Rutina
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Compré un poco de té de frambuesa…
Había momentos en que su cabeza salía a superficie y entonces llenaba sus pulmones de oxígeno con una desesperación que no notaba hasta que surgía de nuevo. Eran, precisamente, esos resplandores los que inadvertidamente la ayudaban a mantener la pérfida apariencia el resto del tiempo.
Aunque el deseo de poder volver el tiempo atrás nunca se iba, se conformaba con los recuerdos y fotografías, las anécdotas y las risas. Olvidaba por completo la silla vacía, las altas repisas, y el silencio la ayudaba a dormir. Disfrutaba del sol en la cara o renegaba infantilmente de las ventiscas que la despeinaban. Inspiraba el olor de las flores al abrir la floristería, el brillo y color de los pétalos volvía a ser evidente. Reía a carcajadas con las reminiscencias traídas por sus clientes frecuentes, los recuerdos no aparecían grises.
Era en esos instantes que podía tocar con su dedo la fuente de todas esas sensaciones y molestias que la ofuscaban el resto del tiempo, la respuesta estaba clara en el espejo al mirarse por la mañana. Y podía hablar de él sin llorar. Las sonrisas sinceras le llenaban el rostro, devolviendo la coquetería a sus movimientos.
Creyendo que había logrado quitarse la venda de los ojos, se burlaba de sí misma por dejarse caer en aquella postura que al final del día no la llevaba a ningún lado, por permitirse arrastrar un pasado y así opacar los días de sol, silenciar el canto de la lluvia.
Pero esa actitud se esfumaba fácilmente.
No le sorprendió encontrar a su madre en casa al llegar, su rostro aún no se alejaba de la mejilla perfumada cuando notó un contenedor en la mesa de la cocina, que protegía una porción de pudín.
—Estoy preparando la cena, ¿quieres ayudar?... te dejaré comer pudín antes de cenar.
La miró en silencio, notando el esfuerzo que le costaba mantener la sonrisa en los labios; sobre las finas líneas que rodeaban los ojos y los labios se colaba un esfuerzo que comprendía y a la vez no. Aquel comentario lleno de complicidad le dolió en el corazón.
—… claro.
Recordó todas esas noches en que su madre había reñido a su padre por traerle postre entre semana. Se desmoronó ante aquel insignificante montículo que bien podría ser nata montada, de pronto el sentido que había encontrado se perdía de nuevo, la pesadez volvía a adueñarse de su pecho y a oprimirle los pulmones.
¿Qué había pasado con la liberadora epifanía? No comprendía, quizá nunca lo haría. Se ahogaba en un mar de exigencias por respuestas que jamás obtendría o quizá no entendía.
Sintió la mano de su madre frotarle la espalda con suavidad, reconfortándola sin darse cuenta.
Aceptó la cucharilla que le alcanzó su madre, pero observó el pudín en silencio. Necesitaba salir a la superficie de nuevo. Sus manos, y todo su cuerpo, se movieron demasiado rápido.
—¿Ino?
Ya se calzaba cuando su madre apareció frente a ella, las manos secándose en el delantal de nuevo. La miró apenas, por el temor de que algo en su rostro fuera a delatarla.
—¿Estás bien?
Separó los labios para hablar, pero guardó silencio.
La sonrisa murió lentamente en su rostro, pero mantuvo un dejo de ella. La pregunta logró desarmarla por un momento. Sabía que el pequeño titubeo era suficiente, así que le dio la espalda por completo y asintió, anunciando que volvería en unos minutos, azotando la puerta detrás de ella.
Hacía frío.
Podía sentir sus huesos helarse a pesar del sudor que escurría por su frente. No sabía a donde iba, solo sabía que quería alejarse de toda esa familiaridad incompleta que la estaba matando. Luego de echar rápidos vistazos, y saber que seguía ahogándose, pasó de largo el mercado, los escaparates de sus tiendas favoritas, la academia, los campos de entrenamiento. Bordeó el pie de la montaña y esquivó los árboles con facilidad, olvidándose pronto del más reciente, jalando todo el aire que sus pulmones podían contener sin que fuera suficiente.
Los árboles terminaron y sus pasos se detuvieron rápidamente, sus ojos se encontraron con una vista vagamente familiar pero que no estaba empapada de esa sensación que le pesaba en los hombros.
