Octava bala:
El rosa es un color muy molesto
A la derecha, un café maid de muros amarillentos con una empleada vestida como sirvienta, llamando la atención de los transeúntes mientras repartía folletos a diestra y siniestra. A la izquierda una fila interminable de personas, algunas con mascarillas y lentes, otros con gorras, pero lo distintivo de aquel grupo eran las grandes mochilas colgadas a sus espaldas y su disciplina ejemplar, pues esperaban pacientes su turno de entrar a una pequeña tienda llena de luces azules y verdes. A donde mirase, el ambiente era tan llamativo, festivo, luminoso y escandaloso a la vista. No le disgustaban esas cosas, al contrario, aunque su vestimenta usual parecía propia del barrio de Harajuku, muchos de sus gustos tanto en ropa como otros intereses encajaban a la perfección con el famoso barrio de Akihabara, aunque apenas y pusiera un pie ahí. Prefería tiendas de más categoría, ubicadas en centros comerciales de cierto renombre en la ciudad que también ofrecieran una buena variedad de entretenimiento electrónico. Sin embargo, ahora estaba en la ciudad eléctrica donde fácilmente encontraría un salón arcade tan grande como la Academia Aihara y esa era una oportunidad que no dejaría pasar. Con seguridad habría tantos shooter que no podría jugarlos todos en un solo día. Eso no importaba, ya volvería en otro momento para terminar con su exploración urbana.
Miró al frente y atinó a hacerse una pregunta: ¿por qué acepto ir? La corriente de gente iba y venía por ambos lados de la calle en un desfile interminable y colorido. A las numerosas pantallas programadas con anuncios brillantes enfocados en promocionar artículos electrónicos se sumaban las luces de cada negocio, los incontables promocionales de anime y manga, los vistosos atuendos de sirvienta que algunas chicas usaban a las afueras de sus trabajos. De vez en cuando, algún vendedor asomaba la cabeza desde su tienda y llama la atención de los transeúntes mediante sus ofertas. Las filas de gente se extendían en los negocios en dos sentidos, uno exclusivo para pagar y otro esperando su turno para entrar y gastar el dinero tan difícilmente ganado. Pero claro, ¿qué tenía eso de malo? Cada quien puede gastar sus ingresos de la manera que le plazca. Ella no era muy diferente; siempre que tenía algo de dinero no tardaba en comprar ropa, algún antojo especial o invertir en su gusto particular: audífonos. Ya que estaba en un lugar tan especializado en artículos electrónicos, podría buscar una nueva adición a su colección.
Estiró ambos brazos de manera perezosa y con nula discreción, se atrevió a bostezar frente a todos. No le importaba tal gesto. Estaba segura de que nadie entre la marea de gente le prestaría atención a algo tan insignificante. La mayoría de las miradas, para su disgusto, se dirigían a la envidiable y llamativa figura de su senpai y, en las últimas fechas, principal interés. ¿Quién podría hacerle caso a una chiquilla cuyo mayor distintivo era el color de su cabello? Por donde se le viera, no había otra cosa que destacara en ella. A sabiendas del lugar que visitaría ese día, preparó la ropa más adecuada para confundirse con la población otaku que le rodeaba. No solo necesitaba algo poco llamativo, también era necesario un atuendo cómodo. Para desgracia de su compañera, este no era su fuerte e incluso sus ropas más casuales resultaban llamativas para el entorno de la capital friki del mundo. Tal vez ir con el uniforme escolar hubiese sido más discreto.
Llegó entonces a sus oídos el sonido de una respiración forzada y ansiosa. A su lado, por algún motivo, alguien estaba sufriendo de un desplante de emociones que amenazaban con volverse un arrebato de euforia. Cualquier persona se pondría nerviosa ante semejantes jadeos, pero ella no. Lo que parecía provenir de un peligroso pervertido, en verdad era producto de los incontrolables anhelos de una inquieta chica de preparatoria con una imaginación más que volátil cuando se trataba de sus admiradas superioras. Las coletas se le erizaban y de su nariz caían unas cuantas gotas de sangre cuando se alejaba del mundo terrenal para encerrarse en sus más atrevidas fantasías.
