6. Tradición St. Namikaze
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
— ...Y si alguien conoce algún impedimento para que estas dos personas no puedan estar unidas en matrimonio, que hable ahora o que calle para siempre.
Las palabras del reverendo Yahiko Senju retumbaron en el interior de la iglesia, desde la torre del campanario hasta el tejado, para luego caer en el silencio como debió de haber sucedido centenares de veces antes. Sin embargo, esa era la primera vez que el señor Senju temía que alguien pudiera presentar alguna objeción a la novia o al novio.
La mirada del vicario fue de Hinata a Naruto y luego otra vez se clavó en la joven. El novio permanecía en un silencio helado, pero los dedos enguantados de Hinata apretaban el ramo de novia con tanta fuerza que parecía que estuviera reprimiendo un grito.
Sí. Existían docenas de razones por las que ella no debería casarse con Naruto St. Namikaze.
Porque ese hombre utilizaba los libros para apuntalar los muebles. Porque tenía un carácter hosco, rudo y peligroso. Porque la despreciaba y ella jamás obtendría de él un momento de ternura.
Porque su castillo junto al mar era un lugar cargado de polvo y de desolación. Porque la única noche que había pasado bajo su techo había sido de poco sueño y de mucho terror, atenta a cualquier sonido, temerosa de que la aparición que había derretido la vela y la había desnudado, volviera de nuevo.
¿Una docena de razones para no convertirse en Hinata St. Namikaze? Las había a centenares, pero ninguna de ellas parecería racional.
No con la luz del sol filtrándose a través de la tracería de las ventanas en arco de como la clara luz blanca de la razón.
Y Hinata se recordó a sí misma que, por encima de todo, ella era una mujer razonable.
Senju volvió a su libro de oraciones y siguió adelante con el servicio. Detrás de ella, podía oír a los testigos dispuestos en el primer banco de la iglesia. Sólo había dos: la señora Chiyo, el ama de llaves de mejillas encarnadas del vicario y el viejo Tazuna, sacristán de la iglesia.
Gente buena, sin duda, pero completamente desconocida para ella. Deseó el apoyo que le habría supuesto la presencia de Natsu, a pesar de la lengua desagradable de su prima. Hasta se encontró añorando al resto de su ruidosa, alborotada y cariñosa familia: su padre, su madre, Neji y las niñas.
Sin embargo, quizá fuera más apropiado que sólo hubiera extraños presentes en su boda. Porque se casaba con un extraño. Asomándose a hurtadillas por el ala del sombrero, Hinata se arriesgó a echar un vistazo a su formidable novio.
Al menos parecía más amansado ahora, con su traje de terciopelo una sombra oscura en el azul mediodía, con la larga chaqueta cayéndole por debajo de las rodillas de los calzones. La implacable oscuridad de su atuendo sólo estaba aliviada por los volantes blancos de la camisa y la cinta que le sujetaba los rizos.
El estilo era algo pasado de moda pero elegante, excepto por el ceñidor de cuero que le sujetaba la espada a un lado. A Hinata le produjo desconcierto la presencia del arma en cuanto lo vio abrochársela antes de salir hacia la iglesia. No hizo ninguna pregunta, pero ¿qué clase de hombre va armado a su boda?
Sólo uno como Naruto, cuyos rasgos mostraban más a un antiguo señor de la guerra que a un adinerado caballero del campo. Sus cabellos de dorados brillaban en la coleta que dejaba el rostro despejado sin compasión, la frente con la cicatriz de la cuchillada, la respingada nariz, la boca dura y amenazadora.
Era un rostro que se podía considerar hermoso. Pero tuvo que admitir que era más impresionante, capaz de convertirse en el sueño de una mujer; aunque no había estado en el suyo la noche anterior.
Pero ¿había estado en su dormitorio? Alguien lo había hecho, desafiando los cerrojos de la puerta, para dejarse detrás una vela encendida y el corsé desabrochado. No creía en fantasmas, espectros o espíritus inquietos. Pero ¿y en un novio inquieto? Estaba dentro de lo posible que Naruto hubiera conseguido entrar en su habitación y... no, eso era igualmente ridículo.
No había demostrado ningún interés por su bienestar y no podía imaginar aquellas manos rudas desnudándola sin despertarla. Si la noche pasada hubiera demostrado algún interés hacia ella, habría derribado la puerta de su dormitorio de una patada, como el caballero bárbaro que era y...
Hinata frenó el pensamiento perturbador. Uno podría imaginarse a duras penas que la violaran en una iglesia, con el altar sagrado sólo a unos metros de distancia.
No, sólo había una explicación razonable para lo de la pasada noche. Debió de dejar la vela encendida en la mesa camilla y debió de olvidarse. Las cintas del corsé debieron desatarse con las vueltas y los movimientos que hizo en la cama y el sujetador se le cayó entre las sábanas. La única explicación razonable. Entonces, ¿por qué no la satisfacía?
El silencio que se hizo en la iglesia era tan profundo que hasta penetró en los turbadores pensamientos de Hinata. Entonces se dio cuenta de que Senju y Naruto la estaban mirando. Durante un terrible instante, temió que hubiera manifestado en voz alta las especulaciones que había estado haciendo. El corazón le dio un brinco y entonces comprendió que Senju había estado hablando. Era obvio que se había dirigido a ella y estaba esperando una respuesta.
Su madre la acusaba a menudo de tener la cabeza en otro lugar y dejar vagar la mente en las cenas y en los bailes. Pero Hinata no se habría imaginado nunca que le iba a ocurrir tal cosa en su boda. Cuando el señor Senju repitió las palabras con infinita paciencia, la joven sintió que las mejillas le ardían.
— ¿Quiere a este hombre como marido?
¿Lo quería? Hinata tragó saliva e intentó reunir toda su imaginación. Sintió debajo del vestido la miniatura que había querido llevar pegada a la piel, el suave peso de los sueños que estaba abandonando, del perfecto compañero y amigo, del amante ideal.
— Bien, yo... yo... — tartamudeó.
Observó que el rostro del señor Senju palidecía de ansiedad y que Naruto se consumía de impaciencia. ¿Tenía la mano junto a la chaqueta, más cerca de la empuñadura de la espada? Quizá por esto llevaba el arma, para animar a la novia rehacia a que dijera su promesa.
La mirada de Hinata se deslizó al rostro de Naruto. Había algo en ese hombre que nunca se doblegaría; sus ojos, fieros y fascinantes, con oscuras facetas. No necesitaba una espada, no con aquellos ojos. Taladraron los suyos hasta lo más hondo y la obligaron a responder.
