levantó una de sus comisuras con socarronería ―¿O acaso tiene de que temer?
―En absoluto. ―dijo rápidamente, escondiendo sus manos temblorosas. Se le hizo un nudo en la garganta por la culpabilidad que sintió al mentirle tan descaradamente.
El camino que restó desde entonces hasta la per anj, prosiguió en silencio. La fémina inhalaba inconscientemente el aroma que despedía la brisa provocada por el movimiento de las telas de la ropa del muchacho: sándalo...
Ingresaron por las enormes puertas, y en menos de un instante acabaron delante de la mesa en la que ambos estuvieron el día anterior. Atem volvió a poner el pergamino en blanco, la pluma, el tintero y un papiro enrollado frente a ella, y después de ubicarse a una distancia más que prudencial -en la otra esquina-, se cruzó de brazos y la miró. Teana titubeó antes de develar el problema, preguntándose si de verdad estaba tan segura de saber cómo resolverlo, ya que probablemente la matemática de antes no era la misma que la de su actualidad.
Sin embargo, cuando empezó a leer y con ello su mente a trabajar, todas sus dudas desaparecieron. Jamás había escrito con pluma, eso sí... por ende sus primeros trazos resultaron en un fracaso absoluto, pero no demoró en tomar las riendas del asunto, haciendo que la punta rasgando la superficie de la hoja fuera lo único que se escuchase.
La mente del faraón navegaba por otros sitios, sin embargo. Porque mientras que ella arrugaba el ceño con concentración y se teñía los dedos con descuido, arruinando la prolijidad de su trabajo, él no podía quitar sus ojos de su persona... una joven de ademanes exóticos, de gestos poco delicados y mirada hábil, que se había manchado la mejilla tras rascarse con curiosidad. Una alarma que nunca antes había experimentado se encendió en su cabeza, y mientras que su estómago daba un vuelco al pasar sus orbes por el ángulo de su quijada, por primera vez su voz de la razón le dijo una simple palabra.
Detente.
Tenía que parar, porque no era inocente intriga lo que estaba sintiendo, y recién podía notarlo; recién que su corazón le golpeaba el pecho con fuerza, y los dedos le picaban. Si frenaba aquel tumulto de sensaciones ahora que podía y no se dejaba llevar, tenía la posibilidad atajarse a tiempo de lo que probablemente se convertiría en un desastre iminente. ¿Que cómo lo sabía, se preguntan? Pues... ¿intuición, quizás?...
―He terminado... creo.
Fue traído a tierra bruscamente, mas no lo exteriorizó. Se aproximó a su ubicación y ella tuvo el cuidado de alejarse para que él pudiera hacer revisión de sus anotaciones.
Automáticamente su boca formó una "o" perfecta, cosa que no pareció buen indicio.
―Es... muy desprolija.
Juró que le dió un tic por una milésima de segundo, y de pronto su memoria transformó a Atem en Jounouchi criticando sus apuntes en el colegio. Se mordió la lengua para no echar una maldición, y un rubor carmesí trepó hasta la punta de sus orejas.
―Lo lamento... parece que no estoy acostumbrada a escribir. ―rumió entre dientes. Atem seguía mirando las distintas huellas distribuídas por todo el pergamino, más que nada asombrado con los grotescos tachones que habían en algunos puntos. Su caligrafía era muy... ¿apretada? Era un absoluto desastre...
Pero lo más sorprendente de todo era que el resultado al que ella había llegado, era el correcto.
―Sabe matemática. ―murmuró ―Asombroso.
―Siendo honesta, no lo veo de esa forma. ―murmuró con cuidado. Esa vez no aguantó las ganas de expresarse. Él arqueó una ceja.
―Conozco solo dos mujeres en todo Egipto que saben matemática. Y esas son Isis, una sacerdotisa con una larga trayectoria de aprendizaje de la mano de muchos maestros, y luego usted.
Teana se cruzó de brazos como si con eso se protegiera de un ataque, empezando a impacientarse un poco.
―¿Y le asombra porque soy una esclava?
Atem sonrió débilmente, levantando el mentón con cierto recelo: no le estaba gustando su actitud poco sumisa.
―Bueno, no solo por eso, que posiblemente sea lo de menos. ―enrolló el problema, y ató una cuerda a su alrededor para sellarlo ―Solo los hombres tenemos acceso a este tipo de disciplina a lo largo de la vida.
Aquel comentario le cayó igual que una patada a la boca del estómago, y aunque ella se mordió la lengua para no dejarse llevar por la molestia, fracasó con estrépito. Sabía bien que la época antigua no era conocida por valorar a las mujeres, o bueno... no por sus capacidades intelectuales. De hecho, mismo en su presente aún habían muchísimas cosas por mejorar en cuanto al machismo impuesto en la sociedad. Anzu Masaki detestaba el machismo con todo su ser, puesto que había tenido que tolerarlo desde el minuto uno, ya teniendo únicamente juguetes de cocina y muñecas.