¿Por qué estaban las tres en Akihabara desde la mañana? Porque así lo dispuso la joven de las coletas que, tras casi una semana de suplicas, convenció a las otras dos de asistir a la venta especial de una tienda de manga en la cual se encontrarían tomos a precio de remate. El objetivo específico era la colección completa de Gal Love y ya dentro de la librería aprovecharían otra oferta. Por supuesto que Nene, la más emocionada de las tres, tenía un gran motivo para lanzarle a la compra de ese manga. ¿Qué mejor que encontrar una historia donde las protagonistas son idénticas a sus adoradas, admiradas, estimadas y, sobre todo, shippeadas Yuzu y Harumi? Desde el momento en que se enteró de la existencia de tal obra, su mayor ambición fue conseguirla completa. Incluso llamó a la tienda para asegurarse de que tendrían suficientes copias y la excursión no fuese en vano.
Matsuri miró la pantalla de su celular. Había pasado más de una hora desde que esperaban en la interminable fila y esta apenas había avanzado unos metros. La próxima vez, pensó, antes de aceptar una invitación a cualquier lugar se aseguraría de que este contaba con el espacio suficiente para evitar semejantes filas de espera. Volvió a bostezar, ya cansada de la interminable espera. Miró la entrada de la librería. No estaban retiradas de la puerta, pero a pesar de esa cercanía, su objetivo se sentía un muy distante. Tornó la mirada a sus compañeras. Harumi mostraba una cara de fastidio que no podía ocultar para ese punto, en cambio, el ánimo de Nene no se veía mermado por la larga espera, sino todo lo contrario. Su entusiasmo aumentaba a cada paso que daban. Tal vez era momento de hacer algo que en verdad disfrutaba. Al menos de esa manera podría combatir el aburrimiento.
—Cielos senpai,con esa cara solo alejaras a los admiradores —dijo en su habitual tono de broma. Ya tenían mucho tiempo en silencio solo escuchando la música de los negocios y los entusiastas murmullos de Nene—. Así nadie te pedirá una fotografía.
—¿De qué estás hablando? —preguntó con agresividad la aludida—. En primera, no estoy aquí para llamar la atención de nadie. En segunda, estoy cansada de la espera. De saber que pasaría esto, al menos habría traído una gorra. El sol se está tornando molesto… como tú.
—Te dijimos que trajeras ropa más adecuada para la situación, pero no puedes dejar ese estilo de oficinista frustrada.
—¡¿Que dijiste?! —la respuesta fue inmediata y poderosa, al punto de que las sienes se le marcaron.
—¡Ya casi es nuestro turno! —les interrumpió Nene con un alarido que asustó a todos los clientes de la fila, excepto a Matsuri y Harumi. Ya no había nada en esa chica que pudiera sorprenderles… ¿o sí?
La gente avanzó unos cuantos pasos y la tercia de estudiantes hizo lo mismo. Quedaron a solo dos personas para poder cruzar el umbral y aprovechar las ofertas de remate. O, mejor dicho, para que Nene saciara sus deseos. ¿Qué podían ofrecer ahí que llamara la atención de las otras dos? Harumi solo entraría por la experiencia de visitar un negocio pocas veces frecuentado por ella con la esperanza de encontrar algo interesante que leer. Matsuri, en cambio, tenía muy claro su objetivo: encontrar algo para fastidiar a sus "hermanas" mayores, en especial a Yuzu.
La puerta de la librería se volvió a abrir. Salieron unas ocho personas con las bolsas llenas de sus compras. No había nada llamativo en ellos, excepto por los enormes bultos de papel que cargaban en sus manos. Pero el ultimo se destacaba entre ellos. Para empezar, a diferencia de los otros siete, este solo cargaba una pequeña bolsa que, si bien, iba llena de tomos, era considerablemente de menor tamaño que las demás. Por si fuera poco, se trataba de un extranjero pelirrojo con cara inexpresiva. Apenas salió del establecimiento, siguió adelante por la acera sin mirar a nadie y, con un paso acelerado, se mezcló con la marea de gente. Matsuri no le quitó la mirada de encima. Aunque fue un breve momento, le bastó para reconocerle. Era el mismo hombre que vio un par de veces en la Academia, el mismo que era vecino de las Aihara. Sin pensarlo, se separó de la fila justo antes de que fuera su turno para entrar a la tienda y comenzó a caminar.
—¿Eh? Espera —le llamó Nene—. ¡Matsuri! ¡Ya es nuestro turno!
—No se preocupen por mi —le respondió sin detenerse—. Creo que vi a un conocido, iré con él. De todas formas, no hay nada para mí en esa tienda.