— Sí quiero — balbució ella, sintiéndose un poco aturdida, como si con aquellas dos palabras tan simples se hubiera entregado por completo a Naruto St. Namikaze.
El resto de la ceremonia transcurrió borrosa, las promesas de Naruto, el intercambio de anillos, la oración final, las fatídicas palabras finales.
— Y ahora os declaro marido y mujer — la voz de Senju expresaba a la vez alivio y triunfo. Cerró el libro de golpe y se enjugó el sudor de la frente. Luego, contempló expectante a Hinata y Naruto.
Como ninguno de ellos se movió, el señor Senju exclamó:
— Puede besar a la novia, milord.
— Lo sé — repuso Naruto con un gruñido. Se volvió y se inclinó hacia Hinata. La joven se puso rígida, preparándose para la acometida de uno de aquellos besos salvajes que doblaban las rodillas. La alarma que sentía debió de reflejarse en su rostro, porque Naruto titubeó.
Sus brazos cayeron desmañados a ambos costados. En sus ojos brilló una luz que bien pudo ser de irritación. No estaba acostumbrado a que lo rechazaran. Se pasó dos dedos por la frente mientras la miraba con absorta intensidad.
Ni siquiera se había movido, pero Hinata habría jurado que la había besado, que sus labios le habían rozado la mejilla, suavemente, sin rudeza. Cuando él se apartó, Hinata se pasó la mano por la cara con un gesto de confusión, molesta por un impulso que apenas comprendía. Ir tras él, llamarlo para que volviera a su lado.
No se trataba de que su renuencia hubiera herido sus sentimientos. Fue a buscar la capa donde la había dejado, en el banco delantero de la iglesia, se la puso sobre los hombros como el hombre que acaba de hacer lo que ha ido a hacer y está impaciente por marcharse.
La señora Chiyo y el señor Tazuna dieron unos saltitos de cortesía, dirigiéndole una reverencia a una respetuosa distancia, y a salvo. En cambio se acercaron a Hinata y la felicitaron.
Sin embargo, aunque aceptó sus buenos deseos, era consciente de la presencia de Naruto al fondo, una figura orgullosa, oculta en la sombra, aislada. Y sola.
El señor Senju se adelantó a darle la mano y la estrechó con el entusiasmo y la dulzura habituales.
— Oh, mi queridísima Hinata, espero que sea muy feliz.
La joven dio las gracias al señor Senju por su amabilidad y por las flores que le había regalado.
— Oh, eso, no es nada, querida mía. Estoy seguro que Naruto lo habría hecho si... si... — el vicario bajó la voz dirigiendo una mirada llena de ansiedad en dirección a Naruto — . Existe una buena razón por la que él no pensó en regalarle flores. Verá, él... él...
— Todo está bien — dijo Hinata— . No tiene por qué excusarlo. Ya me he recuperado del todo de mis románticas decepciones.
La joven miró a Naruto, que se había acercado al altar y estaba pasando los dedos, con expresión ausente, por el marco tallado del crucifijo. La tranquila belleza de la pequeña iglesia del pueblo conmovía incluso ese espíritu rudo y desasosegado.
— Simplemente, debo aprender a aceptar a Naruto St. Namikaze tal y como es — murmuró Hinata.
— Ah, querida — suspiró Senju— . Ese sería el regalo más maravilloso que podría hacerle.
Hinata dudaba que Naruto deseara algo que ella pudiera ofrecerle, pero intentó apartar esos pensamientos. El sacristán fue a buscar el registro de la parroquia para registrar el matrimonio.
Tazuna presentó el libro primero a Naruto con esa mezcla de temor y deferencia que Hinata observó en los habitantes del pueblo que se presentaban ante él. Naruto se retiró el encaje del puño de la camisa y garabateó su nombre en la superficie de la página abierta antes de pasar la pluma a Hinata.
A la joven le sorprendió observar que su marido poseía una bonita caligrafía, audaz y florida. A su lado, su firma parecía insignificante.
Hinata procuró no sentirse como si acabara de firmar con su sangre y se reprochó tener tales pensamientos absurdos. Tazuna se llevó el registro y la señora Chiyo volvió a su cocina. Hasta Senju se excusó, retirándose a la sacristía para quitarse las vestimentas. Cuando el sonido de los pasos del vicario desapareció, Hinata dejó las flores sobre la piedra del altar.
No podía haber nada más solemne que quedarse sola en una iglesia vacía. Excepto que no estaba sola. Su marido estaba con ella. Naruto se encontraba a poca distancia, pero la nave lateral que los separaba podría haber tenido varios metros de ancho. Los ojos de Naruto se deslizaron desde el borde de las enaguas a sus rizos, que ella había peinado sueltos debajo del sombrero y aunque no pudo detectar ningún signo de aprobación en sus rasgos, al menos estaba ausente el desprecio del día anterior.
Apenas se habían dirigido media docena de palabras desde que ella había bajado lentamente las escaleras aquella mañana para realizar el breve recorrido en el carruaje hasta la iglesia. Hinata se preguntó si estaría condenada a pasar la vida perdida en los silencios de aquel hombre. Un sombrío destino para una mujer a la que habían acusado de hablar mucho en algunos de los más refinados salones de Londres. Sin embargo, el disgusto que manifestaron tantos caballeros cuando escuchaban sus opiniones, demostraba que no era adecuado para una dama.
Hinata se levantó el borde del vestido de seda de color marfil bordado con rosas y pasó junto a Naruto, con las enaguas susurrando en sus caderas.
Para disimular el nerviosismo que sentía, dijo con voz amable:
— Bien, milord, el servicio ha sido muy hermoso. Y el señor Senju lo ha dirigido con suma rapidez.
Naruto se estiró la corbata como si aquella delicadeza le sorprendiera.
— ¿Acaso esperabas algo más?
— Oh, no. No he venido al castillo Namikaze esperando una gran boda. Naruto bajó rápidamente las pestañas.
— Ya sé lo que esperas de todo esto, Hinata — y había tal amargura en su tono que ella se sorprendió a la vez que recordaba el retrato que llevaba oculto debajo del vestido. Como si hubiera traicionado a Naruto con otro hombre, lo que era absurdo. Entre ellos no existía ningún amor que traicionar.
Cuando Naruto levantó los ojos, había vuelto a su habitual expresión sardónica.
— Ya has conseguido sobrevivir a la boda y a tu primera noche en el castillo Namikaze. Mis felicitaciones, madam.