Aún no recuperaba el aliento, pero sus cejas se juntaron al notar una figura más allá de ella. Caminó a pasos agigantados, con los puños apretados, sus jadeos transformados. No tomó desprevenido a Shikamaru al acercarse, pues la había visto, pero si lo hizo al empujarlo con fuerza. Sintió las manos sobre sus antebrazos al segundo empujón y manoteó para librarse, empujándolo de nuevo y una vez más y otra.
—¿Ahora qué? —resonó la voz de Shikamaru. —¿Por qué estás enojada?
—¡Mentiroso! —gruñó, empujándolo de nuevo.
—¿De qué estás hablando?
—¡No cumples tus promesas! ¡Mentiroso! ¡Mentiroso!
—No tienes estos arranques desde Sasuke…
—¡Cállate!
—¡Cálmate!
—¡Suéltame! —las manos se apretaban alrededor de sus muñecas.
Forcejearon durante unos segundos, en los cuales se ignoraron mutuamente y se gritó lo suficiente.
En algún momento la energía alrededor de ellos había cambiado, quizá fuera el cansancio, pero se miraron en completo silencio, lo suficiente para que Shikamaru le soltara y ella desviara la mirada, avergonzada. Negó una sola vez, restándole importancia a todo con un gesto de la mano y se sorprendió al sentir que su rostro se hundía en el suéter de Shikamaru. Sus manos se apretaron contra el pecho y gritó al no poder soltarse… un grito de furia que terminó con un timbre de dolor.
Forcejearon un poco más, a pesar de las lágrimas que la traicionaban, hasta que quedó rendida y le permitió a los sollozos que llevaban atorados tanto tiempo salir y ahogarse en la tela.
—Lo guardaste todo este tiempo —murmuró Shikamaru, acariciándole la cabeza.
No contestó, pero siguió llorando en silencio.
Quizá pasaron minutos, quizá horas, hasta que pudo soltar el suéter y alejarse de Shikamaru, pero lo ignoraría por siempre. El frío no tardó en entumecerle las manos y el rostro bañados en sus lágrimas, observó un poco ausente el vaso de papel que se mantenía en el suelo, el contenido se había derramado en algún momento, antes o quizá durante el forcejeo.
Shikamaru fumó en silencio a lado de ella.
—Vamos, te acompaño a casa.
—… solo dame un momento —rogó.
No hubo palabras, solo un asentimiento, seguido por el crujir del césped bajo los pies. Inspiró y contuvo el aliento, el tiempo que el llanto se lo permitió.
En sus oídos aún vibraba el zumbido de un silencio que no terminaría nunca, era el grito de una ausencia que dolía más allá de las venas. Sus manos temblaron, tomando el vaso y observó las gotas de té que quedaban dentro; una sonrisa melancólica se formó en sus labios y apenas pudo pronunciar una disculpa, mientras acomodaba el vaso sobre la tumba. Su mano acarició la helada piedra, frotándola suavemente, comprendiendo que el camino hacia la aceptación era demasiado empedrado, confuso y engañoso, con curvas y peñascos ocultos por la más espesa neblina… y aunque fue difícil, aceptó la verdad más absoluta de su existencia: cargaría con un corazón lleno de amor que se había quedado sin dueño, toda la vida.
—… te extraño, papá.
Compré un poco de té de frambuesa… era el favorito de papá.
La idea original la publiqué el 11 de mayo de 2014... ese escrito inicial era una amalgama de palabras sin sentido ni fluidez y de continuidad "forzada" (porque ni eso logré) que surgió luego de una taza de té de frambuesa, amargo como suputamadre. En ese momento no supe manejar la idea, a pesar "de" no tenía experiencia con el duelo/luto y eso se dejó ver en el escrito, era demasiado vago. Y aunque me gustaba la idea, no me gustaba el tributo para nada.
En 2019 encontré la intención que le faltaba a esto, así que lo reescribí, inspirándome en frases de ese escrito inicial, basándome en los días en que me consumía la tristeza y en los que me tomaba desprevenida, y en todas esas noches de meditaciones... y ha salido esto. Quiero ofrecer un abrazo muy fuerte a quienes hayan tenido una pérdida de este tipo, independientemente de quién o qué haya sido.
Viernes, 16 de octubre de 2020