Dicho esto, se internó entre la multitud, dejando a sus dos amigas desconcertadas. Sin otra opción, avanzaron tal como el empleado les indicó. Nene seguía emocionada, aunque un poco desilusionada por el abandono de una de sus pocas amigas. Para Harumi, aquello produjo algo muy distinto. Siguió con la vista la mata de cabellos rojos hasta donde le fue posible antes de perderla entre todos los transeúntes. No era su persona preferida, sin embargo, ya la conocía muy bien y si algo podía asegurar, era que, si una persona le llamaba tanto la atención, era por una buena razón.
La vida trabaja de maneras muy extrañas, de eso no puede caber duda alguna. Siempre habrá sorpresas que, sin importar nuestros esfuerzos y precauciones, se presentaran ante nosotros para demostrarnos que no podemos estar listos para todo. También opera de otra manera y estos escenarios imprevistos pueden, en ciertas ocasiones, aparecer ante nosotros cuando más los deseábamos. Dígase casualidad o destino. Matsuri no ocultó su asombro al verse frente a un gran salón de arcade. La improvisada persecución de ese extranjero pelirrojo le llevó a un sitio que, hasta hace poco, pensaba visitar tras la cacería de ofertas de tinta y papel.
El sonido de los distintos juegos llenó sus oídos con una desastrosa melodía incomprensible para cualquiera que no estuviese acostumbrado a tal unión de canciones, voces y efectos sonoros. Disparos de balas se mezclaban con los rayos láser de llamativas armas futuristas, motores de diversos vehículos se imponían ante los gritos de una multitud interminable de peleadores tan estrafalarios como hábiles, canciones de todos los géneros populares en el país y otros no tan familiares a los nipones se combinaban en una sola melodía indescifrable y sin ritmo establecido. Matsuri dio un rápido vistazo a sus alrededores. La cantidad de pantallas en aquel sitio se podían contar con dificultad, pero la gente aún era poca. Encontrar al pelirrojo sería algo relativamente sencillo. No estaba segura del motivo, pero presentía que ese hombre era la clave para dar con el paradero de las Aihara.
Y no podía entender cómo a nadie le parecía extraña la repentina desaparición de la familia entera. Que el director se tomara unos días de descanso debido a su estado de salud era algo hasta habitual en la academia, pero que sus dos nietas y nuera también se ausentaran de manera tan repentina, era algo extraño, en especial si se tomaba en cuenta la falta de cercanía entre este con Yuzu y su madre. ¿Siquiera el abuelo Aihara conocía a Ume? Matsuri no podía recordarlo. Había algo en la ausencia de la familia que le parecía curioso y estaba dispuesta a resolverlo. Se internó en la sala de arcade y comenzó con la búsqueda. Pasillo a pasillo, máquina por máquina, no importaba si tenía que pasar todo el día en ese lugar, daría con ese hombre en algún momento y de alguna manera llegaría a Yuzu y Mei a través de él. De cuando en cuando tornaba la vista a la salida del salón, temerosa de ver a su objetivo abandonar el establecimiento. Lo peor de la búsqueda era la tentación que todas esas máquinas de videojuegos representaban para ella. Sin duda, hubiese sido mucho más divertido esperar a Nene en ese lugar, mientras gastaba unas cuantas monedas para superar las puntuaciones de otros jugadores anónimos que nunca conocería en su vida, pero igual resultaba satisfactorio derrotar. Sin embargo, no podía distraerse un solo segundo ahora que tenía la pista de sus hermanas, como gustaba de llamarlas.
Subió al segundo piso del gran salón, ya con la idea de haber perdido el rastro del extranjero cuando el sonido de balazos digitales llegó a sus oídos. Estaba pisando el área asignada para los shooter y otros juegos que requerían de estructuras especiales. Algunas máquinas de baile estaban ocupadas, lo mismo que videojuegos musicales con personajes virtuales siguiendo la coreografía programada. Pero entre el espectáculo electrónico ofrecido, un pequeño publico miraba con asombro la habilidad de un hombre pelirrojo. Matsuri apenas podía leer las primeras letras del juego que causaba tanta expectativa, siendo los cabellos del jugador lo que le llamó la atención al instante. En pantalla aparecían extraños seres deformes, algunos con rostros espantosos y otros que fingían ser humanos para, de la nada, desplegar extremidades largas que golpeaban el cristal del monitor. Aquellos monstruos no doblegaban al hombre. Su rostro permanecía calmado, hasta inexpresivo, mientras tiraba del gatillo para disparar a las alimañas que buscaban herir a su alter ego virtual. Era él, no tenía duda alguna. Se trataba del vecino extranjero de la Aihara, el sujeto que desapareció el mismo día que ellas tras abandonar el departamento y dejarlo en un estado deplorable.