— Sobrevivir es una palabra muy adecuada, milord — repuso ella sintiendo un sobresalto.
— ¿No has dormido bien esta noche?
— Bastante bien.
Naruto se acercó un poco más, levantó un dedo y se lo pasó por sus evidentes ojeras. Luego arqueó las cejas con expresión escéptica, como si él supiera exactamente qué clase de noche había pasado. Sus sospechas acerca de lo que había sucedido en su habitación aparecieron de nuevo.
— ¿Y usted, milord? — lo desafió ella. También podría haberle rozado las sombras que tenía debajo de los ojos si hubiera sido lo suficientemente atrevida— . ¿Cómo ha pasado la noche?
Naruto apartó la mano del rostro de ella.
— He dormido como un muerto — se corrigió— . Quiero decir... como un niño.
— ¿De verdad? Pues me pareció oírle moverse por su cuarto.
Hinata no había oído tal cosa, pero una sombra de incomodidad cruzó los rasgos de Naruto.
— Debiste de oírme cuando estaba dándole cuerda al reloj. ¿Te molesté?
— No, pero hay algo que quisiera preguntarle.
— ¿Sí? — dijo Naruto con un tono muy poco alentador.
«¿Entró en mi habitación y me desnudó?»
Inconcebible decir en voz alta su sospecha con la feroz mirada de Naruto clavada en ella. Inconcebible e imposible. Hinata luchó por reprimir el rubor y para disimular su confusión, balbució la primera pregunta que le vino a la cabeza.
— Me estaba preguntando de qué época es la iglesia. St. Gothian parece muy antiguo.
¿Fue su imaginación o le pareció que sus hombros se relajaban?
— La iglesia ha estado aquí, de una u otra manera, desde los tiempos de Eduardo el Confesor. Se dice que la construcción original se edificó en el lugar que ocupaba un altar pagano.
Hinata contempló el presbiterio y la nave, admirando de nuevo la serena belleza de la iglesia, la fina talla del marco del crucifijo con el órgano en la galería superior, el magnífico relieve de piedra que representaba la Adoración de los Magos.
— Es sorprendente que esto haya sobrevivido tantos años — dijo la joven— . Los puritanos destruyeron estas cosas en todas partes.
— Mis antepasados no pudieron salvar las vidrieras policromadas del ataque del ejército de Cromwell, pero desmontaron la cruz y algunas otras cosas y las ocultaron.
— Era peligroso hacerlo.
— Tanto la iglesia como el pueblo está dentro de nuestras tierras. Los St. Namikaze protegen sus propiedades.
— ¿Y eso me incluye a mí?
— Así es.
Hinata dijo esto último como una broma, pero la contestación de Naruto fue completamente en serio.
— Significa eso que si un hombre me ofende...
— Moriría — repuso Naruto engañosamente suave, que la dejó helada y ardiendo al mismo tiempo. No era lo mismo que ser amada y valorada, pero eso de tener un marido tan deseoso de protegerla, no era un asunto nimio.
Hinata deambuló por la nave principal pasando el guante por el borde de los antiguos bancos que estaban impregnados con el aroma del incienso y con el olor penetrante de la sal del mar tan próximo.
Naruto no parecía tan impaciente y se dedicaba a contemplarla permitiendo que satisficiera su curiosidad.
Ella observó que a diferencia de muchos benefactores de una iglesia, su familia no poseía un banco privado.
— Los aldeanos siempre prefirieron tener a los señores de St. Namikaze alejados. Los lugareños se sienten... incómodos.
Hinata lo comprendió perfectamente. Se ponía nerviosa cuando veía a Naruto o cuando estaba detrás de ella, como ahora. Podía sentir su presencia como si se hubiera quitado aquella gran capa negra y la hubiera envuelto con ella, aproximándola al calor de su poderoso cuerpo. Con sólo pensarlo se le erizaron los cabellos de la nuca. Si sus antepasados habían sido como él...
De pronto se le ocurrió que Natsu tenía razón. No sabía nada de la familia de ese hombre. Hinata se volvió hacia Naruto y señaló los bancos vacíos.
— Esperaba... esto es, pensaba que quizás algún pariente suyo asistiría a nuestra boda.
— Oh, están aquí.
La seca respuesta de su marido dejó un poco turbada a la joven hasta que Naruto señaló el pavimento de la iglesia y cuando miró hacia allí observó que se le habían pasado por alto los nombres grabados en la piedra desgastada.
La costumbre de enterrar a los muertos bajo el pavimento de la iglesia era habitual, pero Hinata de pronto se sintió incómoda y se apartó del lugar que había estado pisando sin darse cuenta.
— Desde hace mucho tiempo los St. Namikaze han sido enterrados aquí en lugar de en el cementerio- dijo Naruto — . Con la esperanza de que el peso de la construcción los mantendría en sus tumbas.
— ¡Qué!
— Quiero decir porque se trata de suelo sagrado. Aquí pueden descansar en paz — se apresuró a añadir.
— ¡Oh! — Naruto tenía una manera desconcertante de explicar las cosas— . También están sus padres...
— ¡No! — una sombra le cruzó el rostro— . Mi madre... y mi padre, descansan en otro lugar.
Hinata se dio cuenta por su tono que había tocado un tema doloroso y prohibido. Con gran delicadeza no insistió más y volvió a la observación del suelo. El nombre se extendía hasta el pórtico cerrado, una pequeña marca grabada en el espacio debajo del campanario.
— Ino St. Namikaze — murmuró Hinata, leyendo las fechas— . Murió muy joven. Qué triste.
— Fue una de mis antepasadas más desgraciadas — dijo Naruto siguiéndola.
— Debió de ser una mujer muy pequeña considerando... — Hinata hizo un gesto señalando el reducido espacio de la tumba.
— No, según los registros de la familia, Ino fue una mujer normal, alta y fuerte. Aquí sólo está enterrado su corazón, en una pequeña arqueta.
— ¿Su... su corazón?
— Al parecer Ino quiso que así fuera. Dijo que como su familia le había pisoteado el corazón durante toda su vida, también podría seguir haciéndolo después de muerta.
A Hinata le recorrió un escalofrío de repulsión, pero el relato la fascinó.
— Sí, al parecer fue una mujer muy desgraciada. ¿Por qué murió tan amargada?
— Lady Ino fue tan poco juiciosa que se enamoró.
Hinata contempló con tristeza el adusto perfil de su marido.
— ¿Cree que es poco juicioso, milord?
— Lo es para un St. Namikaze. Siempre hemos tenido la obligación de casarnos sólo con alguien que hayan seleccionado para nosotros.