―¿Le asombra que sepa matemática... porque soy mujer?
Y aunque sabía que no tenía que iniciar una disputa que seguramente terminaría en un sinsentido, no significaba que la respuesta que obtuvo no le dolería.
―Por supuesto.
Porque hablábamos del muchacho de quien se enamoró. Aquel que admiraba a las mujeres que se empeñaban por llegar a su nivel en Duelo de Monstruos -como por ejemplo, Kujaku Mai-, que no miraba a sus adversarios por su género, sino por su desempeño.
Fue su turno para quedarse boquiabierta, e indignada.
―¿Perdone?
«Esto... tiene que ser una maldita broma. Quiero decir... ¡¿es broma?» sus palpitaciones empezaron a aumentar, y no necesariamente porque se sintiera enamorada en ese preciso momento. Más que nada sentía algo relacionado a las ganas de ahorcar...
―¿Perdonar el qué? ―Atem ya estaba serio. Rápidamente se puso a la defensiva, aunque con mucha cautela ―No la estoy menospreciando por ello, de hecho es muy admirable.
―No, espere... ―su lengua se movía más rápido que sus ideas ―Faraón, con todo respeto, opino que no tiene que admirarme ni asombrarse porque pueda hacer lo que solo los hombres tienen permitido hacer.
Era la primera vez que intercambiaban diálogo directo, compartiendo ideales... y al monarca no le estaba gustando, porque de alguna forma se estaba sintiendo atacado.
―Es impensable que una mujer lleve adelante las finanzas de un hogar, o genere recuento de ingresos. Eso es para el hombre de familia. La mujer tiene otras diligencias de las cuales encargarse.
Oh, Dios santo... jamás había tenido tantas ganas de discutir con él en su vida...
―¿Y por qué cree eso? ―fue directa, ya evidentemente molesta, y él lo notó.
―Porque los hombres tienen capacidad para algunas cosas, y las mujeres para otras. ―ahora fue su turno de sonar enojado ―¿A qué vienen tantas cuestiones?
―Eso no explica cómo es que yo pude resolver su problema, siendo mujer.
Oficialmente entraron en un combate verbal... el cual ella no estaba dispuesta a perder. Atem sacudió su mano en el aire como si quisiera espantar un mosquito.
―Siempre hay excepciones a la regla. ―resolvió, sonriendo un poco ―Lo que no significa que usted pueda lidiar con niveles más complejos en matemática.
―Pruébeme entonces.
¿Para ella? Eso era un reto que no iba a perder por nada del mundo. ¿Para él? Bueno, para él sonó como una invitación que nada tenía que ver con la matemática... y se hubiera sonrojado, de no ser porque en ese momento estaba enfadado por su falta de respeto, su desprolijidad y su boca floja.
―Si tanto insiste, lo haré. ―se inclinó en su dirección, aún estando a una distancia más que prudencial, mas dicho movimiento incomodó a su receptora ―Pero no ahora. ―clavó sus iris sobre sus pozos zafiro, con los labios apretados y la mordida firme: ella no tenía ánimos de retractarse por su comportamiento, y estaba más que seguro de que no lo haría ―Vuelva a sus "diligencias".
Empleó un tono burlesco en la última palabra. Ella estaba que se la llevaba el diablo.
―Con su permiso, faraón.
No se inclinó para despedirse, de hecho infló su pecho y levantó la cabeza con mucha altura, saliendo de allí con paso seguro, y si había algo que le molestaba a Atem eran ese tipo de cosas... porque era el rey, y ella una organizadora.
―Por cierto, espero verla hoy sirviendo en la cena ceremonial.
No respondió, aunque le costó no hacerlo con una grosería.
¡Buenas tardes, mis hermosos lectores!
Sí que ha pasado el tiempo esta vez... pido disculpas de antemano y con ello les traigo un capítulo un poquitín más largo de lo usual (que en realidad era el doble, pero decidí cortar en dos partes porque sino se hacía eterno).
Quiero dar las gracias por todo su apoyo, en los parciales me fue de maravilla y ahora empecé otro módulo (se aproximan tiempos difíciles). Pero quiero dar una mención especial a Savanne, quien posteó en su página un dibujo de cómo se imaginaba a Neith al leer la historia... no saben lo feliz que me puso ver tal cosa, es la primera vez que alguien me regala algo en relación a un fic y el hecho de que se tratase de mi O.C favorito me emocionó. Te mando un abrazo desde este primaveresco Uruguay.
Pueden pasarse por mi página de Facebook, en mi perfil está el link :) allí subo imágenes sobre la historia y alguna que otra cosilla que puede llegar a complementar con ello.
Les saludo con mucho afecto, no saben la alegría que me da saber que incluso dentro de un fandom que parecía estar sin vida, recibo ánimos y comentarios positivos de su parte: Alebredi, saralujan15, Bat Dragon, Ninfa20, Mexican Lady.
¡Nos vemos en la próxima!
Mayqui, ¡cambio y fuera!