Matsuri mostró una pequeña sonrisa confianzuda y con pasos lentos pero decididos, se acercó a Sky con un par de monedas en mano. Debía ser precavida, no sabía en que negocios andaría ese hombre. El hecho de estar parado en un salón de arcade podía significar mucho y a la vez nada: o él tenía tal influencia y poder como para perder el tiempo con un videojuego tras cometer un secuestro, o en verdad era un vago que solo se entretenía y su relación con las Aihara se limitaba a simples vecinos. ¿Y que ambos dejaran el edificio departamental el mismo día? Queda reducido a una simple coincidencia. Todo era posible y la única manera de saberlo era acercándose a él.
—¿Le importaría si me uno al juego? —le dijo Matsuri. En su rostro apareció una expresión ajena a ella, una sonrisa simpática y unos ojos tan brillantes como amistosos. Ni ella podía creer que intentaba ser inocente con él.
Sky disparó de nuevo y el nivel llegó a su fin. La pantalla de carga apareció, dándole unos segundos para contemplar a la chica. Bajó el arma falsa y tornó la vista hacia Matsuri, mirándola de arriba abajo sin mostrarle expresión alguna. Las personas a su alrededor armaron un pequeño escándalo. ¿Quién se creía esa niña? Ninguno de ellos se atrevió a seguirle el ritmo al pelirrojo y ella, apareciendo de la nada, le pidió permiso para ser su segunda jugadora.
—Vaya —exclamó con una fingida sorpresa—. Dime ¿de qué manga te escapaste, pequeña yandere?
El ataque no se hizo esperar y semejante denominación no le cayó nada bien a Matsuri. Comparado con eso, los constantes rechazos y malos tratos que, según ella, sufría por parte de Harumi, eran declaraciones de afecto.
—Esa no es la mejor manera de hablarle a una desconocida —respondió Matsuri, leve pero evidentemente molesta.
—Lo siento, tengo mis prejuicios con las pelirosadas.
—Descuide… —en definitiva, no estaba lista para tales palabras. Se aclaró la garganta, como entrando en personaje de nuevo, y volvió a dar un paso más cerca de Sky—. Aun no me respondes. ¿Puedo jugar?
—Si crees poder seguirme, adelante —contestó Sky al fin.
—Gracias —de nuevo, Matsuri utilizó una voz dulzona, como cuando se quiere sacar provecho de una situación a toda costa. Introdujo la moneda en el juego y de inmediato se le dio acceso a la partida. Como jugador dos, empezaba su puntaje desde cero. Tomó su arma y apuntó a la pantalla de inmediato. En todo momento, Sky le miró. Lo habitual para Matsuri era tener el control de la situación o encontrar la manera de voltear las cosas a su favor, todo esto en base a las reacciones de las personas a su alrededor. El problema en esta ocasión era que el extranjero no mostraba emoción alguna.
Ambos jugadores adoptaron sus posiciones; Matsuri más relajada que Sky, sosteniendo la pistola con una sola mano. El pelirrojo, en cambio, demostraba su experiencia al distribuir su peso en ambas piernas y ambas manos ocupadas en el arma de plástico y cables, una para apuntar y tirar del gatillo, la otra como base para dicha pistola. Un detalle para muchos insignificante o imperceptible, pero muy importante para cualquiera que tenga experiencia real con armas. Los murmullos no se hicieron esperar y a las espaldas de ambos se alcanzaron a escuchar las voces de algunos incrédulos que, sin verle actuar, ya criticaban las habilidades de Matsuri. Que hablaran cuanto quisieran, ya se encargaría de callarles.
La cercanía con los videojuegos musicales terminó por ambientar el enfrentamiento entre ambos. Alguien, por completo ajeno el alboroto generado por el pistolero, seguía enfocado en completar la lista de canciones ofrecidas por uno de los juegos basados en la franquicia de VOCALOID. La melodía comenzó a sonar con fuerza, adquiriendo la improvisada función de música de fondo para el enfrentamiento entre Matsuri y Sky, y en el momento en que la diva virtual Hatsune Miku cantó 39 Music! dio inicio la competencia de tiro. De inmediato, los rumores sobre la pelirosada llegaron a su fin, pues no solo acertó su primer disparo, esto ocurrió al mismo tiempo que Sky eliminaba a su objetivo y marcaría la pauta para lo que sería el resto de la partida.