— ¿Quiere decir que envió al reverendo Senju a buscarme?
Naruto hizo un gesto afirmativo.
— Ya sé que el señor Senju es un anciano venerable. Pero todavía no había venido al mundo en tiempos de Ino.
— Ha habido otro Buscador de novias antes que él. Y otro antes. Pero Ino eligió desobedecer las costumbres de nuestra familia. Como le había entregado su corazón a otro, rechazó al hombre que el Buscador encontró para ella. Si no podía tener al hombre que quería, juró que no tendría a otro. Creía que podría vencer la maldición quedándose soltera. Pero no resultó, claro.
Naruto miró con el entrecejo fruncido la tumba de Ino.
— Y se encontró con la muerte y el desastre, la suerte de todo St. Namikaze que se niega a casarse con la persona que le han elegido.
Durante unos instantes, la mente de Hinata permaneció aturdida por lo que acababa de escuchar. Se le presentó una imagen de generaciones de hombrecillos de cabellos blancos, recorriendo el país en busca de cónyuges para salvar a los St. Namikaze de la maldición. Una leyenda pintoresca, aunque completamente ridícula.
A Hinata se le escapó una risita.
— Milord, usted no puede creer en cosas tales como maldiciones. Honestamente no puede pensar...
Se sorprendió al ver que Naruto tenía fruncido el entrecejo. Era obvio que creía en la leyenda de la elección de novia, o de lo contrario ella no estaría allí. Alguien tenía que informar al pobre hombre que los años de oscuridad ya habían pasado, que se había iniciado una nueva era de la razón, al menos en el resto del país más allá de Konoha.
— Estas supersticiones no son racionales — dijo Hinata— . ¿Qué prueba empírica podría existir para probarlo?
— ¿Pruebas, madam? Sólo tuve que echarles un vistazo a mis padres para obtener tal prueba. A mi madre nadie la eligió y fue condenada desde el momento en que llegó al castillo Namikaze hasta el día que...
Se interrumpió y apretó las mandíbulas. La misma oscuridad de antes, cuando había hablado de sus padres, le volvió a nublar los ojos. Pero esta vez Hinata no pudo reprimirse y le hizo una pregunta.
— ¿Qué le sucedió?
— Murió joven. Como Ino St. Namikaze. Entonces yo tenía diez años. La pérdida de mi madre rompió el corazón de mi padre que la siguió a la tumba al cabo de cinco años.
— ¿Entonces usted ha sido el dueño del castillo Namikaze desde los quince?
— He sido mi propio dueño desde mucho antes.
— Lo siento — Hinata sintió el impulso de tocarlo, pero Naruto no era de esa clase de hombres dispuestos a aceptar la simpatía de los demás— . ¿Y cómo murió su madre?
— La mató el miedo y la pena.
Aquello no podía ser. Hinata tuvo que morderse el labio para dominarse. La gente no acostumbra a morirse de pena o de miedo. Seguramente la pobre dama estaba enferma de tuberculosis o del corazón. Pero cuando miró a Naruto, algo que vio en su rostro le hizo tragarse el comentario y añadir con voz amable:
— Oh, sí, comprendo.
— No comprendes nada en absoluto. No comprendes nada de mí. O de mi familia. — Naruto se esforzó por elegir las palabras para explicarlo y acabó mascullando— : No deseo que compartas el mismo destino que mi madre.
— No lo compartiré puesto que soy una novia elegida, ¿no es cierto?
Hinata lo dijo con mucha solemnidad, pero en sus ojos brilló una luz persuasiva. Naruto la miró con expresión iracunda. Esa mujer infernal se estaba burlando de él, ¡la muy maldita! Lo mismo que había hecho él con Inari el día en que el muchacho llegó de la playa derramando lágrimas con el cuento de que había visto un monstruo marino.
Se pasó la mano por los cabellos con un gesto de frustración, lo que hizo que se desprendieran algunos mechones de la cinta que los sujetaba.
— No te crees ni una maldita palabra de lo que te he estado contando, ¿verdad?
— N...n...o...o — admitió Hinata, aunque añadió rápidamente— . Existen mejores razones... no debe temer que me condenen a una muerte temprana. Soy tan fuerte y saludable como una campesina. No como una dama, diría mi madre. No sería capaz de provocarme un desmayo virginal ni aunque mi vida dependiera de ello.
Le dio una palmadita en la mano, como si considerara zanjado el asunto y con una suave sonrisa se dispuso a observar la estatua de que había descubierto en un nicho. Naruto se la quedó mirando sin saber si estaba enfadado o atónito. Durante toda la mañana había estado temiendo ese instante, sabiendo que en algún momento tendría que revelar a su esposa aquella extraña herencia de la familia. La pregunta de Hinata sobre Ino le había dado la oportunidad de hacerlo, y de explicarle la oscura herencia de los St. Namikaze y la maldición que él compartía.
Se había imaginado un desmayo, un rechazo, la clase de temor y repulsión que llevó a su madre a la tumba. Pero no se le había ocurrido que Hinata podía simplemente no creérselo.
Tenía un aspecto tan recatado bajo el sombrero con ese cabello de color negro azulado acariciándole su delicado rostro. El vestido de seda se ondulaba encima de su figurilla, tan cálida, tan natural y femenina, con la suave boca rosada formando una línea tan... tan...
¡Tan obstinada, tan voluntariosa y alegre!
Naruto cruzó los brazos sobre el pecho. La dama pedía una prueba, ¿no es cierto? De otra manera lo iba a considerar un loco supersticioso que tenía que ser tratado con esa especie de benevolencia que habría mostrado con el tonto del pueblo.
Le podía ofrecer una prueba convincente de que los St. Namikaze eran una raza aparte de los demás hombres, empezando por sus peculiares talentos. Todo lo que tenía que hacer era levitar las velas de los candelabros de acero sujetos a las paredes o hacer que la caja de las limosnas avanzara flotando por la nave principal.
¿Y el ramillete de campanillas y brezo que había dejado en el altar? Una voz le recriminó en su interior. ¿Por qué no levantarlo en el aire y hacer que danzase ante los ojos de Hinata?
Porque el mero pensamiento era suficiente para enfriarle la sangre. Dirigió los dedos a la cicatriz y se preguntó con tristeza si era el único en el mundo que relacionaba algo tan inocente como unas flores con el dolor... y la muerte.
Volvió a clavar la mirada en Hinata que tenía el rostro concentrado mientras observaba los querubines tallados en la pila bautismal. La luz del sol que se filtraba a través de las ventanas lanceadas bañaba su atractivo perfil con un brillo que le cortó la respiración, sus ojos grises tan claros, tan tranquilos, tan sanos.
Naruto lanzó un profundo suspiro. Aunque se maldecía por su debilidad, sabía que no iba a ofrecer a su esposa ninguna prueba de su endemoniada herencia. Por lo menos no aquel día.
El suspiro, aunque fue suave, retumbó en la iglesia y llamó la atención de Hinata, que lo miró con sonrisa vacilante.
— ¿Está milord impaciente por marcharse o estamos esperando que vuelva el señor Senju?
— No.
— Entonces quizá deberíamos volver al castillo Namikaze.
Le habría gustado acompañar a Hinata. La paz solemne de siempre le causaba opresión, hacía que se sintiera desasosegado. No debió permitir que se quedaran en la iglesia a esperar a Senju o dejar que Hinata se pusiera al corriente de los huesos de sus antepasados ni explicarle la historia de locura de su familia.
Tenía otras razones y estaba temiendo enfrentarse a ellas. Haría que pronto se olvidara lo que se esperaba de él, pero no podía. Quizá porque era exactamente lo que Hinata pensaba de él... un loco supersticioso. Pero ya había eludido durante demasiado tiempo su desagradable deber.
Cuando Hinata comenzó a pasar junto a él, Naruto le cerró el paso.
— ¡Espera! Hay una cosa más que tenemos que hacer, una tradición que el heredero del castillo Namikaze debe honrar cuando contrae matrimonio.
— ¿Otra tradición familiar? — titubeó Hinata. Estaba empezando recelar de las costumbres de Sto Namikaze. Y el recelo se transformó en alarma cuando Naruto se echó hacia atrás la capucha y desenvainó la espada de Jiraiya.
El acero relumbró a la luz y el cristal montado en el pomo emitió un brillo de arcoiris contra los bancos de la iglesia. Naruto, deliberadamente, evitó mirar aquella piedra fascinante. Habría sido lo último que necesitaba, una de las malditas visiones.
— ¿Esta ceremonia es absolutamente necesaria? — preguntó Naruto con voz débil.
— Sí, me temo que sí — repuso levantando el arma para que ella la viera mejor— . Es la espada de mi antepasado, lord Jiraiya St. Namikaze, que...
— ¿Jiraiya? — para más incomodidad, Hinata inclinó la cabeza hacia un lado como un gorrión inquisitivo. Y mientras observaba la espada, sus ojos se iluminaron con
aquella curiosidad que Naruto empezaba a reconocer como característica de ella— . ¿Cómo el Jiraiya de la Tempestad de Shakespeare?
No, él quería decir como el Jiraiya diablo del infierno. Pero Naruto hizo una descripción poco halagüeña de su antepasado.
— No sé nada de Shakespeare — dijo— . Todo lo que sé es que el primer señor del castillo Namikaze se llamaba Jiraiya, y esta era su espada...
— No he visto a ningún Jiraiya entre los nombres que hay en el suelo — volvió a interrumpirlo— . ¿Es que no quiso descansar en paz en la iglesia como todos los demás?
— El maldito bellaco nunca quiso descansar en paz en ningún sitio — murmuró Naruto para sus adentros y añadió en voz alta— : No fue enterrado aquí porque murió en la hoguera. Sus cenizas fueron esparcidas por el mar.
Antes de que Hinata pudiera hacer otra de sus preguntas embarazosas, Naruto continuó— . La espada de Jiraiya siempre ha sido entregada a las damas de la familia St. Namikaze.
— ¿A las damas?
— Sí, nadie sabe cuándo empezó la costumbre, pero siempre ha sido obligación del heredero St. Namikaze entregar la espada a su esposa, junto con el ruego de que... no la emplee en duelos con sus parientes.
— Pero usted no tiene ningún litigio con mi familia — dijo Hinata razonablemente— , ni siquiera la conoce.
— Estoy hablando figuradamente, Hinata. Todos los St. Namikaze le han hecho la guerra al mundo de una manera u otra.
— ¿Y cuál es su guerra, milord?
— Bien, yo... yo no tengo ninguna — repuso Naruto con impaciencia— . Esta no es la cuestión. Existen tres condiciones que se imponen al hombre que hereda esta espada. La primera, que sólo debe utilizar su poder para luchar por una causa justa. La segunda, que nunca debe verter con ella la sangre de otro St. Namikaze.
»Y la tercera, que debe entregar la espada a la mujer que am... — Naruto se interrumpió bruscamente— . Quiero decir, a su esposa.
— Pero si me entrega la espada, ¿cómo puede utilizarla para luchar por una causa justa o... ?
— ¡Demonios de mujer! Si vas a cuestionar todo lo que digo, nunca acabaremos con esto.
Hinata dio un respingo al escuchar su voz. Se apartó un paso, se encogió y se lo quedó mirando con ojos de reproche. Naruto sofocó otro juramento y se pasó la mano por los cabellos, deshaciéndose del todo la coleta.
¡Maldita sea! No había querido gritarle. Pero ya se sentía bastante estúpido sin que Hinata tuviera que señalarle lo ilógico que era todo.
La tomó de la mano y se la llevó hacia el altar ignorando sus débiles protestas. Naruto fue consciente de su crueldad sólo en parte, porque sabía que otra vez no estaba siendo con ella completamente honesto.
¡Demonios del infierno! No se trataba de una ceremonia de entrega de espadas, sino de corazones, la promesa que todo St. Namikaze le hacía a su esposa de serle fiel no sólo en esta vida sino también en la próxima.
Naruto apretó las mandíbulas y situó a Hinata frente a él. Cuando se arrodilló ante ella, se preguntó con tristeza si no estaría a punto de cometer una locura mayor que la de la noche anterior, cuando se había inclinado sobre su lecho como cualquier joven enfermo de amor.
Cuando clavó la vista en el rostro de Hinata, observó todo lo que había temido. La joven lo miraba boquiabierta con los ojos muy abiertos. Naruto sintió que el rubor comenzaba a ascenderle por el cuello.
¡Demonios! ¿Por qué no había podido tener una familia con costumbres normales, como banquetes de boda, damas de honor y bandas de música?
No sabía cómo iba a hacerlo, cómo iba a prometerle a Hinata su devoción para toda la eternidad cuando ni siquiera sabía si podría ser un buen marido durante esta vida. Cuando ella le tenía tanto miedo y se ponía rígida cada vez que la rozaba. Sería afortunado si no tenía que pasarse el resto de sus días haciendo el amor con ella sólo con la imaginación.