Los números no dejaban de aumentar en el marcador conjunto y las puntuaciones individuales crecían a un ritmo acelerado y casi uniforme. De haber empezado en cero, ambos jugadores mantendrían un puntaje cercano el uno del otro, aunque de igual manera, el dominio del extranjero sería más que evidente, así fuera por una pequeña cantidad de puntos o por un tiro anticipado que dio antes en su objetivo. A Matsuri no le molestaba la superioridad de su competencia, bastó con mirar el nivel que jugaba y los puntos acumulados por el extranjero para reconocer su habilidad. Eran las habladurías de esos molestos espectadores lo que le incomodaba y se dispuso a callar. La pantalla destellaba con cada disparo, iluminando con una luz blanca los rostros de ambos jugadores, mismos que, entre embates enemigos de monstruos virtuales, se dedicaban miradas discretas. Sky no decía nada, pero ya había visto a esa chica antes. En su cabeza, la coincidencia le causó gracia y por eso mismo debía actuar como lo había hecho hasta ahora, tratándola como una extraña. De igual manera, ella lo tenía bien identificado y solo debía encontrar la manera de entablar conversación con él. El videojuego podría ser la excusa perfecta.
—Eres muy bueno en esto —comentó Matsuri de pronto con la intención de sonar amigable. El cumplido, sin embargo, no causó ningún efecto en el pelirrojo, quien permaneció callado. Ni siquiera una sonrisa o un "tú también juegas bien" de mera cortesía, nada.
La competencia entre ambos se alargó por varios minutos más mientras aumentaban su ya desorbitante puntuación y los espectadores, atraídos por semejante espectáculo, se amontonaban a espaldas de Matsuri y Sky. Los enemigos en pantalla aparecían con mayor frecuencia a medida que avanzaban, volviendo cada vez más difícil seguirles el ritmo. El juego se estaba complicando más de lo esperado, finalmente estaba ocurriendo lo que Matsuri se temía. Falló un par de tiros, recibió un zarpazo letal y en pantalla apareció el tan temido mensaje "Estás muerto", lo que marcaba el final de la partida para ella. En cambio, Sky siguió disparando por unos minutos más hasta que terminó con el recorrido, el ultimo enemigo cayó muerto y con eso daba fin al juego en sí. Nuevas marcas en cuanto a tiempo y puntuación quedaban inmortalizadas en la memoria de la consola y solo tres letras bastaron para identificar a su autor. Dejó el arma de mentira sobre su soporte, se dio la vuelta para dar la cara al público y como si aquello fuera una función de teatro, agradeció a los espectadores con una reverencia. En respuesta, los aplausos no se hicieron esperar, incluyendo a Matsuri.
—Gracias por dejarme acompañarte un poco —le sonrió ella, de nuevo, con la intensión de ganarse su confianza—. ¿Dónde aprendiste a tirar así?
Los ojos color ámbar del pelirrojo quedaron fijos en ella. No recordaba el nombre, pero según sus investigaciones, esa chica era una amiga cercana de las Aihara. Encontrarse con ella no podía ser una mera casualidad, tampoco que de la nada quisiera hablarle. De igual manera, era imposible que ella sospechara siquiera la situación por la cual pasaban sus clientas, pero ante la duda de sus verdaderas intenciones, lo mejor era alejarse de ella. Tomó su bolsa repleta de manga. Todos los títulos eran recientes y entre estos resaltaba el segundo tomo de Tadokoro-san por sobre los demás.
—Años de practica —se limitó a decir—. Sigue así y algún día serás casi tan buena como yo.
—¿Tanta experiencia tienes? —preguntó Matsuri. Iba a agregar algo más, pero la respuesta de Sky llegó antes.
—Llevo un buen tiempo jugando a estas cosas. Ahora, si me disculpas, tengo cosas que hacer.
Dio la vuelta y se fue entre los pasillos enmarcados por las diferentes estaciones de juegos. Matsuri se quedó parada, contemplando como aquel se alejaba. Había algo en él que le decía lo peligroso que podía ser, pero también estaba decidida a llegar al fondo del asunto. Rodeó la sala para ganar algo de tiempo, procurando que Sky no saliera de su rango de visión. Y aunque por segundos lograba escabullirse entre la gente y las luces brillantes, siempre daba de nuevo con aquel llamativo color de cabello. A la distancia, procurando no ser vista por esos ojos de color ámbar, perseguía a Sky con el único objetivo de descubrirle algo que le acercara al paradero de las Aihara.