Era tan hermosa la condenada, con esas pestañas espesas oscuras ocultando unos grises verdes que albergaban todo el calor y la dulzura, y todas esas suavidades que sus ásperas manos nunca habían tocado. Debajo del sombrero, le caían en cascada esos rizos de negros y seda sobre el vestido de novia que demostraba que seguía siendo una doncella pura y confiada.
Una novia perfecta en todo. Para cualquier hombre menos para él, pensó Naruto con amargura. Mientras contemplaba aquellos delicados rasgos de porcelana, las palabras que conocía y que tenía que decir se le quedaron adheridas a la garganta.
En lugar de hablar, balanceó la espada en las palmas de las manos y luego se dirigió a ella hablando con brusquedad.
— ¡Vamos! ¡Cógela!
Pero Hinata sólo lo miró a él. De entre todas las cosas extrañas que había presenciado desde que llegó al castillo Namikaze — y la lista era muy larga— ninguna le había parecido tan desconcertante como aquella.
Su orgulloso, arrogante y poderoso marido, seguramente el hombre menos galante y poco romántico que había conocido, estaba arrodillado ante ella como un tímido pretendiente. Y tuvo que dominar el impulso de estallar en una carcajada nerviosa.
Como la coleta finalmente se le había deshecho, los cabellos despeinados le cubrían casi por completo el rostro que parecía cincelado en granito. Con aquella cicatriz de guerrero, la capa cubriéndole los hombros, podía haber pasado muy bien por un caballero medieval rindiendo homenaje a su dama. Eso si no hubiera tenido fruncido el entrecejo con expresión de ferocidad.
— ¡Vamos! ¡Coge la maldita espada, Hinata!
La joven no tuvo otra opción y obedeció. Sosteniéndola con las manos, aceptó tímidamente la pesada hoja, el azulado acero brillando contra el blanco cojín de sus guantes. A pesar de todo, la joven se sintió fascinada. Nunca se habría imaginado que una espada pudiera ser tan elegante, con una belleza casi mística, con la empuñadura de oro forjado y el cristal fulgurante.
En cuanto la espada estuvo en sus manos, Naruto se puso de pie.
— ¿Eso es todo? — murmuró aliviada Hinata— . ¿La ceremonia ha terminado?
— Sí — replicó él con brusquedad— . Quiero decir... no — añadió, agachando la cabeza mientras sus mejillas se llenaban de rubor— . Supongo que hay que decir algo así cómo «señora, os entrego mi espada y mi... mi...»
El final de las palabras se perdió porque lo murmuró con la boca cerrada.
— ¿Su espada y su qué? — preguntó tímidamente Hinata.
Naruto volvió a murmurar algo, pero ella tampoco lo entendió. Y cuando Hinata levantó la cabeza inquisitivamente, él le lanzó una mirada terrible.
— ¡Demonios, ya lo he dicho, os entrego mi espada, mi corazón y mi alma para toda la eternidad!
Hermosas palabras. O lo habrían sido si no hubieran sido gritadas a pleno pulmón por Naruto. Y si él, realmente, las hubiera sentido.
Hinata pasó los dedos por la espada con desmayo.
— Pero... y yo ¿qué tengo que hacer con ella?
— ¿Con la espada o con mi alma?
— Con ambas — el peso de las dos amenazaba con aplastarle las manos.
— Sólo tienes que aceptar.
Hinata movió la espada torpemente en sus manos y sujetándola por la empuñadura, apoyó la punta contra el suelo de piedra.
— Gracias — murmuró ella— , es muy hermosa pero...
— ¿Pero qué?
Hinata se mordió el labio inferior deseando, por una vez, poder dominar el lado práctico de su naturaleza.
— Estaba pensando que sería provechoso si a la costumbre de la entrega de la espada se incluyera también una vaina para guardarla.
Hinata, temiendo haber ofendido a Naruto, apenas se atrevió a mirarlo. Tras un momento de un silencio abrumador, Naruto echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. No fue su habitual sonrisa sardónica, sino una profunda carcajada masculina que le iluminó los ojos y le produjo unas líneas profundas y generosas cerca de la boca.
— A fe mía que tienes razón, señora — y procedió a desabrocharse la funda de la espada y a ceñírsela alrededor de la cintura de Hinata. Luego, cogió la espada que ella sujetaba y la metió en la funda.
Hinata, de repente, fue consciente de la proximidad de Naruto: tenía la mano apoyada en su cintura. Sintió, a través del vestido, el calor y la vitalidad del hombre latiendo a través de sus dedos largos y bronceados.
— ¿Mejor? — preguntó él, sonriendo todavía.
— S.. .sí — tartamudeó ella, aunque no estaba completamente segura de que así fuera. No con el pulso brincando a un ritmo tan diferente de su habitual latido.
Los rasgos rígidos de su rostro se relajaron y adquirieron una suavidad que ella nunca habría imaginado que pudieran tener. La oscuridad de aquellos ojos se transformó en un azul más claro y el timbre de su voz fue casi amable cuando dijo:
— Lo siento.
— ¿Por qué? — inquirió ella, atónita.
— Por introducirte en estas extrañas creencias y costumbres de los St. Namikaze.
— Supongo que con el tiempo me iré acostumbrando a ellas.
— ¿Lo harás? Eso espero, señora. Ya sé que hemos tenido un comienzo muy difícil, pero créeme que no deseo que seas desgraciada... — tragó saliva— . O que tengas miedo.
Demasiado tarde, pensó Hinata. ¿Cómo no tener miedo? ¿Después de las fábulas de las maldiciones de la familia, de la ceremonia de la espada y de los corazones enterrados debajo del pavimento de la iglesia?
Sin embargo, y a pesar de todo, Hinata sintió el impulso de tranquilizar a Naruto. Nunca lo había visto tan vulnerable, con esa expresión de tristeza en los ojos.
La joven le retiró del rostro los mechones de color dorado y sus dedos le rozaron las mejillas.
— Soy una mujer sensible, milord, aunque no se me asusta fácilmente.
Cuando lo rozó, observó que le temblaba el músculo de la mandíbula. Parecía ligeramente turbado, como si no supiera qué hacer ante la amabilidad que ella le estaba demostrando.
— No siempre pareces tan valiente — dijo él.
— Claro, señor, pero después de todo lo que he pasado creo que debo tener el corazón de un león. La mayoría de las mujeres abandonadas ante este castillo suyo, habrían sufrido un ataque de histeria.