Su improvisada persecución se extendió hasta las calles de Akihabara una vez más. A una distancia que consideró segura, Matsuri seguía los pasos de Sky entre la muchedumbre. Por suerte, era fácil distinguirle gracias a su color de cabello. Sin importar cuantas veces doblara en las esquinas o a cuanta gente pusiera de por medio para separarles, podía seguirle la pista con relativa facilidad. Tras varios minutos siguiéndole, Matsuri cayó en cuenta de la verdad. No era coincidencia que pasaran por las mismas tiendas más de una vez ni que la caminata pareciera no tener fin; Sky se había dado cuenta de sus intenciones y le dirigía por un recorrido sin sentido. Su única intención era perderla de vista cuanto antes, ¿por qué? Matsuri ansiaba saberlo. De la nada, el pelirrojo aumentó la velocidad de sus pasos, separándose cada vez más de su joven perseguidora. Sorprendida por lo repentino de aquello, intentó alcanzarle antes de que entrara a una tienda de artículos electrónicos, pero un obstáculo se interpuso entre ella y Sky. En su afán por alcanzarle, se impactó contra un hombre, alto y corpulento, vestido con una vieja sudadera verde, que también intentaba entrar a una de las tiendas. Al parecer, ambos llevaban prisa y no fueron capaces de esquivarse.
—Lo siento... —se disculpó Matsuri.
—¡Fíjate por donde vas, enana! —le respondió con una desmedida frustración y, sin decirle otra cosa, le apartó con un empujón y entró a la tienda.
Aquella reacción le tomó por sorpresa. No era extraño que ciertas personas y bajo algunas circunstancias, se mostraran molestas con ella; hasta cierto punto, podía decir que tenía la facilidad de provocar ese tipo de reacciones en los demás, pero nunca se hizo acreedora a un insulto gratis. Tan solo en esa mañana, ya habían sumado dos. Dejó que aquel sujeto se internara más al establecimiento antes de entrar. No quería cruzar miradas con él de nuevo. Por fin, tras esperar unos instantes, se animó a entrar. Si bien, el negocio estaba repleto de mercancías y aparadores, era un lugar pequeño en el que no era difícil encontrar a alguien. Incluso el hombre que acababa de insultarle estaba a solo unos metros. A pesar de eso, no pudo encontrar por ninguna parte a Sky. No estaba en la caja, tampoco en los pasillos ni en el rincón más alejado. ¿Cómo era posible que no lo encontrara en un lugar tan pequeño? No le vio salir, era imposible no notarlo. Solo quedaba una puerta, la que llevaba a la bodega, pero frente a esta había un par de empleados. Simplemente, había desaparecido. El celular sonó en su bolsillo; lo tomó y miro el nombre que aparecía en pantalla. Harumi le estaba llamando. De mala gana, Matsuri respondió la llamada y abandonó la tienda. Aceptó su derrota, pero solo por esa ocasión. La próxima ves que sus caminos se cruzaran, no lo dejaría escapar tan fácil.
La estufa estaba encendida. Sobre sus quemadores había un par de sartenes recién engrasados con un toque de aceite caliente. Al otro extremo, en una plancha cubierta de mantequilla se cocinaban pequeños hot cakes; Joey se acercó a esta y con una espátula negra dio la vuelta uno por uno a estos. Tomó de la barra un paquete de tocino y depositó en uno de los sartenes todas las tiras para freírlas. Ni la radio ni la televisión estaban encendidas, por lo que podía escucharse sin dificultad como los alimentos se cocinaban. El conductor tomó un par de huevos, rompió sus cascaras y sin mezclar la yema con la clara, echó a freírlos en el mismo sartén. Volvió a tomar la espátula, retiró del fuego los pancakes y los dejó sobre un plato en el cual ya había una gran torre de estos. Retornó a la barra, agarró un recipiente lleno de masa y con una cuchara la vertió sobre la plancha para seguir con la preparación del desayuno. Dio vuelta a las tiras de tocino y a los huevos. El sonido de los alimentos mezclado con el aroma le inundaban los sentidos, la sensación era tan agradable que una sonrisa apareció en sus labios. Justo lo que necesitaba después de una noche tan agitada como la anterior. Miró con duda la cafetera. ¿A sus clientas les gustaría el café? Ante las dudas, puso sobre el filtro el suficiente café molido para cuatro tazas. Un aroma más se unía al pequeño paraíso que había creado.