— No me refiero a tu temor por el castillo Namikaze. Te estoy hablando del miedo que sientes hacia mí.
Hinata no podía negarlo. Inclinó la cabeza, pero él le puso los dedos debajo de la barbilla y la obligó a levantar la vista. Sus dedos transmitieron calor y turbación a la piel que rozaban.
— Me temes, ¿no es cierto Hinata? Ayer, cuando te besé, saliste de mi estudio como si te persiguiera el diablo.
— Me asustó. Estaba demasiado enfadado. No debió besarme de ese modo.
— Un beso ¿Y ya te has convertido en una experta en besos?
— Fue mi primer beso, sí, pero siempre había soñado cómo sería — Hinata sonrió con tristeza cuando recordó sus sueños— . Siempre supe cómo debería ser.
— Entonces, enséñamelo.
— ¿Qué?
— Enséñame cómo desee ser besada.
No podía hablar en serio. Pero cuando observó la expresión determinada de su rostro, quedó convencida de que así era. La mirada de Hinata se deslizó hasta su boca. El mero pensamiento de presionar los labios ya fue suficiente para que el corazón de la joven comenzara a latir con fuerza. Apartó la mano de Naruto de su rostro y enrojeció.
— Oh, n... no. No podría — dijo, alejándose de él.
— ¿Por qué no? — preguntó Naruto, aproximándose.
— Porque yo... yo... — tropezó porque el arma se le enredó entre las piernas y le hizo dar un traspié. No era alta y la espada era demasiado larga. Consiguió mantener el equilibrio y se fue apartando hasta que chocó contra el borde del banco principal. Naruto surgió ante ella y sus anchas espaldas no le dejaron ver nada más.
— Porque — Hinata dijo lo primero que se le ocurrió— . Es demasiado alto. Está fuera de mi alcance.
— Puedo inclinarme — repuso, apoyando los brazos a ambos lados del banco y atrapándola entre ellos. En su rostro había desaparecido toda huella de dulzura. Sus ojos se oscurecieron con ese fuego interno que a ella la intrigaba y, a la vez, le infundía temor.
— Enséñame, Hinata. Ensañeme cómo quieres que te bese.
Naruto era feroz. Aspero. Exigente. ¿Y cómo podía esperar que fuera de otra manera si no encontraba el valor para enseñárselo? Naruto le estaba ofreciendo la oportunidad de hacerlo. Se quedó mirando la curva llena y sensual de sus labios y tragó saliva.
— No puedo hacerlo si me mira — murmuró.
Tras un breve titubeo, Naruto cerró los ojos y esperó. Transcurrió un silencio que pareció una eternidad antes de que Hinata dominara sus nervios y apoyara una mano en la manga.
Bajo el suave tacto del terciopelo, sintió la fuerza de su brazo, tenso y acerado, con el mismo poder latente de la espada que colgaba de su costado. El corazón de Hinata comenzó a latir sin control. Se levantó de puntillas con la intención de rozar sus labios con los suyos. Sin embargo, de repente, sintió como si una fuerza invisible la empujara, con un vendaval o como el impulso de una poderosa ola.
Perdió el equilibrio y fue a parar contra el pecho de Naruto, los labios unidos a los suyos en un beso de inesperada dulzura, un beso cuyo ardor le provocó un escalofrío en todo el cuerpo, dejándola temblorosa y ardiente. En su interior creció el impulso de enredar los dedos en la rubia masa de cabello, apretarse contra el duro y poderoso perfil de su cuerpo, para explorar sus misterios, mientras se entregaba a su boca con mayor urgencia...
— A... así — murmuró jadeando, aunque no estaba muy segura de lo que acababa de demostrar, de quién había sido exactamente el que había dado una lección de cómo besar— . Así es como me gustan los besos. Más suaves.
Los ojos de Naruto se abrieron lánguidos, lo que apagó un poco el extraño fuego que parecía haberle transmitido hasta lo más profundo de sus entrañas. Y su pecho seguía rítmicamente el movimiento de su respiración.
— Señora, puede matar a un hombre con esta suavidad — musitó. Hinata no supo que aquellas palabras significaban un cumplido.
— Entonces, ¿tampoco le agradan mis besos?
— No he dicho eso.
Sin dejar de mirarla, Naruto le cogió la mano y la levantó lentamente. Luego le quitó el guante y apretó los labios en la delicada vena que le latíá en la muñeca, abrasándola con su calor. Un temblor le recorrió el cuerpo y estuvo a punto de desmayarse cuando comprendió que hasta cuando intentaba ser gentil, Naruto era capaz de derretirla hasta los huesos.
— Quizás esta noche encontremos un término medio. Entre tus besos y los míos.
— Quizá — murmuró ella. Fascinada por el tono ronco de su voz, por el brillo de sus ojos, habría accedido a cualquier cosa que le hubiera pedido en ese momento.
Cuando la soltó y se apartó de ella a regañadientes, entonces consiguió Hinata volver a respirar y comprender el pleno sentido de sus palabras.
«Quizás esta noche encontremos un término medio.» El corazón de Hinata dejó de latir. «Esta noche.. .»
Su noche de bodas.
Con el tricornio sujeto con firmeza debajo del brazo, el reverendo Yahiko Senju salió de la puerta de la sacristía justo a tiempo de observar las distantes siluetas de Hinata y de Naruto, que se alejaban por la vereda. Naruto, con cuatro zancadas, llegó al carruaje que les estaba esperando sin ocurrírsele que su esposa no podía seguir su paso. Se volvió con impaciencia, la levantó y la colocó en el asiento del vehículo con la misma finura que un hombre acarrea un saco de grano. Luego saltó a su lado e hizo un ademán al cochero para que se hiciera a un lado. El sirviente apenas tuvo tiempo saltar a su puesto en la parte trasera del vehículo antes de que Naruto arrancara a toda velocidad por la vereda. Hinata se sujetó el sombrero con una mano y, con la otra, lo hizo a un lado del carruaje.
Quizá no fuera una manera galante y romántica de empezar un matrimonio, pensó Senju con un suspiro, pero al menos el amo Naruto no se había marchado dejando plantada a su esposa. Mientras contemplaba cómo el carruaje se iba alejando en medio de una nube de polvo atravesando el pueblo que todavía dormía, Senju bajó los escalones de la iglesia con cierta debilidad y, al mismo tiempo, alivio.
Nunca había realizado un servicio de bodas tan rápido como aquel, con el temor de que en cualquier momento, tanto la novia como el novio pudieran cambiar de opinión y salir huyendo por la puerta. Durante una décima de segundo así lo había creído, cuando estaba seguro que Hinata iba a...