Joey retiraba los últimos huevos fritos del sartén cuando unos pasos le hicieron voltear hacia el cuarto donde las Aihara dormían. Mei apareció en el umbral con su habitual rostro inexpresivo, vestida con un conjunto casual elegido del montón de ropa que Yuzu les hizo conseguir. No eran prendas llamativas ni glamurosas, pero tampoco resultaban de mal gusto ni de mala calidad. Además, tampoco podían darse el lujo de cumplir cualquier capricho que se le ocurriera a las Aihara; por suerte, ambas comprendieron la situación mejor de lo esperado y sus peticiones resultaron escasas; Yuzu pidió ropa y Mei que se tuviera cuidado con el picante en la comida. Nada complicado en verdad. Detrás de esta caminaba Yuzu, aun adormilada y con el pijama puesto. Arrastraba los pies al caminar y poco faltó para que se estrellara con Mei.
—Buenos días —alcanzó a saludar la rubia con su voz adormilada. Se frotó uno de los ojos con fuerza y al percibir la fragancia de la cocina, su estómago no pudo callar el gruñido que los deliciosos aromas le provocaban.
—Buenos días, señor Horse —saludó Mei antes de acercarse a la mesa. Tal vez Joey no pudo escuchar al estómago de Yuzu, pero ella sí lo hizo y no pudo evitar mirarla fijamente, como reprobando ese gesto, aunque en verdad estaba sorprendida por semejante rugido. Yuzu lo interpretó como un reproche y en el acto se sonrojó a la vez que cubría su vientre con ambas manos.
—¡Lo siento! Es que huele tan bien que no pude evitarlo —se disculpó la rubia, con gran vergüenza.
—Me da gusto verlas tan animadas, chicas. En especial después de semejante noche que pasamos —dijo Joey sin enterarse de lo que acababa de ocurrir entre sus clientas. Estaba tan interesado en la cocina que no les había prestado atención.
Apresurado, el chofer convertido por el momento en cocinero se acercó al comedor para ofrecerles unos asientos a las Aihara. Ambas se sentaron frente a la mesa y contemplaron la gran cantidad de comida que Joey había preparado para esa mañana. Era muy diferente a lo acostumbrado en su rutina diaria y aún más a lo que Sky solía ofrecerles. Con el pelirrojo a cargo de la cocina, solo había sopas instantáneas y cereales para el desayuno. Pero en esta ocasión tenían una gran pila de huevos, tocino y hot cakes listos para servirse a su gusto, sin contar el café esperándoles en la cafetera ni la jarra de jugo de naranja.
—¡Tarán! —exclamó Joey—. Desayuno estilo americano. Sé que no es lo acostumbrado en este país, pero me pareció la mejor opción para comenzar el día, en especial si tomamos en cuenta la noche que pasamos.
—Todo tiene una pinta asombrosa —le dijo Yuzu con un destello en los ojos. El aroma de la comida solo aumentó su hambre—. Muchas gracias por prepararnos el desayuno.
—No es ninguna molestia. Pero vamos, coman antes de que todo se enfríe. Y no se preocupen por la cantidad, siempre se puede hacer más.
—Este… esa no es mi preocupación por comer —admitió Yuzu tomando un par de huevos y una tira de tocino—. ¿Ustedes acostumbran a comer todo esto?
—¡Que va! Pocas veces podemos comer tranquilos. Por eso el gran repertorio de comida instantánea en las alacenas.
—Señor Horse, ¿en dónde está el señor Sky? —preguntó Mei. Su mirada permanecía fija en la gran pila de pancakes, aun humeante y cubiertos de mantequilla derretida. Era lo único que había llamado su atención de toda la comida ofrecida.
—No nos diga que… lo atraparon —dijo Yuzu con un evidente miedo. No importa cuán hábil fuera Sky, tenía una desventaja numérica enorme contra los hombres de Sato.
—¿Qué dices? ¡Por supuesto que esos vagos no podrían atraparle! —respondió Joey de manera orgullosa. Se acomodó en la silla frente a ellas y comenzó a servirse su porción de tocino y huevos—. Julian está bien. Regresó poco después del amanecer, pero volvió a salir. Dijo que era importante, algo de una oportunidad única en la vida. A saber, que quiso decir con eso.
—¿No debería quedarse aquí escondido? —señaló Mei. De manera discreta, llenó su plato con una torrecilla de hot cakes.
—A como es su manera de trabajar, veo dos posibilidades: los hombres de Sato no recordarán su rostro o… —guardó silencio un instante. Con total despreocupación dio un sorbo a su taza de café—, ese rostro fue lo último que vieron.
El silencio se hizo tan presente cómo incómodo. Ni Mei ni Yuzu supieron que responder a semejante declaración, pues antes que admirable les pareció aterradora. ¿Y qué más esperaban de esos hombres? Tal vez gracias a su habitual convivencia, olvidaron que se encontraban bajo el cuidado de un par de mercenarios. Quizá fue la amabilidad de Joey o los gustos tan peculiares de Sky lo que disfrazaba su verdadero ser; un par de sujetos contratados para su protección a toda costa y cuya orden era cuidarles de toda amenaza por cualquier medio necesario para lograrlo. Y eso, quisieran o no, incluía matar a quienes las perseguían. Era difícil lidiar con ello, pero estaban obligadas a hacerlo. De pronto, el cerrojo de la puerta dio vuelta y con un rechinido apenas audible, esta se abrió. Sky apareció en la entrada, con una bolsa llena de manga en sus manos. Cerró la puerta tras él y sin dirigirles un saludo, entró.
—¿Saben que odio más que el yuribait? —dijo de pronto al pisar la sala. Con sumo cuidado dejó la bolsa llena de libros sobre la mesa de centro y se dejó caer en el sillón individual. Las Aihara solo le miraron en silencio, Yuzu comprendiendo parte de su resentimiento con el mundo; Mei, en cambio, preguntó en un susurro a qué se refería su guardaespaldas.
—Pagar por tu comida —respondió Joey con un leve pero notorio resentimiento. Sky volteo a mirarle. Por primera vez parecía sorprendido por algo y sonrió al ver esa expresión de desconcierto.
—No es la respuesta que esperaba, pero también vale —dijo tras unos segundos de pausa. Joey dejó atrás la sonrisa burlona al notar que su broma no dio resultado.
—Entonces... ¿qué le molesta? —preguntó Mei, ajena a la interacción entre los dos hombres. Acababa de verter la miel sobre sus pancakes.
—El color rosa —dijo tajante—, puede ser muy molesto. En especial cuando está en el cabello.
Los tres le miraron confundidos. Semejante comentario resultó tan inesperado y extraño aun viendo del mismo hombre que inventó la palabra "noviastras" para referirse a sus clientas. ¿Cuál sería el motivo para decir semejante frase? No tenía sentido a menos que se refiriese a algún personaje ficticio que le causara disgustos. De ser el caso, ¿en verdad ameritaba compartirlo de manera tan espontanea? Debía tener algún motivo distinto para dirigirles aquellas palabras. Contrario a otras ocasiones, el mercenario se quedó callado mientras contemplaba sus compras. Sus brazos estaban cruzados y golpeaba el suelo con ambos pies a un ritmo lento. Yuzu tuvo una idea, una ridícula pero no por eso improbable. El cabello rosa no era una molestia para ella, pero si había experimentado ciertas complicaciones con una chica pelirosada. Quiso reírse por solo imaginar aquella posibilidad, tan mínima e improbable, pero ¿no estaba ella en una situación igual? Al instante desapareció la sonrisa de sus labios.
—Mei… ¿es posible que Matsuri…? —comenzó a hablar, sin embargo, al descubrir el plato vació de su amada, olvidó por completo lo que estaba por preguntarle—. ¿Ya… ya acabaste?
—Sí. Muchas gracias, señor Horse —dijo Mei sin darle la mayor importancia al asombro generalizado.
—¿Pero en qué momento? —Joey no ocultó su asombro.
Hacía unos segundos que el plato de Mei estaba ocupado por una torre de pancakes y en un pequeño descuido, esta había desaparecido. Solo quedaron los cubiertos y unas cuantas gotas de miel. Yuzu aun no podía acostumbrarse a eso; el repentino apetito voraz de Mei era un suceso que pocas veces podía presenciar, aunque ya sabía que este aparecía en los momentos más inesperados. Para sus guardaespaldas, aquello fue un fenómeno por demás extraño y desconcertante. Las miradas de ambos hombres pasaban del plato a Mei, buscando una explicación a la desaparición de la pila de hot cakes. Joey incluso buscó debajo de la mesa, por si aquello era una inesperada broma de Yuzu y Mei. Sky, por su parte, guardó silencio. Las Aihara también eran capaces de sorprender a un hombre que fue testigo de tantas cosas en la vida.
To be continued