Pero no fue así. Ella no lo había hecho y él tampoco. Los bendijo en nombre del Señor y ahora estaban casados oficialmente, como podía estarlo otra pareja cualquiera. La parte de Yahiko en el asunto ya había acabado, por suerte, porque estaba agotado. A los setenta y dos años, temía que ya estaba muy viejo para el oficio de buscador de novias.
Y luego tener que vérselas con Naruto St. Namikaze ,que había sido mucho más difícil de lo que había imaginado, y Yahiko había imaginado mucho. Naruto era un salvaje, hasta para un St. Namikaze. Se le obligó a seguir su propio paso desde la más tierna infancia, solo, indómito, y... sin amor.
Pobre muchacho, pobre muchacho perdido. Pensar en ello todavía le producía dolor en el corazón. Debajo de su apariencia externa dura y destemplada, el joven amo guardaba un mundo de recuerdos dolorosos y amargos. Necesitaría una mujer extraordinaria y muy paciente para atravesar la armadura en la que Naruto había encerrado su corazón. Pero Yahiko creía, no, sabía en las profundidades de su alma de buscador de novias, que Hinata era la única que lo conseguiría.
¿Por qué, entonces, no se sentía muy satisfecho en ese momento? Desde el instante en que dejó a solas a la joven pareja en el interior de la iglesia, a Senju le había dominado una melancolía que se había incrementado cuando se quitó las vestiduras.
Quizá porque pensó que aquella podría ser su última intervención. Al primo de Naruto, el joven y arrogante Deidara, le importaban muy poco las costumbres de los St. Namikaze. Casi todos los demás St. Namikaze ya estaban felizmente casados y Yahiko no esperaba vivir lo bastante para servir a la próxima generación.
Y, entonces, ¿quién lo haría?
Era una cuestión que le preocupaba desde hacía algún tiempo.
Ninguno de sus hijos evidenció en ningún momento que había heredado sus cualidades. ¿Quién salvaría a los St. Namikaze del desastre y los guiaría por la senda de una boda dichosa? Nadie, se temía Yahiko.
Durante un momento se quedó pensativo y triste, pero su natural optimismo volvió a dominarlo. Su nuera más joven estaba casi a punto de tener un hijo. Quizás esta vez sería un nieto, en lugar de una niña. Y quizás ese pequeño sería el próximo Buscador de novias.
Confortado con este pensamiento, Yahiko se caló el tricornio en la cabeza y se encaminó hacia el sinuoso sendero que unía el exterior de la iglesia con la rectoría. Sin embargo, no había ido más allá del puente cuando le detuvo un sonido que interrumpió el silencio de la mañana, un rumor que se escuchó por encima de las silenciosas hojas del roble, como si las agitara el viento.
El sonido de un sollozo, bronco y profundo, como si emergiera de las profundidades de un alma. Senju, sorprendido, se volvió a mirar detrás de él, intentando distinguir la causa de su distracción. Cuando miró con los ojos entrecerrados desde los escalones del porche de la iglesia hacia la cerca de piedra baja que rodeaba la explanada de hierba, no observó nada al principio.
Luego, sus ojos captaron un movimiento, el revoloteo de una capa que ocultaba a la persona que gemía junto a una tumba próxima a la parte trasera de la iglesia. Con la capucha hacia delante, la tosca prenda marrón se confundía casi con el gran roble vetusto que daba sombra a la iglesia, lo que había hecho que Senju no observara antes a la pobre criatura. Al parecer, se trataba de una mujer.
La mujer se inclinó sobre las lápidas, emitió otro sollozo tembloroso y después un grito tan lleno de rabia como antes lo había estado de dolor.
Ah, no, pensó Senju con tristeza. La pobre Sumire Kakei no podía volver a llorar sobre la tumba de su madre. Había estado preocupado por la muchacha hacía unos meses. Estaba demasiado consumida por la pena y la tristeza y seguía culpando a Naruto porque había predicho la muerte de Matsuko. El cielo sabía muy bien que Sumire no podía maldecir a ese hombre más que él se maldecía a sí mismo.
La muchacha necesitaba todavía palabras de consuelo, aunque Senju no sabía qué decir ya, ni cómo hacerla entrar en razón. Rogando que le viniera alguna inspiración divina, se dirigió arrastrando los pies hacia el lugar donde se encontraba la muchacha. No había llegado todavía a una distancia desde la que le pudiera oír, cuando Sumire se puso rígida como si sintiera su presencia.
La muchacha salió corriendo a esconderse detrás del gran roble con la velocidad de un cervatillo temeroso.
— Sumire, espera. Vuelve — le gritó Senju, acelerando el paso. — ¿Sumire? — volvió a llamarla esta vez con incertidumbre, extrañado por su comportamiento y también por algo más. Cuando estuvo más cerca de la figura encapuchada, no estuvo seguro de que se tratara de Sumire Kakei.
Llegó al extremo del patio, se asomó con precaución por el tronco del árbol... y no encontró a nadie.
No había ninguna mujer asustada ocultándose detrás del gran tronco. No había ninguna mujer afligida encaramándose en la cerca de piedra. Ninguna mujer encapuchada corría alejándose por la vereda. Ninguna mujer, nadie.
Senju apoyó una mano en el tronco mientras observaba inquieto a su alrededor y sintiéndose algo más que desconcertado. Esas misteriosas desapariciones podían haber tenido lugar en el antiguo zaguán del castillo Namikaze, pero no en el pulcro patio de su iglesia.
¿Adónde podía haber ido aquella criatura tan deprisa? ¿Por qué había echado acorrer? Senju ahora estaba casi seguro de que no había podido ser Sumire. Si no hubiera sido tan viejo y desmemoriado, habría recordado que Matsuko Kakei no estaba enterrada en aquella parte del cementerio de la iglesia.
La única persona que había sido enterrada en el sector más viejo durante las pasadas décadas, fue...
Senju se puso rígido mientras le recorría un repentino escalofrío. Se volvió lentamente, recorrió con la mirada los desgastados monumentos hasta que su mirada se detuvo en uno que, en comparación, era reciente, y que ahora tenía una sola rosa del color de la sangre encima de la lápida.
El frío que sentía en su interior aumentó, helándolo hasta los huesos. Leyó la única palabra grabada en la lápida con toda la arrogancia y la infamia del hombre que yacía enterrado allí.
Una sola palabra... un nombre. Uchiha.
La Historia tiene el propósito de Entretener.
Continuará...
